Fue una suerte que ocurriera en las vacaciones escolares, porque estaban en su casa de Cokeworth, en la que había línea telefónica muggle.

— ¿Señor Black? soy la agente Smith, de la comisaría de Godrics Hollow.

Sintió como, de nuevo, el suelo se abría a sus pies.

— Soy yo, dígame —consiguió articular por fin.

— Hemos detenido hace un par de horas al señor Potter.

— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó con voz ronca, ahorrándose el "esta vez", la policía tras el teléfono era una veterana de estas llamadas desde que su ahijado se había independizado y marchado a vivir solo a la casa de sus padres.

— Embriaguez y escándalo público. Quiso pelearse en la taberna. Por suerte esta vez no hay daños a la propiedad, el sargento O'Brian dice que lo ha traído para que duerma la mona. El juez ya ha recibido el expediente, por la mañana podrá abonar la multa y recogerlo.

— Estaré ahí temprano. Gracias, agente.

— Que pase una buena noche, señor.

— Igualmente.

Colgó el teléfono y se dejó caer hacia atrás en la butaca, frotándose la cara. ¿Cómo se había convertido en rutina hablar con la agente Smith?

Le había hecho tan feliz ser el padrino de Harry. Había visto con asombro crecer a ese niño durante el año de encierro de sus padres, a pesar de todo lo que ocurría fuera de esa casa, del miedo y la preocupación, la casa de los Potter había sido un refugio maravilloso hasta aquella fatídica noche en la que los había perdido a los tres.

Sí, la guerra había terminado, la vida empezaba realmente, pero sin Harry porque la justicia muggle decidió que el niño debía ir con la hermana de su madre, que era el familiar más cercano, por muy padrino que él fuera. Y la maldita Petunia había dejado muy claro desde el primer día que nunca sería bienvenidos ni la magia ni él en la vida de su ahijado.

Se refugió en construir una nueva vida. Dejó los aurores, sin James ese sueño de ser parte de los buenos ya no tenía sentido, y aceptó el puesto de profesor de DCAO en Hogwarts, ahora ya libre de maldiciones. Y allí, al amparo de los muros del que consideraba realmente el hogar de su niñez, se reencontró con quien le había hecho temblar las rodillas por primera vez.

Habían sido enemigos, en una maraña de celos por Lily, por Regulus, por la brillantez del uno y la popularidad del otro, pero los adultos agotados que se reencontraron en la primera reunión de profesores, ambos novatos recién llegados, habían encontrado el uno en el otro el refugio necesario para curar muchas heridas. Y cuando el ministerio de magia decidió, cuatro años después, que era estúpido que dos magos no pudieran casarse, fueron los primeros en acudir a pedir la licencia de matrimonio.

Se apartó las manos de la cara para contemplar la alianza que llevaba en el dedo desde hacía casi quince años. Le debía a Severus una vida de estabilidad, alejado de las dementes tendencias Black, y de sorprendente amor, porque debajo de toda su frialdad, su marido lo había amado y cuidado desde la primera noche que se enredaron en las sábanas de su habitación de profesor tras una discusión estúpida sobre quidditch.

Una vida que se había tambaleado un mes de septiembre cuando se sentó emocionado a la mesa de profesores porque por fin su ahijado entraría en Hogwarts. Sabía que había costado entregarle su carta, que los Dursley habían cumplido con su amenaza de mantenerlo alejado de la magia, pero no estaba realmente preparado para ver al pequeño niño al que el sombrero mandó a Gryffindor. Ni a la falta de reconocimiento en sus ojos cuando el niño repasó con los ojos la mesa de profesores tras reunirse con sus compañeros de casa.

Pronto quedó claro que la segunda amenaza también se había cumplido, Harry no sabía quién era él. A pesar de que Petunia se lo había dejado muy claro, realmente dolía saber que su ahijado no le reconocía, aunque según Hagrid no era solo él, el chico no sabía nada de sus padres tampoco.

Fue entonces cuando Severus volvió a sorprenderle. Aun sabiendo cuanto lo amaba su marido, le pilló por sorpresa la propuesta de luchar por la custodia de nuevo, esta vez en el Wizengamot, donde pesaría positivamente su matrimonio y el prestigio que les aportaba a ambos sus puestos de maestro. Y así fue, el tribunal mágico se escandalizó al saber que el hijo de los Potter, los héroes que se habían sacrificado para destruir a Voldemort, había sido criado de espaldas a la magia.

A los trece años Harry estaba por fin a su cargo. Lo que no esperaba era que desde el principio el muchacho les declarara la guerra a ambos, especialmente a Severus. Habían lidiado con una adolescencia en la que Sirius había maldecido muchas veces la genética gamberra de James. Y la rebeldía y el descaro que parecían ser los rasgos más notables del carácter del muchacho.

Tras la escuela los problemas comenzaron a ser más serios. Fiestas, conducir coches muggles y estrellarse con ellos, no ir a clase para pasar días bebiendo o drogándose… había perdido la cuenta de las veces en esos dos años en los que le habían llamado de una comisaría o del cuartel de aurores.


Suspiró, delante de la comisaría de Godric 's Hollow. Había pasado la noche en vela, añorando el apoyo de Severus, que estaba en un congreso de pocionistas en Dublín, porque cada vez era más difícil lidiar con la actitud de Harry. Cogió aire y subió los escalones arrastrando los pies.

— Señor Black —le saludó el sargento O'Brian desde el mostrador, ya vestido de paisano para irse a su casa tras el turno de noche.

— Sargento —lo saludó a su vez con una inclinación de cabeza—. ¿Ya puedo llevármelo?

— El agente Scott —Señaló con el pulgar sobre el hombro— le dará los papeles que debe firmar antes de abonar la multa.

Asintió. El veterano policía rodeó el mostrador para acercarse a él y hablarle en voz baja.

— Señor Black, su chico está en barrena. He visto esto antes y es cuestión de tiempo que haga algo irremediable. Un mal puñetazo en una pelea de borrachos puede matar a un hombre, o puede herirse de gravedad o a otra persona si vuelve a coger el coche tal y como estaba ayer. Es muy joven para esto, señor, necesita que alguien lo pare.

— Créame que lo intento, sargento.

El hombre solo miró por última vez hacia el fondo de la gran habitación despejada que era la oficina principal de la comisaría. En una de las mesas, un policía joven rellenaba papeles y sentado frente a él, esposado, estaba Harry, con aspecto de tener una resaca espantosa y un ojo morado.

El sargento le palmeó brevemente el hombro antes de salir y Sirius se quedó allí, mirando a ese chico, preguntándose si era culpa suya, si toda esa ira autodestructiva era por él.

No hablaron mientras Sirius firmaba los papeles y pagaba la multa. De hecho Harry se negó a reconocer su presencia, con la mirada obstinadamente clavada en sus manos esposadas. Tampoco mientras lo sacaba de comisaría sujetándolo por un codo o lo llevaba al punto de aparición más cercano para aparecerse en su casa.

Eso sí, cuando se aparecieron en el salón, se desembarazó de él y avanzó hacia el pasillo, todavía sin mirarle ni hablarle.

— Ahí quieto. ¿No vamos a hablar de esto? Es la tercera vez que te saco de ese calabozo solo en este año.

— Te haré una transferencia —respondió desdeñoso—. Voy a darme una ducha y a dormir.

Sirius avanzó hacia él en unas pocas zancadas y lo agarró por la muñeca para darle la vuelta y que le mirara de frente.

— ¿Qué cojones estás haciendo, Harry?

— ¿Y a ti qué te importa? —le retó, con la barbilla alta y los ojos como rendijas de furioso esmeralda.

— ¿Disculpa? claro que me importa, tú me importas.

— Claro —Hizo ademán de soltarse, pero la mano de Sirius se apretó en su muñeca hasta sacarle una mueca.

— ¿Cómo puedes dudar que te queremos y nos preocupamos por ti, Harry? Hemos tratado de ser tus padres todos estos años.

— ¡Pero no lo sois! No sois mis padres. ¿Crees que me salvaste con trece? bájate de tu pedestal, Sirius, no eres el héroe que salvó al niño.

Dolido, Sirius lo soltó y el joven furioso se alejó un par de pasos, pasándose la mano por el cabello.

— Nunca he pretendido ser un héroe, Harry —atinó por fin a decirle con voz ronca—. Solo he querido cuidar de ti.

— ¿En serio? —Le afrontó con ojos llenos de ira— ¿Y dónde estuviste los doce años que viví con los Dursley? Afróntalo, padrino, no me querías, no hiciste nada por sacarme de allí. Nunca viniste a verme. No tienes idea de cómo fue. No intentes ser mi padre ahora porque no lo eres, no lo has sido nunca. Necesitabas un reto y me llevaste contigo, ¿es eso?, ¿te aburría tu vida matrimonial? No me extraña, con ese amargado.

— Cállate —le exigió, perdiendo los nervios también y sacudiéndolo por los hombros.

— ¡No me da la gana! ¿Crees que eso funciona conmigo? Crecí así, Sirius, encogido y muerto de miedo y de hambre. No sabes ni has querido saber nunca cómo eran ellos conmigo. Podría hablarte por horas de las palizas, los días sin comer encerrado en un armario. Mira, —Se levantó las mangas de la camisa y se las enseñó, frenético— todas las quemaduras en mis manos y mis brazos por cocinar para ellos comida que no me dejaban probar. Era menos que una mierda en esa casa y es culpa tuya —la voz se le rompió un poco y parpadeó para deshacerse de las inoportunas lágrimas—, dejaste que me llevaran. No luchaste por mí hasta que le dolió a tu ego que yo no supiera quién eras. Vete a la mierda y déjame en paz, no te necesito, no necesito un padre.

Pero en lugar de alejarse y dejarle en paz, Sirius se acercó, con los ojos llorosos también, y lo estrechó entre sus brazos.

— Harry…

— No me toques —le siseó, intentando alejarse, pero el abrazo no cedió.

— Oh, Merlín, Harry. Lo siento, tienes razón, lo siento —siguió llorando Sirius.

— Te he dicho que no me toques —gritó esta vez, tratando de hacer palanca contra su pecho.

Con ojos incrédulos, Sirius le permitió separarse un poco, pero sin acabar de soltarlo, y miró hacia abajo para estar seguro de que lo que había sentido contra su propia entrepierna no era fruto de su imaginación.

— Qué cojones —susurró, porque no cabía duda de que su ahijado se había excitado por el abrazo, mucho.

— Apártate de mi Sirius. —A la tercera sí consiguió liberarse, pero porque su padrino estaba congelado— No soy un crío, puedo excitarme si me da la gana con quien me dé la gana. No eres mi padre.

— Tienes razón, no lo soy —murmuró, incapaz de mirarlo a la cara con las mejillas ardiendo bajo la barba.

— Me voy a mi casa.

No lo detuvo en ese momento porque su cerebro estaba realmente out , necesitó unos minutos para reiniciar lo suficiente como para darse cuenta de que efectivamente, Harry se había marchado. Pero aún no pensaba con claridad cuando se dirigió al flu. Ni el incómodo viaje le despejó lo suficiente como para poder afrontar la imagen que se encontró.

Desde el salón siguió el sonido de los sollozos hasta el baño de la planta baja. Al abrir la puerta se encontró a Harry sentado medio vestido dentro de la ducha encendida, masturbándose desesperado con su nombre en los labios.

La maldición que se escapó de sus labios le delató. Harry detuvo el furioso movimiento y se giró hacia él con los ojos muy abiertos, expuesto por primera vez en mucho tiempo.

— Sirius…

Y volvió a masturbarse pero más despacio, mirándole, con los ojos llenos de lágrimas sin derramar. A Sirius se le removió el cuerpo entero.

— Sirius, Sirius, Sirius —murmuró en una retahíla interminable.

Tomó una toalla y se acercó. Cerró el grifo evitando mirar a su ahijado, que seguía murmurando su nombre entre los húmedos sonidos de la piel friccionada.

— Por favor, Sirius —le rogó mientras le ponía la toalla sobre los hombros y lo guiaba fuera de la ducha.

— ¿Qué, Harry, qué? —Cedió por fin, sujetándolo por los hombros con fuerza— ¿Qué quieres de mí?

— Fóllame. Por favor, por favor, por favor.

Las súplicas y las lágrimas, eso fue seguramente lo que activó el deseo, el de cuidar, el de darle a su chico todo lo que necesitara, porque Harry jamás había hecho ninguna de esas cosas. La cordura no estaba presente en ese momento cuando se puso de pie para cogerlo de la mano y apoyarlo contra el lavabo, de espaldas a él, para abrazarlo con fuerza.

Pero eso no detuvo a Harry. Cada súplica, cada por favor, cada sollozo entre los sonidos húmedos de la masturbación lo encendieron lo suficiente como para desconectar del todo la conciencia y bajarle los pantalones a tirones.

— Sirius… —gimió largo, con la piel de todo el cuerpo erizada cuando murmuró un hechizo y llevó los dedos a su entrada —por favor, por favor, dámelo por favor.

Los ruegos se cortaron cuando entró en él de golpe. Lo vio en el espejo, el rostro juvenil lleno de gozo. Él estaba haciendo eso, poniendo ese placer en la cara siempre huraña. Empujó de nuevo y otra vez, sin perderlo de vista. No supo si duró horas o apenas unos minutos, era un trance en el que solo podía pensar en hacerlo sentir bien, consolarlo, cuidarlo. Hasta que con un grito Harry se corrió, mostrándole el gesto de placer más increíble que había visto nunca, y apretándole a él tan fuerte que le siguió con un suspiro.

Fue el silencio, o la inmovilidad, o que su cerebro volvió a funcionar cuando la sangre retornó a fluir por allí, el caso es que levantó la mirada que tenía fija en el hombro Harry y lo miró a través del espejo. El rostro de Harry era en ese momento el de un joven enamorado, lo miraba con una intensidad que de repente le hizo darse cuenta de lo que había hecho.

El horror llenó su cara, lo vio en el espejo, y Harry también, porque lo empujó con el codo hasta sacarlo de él y apartarse.

— Yo… —balbuceó, subiéndose los pantalones de cualquier manera— no sé qué me ha pasado. Lo siento, Harry, oh dios.

Se giró hacia el wc y vomitó, tanto que pensó que se le saldría el alma negra por la boca. Y cuando se incorporó de nuevo, Harry había salido del baño.