Capítulo 24: Soluciones
Imposible… desapareció.
Estoy seguro de que lo vi… Yo vi a ese extraño lobo gris corriendo por la llanura de esta región, feliz y dueño de todo. Se detuvo y cruzó su mirada con la mía, para después desaparecer frente a mí.
Sé que lo vi… ¿O acaso estaré volviéndome loco? ¿El agotamiento, los traumas de una vida pasada y presente ahora me están haciendo delirar?
- Link…
Me doy la vuelta al escuchar a Zelda llamarme, quien tiene a Epona agarrada de su rienda. Estoy avergonzado, pues seguramente pensará que estoy loco.
- ¿Qué clase de animal era ese?
- ¿Ah? – expresé sorprendido. – ¿Tú también lo viste, Zelda?
- Sí, también vi al lobo gris. – respondió la princesa, muy segura.
Me tranquiliza saber que la imagen del lobo no fue imaginación mía, pues temía estar volviéndome loco, y eso sería lo último que me faltaría para completar mi lista de calamidades.
No puedo explicar lo que sentí al ver a ese animal. Solo sé que, por alguna razón, tuve el impulso de venir a verlo, como si tuviera la respuesta a varias de las preguntas que me mortifican. Al mirarnos a los ojos me vi en él, quizás por la libertad que tanto anhelo, pues soy preso de mi pasado y perturbados recuerdos.
Qué situación tan extraña.
- Ese lobo no era un animal común… de eso estoy segura, Link. – dijo Zelda, preocupada. – Y no tengo una respuesta clara de su aparición, lo siento.
- Ya no importa. – dije, dejando de lado ya el tema. – Es mejor seguir con nuestro camino. Es urgente encontrar a Rotver para que nos ayude con tu problema.
No puedo perder el enfoque de lo más importante para mí, la salud de Zelda. Tomo a mi dama de la mano y me dirijo con ella al pueblo a medio construir, Epona nos sigue.
Pasando el puente natural, llegamos al pueblo, el que solo tenía rocas gigantes. Lo único que sí tenía era una fuente con la estatua de la Diosa, una réplica de la del Templo del Tiempo.
- Vaya, volvemos a encontrarnos. – dijo una conocida voz.
Los hermanos Goron, Kadunia y Kadagoro, estaban guardando sus cosas para, según creo, ir a descansar. Al vernos, se acercaron a nosotros.
- Volvemos a vernos, y esta vez en nuestro nuevo hogar. – dijo Kadagoro. – Ahora se encuentran en la futura Arkadia.
- Así es, y en este momento nos disponemos a descansar. – dijo Kadunia.
- ¿Hay alguien más aparte de ustedes? – pregunté.
- Sí, el hombre que nos contrató, el señor Karid. – dijo el pequeño Goron.
- Pueden encontrarlo por allá. – dijo el hermano mayor, señalando hacia un extremo de la entrada. – Nosotros ya no aguantamos, así que iremos a descansar. Buenas noches.
- Buenas noches. Gracias. – expresó Zelda.
Una vez que los Goron se retiraron, nos acercamos hasta Karid, quien aún seguía trabajando. Una vez nos acercamos, se dio la vuelta para encontrarse con nosotros.
- Buenas noches, Karid. – saludamos Zelda y yo.
- Buenas noches, muchachos. – dijo el hombre. – Qué sorpresa verlos por aquí. Supe que ya pudieron comprar la casa abandonada.
- Así es. – respondí. – Solo falta una parte del dinero. Se la daré a Karad una vez regresemos a Hatelia.
- ¡Qué bien! – exclamó Karid. – Ya con eso se logrará descubrir el misterio de esa casa.
Muero por descubrir los misterios de esa casa y la razón por la que se me hace familiar.
- Por mi parte, gracias a nuestros ahorros, más las ganancias por la compra de la casa, hemos podido iniciar este proyecto. – dijo Karid, sonriendo. – Pero aun así, requerimos de más ayuda. Los hermanos Goron son el inicio de eso, y sigo con el reclutamiento de más especies que quieran trabajar y que cumplan con los estatutos.
- ¿Estatutos? – preguntó Zelda.
- Todo miembro que sea parte de "Construcciones Karud", debe tener como nombre uno que inicie con "Ka". – dijo Karid, recitando como si se tratara de un poema. – Sin esa condición, no pueden formar parte de nosotros.
- Entiendo. – dije, queriendo dejar el tema de lado. – Y hablando de nombres, estamos buscando a alguien. ¿Has oído hablar de un científico llamado Rotver que vive en esta región?
- No lo he visto, pero sé que vive al extremo norte de Akkala en su laboratorio. – dijo Karid. – Según los rumores, es muy sabio, pero algo chiflado.
- ¡Ese mismo! – exclamó Zelda.
- Vamos a buscarlo de inmediato. – dije ansioso.
- Espero lo encuentren. – dijo Karid. – Vayan con cuidado.
Zelda y yo nos montamos en Epona y nos dirigimos al laboratorio. Espero que Rotver tenga la solución a mal que aqueja a Zelda, el que por su bien, o más bien por el mío, espero que no sea nada de gravedad.
Aunque el camino se veía largo, por fin llegamos al laboratorio de Akkala. Para ser sincero, me siento algo nervioso, pues sé que me voy a encontrarme con otro personaje de mi pasado, a pesar de que seguramente no lo recordaré.
Una vez tocamos la puerta, esta se abre… ¿sola?
- La puerta se ha abierto sola. – dijo Zelda, sorprendida.
Sin perder un segundo tomo a Zelda de la mano y entro con ella al laboratorio. La puerta se cierra detrás de nosotros, cosa que nos asusta. El laboratorio no es muy diferente al de Prunia, quizás un poco más pequeño, pero igual de desordenado. En la parte de adelante se encuentra un extraño artefacto, tiene ojos y boca… Y nos habla.
- Tengo hambre... quiero comida.
- ¿Ah? – Zelda lo miró con extrañeza.
- Comida… comida... muerooooo.
Sintiendo lástima por el pobre ser, saco de mi alforja una manzana dispuesto a dársela... pero un grito sonoro nos detiene.
- ¡NOOOOOOO!
El grito del recién llegado detiene mi acción de querer ayudar a la criatura, al mismo tiempo que Zelda y yo volteamos para verlo.
El hombre, de baja estatura, se acerca a la criatura e ingresa en un compartimento un trozo de metal parecido a las piezas de los guardianes. Después de eso, el ser se calma, cantando una aguda melodía de felicidad. Luego, el hombre voltea a vernos.
Era un anciano de baja estatura, vistiendo una túnica del pueblo Sheikah y con el cabello blanco bastante desordenado. No pueden verse sus ojos, pues están cubiertos por unas gafas bastante extrañas.
- ¡Caramelito solo come piezas ancestrales! – reclamó el hombre. – Mocoso insensato, estuviste a punto de…
- Rotver…
El llamado de Zelda causa que el hombre se callara, mientras la mira a ella y a mí, impactado. Trata de hablar, pero su voz sale ahogada, hasta que poco a poco logra recomponerse.
- Usted es… ustedes son… – habló el hombre con dificultad. – No puede ser.
- Sí, Rotver... somos nosotros. – dijo Zelda, conmovida. – Hemos regresado.
- ¡Princesa Zelda! – gritó el hombre, tomando las manos de ella. – ¿Es usted! ¡No puedo creerlo!
- Sí, soy Rotver. Me da mucho gusto volver a verte.
- ¡Estoy viejo, pero sigo dando guerra! – exclamó riéndose.
Sin esperarlo, la mirada del anciano se posa en mí. Rotver se acerca, mirándome de pies a cabeza, una y otra vez.
- ¿Y si eres un impostor? – preguntó con duda.
- ¿Qué? – cuestioné.
- Quítate la túnica.
- ¿¡Perdón!?
- ¡HAZLO!
Obedezco a la orden y me quito la túnica, causando que el hombre me mire con más atención. Yo me siento apenado, sobre todo porque Zelda se sonroja y voltea el rostro. Es lógico que se ponga así, pues nunca me ha visto de esa manera.
- Las cicatrices…
La mención de Rotver sobre mis cicatrices me hace descubrirlas por primera vez. Observo cada una de ellas y me doy cuenta de que hace cien años las cosas no fueron fáciles para mí. No solo el entrenamiento me causó tales dolores, sino también mi última batalla, las que se reflejan en las marcas más grandes y llamativas.
Mi cuerpo es el reflejo de mi tormentoso pasado.
- Eres tú, ya no tengo dudas. – dijo Rotver. – Mi sorpresa es grande al verte, no lo puedo negar, pues yo personalmente me encargué de llevarte al Santuario de la Vida para el letargo de tu salvación. ¿Lo recuerdas?
- No lo recuerdo. Lo siento. – respondí apenado, colocándome de nuevo la túnica.
- Lo imaginaba, pues una de las secuelas de estar en letargo es la amnesia. – dijo Rotver. – Aunque eso aún sigue siendo objeto de investigación, pues no se sabe si la cámara es lo que la causa, las lesiones o el tiempo que duró el letargo. Todo sigue siendo un misterio.
- Aunque no recuerde lo ocurrido, sé que usted fue el encargado de colocarme en la cámara. – dije confundido. – Así que por eso se lo agradezco.
- Solo cumplía con mi deber, y el verte vivo me hace saber que hice lo correcto. – dijo sonriendo. Es un gusto volverte a ver.
Le devuelvo la cortés sonrisa, sintiendo agradecimiento por él. Poco después, mi gesto se vuelve serio.
- Hemos venido a pedirle ayuda. – dije preocupado. – La princesa Zelda está mal.
El científico me mira preocupado, para luego enfocar su mirada en la princesa. Se acerca a ella para analizarla más de cerca.
- ¿Qué le ha pasado, princesa? – preguntó preocupado.
- Han pasado muchas cosas, Rotver. – dijo la princesa. – No sé si Prunia o Impa te han contado.
- ¡Esas viejas decrépitas no me han contado nada! – se quejó Rotver. – Sobre todo Prunia, esa bruja me tiene vetado.
- ¿Viejas? ¿Brujas? – pregunté soltando una risa. – Ya no queda nada de eso.
- ¿Ah? – expresó el sorprendido Sheikah.
- Escúchame bien, Rotver. Yo voy a contarte todo. – habló Zelda.
La princesa comenzó a contarle todo lo sucedido a Rotver, desde mi despertar, el cambio de Impa y Prunia y nuestro enfrentamiento para liberar a las bestias divinas. Se enfocó sobre todo en lo salido de su cuerpo, aquella esencia de Ganon contaminando su cuerpo.
- Vaya, así que Impa y Prunia han vuelto a ser jóvenes. – dijo el anciano, sorprendido. – Y como siempre, la bruja guardando sus descubrimientos para sí misma. ¡Egoísta!
- ¿Hace mucho que no hablas con ellas? – preguntó Zelda. – ¿Por qué hablas así de Prunia? ¿Se pelearon? Pues según recuerdo se llevaban bien.
- Hace unos ochenta años, para ser exacto. – respondió el hombre. - Y Prunia y yo tuvimos algunas diferencias por…
El anciano carraspea. Al parecer no le gusta hablar de ese tema.
- La cosa es que, por más joven que se vea, seguramente sigue siendo una bruja. – dijo el hombre. – Es más, le pedí hace unos años que tome a mi hijo como su aprendiz. ¿Y saben lo que hizo la muy infeliz? Lo rechazó por no tener la experiencia que necesitaba. "Aún le falta mucho que aprender al muchacho, que regrese en otros diez años. Clic clic".
- Prunia es algo especial, pero estoy segura de que si se vuelven a ver serán de nuevo el equipo de antaño. – mencionó Zelda.
- ¡Nah! – expresó el Sheikah. – Ya veremos qué pasa. Ahora en lo que más pienso es en lo que está ocurriendo con usted, y creo conocer el motivo y la posible solución.
Zelda y yo nos ponemos atentos, yo más que nadie. Deseo con todo mi corazón saber cómo ayudarla.
- Princesa, no es un misterio que usted es la portadora del alma de Hylia, y como tal, la heredera de una sabiduría ancestral. – dijo Rotver.
El Sheikah se acerca a su biblioteca, toma un libro y lo coloca sobre la mesa. A continuación, nos muestra una imagen de la Trifuerza con tres esferas en sus extremos.
- ¿Lo recuerda, princesa? – preguntó Rotver.
- Sí. – afirmó Zelda. – Aunque el poder de la Diosa se encuentre unificado, son tres la partes que lo conforman. El poder, el valor y la sabiduría. Esta misma imagen se encuentra en varias zonas de Hyrule, sobre todo en el Altar Ceremonial y la Meseta de los Albores.
- Así es, formando así la conocida Trifuerza, a pesar de que ya no se la llama de esa manera. – dijo el hombre. – Hylia está representada más que nada por la sabiduría, así que es en esa en la que se debe enfocar para purificarse.
- ¿Purificarse? – pregunté, muy interesado en el tema.
- La princesa está pasando por una fuerte infección debido a la larga convivencia con Ganon. – dijo Rotver, serio. – Y si no se la trata ahora, la enfermedad irá creciendo hasta que…
- ¡NO! – grité desesperado. – ¡No lo voy a permitir!
- Tranquilo, Link. – pidió la dama, preocupada, tomándome de la mano.
- ¡Dinos qué hacer, Rotver! – pedí con descontrol. – Cualquier cosa que sirva para sanarla, lo haré.
- Cálmate, muchacho. – pidió el científico. – Parece que el letargo te hizo más impulsivo, pues hace cien años a duras penas hablabas.
- ¡Hable de una vez!
- ¡La posible solución está en el Monte Lanayru! ¡Allá deben ir! – gritó, viendo que no lo dejaba hablar, para luego mirar a Zelda. – Dígame una cosa, princesa. ¿Ya ha asistido usted a orar a las fuentes?
- Sí, pero solo a la de esta región, la del poder. – respondió Zelda. – Para recuperar mi poder, debo ir a cada una de las fuentes.
- Bueno, a mi criterio debió ir primero a la de Sabiduría, así que es ahí a donde debe dirigirse cuanto antes. – indicó Rotver. – Su principal protector será capaz de darle una cura o guiarlo hasta ella.
- Nos vamos en este momento. – dije ansioso.
No sé en qué momento ocurre, pero un papel arrugado cae sobre mi cabeza; el viejo me lo ha lanzado.
- Mocoso atarantado, ¿has visto la hora que es? – preguntó el anciano. – Es muy tarde y peligroso para ir hasta allá, sobre todo para la princesa.
- Pero…
- ¡Si tanto te preocupas por ella, obedece!
- ¡Está bien! ¡Nos quedaremos! – acepté.
- ¡Grandioso! – exclamó el hombre, haciendo una pose bastante peculiar. – Mientras esperan a que la comida esté lista, yo prepararé algo especial para ustedes para que puedan afrontar el espantoso clima del Monte Lanayru… Mi Caramelito me ayudará con eso.
- ¿¡Otra vez llamando así a esa chatarra?
Uno de los científicos más grandes de la historia de Hyrule, ¿temblando ante la voz de una mujer? La señora baja las escaleras, histérica, pero cambia el rostro al vernos. Ahora se muestra dulce y gentil.
- Oh… ¿Quiénes son estos jovencitos? – preguntó la encantadora señora.
- Ellos… ellos. – respondió el hombre, nervioso. – Ya te contaré más tarde, querida, pero son personas muy importantes para mí y por eso vamos a darles posada por esta noche.
- Buenas noches, señora. – saludamos.
- ¡Nada de señora! – indicó la mujer. – Aún sigo siendo joven. Mi nombre es Keline y soy la esposa de Rotver.
- Mucho gusto, Keline. – dije sonriendo. – Yo me llamo Link.
- Yo soy Zelda.
- Oh… sus nombres se me hacen familiares. – dijo la mujer, extrañada.
- Qué gusto ver que te casaste, Rotver. – dijo la princesa, sonriendo al anciano. – Ha sido una grata sorpresa, a pesar de que en el pasado pensé que estabas destinado a estar con…
- ¡NOOO! – gritó el hombre, tomando a Zelda de los hombros y mirándola con súplica.
- ¿Ah? – expresó la mujer, confundida.
- Quiero decir que… – Zelda se dio cuenta de su casi error, por lo que de inmediato lo arregló. – Quiero decir… que no esperé a que Rotver estuviera destinado a casarse con una mujer tan hermosa y joven.
- ¡AAAY! – expresó la mujer, emocionada. – ¡Gracias, eres tan encantadora! Se los ve tan cansados y hambrientos, así que les prepararé algo delicioso para comer.
- También hay que acomodarles un sitio para dormir, querida. – pidió Rotver, recuperando el aliento. – Como te dije, necesitan pasar la noche aquí.
- Eso tiene solución. – dijo Keline. – Zelda dormirá en el cuarto de nuestro hijo y a Link le acondicionamos el sofá para que duerma, estará muy cómodo.
- No quisiéramos molestar. – dijo Zelda, apenada.
- No te preocupes, querida. Nuestro hijo está de viaje, así que cuando viene solo es de visita.
- Te felicito por tu hermosa familia, Rotver. – dijo la princesa, con algo de melancolía en su voz.
Keline se retira para preparar la cena, momento en el que Rotver aprovecha en hacer una aclaración.
- ¡Princesa, casi me condena a muerte! – reclamó Rotver, espantado. – Amo a mi esposa, es la mujer más encantadora del mundo… pero es muy celosa. ¡Demasiado! Así que tenga cuidado de lo que dice delante de ella.
- ¿Y por qué es celosa? – pregunté curioso. – ¿Acaso usted le ha dado motivos?
- ¡Jamás! – afirmó el científico. – En los veinte años que tenemos de casados nunca le he faltado ni con el pensamiento… solo qué…
El hombre mira a los lados para verificar que su esposa no estuviera escuchando, para así continuar.
- Yo conocí a Keline cuando Impa la mandó a trabajar conmigo, y antes de estar al servicio de ella, fue asistente de Prunia. – contó el hombre. – Ella me apoyó mucho en el rediseño de una forja muy importante, que por ahora sigue en investigación… El punto es que antes de conocerla, yo tuve un amor al que le llamaba "caramelito", así que de cariño le digo así a mi fiel ayudante ancestral. Y no lo soporta, se pone histérica.
- ¿Llamas a tu robot como tu antiguo amor? – preguntó Zelda, indignada. – Con razón te quiso matar. Tiene toda la razón.
- ¡Ay! ¡Mujeres! – se quejó el hombre! – ¡Tanto escándalo por un apodo!
- Pero aun así… y dices amar a tu esposa. – se quejó la princesa.
- Es la mujer de mi vida. – dijo el hombre. – Solo que el nombre "Caramelito" me gusta, eso es todo.
- Lo que digas…
- Me retiro unos momentos, pues empezaré a preparar la esencia que les ayudará a soportar el frío extremo. Están en su casa.
Una vez que Rotver se ausenta, una nueva curiosidad llega a mi cabeza. Miro a Zelda para que me dé una respuesta.
- Zelda… ¿eres celosa?
La dama me mira seria, para luego sonreír de una manera algo extraña…
- No lo sé… ¿y tú? – preguntó, mirándome fijamente a los ojos.
- ¿Yo? – pregunté confundido. – ¿Yo qué?
- ¿Eres celoso?
No pude responder, pues mi corazón comenzó a latir aceleradamente. Zelda solo rio a carcajadas ante mi reacción.
¿Celoso? ¿Yo? Imposible…
A la llegada del amanecer, agradecimos a Rotver y Keline por todas sus atenciones. El científico nos dio a Zelda y a mí una poción ignífuga, la que nos ayudaría a soportar el frío del Monte Lanayru.
La salida de la región de Akkala hasta la llegada a las faldas del Monte Lanayru nos tomó horas, llegando casi a la llegada del ocaso. Tuvimos que tomar algunos descansos para relajarnos y comer algo, y así poder continuar nuestro viaje.
Ahora ya estábamos donde deseábamos, y aunque aún no comenzara la escalada, ya el frío se sentía intensamente, por lo que le entrego a Zelda la botella con la poción ignífuga.
- Sé que no te gusta, pero por más asquerosa que sea, hay que hacerlo.
Zelda, con cara de desagrado, toma la botella y bebe lo más rápido posible, aguantando las arcadas. Yo hago lo mismo, y aunque si tiene un sabor desagradable, es algo soportable. Al parecer el rumor de que hasta las piedras aguanto es algo muy cierto.
- Toma mi mano, princesa. – pedí, sonriendo. – Así la escalada será más sencilla.
- Gracias, Link.
Juntos comenzamos el ascenso, deseando que nuestro camino no se vea más complicado.
Llegamos a la cima al anochecer… muertos de cansancio.
Al inicio la subida fue bastante tranquila, pero después se volvió complicada. Algunos monstruos se aparecieron en nuestro camino, por lo que acabé con ellos, y ni el clima ni mis pies enterrándose en la nieve ayudaban. Más que nada, me preocupaba Zelda, pues no olvido lo vulnerable que se encuentra y no deseo que se complique más.
Ahora nos encontramos frente a la fuente de la Sabiduría, la que a diferencia de las otras es más grande, al igual que la estatua de la Diosa. Zelda se encuentra lista para adentrarse a sus aguas, lo que me preocupa por lo heladas que deben estar.
- Zelda, no… – expresé tomándola del hombro, preocupado.
- Tengo que hacerlo, Link. – dijo ella, con voz pausada. – Por todos y por mí.
Cada día te admiro más, Zelda… Aprendo tanto de ti.
La princesa se sumerge a las aguas, las que estoy seguro de que torturan como dagas punzantes, pero aun así ella sigue resistiendo.
No puedo creer que lo mismo haya repetido desde niña. ¿Cómo lo soportó?
Una vez que Zelda termina su oración, la estatua y las aguas comienzan a brillar.
Una extraña imagen aparece a los pies de la princesa.
- Entonar la canción lo sanará…
¿Una canción? Son notas musicales los que están a los pies de Zelda.
Sin embargo, me olvido de todo eso al ver que Zelda comienza a sentirse mal… la maldita esencia de Ganon vuelve a salir de su boca.
- ¡Zelda! – grito desesperado al ver que no deja de toser.
Mi camino a su ayuda se detiene al sentir como la tierra tiembla terriblemente, hasta que la cima de la montaña sufre un derrumbe. Sin embargo, nada es más impactante que lo que aparece frente a nuestros ojos.
Un enorme dragón aparece volando por los cielos, mientras el ambiente se perturba con sus gritos de dolor.
Comentarios finales:
Hola a todos, estoy feliz de estar de nuevo por aquí con otro capítulo.
Ahora vemos las cosas desde el enfoque de Link, donde pasó pos situaciones raras, graciosas y serias. Ya se dieron cuenta de que me estoy enfocando en la misión secundaria de "expansión inmobiliaria", pues es mi favorita, la que más me gusta, y obvio que si esta historia es contada desde otro enfoque, haré que sea mucho más interesante y con mi toque personal. Estoy segura de que para algunos esta misión también es de su agrado, aparte que es la más larga.
Rotver ha aparecido, y es aquí que me toca ser honesta, pues para él tenía otros planes. Por las situaciones ocurridas en el último DLC de HWAOC (no daré spoilers), quise que él y Prunia sea pareja XD, y no es que en el HW lo hayan sido, pero vi en ellos mucha complicidad, como se miraron en una parte de la trama, pero luego lo pensé y decidí que no. Mi plan era volver a Rotver joven y que antes de eso haya enviudado, y que así se vuelva a encontrar con Prunia. Sin embargo, se me hacía demasiado feo que se metiera con Prunia, cuando Keline fue asistente de ella y de Impa. Sé que si era viudo no tenía nada de malo, pero aun así, mis convicciones no me lo permitieron, y creo que muchos pensarán como yo. Quizás en alguna otra historia, basada en AOC se vería bien, pero en este caso, no. El viejo ama a su celosa y seguirá con ella por otros cien años (en BOTW, en su diario, dice que se casó con ella como de noventa años).
Ahora, sobre el final, prefiero leer sus teorías y opiniones.
Muchas gracias a todos y espero tengan una linda semana ^^
