Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "The Pucking Wrong Number" de C.R Jane, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo Once

Bella

Mi celular sonó y me estremecí al ver quién era.

—Bella, cariño —ronroneó mi jefa. Mierda, ya sabía para qué me llamaba. Clarice era la jefa de la empresa de catering en la que trabajaba, y la única vez que se dignaba a hablar conmigo era cuando necesitaba empleados.

Y ya había trabajado todas las noches de esta semana.

—Hola Clarice, ¿qué necesitas? —pregunté, asumiendo mi voz profesional.

—Sólo necesito un pequeño, pequeño favor de ti, querida...

—¿De acuerdo?

—Nos llamaron en el último minuto para cubrir una fiesta elegante en el centro. Al parecer, la otra empresa no tenía opciones veganas adecuadas, así que ya sabes que es una de esas fiestas. Se necesitará el doble de personal que de costumbre para cubrirla, y estoy corta. ¿Puedes echar una mano? —Lo planteaba como una pregunta, pero conocía a Clarice lo suficiente como para oír la advertencia en su voz. Si no decía que sí, dejaría de trabajar para ella.

—Por supuesto. Puedo estar en el centro en una hora —respondí, sintiendo que iba a echarme a llorar de lo jodidamente cansada que estaba.

—Que sean cuarenta minutos, por favor —me espetó, antes de decirme la dirección como si me estuviera haciendo un favor.

Clarice colgó sin despedirse. Suspiré y salté de la cama, con el peso del día sobre los hombros.

Ya estamos otra vez...


Cuarenta minutos más tarde, había llegado al centro de la ciudad, teniendo que utilizar mis preciados fondos para coger un taxi, ya que no había autobuses que pudieran llevarme allí a tiempo.

Subí las escaleras de la entrada trasera del hotel y me encontré con la escena familiar de una cocina llena de un torbellino de actividad, con cocineros gritando y sartenes repiqueteando. Cada vez era una cocina diferente, pero siempre se percibía el aroma de la carne chamuscada mezclado con el de las hierbas frescas y las especias, lo que creaba un delicioso aroma que permanecía en el aire. A pesar del caos, había un método para la locura, con cada uno de los chefs de la empresa trabajando en perfecta sincronía para crear obras maestras culinarias que volvían locos a los invitados. Era una sinfonía de talento culinario, una danza coreografiada de ollas y sartenes que resultaba fascinante.

Al menos lo sería si no lo hubiera visto un millón de malditas veces.

Sonreí cuando vi que también habían llamado a Jake. Era mi compañero favorito del equipo. Jake era un gran ligón que, de alguna manera, conseguía no incomodarte nunca. Era una de esas personas con las que podría haberme visto siendo amiga, o incluso saliendo, si alguna vez me permitía algo así.

Sin embargo, mirándolo ahora, no parecía tan guapo como de costumbre.

Culpé a los estúpidos abdominales de Edward.

—¿También te ha traído aquí esta noche? —me preguntó, mirándome con aprecio.

—No quiero hablar de ello —gemí exasperada.

Asintió con la cabeza.

—No puedo decir que me enfade —murmuró con un guiño. Nos atamos los delantales de color violeta sobre nuestras ridículas camisas blancas y organizamos las bandejas.

—Chica, esta debe ser una buena fiesta. Hicieron los pasteles de cangrejo con costra de ajo —dijo Jake apreciativamente. Asentí con la cabeza, sin importarme lo elegante que fuera la fiesta. Sólo esperaba que quedaran algunas sobras que pudiéramos llevarnos a casa para poder aplazar la compra de comestibles, también conocida como compra de ramen, un par de días más.

Un zumbido en mi bolsillo trasero me hizo coger el teléfono. Era Edward.

Edward: Ojalá estuvieras aquí.

Mis mejillas se sonrojaron al leer esas cuatro palabras y no pude evitar sonreír para mis adentros. Fue como si un rayo de electricidad me recorriera, dándome un calor que no podía negar. Era una sensación de excitación, de anticipación, de esperanza. Y justo así, mi sonrisa se atenuó.

Porque sabía que me estaba enamorando de él.

Y sabía que me arrepentiría.

Debería conocerlo en persona. Acabar de una vez. Averiguar de una vez por todas si era un completo bicho raro, y si necesitaba perder algo que se había vuelto tan extrañamente importante para mí.

Clarice entró a toda prisa en la cocina, vestida con un glamuroso vestido negro hasta el suelo, con la frente llena de estrés.

—¿Qué hacen todos ahí parados? —gritó—. Están llegando los invitados. Salgan.

Yo cogí los pasteles de cangrejo y Jake cogió un par de pasteles de gorgonzola rellenos de pera, que suenan raros, pero tienen un sabor delicioso.

—Allá vamos —me lanzó con un guiño antes de dirigirnos a un glamuroso salón de baile.

No solían impresionarme las cosas lujosas, «las visitas ricas» de mi madre me habían curado de eso cuando era joven, pero se me hizo un nudo en la garganta al contemplar el reluciente entorno. Los suelos de mármol brillaban como el cristal, reflejando las relucientes lámparas de araña. En la sala se oía música y charlas, y en el aire flotaba el aroma de perfumes y colonias caros.

Mientras caminaba entre la multitud con mi bandeja de comida, me vi rodeada por un mar de trajes de diseño y esmóquines. Yo no estaba muy al tanto de los famosos, pero me di cuenta de que los asistentes eran de los grandes, de la élite adinerada. El ambiente era electrizante y no pude evitar sentirme... completamente fuera de lugar.

Las mesas estaban cubiertas con mantelería blanca, adornadas con imponentes arreglos florales y centros de mesa relucientes. Otros miembros del personal flotaban por la sala, ofreciendo bandejas con elaborados aperitivos y bebidas. El champán corría a raudales y los invitados eran todo sonrisas y carcajadas.

Mientras me adentraba en el salón de baile, divisé el escenario donde se estaba preparando una banda. Cuando una mujer rió histéricamente cerca de mí, ya borracha a pesar de que el evento acababa de empezar... me pregunté. ¿Cómo era no tener que preocuparse por mantener un techo? O de ir al supermercado y comprar lo que se te antojara... aunque ninguna de esas personas compraría para sí misma.

Estaba siendo un poco crítica, pero no podía dejar de pensar en ello.

—Ooh, ¿eso son pasteles de cangrejo? —me llamó una voz grave desde detrás de mí. Me di la vuelta y me ruboricé al ver al guapísimo hombre que tenía delante. Era alto, por lo menos 1,90 m, con el cabello castaño oscuro alborotado y unos penetrantes ojos mieles que miraban perezosamente mi cuerpo. Llevaba un esmoquin muy entallado que ponía de manifiesto su corpulencia. Un tatuaje asomaba por su cuello rígido.

Había una chispa en sus ojos, casi como si me reconociera, pero desapareció.

—Esta bien, ahora estoy deseando haber cometido el error yo—murmuró, su mirada se clavó en mi cara.

—¿Perdón?

Sacudió la cabeza, como si estuviera saliendo de una ensoñación, y alargó la mano para coger un pastel de cangrejo.

—Delicioso —ronroneó después de darle un mordisco... pero tuve la clara impresión de que hablaba de algo más que de pasteles de cangrejo.

—¿Disfrutando de la fiesta? —me preguntó, ladeando la cabeza, sin dejar de estudiarme de esa forma suya tan desconcertante.

—Esto parece una pregunta trampa.

Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que provocó miradas de admiración. No podía culparles; era una buena carcajada.

—Touché. —Extendió la mano—. Enzo —dijo, presentándose.

Me acerqué tímidamente y miré furtivamente a mi alrededor porque me parecía una especie de trampa. De vez en cuando se me habían insinuado hombres en esas fiestas, pero nunca me habían presentado así.

—Bella —murmuré.

Asintió, como si hubiera esperado que yo dijera eso. Eso fue raro.

—Bueno, disfruta de la noche, Bella. Tengo la sensación de que será para recordar. —Volvió a sonreír, como si supiera un secreto que yo ignoraba. Se inclinó hacia mí, sus labios rozaron mi mejilla, haciendo que mi estómago diera un millón de vueltas, y luego se marchó sin decir ni una palabra más.

Me quedé allí, boquiabierta, mirándole fijamente.

—Estoy a punto de tener un orgasmo —susurró Jake al aparecer a mi lado. Resoplé y enarqué una ceja.

—¿Qué? ¿Tus wontons de queso sólo lo hacen por ti?

—¿Sabes siquiera con quién estabas hablando?

—Umm, ¿creo que dijo que su nombre era Enzo?

—Enzo Berkshire. Defensor estrella de Dallas. Ha ganado el premio al mejor defensa cada año desde que empezó. Él es quien organiza este evento. Recaudar dinero para los niños pobres es lo suyo.

—Oh —murmuré, mi mirada se desvió hacia donde él estaba coqueteando con una mujer cuyos pechos eran cada uno más grande que su cabeza. Parecía una arpía.

Jake suspiró con falsa exasperación, acostumbrado al hecho de que yo vivía bajo una roca y no tenía ni idea de quiénes eran la mayoría de los famosos.

—Apuesto a que nos darán una buena propina al final de esta noche. Esto es como el evento del año en esta ciudad. Creo que acabo de ver a Ryan Reynolds.

Mis ojos se abrieron de par en par, porque sabía quién era. Me había «enamorado» de su mujer.

—¿Dijiste que esto era para una organización benéfica de jóvenes desfavorecidos? —pregunté, mirando las mesas con lo que yo creía que eran auténticos platos de oro. El dinero habría llegado mucho más lejos si todo el mundo hubiera donado directamente a la organización benéfica en lugar de malgastarlo en todo esto, pero supongo que así era como siempre ocurrían estas cosas. O al menos todos los eventos en los que nuestra empresa parecía ayudar.

Antes de que Jake pudiera responder, le llamó una mujer de aspecto vagamente familiar envuelta en un precioso vestido amarillo brillante, que le hizo un gesto para que le trajera la bandeja que Jake tenía en la mano.


Pasaron treinta minutos más y ya me estaba arrastrando. Las mujeres eran presumidas y me habían tocado el culo más veces de las que podía contar. Teniendo en cuenta la clientela que había aquí, me sentía más como si estuviera sirviendo en una taberna y no en un elegante acto benéfico. Me iba a salir un moratón de lo fuerte que me había pellizcado el último tipo.

La gente pensaba que era de débiles que las mujeres se dejaran hacer estas cosas, pero no debían de estar desesperadas nunca. No tenía intención de volver a dormir en un banco del parque, así que mientras nada fuera demasiado lejos... podía soportarlo.

De repente se oyeron gritos y chillidos fuera, muchos más que los que había cosechado cualquier otro invitado. Miré hacia la entrada y un millón de flashes asaltaron mi vista, como si los paparazzi apostados fuera hubieran decidido usar fuegos artificiales en lugar de sus cámaras.

Estaba a punto de darme la vuelta para volver a la cocina a por otra bandeja, sin importarme especialmente quién entraba, sólo deseando que la noche terminara... cuando entró él.

Joder.

El hombre de pie en la entrada, no podía apartar la mirada.

Alto. Dominante.

Precioso.

Un dios dorado al que los demás estábamos destinados a adorar.

Mis ojos no sabían dónde enfocar.

Su esmoquin entallado abrazaba sus anchos hombros y su esbelta figura en todos los lugares adecuados.

Pero fueron su cabello oscuro y sus ojos verdes los que realmente captaron mi atención, brillando como rayos de sol en un mar de oscuridad. Cada paso que daba era como una sinfonía que atraía la atención de todos los presentes. Mis mejillas se sonrojaban de sólo mirarle.

Su presencia era tan magnética que la gente acudía a él como polillas a la llama. Y no era sólo su impresionante atractivo y su innegable encanto, que se podía detectar a quince metros de distancia, lo que te atrapaba; había algo más profundo, algo crudo e intangible, que acechaba justo bajo la superficie.

No pude evitar preguntarme qué habría detrás de ese rostro perfecto, qué secretos escondería, qué cicatrices llevaría.

Era el tipo de hombre que podía cambiar tu vida en un instante, que podía hacerte sentir viva de formas que nunca creíste posibles. Pero también era la clase de hombre que te rompería el corazón sin siquiera intentarlo, dejándote destrozada y sola. Y mientras le veía caminar entre la multitud, por primera vez desde que mamá me había dado aquella advertencia... hacía tanto tiempo... deseé tener la oportunidad de sufrir aquel desengaño y seguir el camino que un hombre así me llevaría.

Su cabello negro caía en suaves ondas alrededor de su rostro, enmarcando sus apuestos rasgos y haciendo aún más llamativos sus ojos verdes. Cada vez que le caía un mechón en la cara, lo apartaba con un gesto despreocupado, rozándose la frente con los dedos de una forma que me hacía palpitar el corazón. La forma en que su cabello captaba la luz, cayendo en cascada por sus rasgos de una forma hipnótica e hipnotizadora. Me entraron ganas de estirar la mano y pasar los dedos por su cabello, de sentir su textura sedosa contra mi piel.

Obviamente, eso era imposible, así que me contenté con ver cómo se movía, cómo su cabello se movía y bailaba con cada paso que daba.

—Que me follennn —una voz balbuceó detrás de mí, y entonces me azotaron en el culo.

Mi bandeja vacía cae al suelo con estrépito y el sonido se abre paso por encima de la música y el bullicio de la multitud.

Me quedé estupefacta, con lo que parecía un millón de ojos mirándome, juzgándome.

—Recoge eso, idiota —chasqueó la voz de Clarice, y me volví para ver que estaba allí de pie, con cara de furia.

Me iban a despedir, todo por culpa de un imbécil... que en ese momento se estaba riendo a mis espaldas, totalmente inconsciente de la carnicería que había creado.

Me agaché para recoger la bandeja.

Y de repente allí estaba.

El dios dorado.

Casi se me sale el corazón del pecho. Me estaba observando, con una mirada llena de algo parecido a la conmoción, pero no tenía la menor idea de por qué.

De cerca, su belleza era aún más abrumadora. Nunca había visto a nadie tan escandalosamente... masculino en mi vida. Llenaba el aire a mi alrededor.

¿Hacía calor aquí? Rápidamente desvié la mirada hacia la bandeja que ambos teníamos encima. Podía estar en peligro de sufrir un infarto con lo rápido que me latía el corazón de repente ante su proximidad.

—Deja que te lo recoja —murmuró... con una voz muy familiar.

Me quedé aturdida mientras me levantaba sin la bandeja, con la mirada fija en el guapísimo hombre que tenía delante, asimilando su confianza, su carisma, su... todo.

Edward.

Mi desconocido.

—Oh, Sr. Cullen. No necesita coger eso. Mi empleada estaba a punto de cogerlo. Siento mucho las molestias. Le prometo que se ocupará de ella. —La voz de Clarice flotaba a nuestro alrededor, nerviosa y molesta, pero era como si estuviéramos atrapados en nuestra pequeña burbuja, los dos solos.

Su mirada recorrió lentamente mi rostro, como si estuviera memorizando cada rasgo. Me peiné apresuradamente y mis mejillas se encendieron aún más al pensar en mi aspecto en aquel momento. Mi uniforme era lo menos favorecedor que había visto nunca. Clarice no se molestaba en elegir las tallas exactas, así que la camisa blanca abotonada me quedaba demasiado ajustada, los botones se me estiraban sobre el pecho, y los pantalones negros eran al menos una talla más grande, sujetos por un abultado cinturón negro.

Estaba segura de que mi cabello era un desastre. Había estado corriendo de un lado a otro desde que había llegado.

Y allí estaba. Parecía más que un sueño. Porque era tan perfecto que nadie podría haberlo soñado.

Decepción. Eso es lo que sentía. Porque aparentemente había caído más fuerte de lo que pensaba. Si hubiera sido un tipo normal... aunque un tipo con el cabello caliente y abdominales... tal vez habría habido una oportunidad... para algo.

En lugar de eso, tenía que ser un jugador de la NHL el dios de oro... probablemente una estrella, porque un tipo así lo sería.

Le había hablado de mis dos trabajos, y de asistir a un colegio comunitario... y todo el tiempo había sido... esto. Una celebridad. Mis mejillas ardían de vergüenza. No existíamos en el mismo planeta. Ni siquiera existíamos en el mismo universo.

Y después de hoy, ahora que me había conocido cara a cara, no querría tener nada que ver conmigo.

Y una vez más... estaría sola.

—¡Bella! —espetó Clarice, sacándome del estupor en el que había caído. Era una tortura apartar mi mirada de la suya, como si fuera una especie de droga que ya se hubiera metido bajo mi piel—. ¡Suelta al Sr. Cullen, ahora mismo!

Sorprendida, miré fijamente mi mano, que de algún modo había acabado en su antebrazo, aferrándola como si estuviera desesperada por mantenerlo a mi lado.

En serio... ¿podría empeorar este día? Solté el agarre, pero antes de que pudiera apartarme del todo, me cogió la mano y sintió los cálidos callos de su palma como un ancla para la tormenta que me asolaba por dentro.

—Tengo que hablar con Bella unos minutos —dijo Edward, con aquella carraspera sexy que sonaba aún mejor en persona que por teléfono.

Seguía mirándome fijamente, y creo que no había apartado la vista desde que llegó hasta aquí, con su mirada ardiente calentándome las entrañas bajo las gruesas pestañas.

—Bueno... . —Clarice empezó a objetar.

Rebuscó un momento en el bolsillo y prácticamente le arrojó lo que parecían ser unos cuantos billetes de cien dólares. Ella los agarró con sus huesudas manos y se marchó furiosa. Estaba segura de que oiría hablar de esto más tarde. Probablemente me despedirían por ello, de hecho.

Pero no me importaba.

—Ven conmigo —me ordenó, y como si fuera una marioneta, le seguí con impaciencia hacia una salida. Era vagamente consciente de todas las miradas que se estrellaban contra mi espalda, pero me perdí en la bruma lavanda de lo que fuera que estuviera ocurriendo en ese momento.


Edward

Le envié otro mensaje a Bella mientras la limusina me llevaba al acto de recaudación de fondos de Enzo. No había contestado a los tres que ya le había enviado, pero esperaba tener noticias suyas pronto.

Cuando éste también quedó sin leer, tiré el teléfono sobre el asiento de cuero y me senté con un suspiro, pasándome las manos por el cabello con ansiedad. Mi aplicación no funcionaba, algún tipo de error que la empresa estaba intentando solucionar. Así que no tenía forma de saber dónde estaba esta noche... de averiguar por qué no me contestaba.

Deseé haber pasado ya al siguiente paso con ella. Era como un conejo asustado, lista para huir en cualquier momento. Nunca había llevado a una cita a este evento, no quería distraerme con una insípida conejita en la gran noche de Enzo. pero me ponía enfermo la idea de que no estuviera a mi lado.

Cada vez que había intentado abordar el tema de quedar por mensaje de texto y en una llamada... ella había desviado rápidamente la conversación, evitándola claramente.

La limusina dobló la esquina y gruñí al ver a todos los paparazzi reunidos frente a la entrada. Supongo que estaría ciego durante la primera parte de la noche, ya que había suficientes fotógrafos reunidos allí como para iluminar todo Dallas.

Al menos fue por una buena causa.

Conocía a Enzo desde hacía mucho tiempo y nunca me había hablado de su infancia. Basándome en lo apasionado que era con esta obra benéfica y en algunas otras cosas que había dicho a lo largo de los años, había deducido que no era buena. Sin embargo, no le presioné demasiado al respecto. Sabía muy bien que algunos secretos es mejor guardarlos hasta la tumba.

Frustrado por la oscura dirección que habían tomado mis pensamientos (otra vez) miré el celular una vez más y me bajé de la limusina, esbozando una sonrisa de plástico mientras caminaba por la alfombra roja que habían colocado delante de la entrada. Había fans detrás de los fotógrafos y gritaban mi nombre tan alto que estaba segura de que perdería la audición.

Les saludé con la mano, agradecido por la seguridad alineada. Me encantaban mis fans, pero esta noche no estaba de humor para locuras.

Cuando entré, el aire era diferente: eléctrico, prometedor. Observé a la multitud de famosos, tratando de ver qué era diferente.

—Elegantemente tarde, como siempre —dijo Enzo mientras se acercaba y me daba una palmada en el hombro.

—Llego como quince minutos tarde —dije.

Se limitó a sonreírme.

—¿Por qué me miras así?

—No te estoy mirando de ninguna manera —respondió.

—Okey... —Miré alrededor de la habitación—. Menuda gente tienes aquí. ¿Alguna nueva incorporación a la lista?

Su sonrisa se amplió. Espeluznantemente, si era sincero.

—Oh, hay un par de adiciones inesperadas.

—¿Colados? ¿Cómo pasaron la seguridad? —Este evento tenía más seguridad que Fort Knox. Enzo se había asegurado de ello después de que el primer año un grupo de mujeres que hacían striptease invadieran el evento, aparentemente intentando impresionar al público con sus... activos.

—No son exactamente colados—tarareó, con la misma sonrisa extraña en la cara. Antes de que pudiera decir nada más, se alejó—. Tengo que ir a mezclarme. Nos vemos en la mesa dentro de un rato —me dijo por encima del hombro antes de desaparecer entre la multitud.

Se oyó un estruendo cerca y me volví hacia él, sólo para ver...

A ella.

Bella.

Me quedé un momento en estado de shock, con un poco de pánico, como si tuviera que salir corriendo. Pero no, era la oportunidad de forzar una reunión sorpresa.

Me abrí paso hacia donde ella estaba agachada para coger una bandeja caída, desesperado por llegar a ella antes que nadie.

Me arrodillé para coger la bandeja... y entonces ella me miró. Y el mundo entero se congeló.

Por supuesto, la había visto todos los días, pero estar tan cerca de ella...

El efecto fue vertiginoso.

Ella era impecable, todos mis deseos en un paquete perfecto.

De cerca, pude ver que tenía una ligera mancha de pecas que salpicaba su nariz y sus mejillas, y sus impresionantes ojos cafés, me miraban fijamente, con los ojos muy abiertos y asombrados.

Sus labios eran escandalosamente carnosos y rosados, la forma que las mujeres de esta sala se gastaban miles en intentar conseguir, sin acercarse nunca a la turgencia perfecta que me llamaba. Mi polla estaba en alerta máxima, solo de mirarlos.

Eres mía gruñó algo dentro de mí. La habitación parecía estar a cien grados. Estaba hambriento y desesperado, necesitándola con cada célula de mi cuerpo.

Era tan... bonita.

—Deja que la recoja —le dije, y vi cuando se dio cuenta... de que me conocía. Había una miríada de emociones complicadas flotando en su mirada, y yo quería conocer cada una de ellas.

Se enderezó, parecía un poco inestable al hacerlo. Cogí la bandeja y la seguí... porque no tenía elección. La necesitaba.

—Oh, Sr. Cullen. No necesita recoger eso. Mi empleada estaba a punto de hacerlo, siento mucho las molestias, le prometo que se ocupará de ella. —Una voz chillona asaltó mis tímpanos, pero la ignoré por un momento. Necesitaba mirarla más, porque sabía que nunca me saciaría.

Fuera cual fuera el uniforme que llevaba, era horrible... y, sin embargo, hizo volar a todas las personas pulidas y relucientes de esta sala con él.

Un bonito rubor se apoderó de sus mejillas, y yo estaba desesperado por saber qué lo había provocado.

¿Se sentía atraída por mí? ¿Le decepcionaba que yo fuera su chico misterioso? Era increíble cómo esta chica podía hacerme un millón de nudos de dudas sobre mí mismo, cuando nunca antes había experimentado algo así.

—¡Bella! —volvió a gruñir la voz, y fulminé con la mirada a la ofendida, sintiendo un poco de rabia de que se atreviera a hablarle así a mi chica—. ¡Suelta al Sr. Cullen, ahora mismo!

Mirando hacia abajo, vi que se había agarrado a mí, y la oleada de posesividad que me agarró por las pelotas en ese momento...

Intentó moverse, pero inmediatamente le agarré la mano, desesperado por mantener su contacto.

Desesperado.

La palabra se repetía en mi cabeza; era la única forma de describir el fervor que latía como un redoble de tambor en mi alma desde el segundo en que vi su foto.

—Necesito hablar con Bella unos minutos —le dije, incapaz de mirar a otra parte que no fueran sus preciosas facciones.

—Bueno... —empezó la arpía...

Le arrojé algunos billetes, sin importarme en absoluto cuánto acababa de darle. Necesitaba más. Más tiempo. Más todo...

—Ven conmigo —le pedí, aunque fue más bien una orden, porque no estaba seguro de poder soportar que intentara dejarme ahora mismo. Y eso no sería bueno para mis planes si veía lo loco que estaba por ella.

Ya…