Capítulo 50: Cementerio pasado

Astor estaba decidido a abandonar el improvisado refugio donde había vigilado los pasos de sus enemigos por tantos meses, por no decir años. Ahora que las bestias divinas habían sido liberadas, ya no tenía caso retrasar lo inevitable. Iba a acabar con Zelda y su maldito escolta, el que le había traído más problemas de lo pensado, mucho más ahora que ya poseía la sagrada arma en sus manos.

- Ahora que ya has recuperado la Espada Maestra, te has acercado casi a ser un problema para mí. – dijo el villano, observando su orbe. – Sin embargo, no tienes idea a lo que te voy a someter, pues la fuerza bruta no es nada para lo que te mereces.

El hombre desapareció el orbe y salió de su guarida, encontrándose con los escombros de miseria que siempre lo rodeaban, mas eso no le importaba, pues nada se comparaba a la podredumbre de su alma envenenada.

- Selene… ¿Qué me faltó para que me elijas a mí? – preguntó el hombre, lleno de rabia? – Tu interés de mujer barata hacia el rey está a punto de verse reflejado en la miseria de tu hija, pues pienso enviarla al más allá llena de perturbaciones, así como lo hice contigo… Tu rostro, mientras agonizabas… nunca lo voy a olvidar.

El hombro apretó su puño con tal fuerza que hasta logró desangrarse, pero la rabia no le permitió tener dolor, e incluso manchó su rostro con el líquido rojo. Poco después, se tranquilizó, centrándose en un hecho más importante.

- Tengo que prepararme para la boda que se avecina… – dijo, sonriendo con malicia. – Debo verme presentable para tu niña, Selene.

El rufián volvió a esconderse en su madriguera a alistar los preparativos para su último acto.


Al anochecer, la pareja llegó con Terrak al laboratorio de Rotver, quien se alegró mucho de verlos con vida después de haber liberado a todas las bestias divinas. Sin embargo, su mayor sorpresa fue haber visto al pequeño guardián con ellos.

- Muchachos, gracias a la diosa que han salido triunfantes en todo este periplo. – dijo el hombre, emocionado.

- Ha sido un camino difícil, pero estamos satisfechos de que las cuatro bestias divinas y el espíritu de sus guardianes se encuentren libres. – dijo Zelda, sonriendo.

- Ahora lo que toca es buscar a Astor y a Ganon. – dijo Link, mortificado. – Y no tengo idea de dónde comenzar.

En ese momento, el científico notó que Link portaba la Espada Maestra, cosa que le hizo emocionar más.

- ¡La Espada Maestra! – gritó el hombre, emocionado. – Finalmente, pudiste recordar cómo recuperarla.

- Así es, y es por eso que necesito con urgencia encontrar al enemigo…

- Con calma… ni siquiera sabes dónde está. – dijo el hombre, preocupado. – Buscarlo por tu cuenta sería arriesgarte, así que lo más idóneo es esperar a que él de señales.

- ¿Señales? – preguntó Link, alarmado. – ¿Y hasta eso que siga haciendo de las suyas? Usted no entiende, pero esto ya es algo personal.

- Link, tú siempre has sabido separar las cosas, pensar con cabeza fría ante el enemigo. ¿Qué te ocurre? – reclamó Rotver.

Link desvió la mirada, avergonzado ante su falta, pues ahora demostraba todo lo contrario a lo que como guerrero lo caracterizaba. Sin embargo, la preocupación por el estado de Zelda lo estaba acabando, quería terminar con todo de una buena vez.

- ¡El vejete tiene razón!

En ese momento, una conocida voz se hizo presente, por lo que todos voltearon para descubrir a su dueña. Prunia había llegado al laboratorio de Akkala, causando que Rotver caiga de espaldas al ver el rejuvenecido físico de la mujer. Ya estaba en comunicación con ella desde hace tiempo, pero nunca se imaginó que se iba a ver tan joven y hermosa como la época en la que trabajaron juntos.

- ¡Prunia! – llamó Zelda, emocionada de volver a ver a la dama.

- ¿¡Pru…!? ¿¡Prunia!? – gritó el hombre, levantándose del suelo. – ¿En serio, eres tú?

- ¡Pues sí! – ¿No me ves? – pregunto irónica. – Yo te dije que había recuperado la juventud.

En ese momento, Prunia se acercó a Link y a Zelda, sonriendo con orgullo de ver todo lo que habían logrado, y que se reflejaba en la presencia de la Espada Maestra.

- Es un gusto volver a verlos, muchachos. – dijo la mujer, emocionada. – Ahora ya no queda nada para acabar con todo esto.

- Lady Prunia, yo…

- Link, escuché lo que te dijo Rotver, y tiene razón. – dijo la mujer, seria. – Ahora que cuentas con la Espada Maestra, debe ser más prudente y esperar a que el enemigo dé el primer paso.

- Lo sé… solo que estoy preocupado por la princesa Zelda, pues sigue mostrando signos de la malicia de Ganon dentro de ella.

La científica se acercó hasta la princesa, notándola algo más pálida de lo normal. Sin embargo, el guardián en sus brazos llamó por completo su atención.

- Ese guardián es…

- Terrak. ¿Lo recuerdas? – preguntó la princesa, mientras el guardián emitía su peculiar sonido. – Pude recuperarlo después de todos estos años… es una larga historia.

- Lo recuerdo, pensé que el rey se había desecho de él. – dijo sorprendida.

- Lo traje aquí para que Rotver lo revise. Es una enorme sorpresa verte aquí.

- Yo vine aquí porque Impa y yo fuimos invitadas a una boda. Ella estará aquí el día de la ceremonia, pero yo me quise adelantar para visitar el laboratorio de Rotver y ver cómo estaba. – dijo la mujer, mirando todo a su alrededor. – Y por lo que veo no ha cambiado nada… es un desorden total.

- ¡Claro, y habló la más ordenada! ¿¡Y cómo esperas encontrar el lugar de trabajo de un científico? ¿Cómo el cuarto de una doncella? – preguntó el hombre, indignado. – Yo sigo trabajando para el bienestar de la ciencia.

- Sí… claro. – dijo Prunia, riéndose.

- Nosotros también fuimos invitados a una boda, de seguro es la misma. – dijo Zelda. – Faltan pocos días para eso, así que mientras nos quedamos aquí, quisiéramos que Rotver nos ayude revisando a Terrak.

- Y también a la princesa… Por favor. – recordó Link, desesperado.

- Yo revisaré a Zelda. – dijo Prunia. – Mientras que Rotver puede analizar a Terrak, así se sentirá identificado con las antigüedades.

- ¡Por supuesto! Soy una eminencia que se ve como lo que es, no una mocosa treintañera que hizo trampa para verse joven.

- Ciencia… se llama ciencia. – dijo Prunia, relajada y encantada de molestar a su viejo amigo.

Link y Zelda se rieron ante la conversación de los viejos colegas, mientras que Prunia se acercó hasta el pequeño robot que Rotver tenía en medio de su sala. Lo miró con curiosidad por unos segundos, hasta que su mente se iluminó.

- ¿Esta es la chatarra que encontrarse en la expedición a la que fuimos?

- ¡No es una a chatarra! – reclamó Rotver, acercándose. – Caramelito es mi asistente personal.

- ¿Caramelito? – preguntó Prunia, sorprendida. – Ese apodo… ¿No me llamaste alguna vez así?

- ¿¡Yo!? – preguntó el hombre, nervioso. – ¡Jamás! ¡Estás delirando!

- No, mi memoria sigue intacta. – dijo la mujer, riéndose. – Un día, que estabas borracho, mientras trabajábamos, me llamaste así y te ubiqué con una buena cachetada. Lo recuerdo bien.

- ¡Eso es mentira! – reclamó el hombre, avergonzado. – Aunque, quizás tengas razón, pues solo borracho podría ver como un caramelo a una bruja como tú.

- Bruja, pero joven…

- ¡Rotver, mi amor!

En ese momento, el hombre se aterró al escuchar la voz de su esposa y sus pasos acercándose, sobre todo por la presencia de Prunia. Sin embargo, la científica solo agrandó su sonrisa, acercándose hasta la mujer para saludarla con emoción.

- ¡Keline, es un gusto volver a verte! – dijo Prunia, tomando las manos de la mujer. – Qué bueno volver a la antigua asistente que Impa y yo tuvimos.

- ¿Señora Prunia? – saludó la mujer. – ¿En serio, es usted? Pero si se ve tan…

- Y no solo es ella, querida. – dijo Rotver, queriendo que su esposa evada el posible tema de sus celos. – Link y Zelda han regresado.

La mujer saludó a los jóvenes, para después preguntar todo lo ocurrido, ya sea sobre el periplo de Link y Zelda, o la juventud de Prunia, razón por la que los temas se pusieron al día. Ya más informada, Keline decidió preparar una cena para todos.

- Muchas gracias por toda su hospitalidad, señora Keline. – dijo Link, serio. – Como siempre, no queremos causar molestias.

- Es un agrado por aquí tenerlos en casa, además nosotros también fuimos invitados a la boda, así que podemos ir juntos. – dijo la mujer, emocionada. – También voy a preparar todo para que se queden a dormir estos días, como la vez pasada.

Con eso, Zelda supo iba a dormir en el cuarto del hijo de la pareja, mientras que Link en el sofá. Se sintió algo apenada por eso, pero por el reducido espacio decidió aceptar y agradecer las condiciones.

- Le agradezco mucho tanta bondad para nosotros. – dijo Zelda, conmovida.

- ¿Y usted, señora Prunia? Podemos acomodar…

- No te preocupes, yo ya tengo el hostal separado para toda la semana. – dijo la científica. – Es mejor que estos jóvenes se queden aquí, sobre todo porque Zelda debe ser revisada por mí.

- Pueden pasar a la habitación de mi hijo, mientras yo haré la cena. – dijo Keline, procediendo a retirarse a la cocina.

- Muchas gracias. – dijo Prunia, tomando a Zelda del brazo. – Vamos a revisar cómo van esos síntomas. Entrégale a Terrak a Rotver, él se encargará de él.

Zelda dejó a Terrak al lado de Caramelito, para después irse con Prunia a la habitación en la que Zelda iba a pasar la noche. Link y Rotver se quedaron solos, por lo que comenzaron a charlar.

- No te preocupes, alguna solución deberá existir para el mal que aqueja a la princesa. – dijo Rotver, acercándose a Terrak.

- Nadie me quita de la cabeza que esto se terminará aniquilando a Ganon y a su maldito sirviente, Astor, por eso me urge encontrarlos. – dijo Link, preocupado.

- ¿Cómo es el poder de ese hombre? Lo conozco como el canciller del castillo, aunque no lo traté nunca. Solo recuerdo que se decía que tenía dones de videncia.

- Él mintió al rey sobre la fecha del despertar de Ganon, por eso fracasamos hace cien años… y provocó todo lo que sabemos. – dijo Link, frustrado. – En el castillo me tocó enfrentarme un guardián manipulado por él.

- ¿¡Un guardián!? – preguntó Rotver, alterado. – Imposible, hace años que están inactivos.

- Pues, según Zelda, esté estaba siendo manipulado por su magia negra.

Rotver se quedó en silencio unos segundos, analizando lo que Link le había dicho. Una idea pasó por su cabeza relacionada con el poder de Astor, que quizás podría ayudarle.

- Según lo que me has descrito, este tipo con su magia tiene la capacidad de crear algo similar a la energía ancestral. – dijo el científico, con una mano en su barbilla. – Quizás mi forja pueda servir de algo.

- ¿Se refiere a lo que ha investigado? – preguntó Link, interesado. – ¿Eso será un arma para vencerlo?

- ¡Para nada! – afirmó el hombre, causando decepción en el caballero. – Lo único que puede vencer a la malicia de Ganon, o todo lo que se relacione con esta, como ese tipo, solo lo puede hacer la Espada Maestra, la destructora del mal. Esto que llevo estudiando podrá ser una ayuda, por los residuos de energía ancestral que teorizo existen en sus técnicas, mas no con la magia negra. Eso va más allá de mi entendimiento.

- En ese caso, no importa. Cualquier ayuda para frenar a Astor es válida. Además, tengo muy claras mis aspiraciones de terminar con él. – expresó el joven con rabia.

- Si hablas con tanto odio solo acabarás perdiendo…

- Es que usted no entiende… No tiene idea todo lo que ha hecho con la bendición de Ganon. – dijo Link, serio. – Y el odio no me reprime nada, al contrario, es mi motivación para hacer justicia por tantos crímenes.

- Lo sé, pero debes tener presente de que si bajas la guardia ante tus deseos personales, vas a caer presa de ese tipo y de Ganon, y así no podrás proteger a la princesa, tu máxima prioridad, ni defender a la gente de esta tierra.

Link se sintió apenado ante su sentir, pero no podía evitarlo. Se supone que ahora que tenía la Espada Maestra debería sentirse más enfocado, pero con la enfermedad de Zelda frente a él, no podía evitarlo. Él debía tener presente que su deseo de vencer al enemigo iba más allá de su aspiración personal o su amor por la princesa; debía proteger a la gente de la maldad de Ganon y de la oscuridad a la que quería someter al mundo.

Tenía que separar las cosas… ser frío y estratega como siempre lo había sido en la batalla.

Rotver se acercó hasta el guardián para verlo mejor, mientras este se mantenía tranquilo ante su mirada curiosa.

- Voy a necesitar de unos días para revisar y analizar a este pequeño. – dijo el hombre, pensativo. – Y ahora que lo pienso… Creo que en él puedo probar mi investigación.

- ¿En serio? – preguntó Link, sorprendido.

- Sí, aunque es pequeño, es el único guardián con auténtica energía ancestral que queda con vida. ¿Quién sabe? Hasta podría salvarlos de una buena. – mencionó el hombre, colocando una mano en Terrak. – ¿No es así, diminuto amigo?

Terrak respondió con su característico sonido, demostrando que si podía proteger a su querida Zelda, iba a someterse a cualquier experimento. Link no comprendió mucho, pero decidió confiar.

- Muy bien, después de la cena vamos a comenzar con el proceso. – dijo Rotver. – Link, te sugiero que estos días los tomen con calma, así sean previos a la desgracia, pues antes de eso nada podrás hacer.

- Lo intentaré… pero estaré alerta.

- Descansen y prepárense para la boda, que de seguro tendrá buena comida, que es lo más me motiva. – dijo el hombre, entusiasmado. – Y busca ropa decente para ti y la princesa, porque en esas fachas dudo que puedan ir.

Link se quedó pensando en lo que Rotver le había dicho, por lo que le dio la razón. Ni él ni Zelda tenía ropa adecuada para ir al evento.

- Me encargaré de eso. – afirmó, soltando un suspiro de resignación.

Link ya había aceptado que por unos días tendría que pensar con calma el camino a seguir, pero nunca bajando la guardia ante el enemigo.


La semana transcurrió con tranquilidad, como si el mal no estuviera en constante persecución. Link y Zelda pasaron momentos tranquilos y agradables con Rotver y su esposa, y también cuando Prunia iba de visita para seguir con su revisión y conocer más detalles de Terrak.

Prunia detectó que Zelda había perdido algo de peso, pero nada preocupante, además de que sus signos vitales se encontraban en la normalidad, por lo que supo que el mal estaba atacando su espíritu, lo que también era peligroso, pues a pesar de que el alma de Hylia residía en ella, su cuerpo humano era frágil como cualquiera. Lo único en lo que podía confiar era en las palabras que ya muchos seres le habían indicado, que la cura estaba en el potencial de su poder.

Por el lado de Terrak, Rotver había logrado instalar en su mecanismo un dispositivo que le permitiría lanzar rayos similares a los de los guardianes comunes, pero con la capacidad de anular los efectos de la energía ancestral. Si su teoría era acertada, podría ayudar en algo a detener esa parte de poder que Astor manejaba, pero eso no lo sabrían hasta identificar si el villano se valía de ese recurso bajo la magia oscura.

El día de la boda había llegado, y ya solo quedaban un par de horas para el inicio de la ceremonia. Link y Zelda estaban solos en la habitación que ella ocupaba, hablando de asuntos serios e incómodos.

- No entiendo… – expresó Link, frustrado. – Se supone que ya has recuperado el poder de la diosa, tu madre te guio en eso, y aun así, sigues enferma.

- Como todos me han dicho, en especial el Árbol Deku, debo relucir mi verdadero poder, y eso solo podrá ser cuando me encuentre frente a Ganon, que fue el causante de mi mal.

- Debe haber alguna otra manera… yo no quiero que te vuelvas a exponer a algo como eso.

- Link…

La dama se acercó a su caballero y besó sus labios, sintiendo en su corazón el miedo que este sentía por no poder protegerla de lo inevitable. Sin embargo, ni él sería capaz de detener sus deseos.

- Link, hemos jurado estar juntos en las buenas y en las malas, y en esta batalla será así. – dijo ella, acariciando el rostro de su esposo. – Yo agradezco que quieras protegerme, pero esto me corresponde a mí también. Quizás no tenga habilidades de lucha como tú, pero con el poder de mi lado, tengo que enfrentar a mi enemigo.

- He sido testigo de todo a lo que te has enfrentado y tu valentía, pero te amo tanto que quiero evitarte esto y encargarme solo yo, como debe de ser, como tu padre me lo pidió.

- Mi padre también desea que nos acompañemos, y por eso te dio su bendición. – dijo Zelda, conmoviendo al joven. – Tú harás tu propia lucha y yo haré la mía, pero siempre con el fin de cuidarte, tal y como lo haces conmigo.

Link abrazó con fuerza a su princesa, casi hasta dejarla sin aliento, pues su corazón se llenó de terror e intranquilidad de cometer algún error que pudiera perjudicarla. No comprendía por qué en los últimos días tantos temores lo embargaban con relación a ella, pues para enfrentar a Astor y a Ganon estaba más que dispuesto a dar la vida con tal de acabar con ellos.

- Gracias por estar a mi lado, princesa. – dijo Link. – Entregaré mi vida por ti, si es necesario.

- No… yo no te voy a perder otra vez. Nunca más. – dijo ella, asustada.

Link se retiró de la habitación por unos segundos, hasta que regresó con una caja color blanca en las manos, la que le entregó a Zelda.

- ¿Y esto? – preguntó ella, curiosa.

- Compré este vestido para ti. – respondió el joven, apenado. – Es para que lo uses el día de hoy en la boda. La señora Keline me guio a escogerlo cuando la ayudé con el mercado de la casa.

- Gracias, Link. – sonrió la princesa, tomando la caja. – Como siempre, eres tan dulce conmigo.

- Lo hago con gusto, y estoy seguro de que te quedará muy bien. – aseguró sonrojado. – Comienza a prepararte, pues faltan pocas horas para la boda. Yo haré lo mismo.

- Pero no tienes que irte… yo puedo cambiarme delante de ti sin problema. – dijo la joven, sonrojada.

- Lo sé, pero estamos en casa ajena y debo respetar eso. – indicó el joven, apenado. – Créeme, me ha costado mucho dormir lejos de ti y no estar contigo como me gustaría.

Los jóvenes se estremecieron al sentir el deseo de volver a tocarse, de perderse en el placer del cuerpo del otro. Link ya no estaba dispuesto a aguantar más, por lo que ya había solucionado ese asunto desde hace días, sin contárselo a su amada.

- Iré a alistarme. Nos vemos en la sala. – dijo Link. – Terrak y yo te estaremos esperando.

- No me tardaré.

Una vez que el joven salió de la habitación, Zelda se dispuso a tomar un baño y a prepararse para el evento.


Link ya estaba listo para asistir a la boda. Portaba unas botas negras, un pantalón del mismo color y una camisa manga larga, color verde oscuro, con detalles plateados en las mangas, cuello y botones; era algo elegante, pero al mismo tiempo sencillo y acorde al evento, que no iba a ser totalmente lujoso. Al poco tiempo de espera, Zelda salió de la habitación.

- Princesa…

- Link… ¿Cómo me veo?

La joven estaba vistiendo unas sandalias color blanco, amarradas hasta las pantorrillas. Su vestido era celeste con un pequeño lazo amarrado a la cintura y un cuello tipo bandeja que mostraba sus hombros; también llevaba el pelo suelto con un sombrero a juego con la ropa.

- ¿Cómo me veo, mi amor?

- Te ves… hermosa y espléndida. – expresó maravillado. – No tengo más que decir.

- Tú no te quedas atrás… Vestido así te ves increíblemente guapo.

Los jóvenes iban a darse un beso, pero en ese momento los demás habitantes de la casa, en compañía de Prunia, los interrumpieron.

- Después habrá tiempo para besos… – dijo Prunia, causando que las mejillas de los jóvenes se tornen rojas.

En ese momento, Terrak se acercó hasta Zelda, lanzando pitidos de felicidad al verla tan hermosa. Ella lo tomó en sus brazos para demostrarle su cariño.

- Qué lindo te ves con ese lazo verde alrededor de tu cuerpo, Terrak. – dijo ella, nerviosa ante el casi beso que le descubren. Después, observó a los presentes. – Yo… Todos se ven muy bien.

- Muchas gracias, querida Zelda. – agradeció Keline. – Ya estamos a una hora de que inicie la ceremonia.

- Así es, además es bueno ir de una vez, pues Impa y algunos más los están esperando.

- ¿Algunos más? – preguntó Link, curioso.

- Ya verás. Es una sorpresa.

La pareja decidió no preguntar más, salió de la casa en compañía Prunia, Rotver y Keline, curiosos de saber con quién más, aparte de Impa, se iban a encontrar.


Zelda fue abrazada con fuerza por las mujeres del grupo que los esperaban, y no solo se trataba de Impa o Apaya, sino de Riju, en compañía de Adine.

- Todos están aquí. – dijo Link, sorprendido.

Azael, Athan y los demás campeones, Sidon, Yunobo y Teba, con su familia, también se encontraban presentes; todos habían sido invitados por Kaenne y Karid a su gran día.

- Es un gusto volver a verte, Link. – dijo Sidon, esbozando una gran sonrisa. – Como representante de los Zoras, y debido a que mi padre ya no está en condiciones de viajar, he venido en su lugar.

- Mi caso es algo parecido. – dijo Yunobo. – Vine en representación de lo Gorons, en lugar del jefe Gorobu.

- Yo vine en representación del Patriarca. – continuó Teba. – Y por supuesto, mi familia y yo hemos sido invitados.

- ¡Link! – gritó Tureli, acercándose hasta el joven. – ¿Ves cómo he crecido? Estoy mucho más fuerte.

- Es verdad, pequeño Tureli, has crecido mucho.

- Tureli, espero que te sepas comportar en esta boda y no andes revoloteando por ahí. – pidió Sareli.

- Está bien, mamá. – respondió el joven, apenado.

- Nyel también fue invitado con su familia, pero lamentablemente no pudo venir, pues tuvo que hacer un viaje por otro de los poemas de su maestro. – dijo Teba.

- ¿Athan? – preguntó Link, curioso. – Es decir, quien fue maestro de Zelda.

- Según dijo, se trataba de un último mensaje que le dejó su maestro. No le entendí muy bien.

Link se quedó pensativo ante eso, sabiendo que no se trataba de nada relacionado al diario, pues Zelda se lo habría dicho. Esas páginas ya estaban terminadas.

Después de que los que no se conocían se presentaron y se mantenían en una charla amena, Keline, Sareli y Tureli se retiraron a contemplar la decoración del lugar; prefirieron dejar a los involucrados en la guerra contra Ganon a solas, pues sabían que necesitaban tranquilidad para hablar de temas que podrían preocupar a la familia.

- Ahora que las cuatro bestias divinas han sido liberadas y Link tiene a la Espada Maestra de su lado, lo mejor es esperar a que el enemigo se haga presente. – dijo Azael, serio. – Como dijo Rotver, no puedes lanzarte a la batalla impulsivamente. Debes armar una estrategia.

- Link, y recuerda que los Campeones estamos listos para ayudarte. – dijo Riju. – Durante meses nos hemos preparado para esto, pues al igual que tú, nos importa proteger a nuestra tierra de las garras de ese infeliz, que ha llenado de vergüenza a las Gerudo.

- Nosotros contamos con la protección de mi hermana, quien me encomendó su poder para cerrar su misión. – dijo Sidon, entusiasmado. – Me he fortalecido en todo este tiempo para ser un guerrero a su altura.

- Yo también cuento con la bendición del Gran Revali. – dijo Teba. – Pienso cumplir su heroico sueño de salvar esta tierra. Me encuentro preparado.

- Y yo cada día he aprendido a enfrentar más mis temores. – dijo Yunobo. – El gran Daruk ha llenado mi espíritu de valor.

- Y ni se diga de los Sheikahs. – dijo Impa, con Athan y Azael a su lado. – Nosotros, como guerreros, lucharemos a tu lado.

Link y Zelda se sintieron orgullosos y conmovidos de ver el apoyo de todos sus compañeros, sobre todo el héroe, pues él sabía que, ahora que tenía la Espada Maestra de regreso, la mayor responsabilidad caía sobre sus hombros. A pesar de la inseguridad, no iba a decepcionarlos, al contrario, tomaría el apoyo que todos le brindaban como impulso y fortaleza.

Ahora estaba seguro de que Ganon iba a caer… y por sus propias manos, Astor.

- ¡Perdón! – gritó Keline a lo lejos. – ¡La ceremonia está a punto de comenzar! ¡Acérquense!

Prunia, Rotver y los Campeones comenzaron a alejarse del grupo para dirigirse el centro de la reunión, donde estaba el altar de los novios, mientras que Link, Zelda y los Sheikahs se quedaron un poco más atrás, pues la princesa quería consultar sobre un tema importante, sobre todo al ver a Athan y Apaya tomados de la mano, de la misma forma a Impa y Azael.

- Puedo ver que tus diferencias con Azael se han arreglado. – dijo Zelda, sonriendo. – Me alegra mucho saberlo.

- Y no solo eso… – dijo Azael, tomando con fuerza la mano de Impa.

- Azael…

- Ya tienen que enterarse…

- ¿Enterarnos de qué? – preguntó Link, sorprendido.

- Cuando Ganon sea vencido, Impa y yo nos vamos a casar. – afirmó el hombre, sonriendo.

- De la misma manera que Apaya y yo. – dijo Athan, uniéndose a la conversación. – Nos casaremos.

Apaya estaba roja como un tomate, e Impa, aunque intentara disimularlo, estaba de la misma manera. Link y Zelda felicitaron con dicha a los recién comprometidos, deseándoles felicidad… pero también aportando un tema más a su conversación.

- Ustedes también deben saber que… Link y yo también nos casamos. – dijo Zelda, tomando la mano de su amado.

- ¿¡Qué!? – preguntó Impa, sorprendida. – ¿Pero cómo…? ¿Cuándo…?

- Juramos nuestro amor ante la diosa, y eso es lo más importante. – respondió Link, sonriendo.

- Sí, es importante, pero no está formalizado. – dijo la Sheikah, seria.

- Lo sé, y por eso, con Ganon acabado, formalizaremos todo, pero ante los ojos de la diosa ya somos marido y mujer. – respondió Link, serio y determinado.

Marido y mujer… palabras mayores que retumbaron en los oídos de los presentes.

- En nombre de mi futura familia, los felicito. – dijo Impa.

- Me alegra saber que cada uno de nosotros será feliz con la persona que ama. – dijo Apaya, emocionada. – Esto debe ser un sueño.

- ¡Hasta podríamos hacer una boda triple! – sugirió Azael, emocionado.

El grupo se rio ante el comentario, pero fueron interrumpidos por Prunia, quien desde la distancia los llamaba para que se acerquen al altar, pues Kaenne y Karid ya estaban ahí.


Alrededor del altar, Link y Zelda se encontraron con viejos amigos, e incluso conocieron a seres nuevos. Karud y Karad se acercaron a saludarlos, lo mismo que los hermanos Goron, Kadunia y Kadagoro, quienes se habían esforzado con Karid en la construcción de la aldea; también conocieron a Kaladi, un joven mercader proveniente de la aldea Orni, y también fueron presentados con Kapone, un viejo Zora que, como juez, iba a celebrar el matrimonio. La pareja descubrió con curiosidad que los nombres de ese grupo comenzaban con "Ka", por lo que se dieron cuenta de que eran parte de Construcciones Karud.

- Ejem… ejem…– Atención, por favor. La ceremonia va a comenzar. – dijo Kapone, ubicado en su sitio.

Kaenne y Karid se miraron emocionados, mientras todos los demás guardaban silencio.

- Hoy nos encontramos aquí reunidos para unir en matrimonio a Karid y Kaenne, quienes se encuentran aquí libre y voluntariamente.

Zelda miró a Link, quien estaba atento a las palabras del juez, y en ese momento varias escenas pasaron por su cabeza relacionadas con el matrimonio. El ambiente le había hecho desear con todo su corazón ese evento para su amada, mucho más si en el pasado no lo había podido cumplir debido al Cataclismo.

- Karid… – llamó el Kaporen. – Ante los ojos de la diosa Hylia… en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… ¿Aceptas a Kaenne como esposa y prometes amarla y respetarla todos los días de tu vida?

- ¡Sí, acepto! – exclamó el constructor, emocionado.

- Kaenne… Ante los ojos de la diosa Hylia… en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… ¿Aceptas a Karid como esposo?

- Sí, ace…

- ¿Y prometes que, si la diosa los bendice con una hija, su nombre se ajustará a las normas de Construcciones Karud?

- ¿¡Perdón!? – preguntó la novia, espantada.

Todos los presentes se quedaron enmudecidos ante lo planteado por el juez, a excepción de Karid, Karud, y algunos invitados, que de seguro compartían aquella regla.

- No imaginé que la locura de Karud llegaría hasta aquí. – dijo Zelda, sorprendida.

- Yo no le veo nada de malo. – dijo Link, sonriendo. – Eso es lo de menos cuando formas una familia con la persona que amas.

- ¿Link? – cuestionó Zelda, sorprendida.

- A nuestros hijos podemos ponerle los nombres que tú quieras.

La pareja se perdió en ellos mismos, olvidando la polémica que se estaba dando en la boda. Zelda se sentía cautivada y emocionada ante el planteamiento de su amado… hijos nacidos de ambos, en sus brazos, siendo prueba del amor que se han tenido por más de un siglo.

- ¿Quieres tener hijos conmigo? – preguntó Zelda, emocionada.

- Sueño con tener un niño o una niña con tus ojos… sería el más feliz.

- Link, no sé qué decir… pero me encantaría construir ese sueño contigo.

Las manos de la pareja se aferraron con fuerza, mientras el corazón les latía con ansiedad y emoción. Ahora, más que nunca, Link deseaba acabar con su enemigo, pues desde ahora debía crear el nido para la familia que iba a tener con su amada.

- Un momento, Karid. – preguntó Kaenne, seria y hasta algo molesta. – Estos votos matrimoniales fueron idea tuya, ¿no es cierto?

- Eh… querida… ¿Por qué lo dices? – preguntó el hombre, evasor y temeroso.

- ¡No te hagas el desentendido! – reclamó la novia.

- ¡Un momento! – gritó Karud, interviniendo en la discusión. – Yo puse esa condición y el motivo es muy simple. Son los votos estipulados en el contrato que firman todos los empleados de Construcciones Karud.

- ¿En serio? – preguntó Karad, sorprendido.

- Así es. – respondió Karud, mirando a la novia. – ¿Y cuál es el problema? Si quieres comprometerte con un miembro de nuestra organización, debes cumplir con esa regla. El que ama de verdad lo acepta todo.

- Pero…

- Pues a mí sí me gustan esos votos – intervino Kaladi, el Orni.

- Votos que cumplen con los estatutos. – dijo Kadagoro, el pequeño Goron.

- ¡Con esos votos hasta yo diría que sí! – exclamó Kadunia, el hermano mayor.

- ¡Así se habla, muchachos! – exclamó el novio, sintiéndose apoyado por sus amigos.

- ¡Karid! – reclamó la Gerudo, impaciente.

- Pero mi amor, aquí lo que valioso es que nos amamos y formaremos una familia. ¿Qué importa un nombre?

La Gerudo miró a su casi esposo con seriedad, molesta de que otros intervinieran en las decisiones que solo a ellos como pareja les competía… hasta que su mirada se calmó y soltó un suspiro de resignación. Lo amaba tanto que no podía enojarse con él en un momento tan feliz para ella.

- Bueno, si eso dicen los estatutos… Sí, acepto. – dijo Kaenne, aceptando la realidad.

- Perfecto, en ese caso… – Kaporen cerró los ojos y juntó las manos, para así finalizar con los votos. – Querida Diosa Hylia, te ruego que recibas en tu seno a esta nueva pareja. Les deseo toda la felicidad del mudo en su nueva vida como marido y mujer… Ya pueden besarse.

Los recién casados se dieron un beso para sellar su juramento, mientras que varios pétalos de flores caían alrededor de todos para celebrar la alegría de los recién casados.

- Los pétalos de flores en el viento simbolizan el amor eterno, es un buen augurio para los que se aman. – dijo Karud, emocionado.

Link y Zelda se sintieron más unidos que nunca al haber escuchado ese secreto de las flores, pues sin saberlo, la Princesa de la Calma había sido uno de los lenguajes de su amor, desde que eran niños.

- ¡Qué comience la fiesta! – gritó Karad, emocionado por la boda de su amigo.

Todos los presentes respondieron con la misma euforia, dando inicio a la celebración.


Después de la cena, la banda de música siguió con su algarabía. Impa bailaba con Azael, Apaya con Athan, Rotver con Keline y Teba con Sareli; los demás, en cambio, bailaban en soledad o entre ellos, y en el caso de Prunia, no faltaron los interesados en invitarla a bailar debido a lo hermosa e interesante mujer que se les hizo; por supuesto, ella solo bailó con los que, en algo, llamaron su atención, pero nada más.

Link y Zelda seguían bailando, un poco separados del grupo, y Terrak estaba feliz acompañando en la música a Tureli y a otros niños de la aldea. La princesa se sentía encantada de estar en los brazos de su amado, moviéndose al compás de las notas y sintiendo su corazón cerca del de ella. Sentía que nada podía perturbar aquella dicha.

Sin embargo… poco tiempo duró el encantamiento.

Entre la algarabía y los felices invitados bailando, Astor apareció entre ellos, vestido con su túnica negra y bebiendo una copa de vino tinto, la que alzó para saludarla desde lejos.

- Link, mira…

Al sentir la ansiedad de su amada, Link se dio la vuelta para ver hacia donde señalaba, pero no vio nada.

- ¿Qué pasó, Zelda? – preguntó preocupado.

- Yo… nada, creo que fue mi imaginación. – respondió confundida.

Se abrazó a su amado para seguir con el baile, y como este seguía de espaldas, pudo ver como detrás de él aparecía de nuevo su enemigo.

- Tranquila, querida Zelda, no pienso gastar mis poderes en destruir a estos aldeanos insignificantes. – dijo el hombre, hablando en su mente. – Como tú posees magia, como yo, puedes escucharme y sentir mi presencia.

- Lárgate… – ordenó Zelda llena de rabia, aun abrazada a Link, quien estaba ajeno a lo que sucedía.

- Si tanto me odias por lo sucedido con tu madre, ¿no quieres saber cómo murió? ¿No crees que es momento de que me enfrentes como debe ser? Y tú sola… pues tu amado caballero no tiene nada que ver. ¿Por qué arriesgarías su vida?

- ¿A qué te refieres?

- Te espero en ese lugar… en el sitio de su casi última morada, hace cien años, donde tu patético caballero perdió la batalla. – dijo el hombre, riéndose y brindando con su vino.

Astor desapareció, dejando a la princesa consternada y con temblores en el cuerpo, los que Link notó después de un rato.

- ¿Te pasa algo? – preguntó preocupado.

- Nada… solo estoy cansada. – respondió apenada.

Link sonrió ante lo que dijo la princesa, y no porque no le preocupara su cansancio, sino porque había llegado el momento justo para hacer lo que tenía planeado desde hace tiempo.

- Vámonos de aquí, princesa, aprovechando toda esta algarabía. – pidió el joven. – He preparado algo para nosotros.

- ¿Qué cosa? – preguntó Zelda, riéndose.

- Ya verás. Confía en mí.

Como si se trataran de unos fugitivos, el caballero y su princesa se desvanecieron de la fiesta.


Los dedos de la pareja se entrelazaban más, hasta que detuvieron sus pasos al cerrar la puerta tras ellos. El caballero había llevado a la princesa a una habitación cómoda y espaciosa, cubierta con cortinas oscuras, pero velas iluminándolo todo. Link había reservado en el hostal de la aldea el mejor sitio para estar a solas con su amada, después de tantos días de tener que dormir separados.

- Necesito estar contigo, Zelda… ya no puedo más. – avisó con súplica.

- Link…

- Desde que estuvimos juntos en el desierto Gerudo, no concibo más estar separado de ti, y estos días han sido una tortura. – dijo el joven, en tono de ruego. – Además… este matrimonio me ha hecho fantasear más allá de eso… una vida contigo.

El caballero tomó las manos de su amada y se las besó, mientras se perdía en los suplicantes ojos de ella, quien también tenía deseos de entregarse a sus brazos. Lo amaba con el alma y con la piel, con los ojos y con la mente, con todo su ser, y el evento en el que se encontraban solo era una excusa para engrandecer ese deseo de estar para siempre junto a él.

- A decir verdad, ver a Karid y a Kaenne casarse me despertó muchos deseos, a pesar de que nosotros tuvimos nuestra ceremonia privada. – dijo la joven, conmovida. – No solo deseo formalizarlo para tener de testigos a quienes queremos, sino por el hogar que dijiste desear formar conmigo.

- Lo deseo intensamente, no tengo ninguna duda. – dijo Link, sonriente, pero después cambiando su semblante. – Sin embargo, no puedo ofrecerte el castillo en el que vivías, pero con la herencia que me dejó mi padre puedo remodelar mi casa y hacerla como tú desees, tu propio palacio si es necesario. Tendrás una vida cómoda y nada te va a faltar.

- El castillo de Hyrule, tarde o temprano, deberá restaurarse, y no sé si a futuro mi legado me obligue a regresar… contigo, claro está. – dijo Zelda, sonriendo a su caballero. – Sin embargo, amo tu casa y quiero que vivamos ahí… para siempre, si fuera por mí.

- ¿Qué deseas que haga con la casa? – preguntó Link. – Lo que quieras, pídelo.

- Bueno…

Zelda se quedó pensativa unos minutos, mientras su amado acariciaba su rostro con deseo, pasando sus dedos por sus labios y causando en ella terrible estremecimiento. Nunca iba a dejar de sorprenderle esa mezcla de cariño y pasión que su hombre podía provocarle.

- Recuerdo que de niña vi en un cuento un pozo que, en vez de agua, tenía un estudio, con mesa, libros y muchas cosas más. Me encantaría tener algo como eso para mis lecturas e investigaciones. – indicó la joven, sonrojada.

- Lo tendrás, te lo prometo. – afirmó el joven. – ¿Qué más deseas? Aparte de tener el privilegio de estar conmigo para siempre.

Zelda lanzó una carcajada ante el tono gracioso usado por su caballero, provocando que este se sonroje.

- Quisiera hacer tantas cosas, Link… – dijo la dama, pensativa. – Le debo demasiado a este reino...

- Nada de lo ocurrido ha sido tu culpa, ya hemos hablado de eso…

- Aun así, mi deseo es crear un futuro para ellos. – afirmó la joven. – Me gustaría construir una escuela en las aldeas que no la tienen, como Hatelia, por ejemplo, y también llenar este reino con homenajes para los que ya no están… por las víctimas del Cataclismo.

- Eso y más, lo que desees lo tendrás, pues lo poco o mucho que tengo te pertenece. – afirmó el joven, acercando más su cuerpo al de su mujer, mientras comenzaba a besar su cuello. – Yo haré lo que sea para verte feliz… así como lo deseo hacer en este momento.

- Te amo… – suspiró la dama con placer, metiendo las manos debajo de la camisa de su hombre.

- Y yo te amo a ti… hoy y siempre.

El guerrero cargó con desesperación a su mujer, a quien colocó en la cama con fiereza. Poco después se deshizo de la camisa que lo molestaba, mientras a ella comenzaba a quitarle el vestido, acariciando sus pechos y besando su piel, rozando cual desquiciado cada parte de su cuerpo.

La princesa también cayó en las garras del deseo al querer sentirlo más cerca, dentro de ella, como un solo ser que la iba a llenar de placentera euforia, el que iba a tomarla como lo que era por derecho de cuerpo y alma, su hombre.

La habitación no tardó en llenarse de gemidos y súplicas de amor…


La noche llegó, y la festividad de los recién casados ya había terminado hace horas, las que pasaron totalmente desapercibidas por la pareja que estaba rindiéndose ante la cúspide del placer. Los cuerpos se mantuvieron unidos por unos segundos más, mientras las bocas seguían comiéndose con desesperación, como si la vida se les estuviera yendo en cada aliento que lograban provocar. Cortos descansos no fueron suficientes para desear repetir su encantador actos una y otra vez.

Zelda había caído rendida en el pecho de su hombre, quien debido al éxtasis se había quedado dormido, con una sonrisa en el rostro. A diferencia del encuentro pasado, donde intentó ser delicado en los tratos, esta vez no se contuvo con nada y se sació de su mujer hasta cansarse. Se sentía completamente satisfecho, al igual que ella.

La princesa también se sentía agotada, a punto de quedarse dormida, pero algo la despertó, una sensación insoportable ya conocida. De inmediato se levantó de la cama y se acercó hasta la ventana, moviendo la cortina para ver de dónde provenía aquello.

- No puede ser…

Astor estaba en medio de la aldea, mirando a la princesa y señalando con sus dedos que venga hacia él, demostrándole que la esperaba en el sitio acordado.

- Maldito… – reclamó la princesa, con rabia.

- Te estaré esperando, princesa.

Y después de sus palabras, Astor desapareció, dejando a Zelda con el corazón espantado, latiendo a mil. ¿Qué debía hacer? Ella tenía deseos de conocer lo ocurrido con su madre y vengarse, y como tal, era algo que le correspondía como su hija, más que el propio Link.

- ¿Mi amor?

Asustada, se dio la vuelta para encontrarse con su caballero, quien se sintió frío al no estar cerca de su amada.

- Link…

- ¿Qué te pasa, Zelda? – preguntó preocupado. – Nuestro encuentro fue magnífico para mí, pero no sé si me pasé de brusco. Perdóname.

- No es eso, mi amor. – respondió la princesa, con el cuerpo temblando de ansiedad.

- Dime lo que sea, por favor… Recuerda que prometimos estar juntos en todo.

Las últimas palabras del caballero terminaron por desvelar sus dudas sobre el camino que debía tomar.

- Tienes razón, Link, perdóname. – dijo la dama, angustiada. – Deseaba hacer esto sola, pero te prometí que juntos resolveríamos lo que sea.

- ¡Por Hylia! ¿Qué pasa? – preguntó Link, exasperado al pensar que la princesa planeaba hacer sola algo peligroso.

- Astor estuvo en la fiesta… y me habló.

Los angustiados ojos de Link se convirtieron en rabia al saber que su enemigo se había acercado a su amada, y lo peor de todo, sin que él lo haya notado.

- ¿¡Cómo fue posible algo como eso!? – gritó descontrolado. – ¡Yo no lo vi al bastardo!

- No ibas a descubrirlo nunca, pues por medio de su magia hizo que solo yo pueda verlo y me habló a la mente. – contó la princesa. – Me citó a solas en un sitio, pues quiere hablarme de mi madre.

- ¿Sola? – preguntó Link, con la sangre hirviendo en su interior. – ¡Voy a matar a ese maldito! Seguro el muy cobarde teme que le corte la cabeza.

- Cálmate, pues no pienso ir sola, y es por eso que te estoy confesando todo esto, pues somos esposos, y como tal tenemos que apoyarnos y seguir por este camino… sin importar lo que pase.

Las palabras de Zelda lograron calmar el alterado humor de su caballero. Ahora sabía que la señal para enfrentar al enemigo se había hecho presente, y era momento de acabar con todo lo que amenazaba a su mundo, sobre todo a su felicidad y sueños futuros.

- Vamos de una vez. – dijo Link, decidido. – Me gustaría ir solo, pero… sé que te hice una promesa.

- Así es, no puedes dejarme aquí. – dijo ella, seria.

- Zelda, pase lo que pase, no dejaré que ese mal te lastime… Ni él, ni Ganon.

- Link… debes saber que el sitio al que iremos puede perturbarte.

- ¿A qué te refieres?

- Es la llanura de Mogur, donde te desmayaste cuando íbamos de camino a Hatelia con Prunia… ese cementerio de guardianes.

Link cerró los ojos, recordando la situación. Aquel sitio representaba su última morada del siglo pasado, la que se pudo haber convertido en su tumba y el causante de su largo periplo en el Santuario de la Vida.

- Yo estoy más que listo para reencontrarme con ese lugar… y acabar con Astor de una buena vez. – afirmó determinado.

- En ese caso, vistámonos y vamos para allá. La tableta Sheikah nos llevará al punto más cercano. – dijo Zelda. – Y no quiero decírselo a Impa o a los Campeones.

- No, esta es nuestra lucha… No quiero que nadie más se meta.

Una vez que estuvieron listos, la pareja se teletransportó al punto donde Astor los esperaba. Nunca se imaginaron que todos sus aliados descubrirían el motivo de su ausencia y no se quedarían de brazos cruzados.


La llanura de Mongur, ubicada en Necluda Occidental, más conocida como el cementerio de los guardianes, siempre había sido un sitio con ambiente extraño, pero ahora hacía más honor a su apodo, pues el aura se sentía más turbia que nunca, como si el infierno comenzara a formarse.

- Bienvenidos a la muerte.

Link y Zelda había avanzado hasta el centro de la llanura, donde la mayoría de los restos de guardianes estaban presentes. El joven sintió dolor de cabeza y mareo apenas pisó el lugar, pero su fortaleza le permitió mantenerse de pie, pues ya no era frágil como en los inicios de su despertar. Ahora estaba enfocado en sus enemigos, sobre todo en el que tenía al frente.

Astor miraba a la pareja con sádica sonrisa y arrogancia, mientras se mantenía sentado en un tronco.

- Zelda, sabía que no ibas a venir sola, como la gran cobarde que eres…

- ¡Cállate, bastardo! – reclamó Link, enfurecido. – Ella no iba a caer en tu asquerosa trampa. ¿O acaso me temes? Ahora entiendo por qué no querías que venga.

- Te crees mucho porque ya tienes la Espada Maestra, pero eso no te servirá de nada. – espetó el hechicero, riéndose. – Ni siquiera eso te sirvió para salvar a tu padre.

Link no soportó más, por lo que desenvainó su espada y se abalanzó encima de Astor, lo que causó que este desaparezca al instante, para después reaparecer detrás de Zelda. El caballero se llenó de terror ante semejante imagen.

- Cobarde… – reclamó Link, con mueca de rabia.

- Yo de ti cuidaría mejor mis palabras, pues ahora estás en desventaja… o más bien tu princesa.

El hombre rodeó el cuello de Zelda con el brazo, lo que provocó que ella cierre los ojos debido a la incomodidad; y por el simple hecho de provocar a Link, Astor comenzó a oler el cabello y cuello de la dama.

- Voy a matarte… – dijo Link, preparando su arco y flecha para atacar.

- Hueles a algo particular… a pasión, a mujer… – expresó el tipo, con voz morbosa. – Se nota que tu escolta te tiene bien atendida, a pesar de que no sirva para nada.

- ¡No me toques! – gritó Zelda, dando un codazo en el estómago del villano.

- ¡SUÉLTALA! – reclamó Link, enfurecido.

Una flecha cayó directo en la frente de Astor, causando que un hilo de sangre manche su rostro, sin embargo, para sorpresa de Link, el villano comenzó a reír, como si eso no le hubiera causado nada.

- No puede ser… – expresó Zelda, apenada.

- Mi despreciable princesa, parece que tu héroe no recuerda nuestro último encuentro, donde no me pudo hacer ni un solo rasguño, solo medio golpearme. – dijo el hombre, quitándose la flecha y caminando en dirección a Link. – Entiende, mocoso, yo no soy un ser humano ordinario, pues el poder de Ganon me protege.

- ¡No vuelvas a acercarte a Zelda! – reclamó Link. – Así seas una basura, ten algo de dignidad y pelea como los hombres.

- ¿Y qué tendría de malo acercarme a tu zorra? – preguntó el villano, lanzando más leña al fuego. – Si no pude con la madre… ¿Por qué no con la hija?

Link, llevado por la ira, estaba dispuesto a decapitarlo, pero el filo de su espada no llegó a tiempo, pues el villano desapareció otra vez. Link se colocó delante de Zelda para impedir que este vuelva a acercársele. Sin embargo, Astor regresó al tronco en el que estuvo originalmente.

- Estás tan rabioso que ni me dejas terminar la frase. – dijo el hombre, riéndose. – No tendría nada de malo hacerme con Zelda… pero simplemente ya no me interesa, pues al igual que Selene, no vale nada.

- No menciones a mi madre… – reclamó Zelda, furiosa.

- Tengo que hacerlo, princesita, pues en este momento te voy a contar sobre su muerte, lo que significa el fin de mi pasado. – dijo el hombre, cerrando los ojos con seriedad. – Durante todos estos meses he rememorado sus vivencias, pero es la última la que siempre quedará en mi memoria… y en la de ustedes.

Astor apareció su oráculo, mostrando a los jóvenes un escenario borroso, el cual se alineaba con sus malditos recuerdos.

*.*.*.*.*

La reina Selene, en las últimas semanas, había presentado síntomas extraños, los cuales iban más allá de sus típicos malestares, los que ya habían sobrepasado cualquier normalidad, por lo que fue obligada a guardar reposo. Inicialmente, Astor pensó que se trataba de secuelas de la magia negra a la que la había sometido por años, y la que hace tiempo ya debía haberle causado la muerte, mas no había sido así. Fue en ese momento que tuvo un presentimiento extraño, nauseabundo e inaceptable, pero que debía averiguar por medio de su oráculo antes de caer en más locura.

- ¿Qué tiene Selene? – preguntó el Canciller a su oráculo. – Hazme ver el secreto que guarda la mujer que me arrebataron.

El oráculo no tardó mucho en mostrar la evidencia, lo que causó que el hombre lance su artefacto al suelo y salga corriendo de sus aposentos. La rabia lo consumía, no quería creer lo que había visto, y por esa razón debía escucharlo de la boca de la propia mujer, quien para su suerte, seguramente se encontraba sola en sus aposentos, pues el rey estaba regresando de un viaje y la princesa se encontraba en sus interminables clases de etiqueta. Ese momento iba a ser solo para los dos.

Sin pedir permiso, cual descarado infeliz, abrió la puerta de los aposentos reales, encontrando a la mujer acostada en su cama, con palidez y desgano impresionantes, pero quien apenas lo vio, cambió su semblante a uno de dureza absoluta y resentimiento.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó sin energías, pero enérgica. – ¿Cómo te atreves a entrar a los aposentos reales sin permiso?

- ¿Qué pasa, querida amiga? – preguntó Astor, fingiendo preocupación. – No es la primera vez que entró a tu habitación. ¿O acaso hay algo que me quieras decir?

- Yo…

- Acabo de revisar mi oráculo y vi varias cosas interesantes… entre esas que ya me has descubierto… que ahora sabes el gran amor que siento por ti desde niños, y hasta donde llegue por él.

Selene comenzó a tener dolor de pecho, mientras la respiración comenzaba a faltarle. Por muchos meses tuvo extrañas sospechas de su querido amigo, pero la enorme bondad de su corazón y los recuerdos del pasado le hicieron entrar en estado de negación, pero ahora que lo tenía de frente, con el aura de Ganon rodeándolo, ya no tenía dudas.

- ¿Cómo pudiste haberte vendido a Ganon? – preguntó la mujer, con lágrimas en los ojos. – ¿Por qué hacerme daño a mí?

- Por mujerzuela…

- ¿Qué? – cuestionó impactada.

- Porque me traicionaste, maldita. – reclamó Astor, lleno de rabia. – Yo te amaba, he estado a tu lado desde que éramos niños, y lo primero que haces es venderte al reino como mercancía barata, dejándote engatusar por el monarca. ¿Sabes quién fue el único que entendió mi frustración? Mi señor Ganon, quien a cambio de entregarle mi alma y servicio, me permitió vengarme de ti, y al mismo tiempo acabar con un estorbo para él, pues sé que eres la única que puede enseñarle a la estúpida princesa a despertar su poder.

- Maldito…

- ¿Cómo no te diste cuenta de nada? – preguntó irónico. – Esa bondad absurda fue lo que te cegó, por eso aceptabas cada uno de mis tratos para que "te sientas mejor". Y ni se diga de Rhoam, al que tengo bien engañado sobre la fecha del renacer de Ganon. Ahora entiendo por qué se casaron, pues entre tontos se entienden. Familia de imbéciles.

- Mi cariño por ti me cegó, y por siempre me arrepentiré de eso… y aunque me di cuenta tarde de tu maldad, no me arrepiento de haberla recibido. – dijo la mujer, furiosa. – El poder de Hylia duerme dentro de mi hija, y por esa razón Ganon no pudo acercarse a ella, así que si destruirme a mí significa protegerla… lo recibo gustosa.

- Estúpida. ¿Cómo descubriste todo? ¿Por qué no me has acusado con tu esposo o las autoridades?

- En estos últimos meses he tenido sueños que me te han señalado como mi enemigo, pero mi tonta ceguera no me lo permitió ver… por lo que ayer fui al Templo del Tiempo.

- ¿Qué? – preguntó Astor, espantado.

- De ninguna manera pienso arriesgar a Rhoam a que conozca tus planes, pues aunque no dudaría en matarte, nada puede hacer contra Ganon, pues es un humano ordinario… – dijo la reina, hablando con esfuerzo. – Pero mis maestros, sí. Ellos sabrán lo que hiciste y te sellarán de inmediato… y quizás también puedan salvarme, porque…

- ¿Por qué? – preguntó el hombre, sobresaltando los ojos con interés.

Astor se acercó hasta el lecho de la reina, casi a la altura de su rostro, causando que ella se incomode y el dolor de su cuerpo aumente… y con el mayor de los descaros, colocó una mano en su vientre, sintiendo como la sangre comenzaba a hervirle al comprobar que sus sospechas y la revelación del oráculo no se habían equivocado.

- Estás esperando otro hijo…

La reina se quedó inmóvil, con los ojos llenos de espanto y lágrimas, pues no esperaba que su enemigo se enterara de algo como eso, y por esa razón había actuado en secreto al ir a ver a los ancianos, pues más que justicia, quería sobrevivir y ver crecer a su amada familia. Nadie más que su esposo sabía sobre su embarazo, pero una vez más, había pecado de ingenua al creer que su enemigo no iba a descubrirlo.

- Astor, ya no tienes escapatoria. – dijo la mujer, enfurecida. – Deberías intentar huir, aunque eso no servirá de mucho, pues los ancianos no tardan en venir a sellarte.

- Tonta… mientras Ganon esté de mi lado, nada ni nadie podrá tocarme, ni siquiera ese grupo de viejos caducos. – dijo el hombre, enfurecido. – He tolerado por todos estos años a tu mocosa, el asqueroso fruto de tus revolcadas con Rhoam, pero otro engendro no pienso soportar…

Astor colocó una mano en el cuello de Selene, comenzando así a apagar su vida. No fue necesario ahorcarla o esforzarse, pues ya la energía de la reina estaba consumiéndose debido a todos los años de envenenamientos de oscuridad.

- A pesar de tu traición… siempre serás mi amor, Selene. – dijo el hombre, con lágrimas negras saliendo de sus ojos. – Nos vemos en el infierno.

El espíritu de la reina trascendió, mientras su inerte cuerpo reposaba en la cama, mostrando belleza y placidez a pesar de la oscuridad rodeándola.

Astor sabía que era cuestión de tiempo para que rey descubra el deceso, el que pasaría por una muerte por causas desconocidas. Con prisa, se desvaneció de la habitación para dirigirse al Templo del Tiempo, pues iba a acabar con los ancianos antes de que lo descubran ante todos.

- La reina ha muerto, viva la reina.

*.*.*.*.*

- Y fin…

Zelda cayó de rodillas al suelo, llorando con descontrol y con el dolor consumiéndola por completo. Nunca imaginó que el final de su madre, a manos de su supuesto amigo, habría sido tan cruel y despiadado. No solo vio por el oráculo como acababa con ella, sino con ese hermano que nunca logró conocer.

Link estaba paralizado por la noticia, incapaz de consolar a su amada, pues no lograba digerir todo lo que había visto y escuchado. La rabia, el dolor y el alma rota no le permitían moverse.

- La reina estaba embarazada… y así la mataste. – dijo Link, impactado.

- Ella se lo buscó… Además, ya estaba desahuciada. – dijo Astor, con voz despectiva. – Yo lo único que hice fue acabar con su agonía y evitar un huérfano más en este mundo. Solo fui piadoso.

- Mi mamá… ella estaba…

- Tu padre guardó el secreto del futuro heredero, sobre todo a ti, pues no quería que su amada princesa sufra por su hermanito muerto. – dijo Astor a la princesa, riéndose.

- ¡Maldito! ¡Mil veces maldito! – reclamó Zelda, poniéndose de pie y con la furia consumiéndola. – Tan poco hombre, incapaz de haber soportado que mi madre no te haya mirado… E hizo bien, pues qué asco enredarse con una escoria como tú.

- ¿¡Qué!? – preguntó el hombre, indignado.

- Así no haya conocido a mi padre, así no haya estado con ningún hombre, nunca, y escucha bien, jamás en la vida, se habría fijado en un perdedor como tú, tan patético que tuvo que matarla para trascender en algo en su vida… y ni eso sirvió. – expresó la princesa, llena de rabia y con las lágrimas disparadas. – Recuerda que acabaste con ella esperando un hijo de su marido, lo que demuestra que tu hombría no significó nada para ella… ¡Hasta el último día de su vida durmió en la cama de otro, menos en la tuya!

- Maldita…

Zelda había comenzado a manifestar su poder, por lo que Astor se dio cuenta y planeó a tiempo su defensa, sobre todo porque, a pesar de su determinación, la joven estaba consumida por la impotencia y la rabia.

- Solo por lástima te tuvo a su lado como su amigo, y ese fue su peor error. – afirmó la dama, enfurecida.

En ese instante, Astor lanzó una esfera oscura hacia el pecho de la princesa, causando que caiga al suelo y escupa sangre negra por la boca, dejándola inmovilizada. Link observó con horror dicha escena, por lo que se abalanzó sin piedad a su enemigo, apuntándole con la espada.

- ¿¡Cómo te atreves, bastardo!? – expresó Link, fúrico, acercándose a su enemigo.

Sin embargo, una barrera invisible causó que Link sea repelido, momento en el que Astor aprovecho para lanzarse encima de él, para inmediatamente ahorcarlo sin piedad.

- ¿Qué pasa, héroe de quinta? – preguntó Astor, riendo de manera frenética. – ¿No puedes hablar?

Link se estaba quedando sin aire, pero aun así seguía esforzándose para quitarse al villano de encima, pero por alguna extraña razón comenzaba a sentirse débil, y no exactamente por la falta de oxígeno.

- Esta escena que estamos protagonizando se me hace familiar… ¿Qué será? – preguntó con sarcasmo el tipo. – Ya sé… ya recuerdo… Así tuve a tu padre en mis manos, de esta misma manera acabé con él, ahorcándolo sin piedad.

- Mi padre… Infeliz… – habló Link con dificultad, sintiendo su alma despedazarse.

- ¿No sabías? Todo eso ocurrió al poco tiempo que te fuiste, cuando tu padre y el rey te ordenaron que saques a la princesa del castillo, pues ese era tu deber, primero que nada.

- ¿Qué…?

Astor ya le había contado sobre la muerte de su padre, pero de inmediato comenzó a recordar aquellas imágenes llenas de muerte y desolación. El castillo en llamas, su padre luchando al lado de su amigo, el rey, y ambos ordenándole que se lleve a Zelda lejos de la batalla. Él no quería irse, quería unirse a ellos, pero su obligación de proteger a la princesa del reino estaba más allá de todo, incluso por sobre el amor que sentía por ella.

El caballero había olvidado la espantosa impotencia y culpa que había sentido en esos momentos de horror.

- ¿La culpa te carcome? – preguntó Astor, ahorcando con más fuerza al joven. – Quizás, si te hubieras quedado al lado de tu padre, ni él ni Rhoam habrían muerto en mis manos, de manera tan humillante, pero estabas tan caliente por las piernas de la tipa bajo tu cuidado que no querías perderla. No eres diferente a mí, también perdiste algo importante por una mujerzuela.

- Cállate…

- Link… no lo… escuches… – pidió Zelda, intentando levantar la voz, pero la debilidad no le permitía hablar más, sobre todo porque la conciencia comenzaba a abandonarla.

- ¿Sabes una cosa, Link? Todos mis actos me permitieron darme cuenta de que nunca es tarde para remediar los errores, así que dentro de mi inmensa bondad… te daré un regalo. Espero lo valores.

La falta de aire causó que Link deje de forcejear, e incluso comenzó a sentir sueño…

Todo se puso oscuro, sin que nada ni nadie se escuchara a su alrededor.


Link abrió los ojos, mientras un terrible dolor de cuerpo lo invadía, pero el que poco a poco comenzaba a desvanecerse.

- ¿Qué…? ¿Qué pasó? – preguntó confundido, mientras su mente se aclaraba.

El joven observó todo a su alrededor, dándose cuenta de que se encontraba en su habitación, mientras los rayos del sol bañaban su rostro. Aun en la cama, movió la cortina de su ventana y observó a la gente de la aldea Hatelia en sus actividades cotidianas, animados por comenzar un nuevo día.

- ¿Qué estaba soñando? – se preguntó confundido. – Yo no…

- ¡Link!

Asustado, el joven se dio la vuelta y se encontró a una pequeña niña al borde de su cama, quien lo miraba con preocupación. Ella colocó una mano en su frente, como queriendo cerciorarse de algo.

- Qué bueno. Ya no tienes fiebre. – dijo la pequeña, sonriendo.

- ¿Abril? – preguntó curioso.

- Claro, ¿quién más? – preguntó la niña, riéndose. – Ya no tienes fiebre, pero aun dices tonterías.

- ¿Dónde estamos?

- Pues en nuestra casa, donde siempre hemos vivido. – respondió la niña, en tono de burla.

El joven se acomodó en la cama y bajó la mirada, la que casualmente terminó en su mano izquierda debido a un objeto que portaba, el que comenzó a mirar con sumo interés.

- ¿Y ese anillo, Link? – preguntó la niña, sorprendida. – Nunca te lo había visto.

El joven siguió contemplando la joya, mientras su corazón latía con prisa y sin misericordia.

- Yo… no lo sé.


Comentarios finales:

Hola, aquí estoy de nuevo.

Ya faltan dos capítulos para el final, y por eso me siento emocionada y conmovida. Aun no puedo creer hasta donde he llegado, por supuesto, de la mano de todos ustedes. No tengo mucho que decir sobre este capítulo, mas que tocar unos puntos claves que se han manifestado aquí.

- La boda de Karid y Kaenne es el inicio de algunos hechos vistos en TOTK, los que dije que en capítulos pasados iba a tocar, sin ahondar en los hechos importantes del juego. Estos serán un nexo para el final, así que ténganlos presentes.

- Aquí llegó el último flashback de Astor, finalizando así la historia de la muerte de la reina y su desmedido odio.

- Este es el último capítulo narrado en omnisciente.

- En el próximo capítulo será la batalla final.

- Zelda tendrá su papel relevante en la batalla, pero como siempre, saben que Link es el protagonista y el ejecutor principal, y claro está, tendrá apoyo de sus aliados.

- Prepárense, pues el próximo capítulo, el penúltimo, será el que más he esperado escribir desde que esta historia comenzó, el que hace honor al título de esta historia y el que va a calar por completo en el corazón; es el que va a permitir que el final tenga su razón de ser y se una de alguna manera con TOTK.

Muchas gracias por haber llegado hasta aquí. Un abrazo.