El viaje de Asta

Parte 1


27 Años después de la muerte de Himmel.

La ciudad fortificada de Vorig estalló en júbilo al recibir a sus soldados victoriosos. Después de casi diez años de conflictos en la región, la amenaza demoníaca se había reducido drásticamente. Asta, ahora con 19 años recién cumplidos, junto con sus capitanes, lideró una intensa campaña que eliminó a todos los comandantes del ejército demoníaco. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, el escondite del general demoníaco de la coalición permanecía fuera de su alcance, dejando un pequeño remanente de fuerzas demoníacas dispersas.

Decidido a priorizar la seguridad y el descanso de sus tropas, Asta ordenó el regreso de la mayor parte de su ejército a Vorig. Solo una fracción quedó en el campamento base bajo el mando de Sir Fuegoleon, encargada de patrullar la región en busca de cualquier actividad demoníaca. Para Asta, regresar a Vorig no solo significaba una pausa en la interminable guerra, sino también la satisfacción de cumplir su promesa a la madre de Wirt, trayendo a su amigo de vuelta sano y salvo.

—Es sorprendente —dijo Wirt, maravillado por el entusiasmo de los ciudadanos que los recibían con vítores y celebraciones.

Asta observó a su amigo, notando cuánto había cambiado. Wirt se había convertido en alguien sabio y equilibrado en la toma de decisiones, lo cual sería crucial cuando asumiera el mando de la Casa Orden y, por ende, de la ciudad.

—Necesito una nueva armadura —murmuró Wirt, inspeccionando su equipo desgastado.

Asta soltó un suspiro mientras revisaba su propia armadura, visiblemente afectada por las constantes batallas. Su armadura estaba desgastada, sucia y dañada en varias partes. La larga capa blanca que una vez ondeaba majestuosa ahora estaba desgarrada y manchada. Al menos, su espadón seguía intacto y en perfecto estado.

Al llegar al palacio, Asta y sus capitanes, junto con los caballeros que habían sido nombrados en esta campaña, fueron recibidos en el trono de Lord Orden, donde también estaban presentes los miembros del consejo de Vorig.

Lord Orden, sentado en su trono con la misma imponente presencia de siempre, les dio la bienvenida con una mirada de orgullo y gratitud.

—Hoy Vorig celebra no solo la disminución de la amenaza demoníaca, sino también el regreso de aquellos que han luchado con honor y valor. Sir Asta, sus logros y los de sus comandantes han asegurado la paz en nuestras tierras, al menos por un tiempo.

El consejo murmuró en aprobación mientras Lord Orden continuaba.

—El esfuerzo de cada uno de ustedes ha sido crucial, pero sabemos que la guerra aún no ha terminado del todo. Aunque hemos conseguido una victoria significativa, el general demoníaco sigue oculto. Debemos mantenernos vigilantes.

Asta dio un paso al frente e inclinó la cabeza en señal de respeto. —Nos tomaremos el tiempo necesario para descansar y reorganizar nuestras fuerzas, mi Lord. Pero cuando llegue el momento en que el enemigo vuelva a aparecer, estaremos preparados para acabar con ellos.

La mirada de Lord Orden se suavizó por un momento mientras asentía. —Lo sé, Sir Asta. He confiado en ti desde el inicio y nunca has fallado. Ahora, descansen, todos ustedes. Se lo han ganado.

Con esas palabras, la audiencia se disolvió. Sin embargo Asta se quedó un momento mas cuando el Lord había hecho un gesto silencioso de quedarse.

Cuando la sala quedó casi vacía, solo quedando algunos guardias y su fiel sirviente Gabel, Lord Orden rompió el silencio.

—Asta —comenzó con un tono grave—. Me alegra que tú y Wirt hayan regresado a salvo, pero temo que debo pedirte algo más.

Asta sintió una punzada de cansancio en su pecho al escuchar esas palabras. No pudo evitar pensar en cuánto había deseado que esta larga campaña militar terminara, al menos por un buen tiempo. Sin embargo, sabía que su deber estaba por encima de sus deseos.

—La guerra más al norte se ha intensificado —continuó Lord Orden—. Las fuerzas de la alianza pronto no serán suficientes. Y con la negativa del Imperio a enviar refuerzos o permitir el paso por su región, estamos contra las cuerdas.

Asta lo miró con firmeza, sin rodeos.

—¿Me mandará a reunirme con el resto del ejército y la alianza más al norte? —preguntó, consciente de que eso le permitiría reunirse con su padre y hermano.

—No —negó Lord Orden—. Nuestras fuerzas aquí no marcharán hasta que el general enemigo esté muerto y no quede ningún remanente en la región.

La respuesta sorprendió a Asta, quien ahora tenía más preguntas. Lord Orden, anticipando su confusión, continuó explicando.

—Te enviaré al sur, hacia las regiones centrales. Como sabes, las tierras del norte están divididas entre señores feudales, sobre los cuales están las tres grandes casas de caballeros, incluyendo la Casa Orden. Sin embargo, actualmente no contamos con un rey. Se supone que el Imperio está por encima de nosotros, pero debido a su falta de autoridad en estas regiones, actúa más como una nación independiente. En las regiones centrales, en cambio, hay un orden jerárquico claro. Están divididas en feudos, pero todos responden a un solo rey y a la Casa Silva, que se hizo con la corona tras la muerte del último rey sin herederos. Además, la Ciudad Sagrada de Strahl, que actúa como gobierno independiente y, a pesar de ser pacíficos, cuentan con uno de los ejércitos más fuertes del continente.

Asta asintió, procesando la información. Conocía parte de esto, pero no con tanto detalle.

—Quiero que vayas a la capital real y a la ciudad santa. Necesito que negocies alianzas para que se unan a la coalición del norte para luchar contra los demonios.

—Un momento —interrumpió Asta, visiblemente sorprendido—. ¿Por qué yo? ¿Por qué no enviar a alguien más diplomático?

—Porque eres una de las pocas personas en quienes confío. Se rumorea que el Imperio está tramando algo y tiene espías en todas partes. No puedo confiar esta tarea a cualquiera. Además, tus habilidades en combate harán que tu viaje sea más seguro.

Asta frunció el ceño.

—Pero, ¿qué hay de mi puesto? Soy el Lord Comandante de su ejército.

—Lo sé, y seguirás siéndolo. Pero Sir Fuegoleon y Sir Leopold son más que capaces de liderar en tu ausencia. Wirt también tendrá un rol importante, lo que le permitirá ganarse la confianza de sus tropas como futuro gobernante de la ciudad. Además, con la disminución de la actividad demoníaca, no hay problema en que te ausentes un tiempo.

—¿Cuánto tiempo tardaré? —preguntó Asta, ya molesto y frustrado por la situación.

—Más de un año, como mínimo. —Lord Orden suspiró, entendiendo la carga que esto suponía para Asta—. Te confío esta misión porque sé que nunca me traicionarías. Sé que estás cansado, pero esto es crucial. Cuanto más rápido resolvamos esto, más rápido podremos reforzar a la alianza.

Asta respiró hondo, tratando de controlar su frustración.

—¿Cuándo partiré?

—En tres semanas. Te proporcionaré suministros para el viaje, así como fondos suficientes para cubrir tus necesidades.

Asta asintió con cansancio, inclinándose antes de girarse para marcharse. Justo cuando iba a salir, Lord Orden agregó algo más:

—Los dominios del Conde Granat siguen en conflicto constante con Aura la Guillotina. Cuando regreses, si aún no se ha resuelto este conflicto, te pediré que ayudes a derrotarla.

Asta se detuvo y lo miró, claramente molesto por la nueva petición.

—Esto te lo pido más como un favor que como una orden —aclaró Lord Orden—. Necesitamos asegurarnos de que no quede ninguna actividad demoníaca en las regiones cercanas.

Con un último suspiro resignado, Asta simplemente asintió y se retiró, dejando al Lord suspirado y pensando por lo que acababa de pedirle a quien consideraba como un hijo.


—¿Qué debería hacer? —se preguntó Asta mientras estaba sentado delante de las tumbas de su madre y hermana. Miraba fijamente las lápidas, sosteniendo en su mano el anillo que su padre le había entregado, el cual estaba atado a una cadena plateada que servía como colgante. Luego, alzó la vista hacia el cielo, sus ojos reflejando un cansancio profundo, no solo físico sino emocional. En los últimos tres días, desde su conversación con Lord Orden, había intentado descansar, pero cada vez que cerraba los ojos, los recuerdos de la batalla, la tensión y el agotamiento volvían a inundarlo. Sentía como si todo el peso del mundo reposara sobre sus hombros.

El silencio a su alrededor solo acentuaba su agotamiento. Después de tantos años en la guerra, Asta soñaba con una vida más tranquila, lejos de las responsabilidades y del constante conflicto, al menos por un tiempo antes de volver a la batalla. Pero esa paz parecía inalcanzable, como un espejismo que desaparecía cada vez que intentaba acercarse.

—¿Qué opinan si huyo y abandono mis responsabilidades? —murmuró con un tono irónico, mirando las tumbas por unos instantes antes de soltar una risa amarga. Sabía que el pensamiento era absurdo, una fantasía imposible. Él mismo había jurado seguir el camino del honor como caballero, un camino que, aunque lo había llevado a la grandeza, también lo había condenado a una vida de lucha interminable.

—Primero está mi honor como caballero —se dijo, forzándose a ponerse de pie. Aunque su cuerpo y su espíritu clamaban por descanso, sabía que no podía darse ese lujo. Comenzó a alejarse, dejando atrás las tumbas con una sensación de vacío que parecía aumentar con cada paso que daba.

Rara vez bebía, pero en ese momento sentía la necesidad de hacerlo. No para celebrar o ahogar sus penas, sino para intentar acallar, aunque fuera por un instante, el incesante ruido en su mente. Mientras caminaba hacia la ciudad, el sol ya comenzaba a ponerse, cubriendo Vorig en un resplandor dorado que contrastaba con la oscuridad que él sentía por dentro.


Las siguientes semanas, Asta, debido a su falta de sueño y la carga mental que llevaba, decidió pasar la mayor parte de su tiempo en la torre de grimorios junto al viejo Drouot. La biblioteca, repleta de textos arcanos y volúmenes antiguos, se convirtió en su refugio. Allí, buscaba respuestas sobre su "anti-magia" y sobre su árbol genealógico, con la esperanza de entender mejor su poder y su linaje. Apenas se le veía por el palacio o la ciudad durante el día, ya que se sumergía en los libros, tratando de encontrar alguna pista que lo ayudara a dominar su poder.

Durante los breves descansos que tomaba, Asta se dedicaba a entrenar. Practicaba canalizar la anti-magia en su espadón, pero, por más que lo intentaba, su poder solo duraba unos segundos antes de dejarlo completamente exhausto. Era frustrante para él, un recordatorio constante de los límites que aún no había podido superar. A veces, después de un fallido intento de control, dejaba la torre y se dirigía al centro de la ciudad, donde se permitía unos momentos de distracción en las tabernas, bebiendo en soledad y evitando la compañía de otros.

Por su parte, Wirt, junto con Mimosa o en ocasiones solo, intentaba buscar a Asta. Era una tarea complicada, pues su amigo desaparecía constantemente y se volvía difícil de encontrar. Cuando finalmente lograba dar con él, sus conversaciones eran breves. Asta siempre parecía tener prisa, terminando las charlas con la misma excusa: tenía que seguir investigando. Wirt no podía evitar notar el cambio en él. Desde antes de regresar a la ciudad, ya había algo diferente en su comportamiento; había una distancia que no lograba comprender del todo.

Wirt sabía que tanto tiempo en el frente podía cambiar a cualquiera, y más aún a alguien que cargaba con la responsabilidad de tantas vidas sobre sus hombros. Pero la forma en que Asta evitaba relacionarse y su obsesión por investigar algo que apenas comprendía, lo preocupaban cada vez más. Aunque intentaba acercarse, sentía que su amigo se alejaba cada vez más, atrapado en una lucha interna que no sabía cómo resolver.

Cuando Wirt se enteró de la misión que su padre le había encomendado a Asta, sintió una furia ardiente. Después de todo lo que Asta había soportado en el campo de batalla, parecía cruel negarle el descanso que tanto necesitaba. No tardó en buscarlo por los pasillos del palacio, decidido a confrontarlo.

—¡Esto es ridículo, Asta! —espetó Wirt, con los ojos encendidos de ira—. Si alguien merece un descanso, eres tú. No puedo creer que mi padre te haya pedido algo así después de todo lo que has pasado.

Asta lo miró en silencio, sus ojos mostrando el peso de la fatiga acumulada. Suspiró y se cruzó de brazos, intentando mantenerse firme.

—No es como si tuviera muchas opciones —respondió en tono cansado—. Sabes cómo es tu padre; una vez que toma una decisión, es casi imposible hacerlo cambiar de opinión.

La discusión se prolongó durante horas. Wirt insistía en que Asta debía negarse a aceptar la misión. Insistía en que necesitaba tiempo para recuperarse, para volver a ser algo más que un soldado. Pero Asta, aunque en parte estaba de acuerdo, no podía dejar de lado su sentido del deber y la responsabilidad.

—¿Y qué se supone que haga, Wirt? —preguntó Asta con la voz quebrada por la frustración—. ¿Abandonar a la gente que confía en mí, sabiendo que podría hacer algo para ayudarlos, solo porque estoy cansado?

—¡No es solo cansancio, Asta! —replicó Wirt, con vehemencia—. Has estado peleando sin tregua durante años. No es solo tu cuerpo el que está agotado, es tu mente. ¡Te estás desmoronando y ni siquiera te das cuenta! Te he visto evitar a todos, sumergirte en esa torre buscando respuestas a cosas que ni siquiera tienen sentido. ¡Eso no es normal!

Asta bajó la mirada, sintiendo la verdad en las palabras de Wirt. Sabía que su comportamiento reciente no era el de siempre, que estaba al borde de un colapso, pero no podía permitirse flaquear.

—Lo sé... —murmuró finalmente—. Pero si no lo hago yo, ¿quién lo hará? Este es el precio de ser un caballero. No siempre podemos elegir cuándo descansar.

Wirt lo miró con una mezcla de rabia y tristeza. Ahora entendía por qué Asta había estado tan distante, tan atrapado en su propia desesperación. No era solo el peso de la responsabilidad lo que lo aplastaba, sino la falta de una salida, de un respiro que le permitiera encontrar paz consigo mismo.

Finalmente, Wirt soltó un largo suspiro y bajó un poco la guardia.

—No estoy de acuerdo con esto, Asta. Pero si esta es la decisión que tomas... al menos prométeme que volverás. —Wirt lo miró fijamente, con la misma determinación que siempre había admirado en su amigo.

Asta esbozó una leve sonrisa y asintió.

—Prometido. Volveré, Wirt. Y cuando lo haga, prometo estar mejor.

Asta extendió su puño, como lo hacían cuando eran más jóvenes, una señal de camaradería y confianza. Wirt, con un suspiro resignado, chocó su puño contra el de Asta, sellando la promesa con un gesto que para ambos significaba mucho más que palabras.


El día de la partida finalmente llegó. Asta decidió irse al amanecer para evitar un adiós multitudinario. No quería que su partida fuera un evento que atrajera miradas o provocara emociones que no estaba listo para manejar. Informó a Lord Orden que se iría temprano y dejó instrucciones claras a Leopold, además de cartas dirigidas a Fuegoleon, para que ambos asumieran el mando temporal del ejército junto a Wirt. A este último, sin embargo, no le dijo adiós. Sabía que despedirse de su mejor amigo sería lo más difícil, sobre todo después de su última conversación.

Asta vestía ahora una nueva armadura. Al igual que la anterior, era de un negro profundo, pero esta vez también llevaba un yelmo decorado con cristales blancos y algunas plumas grises que caían por detrás. Desde su cintura, un faldón gris con detalles rojos descendía hasta sus tobillos, adornado con el emblema de la casa Staría y la ciudad de Vorig. En su cintura llevaba una espada envainada a su lado derecho, y varias dagas estaban atadas alrededor de su cinturón. Su peto estaba equipado con bolsillos adicionales para suministros, y en sus botas se encontraban más compartimientos y correas para asegurar herramientas y armas. En su espalda descansaba su espadón mata demonios, cubierto parcialmente por una larga capa negra que ondeaba suavemente con el viento.

Su caballo, robusto y entrenado para el combate, también estaba bien equipado. Llevaba bolsas llenas de provisiones, y su armadura estaba grabada con el emblema de Vorig, destacando la importancia de su misión.

Antes de partir, Asta se detuvo un momento para mirar las murallas desde las afueras. Observó la imponente estructura que había protegido la ciudad por tantos años y sintió un nudo en el pecho. No sabía cuánto tiempo pasaría antes de poder regresar. Con un último suspiro y una mezcla de nostalgia y determinación, giró a su caballo y se adentró en el camino que lo llevaría lejos de todo lo que conocía.

Pensándolo bien, tal vez este largo viaje le serviría para despejar algunas dudas y replantearse sus propósitos. Al menos su mente podría descansar, aunque su cuerpo era una cuestión completamente distinta.

Pasaron unas horas antes de que llegara a un pequeño lago. Decidió detenerse allí por un momento para revisar sus suministros y asegurarse de que no le faltara nada. Revisó los rollos que Lord Orden le había dado para la diplomacia, así como uno especial que le permitiría acceder a las regiones centrales, las cuales habían cerrado su acceso debido al aumento de la actividad demoníaca en el norte.

Cuando se aseguró de que todo estaba en orden, se quitó el yelmo y se acercó al lago para observar su reflejo.

—Te ves horrible —le dijo a su reflejo al notar las ojeras bajo sus ojos y la cara cansada, con el cabello desordenado cayendo libremente sobre su rostro—. Tal vez deba conseguir una cinta para retenerlo —añadió mientras sacudía su cabello, contemplando sus ojos verdes reflejados en el agua.

Con un suspiro, regresó a su caballo y continuó su viaje.


Los meses pasaron volando; afortunadamente, no encontró conflictos que impidieran su avance. O al menos, eso fue antes de llegar a unas montañas nevadas. Cuando llegó a esas montañas, su caballo murió, no soportó el inmenso frío y se desplomó sin más. Asta, sin más remedio, tomó los bolsos de suministros importantes que pudo y los ató a su cuerpo. Afortunadamente, consiguió una capa más larga en uno de los poblados anteriores, la cual ahora le cubría todo el cuerpo, calentándolo un poco debajo de su armadura. Comprar otro caballo sería extremadamente caro, y si lo hiciera, gran parte de los fondos que le dio Lord Orden se agotarían.

Cuando finalmente llegó a la frontera entre el norte y las regiones centrales, habían transcurrido poco más de cuatro meses desde que salió de Vorig. Asta había optado por una ruta directa con pocas paradas, avanzando a un ritmo constante. Afortunadamente, durante su trayecto a través de los dominios del Conde Granat, no tuvo la desafortunada experiencia de encontrarse con las fuerzas de Aura la Guillotina, una amenaza que había deseado evitar desde el inicio.

Al llegar a la imponente ciudad fortaleza de Waal, lo primero que encontró fue una fila de guardias firmemente apostados en la puerta. Como era de esperarse, le bloquearon el acceso de inmediato.

—Las fronteras con el norte y las regiones centrales están cerradas temporalmente —informó uno de los guardias, avanzando un paso con la mano sobre la empuñadura de su espada mientras observaba al caballero, cuya figura imponente estaba cubierta por su yelmo oscuro.

Asta sabía que Waal era la única entrada segura hacia las regiones centrales. El camino alternativo estaba lleno de peligros y requeriría un tiempo que no deseaba desperdiciar. Sin embargo, estaba preparado para este obstáculo: llevaba consigo un permiso especial, otorgado por el castellano de la ciudad, que le garantizaba el acceso.

Con un suspiro, Asta buscó entre sus pertenencias hasta encontrar el rollo sellado. Lo extendió hacia el guardia, quien lo tomó y comenzó a leerlo con detenimiento. Tras unos momentos de análisis, el guardia asintió con respeto.

—Ya veo. Disculpe las molestias, Sir —dijo el guardia, devolviendo el documento mientras hacía una señal a sus compañeros. Otro guardia corrió hacia las puertas, y con esfuerzo, estas comenzaron a abrirse desde el interior, permitiendo que Asta pudiera continuar su camino.

Una vez dentro de Waal, Asta avanzó por las calles adoquinadas. La ciudad no parecía haber cambiado mucho desde su última visita años atrás. A pesar del cierre de las rutas comerciales con el norte, Waal seguía siendo un lugar vibrante y lleno de vida. La actividad en los mercados, el bullicio de la gente y los aromas de los puestos de comida le recordaron que, a pesar de las dificultades, esta región prosperaba en su propia manera.

Asta decidió que pasaría un par de días en la ciudad para reponer sus suministros antes de continuar su viaje hacia la capital. Aunque aún tenía fondos suficientes, sabía que hacer trabajos sencillos durante el camino le vendría bien para mantener sus reservas económicas. Por ahora, su primer paso sería visitar al castellano de la ciudad para informarle de su llegada y asegurarse de que todo estuviera en orden.


Asta continuó su viaje, esta vez tomando una ruta directa hacia la capital. Según la información que había recibido de los viajeros y aldeanos que encontró en el camino, si no surgían contratiempos, tardaría poco menos de 2 meses en llegar. La región central, mucho más tranquila que el norte, ofrecía una paz que no había experimentado en años. Sin el peligro constante de emboscadas, batallas o demonios al acecho, pudo disfrutar de un alivio al que no estaba acostumbrado. Sin embargo, esa misma tranquilidad trajo consigo una extraña sensación de ansiedad; la ausencia de la tensión a la que había sido sometido tanto tiempo lo hacía sentirse fuera de lugar.

Mientras caminaba, reflexionaba más profundamente sobre su situación. El ritmo lento y constante del viaje le brindaba un espacio que no había tenido en mucho tiempo: un respiro para meditar sobre su propósito en la vida. El estrés y la ansiedad que la guerra había dejado en él seguían manifestándose ocasionalmente, especialmente en los momentos de silencio, pero ahora los manejaba con más calma. Se daba cuenta de que, más allá de las órdenes que recibía como caballero, no tenía claro qué buscar o hacia dónde dirigir su vida. Esa incertidumbre, que antes lo habría consumido, ahora se sentía más como un desafío que quería resolver.

El paisaje iba cambiando a medida que se acercaba a las tierras más ricas y verdes de la región central. Los bosques densos y fríos del norte daban paso a colinas más suaves y caminos bien cuidados. Asta disfrutaba de la vista, sintiéndose casi un extraño en una tierra tan pacífica.

Lamentablemente, la paz momentánea se rompió abruptamente. Mientras se adentraba en un bosque, perdió la concentración por un momento y no notó la presencia de una amenaza inminente. De repente, una intención asesina lo atacó. Aunque no era tan intensa como la de los demonios en batalla, Asta tuvo que reaccionar rápidamente para bloquear un enorme zarpazo con su brazo. El impacto lo empujó varios metros hacia atrás y dañó uno los guanteletes metálicos que llevaba.

Frunciendo el ceño, Asta levantó la vista y vio a la criatura que lo había atacado: un enorme oso, mucho más grande de lo que había visto en su vida.

—¡Esa cosa al menos es cinco veces más grande que yo! —se gritó a sí mismo, asombrado por el tamaño de la bestia. A pesar de su tamaño colosal, el oso no era lento. Corrió hacia Asta a gran velocidad, obligándolo a desenfundar su espada y moverse rápidamente para esquivar el ataque.

Asta balanceó su espada, esperando causar algún daño, pero el golpe resonó con un sonido sordo contra la piel del oso sin hacerle mella. La sorpresa y frustración se reflejaron en su rostro cuando un nuevo zarpazo lo alcanzó. Esta vez, bloqueó parcialmente el ataque con su espada, pero un pequeño rasguño marcó su yelmo. Asta sabía que sin la protección del yelmo, su piel habría sido fácilmente cortada.

Retrocedió varios metros, apretando el agarre de su espada. Si no podía dañar al oso con su espada, tendría que recurrir a la mata demonios, que todavía llevaba en su espalda.

Justo cuando la enorme criatura se lanzó de nuevo contra él, un potente disparo de magia atravesó al oso desde un costado, matándolo prácticamente al instante. La criatura colapsó al suelo, y Asta quedó paralizado, apenas pudiendo pronunciar un asombroso:

—¿Eh?

Al mirar a su alrededor, Asta vio a una figura emergiendo entre los árboles. Su sorpresa fue evidente al descubrir que se trataba de una mujer, una maga que había intervenido para eliminar a la criatura. La joven, que parecía ser unos años menor que él, quizás dos o tres, tenía el cabello morado lacio con un flequillo y sus ojos eran del mismo color que su cabello. Vestía un sencillo vestido blanco, cubierto en gran parte por una túnica negra con capucha. Su rostro mostraba una serenidad y neutralidad mientras hacía desaparecer el bastón con el cual había canalizado su hechizo.

Asta la observó, notando que, a pesar de ser una chica más joven, ella era de su misma altura, quizás unos centímetros más alta. Esto lo hizo sentir un poco deprimido, recordándole su frustración con su estatura menor al promedio, que siempre había sido su punto débil.

—Parece que la situación no la tenía completamente bajo control —comentó la chica, dirigiéndose al caballero con un tono impasible.

Asta se sacudió la niebla de su mente y recuperó la compostura antes de mirarla.

—Sí, me distraje un momento cuando me tomó por sorpresa. Aun así, gracias por ayudarme —dijo, haciendo una leve reverencia—. Me llamo Sir Asta, es un placer conocerla, señorita.

—El placer es mío, Sir Asta. Me llamo Fern —respondió con la misma neutralidad—. Este tipo de oso es resistente a armas convencionales. Es más útil usar magia.

Fern observó el brazo de Asta, donde el guantelete estaba claramente dañado.

—¿Su brazo? —preguntó, dejando de lado por un momento su voz monótona.

—No te preocupes por esto, solo se dañó el metal —dijo Asta, con una leve sonrisa. Inconscientemente, había canalizado la anti-magia, lo que reforzó su piel para evitar un daño mayor.

Fern asintió antes de continuar.

—Mi maestra y yo lo hemos estado siguiendo a esta criatura por un tiempo, pero parece que tú lo encontraste primero —dijo, antes de mirar a Asta—. Entonces, me retiro. Tengo que buscar a mi maestra.

Fern hizo una reverencia de respeto antes de alejarse.

—Sí, yo continuaré mi camino —respondió Asta, observando cómo se alejaba—. Qué mujer tan extraña.

La monotonía en su voz y expresión lo hizo sentir un poco nervioso; solo Lord Orden había alcanzado hasta ahora ese nivel de impasibilidad.

Asta suspiró y siguió caminando, revisando su guantelete dañado.

—Ya no va a servir —murmuró en un tono derrotado, mientras retiraba el guantelete de su brazo.


—Señora Frieren —dijo Fern unos minutos después de eliminar al oso. A la distancia, vio a cierta elfa de cabellos blancos, vestida con ropas blancas con detalles negros y dorados, que examinaba tranquilamente unas flores en el pasto.

—¿Lo encontraste? —preguntó Frieren sin levantar la mirada, concentrada en las flores.

—Sí, un caballero estaba peleando con la bestia, pero tuve que intervenir —respondió Fern mientras se agachaba junto a su maestra para observar las flores también—. Creo que dijo que se llamaba Asta.

Frieren levantó la mirada, sorprendida, con los ojos levemente abiertos.

—¿Ocurre algo, señora Frieren? —preguntó Fern, intrigada por la expresión inusual de su maestra.

—No es nada —respondió Frieren, negando con la cabeza rápidamente—. Simplemente... ese nombre me trae recuerdos —dijo, desviando de nuevo su atención hacia la flor que examinaba.

—¿De su viejo compañero? —Preguntó Fern, recordando las historias que la elfa le había contado sobre el legendario caballero Sir Asta, quien fue parte del grupo de héroes.

Frieren asintió con una expresión pensativa.

—Es una extraña coincidencia que se llame igual a él —murmuró, claramente no deseando profundizar más en el asunto.

Sin embargo, algo en Fern seguía rondándole la mente. Había algo inusual en el caballero que había conocido. Aunque a simple vista parecía un humano común, percibió algo más profundo con sus sentidos de maga, como si tres presencias diferentes coexistieran en su interior. Quizás solo era su imaginación, pero la sensación la incomodaba.

Sacudiendo rápidamente la cabeza para apartar esos pensamientos, Fern se levantó.

—Señora Frieren, será mejor que regresemos a la aldea. Ya se está haciendo tarde.

Frieren asintió en silencio, y juntas emprendieron el camino de regreso a la aldea donde se estaban hospedando, mientras la elfa reflexionaba en silencio sobre los recuerdos que ese nombre había despertado.


Como había esperado, Asta tardó poco más de un mes en llegar a la capital real de las regiones centrales. Desde su encuentro con el oso y la joven maga llamada Fern, su viaje transcurrió sin mayores contratiempos. Durante el trayecto, realizó trabajos simples en algunos pequeños poblados: limpiar, cargar mercancías y otras tareas para ganar un poco más de dinero.

Finalmente, cuando se encontró frente a la imponente entrada de la capital, se quedó asombrado al ver ocho enormes estatuas de caballeros que custodiaban la entrada. Cada una de esas figuras emanaba poder y grandeza, dejando claro que se trataba de héroes cuyas hazañas fueron lo suficientemente destacadas como para ser inmortalizados de esa manera.

—Increíble... Las hazañas que debieron haber hecho para que les construyan estatuas así —murmuró mientras observaba cada una de las estatuas con detenimiento.

Su atención se centró en una en particular.

—Sir Asta... —susurró al reconocer el nombre grabado al pie de la estatua del legendario caballero que ayudó a derrotar al rey demonio. Siempre le habían dicho que su apariencia coincidía con las descripciones de ese héroe, pero nunca lo había creído del todo. Sin embargo, al ver la estatua y recordar su propio reflejo, notó ciertas similitudes. Aunque claro, había diferencias; una estatua nunca podría captar completamente el rostro real de alguien, ¿verdad?

Se quedó contemplando la estatua por un momento más, sintiendo una extraña mezcla de desconcierto y conexión. Luego, sacudió la cabeza, apartando esas ideas, y se dirigió hacia la entrada de la capital.

Al entrar, Asta quedó maravillado por la grandeza de la enorme ciudad. Desde lejos, había estimado que era al menos diez veces más grande que Vorig, pero ahora que caminaba por sus calles, podía confirmarlo con certeza. Las murallas se extendían por kilómetros interminables, rodeando la ciudad como si fueran un escudo protector contra cualquier amenaza.

Las calles estaban repletas de gente: comerciantes anunciando sus productos, niños corriendo de un lado a otro, y nobles paseando con elegancia. Los mercados eran vibrantes y llenos de vida; había puestos que vendían desde frutas exóticas hasta artefactos mágicos, y la multitud se detenía a comprar o regatear precios. El bullicio y el movimiento le recordaban lo diferente que era la vida en una ciudad tan grande comparada con la tranquilidad de Vorig.

Cuando alzó la vista, lo vio: el imponente castillo que dominaba el horizonte. La estructura era magnífica, con torres que se elevaban hacia el cielo y paredes decoradas con intrincados detalles. Era evidente que allí habitaban el rey y la familia real. Asta no pudo evitar compararlo con el palacio de la familia Orden en Vorig; aunque este último era impresionante por derecho propio, palidecía en comparación con la magnitud de este castillo. La fortaleza real probablemente abarcaría un cuarto de toda la extensión de Vorig, algo que dejó a Asta reflexionando sobre el poder y la influencia de quienes gobernaban desde este lugar.

Mientras Asta avanzaba por la ciudad en dirección al castillo, no podía evitar sentir cierta pequeñez en medio de tanta grandeza. Las calles parecían interminables, y la cantidad de personas y edificios era abrumadora. Le tomó bastante tiempo llegar al castillo debido a la extensión de la ciudad. Al acercarse, lo primero que notó fue el imponente muro que separaba el castillo del resto de la ciudad. Sobre las altas paredes, varios estandartes con emblemas de águilas plateadas colgaban, sin duda eran el emblema de la familia Silva de la que Lord Orden le habló.

Al acercarse a la entrada, se encontró con una docena de guardias con hermosas armaduras plateadas, yelmos brillantes, y lanzas del mismo tono. Se pararon imponentes delante de él, pero solo uno, con una armadura decorada con plumas blancas en forma de capa y un yelmo adornado con pintura azul que cubría la mitad superior de su rostro, dio un paso al frente. Probablemente era el capitán de esos soldados.

—Diga sus asuntos... ¿Sir? —preguntó el guardia al ver la calidad de la armadura de Asta, suponiendo que era un caballero.

Asta asintió con respeto. —Sir Asta —dijo, haciendo una leve reverencia antes de comenzar a buscar algo en sus múltiples bolsillos.

—Vaya nombre tan peculiar le pusieron —comentó el guardia, observando cómo Asta rebuscaba en sus bolsillos, los cuales estaban atados en distintas zonas de su armadura.

—Solicito una audiencia privada con el rey —dijo Asta finalmente, mientras sacaba un pequeño pergamino.

—Lo siento, puede solicitar una audiencia pública en unos días, pero una privada está fuera de disposición —respondió el guardia con formalidad. Asta asintió y le mostró el pergamino sin abrirlo. El guardia reconoció de inmediato el sello grabado en él.

—Vengo en representación de Lord Orden, Guardián de la ciudad fortaleza de Vorig —explicó Asta, haciendo que el guardia guardara silencio unos segundos mientras examinaba el emblema del sello.

—Bien —dijo finalmente al notar su autenticidad—. Sígame —ordenó antes de caminar hacia las enormes puertas, las cuales se abrieron con una simple orden de otro guardia. Al entrar, un hermoso jardín se desplegaba entre los muros y el castillo. Múltiples sirvientes atendían las flores y arbustos, mientras algunos nobles y guardias paseaban por los senderos.

—Su Majestad está ocupado en este momento con las audiencias públicas, pero lo recibirá su hermana, la princesa Acier Silva. Ella funge como mano derecha del rey —dijo el guardia, mientras avanzaban por los pasillos del castillo—. Por cierto, lamento mi descortesía al no presentarme antes. Soy Sir William, Comandante de la Guardia del Castillo.

Asta asintió, pero su atención pronto fue captada por los cuadros en las paredes, además de los estandartes con el emblema de los Silva que se repetían cada pocos metros. También notó algo peculiar sobre Sir William: a diferencia de otros caballeros, no portaba ninguna espada o daga visible, lo cual le resultó extraño.

Finalmente, se detuvieron frente a unas puertas de madera custodiadas por un par de guardias, quienes las abrieron de inmediato. —Espere adentro. la princesa Acier vendrá pronto —dijo Sir William. Asta asintió y entró en la habitación, las puertas se cerraron segundos después.

Miró a su alrededor, notando los sillones en el centro junto a una mesa, además de varios estantes con libros y cuadros que decoraban la habitación. Un inmenso ventanal ofrecía una vista directa a uno de los jardines del castillo.

Asta suspiró antes de quitarse el yelmo y dejarlo sobre la mesa. Mientras recogía su cabello desordenado hacia atrás, soltó otro suspiro. —En serio, debo conseguir algo para sujetar mi cabello... o tal vez cortarlo —murmuró para sí mismo, mientras esperaba a que la princesa Acier llegara.

Asta retiró la mata demonios de su espalda y la colocó cuidadosamente sobre una pared cercana. Luego se acercó a los estantes y observó con atención cada detalle del entorno. Los libros estaban organizados por temas: algunos trataban sobre estrategia militar, otros sobre la historia de las regiones centrales y algunos más sobre magia antigua. La información y el conocimiento acumulado en esa sala eran evidentes.

Después de un par de minutos de espera, las puertas se abrieron, y una mujer entró en la habitación. Para su frustración personal, era de su misma altura o quizá un poco más alta, y parecía tener un par de años más que él. Su cabello plateado estaba recogido en una cola de caballo que caía con elegancia sobre su hombro. Su rostro mantenía una expresión serena, mientras que sus ojos, de un púrpura intenso, irradiaban autoridad y experiencia. Llevaba una armadura ligera con detalles plateados y una capa blanca que se deslizaba grácilmente tras ella. Detrás de ella, entró Sir William, quien se colocó junto a la puerta, dejando claro que su propósito era proteger a la mujer.

—Tengo entendido que usted es Sir Asta, ¿verdad? —dijo mientras Asta se ponía recto y hacía una reverencia.

—Lo es, mi señora. Soy Sir Asta de la casa Staría y espada juramentada de la casa Orden —respondió Asta, y la mujer asintió.

—Soy Acier Silva, hermana menor del actual rey, Argent Silva —dijo mientras hacía un gesto a Asta para que se sentara en los sillones—. Antes de pasar a lo importante, tengo curiosidad —dijo con una leve sonrisa cálida en su rostro—. Conozco tu nombre, el famoso caballero asesino de demonios. Nunca creí que tu apariencia fuera similar a la de cierto caballero antiguo.

Asta rio levemente.

—Sí, últimamente me lo han dicho mucho —dijo con una sonrisa—. Me gustaría decir que soy descendiente de él, pero lamentablemente la casa Staría ha tenido estos rasgos desde que se unió a Vorig hace más de 500 años —explicó, haciendo que Acier asintiera.

—Entonces es mera coincidencia —dijo antes de ponerse un poco más seria—. Entonces, ¿Qué trae a un caballero tan famoso como usted tan lejos de su región?

—No creí que fuera tan conocido en las regiones centrales —habló en voz alta, más para sí mismo que para la mujer frente a él.

—Sus hazañas se han vuelto demasiado conocidas. Derrotó a una legión enemiga con tan solo cien hombres bajo su mando a los 14 años. Ha hecho que los demonios prácticamente huyan al escuchar que usted está en batalla. Sería raro que no fuera tan conocido en estas regiones —respondió la mujer, haciendo que Asta riera tímidamente antes de calmarse.

—Estoy aquí bajo órdenes de Lord Orden. Queremos buscar su apoyo para que se unan a la gran alianza del norte, la cual enfrenta a la coalición demoníaca más grande que se ha visto desde que el grupo de héroes se enfrentó al rey demonio en la punta del continente. Actualmente, la gran mayoría de los señores del norte se ha unido a esta coalición. Los que no, se ocupan de las pequeñas facciones de demonios que atacan sus regiones, concentrando sus fuerzas en tratar de erradicarlas. Mi región, Vorig, aún tiene problemas con demonios, aunque gracias a las campañas que he dirigido se ha erradicado en gran parte. Otra región preocupante son los dominios del Conde Granat; las fuerzas de Aura la Guillotina, en lugar de disminuir, han ido en aumento año tras año gracias a su magia —explicó Asta mientras Acier escuchaba atentamente y miraba el pergamino que él desplegaba—. Los términos de la alianza se encuentran aquí —añadió mientras la mujer leía el contenido.

—¿Qué hay del imperio? —preguntó la mujer, haciendo que Asta suspirara.

—Se mantiene neutral. No nos dona tropas ni suministros y tampoco nos da vía libre para pasar por su región. A pesar de que declara que todo el norte le pertenece, no ha hecho un intento de gobernarlo; prefieren solo tener bajo su control las pequeñas regiones alrededor de su capital. Los señores del norte prefieren ignorarlo y declararse reinos independientes.

—Ya veo —dijo Acier, dejando de leer y suspirando—. Me temo que, si el imperio está fuera de la alianza, mi hermano difícilmente apoyará su causa —explicó antes de hacer una pausa y continuar—. Entienda que la dinastía Silva es prácticamente nueva en el trono. Antes de mi hermano, nuestro padre, Nozel Silva, ocupó el cargo. Y antes de él, hubo un rey sin herederos, lo que generó un gran revuelo sobre quién tomaría el trono. Al final, la familia Silva fue la elegida por ser los parientes más cercanos al último rey. Sin embargo, la desconfianza en nuestros territorios sigue siendo considerable, y el imperio ha tomado nota de esto. Enviar fuerzas al norte podría ser visto como un intento de expansión para ganar más reconocimiento por parte del pueblo —explicó antes de señalar el pergamino—. Pero quizá haya una solución. Si también se buscan alianzas con la Ciudad Santa, como se menciona en este documento, es posible que mi hermano considere apoyar su causa.

—Entiendo, mi princesa. Entonces espero que Su Majestad acceda a nuestra petición —dijo Asta con determinación.

Acier asintió.

—Le llevaré el pergamino con las condiciones para que lo analice. Organizaré una audiencia privada con él en un par de días —dijo mientras se ponía de pie, no sin antes colocar un medallón sobre la mesa—. Mientras usted es invitado de la casa Silva en el castillo, este medallón le permitirá entrar y salir sin problemas.

Asta asintió, se puso de pie y se inclinó respetuosamente.

—Le agradezco por su tiempo, princesa Acier.

—Al contrario, gracias por viajar desde tan lejos. Espero verlo pronto, Sir —dijo Acier, asintiendo ante la reverencia antes de salir de la habitación.

—Sirvientes vendrán a guiarlo más tarde cuando sus aposentos estén listos —dijo Sir William antes de salir de la habitación detrás de Acier.

Asta soltó un suspiro antes de dejarse caer nuevamente en el sillón.

—Podría decirse que es un buen comienzo —murmuró, pensativo. Luego se levantó y se acercó a un espejo que se encontraba en uno de los estantes. Observó su propio reflejo; a diferencia de la última vez, no se veía tan demacrado, pero el cansancio aún se notaba en sus ojos. Las ojeras bajo su mirada delataban las noches sin descanso que había sacrificado para llegar más rápido a la capital. Luego, enfocó su atención en la marca en forma de estrella en su frente.

—Parece más brillante —se dijo a sí mismo, pasando los dedos sobre ella.

Con un nuevo suspiro, decidió regresar al sillón, permitiéndose un momento para descansar mientras esperaba a que los sirvientes llegaran para guiarlo a sus aposentos temporales.


El rey Argent Silva observaba a su hermana acercarse al trono, en silencio, mientras los últimos rayos de sol iluminaban la sala. Las audiencias del día habían terminado y la corte se había retirado, dejando al monarca solo con sus guardias en la sala del trono.

—Tengo entendido que te reuniste con un caballero extranjero —dijo finalmente, con voz calmada y curiosa.

El rey vestía una túnica azul con detalles plateados que cubría gran parte de su cuerpo. Sus brazos estaban protegidos por guanteletes plateados, al igual que sus piernas, adornadas con botas metálicas. Sobre su cabeza descansaba una corona plateada tan pulida que reflejaba cualquier objeto cercano. A pesar de ser varios años mayor que su hermana, su rostro irradiaba una serenidad y compasión que le otorgaban un aire de autoridad tranquila. Al igual que Acier, sus ojos eran de un púrpura brillante y su cabello, de un tono plateado, estaba recortado para caer suavemente sobre sus hombros.

—Así es, me reuní con Sir Asta, enviado desde la ciudad fortaleza de Vorig —respondió Acier, deteniéndose frente a su hermano.

El rey levantó una ceja, mostrando interés.

—¿El caballero asesino de demonios? ¿Qué es lo que deseaba? No creo que haya venido para unirse a mi guardia real —comentó con una leve sonrisa.

Acier esbozó una ligera sonrisa antes de continuar.

—En realidad, su visita es en representación de Lord Orden, señor de las regiones bajo el control de Vorig. Desean buscar el apoyo de la corona para que nos unamos a la gran alianza del norte en su lucha contra los demonios en la punta del continente.

Argent asintió lentamente.

—Sí, estoy al tanto de que esa alianza ha contenido a las fuerzas demoníacas durante bastante tiempo. Pero que vengan hasta aquí en busca de ayuda sugiere que la situación no es tan favorable como parece.

—Correcto. Al parecer, algunas regiones aún no se han unido, pues están enfrascadas en conflictos con facciones menores de demonios. Incluso Vorig sigue teniendo enfrentamientos, aunque han logrado mantener el control gracias a las campañas de este caballero. También me informó sobre Aura la Guillotina; parece que esa facción ha decidido mantenerse independiente y no aliarse con la coalición demoníaca principal.

El rey soltó un leve suspiro.

—Un sabio de la destrucción como Aura la Guillotina es una amenaza en sí misma. Pero lo que me preocupa más es el imperio. Según tengo entendido, no forma parte de la alianza.

Acier asintió, con un matiz de preocupación en su rostro.

—Sigue sin pertenecer. Según Sir Asta, el imperio se niega a apoyar al resto del norte y se mantiene neutral.

La expresión del rey se volvió más severa.

—Eso es problemático. Mientras no tomen una postura clara en este conflicto, cualquier apoyo que demos podría desencadenar tensiones internas y externas. Nuestra dinastía aún es joven, y cualquier error podría debilitarnos.

—Entiendo tus preocupaciones, hermano —dijo Acier con calma—. Sin embargo, la amenaza en el norte no debe subestimarse. Si dejamos que las fuerzas demoníacas se fortalezcan, eventualmente podría convertirse en un problema que incluso el imperio no podrá ignorar. Si no tomamos acción, estaremos dejando al azar el futuro del norte y, por ende, el de nuestras propias tierras.

El rey permaneció en silencio un momento, reflexionando. Entonces, Acier desplegó un pergamino y lo extendió hacia él.

—Además, según Sir Asta, también están buscando forjar una alianza con la Ciudad Santa. Eso podría inclinar la balanza a nuestro favor y ofrecer una justificación diplomática para involucrarnos —explicó.

Argent abrió los ojos con un destello de interés mientras una sonrisa se asomaba en sus labios.

—Eso cambia las cosas —dijo, enderezándose en su trono—. Llevaré este asunto mañana a mi consejo. Discutiré con ellos si esta alianza es beneficiosa para nosotros. —El rey asintió levemente a uno de sus guardias, que se acercó para tomar el pergamino.

—Entendido. Prepararé la audiencia y me aseguraré de que todos los detalles estén listos —respondió Acier, inclinándose en señal de respeto.

Antes de retirarse, Acier añadió:

—Debo decir que Sir Asta me pareció alguien peculiar. Hay algo en él que inspira confianza de inmediato. A pesar de su juventud, se muestra seguro y maduro. Tal vez esa es otra razón por la cual su nombre ha resonado tanto en las regiones centrales últimamente.

Argent esbozó una sonrisa fugaz.

—Veremos si esas historias están a la altura de la realidad. Mientras tanto, mantente alerta.

—Lo haré, hermano —dijo Acier, realizando una última reverencia antes de salir de la sala, dejando al rey sentado en su trono, analizando la situación.


Asta suspiró mientras se dejaba caer en uno de los tantos asientos en los jardines del castillo. Había pasado solo unas horas desde que lo guiaron a su habitación temporal. Al llegar, se despojó de su armadura, la cual había llevado durante meses de forma continua, y ahora vestía ropas más simples, dejando su espada sujeta a su cintura. Observó las cientos de flores que adornaban los jardines y no pudo evitar sentirse fascinado por la cantidad y la armonía de colores que lo rodeaban.

Quería salir a explorar la ciudad antes de que la tarde terminara, pero decidió disfrutar un poco más de la tranquilidad que ofrecía ese rincón apartado.

—Asta, ¿realmente eres tú? —una voz cansada lo llamó desde un costado.

Asta se giró para ver quién lo había llamado, pero no reconoció a la persona. Frente a él estaba una anciana con una figura encorvada, apoyada en un bastón. Pudo distinguir que era una Silva por el tono púrpura de sus ojos, pero su cabello, que alguna vez debió ser plateado, ahora estaba completamente cubierto de canas.

—¿Nos conocemos? —preguntó Asta, inclinando la cabeza con curiosidad.

—¿No me recuerdas? Soy Noelle... Creí que habías muerto.

—Lo siento, pero realmente no sé de qué habla —respondió Asta con gentileza, sin dejar de observar los ojos de la anciana que, a pesar del desgaste, aún brillaban con vida.

Antes de que la anciana pudiera decir algo más, otra voz interrumpió.

—Así que aquí estabas, tía —dijo Acier mientras se acercaba con un par de guardias custodiándola desde atrás—. ¿Por qué volviste a salir? Sabes que debes cuidarte más y no andar deambulando por el castillo.

La anciana miró a su sobrina y luego volvió a mirar a Asta, señalándolo con su mano temblorosa.

—Mira, Acier, es Asta, de quien tanto te hablé —dijo, haciendo que Acier fijara la vista en el caballero para luego suspirar con tristeza.

—Lo siento, tía, él no es tu Asta, solo se le parece —respondió Acier con una expresión de compasión.

—Pero... se parece tanto —susurró la anciana con tristeza en su voz, mientras su mirada volvía a Asta con nostalgia.

—Es mejor que regreses a tu habitación. Los guardias te ayudarán —dijo Acier, haciendo un gesto hacia los soldados, quienes asintieron de inmediato.

—Vamos, mi señora —dijo uno de los guardias mientras tomaba con suavidad el brazo de la anciana para guiarla.

Antes de marcharse, la anciana le dio una última mirada a Asta, con una mezcla de esperanza y melancolía en sus ojos, antes de dejarse llevar por los guardias que la acompañaban hacia su habitación.

—¿Qué fue eso? —preguntó Asta, olvidando por un momento la formalidad en su tono.

Acier soltó un pequeño suspiro antes de responder.

—Es Noelle Silva. Es hermana de mi padre. Por lo que sé, conoció a Sir Asta del grupo de héroes. Según me contó, parece que tenían una relación muy cercana. Debió confundirte debido a su edad y a tu apariencia —explicó, mientras Asta asentía, reflexionando.

—Debe ser impactante ver a alguien tan querido otra vez, aunque sea solo por un instante —comentó Asta mientras observaba la figura en retirada de la anciana.

—Lo es... A pesar de que nunca lo admitió, estoy segura de que lo amaba con todo su corazón. Su muerte la afectó más de lo que deja ver —respondió Acier, con una leve tristeza en su voz, mientras también miraba a la anciana. Con otro suspiro, dirigió su mirada de nuevo hacia Asta—. ¿Va a salir a la ciudad? —preguntó, notando que el caballero volvía a mirarla y asentía.

—Quiero explorar un poco antes de que anochezca, tal vez comprar alguna que otra cosa —explicó Asta.

—Entonces, permítame acompañarlo —ofreció Acier con una sonrisa.

—¿Pero no sería peligroso? —preguntó Asta, genuinamente sorprendido.

Acier no pudo evitar reírse suavemente ante la preocupación de Asta, quien la observó con curiosidad.

—No se preocupe por mí. No es la primera vez que abandono la comodidad del castillo para deambular por la ciudad. Además, le aseguro que pasaré desapercibida.

—Entiendo... —dijo Asta, aún más intrigado por cómo haría Acier para mantenerse fuera de la vista entre la multitud.

—De cualquier forma, será una buena oportunidad para conocer mejor la ciudad desde la perspectiva de un extranjero. Además, le aseguro que la ciudad tiene mucho más que ofrecer que lo que los mercados principales dejan ver —añadió Acier, con un brillo de entusiasmo en sus ojos.

Asta solo asintió, curioso de conocer la ciudad y a la princesa que lo acompañaría.


—¿Es en serio? —pensó Asta con los ojos en blanco mientras caminaba al lado de Acier. Ella cubría su cuerpo con una ligera túnica café y llevaba una capucha que ocultaba su característico cabello plateado. A pesar de esto, Asta no podía evitar preguntarse cómo no la reconocían—. A pesar de la capucha, es evidente que pertenece a la realeza —pensó, al ver la parte de su atuendo que no cubría la túnica.

—El truco no está solo en la vestimenta —dijo Acier al notar la expresión de Asta, quien se había quedado con el ceño fruncido. Una sonrisa astuta apareció en su rostro—. Es la actitud. La clave es moverse con la suficiente confianza para no destacar, pero sin llamar demasiado la atención.

Asta asintió mientras observaba cómo Acier saludaba a algunos comerciantes, quienes le devolvían el saludo con una sonrisa, sin sospechar quién era realmente.

—¿Por dónde comenzamos? —preguntó Asta, observando los diversos callejones y caminos que se abrían desde la calle principal de la ciudad.

—Hay un mercado en una calle menos transitada que vende todo tipo de productos únicos. Es uno de mis lugares favoritos cuando quiero encontrar algo especial sin atraer la atención de todos —dijo Acier, señalando un camino a la izquierda.

El mercado al que se dirigían estaba escondido en un pequeño callejón. A pesar de su apariencia sombría, el ambiente era cálido y acogedor. Los puestos estaban llenos de mercancías que iban desde especias exóticas hasta artesanías hechas a mano. Los comerciantes no competían agresivamente por atraer clientes; en cambio, ofrecían sus productos con una amabilidad genuina.

Asta se detuvo en un puesto que vendía cristales y amuletos, examinando con interés las piedras que brillaban bajo la luz de las lámparas.

—Estos amuletos son bastante populares entre los viajeros —dijo Acier mientras se acercaba—. Se dice que algunas de estas piedras tienen propiedades mágicas menores, aunque en realidad son más simbólicas que efectivas.

—¿Le interesan este tipo de cosas? —preguntó Asta mientras sostenía un pequeño amuleto con una runa grabada en él.

—Más de lo que imaginas. Cada amuleto cuenta una historia, y esas historias pueden ser tan poderosas como cualquier magia verdadera. Además, siempre es bueno llevar un recuerdo significativo de los lugares que visitas —respondió Acier con una sonrisa.

Asta consideró comprar uno, pero algo al final del callejón capturó su atención. Un anciano se encontraba junto a una mesa improvisada llena de pequeños manuscritos y pergaminos. Intrigado, el caballero se acercó.

—¿Le interesa la historia local? —preguntó el anciano con una voz suave y cansada, mientras señalaba los pergaminos extendidos en su mesa.

—Un poco, pero más me interesa conocer lo que no se cuenta en los libros oficiales —respondió Asta, examinando uno de los manuscritos.

El anciano sonrió, mostrando sus dientes amarillentos.

—Este pergamino contiene leyendas y secretos que solo los viejos habitantes conocen. Habla de héroes olvidados, pactos oscuros y batallas que nunca llegaron a los registros formales. Solo unos pocos tienen acceso a este tipo de conocimiento.

Asta sintió una chispa de interés. Antes de que pudiera decidir si adquirir uno de los manuscritos, Acier lo interrumpió suavemente.

—Este lugar es conocido por sus historias, pero ten cuidado; no todo lo que se cuenta aquí es verdad. Aunque algunas leyendas tienen un núcleo de verdad enterrado en ellas —advirtió con un tono serio.

Asta asintió, pero no pudo evitar comprar un pequeño pergamino que le llamó la atención. Mientras guardaba su compra, notó un pequeño libro y lo tomó. Al abrirlo, vio que sus páginas estaban en blanco.

—Me llevaré también esto —dijo, a lo que el anciano asintió.

—¿Por qué un libro en blanco? —preguntó Acier, observando al caballero mientras pagaba.

—Para escribir —respondió Asta—. Hace algún tiempo escribía sobre lo que ocurría en el campo de batalla; podría decirse que era como un diario. Lamentablemente, lo perdí durante una emboscada, y desde entonces no he escrito nada. Creo que ahora sería una buena idea volver a empezar —dijo con una sonrisa.

—Entiendo. Algún día me gustaría leer sobre tus viajes y experiencias en batalla —dijo Acier, a lo que Asta asintió.

Ambos continuaron caminando durante varios minutos más, saliendo del callejón y ocasionalmente deteniéndose en algunos puestos, hasta que llegaron a la plaza principal. Allí, Asta se detuvo ante una imponente estatua que representaba al grupo de héroes.

—Es sorprendente, ¿verdad? Solo cinco personas lograron vencer al rey demonio —comentó Acier mientras observaba la estatua.

—Lo es —respondió Asta simplemente. Observó cada una de las figuras: Himmel, el héroe, lo llenaba de fascinación y admiración; Heiter, el sacerdote; y Eisen, el guerrero, quien se veía igual en la estatua que como lo recordaba cuando lo vio en Waal junto a Stark hace casi diez años—. Tal vez sería bueno averiguar dónde vive para visitarlos —pensó antes de dirigir su atención a la siguiente figura: Frieren, la hechicera, y finalmente, Sir Asta, el caballero, a quien contempló durante un tiempo más prolongado.

—Bien, creo que es hora de regresar al castillo —dijo Acier, comenzando a caminar.

Asta asintió distraídamente mientras la seguía, aún absorto en sus pensamientos.

—Sir Asta —dijo Acier, sacando a Asta de sus pensamientos—. Hay un favor que necesito pedirle.

—¿Qué ocurre? —preguntó él, notando el tono serio en su voz.

—Antes de la muerte del héroe Himmel, dejó instrucciones sobre un asunto importante a mi padre. En la región del bosque Grose, hay una pequeña aldea donde está sellado un demonio llamado Qual, el Sabio Anciano de la Corrupción. Himmel solía viajar todos los años para examinar el sello y asegurarse de que no se debilitara. Sin embargo, en sus últimos años, debido a su edad y salud, le fue imposible continuar con esas visitas. Antes de morir, advirtió que el sello se rompería aproximadamente en estas fechas. A pesar de que, según mi padre, Himmel confiaba en que sus viejos compañeros se encargarían de ese demonio cuando llegara el momento, no quiero arriesgarme.

—¿Quieres que vaya y lo elimine cuando el sello se rompa, no es así? —dedujo Asta.

—Exactamente.

—Pero, ¿por qué enviarme a mí? Pueden enviar a otros caballeros o hechiceros —cuestionó Asta, con cierta curiosidad.

—Mi hermano confía ciegamente en la voluntad de Himmel. Él también cree que los héroes que aún quedan vivos se encargarán de ese demonio —explicó Acier, suspirando ligeramente.

—Entiendo —murmuró Asta mientras reflexionaba sobre el asunto—. Supongo que puedo desviarme de mi ruta a la ciudad santa cuando salga de aquí.

Una sonrisa se formó en los labios de Acier.

—Gracias, te proporcionaré un mapa y las instrucciones más tarde para que puedas llegar a esa región —dijo finalmente.

Sin más que añadir, ambos regresaron al castillo en un silencio cómodo.


Durante los días previos a la audiencia con el rey, Asta se dedicó a descansar tanto como su agitado viaje no le había permitido. Aunque su habitación contaba con una cama lujosa, él prefería dormir en la alfombra, ya que aún no se había acostumbrado a la comodidad después de tan largo viaje.

Cuando estaba despierto, solía deambular por el castillo, charlando ocasionalmente con los guardias o dedicándose a escribir en el libro que había comprado en la ciudad. Era un hábito que había retomado después de mucho tiempo; plasmar sus pensamientos y experiencias le brindaba una sensación de estabilidad y control sobre su estrés y ansiedad.

Acier también lo visitaba de vez en cuando, a veces para conversar y otras veces para darle indicaciones sobre rutas y caminos, incluyendo la ruta más rápida hacia la región del bosque Grose, donde se encontraba el demonio sellado. Le explicó que el viaje le tomaría algunas semanas, lo cual no era ideal, pero Asta estaba dispuesto a cumplir con la tarea.

Cuando llegó el día de la audiencia, Acier se aseguró de que Asta estuviera vestido adecuadamente. Ordenó a los sirvientes que lo ayudaran a cambiarse a ropa formal, dejando de lado su armadura y armas. Según ella, causar una buena impresión ante el rey comenzaba con la apariencia. Asta, aunque poco entusiasta al respecto, comprendió la importancia de la situación.

Finalmente, cuando estuvo listo, Sir William se encargó de guiarlo, no hacia la sala del trono, como Asta había supuesto, sino a la sala de reuniones del consejo. Era un cambio inesperado, pero sugería que la audiencia sería más personal y reservada. Mientras caminaba junto a William, Asta ajustaba la chaqueta formal que llevaba, sintiéndose algo fuera de lugar sin el peso de su armadura o sus armas.

—¿Nervioso? —preguntó Sir William con una ligera sonrisa, notando el gesto de incomodidad en Asta.

—Un poco, supongo. Estoy más acostumbrado a llevar mi espada que estas prendas tan elegantes —respondió Asta con una leve risa, intentando relajarse.

—Lo hará bien. El rey ya tiene idea de lo que van a charlar, solo es cuestión de que se muestre seguro —dijo Sir William, dando unas palabras de aliento mientras Asta asentía.

Cuando llegaron a su destino, un par de guardias abrieron las imponentes puertas de la sala de reuniones. Sir William se quedó afuera, dándole a Asta un asentimiento final antes de dejarlo entrar solo.

Al cruzar, Asta examinó la habitación. A pesar de su sencillez, estaba adornada con un largo lienzo de tela que recorría las paredes. En él, se tejía la historia de lo que Asta dedujo era la casa Silva.

En el centro de la sala se encontraba una larga mesa rodeada de asientos con respaldos altos. Diversos hombres estaban sentados allí: nobles, ministros y generales, todos ellos observando con una mezcla de curiosidad y escrutinio. Asta pudo sentir el peso de esas miradas, pero mantuvo la calma. En la cabecera de la mesa se encontraba el rey, un hombre con un porte majestuoso que, para sorpresa de Asta, guardaba un notable parecido con su hermana, Acier, a pesar de ser varios años mayor.

Detrás del rey, de pie con los brazos cruzados a la espalda, estaba Acier. Su expresión era seria, como la de una guardiana vigilante, pero cuando Asta entró, le dedicó una pequeña sonrisa, un gesto breve pero reconfortante antes de volver a su compostura habitual.

—Adelante, Sir Asta —habló el rey, invitándolo a avanzar hacia el centro de la sala. La atmósfera en la habitación era formal, pero no opresiva; había un aire de curiosidad y expectativa en los ojos de los presentes.

Asta caminó con firmeza, consciente de las miradas que lo seguían. Cuando llegó a una distancia adecuada, hizo una reverencia respetuosa al rey, quien lo observaba con una mezcla de interés y evaluación.

—Sir Asta, tus hazañas se han vuelto bastante famosas más allá de tu región. He oído mucho sobre ti, tanto de mis consejeros como de mi propia hermana —dijo el rey con una voz profunda pero amable. Su porte era imponente, pero había una calidez en su tono que desarmó un poco la tensión que Asta sentía.

—Es un honor, su majestad —respondió Asta con una inclinación de cabeza—. Fue una sorpresa saber que era alguien tan conocido; yo solamente me he dedicado a lograr la supervivencia para mi región y mis hombres.

El rey asintió, satisfecho con la modestia en las palabras de Asta. Luego, hizo un gesto para que se acercara más, señalando una silla vacía cerca de la cabecera.

—Toma asiento —pidió el rey, a lo que Asta asintió mientras todos los presentes aún lo miraban con curiosidad—. Me he puesto al corriente con todos los detalles de esta alianza que desean formar; mi consejo también está al tanto —dijo, y Asta observó a los hombres en la mesa que asentían ante las palabras del monarca—. Debo decir que esta alianza es algo que nos interesa. Sin embargo, la postura neutral del Imperio nos pone en una posición delicada.

—Si el Imperio se entera de esta alianza, es posible que no la vea con buenos ojos —comentó uno de los consejeros.

—Según informes, el Imperio ya ha mostrado su descontento con la alianza en el norte. Si nos unimos, podrían interpretar esto como una maniobra para aumentar nuestro poder militar en la región —agregó otro miembro del consejo.

El rey asintió antes de volver a hablar.

—En otras circunstancias, habríamos rechazado esta alianza. Sin embargo, si la Ciudad Santa se uniera, las cosas cambiarían. La Ciudad Santa se ha mantenido como una nación neutral y autónoma, con tratados en todo el continente para la formación de sacerdotes y obispos. Si ellos se unen a nosotros, el Imperio podría verlo como una señal de que no buscamos ganar más influencia, sino defendernos de una amenaza común. Es más, su participación podría finalmente inclinar al Imperio a tomar partido en esta lucha contra los demonios.

—Sin embargo —intervino otro consejero—, no apoyaremos esta causa con todos nuestros recursos y fuerzas a menos que la Ciudad Santa se una primero. En ese caso, enviaremos una parte de nuestras tropas, pero si su alianza en el norte logra que el Imperio se una, entonces no limitaremos la cantidad de recursos y tropas que enviaremos al frente.

—Además —continuó el rey—, si la Ciudad Santa se une, antes de que podamos movilizarnos completamente, tendrán que deshacerse de Aura la Guillotina. Su presencia es una amenaza tan grande como la coalición demoníaca en la punta del continente.

Asta asintió.

—Tengo instrucciones de apoyar en la lucha contra ella cuando regrese a los reinos del norte —respondió, lo que provocó que el rey asintiera.

—Una cosa más, Sir Asta. ¿Dónde se posiciona la Asociación de Magia Continental?

—Se mantiene neutral, pero no limita la participación de hechiceros de primera clase o inferiores en la guerra. Sin embargo, hay regiones bajo su control estricto, donde el paso está restringido a menos que se viaje con un hechicero de primera clase —explicó Asta.

—Entiendo. Entonces no será un obstáculo. Una de las sedes de la Asociación está en la Ciudad Santa, pero no creo que interfieran en la decisión de unirse a la alianza —dijo el rey antes de enderezarse en su asiento—. Esas serán nuestras condiciones para unirnos a esta alianza.

Asta asintió, comprendiendo todo. Ahora solo quedaba llevar el tratado a la Ciudad Santa.

—Entiendo, su majestad. Entonces partiré lo antes posible hacia la Ciudad Santa.

—Tómese su tiempo, Sir Asta. Una vez que cierre el tratado con la Ciudad Santa, comenzaré a reunir a los abanderados. Solo será cuestión de tiempo para que nos unamos a ustedes en el norte.

—Bien. Cuando regrese a Vorig, informaré a Lord Orden para que transmita lo discutido y las condiciones a los demás señores que forman la alianza —dijo Asta, y el rey asintió antes de ponerse de pie, seguido por todos los presentes en la sala.

—En unos días firmaré el tratado con nuestras condiciones, y estaremos a la espera de los resultados con la Ciudad Santa. Dicho esto, la sesión del consejo queda disuelta —anunció el rey, y los consejeros se inclinaron respetuosamente antes de comenzar a retirarse.

—Puede retirarse, Sir Asta. Mi hermana lo llamará cuando el tratado esté listo para firmarse —dijo el rey. Asta hizo una reverencia y salió de la sala.

El rey, Argent, soltó un suspiro mientras se dejaba caer en su silla con una expresión fatigada.

—Supongo que la guerra es inevitable ahora —murmuró con cansancio.

Acier se acercó a su hermano y le dio unas palmaditas en el hombro con una expresión reconfortante.

—Al final, no solo es por el bien del reino, sino de todo el continente —respondió con seriedad, compartiendo la carga que su hermano llevaba sobre sus hombros.


Después de casi cuatro días adicionales de descanso y preparación, Asta estaba listo para partir. El rey había firmado el acuerdo y le entregó el pergamino que debía llevar a la Ciudad Santa, sellando así los términos discutidos durante la audiencia.

Durante esos días, Acier continuó visitando a Asta. Sus conversaciones solían girar en torno a las diferencias entre sus respectivas regiones, compartiendo anécdotas y detalles sobre la vida cotidiana de sus tierras. Estas charlas ayudaron a aliviar la tensión antes de su partida. Asta también había desarrollado una amistad con Sir William, basada principalmente en el respeto mutuo. Disfrutaba conversar con él sobre temas diversos, desde estrategia militar hasta la cultura de la región.

También había buscado a la anciana Noelle, quien le causo curiosidad e intriga por su historia. Lamentablemente no pudo encontrarla, dejando en Asta una curiosidad insatisfecha.

—¿Estás seguro de que no quieres viajar a caballo? —preguntó Acier, que se encontraba a las afueras de la ciudad con una capucha cubriendo su rostro para evitar ser reconocida. Delante de ella, Asta estaba listo para continuar su viaje.

—Podemos proporcionarte uno. Tu viaje sería unas semanas más rápido hacia el bosque de Grose y la Ciudad Santa. Caminar te tomará más de un mes si recorres ambas regiones—continuo insistiendo con el seño fruncido.

—Aprecio la oferta del caballo —respondió Asta con una sonrisa—, pero por ahora prefiero viajar a pie. Ya estoy acostumbrado, y me gusta la tranquilidad de caminar. Además, no quiero abusar de su hospitalidad; ya han hecho mucho por mí.

Acier suspiró, resignada pero con una expresión de comprensión.

—Está bien, entonces. Le deseo suerte en su viaje, Sir Asta. Cuídese, por favor.

—Lo haré —asintió Asta, devolviéndole la sonrisa—. Espero que volvamos a vernos pronto.

Con esas palabras, Asta hizo una breve reverencia antes de darse la vuelta y empezar a caminar.

Acier observó cómo Asta se alejaba, su figura disminuyendo con cada paso. Sus pensamientos estaban divididos por el joven caballero. Dio un suspiro final, se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso al castillo.


Lugar desconocido.

—Entonces, la Ciudad Santa —murmuró una figura cubierta por túnicas negras, con una capucha que ocultaba su rostro por completo. Su voz era apenas un susurro, pero llevaba un tono cargado de malicia.

—Sí, hay un grimorio que anhelo —respondió una presencia imponente, sentada en un trono oscuro en lo alto de la sala. Sus ojos brillaban con una mezcla de codicia y astucia—. El único que escribió la antigua maga Flame. Tengo la sospecha de que contiene notas sobre Aureole: su ubicación exacta y cómo entrar allí. Es probable que la Ciudad Santa lo resguarde. Es por eso que los envío a ambos.

Las dos figuras encapuchadas permanecían inmóviles ante él, sintiendo el peso de su poder en la atmósfera. Una de ellas dio un paso adelante y habló con voz grave:

—No le fallaremos, señor Lucius.

El demonio en el trono inclinó ligeramente la cabeza, revelando parcialmente sus cuernos en forma de venado, que añadían un aire aún más imponente a su figura.

—Entonces márchense. No quiero discreción a su llegada, pero tampoco creen un caos total... al menos no aún —ordenó Lucius, su voz resonando como un trueno apagado en la sala. Su tono, aunque calmado, dejaba claro que la paciencia tenía un límite.

Ambas figuras encapuchadas se inclinaron profundamente antes de desaparecer en la penumbra. Sus pasos apenas se oían mientras se alejaban, dejando la oscura sala en un silencio inquietante.

Lucius permaneció en su trono, sus ojos brillando en la oscuridad mientras una sonrisa torcida se formaba en sus labios.

—El tiempo se acerca... —susurró para sí mismo, con una mezcla de expectativa y deleite—. Pronto, todo caerá en su lugar.


Fin del capítulo.

Espero les halla gustado.

Este capitulo fue bastante largo, pero si no lo hacia así se alargaría al menos en dos capítulos mas, así que espero les halla gustado.¿Cuánto le dan del 0 al 10?

Si les gustó los invito a que le den una estrellita o comenten, también los invito a seguirme.

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Sin más que decir, adiós.