Un elegante compañero
Tres revoltosos y sanos niños corrían en torno a una fuente de piedra. A veces uno se detenía, metía las manos en el agua y salpicaba al que venía detrás, ganando así tiempo para correr y escapar de la misma travesura.
—¡A que no me ganan a llegar al portal de las rosas! —los retó el único rubio del trío.
—¡Eso es trampa, Anthony! —respondió el más alto de los tres mientras se ajustaba los lentes y corría detrás de su primo.
—¡Stear, Anthony! —gritó el tercer niño.
—¡Apúrate, Archie!
—¡No me dejen! —gritó mientras corría con todas sus fuerzas detrás de su hermano mayor y su primo.
Stear y Anthony desaparecieron de su campo de visión y el pequeño Archie se asustó de verse solo en el enorme patio de la casa…
—¡Por qué se fueron! ¡Por qué me dejaron! —preguntaba en voz alta un solitario muchacho frente a un par de tumbas—. ¿Por qué no puedo ir con ustedes? —repitió dejándose caer de rodillas y cubriendo su rostro con las manos, intentando contener sus lágrimas.
Archie lloró por largo rato la muerte de su primo Anthony, acaecida varios años atrás, y la de su hermano Stear, ocurrida durante la guerra.
—Me iré lejos, por eso vine a despedirme. Lakewood y Chicago tienen demasiados recuerdos de ustedes y por ahora no puedo soportarlo. No quiero y no puedo estar aquí. Necesito estar solo, encontrar mi camino y la paz, como lo hizo Candy.
La universidad de Pensilvania representó todo un reto para el heredero de la familia Cornwell. Era la primera vez que emprendía un proyecto solo y, acostumbrarse al ritmo de trabajo, a los profesores y estudiantes lo ayudó a integrarse al mundo, a una sociedad diferente que lo seducía cada vez más.
Al sumergirse en sus estudios, Archie descubrió sus verdaderos intereses, afinó sus habilidades e identificó sus fallas, siempre con la actitud de mejorar y encontrar su lugar en el mundo.
Sus apellidos le dieron un empujón para lograr esto último y Archie se volvió un estudiante famoso dentro y fuera de la universidad. Así fue invitado en múltiples ocasiones a fiestas y galas académicas y, fue también así como rompió sus relaciones con Annie Britter. Una fotografía donde una joven de familia irlandesa se prendía de su brazo llegó hasta Chicago y fue la gota que derramó el vaso que se había llenado gradualmente con desinterés, falta de comunicación y de comprensión por parte de ambos. Los padres de la joven lo culparon por su falta de respeto y seriedad a Annie y se encargaron de romper aquella larga y atropellada relación.
Cuando el rompimiento era reciente, ninguno de los dos involucrados se atrevió a decir nada, no hubo cartas ni llamadas que concluyeran aquellos años juntos. No fue hasta un año después que Archie recibió una carta proveniente de Washington, era de Annie y en ella, antes que nada, le deseaba felicidad y tranquilidad; después se disculpaba por no haber tomado la situación de su rompimiento en sus manos y, al final, le contaba que ella estaba bien y que había encontrado su lugar en el mundo.
Conozco tu carácter, Archie, te han llamado impulsivo, pero yo sé que eres valiente, que defiendes tus ideales y que tienes un corazón noble, generoso y lleno de amor. Deseo que seas muy feliz, Archie, lo digo sinceramente y espero que, si algún día nos volvemos a ver, podamos hablar como buenos amigos o viejos conocidos, sin rencores ni arrepentimientos.
Archie sabía ya de memoria aquella carta y, aunque le costó trabajo escribir una respuesta, lo hizo a conciencia y cerró, de una vez por todas, aquel capítulo en su vida.
La noticia de que Andley & Co había adquirido acciones del corporativo Bennett cuando este entró en crisis, tomó por sorpresa a Archie. Sabía que se trataba de una poderosa organización tan importante y antigua como la de su familia, así que no dudó en escribirle a su tío Albert para que lo tomara en cuenta, una vez que acabara sus estudios, para incorporarse a la compañía. La respuesta afirmativa no tardó en llegar y, junto con ella, la invitación a la fiesta de compromiso de su tío y Odette Walton, una mujer a quien Archie no conocía, pero con quien congenió de inmediato tras saber que tenían a una persona muy especial en común, Candy.
"¿Qué estarás haciendo, Candy?" Se preguntaba Archie cuando los recuerdos de su infancia al lado de ella, su hermano y su primo se hacían presentes…
La cocina de la casa de la manada parecía un jardín de niños. En la entrada, tres pequeños rubios jugaban sentados en el suelo, se trataba de las mellizas Ada y Olivia y Malcolm, de tres y dos años respectivamente. Pocas veces se separaban de sus madres y como ese día a Candy y Amelia les correspondía hacerse cargo de las comidas, ellos estaban a su lado.
Sentado en una silla alta estaba Isaac, hijo de Astrid e Ian, ayudando a limpiar la verdura para la sopa. Cerca del fogón se encontraba Eric, el mayor del grupo que, cada tanto, volteaba a ver al trío de rubios del que ya se había vuelto guardián.
—Malcolm, ayúdame —dijo Candy llamando la atención de su hijo.
Este se levantó del suelo, dejó la marioneta con la que jugaba alejada de las mellizas y caminó hasta su madre con paso firme y demasiado seguro para ser tan pequeño.
—Papá debe tener hambre, ¿le puedes llevar este emparedado? —preguntó Candy arrodillándose frente a su hijo con una bandeja de comida. El pequeño la tomó con ambas manos y observó el emparedado cortado por la mitad, frunció un poco el ceño y miró a su madre—. ¿Puedes llevarlo?
Malcolm asintió y salió con la bandeja de comida entre sus manos. Caminaba lento para no tirar el plato y también para que su madre no lo retara por correr en el pasillo, lección que había aprendido recientemente.
Eric salió detrás de él y lo siguió por el corredor, lo conocía y sabía lo que estaba por hacer.
—Mira, Candy —dijo llamándola para que siguiera también al pequeño.
Una vez que Malcolm se alejó de la cocina, puso la bandeja en el suelo, tomó el plato y caminó más rápido y decidido hasta la puerta del despacho de su padre; colocó el plato en el suelo y volvió corriendo por la bandeja.
—Anthony, el niño va hacia ti.
—De acuerdo.
Candy se llevó una mano al pecho, conmovida por la inteligencia de su hijo. Parecía una pequeña nube yendo y viniendo de un lado a otro con su traje blanco, estilo marinero, regalo de su abuelo Vincent.
Malcolm puso el plato de vuelta en la bandeja y antes de levantarla, llamó a la puerta.
Su padre le abrió de inmediato y se inclinó a su altura para recibirlo.
—Hola, campeón ¿qué traes ahí?
—Comida para ti. Mamá dijo que tenías hambre.
—Se ve delicioso, ¿me ayudas a comerlo? —sugirió Anthony tomando la bandeja con una mano y cargando a su hijo con la otra—. Paquete recibido —enlazó a Candy y cerró la puerta tras de sí.
Anthony y Malcolm comieron en el escritorio. El emparedado estaba cortado por la mitad a propósito, pues el pequeño siempre comía del plato de sus padres. Anthony terminó primero su mitad y abrió un par de cartas mientras su hijo comía sentado en sus piernas.
—Mira, el tío Albert y la tía Odette viven aquí —dijo señalando la fotografía que habían recibido—. ¡Y mira esto! —tomó otra fotografía y los verdes ojos de Malcolm se abrieron llenos de asombro—. ¡Es un león!
—¡Como tú!
Anthony rio.
—No, no soy un león, soy un lobo.
Malcolm observó la fotografía con atención y buscó las diferencias entre el animal de la fotografía y la de los cambiantes que veía a diario, pero cansado de estudiarlos, tomó una tercera fotografía y señaló a los animales preguntando qué eran.
—Eso es una jirafa —dijo Anthony—. Ese es un elefante, ¿sabes cómo suena? —Malcolm negó y después rio a carcajadas cuando su padre barritó como un elefante.
—¡Otra vez!
—Mejor inténtalo tú.
Malcolm jugó el resto de la tarde en el despacho a ser un elefante mientras Anthony trabajaba y terminaba de leer la correspondencia.
Candy entró al despacho también después de terminar sus obligaciones de la tarde.
—¿Te gustó el emparedado? —preguntó sentándose frente al escritorio.
—Creo que ya deberías enviar dos, la mitad de uno ya no es suficiente para ambos —contestó Anthony señalando a su pequeño remolino que daba vueltas en torno al sofá con quién sabe qué cosa en la mano.
—Entendido —sonrió Candy, mirando a su hijo con ternura.
—Lee esto, llegó de Pensilvania —dijo Anthony entregándole una carta que Candy leyó primero con calma y después con avidez.
—¡No puedo creerlo! ¿Cómo se conocieron? ¿Archie sabe algo? —preguntó con prisa.
—Lo que dice la carta es lo único que sabemos. Llamaré mañana a Elizabeth para advertirle.
—Parece que lo sabe, ni ella ni Bill han revelado nuestra naturaleza a Archie, no te preocupes —dijo Candy con calma al tiempo que se levantaba para acercarse a su compañero y sentarse en su regazo—. Además, es bueno que se conozcan, así tendremos noticias de Archie más seguido.
Aquella mañana Archie se levantó más temprano que de costumbre, estaba ansioso y quería llegar a tiempo a su cita, así que se preparó con antelación y llegó al campus de la universidad cuarenta minutos antes de su reunión.
—Buenos días, busco al profesor Barnes —dijo a un hombre que estaba en la oficina de dicho profesor.
—¿Eres su cita de las nueve? —Archie asintió y temió que ésta fuera cancelada—. El profesor llegará quince minutos tarde, tuvo un contratiempo en casa, pero te atenderá.
—Gracias por la información.
—Toma asiento, es mejor que lo esperes adentro. Soy Bill, por cierto —se presentó el hombre extendiendo la mano hacia Archie.
—Archivald Cornwell.
—¿Andley?
—Sí.
—Interesante.
—¿Por qué es interesante?
—Tu familia es… importante, ¿no?
Archie solo asintió y esperó a que el profesor Barnes llegara.
Jacob Barnes era profesor de Economía y estaba a poco tiempo de convertirse en el director de la facultad. Archie había tomado dos materias con él y el profesor había reconocido su talento y agudeza, así que quería ofrecerle una pasantía en la empresa de su familia y de eso quería hablarle esa mañana.
—Es un hecho, señor Cornwell, bienvenido a la familia Barnes —dijo con orgullo el profesor estrechando la mano del joven después de hacer su proposición.
—Gracias por la oportunidad, señor, no lo defraudaré.
—De eso estoy seguro. Ahora, prepara tu smoking porque este viernes irás conmigo a la gala anual de los Barnes y ahí conocerás a mis hermanos y a tu jefe inmediato. A Bill ya lo conociste, fue mi asistente por una temporada, pero debe volver a otras actividades así que mi sobrina Elizabeth ocupará su lugar.
—¿Ella estudia aquí?
—Sí, está a la mitad de su segundo año, tal vez la hayas visto por los pasillos, es una de las pocas mujeres que tenemos inscritas.
—No he tenido el gusto.
—La conocerás el viernes.
La familia Barnes era bastante peculiar, compuesta por tres hermanos que se hacían presentes en el ámbito económico, académico y político.
Joshua, el mayor, se dedicaba a administrar la fortuna familiar; Jacob, el mediano, era una eminencia académica a pesar de no ser tan viejo y, por último, Jeffrey se dedicaba a la política y ocupaba un cargo de senador.
El joven Cornwell llegó a la mansión del senador Jeffrey donde se llevaría a cabo la gala y de inmediato se encontró con Bill, a quien saludó con cortesía.
—El profesor me pidió recibirte y presentarte con algunas personas antes de conocer a sus hermanos —dijo Bill con amabilidad señalando el camino hacia el salón principal, donde la fiesta ya había empezado.
Bill era mayor que Archie, de eso no había duda, solo que este no sabía a ciencia cierta cuánta diferencia había pues la cicatriz en su rostro le daba una edad, mientras que su voz y confianza con la que lo trataba, le daba otra mucho más joven.
—Los señores Collins son…
—Dueños de la cadena de hoteles más exclusiva del estado, lo sé —dijo Archie poco antes de acercarse a los hombres mencionados y presentarse con seguridad frente a ellos.
Bill asintió y acompañó a Archie parte de la velada hasta que…
—Si me disculpas un momento, tengo que atender un asunto —se excusó Bill dejando a Archie cerca de la barra y en compañía de un par de jóvenes herederos.
Bill salió de prisa por la parte trasera y se unió a un trío de personas que discutían en voz baja.
—¿Qué pasó?
—Cruzó la frontera antes de que pudiéramos alcanzarla. Mi padre envió una patrulla.
—Es la tercera invasión, ¿querrán atacar al senador?
—No lo sabemos, por eso hay que redoblar la seguridad. Por el momento nosotros no podemos hacer más, ocupémonos de la fiesta y dejemos trabajar a las patrullas —ordenó Elizabeth, hija del Jefe Joshua y líder de ese grupo de cambiantes.
—No creerás a quién invitó Jacob —dijo Bill a la joven cuando atravesaban el jardín que los llevaría a la entrada principal.
—¿A quién?
Archie se desenvolvía con seguridad y encanto entre los asistentes a la fiesta. Los caballeros lo respetaban y las mujeres lo admiraban por su porte y elegancia al dirigirse a ellas y, sobre todo, al bailar. Así que más de una mujer peleó con otra para llamar su atención y bailar con él.
—¡Huele como Anthony! —reconoció Elizabeth al identificar al primo del rubio—. Pero es humano, ¿qué hace aquí?
—Se unirá a la compañía —terció Jacob al lado de su sobrina. Acababa de llegar y ya había ubicado a su estudiante.
En breves palabras le contó a Elizabeth las capacidades de Archie y sus planes de incorporarlo a la empresa. Ella asentía ante cada parte de la explicación sin perder de vista al hombre que claramente coqueteaba ya con una joven.
—Vamos a saludarlo.
Jacob y Elizabeth se acercaron a Archie y este de inmediato saludó a su profesor.
—Gracias por la invitación, señor —repitió estrechando la mano del hombre.
—Nos alegra verte aquí, ella es mi sobrina Elizabeth, te hablé de ella.
—Así es, el profesor me dijo que estudia en la facultad —saludó Archie tomando la mano de la joven con delicadeza.
—Apenas voy en mi segundo año y tú ya estás por terminar.
—Es mi último semestre.
—Pues mucha suerte, sobre todo si vas a trabajar al mismo tiempo con nosotros.
—Lo mismo digo, pronto llegarás a la cueva de Davis, puedo darte mis apuntes —dijo Arcie refiriéndose a uno de los profesores de la facultad.
—Serían de mucha ayuda, dicen que es implacable.
—Solo hay que entender su… estilo —respondió Archie entrecerrando los ojos, dudoso de sus palabras elegidas.
—Estilo es lo que falta al pobre, sus trajes son tan anticuados que en cualquier momento el museo se los comprará.
—¡Elizabeth! —la reprendió su tío.
—Lo siento —dijo la joven cubriéndose la boca para esconder la risa de burla.
—Respeta a los profesores y a tus compañeros. No hagas que me arrepienta de seleccionarte como asistente —sentenció el hombre con severa mirada.
Elizabeth esta vez solo asintió y adoptó un gesto serio. Archie permaneció callado frente al regaño y observó la estrecha relación que había entre tío y sobrina.
—Disculpen un momento, mis hermanos acaban de llegar —dijo de pronto volteando hacia la entrada y caminando hacia esta—. Los veo en un rato.
Elizabeth y Archie se quedaron solos.
—¿Te gustaría bailar? —preguntó Archie.
—¡Claro!
Caminaron hacia la pista de baile y más de una mujer vio decepcionada a la pareja que se había formado, pues sabían quién era Elizabeth y entendían que tendría preferencia con el elegante Cornwell.
La pareja ocupó el centro del salón de baile y de inmediato empezó a moverse con gracia y elegancia al ritmo de la música.
Elizabeth era una hermosa mujer de largo cabello castaño y ondulado, tenía una delicada y esbelta figura, así como una encantadora sonrisa que, a más de uno conquistaba a primera vista. Sin embargo, sus ojos eran su mayor atractivo, llamativos y almendrados que albergaban unas indecisas pupilas que, a veces se veían verdes y otras se mostraban en un bello color miel.
El heredero Cromwell poseía una elegancia nata que, mientras más maduraba, más atractiva resultaba. Siempre había sido un buen nadador y excelente esgrimista, por lo que era conocido y respetado en los clubes deportivos de la sociedad de Pensilvania. Su mirada penetrante e inquisitiva hacía dudar a sus oponentes en cualquier debate; mientras que su franca sonrisa hacía sonrojar a más de una señorita y dama casada.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Elizabeth mientras se movían al ritmo de una suave música.
—Dime.
—¿Qué haces en Pensilvania? Digo, ¿no hay una universidad en Chicago?
—No sabía que le estorbaba, señorita Barnes —dijo Archie con rostro serio.
—¡No, no, no! ¡No quise decir eso!
Archie soltó una carcajada.
—¡Qué malo! —se quejó Elizabeth de inmediato.
—Discúlpame —pidió Archie recuperando el ritmo del baile que, por un segundo, se había perdido—. Me han hecho esa pregunta todo el tiempo que llevo aquí y diré que, cuando llegué, no sabía por qué había elegido este lugar, pero ahora después de todo lo que he aprendido y descubierto aquí, puedo decir que es donde debo estar. No sé explicarlo, pero…
Los ojos de Archie se oscurecieron y Elizabeth se mordió la lengua para castigarse por haberlo puesto, sin duda alguna, melancólico.
—Si el Destino te trajo aquí, ¿quiénes somos nosotros para quejarnos? —dijo ella de inmediato para salvar la conversación.
—El Destino… tal vez.
Terminaron de bailar aquella pieza y se comprometieron a bailar la siguiente, después de beber una copa.
—Acompáñanos, mi padre y mis tíos estarán ocupados un buen rato antes de que puedas conocerlos —dijo Elizabeth guiando a Archie a uno de los balcones iluminados donde Bill y otros jóvenes de su edad reían y bebían.
Bill y Elizabeth hicieron las presentaciones y pronto Archie fue uno más de aquel grupo cuyas risas resonaron en el salón principal.
—Gracias por esta velada, hacía mucho tiempo que no me divertía tanto —dijo Archie a Elizabeth al término de la noche cuando ya había sido presentado con los señores Barnes y había recibido la bienvenida por parte de estos.
—Esto no fue nada, con nosotros nunca te aburrirás —dijo Elizabeth con bastante entusiasmo—. El próximo mes es mi cumpleaños y estás invitado desde ahora.
Los primeros días como pasante en la compañía Barnes fueron los más extenuantes para Archie, era el primero en llegar y el último en irse, no faltaba a sus clases y, aunque los fines de semana estaba demasiado cansado como para hacer cualquier otra tarea, se dejaba convencer por Bill de salir de su casa. Aquella noche no fue la excepción y se reunió con sus nuevos amigos en un club exclusivo de la ciudad.
—Elizabeth y tú… —Archie se aclaró la garganta y bebió de su copa—, ¿tienen mucho tiempo juntos?
Bill asintió vagamente.
—Desde que éramos niños.
—¿Y qué esperan para casarse?
Bill estuvo a punto de escupir el bocado, de inmediato se limpió la boca con la servilleta de tela y negó con la cabeza.
—Nuestra relación no es romántica. Es más, ¿cómo explicarlo? De hermandad, conozco a Elizabeth desde que nació; su hermano, los míos, ella y yo crecimos juntos y, conforme creció, me convertí en su guardia.
—¿Su guardia?
—Sí, a donde ella va, yo voy, cuido su espalda y ella la mía, pero Elizabeth siempre será la prioridad.
—Supongo que al ser una familia de tanto renombre, merece esa protección, pero de qué tendrías que protegerla —preguntó Archie con genuina curiosidad ante las palabras de su amigo, a quien ya se le habían pasado las copas.
—De cualquier peligro que aceche nuestro territorio.
—¿Su territorio? —preguntó de nuevo Archie, extrañado por la elección de palabras.
Bill volvió a asentir y abrió la boca para explicarse, pero la presencia de Elizabeth detuvo todos sus intentos.
—Vámonos, Bill, ya tomaste demasiado —dijo la joven con voz de mando pero sin gritar.
—¡Estoy bien! —Se quejó Bill e hizo un intento por rellenar su copa.
—¡Es una orden! —dijo Elizabeth con severidad y manteniendo un inquietante contacto visual con Bill.
Este no replicó más y se despidió de Archie después de levantarse de su asiento.
—Te ofrezco disculpas por la escena. Bill a veces se sobrepasa —dijo Elizabeth tomando el lugar vacío al lado de Archie.
—Fue mi culpa que bebiera tanto. Yo le pedí que me acompañara —dijo Archie levantando una vez más su copa.
Elizabeth asintió lentamente y observó a Archie.
—Agradezco que me hayan invitado —añadió después de un breve silencio—. Hoy es cumpleaños de mi hermano y no deseaba estar solo.
—Ya veo —murmuró Elizabeth. Cogió la copa de la que había bebido Bill y se la llenó de vino. Archie la observó con extrañeza—. Cuéntame de él —pidió Elizabeth dando un sorbo.
Archie lo pensó por unos segundos. Había tanto que decir de su hermano.
—Creí que ya se iban —dijo señalando a Bill y uno de uno de sus amigos que lo acompañaba fuera del salón.
—Solo necesita tomar aire. Caminar un poco lo calmará. A veces se pone un poco… gruñón.
—Lo conoces muy bien.
—Crecimos juntos y hemos pasado muchas cosas también juntos —reconoció Elizabeth.
—¿Puedo preguntar sobre la cicatriz en su rostro? —preguntó Archie por lo bajo.
Elizabeth no respondió de inmediato. Sus ojos vagaron de un lado a otro por la mesa y se mordió el labio.
—Fue hace unos años… Bill fue atacado por un lobo.
—¡Un lobo! —exclamó Archie, sorprendido, pues era la respuesta que menos esperaba escuchar.
—Sí, es algo delicado para todos y no hablamos mucho del tema. Fue una bestia la que le hizo daño y…
Elizabeth empuñó las manos. No debía decir nada que comprometiera a la manada ni su naturaleza, pero Archie ya era un amigo y, aunque no pudiera saber toda la verdad, sí podía saber una parte. Además, era muy fácil hablar con él.
—Disculpa mi atrevimiento, no quise meterme en algo tan privado —se disculpó Archie de inmediato al ver el cambio de actitud en Elizabeth.
—No pasa nada. Algún día te ibas a enterar —contestó ella recuperando su sonrisa y bebiendo un trago más de vino—. Ahora, volvamos a mi pregunta, ¿cómo era tu hermano?
Archie sonrió ligeramente y jugó con la copa entre sus manos.
—Stear era un enigma. Tenía las ideas más disparatadas y, aún así, siempre fue el más maduro y centrado de los dos. Cuando Anthony, nuestro primo, murió, Stear fue fuerte por ambos y, a pesar de su propio dolor, me consoló a mí. Incluso a Elisa —narró recordando un instante de unión entre ellos y sus primos Leagan durante esos difíciles días de duelo.
Archie y Elizabeth bebieron.
—Mi hermano era inventor.
—¿Qué clase de inventor?
—Uno loco —rio Archie con cariño—. Era un genio en la teoría, pero en la práctica, dejaba mucho que desear. Construyó una máquina de ejercicios que se volvió loca, casi vuela la casa con fuegos artificiales, creó unos guantes para trepar paredes que le dejaron torceduras graves. —Dio un sorbo—. Sus automóviles duraban unos días y después se desbarataban.
El gesto de Archie se iluminaba conforme le contaba a Elizabeth las hazañas de su hermano. Ella lo escuchaba, sonreía y le hacía más preguntas.
—Entonces tú también sabes algo de mecánica —afirmó la joven tras escuchar que Archie ayudaba a su hermano algunas veces.
—No estoy seguro de "saber", pero creo que puedo reconocer una llave inglesa si la veo.
—¡Eso es perfecto! —Aplaudió Elizabeth complacida e hizo un brindis con Archie—. Es hora de irnos. Ven.
—¿Ir a dónde? —preguntó Archie dejándose llevar por Elizabeth.
—Vamos a celebrar el cumpleaños de tu hermano.
—¿De qué hablas, Elizabeth? ¡Elizabeth!
Una hora después Archie estaba en casa de Elizabeth, mejor dicho, en su garage junto con Bill, ya sobrio, y un par de jóvenes más.
La joven iluminó el lugar y Archie descubrió un vehículo descapotado, con una rueda faltante y el cofre descubierto.
—Estos dos tontos —señaló Elizabeth al par de jóvenes que Archie no conocía— descompusieron el auto al hacer una carrera contra un… vecino y deben repararlo antes de que mi padre lo necesite. ¿Quieres ayudarnos?
Archie observó el estado del automóvil y, con lo poco que sabía de mecánica, supuso que la reparación no era difícil.
Elizabeth, Bill y los dos muchachos esperaron su respuesta y cuando asintió, empezaron a trabajar. Bill era quién más sabía sobre el tema, así que intercambió algunas palabras con Archie y ordenaron a los chicos lo que tenían que hacer.
—Yo iré por algo de tomar —dijo Elizabeth—. Esto será divertido.
La joven salió del garaje y dejó solos a los hombres, quienes de inmediato se pusieron manos a la obra.
—Bien, lo primero que mi hermano haría… —dijo Archie quitándose el saco y colocándolo lo más lejos posible de cualquier cosa que pudiera ensuciarlo.
Las horas que siguieron Archie las dedicó a la memoria de su hermano. Puso en práctica todo lo que había aprendido a su lado en cuanto a mecánica y les contaba a Bill, los chicos y a Elizabeth anécdotas y detalles de su proceso de creación.
—Stear podía pasar días enteros encerrado en la biblioteca aprendiendo por su cuenta toda la teoría y después, días enteros aplicando todo lo aprendido a sus inventos. Llenaba libretas con notas, gráficas, diagramas sobre sus observaciones, sus éxitos y sus fallos.
Archie dio el último apretón al neumático y se levantó del suelo, complacido por su trabajo. Los demás lo observaron y aplaudieron cuando vieron el automóvil reparado.
—El jefe ya no nos regañara más —dijo uno de los chicos, responsable del accidente.
Elizabeth dio saltitos de felicidad en su lugar y de inmediato llenó unos vasos con té helado. A pesar de que la noche había caído hacía varias horas, todos estaban sedientos, acalorados y cansados por el trabajo, así que era una buena opción. Dio un vaso a cada uno y se formó un pequeño círculo cerca de Archie.
—¡Por Stear! —dijo Elizabeth con respeto mirando a Archie. Él sonrió y, tras un leve asentimiento de cabeza, levantó su vaso y los demás hicieron lo mismo.
—Por mi hermano.
—¡Salud!
"Feliz cumpleaños, Stear" pensó Archie al beber.
La lluvia borraba el rastro a seguir, las huellas eran difíciles de seguir y el aroma se disipaba con el olor a humedad y lodo. La patrulla estaba cansada por los kilómetros que habían recorrido sin descanso y sin éxito. La intrusa era hábil, sabía confundir su aroma y se aprovechaba de los puntos débiles del terreno; es decir, de la ciudad, donde todos los cambiantes tenían que volver a su forma humana para no revelarse.
—La perdimos a tres kilómetros de la frontera —reportó el jefe de patrulla al jefe Joshua cuando estaba a punto de amanecer.
—¡Es la tercera vez que se escapa! —gritó colérico el jefe.
—Lo siento, jefe. Redoblaremos las patrullas y la atraparemos cuando vuelva a traspasar —aseguró el cambiante, frustrado también por su fracaso en el rastreo.
—Hay que atraparla antes de que eso pase. Presiento que si vuelve a traspasar, habrá cumplido su propósito.
Elizabeth, presente en aquella reunión, se levantó de su silla y se acercó a su padre.
—¿Cuál propósito, papá?
El jefe Joshua la miró con preocupación y después al jefe de patrulla. No sabía los motivos, pero de algo estaba seguro, la cambiante intrusa buscaba a alguien.
—Cazar a su presa —respondió con voz glacial y Elizabeth se tensó de pies a cabeza, presa, por primera vez en su vida, de un terrible miedo.
Habían pasado tres meses desde que Archie había reparado el automóvil en compañía de sus amigos. Su pasantía en la empresa iba por buen camino y, en poco tiempo, se había hecho indispensable para su superior. En la universidad tampoco le iba mal, pues estaba a pocas semanas de terminar oficialmente sus estudios y, en poco tiempo, obtendría su título universitario. Las cosas marchaban bien para el joven Cornwell.
La alta sociedad de Pensilvania siempre tenía un buen pretexto para hacer fiestas y esa noche uno de los hermanos Collins celebraba su cumpleaños. Archie, como representante de su familia fue invitado, al igual que Joshua Barnes, su esposa y sus hijos, Nicholas y Elizabeth.
En cuanto se encontraron en el salón principal, Archie y Elizabeth se saludaron como los amigos que se habían vuelto en los últimos meses. El señor Barnes y su esposa lo saludaron con cortesía y Nicholas aprovechó para presentarse como era debido con él, pues hacía poco que había vuelto a la ciudad y todavía no lo conocía en persona, aunque sí había oído hablar mucho de él en casa.
—¿Bailamos? —pidió Elizabeth a Archie una vez que las cortesías fueron tachadas de la lista.
—Te lo iba a pedir —contestó Archie ofreciendo su mano a la joven y juntos se dirigieron al salón de baile.
La orquesta interpretaba una suave melodía y al término de esta, inició un vals que Archie y Elizabeth bailaron en maravillosa sincronía y ritmo.
—Te ves hermosa esta noche —dijo Archie a la joven que se movía entre sus brazos.
—Gracias. Nunca me lo habías dicho —respondió Elizabeth, sonrojada.
—Si no te molesta, me gustaría decírtelo más a menudo. —Archie apretó la mano de Elizabeth con la suya y la miró a los ojos; eran hipnotizantes, enormes y brillantes.
Elizabeth le dedicó una sonrisa y, por un instante, bajó la mirada, nerviosa y emocionada por las palabras de Archie.
—A mí me encantaría escucharlo más seguido —contestó después de dar una vuelta al compás de las notas musicales.
Archie no tenía manera de explicar la cercanía y comodidad que sentía al lado de la familia Barnes y, sobre todo, de Elizabeth. Todos habían sido amables y cálidos con él al recibirlo primero en su empresa y después en su hogar, pero Elizabeth siempre era la primera en hacerlo sentir como uno más de ellos. La joven era una mujer moderna, decidida y extrovertida; era la representación perfecta del siglo veinte, uno en el que poco a poco se abandonaban ciertas costumbres por no adecuarse a los tiempos que corrían y, aunque el joven Cornwell había sido educado bajo la estricta etiqueta de esa época agonizante, su corazón rebelde e independiente aceptaba y disfrutaba de la compañía de personas como Elizabeth que no tenían miedo en expresar ni defender sus ideas.
—¡Qué conferencia tan aburrida! —exclamó Elizabeth una noche en la que ella y Archie salían de la facultad de Economía.
—Es la primera vez que escucho de viva voz que alguien apoye la teoría económica que teníamos hace treinta años y que estuvo a punto de frenar toda relación comercial con Inglaterra —agregó Archie, fastidiado también por el tiempo perdido en dicha conferencia cuando tenía tanto trabajo por delante.
—¿Sabes qué fue lo peor? —preguntó Elizabeth apretando los puños a la altura de su rostro, como si estuviera por golpear a alguien—. La manera tan condescendiente con la que nos trató a las mujeres que asistimos. Te juro que lo odié desde el momento en que dijo: "lo simplificaré para que las damas lo entiendan" ¡Semejante patán!
Archie también había notado el tono con el que el ponente se había referido a las mujeres y no pasó por alto la incomodidad de más de una. De repente imaginó a una rubia subiendo al escenario para poner en su lugar al hombre, pero después esa rubia se convirtió en la castaña que caminaba a su lado.
Siguieron caminando hasta salir del campus y discutieron todavía más la conferencia a la que Elizabeth se había visto obligada a ir para cumplir con una tarea y a la que había arrastrado a Archie. Él no estaba obligado a asistir, pero sabía que tenía que hacerlo, pues sería tema de conversación con sus colegas durante los próximos días.
—Te acompañaré a tu casa —dijo Archie cuando Elizabeth hizo un intento por despedirse.
—No es necesario —se negó ella con cortesía.
Elizabeth sabía y podía cuidarse sola, pero era algo que Archie no sabía y de hacerlo, tal vez no le importaría; él era un caballero y no permitiría que una dama recorriera la ciudad sola y de noche.
—No está a discusión, señorita Barnes —dijo Archie con seriedad señalando el camino que debían tomar para llegar hasta su automóvil.
—Como ordene, señor Cornwell —respondió Elizabeth burlona, pues llamarse por sus apellidos se había convertido, con el paso de los meses, en una broma para ellos.
Abordaron el automóvil y emprendieron camino hacia la mansión Barnes. Una enorme construcción a las afueras de la ciudad y rodeada de una amplia área natural que, más parecía una cerca creada por la misma naturaleza.
—Gracias por traerme —dijo Elizabeth al bajar del auto, ayudada por Archie.
—Fue un placer —respondió Archie—. Me sorprendió no ver a Bill.
—Está ocupado con otras cosas —Elizabeth se encogió de hombros—. Le diré que tuve que caminar sola por su culpa —añadió con infantil malicia y Archie rio, pero no se lo prohibió.
Se despidieron en la entrada de la casa Barnes y después de entrar, Elizabeth corrió a la ventana para ver partir a Archie.
Le agradaba estar con él, era un hombre fascinante que, a diferencia de muchos humanos, no se sentía intimidado por ella y su carácter extrovertido y salvaje, propio de una cambiante.
Elizabeth sonrió al verlo subir a su auto y recordó la noche que lo conoció y cómo su aroma se le había hecho tan similar al de Anthony. ¡Anthony! tenía que llamarlo para contarle cómo estaba su primo, tal como venía haciendo desde el primer mes en que tuvo contacto con él.
Archie salió de la propiedad Barnes y tras dudar por un segundo del camino que debía tomar para volver a casa, viró a la derecha de la carretera. Estaba vacía y oscura. El cambio de estación hacía los días más cortos y las noches más largas y frías, así que tenía que prestar más atención al camino si no quería toparse con un animal o un carruaje a baja velocidad.
Frenó con violencia al notar cómo una enorme figura se lanzaba a la carretera. Las luces de su auto no fueron suficientes para distinguir de qué se trataba, así que asomó la cabeza por la ventanilla, pero no vio nada.
—Lo que haya sido, ya cruzó —dijo en voz alta y reinició su camino aumentando la velocidad.
No avanzó ni un kilómetro cuando la escena se repitió, una enorme mancha se atravesó en el camino y Archie frenó tan rápido que el volante le torció una mano, debido al impacto. Asomó la cabeza para ver de qué se trataba, pero no tuvo tiempo de reconocer la figura.
La portezuela de su auto se abrió de golpe y una mano lo sacó del cuello para aventarlo al frío y duro piso. El golpe en la cabeza fue acompañado por una patada en el costado. Archie se retorció de dolor y se encogió para protegerse de un segundo golpe.
—Llévese el auto —dijo entre jadeos, tomando el ataque por un asalto.
Una risa seca vibró en su oído.
La mano que lo había sacado del auto lo levantó del suelo sin esfuerzo. Lo sacudió y Archie intentó zafarse de ese violento agarre sin éxito.
—Vámonos.
Era la primera vez que Archie oía la voz de su atacante, pero no supo a quién le hablaba. Archie no podía distinguir a nadie más en la oscuridad y tampoco se esforzó mucho, pues todas sus fuerzas estaban concentradas en liberarse de las manos que ahora lo sujetaban del cuello, cortando el aire que podía entrar a sus pulmones.
Fue arrastrado al interior de la zona boscosa en un terrible silencio, pues la voz no volvió a emitir sonido alguno.
Minutos o segundos después, Archie no estaba seguro, fue arrojado de nuevo al suelo. La tierra, las piedras y hojas secas se le pegaron a la ropa y le mancharon las manos y la cara, cegándolo todavía más.
—¡Qué es lo que quiere! —gritó intentando ponerse en pie, pero una nueva patada lo tumbó.
—El camino está despejado, siguen otro rastro —dijo una voz femenina que sorprendió a Archie. ¿De dónde había salido la mujer? ¿Quiénes eran y de qué rastro hablaban?
—¡Excelente! —Exclamó el hombre que lo golpeaba—, pero no tardemos, quisiera más tiempo, pero no lo tenemos.
Un nuevo golpe lo hizo escupir sangre. Archie no era un hombre débil, así que no entendía por qué había perdido casi todas sus fuerzas y había sido incapaz de esquivar al menos un golpe. Aun así, no se rendiría, si tenía que huír lo haría. Se arrastró por la tierra en dirección contraria a la conversación e hizo un nuevo intento por levantarse.
—¡Mira! —exclamó la mujer con burla al ver a Archie y su intento de huida—. Intenta escapar.
—Es tan débil que me avergüenza matarlo —dijo el hombre eliminando la distancia que lo separaba de Archie con solo dar tres pasos—. Ni siquiera puede defenderse —dijo con asco.
—Es humano, ¿qué esperabas? —añadió la mujer en tono despectivo.
—De él, nada; pero algo vale para Brower —contestó el hombre al tiempo que tomaba a Archie por la nuca y lo arrastraba de vuelta al primer sitio donde lo había arrojado.
Archie oyó el nombre mencionado, pero no comprendía nada de lo que ocurría. Estaba demasiado aturdido por los golpes como para poder hacer preguntas al hombre y a la mujer que, sí bien lo atacaban, parecían ignorarlo o menospreciarlo.
¡¿Quién demonios eran?!
—Hazlo pronto —ordenó la mujer con súbito tono preocupado—. Creo que…
Archie no escuchó lo que la mujer tenía para decir, pero oyó con claridad cómo echaba a correr, como si huyera de algo.
Su vista casi se había acostumbrado a la falta de luz y podía ya percibir la figura de su atacante.
Pero lo que ocurrió a continuación fue todavía más desconcertante para Archie.
Un siniestro ruido de ropa y huesos rompiéndose le perforó los oídos. El hombre con manos y piernas ahora estaba en cuatro patas, con el cuerpo transformado en un enorme perro oscuro.
Archie retrocedió arrastrándose. Logró alejarse solo unos metros que le sirvieron para comprobar lo que veía. El hombre se había convertido no en un perro, sino en un lobo.
Con el hocico abierto y un escalofriante gruñido saliendo de sus entrañas, el lobo acortó la distancia que lo separaba de Archie y lanzó su garra sobre él, hiriendo su pecho con profundidad.
El repentino ardor de inmediato fue reemplazado por el calor de su sangre brotando por su piel, pegándose a su ropa hecha jirones por la misma garra.
Demasiado aturdido por la sobrenatural transformación, Archie no prestó atención inmediata al dolor de la herida, pero el lobo presionó su pata sobre esta y Archie gritó, lleno de dolor.
El lobo gruñó en su cara y a Archie se le revolvieron las entrañas.
"Me matará" fue lo último que fue capaz de pensar antes de que todo se tornara oscuro.
El ruido era lejano, pero lo bastante claro para un cambiante.
Elizabeth abrió de golpe la puerta de su casa y echó a correr en dirección a la carretera. Había escuchado cómo Archie frenaba en medio de la carretera y aunque también oyó cómo reiniciaba la marcha, posible señal de que no había peligro, apresuró su paso.
Dos olores completamente opuestos la confundieron. Uno era la señal de peligro que había tenido por meses, la misma que varias patrullas y ella misma habían rastreado. La intrusa estaba de vuelta y más cerca que antes.
El segundo olor era… una impertinencia del Destino, pero no por eso menos intensa y cautivadora. Su atracción de años atrás por Anthony tenía todo el sentido del mundo en ese instante. No era Anthony, era la similitud que tenía con él.
Sus patas barrieron la tierra y corrió tan rápido como su fuerza y entrenamiento lo permitían. Archie estaba en peligro y ella era la más cercana para ayudarlo. Debía darse prisa, pero también debía ser inteligente como la intrusa lo había sido durante todas las incursiones a su territorio. Si una patrulla de cambiantes expertos no había podido detenerla, Elizabeth tampoco podría, y reconocer eso la llenaba de rabia.
Corrió todavía más rápido, hasta que el corazón empezó a bombear con violencia.
—Padre, la intrusa está aquí. Lado norte —enlazó al jefe Joshua y este respondió de inmediato.
—Espera refuerzos —ordenó.
—No puedo, atacará a Archie, a mi compañero —respondió e ignoró deliberadamente la siguiente instrucción de su padre.
Elizabeth encontró el automóvil de Archie abandonado en medio del camino. Descifrar lo que había ocurrido y rastrear dónde lo tenían no representó un problema. El problema era que no se trataba de una intrusa, sino de dos.
Echó a correr en dirección al bosque, pero su paso se vio detenido por una loba gris, de su mismo tamaño.
Era la intrusa que ya la esperaba.
El pelaje erizado, las orejas levantadas y la cabeza gacha eran señal de ataque.
Elizabeth no se dejó intimidar, gruñó a la cambiante que le cerraba el paso y con las patas bien firmes en el suelo acortó la distancia, lista para atacar.
—¡Elizabeth! Estoy aquí.
—Busca a Archie, hay otro intruso.
Sus refuerzos habían llegado.
Bill recibió la orden del jefe Joshua de defender a su hija a toda costa y eso era precisamente lo que pensaba hacer. Enlazó a la patrulla que lo seguía para rastrear a Archie y al otro cambiante y ellos obedecieron la orden, mientras Bill brindaba apoyo a Elizabeth.
—Es mía. No te metas —ordenó Elizabeth al percibir la presencia de Bill tan cerca del combate en que ya se encontraba con la cambiante.
Bill obedeció haciendo un gran esfuerzo por ignorar la orden primaria del jefe Joshua. Pero conocía a Elizabeth, sabía de su potencial y su fuerza y sólo intervendría en caso de que se viera en peligro.
La intrusa era ágil, se movía con rapidez y esquivaba tantos ataques como los que daba. Elizabeth, ciega de ira, fallaba en su ofensiva y pronto se vio superada por su contrincante. Su pata la asfixiaba y el peso de su cuerpo sobre ella le impedía moverse.
—Tenemos a Archie —dijo Bill.
La balanza de la pelea se inclinó en ese momento en favor de Elizabeth. Con un movimiento de sus patas traseras desestabilizó la postura de la intrusa y la empujó de tal modo que esta voló sobre la cabeza de Elizabeth y cayó al suelo. La sometió echando todo su peso sobre ella y amenazando con el hocico su yugular, pero sin llegar a morderla.
—Ayúdame a detenerla —ordenó a Bill y este se acercó de un salto.
La intrusa se sacudía bajo el peso de Elizabeth y gruñía, lanzando mordidas erráticas. Ahogó un aullido cuando Bill se unió y detuvo sus movimientos al poner la pata en su cuello.
—Archie.
—Herido.
—Llévenla al calabozo.
Tras dar esta última orden, Elizabeth echó a correr en dirección a Achie y la patrulla que lo había encontrado.
El olor a sangre era intenso y Elizabeth aulló de dolor al imaginar que su recién hallado compañero estaba a punto de morir.
Se transformó unos metros antes de llegar a él y cayendo de rodillas junto a él preguntó cómo estaba.
—Heridas en el pecho, la cabeza y la espalda —informó un integrante de la patrulla que se encargaba de detener la hemorragia del pecho.
—¿Archie? —gritó Elizabeth tomando la cara del hombre entre las suyas—. ¿Me escuchas, Archie?
El herido abrió los ojos por un segundo e intentó decir algo.
—Archie, mírame —decía Elizabeth con desesperación—. Mírame, no te duermas, vas a estar bien. Te lo juro. Pero por favor, por favor, Archie.
—Hay que llevarlo a la casa —dijo el cambiante que estaba a su lado—. Aquí no lo podemos tratar.
—Sí —balbuceó Elizabeth—. Dime qué hago.
Archie abrió los ojos una vez más.
—¿Elizabeth? —dijo con dificultad.
—Sí, Archie, soy yo. Vas a estar bien, ¿me oyes?
Ajeno a lo que pasaba a su alrededor, Archie cerró otra vez los ojos, pero sus labios musitaron palabras que rompieron el corazón de Elizabeth.
—Stear, Anthony…
*Continuará...*
Gracias por leer y por su paciencia. Archie es un personaje encantador, pero bastante testarudo y su historia ha tomado más tiempo del esperado, pero ya está por concluir. Espero que les guste la narración.
Gracias a quienes han comentado de forma anónima, a Maria Jose M, GeoMtzR, Luz Mayely Leon,Julie-Andley-00,Marina777, Cla1969.
Nos leemos pronto
Luna
