El viaje de Asta
Parte 2
—¿Y ahora qué sigue? —murmuró Asta, mirando la imponente figura sellada de Qual, el sabio anciano de la corrupción. La estatua que lo contenía parecía hecha de una roca antigua y resistente, y la energía oscura que emanaba del sello hacía que el aire a su alrededor se sintiera pesado.
Asta dio unos pasos hacia atrás, tratando de medir la situación. Aunque estaba preparado para enfrentarse a Qual, no había esperado que la primera tarea fuera tan... pasiva.
—Realmente es imponente —murmuró, sintiendo la presión de la espera. Se apartó unos metros y se dejó caer en el suelo, cruzando las piernas mientras colocaba su yelmo en el césped junto a él. La tranquilidad del bosque contrastaba con la sensación inquietante que provenía del demonio sellado.
—Supongo que tendré que esperar a que el sello se rompa —pensó, dándose cuenta de que Acier no le había dado instrucciones sobre cómo podría liberar el sello para enfrentarse a Qual directamente. Frunció el ceño, un poco frustrado por la falta de información. No tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que esperar, y la incertidumbre comenzaba a irritarlo.
Miró alrededor del claro, buscando alguna señal o cambio en la atmósfera, pero todo parecía estar en calma. Los pájaros seguían cantando, y el viento susurraba a través de los árboles, ajeno al peligro latente.
—Tal vez esta sea una prueba de paciencia —reflexionó Asta, apoyando los codos en las rodillas y descansando la cabeza en las manos. Aunque prefería la acción, sabía que la paciencia era una virtud en situaciones como esta.
—Tal vez en los próximos días... o semanas el sello se rompa. Esperaré unas horas más antes de regresar a la aldea —pensó, consciente de que la espera podría ser larga. Los aldeanos de la región habían sido amables con él, y uno en particular lo había guiado hasta la estatua del demonio sellado. La idea de regresar a la aldea no le desagradaba, pero sabía que su misión tenía prioridad. Con un suspiro, centró nuevamente su mirada en la imponente estatua. La Ciudad Santa tendría que esperar, al menos hasta que el sello finalmente se rompiera.
El viaje a esta región le había tomado menos de tres semanas, con paradas constantes para descansar y explorar. Calculaba que su viaje a la Ciudad Santa tomaría aproximadamente un mes más, quizás un poco más si se encontraba con obstáculos en el camino. Durante el trayecto, había tenido tiempo para reflexionar, pero se había esforzado por no dejarse llevar por sus frustraciones o por las preguntas sobre su propósito más allá de ser caballero. La visita a la Ciudad Real realmente le había ayudado a despejar su mente, y las conversaciones con Acier sobre diversos temas habían sido especialmente valiosas.
Aún así, no podía evitar sentir una ligera espina en su interior por no haber tenido la oportunidad de hablar con Noelle Silva. Asta se prometió a sí mismo que, si tenía la oportunidad en el futuro, buscaría hablar con ella. Por ahora, sin embargo, su enfoque debía estar en Qual y en la espera.
Los minutos continuaron pasando mientras Asta no dejaba de mirar la estatua. De repente, escuchó pasos resonando en el césped. No sintió ninguna amenaza, así que los ignoró, suponiendo que se trataba de aldeanos.
—Usted... —habló una voz femenina detrás de él.
—Esa voz... —pensó Asta, intentando recordar de dónde la conocía.
—Ese yelmo... usted es Sir Asta, ¿no es así?
Asta giró la cabeza y vio parada detrás de él a la misma chica de cabellos morados que había derrotado a aquel oso enorme. Ella estaba observando su yelmo que descansaba a su lado.
—¿Cuál era su nombre? —pensó Asta, esforzándose por recordar. Sus pensamientos cambiaron cuando notó a más personas a su lado. El primero era uno de los aldeanos que lo había guiado a ese lugar, un anciano con un sombrero de paja en la espalda. La segunda era una elfa albina que le resultaba familiar.
—¿No es la elfa que acompañó al grupo de héroes? —recordó al pensar en la estatua del grupo de héroes en la capital real. Su apariencia era idéntica.
—No creí volver a encontrármelo —continuó la chica de cabello morado, mientras Asta la observaba con atención, entrecerrando los ojos, tratando de recordar su nombre. Ella notó su mirada.
—¿No recuerda cómo me llamo, cierto? —preguntó mientras lo miraba a los ojos.
Asta permaneció en silencio, sin saber cómo responder.
—Ya veo —dijo ella, haciendo un puchero antes de caminar hacia la estatua sin volver a mirarlo.
—¿Qué le pasa? Es normal que no recuerde su nombre, apenas hablamos menos de un minuto —pensó Asta mientras observaba la espalda de la chica.
—Señorita Frieren, este es el caballero del que le hablé hace un momento. Llegó media hora antes que ustedes —habló el anciano, señalando a Asta. La elfa asintió y se paró a su lado.
Asta levantó la mirada desde su posición en el suelo hacia la elfa que lo observaba con una mirada impasible, pero él sabía que lo estaba examinando.
—Es Frieren del grupo de héroes, ¿o me equivoco? —preguntó Asta.
—Estás en lo correcto —respondió ella, girándose hacia la estatua del demonio—. ¿Qué hace un caballero en un sitio como este?
—Me envía Acier Silva. No confiaba en que los compañeros del héroe Himmel fueran a venir. Supongo que se equivocó —respondió Asta, observando la reacción de la elfa.
Frieren mantuvo su mirada fija en la estatua, aparentemente indiferente a las palabras de Asta. Sin embargo, después de unos momentos, sus labios se curvaron en una leve sonrisa, apenas perceptible.
—Silva... —murmuró Frieren—. Siempre han sido precavidos. Es entendible que dudara.
Asta asintió, aunque no estaba seguro de cómo interpretar la actitud de la elfa. Mientras tanto, la chica de cabellos morados había comenzado a caminar alrededor de la estatua, observando los detalles con una mezcla de curiosidad y admiración.
—Entonces, ¿Cuál es su plan, Sir Asta? —preguntó Frieren, sin apartar la vista de la estatua.
Asta se tomó un momento para considerar su respuesta.
—Mi plan era esperar aquí hasta que el sello se rompiera, y luego enfrentar al demonio —respondió Asta, con honestidad—. No estoy seguro de cuánto tiempo podría tomar, pero prefiero estar preparado.
Frieren asintió lentamente, como si estuviera sopesando las palabras de Asta.
—Un enfoque directo... —dijo en voz baja—. Es lo que esperaba de un caballero. Sin embargo, dudo que sea necesario esperar mucho tiempo. —Dicho esto, caminó junto al anciano hacia la chica—. Por cierto, su nombre es Fern, no vuelvas a olvidarlo —añadió con una leve sonrisa mientras lo miraba de reojo.
Asta observó a Frieren mientras ella y el anciano se acercaban a Fern, quien seguía inspeccionando la estatua con detenimiento. La mención del nombre de la chica resonó en su mente, y se sintió un poco culpable por no haberlo recordado antes. Sin embargo, decidió concentrarse en el presente y en lo que estaba por suceder.
Poniéndose de pie, Asta sujetó su yelmo a un costado y caminó detrás de la elfa.
Al acercarse, Fern se paró al lado de su maestra, quien pasó su mano por la superficie de piedra del demonio, examinando el estado del sello.
—Se ha vuelto bastante inestable. Mañana desactivaré el sello para que acabemos con Qual —dijo Frieren mientras giraba su cabeza hacia Fern, quien asintió en silencio.
—¿Desactivar el sello? ¿No es mejor esperar a que se desactive por sí solo y mientras tanto planear una estrategia? —preguntó Asta, incrédulo ante lo que había dicho la elfa.
—Sí, es una opción, pero lo haremos así —respondió Frieren sin prestarle mucha atención—. Puedes marcharte, nosotras nos encargaremos de esto mañana.
Sin más, Frieren comenzó a caminar de regreso a la aldea, seguida por el anciano y, momentos después, por Fern, que lo miró por el rabillo del ojo, claramente molesta con el caballero por haber olvidado su nombre.
Asta soltó un suspiro mientras veía a los tres alejarse, antes de volver a mirar al demonio.
—Entonces... Tal vez debería continuar mi viaje —murmuró, sin dejar de observar la estatua.
—Así que aún sigues aquí —dijo Frieren al regresar al lugar donde estaba sellado Qual. Observó a Asta sentado a unos metros de la estatua, pero no recibió respuesta. Al acercarse, notó que estaba dormido, su cuerpo encorvado en una posición incómoda.
—Se quedó dormido —murmuró la elfa, observando la escena con un ligero interés. Sobre su regazo había un libro y un bolígrafo, lo que llamó la atención de Frieren, aunque decidió no indagar más. También notó el gran espadón que descansaba sobre el césped, una elección de arma inusual para un caballero. Finalmente, su mirada se posó en el rostro de Asta por unos minutos.
—Realmente se parecen mucho... Además, sus nombres son iguales —murmuró Frieren para sí misma, mientras los recuerdos de su viejo compañero volvían a su mente. La semejanza entre Asta y su antiguo camarada era inquietante, tanto en apariencia como en el nombre que compartían.
Sin embargo, lo que más capturó la atención de Frieren fue la marca en la frente de Asta. Una estrella que brillaba débilmente en la penumbra de la noche.
—Esa marca... es la misma que aquella vez —susurró Frieren, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Recordó vívidamente que su viejo compañero había sido marcado con una estrella similar antes de encontrar su trágico destino.
La elfa no podía ignorar la inquietud que esa marca despertaba en ella. Algo más profundo estaba en juego, algo que parecía trascender el tiempo y los recuerdos. La sensación de que fuerzas ocultas estaban tejiendo un destino complejo y peligroso se instaló en su mente, haciéndola reflexionar sobre la verdadera naturaleza del joven caballero.
Con un suspiro cansado, Frieren sacudió suavemente el hombro de Asta, intentando despertarlo. Al no obtener respuesta, aplicó más fuerza, sacudiéndolo con más insistencia.
Asta se despertó alarmado, sus ojos abriéndose de golpe mientras su mano instintivamente buscaba su espada.
—¿Qué...? —balbuceó, aún desorientado, mientras trataba de comprender dónde estaba y qué estaba pasando.
—Despertaste —dijo Frieren con calma, observándolo con sus ojos serenos—. No pensé que alguien como tú se quedaría dormido en un lugar como este.
Asta parpadeó, aún tratando de sacudirse el sueño.
—Parece que me relajé demasiado —respondió con una risa nerviosa, mientras se pasaba una mano por el cabello—. No esperaba quedarme dormido.
Frieren lo observó en silencio por un momento antes de hablar nuevamente.
—¿Por qué no seguiste tu camino? —dijo, sacando a Asta de sus pensamientos.
Asta alzó la vista hacia el cielo estrellado antes de suspirar y responder. —No lo sé. Supongo que mi honor como caballero no me permite irme cuando puedo ayudar en situaciones como esta. Además, tengo que asegurarme de que este demonio muera —dijo, fijando la mirada en la estatua del demonio.
Frieren lo observó por unos segundos antes de sentarse a su lado con una delicadeza inesperada.
—Puede ser eso... pero también hay algo más, ¿no es así?
—No entiendo —respondió Asta, frunciendo el ceño.
—Tus ojos... la primera vez que te vi, tus ojos estaban vacíos. No tienes un propósito —dijo Frieren con una calma que contrastaba con el peso de sus palabras.
—Eso es absurdo, soy un caballero. Mi propósito es servir a... —Asta trató de replicar, pero Frieren lo interrumpió antes de que pudiera terminar.
—No, ese no es un propósito, es una obligación. Y lo sabes. Lo admitiste hace mucho tiempo, no intentes ocultarlo —dijo ella, su mirada perdida en las estrellas.
Asta suspiró, resignado, y asintió antes de también mirar las estrellas.
—Desde que era niño, no conozco otra cosa que la guerra. Tanto tiempo en el frente me hizo anhelar un descanso y una vida tranquila. Pero, cuando regresé, se me negó eso. En cambio, me enviaron a las regiones centrales a cumplir esta tarea. Debo admitir que no fue el descanso que esperaba, pero al menos me libré del campo de batalla. Mi viaje ha sido tranquilo, así que podría decirse que mi anhelo se cumplió...
—Pero... —dijo Frieren, girándose hacia él, intuyendo lo que vendría.
—Pero no me sentí satisfecho... —continuó Asta, con la voz cargada de una mezcla de frustración y desilusión. Miró hacia el horizonte, donde las estrellas brillaban indiferentes a sus inquietudes—. Algo dentro de mí todavía está buscando, no sé qué es, pero siento que aún no lo he encontrado.
Frieren mantuvo su mirada fija en él por un momento, antes de hablar nuevamente.
—Es natural —dijo Frieren en voz baja, volviendo su mirada al cielo—. Aquellos que han pasado por tanto como tú, que han visto lo peor de este mundo, a menudo se encuentran perdidos cuando el conflicto termina. La guerra da una especie de propósito, aunque sea uno oscuro y destructivo. Cuando eso desaparece, queda un vacío difícil de llenar.
Asta asintió lentamente, sin apartar la vista del cielo estrellado.
—Supongo que tienes razón —admitió—. He pasado tanto tiempo luchando, enfrentando demonios, protegiendo a otros... que no sé qué hacer cuando ya no tengo que luchar. Tal vez por eso no puedo simplemente seguir mi camino y dejar que ustedes se encarguen de esto —dijo, señalando la estatua del demonio.
Frieren sonrió ligeramente, una sonrisa casi imperceptible, mientras continuaba observando las estrellas.
—Es posible que aún no hayas encontrado lo que realmente te da paz —dijo Frieren con suavidad, su voz apenas un susurro en la calma de la noche—. La paz no siempre es la ausencia de conflicto, Asta. A veces, la paz es encontrar aquello que te completa, algo que te hace sentir que, sin importar lo que suceda, todo estará bien.
Asta guardó silencio, asimilando sus palabras. Había pasado tanto tiempo buscando, luchando y sobreviviendo que nunca había considerado realmente lo que lo haría sentir pleno. Desde niño, su vida había sido un torbellino de batallas, decisiones difíciles y pérdidas. En su mente, siempre había asociado la paz con la falta de guerra, pero ahora, frente a la estatua de un demonio sellado y bajo un cielo estrellado, se daba cuenta de que esa visión era demasiado simplista.
—Lo que dices tiene sentido —dijo finalmente, con un tono de voz reflexivo—. Nunca pensé en la paz de esa manera. Pero... ¿Cómo se encuentra algo así? ¿Cómo se encuentra algo que te da paz?
Frieren lo miró de reojo, con una expresión que denotaba una sabiduría adquirida a lo largo de los siglos.
—No es algo que se busque deliberadamente —respondió—. A veces, simplemente lo encuentras en el lugar menos esperado, en un gesto, en una persona, o incluso en un acto de sacrificio. Puede que tarde, pero eventualmente llegará a ti. Hasta entonces, lo importante es no perder la esperanza y no dejar de vivir.
Asta dejó escapar un largo suspiro, sintiéndose un poco más liviano después de esa conversación. No tenía todas las respuestas, pero, por primera vez en mucho tiempo, no sentía tanta presión por encontrarlas de inmediato.
—Supongo que lo único que puedo hacer es seguir adelante y ver adónde me lleva el camino —dijo, finalmente volviendo la vista hacia la estatua—. Aunque, por ahora, mi prioridad sigue siendo asegurarme de que este demonio no sea una amenaza.
Frieren asintió en silencio, aparentemente satisfecha con la respuesta de Asta. Permanecieron allí, sentados uno al lado del otro, bajo el manto estrellado del cielo nocturno, cada uno perdido en sus propios pensamientos, pero compartiendo una paz momentánea.
—Mañana será un día importante —dijo Frieren finalmente, rompiendo el silencio—. Despertar a un demonio como Qual no es algo que deba tomarse a la ligera. Asegúrate de estar preparado en caso de que Fern y yo fallemos.
Asta asintió, sintiendo que la conversación había llegado a su fin. Se levantó lentamente, sacudiendo el polvo de su armadura, tomó su espadón y guardó su libro.
—Estaré preparado. Gracias por la charla, Frieren. Creo que me ha ayudado más de lo que imaginaba.
—No hay de qué —respondió Frieren, con una pequeña sonrisa en los labios, sin apartar la vista del cielo. Escuchó los pasos de Asta mientras se alejaba, dirigiéndose hacia la aldea. Permaneció sentada allí por algunos minutos más, disfrutando de la calma de la noche antes de ponerse de pie.
La elfa se giró una última vez hacia la estatua del demonio sellado. Había vivido muchos años, presenciado innumerables batallas y visto cómo la paz escapaba de las manos de aquellos que la buscaban. Sin embargo, sabía que cada batalla tenía su propósito, incluso si no siempre era evidente en el momento.
Con un suspiro apenas audible, Frieren comenzó a caminar de regreso a la aldea, dejando atrás la quietud del claro.
—Señorita Frieren, ¿Dónde se había metido? —dijo Fern, con una voz ligeramente molesta, al ver entrar a la elfa en la habitación que habían alquilado para esa noche—. Ya es demasiado tarde para que ande vagando allá afuera.
—Lo siento, me distraje un poco —respondió la elfa, sin mirar a Fern. Sabía que la chica podía ser intimidante cuando se enojaba, y prefirió no prolongar la situación. Frieren se dirigió rápidamente hacia la cama de la parte de abajo de la litera que compartirían, buscando evitar cualquier confrontación.
Fern suspiró al darse cuenta de que su maestra no diría nada más. Después de unos segundos, subió a su litera y se sentó, sumida en sus pensamientos sobre lo que les aguardaba al día siguiente.
El silencio se apoderó de la habitación mientras los minutos pasaban. Frieren, sintiendo la tensión en el aire, decidió abrir uno de sus grimorios y comenzó a leer. Por su parte, Fern permaneció pensativa, preparándose mentalmente para enfrentar al demonio cuando sea liberado.
—Señorita Frieren, ¿usted selló a Qual, verdad? ¿Por qué lo hizo? —preguntó Fern después de un tiempo. La curiosidad la carcomía, pues no entendía por qué no lo habían matado.
—Porque simplemente era demasiado poderoso. No podíamos vencerlo —respondió la elfa con serenidad—. Qual era uno de los mejores hechiceros del ejército del rey demonio. Zoltraak, la primera magia perforadora de la historia, fue desarrollada por él. Esta magia atravesaba la defensa mágica de los humanos, incluso armaduras reforzadas con magia, destruyendo directamente el cuerpo humano. En esta región, según las estadísticas, el 40% de los aventureros y el 70% de los hechiceros cayeron ante el Zoltraak.
La explicación de Frieren hizo que Fern dudara si podrían enfrentarse a un enemigo tan fuerte.
—¿No es demasiado poderosa esa magia? —preguntó Fern, con un tono de preocupación en su voz.
—Sí, es demasiado poderosa. O, mejor dicho, era demasiado poderosa —respondió Frieren—. De hecho, esa fue la causa de su perdición.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Fern, intrigada.
Frieren suspiró, cansada, y cerró su grimorio antes de ponerse de pie y mirar a la chica desde su litera.
—En serio, ¿no has leído la historia de la magia? Voy a tener que leértela yo misma —dijo Frieren con leve molestia.
—Empezaré a leerla ahora mismo —replicó Fern, apresurándose a enmendar su error.
—No, déjalo así —negó Frieren con la cabeza—. Es importante dormir las horas debidas. Ya lo entenderás mañana.
Con esas palabras, Frieren retiró las sábanas y se acostó en su cama. Fern guardó silencio por unos segundos antes de asentir y también acomodarse bajo sus sábanas.
—Por cierto, deberías intentar hablar con ese caballero. Te vendría bien conversar con alguien de tu edad —sugirió Frieren, mirando al techo de su litera.
—Me niego —respondió Fern desde arriba—. No conversaré con alguien que olvidó mi nombre.
Frieren soltó un suspiro y, sin decir nada más, cerró los ojos mientras recordaba su enfrentamiento con Qual hace casi 80 años.
—Ya no debería ser un problema... —murmuró para sí misma, dejándose llevar por el sueño.
Hace casi 80 años.
Explosiones resonaban e iluminaban un pequeño prado cubierto por la oscuridad de la noche.
—¡Es imposible acercarse! —gritó Himmel a sus compañeros, justo antes de tener que esquivar un potente disparo de magia que perforó la tierra donde estaba parado.
—No deja de lanzar su magia, necesitamos encontrar una abertura —dijo Eisen mientras corría alrededor de su oponente, buscando una oportunidad para atacar.
Delante de ellos se encontraba Qual en su máximo esplendor. Un disparo de magia lo golpeó, pero no le hizo ningún rasguño.
—Mi magia no le hace daño —dijo Frieren, esquivando otro ataque de Qual.
Himmel trató de correr hacia el demonio y apuñalarlo con su espada, pero se detuvo cuando el espacio a su costado se deformó y un disparo de Zoltraak voló hacia él. Lo único que pudo hacer fue colocar su espada por delante para intentar desviar el ataque. Sin embargo, para su sorpresa, alguien se abalanzó sobre él, alejándolo varios metros del impacto.
—¡Asta! —exclamó Himmel al ver a su amigo, quien había sido lanzado por los aires hace unos minutos tras recibir un golpe de Qual.
—¡Sí! ¡Un golpe como ese no se deshará tan fácilmente de mí! —respondió Asta, respirando con dificultad pero con determinación en sus ojos y una sonrisa salvaje.
—Ambos deben ser más prudentes al atacar —intervino Heiter, acercándose a ellos para curar sus heridas.
—Es imposible —dijo Eisen, cayendo a su lado—. Su magia nos está abrumando; no podemos acercarnos ni un poco.
De repente, un nuevo disparo se aproximó hacia ellos. Apenas lograron esquivarlo, pero la fuerza del impacto los lanzó lejos. Himmel fue el que peor la pasó, arrojado contra un grupo de árboles que cedieron al golpe de su cuerpo. Respirando con dificultad, intentó ponerse de pie, pero le fue imposible cuando sintió un dolor extremo en la pierna. Con una mueca, se dio cuenta de que estaba rota.
Frieren, por su parte, observó cómo sus compañeros eran arrojados en diferentes direcciones. Antes de que Qual lanzara un nuevo ataque, invocó varios círculos mágicos que dispararon al demonio, intentando abrumarlo. A medida que más ataques lo golpeaban, el demonio retrocedía, protegiéndose con los brazos mientras la tierra bajo él comenzaba a ceder, creando una nube de humo por las explosiones causadas por la magia.
Después de unos minutos de ataque, Frieren se detuvo, jadeando levemente de cansancio. Sin embargo, se inclinó a un costado por puro instinto cuando un disparo de Zoltraak casi la alcanza.
—Debo admitir, hechicera —comenzó Qual con un tono impasible al salir de la nube de humo—, lanzar hechizos así demuestra tu gran habilidad. Es una pena que no lograras hacerme daño —dijo, revelando su forma, la cual no tenía ninguna herida causada por la elfa.
Frieren apuntó de nuevo su báculo hacia el demonio, pero se detuvo cuando su mirada comenzó a tornarse borrosa. Llevaban peleando por bastante tiempo, y ya estaba comenzando a sentir el agotamiento.
Qual observó esto con una mirada impasible y simplemente levantó su mano, apuntando a la elfa.
—Zoltraak—fue lo único que pronunció cuando la magia se acumuló en su mano y salió disparada hacia Frieren.
—¡Frieren! —gritó Himmel desde la distancia al ver el ataque dirigirse hacia la elfa. Trató de ponerse de pie, lamentablemente, su pierna rota le imposibilitó el esfuerzo.
Frieren, por su parte, miró cómo el ataque se dirigía hacia ella. Intentó moverse, pero su cuerpo no respondió. Con un suspiro resignado, simplemente esperó el impacto.
Justo antes de que el ataque golpeara a Frieren, Asta, con un esfuerzo sobrehumano y a pesar de sus heridas, se colocó delante de ella. Con su espada por delante, la movió para interceptar el ataque. La espada, envuelta en un aura negra, cortó el Zoltraak como si fuera mantequilla, dividiendo el ataque en dos. Los fragmentos pasaron a ambos costados de Asta y Frieren, impactando a algunos metros detrás de ellos.
—Asta... —susurró Frieren, incrédula ante lo que acababa de hacer su compañero.
—¡¿Qué demonios fue eso?! —gritó el peli gris, sin saber lo que acababa de ocurrir.
—¿Te pusiste delante de mí sin saber qué pasaría? Pudimos haber muerto ambos —dijo Frieren con una expresión incrédula.
—¡No me juzgues! Deberías agradecerme por salvarte —respondió Asta mientras se giraba hacia ella, que resopló con indiferencia.
Por su parte, Qual miró al caballero con curiosidad. Había cortado su magia, después de todo.
—Para ser humano, lograste evitar mi magia. Debo admitir que es una sorpresa inesperada —dijo Qual con una mezcla de admiración y desdén.
—Frieren —comenzó Asta mientras su voz se volvía más seria—. ¿Podemos matarlo?
—No, simplemente es demasiado fuerte. Mis ataques no le hacen daño, pero... —Comenzó Frieren mientras miraba la espada de Asta, que aún irradiaba un aura negra desconocida—. Tal vez puedas cortarlo con tu espada... Si no puedes acercarte, distrae a Qual; conjuraré un hechizo para sellarlo —dijo, posando su mirada en el demonio.
—Los demás están fuera de combate, así que solo somos nosotros dos. ¿Podrás moverte?
—Sí, solo dame unos momentos para recuperarme.
—Bien, no tardes demasiado —dijo Asta mientras balanceaba su espada y la apuntaba hacia Qual. No sabía qué era este poder que irradiaba a través de su espada, pero estaba decidido a aprovecharlo.
Caminando a paso firme, Asta se detuvo a unos metros del demonio, que solo lo miraba con curiosidad e intriga.
—¿No atacarás? —preguntó Asta con una sonrisa desafiante.
—Humano insolente —comenzó el demonio, mientras el espacio detrás de él se deformaba y la magia de Zoltraak se acumulaba. Balanceando sus brazos hacia adelante, decenas de disparos de magia comenzaron a volar hacia el caballero, quien tomó una posición defensiva con su espada.
Suspirando, Asta centró toda su concentración en los disparos. Cuando el primero lo alcanzó, simplemente balanceó su espada, cortando el ataque. El hechizo se dividió en dos y voló en direcciones contrarias. Asta comenzó a correr hacia adelante, cortando los hechizos o esquivándolos con esfuerzo. En su rostro se notaba cómo poco a poco la intensidad de los ataques lo comenzaba a abrumar.
—A pesar de encontrar una forma de contrarrestar mi magia, sigues siendo un humano. No hay nada que puedas hacer —dijo el demonio cuando un ataque golpeó el suelo a un costado del caballero, arrojándolo varios metros—. Muere —añadió mientras otro disparo de Zoltraak volaba hacia Asta.
Qual observó expectante cuando el ataque estuvo a punto de alcanzar al caballero. Sin embargo, se sorprendió nuevamente cuando Asta no colocó su espada delante de él, sino su mano, que también estaba envuelta en la misma energía extraña.
—Idiota —murmuró Qual, pensando que con su simple mano no podría esquivar el ataque. Sin embargo, su sorpresa fue mayor cuando el ataque golpeó la mano abierta de Asta y se mantuvo en su sitio, luchando por seguir avanzando.
—Aún no —dijo Asta mientras comenzaba a mover su mano a un costado con lentitud, el ataque aún peleando en su mano—. ¡Aún no me rindo! —gritó cuando, con esfuerzo, el ataque fue desviado a varios metros.
—Imposible, con una sola mano... ¿cómo lo hizo? —pensó incrédulo el demonio.
Asta aprovechó el pequeño momento de incertidumbre del demonio y corrió hacia él. Cuando Qual reaccionó, Asta ya estaba a menos de dos metros de él. Movió su enorme puño para golpearlo, pero Asta saltó por encima de él e impulsándose con su brazo, lo alcanzó.
—¡Te enseñaré lo que un humano puede hacer! —gritó mientras balanceaba su espada sobre Qual, cortando gran parte de su pecho y haciendo que la sangre volara. Sin embargo, mientras intentaba volver a balancear su espada hacia el demonio, no notó el otro brazo de Qual, que aprovechó su distracción para golpearlo a un costado, arrojándolo varios metros.
—Ese ataque —dijo Qual antes de caer de rodillas, pasando una mano sobre el corte en su pecho—. No solo me dañó físicamente, también alteró el flujo de mi magia —pensó mientras trataba de lanzar nuevamente su magia al caballero, que estaba en el suelo a varios metros de él. Sin embargo, no pudo hacerlo cuando notó un enorme círculo mágico debajo de él. Mirando a un costado, vio a Frieren, que apuntaba su bastón al suelo.
—Gracias, Asta, lo mantuviste entretenido, tanto que se olvidó de mí —dijo la hechicera mientras su magia comenzaba a hacer efecto en Qual. El demonio trató de levantarse, pero no pudo cuando su cuerpo comenzó a petrificarse.
—Ustedes —comenzó Qual, mientras su mirada se posaba en la elfa—. Admito que esto no me lo esperaba, pero aún no es una victoria asegurada. Cuando este sello se rompa, ya no estarán tus compañeros para apoyarte, hechicera Frieren —dijo antes de que todo su cuerpo se convirtiera en piedra.
Por su parte, Asta miró a lo lejos mientras la sangre escurría de su boca. A pesar de eso, sonrió al ver al demonio sellado. Con un suspiro cansado, finalmente se dejó caer en el suelo, agotado por la pelea.
Frieren, por otro lado, miró al demonio unos momentos antes de posar su mirada en Asta.
—Ese poder que usó... la magia no le hace ningún efecto, es como si simplemente la contrarrestara —pensó mientras se acercaba al inconsciente caballero. Con un suspiro, lo levantó con su magia y caminó en busca de Heiter para que lo curara. También buscaría a los demás, ya que posiblemente estuvieran inconscientes.
Actualidad.
—Veo que ya estás aquí —dijo Frieren al ver a Asta sentado a unos metros delante de la estatua de Qual. Fern, que caminaba a su lado, simplemente lo miró sin emociones antes de centrar su atención en la estatua del demonio.
—Ya es mediodía. Pensé que haríamos esto más temprano; llevo aquí desde que salió el sol —dijo Asta mientras giraba la cabeza hacia ambas.
—La señorita Frieren nunca se despierta temprano —comentó Fern sin mirarlo.
Asta solo suspiró mientras se ponía de pie y colocaba su yelmo.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
—Como ya te dije, mantente alerta en caso de que Fern y yo fallemos. Fuera de eso, nosotras nos ocupamos —dijo Frieren, deteniéndose a su lado junto con Fern.
—Bien —dijo Asta, dudoso, pero por ahora confiaría en ambas magas.
—Voy a liberar el sello —anunció la elfa sin perder tiempo—. No bajen la guardia —añadió, mientras se acercaba unos pasos más a la estatua y levantaba su báculo hacia el cielo.
Asta observó con asombro cómo la piedra que contenía a Qual comenzaba a evaporarse poco a poco, revelando la piel del demonio.
Fern, por su parte, apretó su báculo con las manos, ansiosa y nerviosa por lo que estaba a punto de suceder.
—Cuánto tiempo, hechicera Frieren —dijo el demonio al fin liberado, poniéndose de pie—. ¿Cuántos años han transcurrido?
—Ochenta —respondió la elfa con frialdad.
—¿Tan solo ochenta, eh? —murmuró Qual, restando importancia a las décadas transcurridas. Miró a Frieren por unos momentos antes de posar su mirada en las dos personas detrás de ella, primero en Fern, que no llamó mucho su atención, y luego en Asta—. ¿Es algún descendiente de aquel caballero? —preguntó sin dejar de mirarlo.
—No —negó rápidamente Frieren—. Su parecido es coincidencia.
—Ya veo... ¿Y qué fue del rey demonio? —preguntó nuevamente, esta vez mirando a Frieren.
—Acabamos con él.
—Ya veo —repitió el demonio, restándole importancia. Su forma imponente se preparó, y estiró una mano hacia adelante—. Entonces, supongo que mi deber es vengarlo.
—Fern, magia defensiva en todas direcciones —ordenó Frieren mientras retrocedía unos pasos hacia los dos jóvenes.
Asta, por su parte, movió nerviosamente sus dedos, preparado para desenvainar la mata demonios en su espalda. Este demonio no se parecía a ninguno con los que se había enfrentado; su simple presencia lo hacía estremecerse.
Cuando la magia comenzó a acumularse en la palma de Qual, Fern retrocedió rápidamente detrás de Frieren y jaló a Asta de su brazo para que tomara su misma posición.
—¡Zoltraak!—exclamó el demonio, y al instante su poderosa magia salió disparada en dirección al trío. Cuando impactó, una inmensa nube de humo se generó como consecuencia de la explosión.
Qual dejó caer su brazo a un costado, y una mirada de interés recorrió su rostro estoico.
—Qué sorpresa, puedes repeler Zoltraak —dijo mientras veía cómo se levantaba una pared hecha de magia frente al trío, con un patrón de pequeños hexágonos—. No se parece a aquel poder de ese humano... Esta es magia pura —pensó mientras entrecerraba los ojos—. Qué hechizo tan resistente, ¿eh?
—Señorita Frieren —comenzó Fern, con voz confusa—. Esa fue magia de ataque común y corriente.
—¿Común y corriente? —pensó Asta, incrédulo, mientras veía la espalda de la chica con la misma incredulidad—. Si yo me enfrentara a un poder así, estaría en muchos problemas. Es más, dudo que sobreviviría a un enfrentamiento contra este demonio estando solo.
—Eso es Zoltraak —explicó Frieren ante la pregunta de Fern—. La magia que él desarrolló, conocida como la magia asesina.
Fern simplemente asintió, aún dudosa, pero no preguntó más.
—Qual, tu magia era demasiado poderosa. Después de que te sellamos, los hechiceros de todo el continente desmenuzaron Zoltraak para analizarla y estudiarla. Al cabo de unos pocos años, la agregaron al repertorio de magia de la humanidad y, con el hechizo analizado, se hizo posible la creación de una magia defensiva muy poderosa. La protección contra magia de armas y armaduras también mejoró mucho. Zoltraak dejó de ser una magia asesina; ahora la llaman magia de ataque común —finalizó Frieren, mirando fijamente al demonio.
Qual simplemente escuchó mientras se frotaba la larga barba blanca que caía, luego se frotó la herida que cierto caballero le había infligido décadas atrás.
—Entonces, no solo el poder de ese humano es capaz de contrarrestar mi magia... Interesante —pensó mientras seguía analizando el hechizo defensivo de Fern.
—Al parecer ochenta años es mucho tiempo para la humanidad —continuó Frieren—. Qual, si te quedas quieto, haré que tu muerte sea indolora.
—Lo comprendo, lo comprendo muy bien —dijo finalmente, extendiendo su mano, y un pequeño hexágono de magia defensiva apareció flotando—. Al igual que la magia de ataque, está diseñada para dispersar la potencia destructora. Qué hechizo tan complicado. El gran consumo de poder mágico debe cansar mucho —finalizó mientras cerraba su mano, destruyendo el pequeño hexágono. Al mismo tiempo, su poder comenzó a cubrir toda la zona.
—Encontró el punto débil de la magia defensiva —dijo Frieren, mientras preparaba su báculo—. Fern, puedes encargarte, ¿verdad?
—Sí, la observé cuando practicamos—respondió Fern.
El espacio comenzó a distorsionarse sobre Qual, cuando más de una docena de Zoltraak comenzaron a formarse, listos para abrumar a la chica.
—Es demasiado, no podrá bloquear tantos a la vez —pensó Asta mientras colocaba su mano sobre la empuñadura de su espadón.
Sin perder más tiempo, los disparos comenzaron a volar en su dirección, y antes de que los impactara, Fern invocaba su magia defensiva en pequeñas cantidades y en los lugares exactos donde impactaría el ataque.
Asta solo miró asombrado cómo cada disparo era bloqueado por la chica delante de él. Si alguna vez había dudado de ella, en ese momento esas dudas se disiparon.
La continua carga de disparos se extendió por varios segundos más, con Qual invocando más magia. Fern, poco a poco, comenzó a sentirse abrumada, pero no retrocedió ni detuvo su propia magia.
Qual, cansado de la situación, concentró todo su poder delante de él y disparó un potente ataque hacia la chica, que invocó dos barreras con su magia defensiva. La primera cedió, pero rápidamente fue sustituida por la siguiente, mientras una nueva barrera aparecía detrás de la ya existente.
Qual observó esto con una sonrisa, pensando que solo era cuestión de tiempo para que la chica cediera, pero no pudo evitar sentir algo mal. Mirando hacia arriba, vio a Frieren volando a varios metros de altura, mientras un círculo mágico aparecía delante de ella.
—¿Eres capaz de volar? Fascinante —dijo, extendiendo su mano hacia ella. Antes de que pudiera lanzar su hechizo, Frieren atacó primero.
—Zoltraak—fue la simple palabra que la maga pronunció antes de que desde el círculo un potente disparo de magia volara en dirección a Qual, quien no pudo hacer nada para bloquearlo. El ataque perforó su cuerpo en el mismo lugar donde décadas atrás Asta lo había herido.
—Frieren... —comenzó Qual mientras su cuerpo comenzaba a desintegrarse—. Usaste mi magia... —logró pronunciar antes de destruirse por completo.
Asta atrapó rápidamente a la agotada Fern antes de que cayera al suelo. Con una expresión llena de asombro, vio cómo Frieren aterrizaba delante de ellos.
—Demonios... Esto está en un nivel completamente diferente al mío —murmuró en voz baja. Fern, aunque lo escuchó, solo giró levemente la cabeza para mirarlo, sin decir nada, simplemente observando los ojos llenos de asombro a través de su yelmo.
Asta suspiró mientras se recargaba en una carreta. A su lado, Fern, sentada en la misma carreta, leía un libro. Asta observó su yelmo por un momento antes de colocarlo junto a Fern y mirar a lo lejos, donde Frieren charlaba con los aldeanos.
—¿Nos acompañará? —preguntó Fern, rompiendo el silencio sin apartar la vista del libro.
—Solo una parte. Me dirijo a la Ciudad Santa. Frieren me dijo que al menos hasta la mitad será el mismo camino que el de ustedes, así que me preguntó si podía acompañarlas.
—Ya veo —respondió ella, sin más.
Asta suspiró nuevamente y se giró hacia Fern, que seguía absorta en su libro.
—¿Por qué eres tan fría?
—Olvidó mi nombre —fue su simple respuesta, haciendo que Asta suspirara, derrotado.
—Será un viaje largo —murmuró.
—¿Dijo algo? —preguntó Fern, mirándolo de reojo.
—Nada —respondió rápidamente, esperando no molestar más a la chica de lo que ya parecía estar.
Después de unos minutos, Frieren se acercó, lista para continuar el viaje.
—Listo, partamos —dijo, haciendo que Asta asintiera y Fern cerrara su libro.
Fin del capítulo.
Espero les halla gustado.
¿Cuánto le dan del 0 al 10?
Si les gustó los invito a que le den una estrellita o comenten, también los invito a seguirme.
Si quieren aportar alguna idea, solo escríbanla en los comentarios.
Sin más que decir, adiós.
