Capítulo 43: Sueños ultrajados
A pesar de que creo haber descubierto lo que ha pasado… por lo que estoy pasando; mi cuerpo está paralizado, como si el frío del desierto lo hubiera congelado y enterrado en la arena.
Me quema… me duele… pero aun así no puedo moverme.
- ¿¡Quién eres!? – me grita una de las soldados que cuida a la enferma Riju, una mujer alta, corpulenta y fuerte. – La matriarca está indispuesta. ¡Largo!
- ¡No! – respondí impulsiva. – Ella tiene que despertar y explicarme todo. ¡Debe sanar!
- ¿Qué? – preguntó la mujer, sorprendida.
- ¡Yo puedo sanarla! ¡Permítanlo!
En ese momento, todo el séquito de soldados se acercó a mí, con sus armas apuntando a mi frente. Un paso en falso y me perforan la garganta... Sin embargo, la convivencia con Link, sobre todo en esta época, me ha enseñado a nunca agachar la cabeza, por lo que me mantengo altiva, por más que me muera de miedo.
Percibo que el mal que aqueja a Riju no es físico, sino espiritual y mental… y por tal energía, sospecho quién está detrás de eso.
- No tengo miedo a morir. – afirmé segura. – Pero si me matan, estarían acabando con la única oportunidad posible para despertar a su matriarca de ese mal que ustedes desconocen. ¿O no?
- ¿Y crees que así de fácil vamos a creerte? – preguntó la mujer que me interceptó al principio.
- ¿Y creen que así de fácil pude entrar al palacio de la matriarca? – contesté con otra pregunta. – Les aseguro que todo tiene una razón de ser. Confíen en mí.
- Hemos cuidado a nuestra matriarca desde aquel día que la encontramos inconsciente en el desierto. – dijo la soldado, enfurecida. – Si ningún médico o curandero ha podido ayudarla, descifrar lo que le pasa, ¿qué pretende una niña como tú?
Una de las Gerudo se posiciona para atacarme, pero la mujer más llamativa entre ellas, la que estoy segura es la Líder, interviene.
- ¡Espera! – expresó la mujer, seria. – Veamos qué es lo que quiere hacer esta muchacha.
- Pero Comandante Adine... – refutó la soldado.
- La mirada de esta joven se ve sincera. – respondió la llamada Adine. – Además, lamentablemente, no tenemos otras opciones en las que confiar.
- ¡Ya escuchaste a mi comandante! – me gritó la soldado. – Haz lo que tengas que hacer… pero te advierto, al primer movimiento que vea extraño, te mato. ¡Defenderemos a nuestra matriarca con la vida!
Afirmo a la amenaza de la soldado, quien, a pesar de mostrarse ruda, se percibe temerosa, y tiene todo el derecho. Con amor y fidelidad cuidan a su soberana.
Me acerco a la cama de Riju, la que perteneció a Urbosa, y veo una imagen totalmente diferente a la adolescente que conocí como su hija en tan cruel espejismo.
- Diosa… – expresé sorprendida. – Pero si es solo una niña.
En el espejismo sí vi a una Riju infantil, pero nada se compara con verla así, tan inocente, portando el traje de una matriarca. Su joyería y tiara, tan conocidos, se encuentran en la mesa de cama, pero aun así no dejo de sorprenderme.
- Mamá…
Me duele escucharla llamar a su madre de esa manera, pues trae a mi mente dolorosos recuerdos, donde nadie se acercó a secar mis lágrimas… más que… ese pequeño.
Ese pequeño ser…
Prefiero dejar de lado los tormentosos recuerdos y concentrarme en lo importante, sacar a Riju de la pesadilla que no la deja despertar.
Junto mis manos y comienzo la oración…
- Mipha, orgullo de los Zoras, Campeona excepcional. Pido me prestes tu poder para sanar la perturbada alma de esta joven, quien es prisionera de la más cruel de las pesadillas.
Apenas termino la oración, mis manos empiezan a sentirse cálidas, hasta que el poder de la Campeona se manifiesta.
- Riju, que la plegaria de Mipha te libere.
Coloco mis manos en la frente y corazón de Riju, causando que su respiración agitada desaparezca y deje de llamar a su madre con martirio.
- ¡Matriarca Riju! – gritó Adine, desesperada.
Y en pocos segundos… Riju abre los ojos.
- ¡Matriarca! – gritaron las soldados.
- Bajen la voz. – solicité. – Dejen que recobre bien la conciencia.
Riju, con dificultad, se incorpora en la cama, y es ahí que nuestras miradas se cruzan, causando en mí un impacto enorme.
Tiene tantas cosas parecidas a Urbosa.
- ¿Todo fue un sueño? – preguntó confundida, para después mirarme.
Riju me mira con suma curiosidad, para posteriormente colocar una mano en mi rostro.
- Tú me salvaste por medio de ese prestado poder. – dijo la matriarca, con lágrimas en los ojos. – Y la dueña del mismo me ha revelado tu identidad.
- ¿Ah?
- Me salvaste la vida… princesa Zelda.
Todas las soldados, en especial Adine, lanzan una expresión de sorpresa por la confesión de Riju, mientras que yo quedo de piedra. La joven matriarca me abraza, cosa que le correspondo de inmediato, sobre todo porque esta empieza a llorar en mi hombro.
- Me sacaste de ese sueño… horrorosamente hermoso para ser real.
- Matriarca Riju. ¿Cómo sabes quién soy? – pregunté sorprendida.
La joven sonríe con dificultad, para después mirar a sus mujeres protectoras.
- Mi querida Adine, mis queridas soldados, gracias por haberse preocupado por mí. – expresó la Gerudo. – Ya pueden ir a descansar y anunciar a las demás que me he recuperado. Quiero conversar a solas con la princesa Zelda.
- Mi señora, con todo respeto... – cuestionó la Líder. – ¿Está segura que es ella? Se supone que la princesa debería estar…
- Confía en mis palabras. Ella es la única que puede acabar con este infierno. – respondió. – Por favor, déjenos a solas. Estaré bien.
Las mujeres se retiran de la habitación de la matriarca, dejándonos solas para enfrentar, quizás, una de las conversaciones más complicadas para mí.
- ¿Qué está pasando matriarca…?
- Riju. – interrumpió. – Llámame por mi nombre.
- Riju… ¿Qué fue lo que pasó? – pregunté preocupada. – Urbosa…
- Todo lo provocó ese mal nacido ser de las tinieblas.
Riju se levanta de la cama, caminando con algo de lentitud, pero bastante segura. Se acerca a uno de los estantes de la mesa para tomar una fotografía, la cual me enseña. En la imagen se encuentra una mujer Gerudo, hermosa y fuerte, también parecida a Urbosa, portando una tiara tan conocida para mí.
- Ella es mi madre, Amira, la anterior Matriarca Gerudo, a quien yo sucedo actualmente. – expresó con pesar. – Y la que partió de este mundo meses atrás.
- Lo lamento tanto. – expresé, entendiendo a la perfección su dolor.
- Ni bien mi madre fue sepultada, fui nombrada matriarca de esta región, cosa que me abrumó y llenó de terror, pues qué sentido tiene que una niña inmadura asuma semejante autoridad. – relató. – No solo tenía que lidiar con el dolor de mi pérdida, sino asumir un liderazgo a mis ridículos doce años.
Riju deja la foto de la antigua matriarca en el sitio que le corresponde, para después seguir con su relato… pero esta vez con una mirada de frustración.
- Lo único en lo que podía pensar es en lo mucho que me hacía falta mi madre. – relató con lágrimas. – No me importaba el matriarcado y mis responsabilidades, sino recuperar el tiempo, recobrar lo imposible… y fue ahí que él se apareció ante mí. Y pude recordar su cara gracias al poder de sanación que me aplicaste.
La joven queda en silencio por unos segundos, tratando de encontrar las palabras correctas para contarme su historia.
Tengo un presentimiento terrible de todo esto.
- Una noche, en la que sentí que iba a desfallecer de tanta ansiedad, me escapé de la ciudadela. – relató. – Comencé a deambular sola por el desierto, sin pensar en nada más que en el dolor, la soledad y el terror… corrí, caminé hasta que me cansé, y fue ahí que ese sujeto apareció.
- ¿Sujeto?
- Apareció de la nada, como si hubiera salido de la arena entre el viento. – continuó incómoda. – Me dio mala espina apenas lo vi, y como una tonta no había traído conmigo ningún arma para defenderme. El tipo era tan misterioso; cabello negro, piel extremadamente pálida y mirada perdida; parecía un hechicero sacado del mismo averno.
- Astor…
Mi presentimiento ha resultado ser cierto… ese maldito tuvo que ver en todo esto. ¿Por qué posee tanto oído hacia mí y a todo lo que me rodea?
- Quedé paralizada de miedo, sin poder moverme, a lo que él me habló; "Pequeña e infeliz huérfana… ¿Te hace falta tu madre? ¿Sabes cuántas mujeres sufren por la pérdida de un hijo? O Quizás… ¿Por esa familia que nunca pudieron tener?"
Riju comienza a agarrarse la cabeza, por lo que me acerco hasta ella para tomar sus hombros y calmarla.
- Detente. – pido con preocupación.
- ¡No! – expresó consternada. – Debo continuar.
Una vez que está más tranquila, sigue con su historia.
- Después de esas palabras tan extrañas que dijo, colocó su mano en mi frente. – dijo confundida. – Y desde ahí no recuerdo nada más que todo lo que soñé. Una vida tranquila junto a mi madre, a un padre que nunca llegué a conocer porque murió antes de que yo naciera… volví a sentirme amada y protegida como hace meses atrás.
- Riju… ¿Estás consciente que tu madre era idéntica a Urbosa?
- Estoy consciente de eso en este momento, pero en el sueño no lo estuve. – respondió. – Así que ahora no comprendo por qué tuve que soñar que ella era mi madre.
Quedo en silencio por unos segundos, buscando las palabras correctas para poder explicar las razones por las que estaba segura se dieron los hechos.
- Ese sujeto que te acercó se llama Astor, un sirviente de Ganon, nuestro enemigo del pasado. – dije preocupada. – Y él no solo se aprovechó de los vacíos de tu corazón al haber perdido a tu madre, sino también del alma en pena de Urbosa, la matriarca Gerudo de hace cien años y una de las Campeonas elegidas. Ambas, de diferentes maneras, deseaban lo mismo.
- ¿Deseos de Urbosa? – preguntó sorprendida. – ¿Cómo sabes cuáles…?
- Yo… lo leí en su diario.
- Su diario… – repitió sorprendida. – Ese libro siempre estuvo en manos de mi madre y nunca me lo quiso enseñar, por más que le supliqué. Con la muerte de ella lo olvidé por completo.
- No soy quién para revelar las intimidades de esos escritos. – dije apenada. – Sin embargo, debes saber que ella deseaba tener una familia, una hija como tú y ponerle tu nombre, el mismo de su madre. Y por mi culpa eso no pudo darse.
- ¿Tu culpa?
- Sí… porque de haber podido despertar mi poder, hace cien años, ninguno de los Campeones habría muerto.
Riju toma mis manos con fuerza, mientras yo lucho para no desmoronarme.
- La Campeona, dueña del poder con el que me sanaste, me mostró todo de ti. – dijo con una sonrisa. – Y sé muy bien cuánto te sacrificaste por mantener a Ganon lejos de nuestras vidas en los últimos cien años. Gracias, Zelda, mi madre siempre me habló de ti, de tu leyenda, y ahora que te tengo enfrente, es momento de que retribuya tu bondad y entrega.
- No puedo permitir eso. – dije seria. – Eso solo me corresponde a mí.
- De ninguna manera. – refutó la joven. – Ganon es la vergüenza de nuestra raza, el asesino de Urbosa, de muchas personas inocentes y el causante de la miseria del reino. Esta es la señal que necesitaba para ser valiente, para comportarme como una verdadera matriarca.
- Riju
- Además… no le pienso perdonar jamás la afrenta de haberse burlado de mí, de ultrajar mis sueños. – afirmó enojada. – Ahora, más que nunca, sé que mi madre nunca regresará.
Los sueños de Urbosa nunca se harán realidad, así que por eso debo hacer justicia por ella y liberar su espíritu. No sé cómo voy a hacerlo, pues no soy fuerte como mi caballero.
- Debo salvar a Link…
- ¿A Link? – preguntó Riju, sorprendida. – Es cierto… él también estuvo en mi sueño. El héroe elegido por la espada, ahora libre de su letargo.
- El espíritu de Urbosa ha sido corrompido y se ha llevado a Link. – dije destrozada. – Debo recuperarlo.
- Estoy casi segura que lo llevó a Vah Naboris para atraerte.
Y justo en ese momento, la bestia divina vuelve a producir otro desgarrador gruñido, tan doloroso como lo que siento al no tener a Link conmigo. Solo de imaginar que algo pueda pasarle, el perderlo de nuevo, me provoca entregarme a las fauces de mi enemigo sin ninguna resistencia… y esta vez, para siempre.
La tormenta eléctrica está desatada en el desierto. No tengo idea de cómo llegaré hasta la bestia divina.
- ¡Matriarca Riju! – gritó Adine, llegando a los aposentos. – He ordenado a todas las habitantes de la ciudadela que se resguarden de la tormenta. No se le ocurra salir de aquí.
- Has hecho bien, Adine. – dijo Riju, caminando hasta ella. – Sin embargo, lo segundo no voy a cumplirlo, pues ayudaré a Zelda a ingresar a Vah Naboris.
- ¿¡Qué cosa!? – expresó la escolta, descontrolada. – De ninguna manera pienso permitirlo es peligroso.
- No te estoy pidiendo permiso, Adine. – respondió seria. – No tengo tiempo para entrar en detalles, pero aquí ha llegado la princesa Zelda para calmar a Naboris, y así salvar a nuestra tierra. No voy a darle la espalda.
- ¡Pero Riju! – exclamó la mujer, ya hablándole de manera más personal
- Voy a darle cara a este asunto… así como mi madre y Urbosa lo hubieran hecho. – dijo con firmeza. – Es lo que una matriarca debe hacer.
Adine queda en silencio ante la valiente determinación de la joven matriarca, la que no es más que una niña dispuesta a defender a los suyos.
Estoy segura de que Urbosa se sentiría orgullosa de tal legado.
- Veo que no puedo impedir que vaya…
- Ni tampoco dejaré que vengas conmigo. – dijo Riju. – Esto solo me corresponde a mí.
- Me imaginé… así que lo que sea que necesite, solo pídalo.
- Ya hiciste lo más importante, resguardar al pueblo. – dijo la matriarca. – Prepara a Morselia, mientras yo iré con Zelda a la sala del trono.
- Como usted ordene, matriarca Riju.
Riju me hace una señal para que la acompañe fuera de la habitación. No estoy segura sobre lo que tiene en mente.
Apenas llegamos a la sala del trono, Riju empieza a revisarlo, como si estuviera buscando algo. Poco después, un compartimiento se abre en el asiento.
- Mira esto, Zelda. – me indica. – Los tesoros de nuestra tribu.
Riju me muestra algo que ya conocía y no esperaba volver a ver. El casco del trueno, aquella majestuosa joya y arma con sus maravillosas esmeraldas y zafiros decorándolo. ¿Cómo olvidar algo como esto? Urbosa lo usaba cuando me acompañaba a investigar a la bestia divina. Incluso recuerdo que, alguna vez, me quedé dormida en su regazo, mientras el desesperado de Link me buscaba, pues, como siempre, me escapaba para no verlo.
Tantas locuras que hizo Link para cuidarme. Él ni se acuerda de las veces que se vistió de mujer, por voluntad propia, para buscarme en la ciudadela. En esa época, era tan callado y serio, ni le importaba hacer el ridículo; a diferencia de ahora, que es más abierto y muestra si algo le desagrada sin ningún problema.
Tengo ganas de derrumbarme y llorar… pero de ninguna manera haré eso. No sé cómo, pero yo lo salvaré, así me cueste la vida.
- Estos son para ti, princesa Zelda. – me llamó Riju, sacándome de mis pensamientos.
Riju me entrega unos pendientes pesados, pero muy hermosos. Había escuchado de ellos, pero no había tenido la oportunidad de tenerlos o usarlos.
- Pendientes de topacio.
- Así es. – dijo Riju. – Son perfectos para resistir la electricidad. La joyería de esta ciudadela se encarga de producirlos, y a diferencia del casco, están al alcance de todos.
Me pongo los pendientes y noto que son livianos, nada pesados como parecían ser.
- Combinan a la perfección con tu traje Gerudo color rojo. – mencionó Riju, sonriendo. – Vivien se luce cada día más con sus diseños.
- ¿Cómo sabes qué…?
- Podré ser muy joven, pero hay cosas que sí conozco y noto. – comentó la matriarca, riéndose. – Sé perfectamente que Vivien es la "culpable" de que muchos hombres se infiltren en nuestra ciudadela. Por suerte, en la mayoría de los casos, es para verse con sus novias, esposas o hijas. No los culpo.
Esbozo una pequeña sonrisa ante la cómica descripción de Riju, hasta que Adine llega.
- Morselia está lista, matriarca Riju.
- ¿Le equipaste un escudo grande y resistente?
- Así es… – respondió Adine, preocupada, para después hablar. – Riju, es de noche… Por favor, insisto…
- Mi decisión está tomada, Adine.
- Al menos hice el intento… Y a pesar de mi preocupación, estoy muy orgullosa de usted. – manifestó la guardiana. – Su madre se sentiría dichosa.
Los ojos de Riju se humedecen ante el comentario, pero contiene las lágrimas.
- Vamos, Zelda. – indicó Riju. – Naboris nos espera.
La matriarca me hace una señal para que la siga, mientras yo sigo cuestionando todo lo que me espera.
Tan traicionero es el desierto en cualquiera de sus dos caras, pues es capaz de incendiarte el alma en los días y congelarte el corazón en las noches.
El frío de la tierra de las arenas es implacable. Por suerte, el pelaje de la simpática morsa nos protege.
Tan cálida… igual que la protección de Urbosa.
*.*.*.*.*
- Vamos a dar un paseo, pequeña Zelda.
- ¿Ah? ¿Y mi mamá? – pregunté nerviosa.
- Mamá está un poco indispuesta, el calor la ha debilitado, así que se quedará descansando. – me indicó la mujer que recién había conocido hace pocos días.
Últimamente, mamá se está sintiendo mal muy seguido; ella me dice que solo es cansancio, pero a veces pienso que es algo más. Quizás deba decirle que beba más agua o que coma más pastel en las tardes.
Creo que comer más pastel es una buena idea.
Urbosa, la matriarca de las Gerudo, me está invitando a dar un paseo.
- Vamos a dar una vuelta en morsa, y en el bazar tomamos un Noble Afán.
- ¿Noble Afán? – pregunté curiosa.
- Es una bebida deliciosa, te va a encantar.
A pesar de no conocerla casi nada, accedí a irme con ella, pues me da confianza y su sonrisa me cautiva. A pesar de ser tan alta y verse poderosa… es muy dulce.
Urbosa me lleva a su jardín privado, donde se encuentra una morsa castaña con dos moños rojos en la cabeza.
- Zelda, ella es mi amiga Morsiana.
Morsiana empieza a aplaudir con agrado apenas nos ve. Es muy sociable y eso me tranquiliza.
- Hola Morsiana. – saludé. – Qué bonita eres.
Urbosa prepara a su desértica morsa para el paseo, mientras yo la observo con agrado.
…
El paseo por el desierto me gustó mucho. Urbosa me llevó a conocer algunos de los fósiles que se encuentran regados por la arena, y a enseñarme de lejos la guarida de unos delincuentes, sobre la que me advirtió que nunca, jamás debo acercarme.
De ninguna manera veo la necesidad de tratar con personas tan malas.
Sin embargo, aparte del paisaje, disfruté pasar tiempo con ella. Siempre estuvo pendiente de mí, asegurándose que me encontrara lo suficientemente agarrada a ella para no caerme, pidiéndole a Morsiana que tenga cuidado con las curvas, pues era algo atolondrada. Y a pesar de eso, pude comprobar lo buena y hábil que era dirigiendo al animal, sobre todo en las dunas de arena, las que esquivó con gran facilidad.
Nuestro camino terminó en el Bazar de Seken, donde pude ver que había tiendas y personas deambulando de un lado a otro.
- ¿Tienes sed, pequeña Zelda?
- ¡Sí! – afirmé con desesperación. – ¡Me estoy muriendo de calor!
- Tranquila, aquí nos darán la bebida que te prometí.
Apenas Urbosa pone un pie en las arenas del Bazar, todas las Gerudo se desesperan por saludarla y atenderla, sin embargo, no noto la seca obediencia con la que estoy habituada a lidiar, sino amabilidad, cariño y admiración.
Una vez llegamos a uno de los locales, la tenderá se dirige a ella.
- ¡Matriarca, qué honor tenerla en mi humilde negocio! – expresó la Gerudo, emocionada. – ¿Qué desea? ¡Pídame lo que sea!
- Muchas gracias por su amabilidad. – dijo Urbosa, sonriendo. – Por favor, prepare dos vasos de Noble Afán, sin alcohol y con mucho hielo.
- ¡Con gusto la atenderemos a usted y a su encantadora invitada! – expresó la tendera. – Y de una vez le aclaro, esto es cortesía mía.
- No, por favor…
- Usted siempre ha velado por mí, por mis hijas. – refutó la mujer, conmovida. – Por favor, déjeme tener este gesto con usted.
Urbosa solo sonríe y agradece, sabiendo que no podrá hacer nada para que la tendera cambie de opinión. Después de un rato, que se me hizo eterno, llegan nuestras preciosas bebidas.
Urbosa y yo nos sentamos a tomarla a la orilla del agua del bazar.
- Espero que te guste esta bebida, es mi favorita. – dijo Urbosa, sonriéndome. – Es algo diferente a la que tomo, pero esta también es deliciosa.
- ¿Por qué es diferente? – pregunté curiosa.
- Porque tiene alcohol, y las princesas pequeñas no pueden beberlo.
- Lo mismo me dice siempre mi papá…
Urbosa se ríe a carcajadas ante mi queja, cosa que me sonroja. Segundos después, empiezo a degustar mi bebida.
- ¡Es deliciosa! ¡Me encanta!
- ¿Sí? Pues tiene melón, sandía y mucho hielo.
- Me gustaría que mi amigo Link la pruebe.
- ¿Ah, sí? – preguntó con sorpresa. – A ver, pequeña, cuéntame quién es ese tal Link que no dejas de mencionarle a tu madre.
Me sonrojo al verme descubierta, pero la mirada de Urbosa me tienta a contarle todo. Me da mucha confianza y me hace sentir segura.
Creo que mamá no es la única a la que le puedo contar sobre mi mejor amigo.
- Bueno, Link es…
Eres la mejor, Urbosa…
*.*.*.*.*
- ¿Zelda? – preguntó Riju, sacándome de mis recuerdos.
- ¿Ah? Disculpa, me distraje.
- Más bien parecía que recordabas algo. – preguntó la joven, sin perder la vista en el camino.
- Recordé cuando, hace más de cien años, Urbosa me llevó de paseo por el desierto en su morsa.
- La linda Morsiana.
- ¿En serio, sabes su nombre?
- Por supuesto. Ella es una leyenda entre las morsas del desierto. Incluso, los rumores dicen que es un antepasado de Morselia. ¿Quién sabe? – comentó Riju, bastante animada con el tema. – Lamentablemente, ella murió de tristeza al poco tiempo que Urbosa desapareció.
Otra víctima de mi inutilidad e ineficiencia.
- Te necesito fuerte, princesa Zelda. – me animó Riju al ver mi desencajado rostro. – Link y Urbosa te necesitan.
- Yo no soy tan hábil ni fuerte como mi caballero.
- Yo, en cambio, no llego a ser ni la sombra de Urbosa. – comentó la joven, avergonzada. – Aún sigo entrenando para manejar la cimitarra y el escudo, como ella lo hacía… pero sobre todo, a manipular la electricidad a mi antojo.
- Lo sé, ella era una experta… Incluso, alguna vez, me desperté espantada por el impacto de su poder.
- ¡Zelda, mira!
Finalmente, después de un largo camino, mi objetivo se encuentra frente a mí. Vah Naboris ha aparecido entre las arenas, pisando tan fuerte, como su piloto, haciendo temblar la tierra con su poder y magnificencia. Por más que se encuentre presa de la maldad, no puedo dejar de admirar su grandeza.
- ¡Zelda, la bestia está caminando más rápido de lo normal!
Descubriendo nuestra presencia, Vah Naboris prepara, desde sus orejas, su ataque para electrocutarnos.
Sin embargo, nada nos ocurre, pues las valiosas joyas de las Gerudo nos protegen.
- Princesa, mientras usemos el casco y los pendientes, nada nos pasará. – dijo Riju. – Sin embargo, es necesario dañar sus patas con flechas explosivas.
- ¿¡Flechas explosivas!? – pregunté espantada. – Yo no tengo habilidad con el arco y la flecha.
- ¡Es la única manera!
Mientras Riju acelera el andar de Morselia, mi mente maquina una manera de poder resolver este dilema.
En caso de no tener las herramientas. ¿Qué haría Link?
- Bombas…
- ¿Qué dijiste, princesa? – preguntó Riju, nerviosa.
- ¡Acércate a las patas de la bestia, Riju! – pedí ansiosa. – Creo que podré detenerla.
- ¡Nos va a aplastar!
- ¡Confía en mí!
Naboris vuelve a atacarnos con su electrificante rayo, sin embargo, eso no nos detiene… pues eso le tocará a ella.
Saco la tableta Sheikah para detener a la bestia con uno de sus componentes; el paralizador.
En ese instante que lo utilizo, Naboris queda inmóvil, y teniendo presente que el efecto durará segundos, aparezco una bomba remota para lanzarla a una de sus patas.
La explosión se hace presente cuando la bomba tiene contacto con su objetivo. Naboris comienza a moverse con mayor dificultad al tener una pata sin funcionar.
- ¡Increíble, Zelda! – exclamó Riju, emocionada. – ¡Vamos a repetir el proceso con las tres que faltan!
Y aumentando la velocidad de Morselia, Riju comienza a rodear las patas de la bestia, lo que me permitió repetir el proceso.
No entiendo en qué momento nació de mí esta valentía.
La última pata queda inservible, causando que la bestia divina caiga de rodillas a las arenas. Es ahí, que su puerta de ingreso se abre y me invita a pasar a cumplir con mi destino.
Riju acelera el paso de su compañera de arenas, y gracias al impulso de esta, puedo ingresar a la entrada. Y de repente, Naboris comienza a moverse para recuperar sus movimientos.
- ¡Riju! – grité asustada, nerviosa y con lágrimas en los ojos, mientras veía alejarse a la valiente joven que me ayudó.
- ¡Zelda, confío en ti! – respondió Riju, con las lágrimas desbordando por sus mejillas. – ¡Te estaré esperando en la ciudadela!
Gracias, Riju. Espero no defraudarte.
Me amarro el corazón e ingreso al interior de Naboris…
Y grande es mi sorpresa, una vez me encuentro dentro de la bestia, que todo lo que me rodea es frío, oscuridad y arena…
Comentarios finales:
¡Hola! Me había prometido a mí misma publicar dos semanas después del capítulo anterior, y me siento feliz de haberlo cumplido. Espero seguir con este ritmo, pues me he propuesto terminar esta historia lo más pronto posible, mucho más si el final está muy cerca.
Creo que en este capítulo quedó clara la razón por la que Astor creó esa ilusión en la ciudadela Gerudo. Urbosa y Riju, a pesar de que nunca se conocieron, tenían los mismos deseos y sueños rotos en común, así que eso aprovechó el enemigo para usarlo contra Zelda que, al estar afectada y sentirse culpable por la muerte de la Campeona, cayó en eso. Y Link, él está muy unido a la princesa, así que también estuvo en el mismo juego.
He tratado de usar en este escenario la mayor cantidad de ilusiones, pues es común que en los desiertos, más cuando un individuo cae en la desesperación, se deje llevar por espejismos. Ganon, que es el autor intelectual en todo esto (sobre Astor, por supuesto), es hábil en eso. Tengan presente que en esta historia las luchas son más emocionales que físicas. Y el juego mismo también usa esos recursos. Al menos a mí, me encantan.
Sé que la baja estima de Zelda puede llegar a desesperar o molestar, pero trato de mostrarla tal cual se veía en BOTW, y mucho más si se trata de Urbosa, la que quería como una madre. Incluso, en el juego, se puede evidenciar la culpa que ella sentía por la muerte de ella y los demás Campeones.
Muchas gracias a todos por leer y comentar. Haré todo lo posible para publicar a finales de este mes o al inicio del que viene.
Un abrazo ^^
