Capítulo 35: Farsante

Pensé que los recuerdos ya no iban a invadirme de esta manera, a pesar de que este no tiene imágenes, pues no las necesito para reconocer la risa de Abril ni a su melodía favorita. Es la primera vez que la escucho entremezclada con su voz.

¿Por qué esta sensación ha regresado a martirizarme?

- ¡Yahahaiiii! ¿Pequeño, qué te pasa? – preguntó una voz.

El dolor de cabeza comienza a ceder al escuchar la pregunta, así que abro los ojos.

Hay una criatura… bastante extraña y pequeña.

El ser parece un árbol andante, y por alguna extraña razón se me hace conocido; una hoja grande cubre su rostro, mientras hongos de color rojo crecen en su cabeza. Observándolo bien, tiene muchas grietas en el rostro, casi como arrugas.

¿Dónde lo he visto? Me da ansiedad no recordar…

- ¿Por qué me miras así? – preguntó la criatura en tono indignado. – Yo sé que he envejecido un poco, pero no es para tanto, pues sigo siendo tan guapo como siempre.

- ¿Quién eres? – pregunté, aún arrodillado en la arena y sin dejar de mirarlo. – ¿De dónde saliste?

- ¿¡No me recuerdas!? – preguntó el ser. – Bueno… ya no eres un pequeño, así que quizás no te acuerdes de mí. Soy Gingo…

- ¿Gingo?

Su nombre tambalea por todos los confines de mi mente, hasta que llega al punto exacto. En mi infancia lo conocí. Fue él quien me enseñó a hacerle la corona de flores a Zelda.

- Mi hada padrino… – dije, causando en la criatura una sonrisa.

- ¡Síiiii! ¡Te acordaste de mí!

- Pensé que había soñado contigo. – dije conmocionado.

- No, nunca fui un sueño. – respondió él, riéndose. – A decir verdad, yo debía reaparecer en otra etapa de tu vida, pero en estos momentos también tienes que reclamar algo que te pertenece. Por eso estoy aquí.

- ¿Qué es lo que me pertenece? – pregunté ansioso. – ¿Te refieres a mi espada? ¿¡Tú sabes dónde está!?

Cargué a la criatura en un arrebato de desesperación, causando que esta se asuste y se ría en medio de los nervios. Su textura es casi como la de cualquier árbol, solo que más suave, como la piel de un durazno.

- ¡Suéltame, pequeño Link! ¡Más respeto a tu hada padrino! – reclamó el Kolog, regresando sus pies al suelo. – Mi tronco es frágil.

- Lo siento… – me disculpé, colocando una mano en mi nuca, avergonzado. – Pero estoy desesperado. En estos momentos estoy en una situación que no entiendo, que está fuera de las cosas que tengo que hacer. Tengo que tomar a Zelda y huir de aquí cuanto antes.

- Yo no te lo aconsejo. – dijo la criatura. – Tienes que reclamar las cosas que son tuyas.

- ¿Cosas? – pregunté sorprendido. – ¿Es más de una cosa?

- Así es. Y la mejor manera de que las descubras es que investigues. – dijo Gingo. – Busca por todos los rincones que te llamen la atención, analiza a las personas que se cruzan en tu camino; con lo curioso que eres no te va a costar. Te aseguro que te llevarás una gran sorpresa.

- ¿No entiendes que debo irme? No puedo quedarme más tiempo aquí.

- Si no lo haces te vas a arrepentir… créeme, me lo agradecerás muy pronto.

Mi hada padrino se aleja de mí a la par que su cuerpo empieza a rodearse de hojas… hasta que desaparece.

Otra vez me veo envuelto en las encrucijadas que la vida me pone por delante, y lo que es peor, sin más armas que la curiosidad que siempre me caracteriza, la que me ha llevado a cosas maravillosas, como reencontrarme con Zelda, pero también terribles situaciones en las que he arriesgado mi vida.

¿Qué me tocará experimentar esta vez?

- ¿¡Qué haces aquí!?

Pensé que la mirada que sentí a la lejanía era de Gingo, pero para mi sorpresa u horror no fue así. Me doy la vuelta y veo a esa mujer mirándome con recelo, a Saria.

Me pongo de pie para enfrentarla, intentando dejar de lado todo lo que me produce. No puedo descifrar el sentimiento que tengo al verla, tan diferente al que tengo por Zelda, pero parecido al mismo tiempo.

- Te hice una pregunta. – volvió a repetir la mujer. – ¿Qué haces aquí? ¿Cómo pudiste escapar de la celda?

- Eso no importa. – respondí serio. – Ahora que estoy libre nada podrás hacer para encarcelarme. No necesito armas para detenerte y el que seas mujer me tiene sin cuidado.

La mujer parece sorprenderse, pero aun así la intensidad de su mirada no se reduce, ni tampoco parece querer hacer algo para evitar mis acciones.

- Tú y tu mujercita lárguense de la aldea. – dijo Saria.

- Claro que nos iremos, pero no sin las pertenencias que nos arrebataste.

- No pienso devolverlas, pues con ellas seguirán engañando a la gente… como casi lo haces conmigo.

- ¿Casi te engañamos? – pregunté irónico. – Pensé que no, por eso nos encerraste. ¿O acaso tu corazón está lleno de dudas?

- ¡Ya cállate! – gritó la mujer, mortificada, reduciendo por pocos segundos esa mirada llena de rencor. – No pienso seguirte escuchando. Haz lo que te dé la gana, lárgate del pueblo, quédate aquí, pero a mí no te me acerques nunca más.

- ¿Por qué tanto odio si no me conoces?

- Eso no te importa, imbécil. – dijo la mujer, volteándose. – No te metas en mi vida.

Saria, llena de furia, se va de la playa, dejándome con más dudas que al inicio, e incluso malestar en mi alma. Sus sentimientos de rechazo hacia mí me mortifican y no me rompe la cabeza el no saber por qué.

Necesito conocer más de ella antes de enloquecer.

Regreso a mi encierro, algo que me parece estúpido, pero huir a esta hora con lo alterado que me tiene este asunto sería arriesgar la vida de Zelda y la mía.

Mañana pensaré bien qué hacer, pues no podemos irnos sin nuestras pertenencias.


Por el agujero excavado por el lobo, puedo darme cuenta de que el sol está asomándose. Con la tensión de lo ocurrido, descubrí que los peones de Saria no me arrebataron algunas cosas que no estaban en la alforja, sino en mi bolsillo; como el trozo de ocarina rota de Abril, el misterioso colgante que me dio el rey, y la ocarina mágica que encontré en mi casa.

- Link…

Zelda ha despertado, y espero que se sienta mejor después de lo revelado en la noche anterior. Aún me siento culpable por eso.

- ¿Cómo te sientes, princesa?

- Mejor, Link… – dijo ella, con seriedad en su mirada y voz.

Ella se acerca y me abraza, cosa que le devuelvo al sentir el pesar de su alma, pero prefiero mil veces que se haya enterado de las cosas por mi boca que la de Astor, quien con crueldad se lo hubiera revelado… a pesar de que aún tiene muchas cosas que contar.

- Zelda, perdóname por haberte causado este dolor.

- No es tu culpa, Link. – dijo ella, separándose de mí para mirarme a los ojos. – No sé por qué, pero a medida que iba creciendo, siempre sospeché que Astor conocía las causas de la muerte de mi madre y de nuestros errores en el Cataclismo, pues fue demasiada coincidencia que él haya renunciado a su cargo y partido del palacio después del velorio, pero sobre todo el haber seguido teniendo contacto con mi padre para mal guiarlo en la fecha del regreso de Ganon… causando así nuestra caída.

- Zelda…

- Tengo que sacar fuerzas para continuar, así que estaré lista para enfrentarlo cuando llegue el momento. – dijo Zelda, decidida. – Ahora lo que importa es salir de aquí.

- Si lo deseas podemos huir... – dije, dudando un poco de lo que tenía que confesarle. – Pero antes tengo cosas que hacer aquí, como recuperar nuestras cosas.

- ¿Ah?

- Salí en la madrugada porque el lobo logró hacer una salida, pero cuando fui a perseguirlo no lo encontré. – relaté, cuidando de no contar más cosas de las debidas para mí. – En ese momento encontré a Saria y nos dijo que podíamos irnos cuando queramos, pero no lo haremos hasta recuperar nuestras cosas.

- Olvida las cosas, Link, mejor vámonos.

- De ninguna manera, Zelda. Necesitamos las armas, la tableta Sheikah, además de…

No solo la tableta Sheikah es importante, sino más cosas que son invaluables para mí, como el diario del rey, las cartas de mis padres. Y también para Zelda, como el texto de su maestro, a pesar de que por mí que este último se pierda… pero no puedo ser egoísta.

- Tienes razón, Link, es importante recuperar la tableta. – dijo la princesa. – No sé en qué estaba pensando.

- Bueno, es momento de irnos. – dije. – Yo veré la manera de recuperar nuestras cosas.

- ¿Es solo por eso, Link? – preguntó Zelda para mi extrañeza. – Siento que algo más te pasa.

Desde que hablé con Saria me siento extraño, con una gran necesidad de saber de ella. No sé cómo Zelda va a tomar eso.

- Princesa… la verdad quiero seguir investigando a Saria. – respondí, tomándola de los hombros. – Siento que esconde algo y necesito saberlo.

- Puedo ayudarte si lo deseas.

- No… tengo que hacerlo solo.

Ante mi respuesta, Zelda se suelta de mí, mostrándose entre enojada y decepcionada. No quiero que piense cosas que no son, pero tampoco puedo explicarle lo que pasa porque ni yo mismo lo sé.

- ¿Tanto interés tienes en ella? – preguntó ella, dándome la espalda.

- No de la manera en la que te imaginas, Zelda. – dije, mostrando firmeza en mi voz. – Creo que te he demostrado que no soy así.

Poco después ella voltea y me toma de las manos, mostrándose arrepentida.

- Lo lamento, no sé qué me pasó…

- No te preocupes. – respondí riéndome. – Aunque tengo que reconocer que fue agradable verte celosa.

- Yo no estaba celosa…

- ¿Entonces qué fue eso?

- Nada, Link…

- Yo solo te amo a ti…

Le robo un beso fugaz a Zelda, para después guiarla hasta la salida improvisada por el lobo.

Aún no sé cómo… pero no me iré de aquí hasta recuperar lo que me pertenece.


Zelda y yo pudimos ver la playa por primera vez, pues la noche anterior no lo permitió. Me llama la atención ver a sus habitantes laborando en las orillas o pequeños embarcaderos, emocionados por la pesca del día; madres trabajando con sus hijos pequeños al lado y más de estos niños corriendo felices por la arena.

Este sitio me arrastra a quedarme, produciéndome sensaciones acogedoras que no comprendo…

Avanzo con la princesa a mi lado, sintiendo como nuestros pies se hunden en la arena y el salado viento nos relaja los sentidos. Este olor es idéntico al de mi sueño… con papá y Abril. Ahora más que nunca los tengo en la mente y corazón.

- Link… – me llamó Zelda, asustada.

Nuestro camino se ve detenido por un grupo de personas, Saria y sus subalternos. Apenas nos ven en libertad, el enfurecido gentío se dispone a caernos encima, pero se detiene al escuchar la orden de su matriarca.

- ¡Déjenlos!

- ¡Pero…! – se quejó uno de los hombres. – ¡Pero, mi señora Saria, se ha escapado estos impostores!

- Es mejor dejarlos ir…

Saria empieza a acercarse a nosotros, pero ni Zelda ni yo nos movemos de nuestro lugar. La mirada de la sabia sigue siendo intimidante y terrorífica para mí.

- Espero no volverte a ver nunca más, impostor…

- Te lo volveré a preguntar, extraña mujer. ¿Por qué tanto odio? – pregunté nervioso y enojado, devolviéndole la misma mirada. – ¿Te debo algo? Nunca entenderé la razón por la que nos agredes para luego dejarnos ir.

- Me debes la paz… por eso quiero que se vayan.

- Saria, no desconfíes de nosotros, por favor. – pidió Zelda, preocupada. – Yo te aseguro que no somos quienes piensas, por eso necesitamos que nos permitas contarte todo para que nos creas.

- ¿Creer? Hace tiempo que dejé de creer en las personas. – dijo la sabia, mostrando de nuevo esa mezcla de rabia y resentimiento en sus ojos. – Su presencia únicamente ha causado malestar en mi alma, y si quieren que les perdone la vida, lárguense.

- ¿Dónde están nuestros caballos? – pregunté.

- Están en la salida de la aldea, por donde se irán para siempre. – respondió Saria sonriendo. – Los animales no son objetos, así que no nos quedaremos con ellos.

- Imagino que no es necesario darte las gracias. – afirmé irónico.

- De ti no deseo nada, solo que te largues y no me atormentes más.

Saria voltea para irse, no sin antes volver a regalarme esa mirada llena de desprecio, pero como siempre, camuflada por el dolor.

Tomo a Zelda de la mano y hago el ademán de nuestra partida. Sin embargo, mi intención solamente es ganar tiempo para lograr mi cometido.


Nos hemos retirado de la aldea… solo un poco. Ahora estamos en el bosque cercano observando todo desde la lejanía, o más bien, esperando el momento perfecto para regresar.

- Lo que planeas es muy peligroso, Link. – se quejó ella, preocupada.

- No lo es, Zelda. Tranquila.

- ¿¡No lo es!? – preguntó alarmada. – Planeas entrar a su casa a robarte las cosas. Sus peones te matarán.

- No tengo otra opción. Quiero recuperar nuestras pertenencias y descubrir cuál es el legado del héroe. – afirmé decidido. – Si no recupero lo que es mío no voy a tener paz.

- Te siento tan extraño, Link. – dijo Zelda. – Vuelvo a preguntarte si no hay algo que deba saber.

- Sí hay algo que debes saber, pero ni yo mismo lo sé… pero te prometo que voy a descubrirlo y decírtelo.

- Iré contigo, entonces.

- No, Zelda… esto debo hacerlo solo. – dije, sin ninguna intención de cambiar de opinión. – Prometo que no tardaré.

Fijo mi mirada en la casa de Saria, mientras siento como Zelda me abraza por la espalda. Necesito descifrar el misterio de este lugar, el de Saria, y la razón por la que le causa tormento.

No me iré hasta saberlo…


Puedo ver a la distancia como la gente está regresando a su casa, mientras el ocaso está a punto de terminarse y la luna comienza a asomarse. En ese momento me decido a entrar en la casa de Saria… sin importarme encontrarme con sus peones.

Con mucha dificultad, dejo a Zelda en la arboleda, pero de ninguna manera voy a arriesgarla. Si voy a morir, que me maten a mí.

Cuando llego a las afueras de la casa de la sabia, puedo entrar por una ventana que gracias a que está entreabierta logro mover. Por suerte no hay nadie, lo que me hace pensar que los cuidadores de Saria solo están con ella durante el día, mas no en las noches; algo normal, pues parece que a ella le encanta ser una solitaria.

Una vez paso por la ventana, me doy cuenta de que he llegado a la cocina. Salgo de inmediato de ahí.

Sigo por el pasillo por el que al inicio de todo esto nos llevaron a Zelda y a mí, pasando por la misma habitación en la que conocimos en a la sabia. Voy al siguiente cuarto y al abrir la puerta logro ver a Saria dormida profundamente y con el rostro mortificado.

Miro a la mujer por largo tiempo, mientras mi corazón late aceleradamente, como si los misterios que guarda fueran capaces de arrebatarme el aliento, como si el secreto y legado que esconde me desplomarán sin ninguna piedad.

¿Por qué me ocurre esto? Ya estoy harto de tantos "¿por qué?", pues me persiguen desde que desperté de mi letargo, estado que me separó de todo el pasado que amé, a excepción de Zelda, pues mi familia quedó sepultada por las garras de mi enemigo.

Hoy más que nunca pienso en ellos…

Decido desaparecer de la puerta de la habitación de Saria, pues sería una fatalidad que me descubra. Además, no debo desviarme de mi verdadero objetivo, recuperar mi legado.

Saria no es tan tonta para guardar aquel objeto en su habitación, así que decido buscar en otro lado...

- ¿Ah?

Volteo con espanto al volver a sentir una presencia ya conocida… el lobo otra vez. Esta vez, el animal se encuentra frente a mí, moviendo la cola como siempre.

- Si esta vez estás aquí tendrás que ayudarme de nuevo. – dije hablando en voz baja. – Llévame a descubrir el secreto de Saria.

Para mi horror, el lobo entra a la habitación de la sabia. Se aproxima a un colgador de ropa y mete su hocico al bolsillo de su túnica, la que al parecer la mujer tenía puesta el día de hoy. Poco después regresa y coloca en mis manos una bolsa de tela con un objeto dentro.

- ¿Qué es esto? – pregunté curioso.

Por supuesto, mi pregunta es estúpida, pues el animal no va a responderme. El lobo se da la vuelta con la intención de que lo siga. Y esta vez me lleva al otro lado del pasillo, a un tapete adornando la pared.

- ¿Este es el camino? – pregunté al lobo.

El animal mueve el tapete con su cabeza, enseñándome que detrás de él hay una puerta, la que abro de inmediato.

Ahora me encuentro en una habitación nada especial; es más, está desordenada y llena de cajas. En ese momento, el lobo empieza a correr como un loco encima de ellas, causando ruido por todos lados.

- ¡Nooo! – pedí en voz baja. – ¡No hagas ruido! ¡Vas a despertar a Saria!

Sin embargo, el animal no me hace caso, más bien en su relajo hace caer una de las cajas, las que logro tomar con rapidez antes de que toque el suelo.

El polvo del lugar causa que tosa sin control, mientras mi visión se nubla. En poco tiempo puedo recobrarme.

- ¿Por qué haces eso, lobo? – pregunté, volteando a ver al animal. – ¿Acaso quieres que nos…?

Mis palabras se las lleva el silencio, pues el lobo, una vez más, ha desaparecido. Como siempre, el raro animal busca burlarse de mí.

En ese momento, me doy cuenta de que la caja que tengo a mis manos es de distinto color a las demás, cosa que llama mi atención y la abro.

- ¿Qué es esto?

Hay cosas extrañas en la caja. En un estuche de terciopelo se encuentra una pulsera de piedras valiosas. También hay un sobre grueso que parece que tiene papeles o cartas… lo abro.

- Son fotografías…

La primera fotografía que encuentro es la de una mujer anciana acompañada de un hombre cercano a su edad, rodeada de adolescentes y niños. Se la ve feliz, a pesar de que su mirada posee tristeza. La siguiente imagen es de la misma anciana, pero esta vez más joven… y conocida.

- Se parece a Saria…

La siguiente fotografía me saca de mis dudas. Veo a Saria, tal y como se ve ahora, con un hombre a su lado, este cargando a un niño y ella con un bebé en brazos. Lo que me hace descubrir que tiene o tuvo una familia. Sin embargo, creo que lo último es lo más certero, pues la mujer está sola, además que tiene más de cien años.

- No entiendo nada…

Me dispongo a ver la siguiente fotografía, pero por alguna razón mi corazón se detiene por unos segundos, como si fuera a descubrir algo que me matará. Sin embargo, no me detengo, ya he llegado demasiado lejos para hacerlo.

Y tal y como lo sospecho… la siguiente foto me fulmina.

Esta vez se trata de Saria acompañada… y no precisamente por su presunto esposo o hijos.

- Qué…

Mientras el pecho se me destroza por los fuertes latidos de mi corazón, comparo la foto actual que estoy viendo con la anterior. Saria se ve distinta, pero es la misma, sus ojos color mar son exactos…

Sigo viendo las fotos, y cada una en distintas etapas de su vida, con diferente físico… y una en particular termina por detener mis latidos.

Lanzo la caja con fuerza, alejándola de mí, causando que en ese momento que el objeto que me dio el lobo caiga a mis pies. La abro para saciar de una vez esta maldita incertidumbre… Y me derrumbo.

Mis manos tiemblan con el objeto en mis manos, mientras la cabeza me revienta del dolor… y no solo eso, no aguanto más y corro a una esquina a vomitar nada más que agua, pues desde hace horas que no como nada. Aunque me detengo, mi cuerpo sigue fuera de mi control, me falta el aire y siento que me voy a desmayar.

Aterrado, con el objeto encontrado en la mano, salgo de la habitación y corro a la cocina para salir por la ventana. Y una vez que mis pies tocan la arena, me encuentro con Zelda.

- Lo siento, Link. – dijo Zelda, apenada. – Sé que me dijiste que te espere, pero estabas tardando tanto y…

No permito que termine su frase, pues corro a ella a abrazarla con fuerza, mientras mi cuerpo tiembla sin control. Zelda me toma fuerte entre sus brazos, tratando de calmarme.

- ¿¡Link, qué tienes!? – preguntó espantada.

No puedo articular palabras, solo me sostengo de Zelda para no caerme.

- Vámonos de aquí, Link. – dijo la princesa, alarmada.

Me dejo guiar por ella, mientras sostengo la bolsa de tela con fuerza.


Ahora me encuentro escondido en el bosque incapaz de mirar a Zelda, dándole la espalda no a ella, sino al martirio que me persigue.

- No puedo creerlo, Link… dijo Zelda, ahora compartiendo mi impacto emocional. – Es imposible…

- Esa mujer es una farsante... – dije, hablando por fin.

- ¿Qué piensas hacer? Pienso que puedes estar equivocado, tiene que haber una explicación a todo esto.

- Tengo que comprobarlo o voy a enloquecer. – dijo serio, con las emociones dejándome sin aire. – Es mi vida pasada.

- ¿Estás seguro?

- Es necesario para recuperar lo que es mío… mi legado.

Zelda se acerca a abrazarme, estando de acuerdo con la decisión que he tomado.


Mis dedos se adentran a la suavidad de la arena, mientras mis pasos se aproximan a la orilla del mar. El sol comienza a asomarse lentamente a la lejanía.

Por primera vez siento la suavidad del agua acariciando mis pies, aunque al mismo tiempo no es así, pues yo ya estuve en un escenario así en el pasado, cuando compartí momentos felices con mi familia.

Nunca dejaré de arrepentirme por haber sido tan débil hace cien años, pues no pude proteger a mi familia ni salvarla de las garras de la destrucción. No me pesará jamás el haber puesto a Zelda como prioridad, pues cumplí con mi deber de caballero y de hombre… pero aun así, la desaparición de los míos es un dolor que por siempre me acompañará.

Saco la ocarina azul de mi alforja, recordando cuando mi hermana me enseñó a tocar su melodía favorita. En este momento recuerdo que siempre supe tocarla, solo que fingía no saberlo porque a ella le encantaba enseñarme, corregirme con orgullo ante cada intencional falla.

Coloco el instrumento en mis labios y entono la melodía, entremezclando la música con las olas del mar. Siento como mi alma se embarga ante las notas que creí olvidadas en mi mente, pero que mi corazón siempre recordó, y es ahí donde siempre vivirán los seres que más amé.

- ¿Qué estás haciendo?

Una agresiva voz detiene mi melodía, por lo que me detengo, pero no asustado, sino en calma, pero al mismo tiempo envalentonado. Me encuentro con la furiosa mirada de Saria, esta vez con odio encima de mí.

- ¿No lo ves? – pregunté con sorna, volteando para ver a la recién llegada. – Entono una canción que tiene tu nombre, ¿puedes creerlo?

- ¿Qué dices? – preguntó la mujer, quien para mi sorpresa bajó la guardia.

- Lo aprendí en un libro que leí hace mucho tiempo, el favorito de mi hermana menor. – respondí sonriendo, buscando controlar mis emociones. – Porque sí, impostor y todo, tuve una familia.

La mujer no dice nada, mientras que yo camino cerca de ella, intercambiando los lugares en los que nos encontramos. No me quita la mirada de encima.

- Creí haberte dicho que te largaras de aquí, que no quería verte más. – dijo amenazante. – ¿O acaso quieres que llame a mis hombres?

- Llámalos si quieres… para que descubran lo farsante que es su matriarca.

- ¿Qué? – preguntó indignada. – ¿Qué tonterías estás diciendo?

Lanzo una carcajada, mientras guardo la ocarina en mi bolsillo y mantengo mi mano en él.

- ¿Sabes? Tu nombre me recuerda a uno de los personajes de los cuentos de mi hermana, los Kokiris, los legendarios niños del bosque. – relaté sonriendo. – Fue ahí donde ella aprendió esta canción, la que hace un momento me viste tocando.

Saria no dice nada, su mirada está perdida en la seriedad. Sin embargo, luego se ríe burlona.

- Eres increíble... – expresó la mujer. – De todos los impostores que vinieron aquí cegados por la ambición, eres el mejor, un gran actor, aunque me cueste reconocerlo.

- No tan buena actriz como tú…

Saco de mi bolsillo un objeto, causando que la sabia lance un grito de espanto y enfurezca.

- ¡Eso es mío! – vociferó molesta, acercándose a mí para arrebatármelo. – ¿¡Cómo te atreviste a robarme!?

Poco después, saco de mi bolsillo otro objeto, el que el lobo me dio. Se lo doy a Saria y acabo con todo el enojo que la embarga.

- Esto es lo tuyo, no lo otro. Revísalo.

Saria saca de la bolsa su preciado objeto, el que encaja perfectamente con el que yo tengo en mi mano. La respiración de la mujer se entrecorta, mientras por primera vez veo sus ojos humedecerse.

- Imposible… Tú solo quieres burlarte de mí.

- Saria, ahora que te veo bien… ese cabello verde y falso no te queda nada bien. – expresé nervioso, pero aparentando fortaleza.

Me doy la vuelta, dejando a Saria de lado para sentarme en la arena, mientras mi mano se adentra a las cálidas olas del mar. Solo el silencio nos invade y siento que ella no mueve ni un músculo para alejarse o atacarme.

- ¿¡Ah!? – expresé, sacando un objeto de mar. – Mira lo que encontré.

Me levanto y camino hasta Saria, quien ahora tiene terror y lágrimas en los ojos. Es tanto su impacto que deja caer en la arena los trozos de la ocarina perfectamente encajados.

- Me gustan los caracoles… – recité con la voz temblorosa.

- Igual… que a mi mamá…

Por primera vez después de cien años… he vuelto a sentir las lágrimas en mi rostro.


Comentarios finales:

Hola…

Solo los saludaré, pues yo no tengo nada que decir, sino ustedes. Las explicaciones los daré en el siguiente capítulo.

Un abrazo ^^