EL CAMINO A SEGUIR
Al final de la clase, Iruka se sentó sobre su escritorio y les pidió que leyeran, uno a uno, lo que habían escrito en el papel. Las respuestas de los estudiantes iban desde las más realistas — "quiero ser un ninja médico, como mi padre"— a sueños descabellados sobre ser el más fuerte, el más rico, o el más famoso de todos los shinobis. La mayoría de las veces, lo escrito encajaba mejor en la primera categoría que en la segunda, quizá porque a esa edad, ya eran lo suficientemente mayores como para moderar un poco sus expectativas de futuro. O a lo mejor es que hablar de tus sueños siempre es un tanto vergonzoso:
— Seré un ninja normal, supongo — respondió Shikamaru, el heredero de los Nara, un clan con el poder de controlar las sombras—, tendré misiones normales y haré cosas como las de todo el mundo. No lo sé. Pensar sobre el futuro es un fastidio.
El resto de la clase echó a reír; incluso Iruka amagó con una sonrisa. Así era Shikamaru, el joven menos motivado de toda la aldea. Era curioso que siendo quien era, nunca se comportase como el heredero de nadie, ni tampoco mostrase el deseo de poseer nada en particular. A él le bastaba con que le dejasen en paz; con mirar las nubes tirado en la hierba y olvidarse de los deberes un día más, aunque todos supieran que si decidiera ponerse a ello, sacaría las mejores notas de la clase. Ya hacía algún tiempo que Iruka no le daba demasiada importancia a su actitud. Era verdad que sólo se esforzaba lo justo, y que no hacía nada por iniciativa propia, pero un chico con semejante intelecto tenía el futuro asegurado. Tan solo necesitaba tomárselo en serio algún día.
— ¿Y por qué no te pones una meta más alta, Shikamaru? — Aún así, Iruka quiso presionar un poco al chico, por si acaso sucedía algún milagro—. Ya te he dicho muchas veces que si te lo propones, podrías llegar muy lejos, como tu padre. ¿No te gustaría convertirte en alguien imporante en esta aldea?
— Paso — le respondió él—, eso sí que sería un fastidio. Eh, ¿qué pasa? — Los demás volvieron a reírse y Shikamaru, apoyando la cara en la palma de la mano, les dedicó una mirada aburrida—. Al menos yo sé que conseguiré lo que quiero.
Después de él, le tocó a Choji Akimichi, que se sentaba a su lado. No en vano habían sido amigos durante toda la vida; los Nara y los Akimichi eran clanes casi hermanos, aunque su modus operandi distara mucho de parecerse. Si los Nara tendían a ser gente intelectual, con técnicas elaboradas pensadas para el espionaje y el combate a distancia, los Akimichi conformaban la mayor parte del músculo de Konoha. Capaces de modificar el tamaño y el peso de sus cuerpos a traves del consumo constante —y en algunos casos, como el de Choji, excesivo— de calorías, sus miembros hacían gala de una fuerza física temible a la que pocos podían igualar. Como su amigo, Choji también era un chico tranquilo, aunque para el alivio de Iruka, él sí que tenía un sueño:
— Pues a mí me gustaría dominar todas las técnicas de mi clan — dijo, ocultando su bolsa de patatas fritas por debajo de la mesa (aunque todos sabían que estaba ahí)—; quiero llegar a ser un jonin, como mi padre, y poder incluso con las misiones más difíciles.
— Quieres ayudar a la aldea, ¡muy bien, Choji! — Por fin alguien le daba una respuesta decente. Iruka aplaudió suavemente antes de seguir—: ¿Veis lo que os digo? ¡Eso sí que es un buen objetivo!
— ¿En serio le has dicho eso? — Le dijo Shikamaru por lo bajo, acercando la cara a su amigo— ¿Para qué quieres meterte en misiones peligrosas? — A lo que el otro se encogió de hombros.
— Pagan bien. Así podré cenar barbacoa cuando quiera — respondió, con una risita.
Los turnos iban pasando de uno en uno, con respuestas de lo más variopintas. Sakura Haruno, una chica con el cabello de color rosa y una frente considerable, respondió que quería convertirse en una gran kunoichi, como Tsunade Senju, la Sannin legendaria. Y aunque ella no pertenecía a un clan tan importante ni tan antiguo como los Senju — de hecho, el apellido Haruno no le sonaba a nadie—, esta vez no hubo ninguna risa. Sakura era un poco impertinente, y a veces incluso intratable, pero también era una de las alumnas más aplicadas de toda la clase. No había razón para pensar que no llegaría lejos; eso sí, cuando Kiba Inuzuka respondió que quería ser el próximo Hokage, la clase entera estalló en carcajadas.
— ¿Pero qué os pasa? ¡El que tenga un problema que me lo diga fuera! ¡Idiotas! ¡Sois todos unos idiotas! — Pero cuanto más protestaba Kiba, más gracia les hacía a los demás. El carácter típico de los Inuzuka, el clan domador de perros, estaba muy presente en él: resultaba fácil sacarle de quicio y eso era, a su vez, la mar de divertido para sus compañeros.
Al final, Iruka logró poner orden en el aula, gracias, en parte, a un buen grito que nadie se esperaba. Luego de dar un discurso más o menos logrado sobre la importancia de ser Hokage y la responsabilidad que ello conlleva, la clase siguió adelante. Un par de chicos respondieron lo mismo, que querían ser los más fuertes de todos los ninjas, y volvió a haber risas. Shino Aburame, que apenas hablaba y nunca se quitaba sus gafas de sol, sorprendió a todos diciendo que quería ser profesor en la Academia. A Iruka esto le pareció lo más, y perdió bastante tiempo hablando de su trabajo y lo importante que era formar a las siguientes generaciones. Alguien tuvo que recordarle que la clase se acabaría pronto; Iruka tosió sobre su puño cerrado, algo ruborizado, y les ordenó continuar.
Sólo quedaban unos cuantos por responder. Una chica a la que nadie prestaba mucha atención anunció, orgullosa, que algún día sería Anbu, los ninjas enmascarados que conformaban la élite de la élite de la Hoja. Después le tocó a Sasuke Uchiha. Él era un caso especial donde los hubiera: su clan, antaño uno de los más importantes ya no sólo de la Hoja, sino de todo el Mundo Ninja, había sido exterminado unos años antes... por una sola persona. La tragedia sacudió a todo el País del Fuego, y ya no digamos a Konoha. Hubo un enorme revuelo, se levantaron protestas, los clanes se acusaban entre ellos, culpaban al Consejo de Ancianos por no verlo venir, al Hokage por no saber impedirlo... Pero como sucede a menudo, los ánimos acabaron por calmarse, y cuando la rabia se deshizo, todo lo que quedó en su lugar fue una profunda pena por las almas perdidas, y la compasión —la tristeza— de ver a un niño perder, de un plumazo, a toda su familia.
Pero Sasuke no sucumbió a la tragedia. Era cierto que desde entonces se había vuelto taciturno, y un tanto antipático, pero, ¿quién podía culparle? Ya era bastante con que siguiera adelante. Y vaya que si lo hizo, convirtiéndose en uno de los alumnos más adelantados de la Academia, hasta el punto que en varias ocasiones se le propuso para una graduación temprana. Pero parecía ser que éstas nunca salieron adelante —Iruka tenía, aunque nunca dijo nada, sus sospechas de por qué— y Sasuke siguió el curso natural de la Academia, superando pruebas para las que ya estaba sobradamente preparado. Su talento para el ninjutsu, sumado a su actitud distante —y, por qué no, a su apariencia física— le volvieron el chico más popular de la clase entre las chicas. Lo que le granjeó algún que otro problema con los otros chicos, a los que tanto talento les fastidiaba un poco. No ayudaba que en el último año, Sasuke estuviera desarrollando una suerte de chulería que antes no poseía y que no hizo más que incrementar su popularidad... y las miradas asesinas de sus compañeros.
— Yo voy a ser fuerte — dijo, con la cara medio oculta tras sus manos entrelazadas— eso es todo.
Hubo algunas miradas encandiladas. Algunos ojos se pusieron en blanco. Y todos se fijaron que la siguiente en responder, Ino Yamanaka, estaba sonrojada, pero la conocían lo suficiente para no buscarle las cosquillas. Ella quería —y eso dijo— continuar la labor de su padre a la hora de desarrollar las técnicas de invasión mental de los Yamanaka...
— Y también me gustaría tener una floristería — añadió, sus mejillas como tomates todavía.
A Naruto le tocó responder el último. Con el paso de los años, sus compañeros de clase se habían acostumbrado a él. Ya no era como al principio, cuando los niños —algunos de los cuales ahora estaban en esa misma aula— estuvieron encantados de recordarle lo solo que estaba, y lo mal que todo el mundo hablaba de él. Algunas veces las burlas llegaban a tal extremo que Naruto estallaba y entonces acababa en algún despacho con la mano dolorida y otro niño llorando al lado. Entonces los profesores se encargaban de recordarle lo conflictivo y lo mal encarado que era; más de una vez, el mismo niño que antes lloraba luego le dedicaba miradas burlonas, de reojo, cuando el profesor no miraba. Pese a todo, ningún profesor mostró interés en ayudarle cuando era él el objeto de las burlas, o incluso de los golpes, así que Naruto tomó la decisión de empezar a pegar primero y lamentarse después. El resultado —y tras una docena de reprimendas en despachos varios— fue que las burlas cesaron, las peleas se acabaron, y la relación de Naruto con sus compañeros se convirtió en una de conveniente indiferencia.
Es posible que algunas conversaciones estratégicas de Iruka con los alumnos en cuestión tuvieran algo que ver, también. Un día, incluso, se montó un buen revuelo en la sala de profesores cuando Iruka se decidió a pronunciarse sobre el tema; a día de hoy sigue siendo la única mancha en su expediente. Pero hay cosas que valen más que una agresión menor, como por ejemplo una conciencia tranquila, y después de ese episodio, la de Iruka es un mar en calma.
— Te toca, Naruto. ¿Qué escribiste tú?
La curiosidad del profesor era sincera. El joven se sentía responsable por el futuro de Naruto, de una manera que era más profunda de lo habitual. ¿Puede ser que sintiera lástima de él, o era que, pese a todo, le había cogido aprecio a aquel niño? ¿O quizá el sentimiento tenía que ver, más bien, con la culpabilidad? Porque Iruka, que había perdido a sus padres durante el ataque del Nueve Colas, también había sido injusto con Naruto al principio. En ese entonces, sólo lo veía como el recipiente de la criatura que había cambiado por completo su vida, dejándole huérfano... Le llevó muchos meses convencerse a sí mismo de que Naruto, después de todo, no era más que otra víctima de lo sucedido; que, como él mismo, el chico también lo perdió todo por culpa del Kyubi. La diferencia entre ellos dos era que Iruka no tenía que cargar con el asesino de su familia dentro de su cuerpo. Este pensamiento fue el que le permitió ver a Naruto con otros ojos; el que le hace posible que ahora, al verle reflexionar sobre su futuro, se sienta genuinamente interesado por la respuesta:
— Yo quiero... — Empezó el chico, el papel firmemento cogido entre las manos. Pero luego, tras una pausa, se corrigió—: no —dijo, sus ojos brillando de convicción— ¡Yo voy a ser el próximo Hokage!
Pero mientras lo decía sonó la campana del recreo, y enseguida los demás recogieron sus cosas y se marcharon, charlando animadamente entre ellos. Sólo dos de sus compañeros le prestaron atención: uno de ellos fue Shikamaru, el de los Nara, que antes de salir le dio una palmada en la espalda y le felicitó —con cierto tono de burla, pero amistosamente— por "meterse en un fregado de los gordos." La otra persona fue una chica con la que había hablado un puñado de veces y a la que siempre había que sacarle las palabras con una cuchara; su nombre era Hinata, de los Hyuga, uno de los clanes más nobles de Konoha. Como todos los miembros de su familia, sus ojos sin pupilas eran blancos como la nieve, y podían ver muchas cosas que otras personas ignoraban. Quizá por eso siempre trató a Naruto de manera distinta a los demás.
Esta vez intentó dedicarle unas palabras de aliento, pero todo lo que le salió fue una sonrisa que parecía nerviosa y que Naruto no supo cómo interpretar. Al final la chica se marchó, algo molesta consigo misma, y el aula se quedó vacía excepto por Naruto e Iruka, quienes se miraron el uno al otro en silencio durante un momento. Luego el chico se levantó.
— Lo que dije... — dijo, cogiendo sus cosas (o más bien su cosa, pues sólo traía un lápiz consigo)— ¿Te parece una tontería, verdad?
La respuesta de Iruka fue una sonrisa amable.
— Ven aquí, anda — le dijo, haciéndole un gesto con la mano para que se acercase. Cuando el chico lo hizo, Iruka estiró la mano, y le revolvió el cabello rubio con los dedos—. ¿Cuándo he dudado yo de ti, eh, pedazo de idiota? Y yo aquí preocupándome de que no tuvieras ningún sueño... ¡y resulta que apuntas así de alto! Pero ponte las pilas, ¿eh? Que tienes competición.
— ¿Te refieres a Kiba? — Naruto se revolvió para liberarse de la mano de su profesor, pero cuando levantó la mirada, sonreía—. A él me lo puedo comer con patatas cuando quiera.
— Ah, ¿sí? No sabía eso yo... — Iruka alzó las cejas, sus brazos cruzados, su sonrisa intacta—. Me sorprende oírlo, sobre todo porque según lo que sé, es más fuerte que tú. ¿No te ganó el último entrenamiento?
— Sólo fue una vez — el chico frunció el ceño— y yo estaba sin desayunar.
— Pues claro. Es verdad: Naruto Uzumaki no es nadie sin sus tostadas. Pues recuerda comerte unas cuantas antes de examinarte, ¿de acuerdo? — Guiñándole el ojo, Iruka fue a por sus cosas y salió del aula; pero un segundo después volvió a asomar la cabeza por la puerta y dijo—: ¡Si apruebas te invitaré a un cuenco de ramen! ¡Y si no...! — Añadió, con una sonrisa muy ancha— Si no, prepárate para la reprimenda de tu vida.
Al atardecer de ese mismo día, Naruto paseaba por el mercado con una mano en el bolsillo y una naranja en la otra, pensando sobre las palabras de su profesor. "Y yo aquí", había dicho, "preocupándome de que no tuvieras ningún sueño..." Cuantas más veces repetía esas palabras en su cabeza, más raras le sonaban. La idea de que alguien se preocupara por su futuro era de lo más extraña. Aunque lo cierto —y esto no lo admitiría ni muerto— es que saberlo no estaba nada mal.
A esas horas, el mercado parecía una colmena de abejas, con la gente zumbando de un puesto a otro, hablando en voz alta, llenando las calles y haciendo colas en los puestos hasta tal punto que tenías que retorcerte para pasar entre ellas; llegó un momento en el que el bullicio, mezclado con el calor de un sol que ya empezaba a ponerse, daban una sensación un tanto irreal, como parte de un sueño. Si había algo bueno en las calles repletas de gente era que podías perderte en ellas. Era uno de los pocos momentos en los que Naruto era tan solo uno más entre el público; una de las pocas ocasiones en las que sumaba como uno más en lugar de restar como sólo él lo hacía. Ese día se tomó un buen rato tan solo para pasear, cruzando la calle principal del mercado hasta meterse en una secundaria, igual de repleta que la anterior pero un tanto menos ruidosa. De modo que cuando una mano firme le agarró el hombro por detrás mientras otra le apretaba algo afilado contra la espalda, nadie se enteró de lo que sucedía, pero él pudo oír perfectamente la voz de un hombre diciéndole:
— Si te mueves, te rajo — susurró la voz. Era grave y su aliento, cálido y desagradable, pegó en la nuca del chico, impregnado de un olor que no reconoció pero que le resultó igualmente asqueroso—, si te te giras, te rajo; si pides ayuda, ¿qué voy a hacer? Eso es. Te rajo. ¿Ves ese callejón de ahí?
— Sí.
— Pues vas a echar a andar hacia él, despacito. Y como se te ocurra hacer algo raro, te juro por Dios que te meto el kunai hasta la empuñadura, ¿estamos? ¿A qué esperas? ¡Mueve el culo!
El callejón era estrecho y olía a humedad. Estaba justo después de un puesto de manualidades que ahora mismo sólo tenía algunos clientes; Naruto trató de buscar la mirada de alguien con la suya, pero nadie le hizo caso. De repente, el anonimato de ser uno más jugaba en su contra. Estaban llegando al callejón y ni una persona se daba cuenta de lo que sucedía, excepto por esos otros dos hombres que esperaban entre las sombras del callejón, con grandes sonrisas que no albergaban ninguna buena intención. Una cosa le llamó la atención de inmediato: los dos llevaban puestos el chaleco militar que distinguía a los ninjas de su aldea cuando conseguían el título de chunin, ninja de pleno derecho. Se trataba de ninjas de la Hoja. ¿Eso quería decir que el hombre que le apuntaba con un kunai a la espalda también lo era?
— Fue más fácil de lo que esperaba — dijo éste, con una voz nerviosa que casi era como un jadeo—, rápido, pónselo, ¡venga...!
Uno de los hombres tenía un gran trozo de tela en las manos; era una túnica larga, gris y con capucha, que le puso a Naruto con mucha brusquedad. La capucha era tan ancha que la cara del chico quedaba totalmente oculta bajo ella; las mangas también lo eran, así que cuando Naruto cerró el puño y se lo incrustó al ninja más cercano en el estómago, éste no se lo vio venir.
— ¡Agh! — Gritó, doblándose por la mitad— ¡Maldito...! — El chunin estiró la mano, dispuesto a agarrarle por el cuello, pero Naruto se la apartó de un manotazo y echó a correr a toda velocidad por el callejón...
Hasta que una mano le agarró por la capucha y lo detuvo en seco. La tela se le clavó en el cuello, quitándole el aliento por un momento; y nada más darse la vuelta, un derechazo le alcanzó en toda la mandíbula, tirándolo al suelo como un saco de patatas.
— ¿Se puede saber qué haces, mocoso? ¿Es que quieres morir? — Por la voz, se trataba del hombre del principio: un tipo calvo con ojos de chacal y una cicatriz a la altura de la sien— ¿Ves este kunai? — Gruñó, apretándoselo contra la nuez— Pues como vuelvas a intentar algo te lo meteré por la boca y te haré que lo tragues. No estamos jugando, ¿entiendes? ¡Una vez más... y estás muerto!
— Maldito niñato... — El tipo al que Naruto había golpeado se acercó, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano, y le pateó directo en las costillas— Ahora no tienes ganas de pelear, ¿eh? Ya no eres tan gallito, ¿a que no?
— Ya basta — le cortó el otro— lo necesito entero. ¿Dónde están los demás? Tenemos que darnos prisa, antes de que...
— ¿Antes de que os descubran? — Dijo una voz grave—. No te preocupes: ya están muertos.
El hombre calvo dio un respingo y se giró hacia sus compañeros, justo a tiempo para ver cómo dos sombras se los llevaban. Eso es todo lo que vio: unas sombras apareciendo a espaldas de los dos y haciéndolos desaparecer, como si nunca hubieran estado allí. ¿Y la voz? Esa venía del hombre que había aparecido —tan silencioso y veloz como las sombras— frente a él: un hombre mayor, de talla mediana, con el cuerpo cubierto de vendas y un aura helada como la misma muerte.
— Se acabó, Tatsuo. — El viejo sonaba tranquilo, pero su único ojo visible (el otro estaba cubierto de vendas) se clavaba como un puñal en los del otro hombre—. Suelta ese kunai; tenemos unas preguntas que hacerte.
— Mi nombre, no... ¿cómo sabes mi nombre?
El kunai se apretaba cada vez más contra la garganta de Naruto; la mano temblorosa de aquel chunin ya no era capaz de medir sus fuerzas. El hombre de las vendas bajó la mirada hacia ella, chasqueando la lengua con gesto decepcionado. Luego sucedió algo. Hubo una vibración, un susurro, una corriente de aire. Y un instante después, la mano que sostenía el kunai cayó sobre el suelo del callejón, cortada limpiamente a la altura de la muñeca. Unas gotas calientes cayeron sobre el pecho de Naruto y el hombre calvo, sus iris encogidos en dos puntos pequeñísimos, abrió la boca para soltar un alarido de agonía... Pero el viejo se llevó un dedo arrugado a la boca, y algo en su corazón le dijo, le advirtió, de que si gritaba, podía pasar algo horrible. Con todas sus fuerzas ahogó el grito, agarrándose el muñón con la mano sana.
— Buen chico — dijo el otro—, has tomado una buena decisión. Bien, Tatsuo, del clan Onikuma. Por supuesto que sé quién eres; graduado en la Academia hace quince años, notas mediocres... cuarenta y tres misiones a tus espaldas, todas de rango D y C. Excepto por una, una sola, de rango B, hace dos semanas. Qué curioso, ¿verdad? Esas no solemos asignárselas a un ninja de tres al cuarto como tú. Me apuesto a que lo celebrásteis bien en casa, tu padre y tú... juntos frente al altar de tu madre, espero, para presentarles vuestros respetos. Porque, ¿cuántos años han sido ya, Tatsuo? Yo diría que unos trece, desde que falleció aquel día tan triste... ¿Lo recuerdas?
— Danzo... ¿qué quieres... qué quieres de mí?
— Ah, es muy sencillo, Tatsuo. No tienes que preocuparte. Tan solo quiero saber por qué, después de esa misión de rango B en Suna, empezaste a comportarte de esa manera tan extraña. Llegando tarde a casa... preocupando a tu padre. Hablando con esos shinobis de la Arena que tan seguros se sentían disfrazados como mercaderes. Todo ese esfuerzo, para morir en un callejón frío y sucio... esa no es forma de acabar. ¿Tú no quieres acabar como ellos, no, Tatsuo? — El hombre calvo dejó caer la cabeza y negó con ella, dos lágrimas bajándole por las mejillas. Ya no le quedaba voz para responder; en el fondo sabía que era mejor que no lo hiciera—. No llores, Tatsuo. No necesito matarte; al menos no si me das las respuestas que quiero. — Un destello cruel recorrió la mirada de Danzo, y por un segundo, la comisura de sus labios se movió medio centímetro. Como si tuviera un tic. O como si hubiera amagado una sonrisa—. Lleváoslo.
Fue como si nunca hubiera estado allí. Una sombra con forma humana apareció a sus espaldas y se esfumó con él. Pocos son capaces de mezclarse con la oscuridad de la manera que lo hacen los Anbu, los shinobis más letales de Konoha. Anónimos detrás de sus máscaras, estas fuerzas especiales se ocupaban de las misiones más delicadas de la aldea; misiones de las que otros shinobis jamás oían hablar. Y si sobre el papel respondían directamente al Hokage, la persona que sostenía la correa de estos perros de guerra era, en realidad Danzo Shimura, sombra entre las sombras.
Danzo tenía el brazo derecho en cabestrillo, así que cuando le ofreció una mano a Naruto para que se levantara, fue la izquierda.
— Ya se ha acabado todo — le dijo, una vez el chico estuvo en pie—, no volverás a ver a estos hombres, Naruto Uzumaki. Ya no podrán hacerte daño.
El chico le sostuvo la mirada, sólo por un momento, hasta que tuvo que desviarla. Había algo en ella que... ¿cómo explicarlo? Era como si se asomara a tu cuerpo para ver lo que hay dentro.
— Gracias por... ayudarme — logró decir, limpiándose la sangre de aquel hombre con la palma de la mano—, me asaltaron en medio de la calle y...
— Lo sé — le cortó Danzo— lo vimos todo.
— ¿Me estábais... siguiendo?
Su único ojo se estrechó un poco, como si sonriera; sólo que no lo hacía en absoluto.
— Como ya habrás oído, seguíamos la pista de esos hombres — respondió— y gracias a eso, pudimos atraparlos a tiempo. Entiendo que sea confuso para ti, sobre todo si no sabes quién soy. Me llamo Danzo Shimura, y me encargo de mantener esta aldea a salvo. Ya te habrás dado cuenta de que Konoha está llena de... malas hierbas que surgen de todas partes. Mi trabajo es arrancarlas antes de que se extiendan demasiado; quizá en un futuro podamos trabajar juntos, tú y yo.
Danzo le tendió la mano. Tras pensarlo un segundo, Naruto le dio la suya.
— Eh... claro — dijo—, estoy a punto de graduarme, después de todo...
— Lo sé. — Su ojo volvió a estrecharse; si eso era su idea de sonreír, se le daba realmente mal—. Debo admitir que me sorprendió tu deseo de convertirte en el próximo Hokage; siempre es una buena noticia ver que la juventud se preocupa tanto... por el futuro de la aldea. Dime, Naruto, ¿has pensado en lo que harás si llegas a ser Hokage?
— Sí, eh... no. La verdad es que no. Creo que tengo bastante con llegar hasta ahí primero... — Y justo tras reponder, un pensamiento apareció en la mente de Naruto, acompañada de un escalofrío: "¿cómo sabe lo que he respondido? ¿Quién demonios es este tipo?".
— Te aconsejo que lo hagas. Piensa sobre qué significa ser un Hokage. — Danzo recogió el kunai que había dejado caer el hombre de antes, y con él cortó un símbolo en la pared del callejón—. Cuando tengas una respuesta, ven a verme, y yo te ayudaré. Hasta entonces mantén nuestra conversación en secreto, ¿de acuerdo? Considéralo un pago por haberte salvado de esos bandidos. Adiós, Naruto Uzumaki; nos volveremos a ver pronto. — Y tan silenciosamente como había aparecido, Danzo se dio la vuelta y echó a andar, mezclándose con las sombras hasta desaparecer por completo.
Con el corazón todavía palpitándole fuerte, y el sudor frío bajándole por la espalda, Naruto se acercó al símbolo que aquel extraño hombre había tallado en la pared. En letras agudas como arañazos, se podía leer:
(HO)KAGE
La primera sílaba, el fuego, estaba tachada; lo que solo dejaba espacio para las sombras.
