El Viaje de Asta

Parte 3


—¡¿Qué demonios te ocurre?! —recriminó Asta, con el rostro enojado, a Fern, que estaba parada delante de él con una mirada inexpresiva—. Llevo viajando con ustedes una semana y ya van dos veces que estás a punto de matarme con tu magia.

—No es mi culpa. Usted se atraviesa cuando lanzo mis ataques —respondió Fern, apartando la mirada hacia un costado.

—¡Es claro que lo haces a propósito! ¿Por qué mientes? —volvió a recriminar Asta, visiblemente molesto al ver que Fern simplemente lo ignoraba.

Frieren, observando la discusión, soltó un suspiro. Originalmente había pedido a Asta que las acompañara parte del viaje para que Fern pudiera conversar con alguien de edad similar. Sin embargo, parecía que no había sido una buena idea; discutían casi todos los días, principalmente debido a la falta de tacto de Fern hacia Asta.

—Solo tendrán una semana más antes de que Asta siga su propio camino. Traten de llevarse bien —pensó la elfa mientras continuaba caminando, la noche se aproximaba y tenía que buscar un lugar para acampar.

Asta y Fern continuaron discutiendo mientras Frieren avanzaba con la esperanza de que la tensión entre ellos disminuyera. La conversación seguía siendo cargada, pero poco a poco comenzaron a calmarse al darse cuenta de que los reproches solo estaban empeorando la situación.

—¿Sabes qué? —dijo Asta finalmente, tratando de controlar su temperamento—. Olvídalo. No vale la pena seguir discutiendo si no vas a cambiar.

—Eso estaría bien —respondió Fern con frialdad—. Mientras no se interponga en mi camino, no habrá problemas.

Asta, sintiendo que la conversación no iba a llevar a ninguna parte, se giró para ajustar su equipo y prepararse para el próximo tramo del viaje. Frieren, al ver que la tensión entre ellos había disminuido un poco, decidió intervenir para cambiar el enfoque de la conversación.

—Vamos a buscar un lugar para acampar —dijo Frieren—. La noche está cerca y necesitamos prepararnos.

Asta y Fern asintieron, y la discusión se calmó mientras continuaban su camino hacia un lugar adecuado para pasar la noche. La elfa condujo al grupo hacia un claro en el bosque, donde establecieron un campamento.

A medida que se acomodaban, Asta se acercó a Frieren con una expresión más relajada, aunque aún algo molesta.

—¿Tienes alguna idea de cómo podemos evitar más conflictos? —preguntó Asta en un tono más moderado.

—La mejor forma es mantener la comunicación abierta —sugirió Frieren—. A veces, solo es cuestión de escuchar y entender a la otra persona.

—¿Y qué hay de la frialdad de Fern? —preguntó Asta.

—Fern no es buena con las emociones —respondió Frieren—. Pero confío en que con el tiempo, ambos encontrarán una forma de llevarse mejor.

Mientras Frieren hablaba, Fern, que había estado ocupada organizando sus cosas, escuchaba de reojo. Aunque no comentó nada, parecía estar prestando atención a la conversación.

La noche cayó rápidamente, y el grupo se reunió alrededor de la fogata que Frieren había encendido. A pesar de la tensión inicial, el calor del fuego y el esfuerzo del día comenzaron a crear un ambiente más relajado.

—Me alegra que podamos finalmente descansar —dijo Asta, mirando las llamas—. Espero que mañana sea un mejor día.

—Así será —asintió Frieren—. Mañana seguimos adelante, y espero que todos estemos más en sintonía.

—Eso espero —murmuró Asta, mirando de reojo a Fern, que solo observaba el fuego mientras calentaba sus manos—. Iré a caminar un poco.

Asta se levantó, tomó a La Mata Demonios, y se alejó del campamento. Se había quitado toda su armadura y armas, así que ahora solo llevaba ropas simples, las que usaba debajo de la armadura.

Fern esperó unos minutos a que Asta se alejara antes de hablar.

—No lo soporto —murmuró.

Frieren suspiró y negó con la cabeza.

—Sé que todo empezó porque no recordó tu nombre, pero... alargarlo tanto es un poco... excesivo, ¿no crees?

—No —respondió Fern con indiferencia antes de acomodarse para dormir un poco. Le molestaba dormir en el exterior, pero no se quejaría.

Frieren suspiró nuevamente antes de acomodarse también para dormir. Pensó si alguna vez había discutido así con sus viejos compañeros, pero no encontró un recuerdo similar. Claro, habían tenido sus diferencias de vez en cuando, pero peleas tan infantiles como ella las veía, nunca las había tenido.


Fern abrió los ojos con pesar y se dio cuenta de inmediato de que aún era de noche. No sabía qué hora era, pero su sueño se había esfumado. Con un suspiro resignado, se levantó y miró a su alrededor. La fogata ya se había extinguido, y solo la luz de la luna y las estrellas iluminaba el lugar.

Observó a Frieren, quien dormía plácidamente a unos metros de ella, pero Asta no estaba en su sitio. Miró su equipo, que había dejado antes de irse a caminar, y con algo de curiosidad se acercó para husmear.

—¿No ha regresado aún? ¿Cuánto tiempo ha pasado? —se preguntó mientras revisaba las cosas del caballero. Su atención se centró en un libro que encontró entre sus pertenencias. Al abrirlo, hojeó las páginas sin prestar mucha atención al contenido, hasta que notó que la gran mayoría de las páginas estaban en blanco. Supo al instante que el libro estaba siendo escrito por el caballero. Con curiosidad, revisó una parte donde narraba una batalla entre dos ejércitos, uno demoníaco y otro humano. Lo que más llamaba la atención era cómo describía los sucesos como si fueran recuerdos lejanos. Continuó leyendo algunas páginas más antes de detenerse.

—¿Son experiencias suyas? —se preguntó antes de cerrar el libro y mirar en la dirección en la que Asta se había marchado. Decidió seguir el mismo rumbo, suponiendo que no podría estar tan lejos.

Caminando, se dio cuenta de que no lo encontraría solo siguiendo la dirección en la que se había ido. Así que, usando su magia, iluminó las huellas que Asta había dejado. Las siguió durante unos minutos mientras se adentraba más en el bosque. Durante ese tiempo, no pudo evitar pensar en el libro. Si estaba en lo correcto y ese libro narraba experiencias del caballero, entonces una nueva percepción de Asta comenzó a formarse en su mente. Después de todo, solo lo conocía superficialmente.

Finalmente, lo encontró sentado sobre una roca en medio de un pequeño prado, con el largo espadón reposando a su lado. Asta miraba al horizonte con una expresión pensativa, inmerso en sus pensamientos. Fern se acercó cautelosamente, sin querer interrumpirlo.

—¿No puede dormir? —preguntó Fern al llegar junto a él, tratando de sonar casual aunque su tono revelaba una cierta preocupación.

Asta giró la cabeza para mirarla, sorprendido de verla allí.

—No realmente —respondió Asta con una ligera sonrisa—. No puedo dejar de pensar en lo que pasó hoy. Y tú, ¿Qué te trae por aquí?

Fern dudó por un momento antes de responder.

—Encontré su libro —dijo, evitando hacer contacto visual—. ¿Son sus recuerdos?

Asta la miró con sorpresa, pero su expresión se suavizó.

—Sí, o lo que recuerdo —dijo Asta, encogiéndose de hombros—. Mi diario original se perdió hace tiempo. Este lo compré recién en la capital real.

—Ya veo —murmuró Fern, asintiendo lentamente.

Hubo un breve silencio mientras ambos observaban el entorno. La calma del bosque y el resplandor tenue de la luna creaban un ambiente tranquilo, pero la tensión de la discusión anterior aún flotaba en el aire.

—A veces, recordar esas batallas me ayuda a entender mejor quién soy, incluso si no me gustan esos recuerdos —dijo Asta finalmente—. Cada página es un fragmento de mi pasado, un recordatorio de lo que he vivido.

Fern lo miró con curiosidad.

—Parece que esos recuerdos son importantes para usted—dijo, su tono menos cortante que antes—. No sabía que escribía sobre ellos.

—Es una forma de procesar lo que he pasado —explicó Asta—. A veces, es difícil mantener todo en la cabeza. Escribiéndolo, puedo ver las cosas con más claridad.

Fern asintió, comprendiendo mejor la perspectiva de Asta.

—Entiendo —dijo—. Tal vez no hemos tenido la mejor de las interacciones, pero aprecio que comparta esto conmigo.

—No hay problema —respondió Asta, mirando hacia el horizonte nuevamente—. Todos tenemos nuestras maneras de lidiar con el pasado.

El silencio se asentó entre ellos, pero esta vez era un silencio más cómodo. La tensión del día parecía haber disminuido un poco, y la conversación, aunque breve, había abierto una puerta para una mayor comprensión.

—¿Vamos a regresar al campamento? —preguntó Fern, rompiendo el silencio.

—Sí, vamos —respondió Asta—. Es mejor que descansemos. Mañana será otro día y quizás podamos empezar de nuevo.

Fern se levantó y, junto a Asta, comenzaron a caminar de regreso al campamento. Mientras avanzaban, el ambiente del bosque se sentía menos opresivo y más acogedor. La luz de la luna los guiaba a través del sendero, y el aire fresco de la noche ayudaba a despejar las tensiones acumuladas.

Cuando finalmente llegaron a su pequeño campamento, Frieren seguía profundamente dormida, inmóvil como una roca. Sin decir nada más, Asta y Fern se acomodaron en sus respectivos lugares, dejándose caer sobre sus mantas.

El silencio envolvía el claro, interrumpido solo por el suave susurro del viento entre las ramas. La noche avanzaba lentamente, y ambos parecían estar inmersos en sus propios pensamientos. Fern miraba las estrellas, trazando constelaciones con la mirada mientras sus pensamientos divagaban.

De repente, la voz baja de Asta rompió la quietud.

—Fern... —susurró, sin girarse hacia ella.

Fern levantó una ceja, manteniendo su mirada fija en el cielo, sin responder de inmediato. Tras unos segundos, murmuró:

—¿Qué?

Asta dudó antes de continuar, el peso de las palabras evidenciaba la incomodidad que sentía.

—Lo siento por hoy. No debí haberte gritado de esa forma.

Fern lo miró de reojo, sorprendida por la disculpa inesperada. Por un momento, no supo qué decir, pero luego suspiró y respondió, su voz también suave:

—Yo también lo siento —admitió—. No debería ser tan brusca. No soy buena... con la gente.

Asta se giró ligeramente, lo justo para ver la expresión de Fern, suavemente iluminada por el resplandor tenue de las brasas que aún ardían. El silencio que siguió no era incómodo como antes. Había algo en la quietud que les permitía respirar más tranquilos, como si las tensiones del día se desvanecieran poco a poco con cada suspiro.

—Supongo que no siempre es fácil trabajar en equipo —dijo Asta, una pequeña sonrisa dibujándose en su rostro.

Fern hizo una mueca, pero pronto esa mueca se transformó en una ligera sonrisa.

—Supongo que no —admitió con cierta resignación.

Ambos volvieron a quedarse en silencio, pero esta vez la quietud no pesaba. Era un silencio compartido, casi cómplice, mientras sus ojos seguían observando el firmamento. Las estrellas brillaban con intensidad, y bajo ese vasto manto celestial, los problemas del día parecían insignificantes.


La semana siguiente transcurrió con una calma sorprendente, o al menos eso pensaba Frieren. Aunque no sabía con certeza qué había ocurrido entre Asta y Fern, algo en su dinámica había cambiado. Las tensiones habían disminuido, y las discusiones, antes frecuentes, se habían desvanecido. Ahora, se llevaban mejor... o al menos lo intentaban, lo cual para Frieren ya era más que suficiente.

Mientras avanzaban por el camino, Frieren echó un vistazo hacia atrás y vio a los dos conversando. Asta llevaba una ligera sonrisa en el rostro, mientras que Fern mantenía su habitual expresión impasible, aunque esta vez, parecía haber una pequeña sonrisa apenas perceptible en sus labios.

Frieren sonrió también y volvió la vista al frente. Aún les quedaban al menos un par de días de viaje antes de que Asta se separara de ellas.

De repente, un escalofrío recorrió la espina dorsal de Frieren. Sintió una presencia familiar, inconfundible: la oscura energía de un demonio. Sin detenerse, giró sutilmente la cabeza hacia Asta. Él, aunque incapaz de detectar magia como ella, también estaba tenso. Había vivido demasiadas emboscadas para no reconocer la ominosa sensación de estar siendo vigilado. Fern, por su parte, también detectó la presencia y estuvo a punto de invocar su báculo, pero Asta la detuvo, sujetándola del brazo con firmeza.

—Espera —susurró Asta, con los ojos fijos en Frieren, quien ya había notado la amenaza. Frieren asintió brevemente, indicándole que comprendía lo que estaban enfrentando. Sin más palabras, Asta se colocó su yelmo y se preparó para actuar.

Desde entre los árboles cercanos, el demonio los observaba, calculando el mejor momento para atacar. Sabía que lo habían detectado, y no queriendo perder la iniciativa, comenzó a activar su magia. Sin embargo, antes de que pudiera conjurar cualquier hechizo, un impacto devastador lo alcanzó en el rostro. Asta lo había atacado en un parpadeo, lanzándolo varios metros a través del bosque. El demonio atravesó ramas y árboles como si fueran simples juguetes, y fue a estrellarse contra el suelo con un estruendo.

—¿Q-qué...? —fue lo único que pudo pensar el demonio mientras el caos se apoderaba de su entorno.

Fern se quedó inmóvil, sus ojos abiertos de par en par. Apenas había podido seguir el movimiento de Asta.

—¿Qué... qué ocurrió? —murmuró, atónita—. ¿Por qué no me dejó atacarlo?

Frieren, que avanzaba tranquilamente hacia el lugar donde el demonio había sido arrojado, respondió con calma, como si la situación no fuera para nada inusual.

—Es sencillo —dijo sin detenerse—. Dime, ¿cuándo fue la última vez que escuchaste sobre demonios en las regiones centrales? Qual no cuenta, ya que estuvo sellado.

Fern frunció el ceño mientras lo pensaba.

—Nunca... —respondió con cierta duda.

—Exactamente —continuó Frieren—. Los demonios están concentrados en el Norte. No tienen motivo para estar aquí, a menos que algo esté ocurriendo. Asta quiere saber por qué. Si lo hubieras atacado, lo habrías matado antes de que pudiéramos obtener respuestas. Y aunque los demonios no sientan emociones humanas, siempre temen una cosa: la muerte. Asta sabe cómo usar ese miedo a su favor.

Fern asintió lentamente mientras procesaba la explicación de su maestra. Ahora comprendía la estrategia detrás de la aparente calma de Asta. Su impaciencia podría haber arruinado una valiosa oportunidad de descubrir qué tramaba el demonio.

—Ya veo... —murmuró, más tranquila y reflexiva. Sin hacer más preguntas, siguió a Frieren hacia donde Asta lidiaba con el demonio, esperando obtener pronto las respuestas que buscaban.

Al llegar, vieron a Asta sujetando al demonio contra un árbol caído, su espadón firmemente clavado en el suelo a un lado. El demonio, aunque herido y debilitado, aún respiraba, mirando a Asta con un miedo palpable en sus ojos.

—Habla —dijo Asta, su voz baja pero cargada de autoridad—. ¿Qué están haciendo los tuyos tan lejos del Norte?

El demonio, con el miedo reflejado en su mirada, esbozó una sonrisa burlona antes de susurrar con tono amenazante:

—Es tu fin...

Asta frunció el ceño, a punto de preguntar a qué se refería, cuando un rugido de magia rompió el silencio. Otro demonio surgió de entre los árboles y lanzó una poderosa bola de fuego directamente hacia Asta, golpeándolo de lleno y lanzándolo varios metros atrás. El impacto levantó una densa nube de humo y polvo que envolvió el área.

—¡Humano tonto! —rió el demonio recién llegado—. Te distrajiste con él y no notaste mi presencia. Es una pena que tus compañeras no te hayan advertido —dijo, volviendo su mirada hacia Frieren y Fern.

Fern, con el báculo ya invocado, dio un paso al frente, pero Frieren la detuvo colocando un brazo delante de ella.

—No te apresures... —murmuró Frieren, con la mirada fija en el lugar donde había caído Asta.

—Fue un poco tonto de mi parte distraerme así —se escuchó la voz de Asta a través del humo, su tono cargado de una calma inquietante.

Los demonios intercambiaron miradas, desconcertados.

—¿Cómo sigues vivo? —preguntó uno de ellos, su voz teñida de incredulidad.

—Un ataque así no me mataría —dijo Asta, cuando finalmente la nube de humo y polvo se disipó. Asta estaba de pie, con los brazos cubriendo parte de su rostro. El metal de su armadura había hecho un buen trabajo protegiéndolo, aunque su capa larga y faldón de tela estaban levemente quemados. Su yelmo había sufrido el mayor daño: la mitad superior derecha estaba destrozada, revelando parte del rostro de Asta y sus ojos verdes que brillaban con intensidad.

—Ya veo —dijo el demonio que lo había atacado, con un tono amenazante—. Entonces te atacaré con más potencia.

Asta soltó una risa antes de colocar su mano en la parte inferior intacta de su yelmo. Al apretarlo, el yelmo se hizo añicos y cayó al suelo. Luego, desenvainó la espada que tenía en su cintura con un movimiento fluido.

—En realidad, estaba esperando el ataque de otro demonio... Es cierto que muchos demonios prefieren la soledad, pero cuando son tan débiles... —dijo mientras desechaba el yelmo destruido. La espada en su mano brillaba con un resplandor intenso.

—Insolente —murmuró el demonio mientras extendía sus manos al frente, preparándose para el próximo ataque.

—¿No deberíamos ayudarlo ahora que se enfrenta a dos demonios? —preguntó Fern, con una mezcla de preocupación y curiosidad.

—Tal vez —respondió Frieren con calma—, pero confío en sus habilidades. Además, quiero que veas cómo luchan los demonios y los caballeros.

En ese momento, Asta lanzó su espada a gran velocidad hacia el demonio que lo había atacado. El demonio levantó sus brazos en un intento de bloquear el ataque, y aunque logró detener la espada con su piel reforzada por magia, la fuerza del golpe lo hizo tambalear.

—Aunque él no pelea como un caballero ordinario —agregó Frieren en un murmullo, admirando la destreza de Asta—. Observa bien.

Asta observó al demonio bloquear su espada con sus brazos, y antes de que el arma cayera al suelo, se movió a gran velocidad. Empujó el mango de su espada con su rodilla, clavándola con precisión en los brazos del demonio y atravesando su pecho en un solo movimiento fluido. El demonio dejó escapar un grito de dolor, sus ojos desorbitados mientras la espada perforaba su cuerpo.

—Esa velocidad... no es normal —murmuró el demonio, antes de desvanecerse en la nada.

Fern miraba con asombro, aún procesando la increíble destreza de Asta. Inicialmente, había pensado que Asta era un caballero común, sin mucho que destacar en combate. Sin embargo, lo que estaba presenciando ahora era simplemente sorprendente. La habilidad y agilidad con las que se movía en la batalla cambiaron completamente su percepción.

—¿Y bien? ¿Me dirás algo? —preguntó Asta mientras envainaba su espada, su voz impregnada de un tono desafiante.

—Jamás —respondió el demonio restante con frialdad. Mientras hablaba, saltó hacia atrás, y de las mangas de su ropaje salieron disparadas cadenas, que comenzaron a girar y extenderse para formar una barrera defensiva.

—No te dejaré siquiera acercarte a mí —dijo el demonio, extendiendo las cadenas para protegerse de cualquier ataque.

Asta observó con atención y luego se movió ágilmente a un lado, evitando las cadenas que intentaban atraparlo. Desenterró la Mata Demonios del suelo y la balanceó con precisión, enterrando varias de las cadenas en el suelo y destruyéndolas. Sin embargo, más cadenas surgieron de las mangas del demonio, lanzándose hacia él. Asta no pudo evitar que algunas de las cadenas se envolvieran alrededor de sus manos, juntándolas con fuerza.

—Eres mío —susurró el demonio, intentando atraer a Asta hacia él con la magia de las cadenas.

Asta frunció el ceño al sentir la tensión de las cadenas, pero no se inmutó. Con una mueca, aplicó más fuerza, tensando las cadenas que lo atrapaban. Las cadenas se estiraron, y el demonio comenzó a ser arrastrado hacia Asta, luchando para mantener su posición.

—Veamos —dijo Asta con determinación, antes de aplicar aún más fuerza. El demonio, incapaz de resistir la fuerza, fue arrastrado hacia el caballero. Asta levantó su pie cubierto de armadura y lo estrelló contra el rostro del demonio con una fuerza devastadora. El impacto lanzó al demonio hacia atrás, y las cadenas se rompieron como cristal bajo la presión.

El demonio cayó al suelo, sus cadenas desmoronándose en pedazos. Asta, aún de pie con una presencia imponente, observó al demonio derrotado con una mezcla de satisfacción y concentración. La batalla había terminado rápidamente, y el silencio volvió a rodear el bosque.

Asta tomó su espadón del suelo y se acercó al demonio que yacía en el suelo. Con una precisión calculada, clavó el espadón justo al costado de su cuello, de forma que el filo permaneciera a centímetros de su piel. Sus ojos verdes, intensos y decididos, se posaron en el demonio.

—¿Por qué están en las regiones centrales? Son demonios bastante débiles. Debo suponer que sirven a uno más fuerte. Así que dime, ¿Quién es su amo y cuál es su propósito? —preguntó Asta, su voz cargada de autoridad.

El demonio, herido y en el suelo, guardó silencio por unos momentos. Sus ojos estaban llenos de un terror profundo mientras contemplaba la mirada decidida de Asta.

—Realmente no sé el propósito de mi amo —dijo finalmente—. Solo me transportó a este lugar y me dijo que esperara hasta que un caballero de cabellos grises acompañado por dos magas apareciera. Cuando eso ocurriera, tenía que matarlos.

—¿Te transportó? ¿Quién es tu amo? —preguntó Asta, su tono más insistente.

Sin embargo, antes de que el demonio pudiera responder, unas presencias más poderosas y oscuras se hicieron sentir en el aire. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Asta y el sus compañeras. Las sombras del bosque parecían moverse de manera inquietante, y un aura ominosa se expandía a su alrededor.

—¿Qué es esto? —murmuró Fern, mirando nerviosa hacia los árboles cercanos.

—Algo grande se aproxima —respondió Frieren, observando atentamente—. Prepárense.

—No es necesario que le preguntes sobre mí —dijo una de las figuras desde la sombra, su voz cargada de desprecio.

Asta, Frieren y Fern giraron la cabeza hacia la fuente de la voz, y vieron a dos demonios emergiendo de las sombras del suelo. Estaban cubiertos por túnicas y capuchas, con cuernos que sobresalían de sus cabezas, sus presencias emanando una poderosa energía oscura.

—¿Quién eres? —preguntó Frieren, colocándose al lado de Asta. Su postura mostraba claramente que estaba lista para actuar en cualquier momento. El poder mágico que emanaban los demonios era comparable al de un sabio de la destrucción.

—¿Mi nombre? Aún no es necesario que lo sepas —respondió uno de los demonios, su voz resonante y fría. Su mirada se centró en Asta, dejando claro que se refería a él—. Solo quise ver por qué mi señor estaba tan interesado en ti. Ahora veo por qué.

Sin más palabras, los dos demonios comenzaron a hundirse nuevamente en las sombras, su presencia desvaneciéndose gradualmente.

—Puedes matarlo —ordenó el demonio que aún permanecía en el suelo, su voz llena de resignación mientras miraba al demonio derrotado a los pies de Asta.

—Mantenlo vigilado —finalizó el otro demonio en un susurro inaudible para Asta y las hechiceras. Sin embargo, una presencia desconocida y oculta captó sus palabras.

Ambos demonios se desvanecieron en las sombras, dejando un silencio inquietante detrás de ellos. La atmósfera se cargó de una tensión palpable, y el aire parecía haberse vuelto más frío.

El demonio derrotado, que yacía en el suelo con su cuerpo debilitado, miró a Asta con resignación.

—Ya veo, así que me abandonaron —dijo con un suspiro agotado.

Asta, con una expresión de frustración y determinación, inclinó su espadón hacia abajo. La tensión en el aire era palpable, y el peso de la situación se hacía cada vez más claro. Sin decir una palabra más, movió su espada con precisión y rapidez, decapitando al demonio derrotado. La cabeza del demonio rodó por el suelo, y el cuerpo quedó inerte, sin vida, para momentos después empezar a desaparecer.

La severidad del acto dejó claro que Asta no tenía intenciones de buscar más respuestas de un demonio que había sido abandonado por sus superiores.

Fern y Frieren observaron en silencio. La determinación de Asta de acabar con el demonio sin más dilación mostraba cuán agotado estaba de la situación. La decisión de Asta de eliminar al demonio de inmediato, sin buscar más información, hablaba de su comprensión de que ya no había nada que esperar de él. La ausencia de respuestas había sido evidente desde el momento en que los dos demonios poderosos aparecieron y se desvanecieron en las sombras.

—¿Qué fue eso? —preguntó Fern, su voz llena de asombro y una pizca de inquietud. Su mirada seguía fija en el lugar donde los demonios se habían desvanecido.

—No lo sé —respondió Frieren, sus ojos fijos en Asta—. Pero estaban interesados en ti.

Asta, que había estado observando la dirección por la que los demonios habían desaparecido, se giró hacia ellos. Su expresión era grave, pero también había un destello de concentración en sus ojos verdes.

—¿Interesados en mí? —preguntó Asta, frunciendo el ceño. La revelación de Frieren no hacía más que añadir peso a la situación. Había sentido que había algo más detrás de esos demonios, pero ahora era evidente que había un objetivo específico en su misión.

—Sí —confirmó Frieren—. Sus palabras y su comportamiento sugieren que tenías un rol importante en sus planes. Quizás no solo estaban aquí para ti, sino que también buscaban algo.

Asta suspiró con cansancio, sintiendo el peso de la situación en sus hombros. Sin embargo, se sacudió esa sensación y colocó su espadón de vuelta en su espalda, listo para continuar.

—Continuemos nuestro camino antes de que aparezcan más demonios —dijo Asta con firmeza—. Ya charlaremos en el camino. Necesitamos llegar a un lugar seguro para discutir esto.

Fern y Frieren intercambiaron miradas, entendiendo la decisión de Asta de moverse sin más dilaciones. Aunque la revelación de los demonios y su interés en Asta había añadido una capa de complejidad a la situación, no había tiempo para detenerse y reflexionar en ese momento. La prioridad era avanzar y mantenerse a salvo.

Asta, con su espadón nuevamente asegurado en su espalda, avanzó con pasos firmes. La preocupación y el cansancio se reflejaban en su postura, pero su determinación era evidente. El bosque, que antes había sido un refugio tranquilo, ahora parecía más siniestro y lleno de amenazas ocultas.

Fern y Frieren siguieron a Asta, manteniéndose atentos a su entorno. La conversación que habían tenido con los demonios y su abrupto final dejaban un eco en el aire, una sensación de inquietud que no podían ignorar.

—No parece que haya más demonios cercanos —dijo Frieren mientras avanzaba, su mirada aguda escaneando el bosque—. Pero no bajemos la guardia. Si están tan interesados en ti, Asta, es posible que intenten algo más.

Asta asintió, sus ojos verdes mirando hacia adelante con una mezcla de concentración y fatiga.

—Lo sé —dijo.

Sin más que decir, el grupo continuó su camino. Ahora, lo único que querían era llegar a un lugar poblado.

Sin embargo, sin que se dieran cuenta, una pequeña ave negra con plumas blancas y rojas, que poseía cuernos, los observaba a la distancia.

A medida que el grupo avanzaba, la ave mantenía su distancia, moviéndose sigilosamente entre los árboles y arbustos. Cada vez que los miembros del grupo parecían distraídos, la ave se acercaba un poco más, como si estuviera evaluando cada detalle de su comportamiento y entorno.

Finalmente, cuando el grupo se alejó lo suficiente, la ave alzó el vuelo, desapareciendo entre las sombras del bosque.


Fin del capítulo.

Espero les halla gustado.

¿Cuánto le dan del 0 al 10?

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Si quieren aportar alguna idea, solo escríbanla en los comentarios.

Sin más que decir, adiós.