Capítulo 46: Reminiscencia en la piel

Nunca se imaginó estar respirando la brisa del desierto después de un siglo de silencio, encierro y tortura. Urbosa había regresado a su tierra, quizás en un estado diferente, pero siempre enlazada con sus raíces.

A medida que la antigua matriarca llenaba su alma con la vista del amanecer, Naboris caminaba hasta su nueva morada, aquella montaña que le permitiría vigilar la casi totalidad del reino, lo suficiente para atacar a su enemigo, dondequiera que se encontrara. Una vez llegó a su destino, la bestia se colocó en posición de descanso.

- Nabooru... – mencionó la matriarca, en la cabeza del artefacto, a medida que su mente se trasladaba a la historia de ese nombre. – Sabia de la tribu Gerudo aclamada por las leyendas. Y tú, Naboris, bestia divina nombrada en su honor… también formas parte de la leyenda.

Urbosa, en ese momento, se preguntó si ella habría llegado a ser tan valiente y digna como aquella guerrera de antaño, la que, junto con el Héroe del Tiempo, selló al enemigo. Eso quizás no lo sabría, pero aun así se sentía orgullosa de seguir con su legado.

- Hace cien años, nos dejamos vencer muy fácilmente por ese ser… – reconoció apenada. – Pero esta vez correremos con mejor suerte.

Aunque se sentía aliviada de que su alma se encontrara liberada, aún existía un malestar en su ego por haber sido derrotada. Quizás, al igual que Zelda, sintió un dejo de inseguridad ante el enemigo… pero más que todo vergüenza por su origen.

- Dicen las leyendas que la forma humana de Ganon perteneció a nuestra tribu en una pasada época. ¡Cuánta deshonra! – reconoció apenada. – Por eso mismo debemos enfrentarlo con todas nuestras fuerzas. ¡Nadie manchará el honor de las Gerudo!

Colocó una mano en su pecho, tratando de calmar la indignación de su alma.

- Más vale que Ganon se prepare… porque cuando Link y Zelda se enfrenten a él se arrodillará ante nuestro poder. – dijo orgullosa. – Espero impaciente a que llegue ese momento…

La matriarca comenzó a reírse a carcajadas, perdiéndose por un instante en la cómica y humillada imagen de Ganon de rodillas ante ella. Hasta al mismo Astor lo imaginó de esa manera.

Una vez calmó su humor, su vista quedó fija en la ciudadela Gerudo, aquella tierra que la vio nacer y que por siempre sería parte de su historia y corazón.

- Akil, gracias por tu amor y paciencia. – dijo sonriendo con nostalgia. – En poco tiempo estaremos juntos en la eternidad, pero antes necesito terminar con mi misión.

Poco después, la mirada de Urbosa se centró en la lejanía de la ciudadela Gerudo, específicamente en su palacio. Ahí se encontraba alguien que había captado su completo interés.


La joven Riju estaba ansiosa en el balcón de sus aposentos, observando la nueva posición de Vah Naboris en la montaña.

- Zelda lo logró… – dijo conmovida.

Nunca tuvo dudas que la princesa conseguiría la victoria, pero aun así, no podía dejar de sentirse admirada, sobre todo agradecida, pues ahora el desierto gozaba de paz.

- Nuestra tierra ha sido liberada de las garras del mal… Y ahora me toca a mí hacerme responsable. ¿Será posible eso?

- Ya lo estás haciendo una realidad…

La joven matriarca, espantada, se dio la vuelta y se encontró con una imagen que volcó por completo su corazón. Por un ínfimo instante, pensó que se trataba de su madre, pero luego se dio cuenta de que era alguien más.

- Urbosa…

- Me da gusto conocerte fuera de nuestro sueño, Riju. – dijo sonriendo.

Riju cayó de rodillas al suelo al mismo tiempo que cubría su rostro para sostener sus lágrimas. No solo se sentía emocionada de conocer a la legendaria Urbosa, sino que recordó aquel sueño en el que ella fue su madre, donde por medio de su imagen y el engaño de Astor vivió una maravillosa, pero falsa realidad. La fallecida matriarca se agachó a la altura de la joven.

- Fue un hermoso sueño, ¿verdad? – preguntó Urbosa. – Aunque fue causado por las penas de nuestra alma, no me arrepiento de haberlo vivido contigo.

- Perdóneme, Urbosa. – pidió la joven, apenada y mirándola a los ojos. – Todo eso ocurrió porque soy débil, nunca estaré a la altura de mi madre o de usted.

La Campeona incitó a Riju a ponerse de pie, para así calmar su inseguro corazón.

- A pesar de tu corta edad, del miedo e incertidumbre, pudiste enfrentarlo con valor. Has hecho un gran trabajo, y estoy segura de que serás una maravillosa matriarca. Gracias a ti, Zelda pudo llegar a mí y salvar mi alma. – dijo Urbosa. – Te garantizo que tu madre está muy orgullosa de ti, de la misma manera que yo.

- Urbosa…

- Si el destino, a futuro, me permite regresar a una nueva vida, me encantaría tener una hija como tú.

Las lágrimas de Riju continuaron, pero esta vez no eran de vergüenza, sino de felicidad y consuelo, pues hablar con su predecesora le ayudó a descubrir que siendo valiente era la mejor manera de guiar a su pueblo, sin importar el miedo que la invadiera.

- A partir de ahora, juro ser valiente. – dijo Riju, determinada. – Por mi madre y por usted.

Urbosa, conmovida con el valor de la joven, le hizo entrega de sus preciados tesoros.

- ¿Ah? – cuestionó Riju, confundida.

- Te entrego mi escudo y cimitarra de la ira, para que pelees a mi lado en la batalla contra Ganon.

- ¡Eso es tuyo! Yo no pu…

- Te pertenecen por derecho, y son la garantía de que continuarás con mi legado. – dijo la matriarca...

La joven tomó las armas, sintiendo como su piel se electrificaba al sentir el alma de Urbosa dentro de ellas. Ahora, más que nunca, estaba decidida a perfeccionarse para honrar su existencia.

- Hasta pronto, Riju… Valiente matriarca Gerudo.

Con una sonrisa en los labios, Urbosa se desvaneció. El alma de Riju, aunque triste por la despedida, comenzó a fortalecerse gracias al emotivo encuentro.

- Gracias. Urbosa. Siempre estarás en mi corazón.


La última runa se había marchitado para siempre, dejando inservible al pedestal que por años lo había acompañado en su sucia empresa.

La morada de Astor estaba destrozada como símbolo de su histérico estado mental. Las cuatro bestias divinas habían sido liberadas de la malicia de Ganon, lo que significaba un gran fracaso en su objetivo de apoyar a su líder, al dios que le había otorgado su anhelada venganza. ¿Cómo iba a pagarle su favor? Todos los planes que había ideado se volvieron fracasos.

- Astor…

- ¡Esa voz…! – dijo Astor, espantado.

- Veo que todos tus planes han fracasado…

- ¡Señor Ganon! – exclamó sorprendido. – Yo… Yo… No tengo excusa.

- Sí, no tienes excusa… Sin embargo, no tienes de que preocuparte.

El pánico de Astor era terrible, más que por la presencia de su amo, por el tono de voz en el que le hablaba, tan cauto y paciente, algo no habitual en él. Además, hace años que no conversaba con él.

- Las supuestas victorias del héroe elegido y la princesa son pequeños bálsamos que hará que se confíen.

- ¿Qué?

- Ellos no tienen idea dónde encontrarme… Además, tú sabes mejor que nadie que Zelda está agonizando y ni se ha dado cuenta. No le queda mucho tiempo de vida.

- Su malicia, poco a poco, acabará con ella, mi señor. – dijo Astor, deleitado. – A mí me consta la magnificencia de su poder.

- Con el poder que te he otorgado, sigue con todas las indicaciones que te he dado. Y no mueras… pues te necesito completo.

- Gracias por la confianza, mi señor… No lo defraudaré.

Ganon desapareció sin dejar rastro, mientras que Astor comenzó a tranquilizarse, pues pensó que el ente iba a castigarlo por su caída.

- Esto es solo una batalla perdida, no es nada. – se dijo a sí mismo, riéndose complacido. – Como dijo Ganon, aún les espera el verdadero infierno… Zelda, al igual que Selene… morirá.

Astor decidió salir de su guarida y caminó hasta alejarse de las ruinas de la catedral del castillo, sitio que desde hace meses le había brindado cobijo para sus ambiciones.

- El imbécil de Link jamás se imaginó que iba a esconderme justo en este territorio. – dijo el villano. – Ten cerca a tus amigos… pero a tus enemigos mucho más.

El cuerpo de Astor comenzó a desfragmentarse, dirigiéndose a un sitio bastante conocido para él.


El castillo de Hyrule se encontraba totalmente desierto, pues Astor había acabado con todas sus alimañas para que no lo estorben; no tuvo dificultades ante eso, puesto a que él también poseía una parte del poder de Ganon.

- Meses atrás, Ganon creó una ilusión para que Link se adentre al castillo y muera. – dijo Astor. – Lástima que Zelda tuvo que despertar para liberarlo, mostrando así la minúscula parte de su poder escondido... Todo por su asqueroso amor.

El hombre caminó por lúgubres rincones de los pasillos para llegar a la biblioteca, sitio en donde no solo se reunía con Selene a conversar para fingir su falsa amistad, sino para trabajar con el rey, en su cámara personal, sobre las predicciones de la llegada de Ganon.

A simple vista, Astor parecía observar un simple librero, sin embargo, con un solo movimiento de su mano, lo destrozó, para mostrar la entrada a la cámara del rey.

- A pesar de la destrucción, sigue casi intacta.

Muchas veces se reunió con el regente en el sitio para revisar sus falsas predicciones sobre la llegada del cataclismo. En todas le mintió, sin embargo, hubo un día de esos qué más lo llenó de regocijo.

*.*.*.*.*

El oráculo del canciller del reino brillaba en su máximo esplendor, causando que el rey lo mire preocupado por no entender nada, cosa que no ocurría con Astor. Él se mostraba tranquilo, a pesar de que tenía muy clara su visión. La princesa demoraría en despertar su poder por los insuperables dolores que le tocaría afrontar en su corta vida… justo en eso ya estaba trabajando. Ganon obtendría la victoria.

- Astor, según los textos, faltan catorce años para que Ganon regrese, pero tú me estás diciendo que son veinte. – comentó el rey, preocupado. – ¿Cómo es posible eso?

- Majestad… es decir, Rhoam, los textos no son más que interpretaciones primitivas de los humanos, por lo tanto, son imperfectos. – respondió con seguridad. – Mi oráculo es un regalo directo de Hylia, por lo que es certero. ¿O acaso desconfías de mí?

- ¡Para nada! Nunca desconfiaría del mejor amigo de mi esposa, y mío también. – dijo el rey, mostrando una confiada sonrisa. – Solo que este tema me llena de ansiedad. Me parece un suplicio que todas mis generaciones sean los responsables de cargar con el poder sagrado para derrotar a ese maldito.

- Honor que tendrá la última de tu generación. – respondió el canciller. – Es decir, la pequeña Zelda. Ya desde este momento debería estarse preparando.

- Astor, es demasiado pequeña. – comentó el preocupado monarca. – Quiero dejarla ser una niña al menos un poco más.

- El tiempo apremia, Rhoam. Tenlo presente.

- Ahora Selene y Zelda han ido a explorar unas ruinas sheikahs, donde dicen que hay guardianes destartalados. – dijo el rey. – Mi esposa ahora ha tomado un gusto por hacer esas investigaciones y al parecer a nuestra hija igual.

- ¿Las dejaste ir? – preguntó, fingiendo preocupación. – ¿No te preocupa la malicia de Ganon? A pesar de que él revivirá en el tiempo que te dije, eso no significa que no se esté manifestando por medio de aquella sustancia mortal.

- He solicitado revisión de todos los sitios que ellas suelen visitar, previamente, y no se ha manifestado nada de eso por ahí. – respondió el rey con seguridad. – Están más que seguras.

- Si tú lo dices…

Levantada la reunión a la llegada del ocaso, Astor y Rhoam se fueron de la biblioteca y se disponían a ir a sus habitaciones. Sin embargo, se detuvieron al escuchar unas voces.

- ¡Papá!

- ¡Princesa mía! – expresó el rey con emoción a su hija. – ¡Por fin regresaron!

El rey tomó a la pequeña Zelda en sus brazos, causando en el canciller una mueca de desagrado, que rápidamente cambió al ver a Selene… o más que eso, el estado en el que se encontraba.

- Selene…

La reina respiraba agitadamente, mientras su brazo derecho sangraba por montones.

- ¿¡Qué te ocurre, Selene!?

Actuando como si fuera un cálido y preocupado amigo, Astor se acercó a Selene para sostenerla de los hombros, pues estuvo a punto de desvanecerse.

- ¡Querida! – gritó el rey, espantado, acercándose hasta su esposa en brazos del canciller.

- ¿Qué le pasa a mi mamá? – preguntó la pequeña, a punto de llorar.

- ¡Se ha expuesto a la malicia de Ganon! – respondió Astor.

- ¿Qué? ¡Imposible! – expresó el rey, confundido.

- Llevémosla a su recámara. – dijo el canciller. – Sé cómo ayudarla.

El rey siguió a Astor, sin imaginar que su mujer se encontraba en los brazos de su propio verdugo.

Selene dormía plácidamente en su cama, con su brazo ya sanado; Astor recurrió a un "don" curativo para sellar la herida.

- No puede ser que me haya equivocado de esta manera. – dijo el rey, frustrado. – Yo di la orden de que se investigara que en las ruinas del norte no existía rastro de la malicia de Ganon.

- Dos cosas, Rhoam… O te equivocaste o tus propios caballeros te están engañando. – dijo el villano con malicia.

- No… no creo eso.

- Bueno…

La conversación de los hombres fue interrumpida al escuchar los quejidos de Selene, quien estaba preocupada por la conversación entre ambos.

- Rhoam… Mi amor.

- ¡Selene, mi vida! – expresó el rey, acercándose con ansiedad hasta la cama. – ¿Cómo te sientes?

- Estoy mejor… Solo un poco cansada. – respondió la dama.

- No hables, mi querida Selene. – pidió Astor, acercándose. – Aún sigues muy débil.

- No discutan, por favor… Solo así estaré bien.

- Nadie ha discutido, querida. – dijo el rey, acariciando el rostro de su esposa. – Solo estábamos preocupados por ti.

- Así es. – dijo Astor. – Lo que importa es que el peligro ya pasó, sin embargo… Quisiera saber cómo terminaste expuesta a la malicia.

- Estaba explorando con Zelda unas ruinas de piezas ancestrales, bastante extrañas y diferentes a las demás. – dijo la reina, incorporándose para sentarse en la cama. – Mi hija estaba tan emocionada que no se dio cuenta y tropezó con una piedra; estuvo a punto de caer en la malicia; pude evitarlo, pero en ese camino la que cayó fui yo.

- Fue un accidente, mi amor. – dijo el rey. – A cualquiera le puede pasar.

- Gracias a Hylia no le pasó nada ni a ti ni a la pequeña Zelda. – comentó un hipócrita Astor.

- Fue tan rápido que Zelda ni se dio cuenta de que quedé herida. – dijo la dama, apenada. – Por favor, no le comenten nada de esto.

- Con todo respeto, Selene, creo que debes ponerle mano firme a la princesa. – dijo Astor, comenzando con sus comentarios malintencionados. – Por su imprudencia las cosas pudieron haber sido peores.

- Astor, tiene tres años, es una niña. – dijo la reina, apenada. – Y a pesar de su corta edad, es muy educada y sabe respetar los límites. Esto fue algo fortuito.

- Es verdad, Selene, nuestra hija aún es pequeña. – dijo el rey. – Sin embargo, es momento de que empiece a prepararse para despertar el poder sagrado, como la última persona de la línea sanguínea de mi familia, le corresponde.

- La empezará el próximo año. – respondió la dama, amable, pero firme. – Quiero que viva acorde a su edad lo más que pueda.

- Está bien, querida. – dijo el rey, condescendiente y comprensivo. – Será como tú digas…

- Pero…

- Astor… – dijo la reina. – No tienes de que preocuparte, pues todo está calculado dentro de los tiempos.

Al canciller no le gustó la manera en la que Selene le respondió, algo raro en ella. Sin embargo, decidió no darle importancia a ese asunto.

- Yo me retiro para que descanses, Selene. – dijo el canciller, haciendo una reverencia. – Lo que necesites, no dudes en pedírmelo.

- Muchas gracias por haberme sanado. – dijo la dama.

- Como siempre, eres nuestro salvador, querido amigo. – dijo el rey, lleno de confianza.

Con una falsa sonrisa, Astor salió de la habitación, y al cerrar la puerta se encontró con la pequeña Zelda, quien se disponía a entrar para ver a su madre.

- Oh… pero si es la princesa Zelda.

La pequeña mostró un semblante de miedo al estar frente al canciller, como siempre le ocurría. Desde que tenía uso de razón, siempre le produjo malestar y temor. Sin embargo, esta era la primera vez que lo tenía tan cerca, pues en otras ocasiones siempre salía corriendo para alejarse de él. Alguna vez se lo comentó a su madre, pero esta le dijo que el hombre solo era muy serio, por lo que no había nada que temer.

Deleitado con el miedo de la niña, Astor se agachó a su altura para hablarle.

- ¿A dónde vas, princesa?

- Voy… voy a ver a mi mamá. – respondió temerosa.

- La reina está cansada y no deberías molestarla. – dijo Astor con malicia. – Además… si ella se puso mal es por tu culpa.

- ¿Ah? – expresó la pequeña, confundida. – ¿Por mi culpa?

- Así es, niña. – afirmó el hombre. – ¿Si recuerdas que tropezaste y que después de eso tu madre cayó al suelo? Pues ella te salvó de caer en las garras del malvado Ganon, y por eso él la lastimó. Incluso casi se la come.

El canciller hizo mímicas con forma de monstruos, causando que la pequeña se asuste y sus ojos se humedezcan. No desaprovecharía la oportunidad de torturar a la princesa de esa manera.

- Yo… yo no quería que mamá se lastime. – dijo Zelda, llorando.

- ¡Sí, se lastimó! – exclamó el canciller. – Pero por suerte estará bien mañana, así que vete a tu alcoba y no la molestes.

La niña se dio la vuelta para retirarse, pero una última palabra del canciller la detuvo.

- Y mucho cuidado con decirle a tu papá o mamá sobre nuestra charla… No querrás que la reina se enferma más, ¿verdad?

- ¡No! No quiero que mi mamá se ponga mal otra vez. – dijo la niña. – Ya me voy. Con permiso, canciller.

Cuando la niña se retiró, Astor fue hasta sus aposentos. Y una vez que llegó ahí se arrodilló al suelo para agradecer a su señor por el cumplimiento de su palabra.

- Mi señor Ganon, a pesar de que los planes no salieron como yo esperaba, me siento agradecido. – dijo con deleite. – La mocosa, con la edad que tiene, iba a morir instantáneamente al caer en su malicia, pero en su lugar cayó Selene, cosa que no me molesta. Ni mil vidas bastarán para que pague por su rechazo… Maldita ramera.

- No importa el orden en el que ocurran los hechos, Astor… El resultado será el mismo, por lo que debes estar atento. – dijo Ganon.

Astor se levantó en la madrugada al sentir una energía deambulando por los pasillos del castillo, bastante familiar.

- ¿Qué hace despierta a esta hora?

Salió de la habitación para encontrarse con la dueña de aquella energía, y como lo supuso, la halló en la glorieta cercana a los aposentos reales.

- Selene… ¿Qué haces aquí?

La reina se encontraba de espaldas a él, demorándose un poco en responderle.

- ¿Selene?

La dama se dio la vuelta, mostrando una seriedad que nunca había visto en ella, sin embargo, luego volvió a la cálida sonrisa que la caracterizaba.

- Hola, Astor. – saludó sorprendida. – ¿Por qué estás despierto? Es muy tarde.

- Lo mismo me pregunto yo. – respondió él. – Deberías estar descansando, mucho más después de lo que te ocurrió el día de hoy.

- Pasé a ver a Zelda, pues me tranquiliza verla dormir… – dijo la reina, colocando una mano en su corazón, casi mostrando preocupación. – También pasé por su laboratorio para revisar las piezas que encontramos.

- ¿Tienen algo de especial?

- Así es, por eso tengo que descubrir de qué se trata cuanto antes… Tengo muchas cosas que hacer y poco tiempo.

- ¿Qué?

- Por suerte, Zelda siempre será protegida por él… para eso se está preparando.

- Selene… No comprendo lo que dices.

La reina parecía asustada y un poco fuera de sitio con aquellas frases "sin sentido"; sin embargo, las dejó de lado para volver a tomar la calma.

- Estoy cansada, mi querido Astor. – dijo la dama. – Es mejor que regresemos a nuestros respectivos aposentos.

La dama se dispuso a retirarse, sin embargo, el canciller la tomó del brazo y causó que se detenga, y ante ese hecho no volteó.

- Desde hace un rato te noto extraña, Selene. – cuestionó Astor, preocupado. – ¿Hay algo de lo que me deba enterar?

- Ya es muy tarde para eso… pero tampoco es algo por lo que debas preocuparte.

- ¿Ah?

- Ahora, lo más importante para mí es proteger a Zelda, pero sobre todo dejarle un importante mensaje para que despierte su verdadero poder.

Y con esas últimas palabras, la reina se adentró a los pasillos del castillo. Astor, por su parte, quedó en la misma posición, totalmente intrigado.

*.*.*.*.*

Hasta ese momento, Astor no tenía idea del extraño comportamiento de Selene. Años después, su panorama se habría aclarado.

- Cada vez falta menos para que su hija sufra las consecuencias de sus asquerosos pecados, Rhoam y Selene. – dijo el villano. – Nunca debieron meterse conmigo y por eso pagarán en lo que más les duele.

El ex canciller iba a demostrar una aparente lejanía de sus enemigos… pero solo para preparar el acto final.

- Héroe de quinta categoría… Estoy seguro de que no tardarás en venir para acá, así que te recibiré con un regalito. – dijo el villano, riéndose.

Las manos de Astor comenzaron a rodearse de oscuridad, formando así la desagradable sorpresa para el recibimiento de Link. De todas maneras, su idea no iba a ser más que un juego en comparación a lo que sería su golpe final.

- Tanto será tu odio hacia mí, que tú mismo vendrás a desafiarme. – dijo el hombre. – Ya voy a empezar a crear tu tumba, y esta vez no habrá opción de que despiertes jamás. ¡Ganon me guiará al rotundo éxito!

El villano rio… hasta quedarse si aire y sin alma.


Link y Zelda aparecieron a unos cuantos metros del bazar de Sekken, ni siquiera se dieron cuenta cuando Urbosa los transportó hasta ahí.

La princesa aún no podía creer lo liberada que se sentía, pero sobre todo, el que ella sola haya podido rescatar a Link después de las múltiples veces que él lo hizo con ella. A diferencia de su enfrentamiento con Mipha, este último había sido el más doloroso y difícil.

- Link… – habló Zelda mirando a su caballero, mientras las emociones la embargaban.

La princesa se abalanzó a su amado para abrazarlo con todas sus fuerzas, y Link le correspondió de la misma manera. El caballero también se sentía aliviado de saber que su dama se encontraba sana y salva, pero sobre todo lleno de admiración por lo fuerte que se había vuelto.

- Gracias por haberme salvado, Zelda. – dijo Link, aferrado al abrazo de la princesa. – Fuiste muy valiente y eso me llena de orgullo. Sin ti, mi muerte hubiera sido un hecho.

- Así me haya costado la vida, yo no iba a permitir que nada te pase.

- No… no hables de muerte. – pidió Link, temeroso.

- Link, tú eres mi esperanza y la de todos. – dijo Zelda, mirando a los ojos al caballero y con una mano en su rostro. – Tú, menos que nadie, puede morir.

- No digas eso. – respondió Link, hablando con más seriedad. – Tú y yo empezamos esto juntos y así lo vamos a terminar. Ya hemos liberado a las cuatro bestias divinas de la maldad de Ganon… Y eso quiere decir que la hora de enfrentarlo ha llegado.

El semblante de Link se mostró turbio y consternado, pues sabía que pronto tendría que ver la cara a su peor enemigo, Ganon. Sin embargo, ahora Astor también estaba dentro de su objetivo, pues no solo era su sirviente, sino el causante de la muerte de su padre y tantos seres queridos relacionados a Zelda y a él.

Y a pesar de tener frente a él, quizás, el desafío más terrible de su vida… aún no contaba con la Espada Maestra.

- Zelda, quiero decirte algo…

La princesa miró con atención a su caballero, sintiendo como su corazón se tensaba ante lo que podría decirle.

- Mientras luchabas contra Urbosa y me encontraba en estado de inconsciencia, mi mente se iluminó con algunos recuerdos.

- ¿De verdad? – preguntó la joven, animada.

- Todos fue en desorden, pero fui capaz de armar el rompecabezas por mi cuenta. – comenzó Link a relatar. – Aparte de recordar a Urbosa por completo y a las pocas veces que vi a Astor, cuando fui niño, rememoré el día que tuve que dejar el palacio para irme a entrenar a la fortaleza de Akkala… y el rencor que me guardaste por eso.

- Link… Yo…

Zelda se sintió sumamente apenada, pues reconocía que aquel injustificado rencor que arrastró por años en contra de Link, no era más que una reacción inmadura ante el dolor de perderlo, mucho más si la muerte de su madre estaba tan reciente.

- Perdóname, princesa. – dijo el joven, mientras abrazaba a la dama. – En ese entonces era un niño que no podía luchar contra las decisiones de su padre. Sé que lo hizo por un bien mayor, pero contradecirlo hubiera sido imposible debido a lo estricto e implacable que era con el deber. No puedo sacar de mi mente, siendo tan pequeña, tus ruegos para que no me vaya.

- La que pide perdón soy yo, Link. – dijo Zelda, apenada. – Yo estaba demasiado dolida para entender, solo pensaba en mi propio dolor, sin imaginar que tú estabas igual de devastado que yo.

- Desde muy pequeños nos han presionado a llevar las riendas de esta batalla, pero no reniego de ella, pues si eso me garantiza una vida contigo, estoy dispuesta a repetirla sin quejarme. – afirmo el joven, sonriendo y colocando una mano en la mejilla de su amada.

- Link…

- Creo que mis férreos deseos de protegerte han hecho que varias memorias regresen a mí. – continuo el joven. – Como, por ejemplo, he podido recordar la manera de encontrar la Espada Maestra. Sé que se encuentra en el Bosque Perdido.

- Pero la manera de llegar ahí no es tan sencilla, Link. – dijo Zelda. – Y me apena confesarte que… hace cien años, yo fui la persona que dejó la espada en su pedestal, pero por recomendación de Prunia no te lo pude decir. Tu deber como el héroe elegido era recuperar tus vivencias por tu cuenta. Lo siento.

- Lo sé y te lo agradezco, pues de haber sido lo contrario, quizás, no me habría fortalecido como hasta ahora. – dijo Link, sonriendo. – Y por esa razón, he decidido también hacerte entrega de todos los mensajes del rey en el mismo sitio en donde me los encomendó.

- ¿Qué?

Zelda se sorprendió al escuchar la confesión de Link. Ella misma le pidió que le hiciera entrega de los pendientes de su padre cuando se encontrara fortalecida, y ahora, con su alma liberada de la culpa, sabía que era el momento.

- Al igual que tú, Link, también he necesitado liberar mi mente para ser más fuerte. – dijo Zelda.

- Tenemos que ir a la Meseta de los Albores. – indicó el guerrero – Ahí la verdad te será revelada después de tanto tiempo de silencio.

- ¿Vamos de una vez?

Link iba a responder, sin embargo, unos gritos lo desviaron de sus intenciones. El ruido no parecía ser de miedo o sufrimiento, sino todo lo contrario.

- ¿Escuchas, Link? – preguntó Zelda. – Ese ruido viene del bazar de Sekken.

- Me parece escuchar risas. – dijo Link. – Vamos a averiguar qué ocurre.

La pareja comenzó su camino hasta el bazar de Sekken, sin imaginar la sorpresa que se iban a llevar una vez pusieran un pie ahí.


Los gritos y la algarabía asustaron a la pareja una vez pisó el bazar…

- ¡BIENVENIDOOOOS!

Link y Zelda se quedaron estáticos ante toda la gente que los había recibido, no solo Gerudos, sino hasta hombres. De la multitud se asomó Riju, quien no podía ocultar la gran sonrisa nacida de su rostro, incluso Adine había dejado de lado su seriedad por la felicidad que la gobernaba.

- ¡Riju! – llamó Zelda, sorprendida.

- Zelda, Link. – habló Riju. – En nombre de todo el desierto Gerudo, no tengo palabras para agradecer todo lo que han hecho por nosotros. Vah Naboris se encuentra en paz, al igual que el alma de nuestra respetada Urbosa, y con eso la paz ha regresado a nuestra tierra.

- La matriarca Gerudo ha organizado esta reunión como agradecimiento y para celebrar su triunfo. – dijo Adine. – Decidió celebrarla aquí, en el bazar, para que todos podamos convivir sin seguir ningún reglamento.

- Riju… todas las Gerudo… yo…

Zelda no supo qué decir ni tampoco pudo, pues en ese momento Riju se acercó a abrazarla, mientras las emociones brotaban por sus ojos.

- Zelda, Urbosa ha traspasado a mí su voluntad, así que contarás conmigo en el final de esta lucha. – dijo Riju, determinada. – En nombre de las Gerudo, jamás me rendiré.

La matriarca pronunció aquella promesa en voz baja, solo para Zelda, causando que ella se emocione ante tanto apoyo recibido, mucho más ahora que se sentía tan libre.

- Riju, quiero presentarte a Link…

El caballero saludó a la matriarca con una educada reverencia.

- Por fin podemos conocernos en persona y en la vida real, Link. – dijo Riju, sonriendo. – Es un gusto.

- El gusto es mío, matriarca. – respondió Link. – Agradezco todo el apoyo que le brindó a Zel… a la princesa Zelda en mi ausencia.

- Todo lo recibí yo de parte de la valiente princesa. – dijo Riju. – Y está de más reiterar que tú también tendrás todo mi apoyo.

- Muchas gracias, matriarca.

- ¡Bueno, ya basta de tanta formalidad! – exclamó la matriarca, emocionada. – Quiero ver a todos divertirse hasta el cansancio. ¡No se repriman en nada!

El bazar se vio abarrotado de gritos de alegría y relajo, causando que Link y Zelda se sientan contentos, aunque algo nerviosos de ser el centro de atención, pues ya estaban acostumbrados de celebrar sus éxitos en soledad.

- ¿Link, estás listo? – preguntó Riju.

- ¿Ah? ¿Listo?

La matriarca dio tres aplausos, causando que llegue un séquito de Gerudos a tomarlo de los brazos para inmovilizarlo.

- ¿¡Qué pasa!? – preguntó Link, nervioso.

Poco después, apareció en la reunión una persona conocida por todos, sobre todo para Link y Zelda.

- Nos volvemos a ver, mocoso engreído…

- ¡Vivien! – llamó Zelda, sorprendida. – ¡Qué gusto volver a verte!

- Lo mismo digo, querida. – dijo la modista. – Me alegra ver que sigues vistiendo el hermoso traje que te di… cosa que no puedo decir de otros.

- ¿¡Qué significa esto!? – preguntó Link, alterado. – ¿¡Por qué me han acorralado así!?

- ¡No te emociones, niño tonto! ¡Ya quisieras que te acorrale! – reclamó Vivien, indignada. – Después de evidenciar que, quién sabe dónde, perdiste el magistral atuendo que hice con mis hermosas manos, no mereces volver a vestir con mis telas nunca más…

- Vivien… – habló Riju, pidiendo calma a la modista.

- Como decía… No mereces volver a vestir mis trajes. – continuo Vivien, reduciendo sus niveles de indignación. – Sin embargo, no puedo negarle nada a nuestra joven y hermosa matriarca, así que he preparado otro traje para que lo uses en esta fiesta.

- ¡No! ¡Jamás! – reclamó Link, tratando de liberarse del agarre de las Gerudo, sin éxito. – ¡Nunca más volveré a usar esa vergüenza!

- ¡AAARGH! ¿¡Cómo te atreves!?– vociferó Vivien, controlando su molestia. – Por respeto a lady Riju haré como que no escuché semejante blasfemia. ¡Chicas, lleven a este insolente a los vestidores del hostal para convertirlo en un hombre decente!

- ¡Noooo!

Link, ni con toda su fuerza, fue un rival digno para las fornidas guerreras Gerudo, quienes lo llevaron hasta los vestidores a rastras. Zelda solo observó la escena en silencio, mientras que Riju luchaba para contener la risa.

- En pocos minutos transformaré a este impresentable en alguien digno. – dijo Vivien. – No me tardo.

Riju ya no pudo contener la carcajada, mientras que Zelda ya comenzaba a comenzarlas, a pesar de sentir solo un poco de pena por la suerte su compañero.


A los pocos minutos, Link salió con su nueva imagen, dejando a Zelda totalmente muda e inmóvil.

- Link…

Al contrario de lo que la mayoría pensó, Link ya no portaba ningún traje femenino. Su pecho se encontraba desnudo, cubierto únicamente por una pechera verde que se prolongaba por todo su brazo izquierdo; vestía pantalón rojo y botas doradas, y a diferencia del anterior traje, su rostro ya no estaba cubierto con un velo. También su cabello estaba recogido en una cola alta y su cuello adornado con una gargantilla de oro y esmeraldas.

Zelda lo observó de arriba abajo, sin poder hablar, mientras que el caballero no soportaba el rojo de sus mejillas.

- ¡Vaya, Link! – expresó Riju, sorprendida. – Pareces todo un patriarca Gerudo. Te ves muy bien.

- ¿Lo ve, matriarca? Le dije que iba a transformar a esta bestia en un príncipe. – dijo Vivien, orgullosa. – Tardamos un poco más de lo planeado en salir porque el muy infame no se dejaba peinar, pero con un poco de esfuerzo de sus guardianas, se logró.

- Esto es… – intentó hablar Link, muerto de vergüenza.

- ¿¡Qué!? ¿Tampoco te gusta? – cuestionó la modista. – Si quieres te pongo uno parecido al de antes.

- ¡No, por favor! ¡Esté si me gusta, está perfecto! – suplicó Link, desesperado.

- Link, pedí este atuendo para ti para que estés acorde a la ocasión y combines con Zelda. – dijo Riju. – No seas tímido y diviértete.

La matriarca se retiró junto con Vivien y sus escoltas, dejando sola a la nerviosa pareja. Tanto Zelda como Link sentían sus mejillas quemar más que el mismo desierto.

- Ya lo sé, me veo terrible. – dijo Link, apenado. – Pero al menos este si es para…

- Link… – habló la princesa, ensimismada, mientras se acercaba a tocar los brazos de su caballero. – Te… Te ves muy bien.

Zelda no tenía dudas de la atracción que Link provocaba en ella, sin embargo, ahora esa sensación se había intensificado terriblemente por cada célula de su cuerpo.

- Me encanta como te ves, Link… Estás muy atractivo. – dijo la dama, sonrojada hasta las orejas.

- Yo… Zelda… Gracias… – respondió Link, mientras sentía que las piernas le temblaban.

Link atrajo a su compañera tomándola de la cintura, muriendo de gusto al sentir como su cintura desnuda rozaba con su expuesta piel. Él también estaba comenzando a tener sensaciones más fuertes y gratificantes que las anteriores, las que iban a enloquecerlo.

- ¡Bailemos! – pidió Link, casi a gritos.

- ¿¡Qué!? – expresó Zelda.

- El primer recuerdo que tuve, un poco antes de encontrarte, fue haber bailado contigo en el castillo. – mencionó Link. – Ocurrió en tu ceremonia de madurez.

- ¿Lo recuerdas? – preguntó Zelda, conmovida. – Me da gusto saberlo… Ese día fue muy especial para mí.

- Para mí también lo fue… A pesar que mi padre se puso furioso porque casi llego tarde.

- ¿En serio? – preguntó la dama, riéndose. - ¡Eres el colmo!

La música estaba bastante animada, por lo que Link, tratando de ocultar los nervios, arrastró a la princesa hasta la improvisada pista de baile y se dejaron llevar por el ritmo, y a los pocos minutos la ansiedad se esfumó. Por largo rato se divirtieron con cada paso, con cada estilo de la típica música de las Gerudo; por ratos paraban a conversar o a degustar la comida o bebida que les brindaban a los invitados.

- ¿Gustan un Noble Afán? – preguntó una de las anfitrionas. – Está recién hecho.

La pareja tomó una copa de la bebida, siendo Zelda la más emocionada por recordarle a Urbosa y a su madre.

- ¿Qué es esto? – preguntó Link.

- Es la bebida típica de las Gerudo, se llama Noble Afán. – respondió Zelda, emocionada. – Urbosa siempre tenía esto para mí. La bebimos en el sueño encantado de Riju. ¿No la recuerdas?

- Creo que sí... – contestó Link.

- Bébela con confianza, no tiene alcohol.

Link obedeció la indicación de su princesa. La bebida le gustó tanto que no pudo resistir acabársela de un solo trago. Zelda, aunque un poco más despacio, hizo lo mismo.

- Está deliciosa… pero no parece que esté libre de alcohol. – dijo Link, confundido. – ¿Estás segura de que no tiene nada? Como el guerrero que soy, no me puedo dar el lujo de perder los sentidos.

- ¡Muy segura! – afirmó Zelda. – Puedes tomar lo que quieras con toda la confianza.

Y con la completa seguridad de la típica bebida, la pareja volvió a tomar otra copa, mientras se dejaban llevar por la música del ambiente… Y así lo repitieron por algunas veces con cada nuevo repertorio de notas.

- Zelda… creo que te equivocaste. – dijo Link, riéndose con confusión.

- ¿Por qué lo dices? – preguntó Zelda, respondiendo con la misma tonada de risa.

- Estoy comenzando a marearme. – comentó sonriente. – ¿Por qué me has engañado así? ¿O qué pretendes hacerme?

- ¿Hacerte? – preguntó la dama, fingiendo molestia. – Yo estaba segura de que nos sirvieron la bebida sin alcohol, pero fue muy ingenuo de mi parte creer algo así en una fiesta como esta.

- No fijas, princesa… Lo hiciste apropósito para tenerme a tu merced…

- No… No…

Link comenzó a apretar su cuerpo con el de la princesa para besarla, sin embargo, unos gritos de emoción los interrumpieron.

- Mira, Zelda. – dijo Link, señalando una dirección. – ¿Por qué están reunidas todas esas mujeres? Parecen estar celebrando algo diferente.

La princesa dirigió su mirada a donde Link le señalaba, causando que ella también tenga curiosidad para averiguar el motivo de tanta alegría.


Cuando Link y Zelda se acercaron hasta la femenina muchedumbre, se dieron cuenta de que el centro de atención era una Gerudo entregando unos sobres, mientras recibía elogios y abrazos de las receptoras.

- Las espero a cada una de ustedes para compartir esta…

La mujer fijó su mirada al ver que la princesa y el caballero habían llegado a la algarabía.

- Ustedes son los que calmaron a Vah Naboris y salvaron el desierto Gerudo. – afirmó la mujer.

- Bueno… – habló Zelda, nerviosa.

- Sí, son los que la matriarca Riju mencionó, Link y Zelda. – reafirmó la Gerudo. – Un gusto, mi nombre es Kaenne, y el motivo de mi felicidad es que en dos semanas me casaré.

- Muchas felicidades, Kaenne. – mencionó Link, quien a pesar de estar mareado, mantenía la compostura.

- Hace unos meses viajé a la región de Akkala para encontrarme a mí misma y llegué a una aldea que se estaba construyendo; desde hace poco está lista y ha sido bautizada con el nombre de Arkadia. – mencionó la mujer, emocionada. – Jamás me imaginé que terminaría conociendo ahí al amor de mi vida, con quien me casaré en dos semanas.

- ¿Una nueva aldea en Akkala? – preguntó Link, sorprendido. – Eso quiere decir que quizás conozcas a Karid.

- Perfectamente, pues él es mi futuro esposo. – respondió la dama. – ¿Lo conocen?

La pareja quedó impactada ante la revelación de la mujer. Sin duda, el mundo era un pequeño y estrecho pañuelo del destino.

- Claro que lo conocemos. – afirmó Link. – Él trabaja en Construcciones Karud. Su empresa me vendió una casa.

- Con más razón están invitados a mi boda. – dijo la mujer, entregando a la pareja la invitación. – No solo por la amistad con mi esposo, sino porque gracias a ustedes Vah Naboris está libre y recuperamos la paz. ¡No pueden faltar!

- Muchas gracias. – dijo Zelda, aceptando el sobre.

- Bueno, tengo que ir a la ciudadela a invitar a otras amigas. – dijo Kaenne. – Nos vemos en Arkadia.

La mujer se fue despavorida del bazar, mientras que Link y Zelda se miraron mutuamente debido a la sorpresa recibida.

- ¿Vamos a ir? – preguntó Link.

- Ya tenemos ese compromiso, además sí me gustaría ir. – respondió Zelda. – ¿A ti no?

- Yo siempre querré estar donde tú vayas. – dijo Link. – Eso no tienes ni que preguntarlo.

La princesa se sintió encantada con la respuesta de Link, sin embargo, poco duró la sonrisa de sus labios al ver que él comenzaba a alejarse de su lado, pero no por su propia voluntad... Al parecer alguien lo estaba obligando a moverse.

¿En qué momento había aparecido esa Gerudo junto a Link?

- Hola… Tú eres Link, ¿cierto?

- Sí… – respondió el caballero, algo extrañado por la mujer. – ¿Tú eres…?

- Mi nombre es Marwa. – respondió la mujer con actitud bastante descarada.

La princesa ahora estaba siendo invadida por una sensación extraña, pero bastante incómoda y molesta, como si algo preciado estuviera perturbando en su asunto más importante. En el pasado sintió algo parecido, pero no con tal fuerza e intensidad, hasta hacerle hervir la sangre.

Celos…

- Un gusto, Marwa. – respondió Link, serio. – ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

- Bueno… quiero agradecerte por haber sanado a Vah Naboris, y por eso quisiera invitarte una bebida, aprovechando que tienes tragos encima. – propuso la mujer, acercándose más de lo normal. – También podemos ir a bailar y a conversar por los rincones del desierto.

Link sonrió con cordialidad, y con el mismo tino retiró el brazo de la mujer y regresó al lado de Zelda, quien por fuera se mostraba seria, pero por dentro se sentía incómoda y molesta. El caballero abrazó a su compañera de la cintura, para después besar su cabeza.

- Agradezco tu amabilidad, Marwa, pero no podré aceptar tu invitación. – respondió Link, sereno y seguro. – Me encuentro celebrando este triunfo al lado de mi esposa.

Zelda sintió que la sangre se le iba a los pies ante tal respuesta…

- ¿Tu esposa? – preguntó la mujer, alarmada. – ¿¡Eres casado!?

- Claro, y Vivien te puede confirmar eso, pues mi esposa es su mejor cliente. – respondió Link, sonriendo. – Espero que encuentres a algún otro hombre que te pueda acompañar.

- Pero…

- Ahora me retiro, pues voy a bailar con mi mujer.

Sin siquiera mirar a la atrevida mujer, Link se llevó a Zelda hasta la pista de baile, mientras que ella quedó impactada por lo que había acabado de evidenciar de parte de su caballero.


La media noche había llegado y la gente seguía celebrando. Unos conversaban animados, otros dormían en el piso debido a la borrachera, y otros simplemente se retiraban a descansar.

Link y Zelda solo se dedicaron a bailar o a conversar durante la celebración, tomaron un par de copas más de Noble Afán, pues no querían terminar como el resto de los asistentes.

La princesa aún seguía pensativa por lo ocurrido horas antes. Sabía que Link la amaba y respetaba, pero nunca creyó que le tocaría evidenciar su lealtad hacia ella ante la cercanía de Marwa, quien era una mujer sumamente atractiva y atrayente.

- ¿Sigues celosa? – preguntó Link.

- ¿Qué? – preguntó la dama, nerviosa. – ¿De qué estás hablando?

- Pude notar los celos saliendo de los poros de tu piel cuando esa mujer se me acercó. – comentó Link, riéndose. – No lo niegues, princesa.

- Bueno… no fueron celos. – mintió. – Lo que pasa es que… me parece que fue demasiado atrevida y descarada. ¿Cómo se le ocurre acercarse a un hombre que tiene acompañante? No tiene vergüenza.

- Lo que ella haga no es importante, sino lo que yo decida hacer. – respondió Link. – Yo no puedo mirar a otra mujer, pues yo solo tengo ojos para ti.

El corazón de la princesa comenzó a latir desbocado ante la respuesta. Link, siendo de pocas palabras, cuando decidía hablar en serio, era capaz de incapacitarla.

- Sí me sentí un poco celosa, no lo voy a negar. – dijo Zelda, apenada. – Además, que… como has bebido de más…

- Sí, he bebido de más, pero eso no significa que no esté lucido y haya perdido la voluntad. – afirmó con seguridad el caballero. – Solo estoy entonado, nada más. Los hombres que engañan a excusas del alcohol no son más que débiles y despreciables. Vi toda esa clase de hechos en mis compañeros de entrenamiento y guardia hace cien años.

- Sin duda alguna… tu padre hizo de ti un gran caballero.

Aprovechando que los asistentes de la celebración estaban perdidos en su mundo, Link aprovechó ese momento para tomar los labios de su amada y besarlos, probando la esencia de la bebida que aun yacía en ellos.

- Link… – pronunció Zelda, obnubilada, en cuanto se separó del beso.

- No te voy a negar que tus celos me han divertido… Además, así obtengo una pequeña venganza.

- ¿Venganza? – preguntó impactada.

- Ahora sabes lo que he sentido cuando te he visto cerca del insufrible de Athan. – afirmó Link, riéndose. – Tanto con el tipo del presente como del futuro.

- ¡Ay, Link!

El caballero rio a carcajadas al ver la reacción de la princesa, contagiándola a ella de la misma forma. Zelda se sintió encantada, pues no recuerda haber visto a Link tan desenvuelto y desinhibido.

- Link… ¿Podemos ir a dormir?

El joven se levantó y ayudó a la dama a reincorporarse. Se dirigieron al hostal para alquilar una habitación.


La encargada del hostal, como agradecimiento, le otorgó a la pareja una de las mejores habitaciones, además de la más lejana. Los jóvenes se sentían tan cansados que se acostaron en la cama con la misma ropa que traían puesta.

Link, con los ojos cerrados, aún seguía despierto, mientras que su dama se encontraba dormida en su pecho, alineando su delicada respiración con los latidos de su corazón.

- Link…

El guerrero abrió los ojos al escuchar que la princesa lo llamaba, encontrándose con su mirada pura, pero al mismo tiempo intensa y apasionada… era la misma que él conocía y amaba, pero tenía algo distinto que le costaba descifrar.

Zelda no permitió que su caballero siga haciéndose preguntas en su cabeza, pues tomó sus labios con apasionamiento, con vehemencia, hasta el punto de no dejar que intente siquiera respirar. Link, perdiéndose en aquella sensación, correspondió con la misma fiereza. Quizás si no hubiera estado tan cansado o entonado, habría salido corriendo para evitar que su cuerpo sienta aquellas sensaciones prohibidas… pero por alguna razón no podía ni quería moverse.

- Zelda… Yo… – habló Link, recuperando la respiración y con poca cordura.

- Link… Ámame más allá de las palabras.

¿Cómo no iba a perder la razón ante aquella petición?

- Yo solo soy un humilde caballero a su servicio, alteza… ¿Quién soy yo para negarme a sus deseos?

No sabía si sentirse nervioso o agradecido, pero no tuvo que hacer mucho para despojar de la ropa a su amada. Sintió que desfallecía al encontrarse con ese cuerpo desnudo y esos pechos con los que deliró en lo más profundo de su imaginación, los que temía tocar y profanar como si de un manto sagrado se tratara, pero sus deseos lo atormentaban, su hombría le exigía cercanía, por lo que no dudó en acariciarlos, en besarlos y recorrer su magnífica forma con sus labios, dejando un rastro de deseo con la inquieta lengua que no dejaba de saborearlos como si su vida dependiera de ello.

La princesa desfallecía ante tal caricia, ante la boca que devoraba con deleite una de las zonas de sus placeres ocultos, mientras las manos de su amante se apegaban a la cintura con ansiedad y sed. Decidió dejarse querer por varios segundos, o minutos, le daba igual… hasta que ella comenzó a corresponder a tales tratos besando e invadiendo el varonil pecho de su caballero, sus secretos… A aquel escolta al que rechazó por dolor en el pasado, el que ahora se encontraba haciéndola sentir mujer.

Los besos desesperados y hambrientos no se hicieron esperar, mientras sus manos recorrían con desenfreno cada rincón de sus cuerpos, experimentando sensaciones enloquecedoras que hacían brotar de sus bocas ahogados gemidos que se perdían en la arena del desierto.

La urgencia de unirse no pudo esperar más… El caballero adentró el alma de su amada para calmar su insaciable deseo de poseerla.

Para su sorpresa, la sensación no fue desagradable ni incómoda, pues la entrega se dio como si sus cuerpos estuvieran hechos del mismo material y partículas, en perfecta armonía. El hombre gozaba de las mieles de su mujer, enardecido, perdido en el suplicio de su locura de tenerla solo para él. La dama se retorcía ante el placer encima de ella, mientras sus pechos eran consumidos por la desesperada boca de su amante, volviéndola más loca y desquiciada.

El clímax llegó a su cenit implacable y maravilloso, haciendo caer en feroz derrota a los amantes.

Sin embargo, fue en ese momento de cúspide que la mente del apasionado guerrero se iluminó…

Aquella entrega no había sido la primera vez…


Comentarios finales:

¡Hola a todos!

Por fin, después de 84 años, he llegado al capítulo que siempre quise narrar, el encuentro íntimo de Link y Zelda… O quizás algo más que un encuentro, pues un secreto ha sido revelado al final.

De todas maneras, este es uno de mis capítulos favoritos por muchas razones; el recuerdo de Astor, la fiesta en el bazar de Sekken, la oportunidad de Link de pasar momentos amenos con Zelda, del matrimonio de Arkadia, de los celos, la reacción del caballero ante eso… y de los tragos. No soy una persona apegada al alcohol, pero reconozco que cuando uno está entonado o "happy" es bastante divertido, y hasta me parece sano, siempre y cuando no sea una costumbre. Aclaro esto porque la unión de la pareja se dio únicamente por deseo y amor, no por efectos del alcohol, aunque quizás sí les pudo ayudar a perder la vergüenza; y aun si hubiera sido lo contrario, tampoco lo vería mal, pues estamos hablando de una pareja consolidada y que se ama.

Por cierto, el nombre Marwa es egipcio y significa "pequeña piedra", así que creo que fue bien escogido, pues la tipa no tuvo más protagonismo ni relevancia que una molesta piedra en el zapato (Soy malévola, lo sé, jaja).

Ya no tengo más que decir, solo deseo que hayan disfrutado este capítulo. Y no olviden comentarme, pues los comentarios alimentan mi corazón.

Un abrazo,

Artemiss

PD: Tengo el gusto de informar que he comenzado una nueva historia/fanfic del fandom de Saint Seiya/Caballeros del Zodiaco, llamada "Cadenas malditas", con parejas protagonistas como SeiyaxSaori(Athena); HyogaxEri; ShiryuxShunrei; ShunxJune; IkkixPandora y también los caballeros dorados.

Si son fans de ese anime tan hermoso y quieren ver mi estilo de escritura plasmado en ese mundo, espero que también me lean por allá y me apoyen en este nuevo proyecto.