Ciudad Santa
—Entonces, supongo que esto es un adiós —dijo Asta, con la mirada fija en Frieren y Fern.
Había pasado poco más de un día desde su encuentro con los demonios, y el grupo había acelerado su marcha, logrando llegar a una aldea junto a una playa. Durante el trayecto, habían discutido sobre lo ocurrido, pero, a pesar de sus especulaciones, no lograron llegar a una conclusión razonable sobre el interés de los demonios en Asta.
—Si usted es su objetivo, ¿no sería más seguro que permanezca con nosotras? —preguntó Fern, su voz cargada de preocupación.
—Tal vez tengas razón —admitió Asta, con un tono más suave—, pero debo cumplir mi misión. Tengo que llegar a la Ciudad Santa.
—Ya veo... —murmuró Fern, bajando la mirada, resignada.
Asta miró a ambas con seriedad antes de esbozar una pequeña sonrisa.
—Espero que nos encontremos de nuevo en el futuro —dijo, con un toque de optimismo en su voz.
Frieren se giró hacia la aldea, con su típico semblante impasible.
—Entonces, buen viaje, Asta. Nos quedaremos aquí unos meses —dijo, mientras comenzaba a caminar hacia la entrada del pueblo.
Fern, más formal, hizo una leve inclinación de cabeza.
—Por favor, tenga cuidado, Sir Asta —añadió, manteniendo el respeto en su tono.
—Lo haré —respondió Asta con confianza, mientras se giraba en dirección opuesta—. Hasta que nos reencontremos —se despidió, levantando una mano mientras comenzaba a alejarse.
Fern lo observó mientras se alejaba, su capa ondeando ligeramente con la brisa marina. Dejó escapar un suspiro. Le hubiera gustado que Asta se quedara al menos una noche más en la aldea, pero comprendía su urgencia. Con la reciente aparición de demonios en la región, el caballero sentía la necesidad de apresurarse hacia la Ciudad Santa.
Miró una última vez la silueta de Asta hasta que desapareció en la distancia. A pesar de sus intentos por no mostrarlo, la aparición de los demonios y el misterioso interés que mostraron en Asta le habían dejado una sensación de inquietud. Quizás habría sido más seguro si hubieran continuado juntos.
—Vamos, Fern —dijo Frieren, deteniéndose brevemente para observar a su aprendiz—. No te preocupes tanto. Él es fuerte, más de lo que aparenta.
Fern asintió lentamente, aunque no podía evitar pensar en todo lo que había sucedido. Mientras alcanzaba a Frieren, una pequeña sonrisa apareció en su rostro al recordar la charla que tuvieron con Asta durante el viaje. Entre los momentos tensos, algo en la forma en que él se mantenía optimista y decidido a pesar de los peligros le resultaba reconfortante. Admiraba esa fortaleza en él.
—¿Cree que lo volveremos a ver? —preguntó Fern, mirando a Frieren con curiosidad.
—Probablemente —respondió Frieren, en su tono calmado y despreocupado—. Los caminos de los guerreros y los magos tienden a cruzarse cuando los tiempos oscuros se acercan.
Fern no dijo nada más, pero había algo en las palabras de Frieren que la tranquilizaba. Estaba segura de que volverían a encontrarse, tarde o temprano. Aunque, por ahora, debían concentrarse en su propio camino.
Finalmente, después de ocho largos meses desde que comenzó su viaje, Asta llegó a su destino: la Ciudad Santa de Strahl. Era una ciudad tan imponente como la Capital Real, pero irradiaba una majestuosidad distinta. Las enormes murallas que la rodeaban, aunque no tan colosales como las de la capital, seguían impresionando por su grandeza y su solidez. Desde la distancia, la ciudad brillaba bajo el sol como un símbolo de orden y devoción.
A medida que Asta se adentraba por sus calles, notó que, a diferencia de la capital, la Ciudad Santa parecía mucho más organizada. Sus amplias avenidas y sus edificios de piedra blanca daban una sensación de paz y equilibrio. La gente caminaba con serenidad, muchos portando símbolos religiosos que indicaban su devoción a la diosa de la creación. Todo parecía estar dispuesto en un armonioso equilibrio entre lo sagrado y lo mundano.
En el centro de la ciudad, elevándose por encima de los demás edificios, estaba el enorme palacio. Su arquitectura era una mezcla imponente entre fortaleza y catedral. La estructura no solo funcionaba como la catedral central dedicada a la diosa de la creación, sino que también albergaba el palacio del monarca que gobernaba la Ciudad Santa. Las altas torres y los vitrales, que reflejaban la luz del sol con intensos colores, hacían que el edificio pareciera brillar con una luz divina.
A medida que avanzaba hacia el palacio, no podía evitar sentir una mezcla de emoción y tensión.
Cuando Asta finalmente llegó al palacio, lo primero que notó fue algo inusual. A diferencia de la Capital Real, el palacio tenía menos guardias vigilando sus alrededores. Quizás confiaban en que nadie osaría actuar en contra de un lugar tan sagrado. Lo segundo que captó su atención fue que no había una entrada visible al palacio, solamente la entrada a la parte de la catedral.
Decidido, Asta caminó hacia la entrada de la catedral, pero antes de que pudiera pasar, dos guardias con armaduras doradas lo detuvieron.
—Lo siento, no puede entrar con armas —dijo uno de ellos, con una voz firme.
Asta retrocedió un poco, asintiendo con comprensión.
—Entiendo —respondió—. ¿Podrían indicarme cómo entrar al palacio?
Los guardias se miraron entre sí, uno de ellos frunciendo el ceño con desconfianza.
—¿La entrada al palacio? —repitió el guardia, claramente sorprendido.
—¿Y por qué habríamos de decirte eso? Eres un forastero —añadió el otro con tono brusco.
Asta abrió la boca para intentar explicar su situación, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, una voz femenina lo interrumpió desde el interior de la catedral.
—Yo me encargaré de esto
Los guardias, que parecían a punto de protestar, miraron hacia la fuente de la voz y al instante se arrodillaron en reverencia. Asta arqueó una ceja, curioso ante esta reacción.
La mujer que se aproximaba era, en una palabra, deslumbrante. Su largo cabello rosado caía en suaves rizos que enmarcaban su rostro y fluían por su espalda, mientras que sus ojos, del mismo color rosado, brillaban con una mezcla de gentileza y autoridad. Su piel clara contrastaba con el elaborado vestido rosado que llevaba, adornado con detalles blancos que resaltaban su figura esbelta y elegante. Había algo en su porte que irradiaba majestuosidad.
—Soy la princesa Juliana —dijo con una voz serena pero firme—. Supongo que usted es Sir Asta.
—Así es —respondió Asta, inclinándose con respeto—. ¿Puedo preguntar cómo lo sabe?
La princesa soltó una leve risa, su sonrisa amable.
—Nos enviaron un mensaje desde la capital real. Describieron a un caballero con sus características que vendría a tratar asuntos importantes. Fue una simple coincidencia que me encontrara con usted aquí.
—Ya veo —asintió Asta, comprendiendo la situación.
—Por favor, sígame. Lo guiaré al palacio —dijo Juliana, dando media vuelta con una elegancia natural. Dos guardias adicionales, con armaduras doradas aunque ligeramente diferentes a las de los anteriores, se movieron para escoltarla.
Asta la observó brevemente antes de seguirla. Mientras caminaba detrás de la princesa y su escolta, no pudo evitar notar la atención con la que los presentes en la plaza se detenían a mirar a la joven princesa. Había algo en su presencia que parecía calmar el ambiente, una mezcla de gracia y autoridad que hacía que todos se sintieran seguros.
Asta siguió a la princesa Juliana a través de los enormes pasillos de la catedral, que conectaban sutilmente con el palacio principal. Los ventanales altos dejaban entrar una luz suave y cálida que bañaba el mármol blanco del suelo, haciendo que todo el lugar se sintiera casi celestial. Había un silencio solemne en el aire, roto solo por los pasos tranquilos de la princesa y su escolta.
—El palacio y la catedral están conectados para simbolizar la unión de la fe y el liderazgo en la Ciudad Santa —explicó Juliana mientras avanzaban—. Aquí, el monarca también actúa como representante directo de la diosa de la creación. Es una responsabilidad que pocos pueden llevar.
Asta escuchaba con atención, observando los detalles del lugar mientras sus pensamientos se centraban en la importancia de este encuentro. El palacio no solo era el centro político, sino también el espiritual de la ciudad. Todo parecía estar envuelto en un aire de santidad.
Finalmente, llegaron a unas enormes puertas adornadas con relieves de figuras angelicales, escenas de leyendas y símbolos sagrados. Dos guardias vestidos con armaduras ceremoniales las custodiaban. Sin decir una palabra, se inclinaron ante la princesa y abrieron las puertas lentamente, revelando la majestuosa sala del trono.
La sala era impresionante. El techo se elevaba a gran altura, con frescos pintados que representaban escenas de la creación del mundo según la fe local. A los lados, columnas altas sostenían el techo, y había vitrales que proyectaban juegos de luces de colores sobre el suelo de mármol pulido. Al fondo de la sala, sobre un estrado, estaba el trono.
El monarca de la Ciudad Santa, Saints, estaba sentado en su trono, emanando una aura de autoridad y divinidad. Vestía ropas blancas y doradas adornadas con símbolos sagrados. Su cabello, rizado como el de su hija pero canoso, estaba coronado por una hermosa corona dorada con patrones de hojas entrelazadas. A su lado, un grupo de consejeros y clérigos permanecía de pie, inclinándose ligeramente en señal de respeto.
Sus ojos rosados observaron a su hija y al caballero acercarse.
—Padre, Sir Asta de Vorig ha llegado —anunció Juliana con una inclinación respetuosa.
Saints, que también ostentaba el título de Sumo Sacerdote, levantó la mano, indicando que se acercaran.
Asta, que ya había dejado sus armas en la entrada por orden de los guardias, avanzó hacia el estrado con la misma reverencia.
—Bienvenido, Sir Asta —dijo el monarca, su voz resonando en la sala con calma pero con una fuerza latente—. He escuchado sobre tus hazañas en el norte. Debo decir que es sorprendente todo lo que has logrado a tu edad.
Asta se inclinó profundamente ante él, reconociendo la magnitud del encuentro.
—Es un honor, Su Santidad —respondió Asta, manteniendo la mirada fija en el monarca.
—Los Silva ya me informaron sobre el propósito de tu misión aquí. Esta alianza es algo que nos interesa; sin embargo, hay detalles que debemos discutir. Pero eso puede esperar unos días. Por ahora, eres nuestro invitado. Me gustaría conocer más sobre el caballero asesino de demonios.
—Sería un honor —dijo Asta, inclinándose—. Pero, antes de cualquier cosa, me gustaría informarle sobre los acontecimientos recientes en las regiones vecinas.
El monarca asintió y hizo un gesto con su mano para que Asta continuara.
—Los demonios se han infiltrado en las regiones centrales —dijo Asta, haciendo que todos guardaran silencio ante la revelación. El silencio fue roto por los consejeros y clérigos, quienes comenzaron a discutir entre sí con urgencia.
—Entiendo —dijo el monarca, levantándose ligeramente del trono—. Podemos tratar este tema más a fondo más tarde, durante una cena en la que estás invitado. Mientras tanto, el tratado puede esperar a que se reúna todo mi consejo. Por ahora, mi hija te guiará a tus aposentos.
Asta asintió con una reverencia, mostrando su gratitud por la hospitalidad ofrecida. Juliana hizo un gesto hacia él, señalando que la siguiera.
—Gracias, Su Santidad —dijo Asta mientras se giraba para seguir a Juliana—. Agradezco mucho la invitación y la oportunidad de explicar en detalle lo que está ocurriendo.
Juliana lo condujo a través de una serie de pasillos adornados con arte religioso y tapices que contaban la historia de la Ciudad Santa. Mientras avanzaban, Asta notó la meticulosa atención al detalle en cada rincón del palacio.
—Tu habitación está preparada para ti —dijo Juliana con una sonrisa amable—. Espero que encuentre el lugar cómodo.
Asta asintió, sintiéndose agradecido por la cálida bienvenida.
—Gracias, Princesa Juliana. Aprecio mucho su amabilidad.
Juliana asintió y, con una última sonrisa, se despidió mientras Asta entraba en sus aposentos, listo para prepararse para la cena y la discusión que seguiría.
Una vez que Asta entró en sus aposentos, fue recibido por un par de sirvientes que se encargaron de prepararlo para la cena. Le ofrecieron una variedad de atuendos que reflejaban la formalidad y la importancia de la ocasión.
Aunque prefería la comodidad de su armadura, entendía la importancia de la ocasión y permitió que lo arreglaran con la máxima atención al detalle.
Una vez vestido, Juliana regresó para guiarlo a la cena. Ella estaba igualmente vestida para la ocasión, con un vestido largo y elegante que destacaba su dignidad y gracia. La cena se iba a llevar a cabo en un gran salón adornado con candelabros y mesas elegantemente dispuestas. La atmósfera era cálida y acogedora, con un aire de formalidad que envolvía la sala.
—Sígueme, por favor —dijo Juliana mientras guiaba a Asta a través de los pasillos decorados y las estancias del palacio, finalmente llevándolo al salón principal.
Al entrar al salón, Asta se encontró con una mesa larga dispuesta con lujosos manteles y una variedad de manjares exquisitos. Los invitados ya estaban sentados, incluyendo al monarca, los consejeros y varios dignatarios de la Ciudad Santa. La conversación se detuvo momentáneamente cuando Asta y Juliana hicieron su entrada.
—Les presento a Sir Asta de Vorig —anunció Juliana con una sonrisa mientras Asta tomaba su lugar en la mesa.
Asta se inclinó ligeramente ante la mesa, reconociendo a los presentes con una reverencia respetuosa. La cena comenzó con un intercambio de cumplidos y pequeñas charlas, lo que permitió a Asta integrarse lentamente en la conversación. Sin embargo, pronto se le dio la oportunidad de hablar sobre sus hazañas.
—He oído que has estado en la primera línea de combate durante estos últimos años —dijo uno de los consejeros—. ¿Podrías contarnos más sobre tus experiencias en la defensa de Vorig?
Asta asintió y comenzó a relatar su experiencia. Describió cómo, a lo largo de los años, había liderado a sus tropas en batallas intensas, defendiendo la región de los ataques demoníacos. Habló de la resistencia y el coraje de sus compañeros y cómo habían repelido numerosas oleadas de enemigos.
—Por favor, cuéntanos más sobre ese encuentro reciente con los demonios —dijo el monarca, su voz llena de autoridad y curiosidad.
Asta asintió con una mezcla de respeto y seriedad. Se acomodó en su silla, preparándose para relatar los eventos con la mayor precisión posible. Mientras lo hacía, los murmullos de los presentes cesaron, y una expectación palpable llenó el salón.
—En mi viaje reciente, me encontré con una emboscada por parte de unos demonios —comenzó Asta, su tono grave reflejando la seriedad de la situación—. Fue un ataque sorpresivo que no solo me involucró a mí, sino también a las hechiceras Frieren y Fern, quienes estaban conmigo en ese momento.
El monarca asintió, mostrando que estaba atento a cada palabra.
—El primer grupo de demonios que enfrentamos era relativamente débil, pero estaban organizados y parecían tener un objetivo claro. Logramos repelerlos, pero no antes de que uno de ellos mencionara que su misión era eliminarme.
Los consejeros y dignatarios intercambiaron miradas preocupadas. La revelación de que el ataque estaba dirigido específicamente a Asta y sus acompañantes aumentaba la tensión en la sala.
—Luego, cuando pensábamos que habíamos acabado con la amenaza, aparecieron dos demonios mucho más poderosos —continuó Asta—. Se manifestaron desde las sombras. Sus presencias eran tan oscuras que resultaba difícil no sentir una sensación de peligro inminente.
—¿Qué hicieron esos demonios más poderosos? —preguntó uno de los consejeros, su voz llena de inquietud.
Asta se detuvo un momento para recolocar sus pensamientos antes de responder.
—Uno de ellos, que parecía ser el líder, se mostró más interesado en mí que en cualquier otra cosa. Mencionó algo sobre el interés de su señor en mi persona. Luego, ambos demonios desaparecieron en las sombras, dejándonos con la preocupación de que sus intenciones aún no estaban del todo claras.
—¿Y qué ocurrió con los demonios que estaban al mando? —interrogó el monarca, su mirada fija en Asta.
—El demonio que sobrevivió a nuestra confrontación fue finalmente eliminado —respondió Asta con una expresión de determinación—. No conseguimos obtener más información de él antes de que muriera, ya que su misión parecía ser solo una parte de un plan mayor.
El monarca asintió lentamente, procesando la información.
—Este informe es alarmante —dijo el monarca—. La aparición de demonios en las regiones centrales después de décadas de relativa paz es motivo de gran preocupación. Nos enfrentamos a una amenaza que no solo es grave sino que también parece tener objetivos específicos y planes elaborados.
Asta asintió, sintiendo que el peso de la situación había sido claramente entendido por el monarca y sus consejeros.
—Debemos prepararnos para lo que pueda venir —continuó el monarca—. Los detalles que has proporcionado son cruciales para nuestras decisiones futuras. Te agradezco por tu valentía y por la información que has compartido.
—Es un honor servir —dijo Asta, inclinándose con respeto.
El monarca hizo un gesto hacia sus consejeros y clérigos, quienes comenzaron a discutir entre ellos sobre los próximos pasos a seguir. La conversación se tornó en estrategias y medidas de seguridad para enfrentar la amenaza demoníaca.
La cena, que había comenzado con una atmósfera de solemne cooperación, terminó dejando una sensación de determinación compartida. Asta, después de haber compartido la gravedad de la situación, se dedicó a disfrutar del silencio mientras el monarca y sus consejeros seguían discutiendo estrategias en voz baja.
Cuando la cena finalmente concluyó, la princesa Juliana se acercó a Asta, una invitación amable en sus ojos rosados.
—Sir Asta, ¿te gustaría acompañarme en un paseo nocturno por los jardines del palacio? —ofreció Juliana, su voz suave y cordial.
Asta, sorprendido pero complacido por la oferta, asintió con una sonrisa.
—Sería un placer, princesa —respondió.
Juliana lo guió hacia la salida, y juntos se dirigieron a los espléndidos jardines que rodeaban el palacio. La noche estaba clara, y la luna iluminaba los caminos serpenteantes, adornados con flores y arbustos bien cuidados. El aire fresco y la serenidad del entorno ofrecían un contraste agradable con la tensión de la cena.
Mientras caminaban por un sendero bordeado de flores nocturnas, Juliana rompió el silencio.
—Sir Asta, me encantaría saber más sobre el norte y sobre Vorig —dijo con interés genuino—. Es una región que solo he escuchado en historias y relatos. ¿Cómo es realmente tu tierra natal?
Asta miró alrededor, buscando las palabras adecuadas mientras disfrutaba del tranquilo paseo. Después de un momento de reflexión, comenzó a responder.
—El norte es una región vasta y dura —explicó Asta—. El clima es severo, con algunos inviernos largos y fríos, y veranos breves. La gente de allí es fuerte y resistente, forjada por las duras condiciones que enfrentan.
Juliana escuchaba atentamente, sus ojos brillando con curiosidad.
—¿Y la ciudad de Vorig? —preguntó—. ¿Cómo es vivir allí?
—Vorig es una ciudad fortificada —continuó Asta—. Tiene unas murallas imponentes que no solo protegen a sus habitantes, sino que también reflejan el espíritu combativo de la gente. A pesar de la dureza del entorno, la ciudad es cálida y acogedora. La gente allí es leal y tiene un fuerte sentido de comunidad. Nos apoyamos mutuamente, especialmente en tiempos de crisis.
Juliana asintió, claramente impresionada por la descripción de Asta.
—Debo decir que tu descripción pinta un cuadro muy vívido —comentó—. Me imagino que ser caballero en un lugar así debe ser un gran honor, pero también un desafío constante.
Asta sonrió modestamente.
—Es cierto que ser caballero en el norte conlleva grandes responsabilidades y desafíos, pero también es una fuente de orgullo. Cada batalla y cada victoria son una forma de proteger a nuestra gente y asegurar un futuro para ellos. No es fácil, pero vale la pena.
Juliana se detuvo brevemente, mirándolo con una expresión pensativa.
—La forma en que hablas de tu tierra y de tu deber es inspiradora —dijo—. Me alegra saber que alguien con tanto coraje y dedicación está dispuesto a luchar por lo que cree, especialmente en tiempos tan inciertos.
Asta inclinó la cabeza, agradecido por sus palabras.
—Gracias, princesa. Es un honor servir y proteger a quienes lo necesitan.
Juliana lo miró con una ligera sonrisa, pero hubo un atisbo de preocupación en sus ojos.
—Entonces, ¿qué es lo que realmente te impulsa, Sir Asta? ¿Qué es lo que te motiva a seguir adelante en medio de tantos desafíos?
Asta la miró, sorprendido por la profundidad de la pregunta. Durante un momento, reflexionó sobre su respuesta.
—Lo que me impulsa... —comenzó Asta, pero se quedó en silencio por un momento, mirando el cielo estrellado. Era cierto que no tenía un propósito claro o una meta fija como algunos de sus compañeros o amigos. Sin embargo, había algo, un deseo profundo que lo empujaba hacia adelante en cada batalla, en cada decisión que tomaba. Inspiró profundamente, reflexionando sobre sus pensamientos antes de continuar—. Creo que lo que realmente me motiva es el deseo de proteger a quienes amo. No siempre sé cuál será el camino o el destino, pero sé que, mientras pueda luchar, lo haré para asegurar la seguridad de aquellos que me importan.
Juliana lo observaba en silencio, su rostro reflejando una mezcla de curiosidad y comprensión. Había una sinceridad cruda en las palabras de Asta, algo que no había esperado de alguien con su fama de "asesino de demonios".
—Eso es algo noble —dijo finalmente, su voz suave—. A veces, el impulso más fuerte no es una causa grandiosa o una meta ambiciosa, sino ese lazo íntimo que nos conecta con quienes queremos proteger. Es algo que nunca deberías subestimar.
Asta asintió, reconociendo la verdad en sus palabras. No era una causa épica, no había un gran sueño detrás de sus acciones, pero cada vez que levantaba su espada, lo hacía con la esperanza de que quienes estaban bajo su protección pudieran vivir en paz. Ese, pensó, era motivo suficiente para seguir adelante.
—Tal vez no es el propósito más grande —admitió Asta—, pero es suficiente para mí.
Juliana lo miró con una sonrisa cálida, sus ojos rosados brillando bajo la luz de la luna.
—No todo caballero necesita una gran causa —respondió ella—. A veces, lo más admirable es luchar por lo que realmente importa: las personas que amas y el lugar que llamas hogar.
El paseo continuó en un tono más relajado, mezclando temas personales con historias sobre sus respectivos hogares y responsabilidades. A medida que avanzaban por los jardines, el silencio cómodo entre ellos estaba lleno de una conexión genuina.
Finalmente, Juliana y Asta regresaron al palacio.
La noche avanzaba, y mientras Asta se retiraba a sus aposentos, sentía que el encuentro con la princesa Juliana le había ofrecido no solo un respiro de la tensión acumulada en los últimos días.
Asta abrió los ojos desde la comodidad de la alfombra cuando los primeros rayos del sol se filtraron por las ventanas del elegante aposento en el que estaba hospedado. El ambiente era tranquilo, y por un momento, disfrutó de la quietud. Sin embargo, al poco tiempo, soltó un suspiro y se puso de pie, estirándose ligeramente.
Le habían informado que lo llamarían cuando fuera el momento adecuado para discutir los términos de la alianza con el monarca y sus consejeros, mientras tanto, se le sugirió disfrutar de la comodidad y las facilidades que ofrecía la Ciudad Santa. Pero, para Asta, el lujo y el ocio no eran cosas que disfrutara particularmente, especialmente cuando sentía que había tareas importantes pendientes.
Se paseó por la habitación por un momento, observando los detalles de la decoración y la opulencia que lo rodeaba, pero no encontraba nada que realmente le llamara la atención.
—¿Qué debería hacer? —pensó para sí mismo, sintiendo una leve inquietud. Se sentía un poco fuera de lugar en este entorno. Acostumbrado a estar en contante movimiento, el esplendor de la Ciudad Santa le resultaba, de alguna manera, abrumador. Le recordaba cuando fue invitado de los Silva en la Capital Real.
—No puedo quedarme aquí sin hacer nada —murmuró, mientras caminaba hacia la ventana y miraba los jardines que había recorrido la noche anterior con la princesa Juliana.
Asta decidió que lo mejor sería salir a explorar la ciudad.
El resto de lo días transcurrieron con una lentitud casi insoportable para Asta. La monotonía de la Ciudad Santa contrastaba con el dinamismo y la emoción que vivía en la Capital Real. Al menos, allí tenía a Acier con quien podía intercambiar ideas y opiniones, pero aquí, la princesa Juliana, a pesar de haber sido amable durante su paseo nocturno, estaba ocupada con sus deberes reales. Como heredera del trono, su agenda era mucho más apretada que la de Acier, lo que dejaba poco espacio para encuentros casuales o conversaciones informales.
Asta recibió noticias de que las conversaciones sobre la alianza finalmente comenzarían en un par de días, lo que le brindó un leve alivio. Sin embargo, hasta entonces, debía seguir lidiando con la falta de acción y la sensación de estar fuera de lugar.
Uno de los pocos momentos interesantes que tuvo durante su estancia fue cuando conoció a Sir Einslotte, el líder de los Caballeros Sagrados, la fuerza principal que protegía la Ciudad Santa. Einslotte era un hombre de edad madura, con cabello negro que siempre llevaba atado en una cola de caballo. Vestía una armadura plateada ligera, diseñada para ser práctica y elegante al mismo tiempo. Una capa blanca, sujetada por una imponente hombrera en su brazo derecho, le daba un aire majestuoso, y una especie de bufanda roja que caía por su espalda completaba su conjunto. Era evidente que el caballero tenía un porte digno y respetable.
Asta lo observó con interés cuando lo conoció por primera vez, reconociendo en el hombre una mezcla de severidad y honor que pocos caballeros podían mantener en equilibrio. El líder de los Caballeros Sagrados no era alguien que se dejara llevar por emociones o superficialidades; su mirada era siempre firme, y sus palabras, medidas.
A lo largo de sus breves interacciones, Asta empezó a respetarlo profundamente. Aunque Einslotte era serio, su código de honor resonaba con el propio sentido del deber de Asta. No se hablaban mucho, pero en las pocas ocasiones que lo hacían, había un entendimiento mutuo. Ambos sabían lo que significaba cargar con la responsabilidad de proteger una región, una ciudad, y, sobre todo, su gente.
En una de sus conversaciones, mientras caminaban juntos por los pasillos del palacio, Einslotte le dijo:
—He escuchado mucho sobre tus hazañas en Vorig, Sir Asta. Es admirable cómo has defendido tu tierra contra los demonios. Pero también sé que la guerra cobra su precio. ¿Cómo encuentras la calma en medio del caos? —preguntó con voz grave, pero genuina curiosidad.
Asta reflexionó un momento antes de responder:
—La calma no siempre es fácil de encontrar, Sir Einslotte. En el campo de batalla, me concentro en la tarea en cuestión, en proteger a mis compañeros y a los que no pueden defenderse. Fuera del combate... intento encontrar consuelo en las pequeñas cosas, aunque debo admitir que no es suficiente.
Einslotte asintió, comprendiendo. Era un hombre de pocas palabras, pero su seriedad daba a entender que valoraba las respuestas honestas. Había algo en la ciudad, en esa calma forzada, que le recordaba a Asta la importancia del movimiento, de la acción. No estar en en constante movimientos lo hacía sentir raro, pero entendía que el deber en la Ciudad Santa era igualmente vital.
—La Ciudad Santa es tranquila —comentó Einslotte mientras seguían caminando—, pero nunca hay que bajar la guardia. La paz es frágil, y aquellos que estamos encargados de protegerla debemos estar siempre preparados.
Asta asintió lentamente, interiorizando cada palabra de Sir Einslotte. La serenidad, la sabiduría y la disciplina de aquel hombre lo inspiraban profundamente. No era solo la fuerza física o la habilidad con la espada lo que lo hacía tan respetable, sino su capacidad para liderar con propósito, su sentido inquebrantable del deber y la paz que buscaba proteger. En muchos aspectos, Einslotte le recordaba a grandes figuras en su vida: su padre, Sir Fuegoleon, e incluso Lord Orden, pero con una nobleza tranquila que resonaba profundamente en Asta.
—Es reconfortante saber que hay líderes como usted, que no solo se enfocan en la fuerza, sino en la paz y en el deber que conlleva protegerla —dijo Asta, con una sonrisa sincera y admiración en su voz.
Einslotte lo miró de reojo, y aunque sus expresiones eran moderadas, Asta pudo percibir un atisbo de respeto brillando en sus ojos oscuros.
—La fuerza sin propósito es destructiva —respondió con calma Einslotte—. Un caballero no debe pelear solo por el combate. Debemos ser guardianes de la paz, no solo guerreros.
Aquella frase se quedó grabada en la mente de Asta mientras seguían caminando en un cómodo silencio. En ese momento, comprendió que, aunque la tranquilidad de la Ciudad Santa lo hacía sentir fuera de lugar, había algo valioso que aprender. Las batallas no solo se libraban con espadas y ejércitos; a veces, el verdadero desafío residía en mantener la paz y asegurar el bienestar de aquellos que confiaban en la fuerza de un caballero. Esta nueva visión reforzaba en él la importancia del liderazgo que ahora ostentaba.
Asta, como Lord Comandante de las fuerzas de Vorig, a menudo se encontraba en situaciones en las que tenía que tomar decisiones rápidas, y muchas veces esas decisiones estaban guiadas por la urgencia de proteger. Pero ahora, gracias a Einslotte, su comprensión sobre la responsabilidad de liderar se profundizaba. No era suficiente ser fuerte en combate; debía encontrar un equilibrio, liderar con claridad y propósito, siempre manteniendo la paz como su objetivo final.
Con cada día que pasaba, las lecciones que recibía de Einslotte comenzaban a hacer la espera por las negociaciones de la alianza más llevadera. Asta había llegado a la Ciudad Santa para asegurar un pacto, pero parecía que se estaba llevando algo aún más valioso: una comprensión más amplia de lo que significaba ser un verdadero caballero y líder.
Al final de su paseo, Einslotte se detuvo y miró a Asta directamente, con una intensidad serena que solo los grandes maestros del combate y la estrategia podían mostrar.
—Recuerda, Sir Asta —dijo en un tono solemne—, la paz no es la ausencia de conflicto. Es la capacidad de manejar los conflictos con sabiduría y moderación. Eso es lo que hace a un verdadero protector.
Asta inclinó la cabeza en señal de respeto, dejando que las palabras de Einslotte resonaran en su mente. Aquella lección sobre la paz no era nueva para él, pero venía cargada de una perspectiva diferente. Frieren, le había dicho algo similar en su breve viaje, aunque desde un ángulo más introspectivo, como alguien que le hablaba a una persona buscando un propósito. En cambio, Einslotte, como un líder, le hablaba a otro líder, dejando claro que el conflicto no siempre podía evitarse, pero sí podía manejarse con sabiduría.
Las palabras de ambos maestros parecían entrelazarse en su mente, dándole una nueva perspectiva sobre su papel no solo como guerrero, sino como protector de Vorig. Cada batalla que había librado, cada demonio derrotado, tenía un fin mayor que solo ganar la guerra: mantener la paz para aquellos a quienes amaba y protegía. Este pensamiento comenzó a calar hondo, dándole un nuevo propósito, uno más claro.
Con el paso de los días, Asta dejó de sentirse como un extraño en la Ciudad Santa. Aunque la rutina del lugar era mucho más tranquila de lo que estaba acostumbrado, la calma le permitió reflexionar sobre lo que realmente lo motivaba. Lejos del caos del campo de batalla, encontró un espacio para descubrir algo dentro de sí mismo que no había sido evidente antes: el deseo no solo de vencer, sino de mantener y pelear por la paz. Incluso si no hay una guerra, siempre abra algo que amenace esa paz.
Finalmente, un día antes de la tan esperada reunión con el monarca, Asta se encontraba vagando por los largos pasillos del palacio, perdido en sus pensamientos, cuando la princesa Juliana lo sorprendió con una inesperada invitación.
—Sir Asta —lo llamó desde atrás, su voz suave pero decidida—, ¿te gustaría acompañarme a un combate amistoso de espadas?
Asta se detuvo, claramente sorprendido por la oferta. No esperaba que la princesa heredera, con todas sus responsabilidades, le propusiera algo así. Dudó un momento, preguntándose si aceptarlo sería apropiado, pero al notar la confianza en los ojos de Juliana, decidió aceptar.
—Por supuesto, princesa —respondió, inclinando ligeramente la cabeza—. Será un honor.
Juliana sonrió con satisfacción y lo guió a uno de los salones de entrenamiento del palacio. Era una gran sala, con paredes de piedra y suelos de mármol pulido, ideal para el tipo de prácticas que había visto realizar a los caballeros y guardias dentro del palacio. En el centro había espadas de entrenamiento y una línea de maniquíes usados para practicar. El ambiente olía a madera y metal, impregnado del esfuerzo de incontables entrenamientos.
—Dame un momento, Sir Asta —dijo Juliana—, necesito cambiarme de ropa para algo más cómodo.
Mientras tanto, Asta se quedó esperando, observando el salón con interés. Aunque llevaba ropa sencilla, sabía que le serviría perfectamente para un entrenamiento de espada.
Finalmente, Juliana regresó, vestida con un atuendo mucho más práctico para el entrenamiento. Llevaba pantalones ajustados de cuero, botas y una camisa ligera que permitía libertad de movimiento. Su cabello, siempre perfectamente arreglado, ahora estaba recogido en una coleta alta. En lugar de la princesa que todos veían, ahora parecía una guerrera lista para la acción.
—Espero no haberte hecho esperar mucho, Sir Asta —dijo con una sonrisa juguetona mientras recogía una espada de práctica del arsenal cercano—. ¿Listo para probar tus habilidades?
Asta sonrió de vuelta, algo más relajado. No era un hombre que se sintiera incómodo ante un desafío, pero la idea de luchar contra la princesa lo había tomado por sorpresa.
—Siempre estoy listo, princesa —respondió, tomando una de las espadas de práctica, sintiendo su peso en las manos.
Juliana dio un par de pasos hacia el centro del salón y adoptó una postura defensiva. Su rostro había perdido el aire juguetón; ahora se veía concentrada y seria.
—No te contengas —dijo, con una chispa de desafío en sus ojos—. Quiero ver qué tan buena soy en comparación con el caballero asesino de demonios.
Asta levantó una ceja, impresionado por su valentía, pero también decidido a no tomarla a la ligera. Se acercó lentamente, adoptando una postura equilibrada, evaluando sus movimientos iniciales.
—Como desees —dijo mientras lanzaba el primer ataque, midiendo la velocidad y la reacción de Juliana.
Para su sorpresa, la princesa reaccionó rápidamente, bloqueando su golpe con una agilidad que no esperaba. Había fuerza detrás de sus movimientos, pero lo que realmente la destacaba era su técnica pulida.
—Interesante... —murmuró Asta para sí mismo mientras aumentaba el ritmo del combate, lanzando una serie de ataques que Juliana bloqueaba o esquivaba con destreza.
Juliana sonreía, mostrando que estaba disfrutando el combate, aunque también empezaba a sudar por el esfuerzo.
—No lo hace nada mal, princesa —dijo Asta, impresionado—. Ha entrenando mucho, ¿verdad?
Juliana, mientras lanzaba una estocada precisa que Asta desvió con facilidad, respondió entre respiraciones rápidas:
—Desde que era una niña. Mis responsabilidades... no me permiten ser solo una princesa de palacio. Necesito estar lista para defender a mi gente si llega el momento.
Asta sonrió ante esa revelación, sintiendo que podía entenderla un poco mejor. Los dos continuaron intercambiando golpes durante varios minutos más, hasta que finalmente, después de un intercambio particularmente intenso, ambos se detuvieron, respirando profundamente pero satisfechos.
—Tiene un espíritu combativo admirable, princesa —dijo Asta, bajando su espada en señal de respeto—. No esperaba menos de alguien de su estirpe.
Juliana también bajó su espada y se limpió el sudor de la frente con una pequeña sonrisa.
—Y usted, Sir Asta, no decepcionas —respondió ella—. Es un honor haber podido cruzar espadas contigo, aunque sea de forma amistosa.
Ambos se inclinaron ligeramente en señal de respeto mutuo.
Mientras descansaban después del combate, la puerta del salón de entrenamiento se abrió de golpe, y un caballero entró con paso decidido. Era un hombre alto, de cabello rubio largo adornado con plumas a un costado. Su armadura plateada estaba detallada con elegantes bordados azules, y un faldón gris con los mismos detalles caía hasta sus rodillas. En lugar de una espada, llevaba una lanza elegante en la espalda y un escudo en un lado, sostenido por una correa que rodeaba su peto acorazado.
Asta lo reconoció de inmediato; Sir Einslotte le había hablado de él. Era Sir Wayne, el capitán de la Guardia Santa que protegía al monarca.
—Princesa —saludó Sir Wayne, inclinándose con una sonrisa amable.
—Sir Wayne, ¿qué ocurre? —preguntó Juliana, limpiándose el sudor de la frente con una toalla.
—Su Santidad desea hablar con usted y con Sir Asta —informó Sir Wayne con respeto, mirando a Asta en reconocimiento.
—Bien, iremos en seguida —dijo Juliana, ya en movimiento.
Asta observó a la princesa, notando que no se detuvo para cambiarse de ropa. Ella se veía aún en sus ropas de entrenamiento, pero el asunto parecía urgente. Con un gesto de asentimiento, Asta y Juliana comenzaron a caminar, seguidos por Sir Wayne.
Al salir de la sala de entrenamiento, dos guardias con armaduras doradas se unieron a ellos para escoltar a la princesa. El grupo avanzó por los elegantes pasillos del palacio, y durante el trayecto, Asta aprovechó para entablar una breve conversación con Sir Wayne.
—Sir Wayne, me han hablado mucho de la Guardia Santa —comenzó Asta—. ¿Podría contarme más sobre su papel en la protección de la Ciudad Santa?
Wayne sonrió, claramente complacido de hablar sobre su deber.
—Por supuesto, Sir Asta. La Guardia Santa es responsable de la seguridad del monarca y de los obispos que le sirven. Nos encargamos de hacer cumplir los decretos santos en la ciudad y de protegerla de amenazas internas. También formamos parte del consejo de defensa, asegurando que todos los asuntos de seguridad sean tratados con la máxima seriedad...
La conversación entre los dos caballeros fue interrumpida abruptamente cuando Juliana y los dos guardias de escolta se detuvieron de golpe. Asta y Wayne hicieron lo mismo, mirando hacia el otro extremo del pasillo.
Allí, un encapuchado completamente cubierto con túnicas negras estaba de pie, inmóvil y silencioso. La presencia del hombre era inquietante, su apariencia contrastaba marcadamente con el esplendor del palacio. Aunque lo que mas llamo la atención fueron los cuernos que sobresalían de su capucha, haciendo que todos se tensaran levemente.
—¡Identifíquese! —ordenó uno de los guardias con firmeza, avanzando para ponerse delante de la princesa.
El encapuchado no se movió, y la tensión en el aire se hizo palpable. Los dos guardias restantes, junto con Wayne, se prepararon para actuar, sus miradas fijas en el misterioso individuo. Juliana, a pesar de la sorpresa, mantuvo su compostura, esperando la reacción del desconocido.
Asta, sin embargo, se tensó. Al ver al encapuchado, pudo sentir la ominosa presencia que emanaba de él. Era la misma oscuridad que había sentido antes; sus instintos le decían que este ser era uno de los dos demonios que había encontrado en su camino a la Ciudad Santa. Sus ojos se abrieron con alarma mientras su cuerpo se tensaba, pero al recordar que no llevaba ninguna arma consigo, su preocupación aumentó. No llevaba ni siquiera la espada de entrenamiento que había usado anteriormente.
—Es uno de los demonios que encontré en mi camino —dijo Asta, su voz firme pero cargada de tensión.
Wayne, al escuchar a Asta, se tensó aún más. Su mano se movió hacia su lanza, preparándose para la posibilidad de un enfrentamiento. Los guardias se colocaron en posiciones defensivas alrededor de Juliana, sus miradas fijas en el demonio.
El demonio encapuchado dio un paso hacia adelante, y con cada movimiento, la presencia oscura que emanaba de él parecía intensificarse. La atmósfera se volvió aún más pesada, y un susurro de maldad parecía envolver el pasillo.
—¡Aléjate de la princesa! —ordenó Wayne, su voz cargada de determinación mientras avanzaba con su lanza en mano.
—Por favor, no se interpongan en mi camino; ustedes no son mi objetivo —dijo el encapuchado con una voz fría y siniestra, levantando su mano en dirección a Wayne.
De repente, un potente golpe de viento arrojó a Wayne contra la princesa, el impacto lo hizo caer a un lado con fuerza. Asta, reaccionando rápidamente y se lanzó hacia adelante, agarrando a Juliana para evitar que colisionara con el caballero caído.
Los guardias desenfundaron sus espadas, avanzando con determinación, pero el demonio levantó su mano de nuevo.
—El es mi objetivo —dijo, apuntando un dedo hacia Asta.
Los guardias se quedaron inmóviles, dudando ante la amenaza. Asta, con el corazón acelerado, se preparó para lo que pudiera venir, su mente corriendo a mil por hora mientras observaba al encapuchado.
Juliana, recuperando su compostura a pesar del caos, gritó con determinación:
—¡Ataquen, ahora!
Los guardias, obedeciendo la orden, avanzaron con sus espadas desenvainadas hacia el encapuchado. Sin embargo, el demonio levantó la mano, y una violenta ráfaga de viento arremetió contra ellos. La fuerza del viento era tan poderosa que los guardias fueron lanzados por los aires, chocando contra las paredes y el suelo con gran estruendo.
Asta observó la escena con urgencia. Notando que uno de los guardias caídos aún tenía una espada, se abalanzó hacia él y tomó el arma. Sin perder tiempo, se lanzó al combate junto con Sir Wayne, quien se había reincorporado a pesar de la caída.
—¡Cuidado con el viento! —advirtió Asta mientras bloqueaba una ráfaga con la espada del guardia.
Ambos atacaron al demonio con precisión, pero el encapuchado parecía ser un adversario formidable. Sus movimientos eran rápidos y fluidos, y su magia de viento dificultaba los ataques directos.
Asta, con cada golpe que intercambiaba, sentía cómo la fuerza del viento lo empujaba hacia atrás. Finalmente, el demonio conjuró una serie de cortes de viento afilados como cuchillas que desgarraron el aire y alcanzaron a Wayne, quien cayó herido y tambaleante. Asta intentó protegerlo, pero fue golpeado por una ráfaga de viento y también se desplomó al suelo.
Con el terreno despejado, el demonio se acercó lentamente hacia ellos, su presencia ominosa se hacía más palpable con cada paso. Asta, con dificultad, se levantó mientras su anti-magia comenzaba a activarse en su interior. La fuerza de su poder se manifestaba como un aura negra que envolvía su espada.
—¡No te dejaré! —gritó Asta, levantando la espada con ambas manos mientras el aura negra se concentraba en el filo.
Con un rugido de esfuerzo, Asta cargó contra el demonio. Su espada brilló con un resplandor oscuro cuando descargó un potente ataque en forma de corte. El golpe se hundió en el demonio, y el impacto destrozó su túnica y capucha negra, revelando su forma, dejando al descubierto a un demonio alto. Su cabello negro y desordenado enmarcaba su rostro, el cual tenia ojos ámbar que brillaban con una intensidad fría. De su frente sobresalían un par de cuernos afilados.
El demonio, tambaleándose por el ataque, miró a Asta con una mezcla de sorpresa y desdén.
—Interesante... —murmuró el demonio, su voz resonando con un tono etéreo y perturbador.
Asta, con la espada aún resplandeciente de anti-magia, mantuvo la mirada fija en el demonio.
—¿Quién eres? —exigió Asta, su voz tensa.
—Me llamo Yuno —respondió el demonio, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto que parecía casi cortés—. He venido con un propósito, pero parece que me he encontrado con una resistencia inesperada.
Juliana, aún sorprendida pero recuperando la compostura, se acercó con cautela a Asta y Sir Wayne. El combate había dejado una serie de marcas y daños en el pasillo, pero la presencia de Yuno había disminuido, revelando su verdadera forma.
—¿Qué quieres aquí? —preguntó Juliana, su tono mezclado con preocupación y autoridad.
—Ya lo dije, vengo por él —dijo Yuno, señalando de nuevo a Asta con una intensidad implacable—. Vengo a probarte.
Asta, con el rostro tenso, observó al demonio con determinación.
—Antes eran dos. ¿Dónde está el otro? —preguntó, tratando de obtener más información.
Yuno lo miró con una expresión impasible, su voz fría y calculadora.
—Cumpliendo con el otro objetivo... Ahora debe estar con el rey que gobierna esta ciudad —dijo Yuno, haciendo que los ojos de Juliana se abrieran en shock.
—Padre... —susurró Juliana, el miedo evidente en su voz.
Asta, entendiendo la gravedad de la situación, intentó prepararse para el siguiente movimiento.
—Entonces acabaré rápido con... —comenzó a decir, pero antes de que pudiera terminar, sintió una presión abrumadora en su rostro. La mano de Yuno se había cerrado alrededor de su cara, inmovilizándolo con fuerza descomunal.
Sin previo aviso, Yuno lo empujó a través de las paredes del palacio. Asta sintió la resistencia del edificio y el dolor de los impactos, mientras el demonio lo arrojaba sin piedad. Finalmente, lo lanzó por los aires, dejándolo caer desde el palacio hacia las calles de la ciudad.
—¡Sir Asta! —gritó Juliana, horrorizada, al ver la velocidad devastadora con la que el demonio había actuado. En un parpadeo, Asta había desaparecido de su lado y, en el siguiente, estaba volando hacia el exterior.
Asta cayó pesadamente en medio de las calles, el suelo temblando bajo el impacto. Se levantó con dificultad, sintiendo el ardor en todo su cuerpo. Miró alrededor, viendo la ciudad en calma por un momento, ahora marcada por el caos que Yuno había desatado.
Con el corazón latiendo con fuerza, Asta se puso de pie, su mirada fija en el cielo donde el demonio volaba imponentemente sobre el. Sabía que tenía que actuar rápidamente para proteger a la ciudad y, sobre todo, a Juliana y al rey.
Desde el suelo, observó cómo las últimas luces del crepúsculo comenzaban a iluminar la ciudad, marcando el inicio de una batalla que no podía evitarse. El viento aún llevaba los ecos del enfrentamiento, y Asta sabía que debía prepararse para lo que estaba por venir.
En el palacio, Juliana, con la cara pálida, se volvió hacia Sir Wayne y los guardias restantes.
—Debemos alertar al rey y prepararnos para un posible ataque. —dijo con firmeza, a pesar del miedo en su voz—. Asta estaba justo en el lugar equivocado en el momento equivocado. Ahora, necesitamos asegurar la ciudad y proteger a todos.
Wayne, con una expresión grave pero decidida, asintió y se dirigió a cumplir las órdenes. Juliana, con una mezcla de preocupación y determinación, se preparó para liderar la defensa de la ciudad mientras el destino de todos pendía de un hilo.
Mientras tanto, en las calles, Asta se preparaba para enfrentar al demonio y cualquier amenaza que pudiera surgir, sabiendo que la batalla apenas comenzaba y que el futuro de la Ciudad Santa estaba en juego.
En la sala del trono, el monarca esperaba con paciencia la llegada de su hija y Sir Asta. A su lado estaban sus consejeros, inmersos en una conversación tranquila, y un poco más atrás se encontraban cinco caballeros de la Santa Guardia, listos para actuar en caso de ser necesario. Al frente, Sir Einslotte también esperaba, con la mirada fija en la puerta.
De repente, una presión oscura y abrumadora llenó la sala. Los consejeros cayeron al suelo, apenas capaces de respirar bajo la intensidad de la presión, mientras los caballeros se tensaban y se posicionaban protectores alrededor del monarca. La atmósfera se volvía densa y opresiva, y el rey, con dificultad, intentaba mantener la compostura.
A varios metros delante de ellos, de las sombras emergió una figura imponente. La figura se desdibujó en la penumbra antes de revelarse como un demonio. Su cabello negro, atado en una cola de caballo, y sus cuernos emergían con una presencia intimidante. Sus ojos estaban cerrados, y una sonrisa falsa se formó en sus labios. Su cuerpo estaba cubierto por una larga túnica negra que solo dejaba visible su rostro y su aire ominoso.
—¡¿Quién eres?! —exigió saber Sir Einslotte con voz autoritaria, sus ojos fijos en el intruso.
—Claramente soy un demonio —dijo el ser con una calma inquietante, dando un paso adelante—. Me llamo Nacht.
—¡Ataquen! —ordenó Einslotte con decisión, dando la señal para que los caballeros se lanzaran contra el demonio.
Sin embargo, antes de que los caballeros pudieran moverse, una enorme sombra se extendió desde los pies de Nacht. Al pisarla, los caballeros se encontraron inmovilizados, incapaces de moverse o reaccionar. La sombra se expandió, envolviéndolos en una prisión de oscuridad.
—Los humanos son tan ingenuos —comentó Nacht con desdén, mientras brazos hechos de sombras emergían de la oscuridad y golpeaban a los caballeros contra las paredes, dejándolos atrapados y heridos.
Nacht continuó avanzando con una calma perturbadora hacia el monarca. La presión en la sala del trono se hacía cada vez más densa, y los caballeros atrapados en las sombras luchaban en vano por liberarse. Los consejeros, temblando de miedo, permanecían en el suelo, incapaces de intervenir.
El monarca, sentado en su trono, miraba a Nacht con una mezcla de desafío y desesperación. Sus ojos, llenos de preocupación, se encontraron con la mirada implacable del demonio.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó el rey, su voz temblorosa pero firme.
Nacht se detuvo frente al trono, una sonrisa fría curvando sus labios.
—Estoy buscando un grimorio antiguo la de la antigua maga Flamme —dijo Nacht, su voz llena de malicia—. Un grimorio que contiene notas sobre Aureole. ¿Dónde lo tienen?
El monarca, visiblemente desconcertado, negó con la cabeza.
—No sé de qué estás hablando —respondió el rey, su voz llena de confusión y miedo.
Nacht frunció el ceño, su paciencia claramente agotada. Con un gesto rápido de su mano, las sombras a su alrededor se movieron violentamente, envolviendo al rey en una oscuridad opresiva. El monarca gritó de dolor mientras era arrastrado por las sombras hacia la biblioteca del palacio, donde se encontraban los pergaminos sagrados y los grimorios con textos antiguos.
En ese momento, Juliana, Sir Wayne y los dos guardias llegaron corriendo al salón del trono. Los caballeros, finalmente liberados de la prisión de sombras, se mantenían en pie apenas, visiblemente agotados y heridos. Sir Einslotte, a pesar de las heridas, estaba claramente enfocado en la situación.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó Juliana, su voz cargada de preocupación.
Sir Einslotte, usando su experiencia para evaluar la situación, observó el estado de la sala y dijo:
—Parece que han sido llevados a la biblioteca sagrada. ¡Rápido, debemos ir allí!
Juliana asintió con determinación, tomando la espada de uno de los caballeros heridos y se dirigió junto con Sir Wayne,Sir Einslotte y el resto de caballeros y guardias hacia la biblioteca sagrada.
Al llegar a la biblioteca sagrada, encontraron a Nacht de pie frente a una mesa, con el monarca en el suelo, temblando bajo la presión de las sombras que lo rodeaban. Nacht estaba concentrado en un grimorio antiguo, y la atmósfera estaba cargada de una tensión palpable.
Juliana y sus compañeros entraron de manera decidida en la biblioteca. La princesa, con la espada en mano, se preparó para defender a su padre. Sin embargo, Nacht, sin apartar la vista del grimorio, levantó una mano y de las sombras comenzaron a emerger criaturas demoníacas. Estos demonios, formados de pura oscuridad, se interpusieron entre Juliana y el monarca.
—¡No lo permitiré! —gritó Juliana, avanzando con la espada alzando contra las criaturas de sombras.
El resto de caballeros y guardias se unieron a ella rápidamente, enfrentando a los demonios y manteniéndolos ocupados. La batalla en la biblioteca sagrada se desató, y mientras los demonios de sombras se abalanzaban sobre los defensores, la princesa Juliana luchaba con valentía, su espada cortando las sombras que se cernían sobre ella.
Nacht, desde su posición, observaba el caos con una calma inquietante, sabiendo que su objetivo principal aún estaba al alcance.
Juliana cargó contra los demonios de sombras, su espada brillando al cortar el denso aire oscuro que envolvía la biblioteca. Las criaturas, aunque formadas de pura sombra, eran letales, con extremidades que parecían capaces de atravesar cualquier defensa. Sin embargo, la determinación de la princesa era inquebrantable. A su lado, Sir Wayne se movía con precisión, usando su lanza para derribar a los demonios que se acercaban demasiado. El resto de caballeros de igual forma trató de detener a los demonios, pero su numero era mucho menor y los estaban haciendo retroceder.
Nacht, sin mover un músculo, seguía examinando los textos antiguos, susurrando palabras en un idioma demoníaco mientras manipulaba las sombras a su alrededor para mantener a raya a los defensores.
—¡Princesa, debemos detenerlo antes de que encuentre lo que busca! —gritó Sir Einslotte, apenas logrando mantener a raya una de las sombras que intentaba atacarlo desde arriba.
—¡Lo sé! —respondió Juliana, con el sudor corriendo por su frente mientras atravesaba a otra de las criaturas. Los demonios eran cada vez más persistentes, pero ella sabía que el tiempo estaba en contra de ellos.
Mientras tanto, el monarca seguía en el suelo, atrapado por la magia de sombras que lo mantenía inmóvil. Su respiración era pesada, pero sus ojos estaban fijos en su hija, observando con una mezcla de preocupación y orgullo cómo luchaba por él.
—Esto es inútil —dijo Nacht finalmente, su voz resonando por toda la sala—. Ninguno de ustedes tiene la capacidad de detenerme.
Con un movimiento rápido de su mano, las sombras en la sala se arremolinaron, levantándose en una ola oscura que barría hacia Juliana y los demás. A pesar de sus esfuerzos por defenderse, Juliana fue lanzada hacia atrás, chocando contra una estantería de libros antiguos. Todos los caballeros y guardias también sufrieron la misma suerte, siendo arrojados al suelo por la poderosa magia de Nacht.
Juliana, jadeando por el golpe, levantó la vista para ver cómo Nacht extendía una mano hacia el monarca, sus sombras envolviéndolo aún más.
—Es tu última oportunidad, rey —dijo el demonio, su tono frío y amenazante—. Dime dónde está el grimorio de Flamme, o tus días en este trono habrán terminado.
—¡Déjalo en paz! —gritó Juliana, poniéndose de pie tambaleante, con la espada aún firme en su mano.
Nacht soltó una risa suave, como si las palabras de la princesa no tuvieran ningún peso.
—Tu coraje es admirable, princesa. Pero no es suficiente.
De repente, una ráfaga de energía oscura envolvió el cuerpo de Nacht, y las sombras en la sala comenzaron a retorcerse violentamente, formándose en figuras aún más temibles. Esta vez, los demonios eran más grandes, con ojos resplandecientes y colmillos afilados que sobresalían de sus bocas.
Juliana sabía que la situación era desesperada. Con Sir Wayne y Sir Einslotte heridos, y los guardias luchando por mantenerse en pie, solo ella quedaba para proteger a su padre. Pero antes de que pudiera avanzar de nuevo, una explosión resonó en la sala.
El techo de la biblioteca se derrumbó, y entre los escombros apareció Yuno, aterrizando suavemente gracias a su magia de viento. Una nube de polvo se levantó a su alrededor, oscureciendo la escena por un momento.
—¿Ya terminaste? —preguntó Nacht, deteniendo brevemente el avance de sus sombras.
—Sí —respondió Yuno, sin emoción alguna, mientras arrojaba el cuerpo inconsciente y herido de Asta hacia Juliana.
Juliana miró con horror cómo el cuerpo de Asta cayó pesadamente frente a ella. A pesar de las graves heridas, aún respiraba, pero su estado era crítico.
—Fue una decepción —continuó Yuno, mirando al caballero derrotado con indiferencia.
Minutos antes.
Asta se movía con rapidez, saltando a los tejados mientras esquivaba los ataques de viento de Yuno. Sentía la presión de la magia cortante alrededor de él, cada ráfaga un recordatorio del poder descomunal de su oponente.
Apretando la empuñadura de su espada, Asta bloqueó un ataque mientras Yuno envolvía su mano en viento afilado como una cuchilla. En un movimiento ágil y calculado, el demonio lo pateó con fuerza en el pecho, enviándolo volando a gran velocidad hacia una casa cercana, que cedió bajo el impacto de su cuerpo.
Asta jadeó de dolor al sentir la sangre correr por su rostro. No tuvo tiempo de recuperarse cuando, de repente, el viento de Yuno lo envolvió y lo elevó, atravesando el techo de la casa. Antes de que pudiera reaccionar, fue arrojado con brutal fuerza hacia las calles de la ciudad.
Yuno apareció de nuevo, rápido como un rayo, y lo tomó del rostro, arrojándolo contra el suelo empedrado. La brutalidad del golpe resonó en el aire.
—Patético —dijo Yuno, observando al caballero caído. Sin embargo, notó que Asta seguía aferrado a su espada, lo que le arrancó una pequeña dosis de respeto.
Asta jadeaba, intentando levantarse, mientras la sangre continuaba escurriéndose de sus heridas. El dolor era casi insoportable, pero su determinación permanecía firme.
—Aún... no me rindo —pronunció con dificultad, poniéndose de pie lentamente.
—¿Por qué no usas ese extraño poder otra vez? —preguntó Yuno, intrigado, refiriéndose a la anti-magia—. ¿Acaso solo puedes utilizarlo por un tiempo limitado?
Asta no respondió, manteniéndose en silencio, lo que pareció aburrir a Yuno.
—Como sea... —añadió con indiferencia.
Extendiendo sus brazos, Yuno hizo que el viento comenzara a arremolinarse alrededor de Asta. La presión aumentaba con cada segundo.
—Este ataque equivale a ser cortado por mil espadas —dijo con frialdad, observando cómo Asta gritaba de dolor bajo el ataque. Finalmente, el caballero cayó al suelo, derrotado.
—Patético —repitió Yuno, pero antes de darse la vuelta, escuchó algo que lo detuvo en seco.
—Aún no... —murmuró Asta.
Yuno lo miró, sorprendido.
—Aún no me rindo —dijo Asta, poniéndose de pie una vez más, aunque tambaleándose. Con un último grito, cargó hacia Yuno con su espada apuntada directamente a su enemigo.
El demonio solo suspiró, envolviendo su mano nuevamente en viento cortante. Cuando Asta estuvo a su alcance, Yuno cortó la espada de Asta por la mitad con facilidad y, en un solo movimiento, lo hirió profundamente en el pecho.
Asta, agotado y herido, no pudo hacer nada más. Su cuerpo finalmente cedió y cayó al suelo, incapaz de continuar la batalla.
Actualidad.
La princesa, con el corazón latiendo desbocado, se arrodilló junto a Asta, intentando evaluar el alcance de sus heridas. Su horror y rabia crecían al ver al caballero derrotado de esa manera.
—¿Por qué haces esto? —gritó Juliana, levantando la vista hacia Yuno y Nacht—. ¿Qué buscan en realidad?
Nacht esbozó una pequeña sonrisa fría, sus sombras comenzando a moverse de nuevo.
—Todo tiene su propósito, princesa. Y hoy es solo el comienzo.
Nacht continuó revolviendo la biblioteca con sus sombras, inspeccionando los antiguos pergaminos y grimorios sagrados mientras el rey, arrodillado, temblaba en su impotencia. El monarca, a pesar de la presión aplastante, no revelaba información sobre el grimorio de Flamme que Nacht buscaba. Cada pregunta del demonio se encontraba con silencio o confusión.
—No sé de qué me hablas —dijo el rey una vez más, su voz apenas audible, cargada de agotamiento y temor.
Nacht, impaciente y frustrado por la falta de resultados, se giró lentamente hacia el monarca. La atmósfera se volvió aún más pesada. Juliana, aún de pie junto al cuerpo de Asta, sintió una punzada de terror al ver cómo el demonio lo miraba con fría indiferencia.
—He sido paciente. Pero tu ignorancia me resulta tediosa —dijo Nacht, su voz gélida mientras las sombras alrededor de sus pies comenzaban a agitarse violentamente.
—¡Por favor, no! —rogó Juliana, dando un paso hacia adelante, desesperada por salvar a su padre. Pero sus palabras no alcanzaron al demonio y las sombras nuevamente se interpusieron entre ellos.
Con un movimiento de su mano, las sombras de Nacht se lanzaron hacia el rey, envolviéndolo como serpientes, levantándolo en el aire. Los gritos del monarca resonaron en la biblioteca mientras las sombras se apretaban más y más, alzándolo del suelo. El rey luchaba por respirar, sus ojos desorbitados y llenos de terror.
—No... —murmuró Asta desde el suelo, apenas consciente, sus ojos entrecerrados observando la escena con horror. Quiso levantarse, quiso luchar, pero su cuerpo no le respondía.
Juliana gritó mientras las sombras de Nacht apretaban el cuello de su padre con un estruendo sordo. Un último suspiro escapó de los labios del rey antes de que su cuerpo quedara inerte y cayera al suelo en un ruido sordo. El rey había muerto, ahorcado por las sombras del demonio.
El silencio que siguió fue desgarrador.
—Un desperdicio de tiempo —murmuró Nacht mientras sus sombras soltaban el cuerpo sin vida del rey. Con un gesto despreocupado, las sombras que habían contenido a los caballeros y protegido a los demonios se disiparon lentamente.
Yuno observó la escena en silencio, sin inmutarse por la muerte del rey. Ambos demonios, ahora satisfechos con su destrucción pero molestos por no cumplir su objetivo principal, comenzaron a desvanecerse en sombras, desapareciendo como si nunca hubieran estado allí.
Juliana, temblando, cayó de rodillas junto al cuerpo de su padre. Las lágrimas caían libremente de sus ojos mientras lo abrazaba, sin poder contener el dolor que la atravesaba. La escena de devastación a su alrededor era casi irreal, pero el vacío en su pecho era innegable.
El silencio que siguió a la partida de Nacht y Yuno era insoportable, como si la vida misma hubiera sido arrancada del palacio. La biblioteca, una vez sagrada, ahora estaba en ruinas, y el cuerpo sin vida del rey yacía en los brazos de su hija Juliana, cuyos sollozos suaves resonaban en la vasta sala.
Asta miraba la escena con los ojos entrecerrados, su respiración entrecortada y su cuerpo pesando como si estuviera hecho de plomo. Cada músculo dolía, sus heridas palpitaban cada vez que respiraba, pero lo que más lo consumía era la impotencia. Quiso moverse, levantar su espada, gritar, hacer algo. Sin embargo, no pudo más que mirar cómo el cuerpo sin vida del rey caía al suelo, mientras Juliana sollozaba a su lado, aferrada a su padre.
El eco del sonido de la caída del rey aún resonaba en su mente, y la imagen de Juliana llorando era como una daga en su corazón. Quiso protegerlos, a ella, al monarca, a la ciudad... pero todo se había derrumbado frente a sus ojos. Los demonios habían venido, habían traído muerte y caos, y él, Asta, había sido incapaz de detenerlos.
Apretó los dientes con rabia, sintiendo cómo sus fuerzas lo abandonaban lentamente. Su vista comenzaba a nublarse mientras sus pensamientos se sumergían en la desesperación.
El peso de sus errores y su debilidad lo aplastaba. Quiso seguir luchando, pero su cuerpo no le respondía. Sus manos temblaban mientras intentaba moverse, sin éxito. Las sombras que habían traído muerte y destrucción ya se desvanecían, dejando solo el vacío.
Asta dejó escapar un susurro apenas audible.
—Perdón... Juliana... no pude...
Sus palabras se desvanecieron en el aire, al igual que su consciencia. La oscuridad lo envolvió lentamente, llevándolo hacia un profundo y abrumador silencio. Mientras caía inconsciente, su última imagen fue la de Juliana llorando junto al cuerpo de su padre, con la promesa rota de un caballero que no pudo salvarlos.
El mundo se volvió negro, y Asta fue consumido por la oscuridad.
La luz que alguna vez brilló en la Ciudad Santa se había apagado en ese momento.
Asta cayó en la oscuridad, su mente sumergida en un torbellino de caos y sombras. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que perdió la consciencia, pero pronto comenzó a sentir algo. Una sensación extraña, como si no estuviera solo dentro de su propia mente.
De repente, todo cambió. Estaba en el campo de batalla, pero no como él lo recordaba. Su cuerpo no respondía como antes, su visión era diferente. Era más alto, más fuerte, y su espada... no era suya. Al mirar a su lado, vio a un hombre que reconoció al instante. Himmel. El héroe de las leyendas. Asta lo había visto en estatuas y retratos, pero ahora lo veía en carne y hueso, luchando a su lado.
La batalla era feroz, pero él y Himmel luchaban como una unidad perfecta, enfrentándose a una horda interminable de demonios. Asta, o quienquiera que fuera en ese momento, podía sentir la energía pura fluyendo por sus venas mientras cortaba a través de las criaturas oscuras con una maestría que no era suya. Himmel, a su lado, lideraba la carga con su espada brillante, rodeado de una luz que parecía destellar con cada movimiento.
El sudor corría por su rostro, y el calor de la batalla era casi sofocante. Podía escuchar el rugido de los demonios, sentir el peso de la espada en su mano, y ver cómo la tierra bajo sus pies temblaba. Pero la pelea continuaba, sin descanso, sin tregua.
—¡No te detengas! —gritó Himmel, su voz fuerte y decidida mientras se lanzaba hacia la próxima ola de demonios.
Asta, sin poder controlar sus movimientos, lo siguió, luchando junto a él, aunque en el fondo sabía que no era él quien empuñaba esa espada.
Pero tan pronto como comenzó a sentirse cómodo en este cuerpo ajeno, la escena cambió de nuevo.
Ahora, Asta veía a través de otros ojos, muy distintos. Ya no estaba luchando por salvar vidas, sino por destruirlas. Era un demonio. No solo cualquier demonio, sino un ser poderoso y terrible. Avanzaba lentamente por una ciudad en ruinas, el suelo bajo sus pies hecho cenizas y escombros. Alrededor de él, otros demonios se inclinaban en reverencia, con expresiones de puro respeto y miedo.
—Mi señor... —dijo uno de los demonios, arrodillado ante él—. Rey Demonio... hemos destruido la ciudad tal como lo ordenó.
La voz del demonio resonó como un eco lejano en su mente, y Asta sintió una extraña mezcla de orgullo y desdén. Sus pasos eran firmes, su presencia imponente. La ciudad, que alguna vez debió haber sido grandiosa, estaba reducida a ruinas, y los gritos de los pocos sobrevivientes resonaban a lo lejos.
—Rey Demonio...— pensó Asta, aturdido. Pero estos pensamientos no eran suyos. Eran de aquel ser al que estaba conectado, un ser de puro odio y poder.
Mientras avanzaba entre las ruinas, los demonios a su alrededor lo seguían. Sentía la oscuridad y la maldad que emanaba de su propio ser, el poder absoluto que controlaba, y el miedo que infundía en quienes se atrevieran a enfrentarlo.
Una ola de náuseas lo invadió, y por un breve instante, Asta trató de luchar contra la visión, contra ese abrumador poder que no le pertenecía. Pero fue inútil. Estaba atrapado en la mente de este ser, obligado a presenciar la devastación que causaba.
—Rey Demonio... —murmuró uno de los demonios nuevamente—. Esta ciudad ha caído. Solo queda una más antes de que estas regiones le pertenezcan por completo.
Asta quería gritar, detener todo lo que estaba viendo, pero no podía. Estaba atrapado en un ciclo de poder y destrucción, y la impotencia lo consumía por dentro.
Todo lo que podía hacer era observar mientras la figura del Rey Demonio continuaba avanzando, dejando una estela de oscuridad y muerte a su paso.
Asta sintió el peso abrumador de la responsabilidad y la oscuridad. Las imágenes lo llenaban de terror y asombro, hasta que, de repente, todo se desvaneció de nuevo.
El silencio regresó, y Asta fue devuelto a la oscuridad profunda de su propia mente.
Fin del capitulo
Espero les halla gustado.
¿Cuánto le dan del 0 al 10?
Si les gustó los invito a que le den una estrellita o comenten, también los invito a seguirme.
Si quieren aportar alguna idea, solo escríbanla en los comentarios.
Sin más que decir, adiós.
