GENIN
Naruto virtió agua hirviendo sobre los fideos instantáneos y colocó los palillos sobre la tapa. Luego se sentó a esperar en el sofá del salón, las imágenes de lo sucedido todavía vivas en su mente.
Recordó aquel callejón. Todavía podía sentir la punzada del acero contra su espalda, las palabras maliciosas de ese hombre, Tatsuo, tan cerca de su oído. Pero lo que recordaba con mayor intensidad era la mirada de Danzo Shimura clavándose en él, más intensa y más fría que cualquier otra que Naruto hubiera visto antes. Era extraño. Danzo no le miraba con el mismo rechazo que tan a menudo veía en los ojos de la gente. Su mirada no era burlona, ni despectiva, sino inquisitiva, llena de una curiosidad que Naruto había sentido clavarse en lo más profundo de su ser. Danzo te miraba como si fueras transparente. Como si, igual que un carnicero trabajando a un animal, pudiera despierzarte, separándote en tus partes útiles y desechando el resto...
Y aunque Naruto logró sacudirse ese recuerdo de la mente, otro le siguió enseguida. Esos hombres iban a por mí, pensó, apoyándose el ramen sobre las piernas. Me conocían, y Danzo también. Pero, ¿qué podían querer de alguien como yo? ¿Por qué sabía esas cosas de mí? Naruto recordó la palabra que el viejo shinobi había cortado en la pared: "Sombra." No se le ocurría qué tenía que ver eso con la pregunta que le había hecho. Con el significado de ser Hokage. Los ninjas nos movemos en las sombras, reflexionó, ¿qué tiene eso de especial?
Por más que pensó, Naruto no llegó a ninguna conclusión aquella noche. Las ideas que se le ocurrían no iban a ninguna parte, y al final se cansó de darle vueltas a cosas que no entendía. Así que sorbió sus fideos, se tragó el caldo y luego se tiró en la cama, donde soñaría con un cuchillo, una telaraña y una presa con una horrible, pero familiar, forma humana.
Los días siguientes fueron todo lo tranquilos que podían serlo para un estudiante en la Academia. Las clases empezaban bien temprano y abarcaban un amplio abanico de temas, desde la historia ninja hasta la manera correcta de lanzar un kunai. Se estudiaban las otras aldeas ninjas y qué puntos fuertes o débiles tenían; qué fauna era peligrosa, o útil... qué plantas y qué hongos ayudaban a sonar, y cuáles a morir. Un par de veces a la semana había entrenamiento de combate y ahí era donde Naruto tenía su oportunidad de brillar. Para él, la teoría sólo eran palabras danzando en una página. Él prefería hacer frente a las cosas en la misma realidad. Darse de bruces con ella; mancharse con el barro, soportar la lluvia, aferrar el acero. En la última sesión de combate antes del examen se enfrentó a Shikamaru, y tras forcejear con la técnica de sombras de su amigo, logró colarle un puñetazo en la mandíbula y lo noqueó. Aunque cuando el Nara se levantó del suelo, bostezando tras su mano abierta, parecía estar perfectamente.
Luego, una mañana que parecía otra cualquiera, Iruka se apoyó sobre su escritorio y anunció que el examen sería al día siguiente.
Para Naruto, fue como si le tiraran un cubo de agua fría por encima. ¡Ya era la fecha! Las tripas se le revolvieron como si hubiera comido algo en mal estado. De algún modo, aunque llevara esperándola por tanto tiempo, se las había arreglado para que la cosa le pillase por sorpresa. Y ahora que era consciente de lo que le esperaba, no sabía qué hacer. Porque por muy convencido que estuviera de que algún día sería Hokage, en ese momento no se sentía capaz ni de ser genin.
Al día siguiente, Naruto agarró el despertador que sonaba sobre la mesita de noche y lo arrojó contra la pared. El trasto dejó de sonar, emitiendo un lastimero chirrido que sólo duró unos segundos. Hubo unos momentos de paz. Luego el despertador se activó de nuevo. Un sonido horrible, distorsionado por el golpe, llenó las cuatro paredes, colándose por debajo de las sábanas bajo las que Naruto se había hecho un ovillo...
Al final tuvo que levantarse a apagarlo, pero el botón se había estropeado y necesitó unos cuantos intentos. Luego tiró el despertador sobre la cama e hizo ademán de meterse en ella, pero se detuvo. Eran las siete y cuarto de la mañana. La prueba empezaba a las ocho. Sólo faltaba llegar tarde a su propia graduación. Eso ya sería el colmo. Ni siquiera él era así de irresponsable.
Una ducha rápida más tarde, Naruto se detuvo frente al espejo del baño —su cabello todavía húmedo y goteando— y se puso la camiseta. La tela se le pegaba a la piel húmeda, ajustándose a su torso delgado, pálido, con ese símbolo en espiral a la altura de la tripa. Al sacar la cabeza por la abertura de la camiseta, creyó ver algo, un reflejo, un destello anaranjado, cruzando el cristal del espejo. Pero allí no había nada de ese color, más allá de la chaqueta que colgaba del radiador junto a la pared. Naruto la cogió y se la puso, cerrándose la cremallera hasta arriba. Luego agarró las llaves del piso de la mesita del salón y salió a la calle. Tenía diez minutos para llegar a la Academia. El camino se hacía en quince. Tocaba correr.
La vista desde los tejados era agradable. Los rayos de sol brillaban perezosamente entre los edificios y las ramas de los árboles; se filtraban por la ropa tendida en las fachadas de las casas. El cielo estaba despejado a excepción de unas pocas nubes que flotaban muy a lo lejos, como queriendo apartarse de la escena. No había mucha gente en la calle, más allá de los empleados de las tiendas que llenaban el distrito comercial, y algunos padres apresurándose a llevar a sus hijos a la escuela para civiles de Konoha, donde iban aquellos que no querían o no podían ser ninjas. Incluso la aldea ninja más poderosa necesita herreros o ingenieros. Alguien que se levante de madrugada a recoger la cosecha o a elaborar una hogaza de pan. A veces Naruto se fijaba en los tipos que cargaban fardos de arroz de camino al centro y sentía una añoranza que no sabía muy bien cómo explicar, pues él nunca había hecho nada parecido. Quizá fuera la aparente sencillez de una vida como aquella la que lo llamaba. Desde luego contrastaba con la incertidumbre del camino del ninja. Convertirse en Hokage se sentía como una meta de lo más abstracta cuando la comparabas con las escasas páginas del contrato de un mozo de almacén.
¿Por qué había elegido complicarse tanto la vida?
Y aunque no lo admitiría ante nadie, cuanto más se acercaba a la Academia Ninja —el examen de acceso esperándole como un ogro guardando el acceso a un templo—, más numerosos eran los pensamientos que le decían que, a lo mejor, él no estaba hecho para todo aquello. A fin de cuentas él nunca había destacado en nada y la mayoría de mis compañeros son mejores ninjas que yo, es decir, vienen de familias de ninjas; son Hyugas, Inuzukas, Uchihas, y yo sólo soy Naruto. Voy a hacer el ridículo. ¡Por todos los...! ¿Desde cuándo se ponía tan nervioso por algo tan pequeño? ¿Es que el examen le iba a morder, le iba a dar una paliza? Por supuesto que no. Si tan solo fuera eso, sería más fácil. Si sólo fuera a recibir golpes no tendría miedo.
Quedaban cinco minutos para el examen y Naruto observaba la Academia desde un tejado cercano, jadeando por la carrera, su corazón latiendo por los nervios. Su estómago estaba revuelto, y por más que tragaba saliva, su garganta seguía seca. Pero ahora que la tenía en frente, la Academia no parecía tan amenazadora. No, tan sólo era un edificio pequeño y aburrido con un montón de alumnos dentro. Puedo con esto.
Una pequeña sonrisa, aún nerviosa, cruzó los labios del muchacho cuando saltó del edificio a la calle, apresurándose para llegar a tiempo al examen. Lo cual hizo en el último minuto.
Naruto se sentó en su sitio en el mismo momento en el que Iruka entraba en el aula, cargado con un una caja de cartón que soltó sobre su escritorio con un sonoro "bam". Shikamaru, que ocupaba el asiento a la derecha de Naruto, le dedicó una mirada inquisitiva a su amigo.
— ¿Pero dónde estabas? — le susurró, dándole una palmada en la nuca—. Ya pensaba que te habías acobardado.
— De eso nada, idiota — le respondió el otro, clavándole dos dedos a la altura de las costillas. El Nara se removió en el asiento con una queja—, tan solo me quedé dormido. Espera, ¿estabas preocupado por mí?
— Sí, claro. ¡Estaba a punto de echarse a llorar! — ironizó Kiba desde el asiento de atrás, a lo que Naruto respondió sin mirarle, levantándole el dedo corazón.
Mientras tanto, Iruka iba sacando el contenido de la caja de cartón. Estaba llena de bandanas ninja, todas ellas cosidas a un protector de metal donde estaba grabado el símbolo de Konoha. El joven profesor las dispuso ordenadamente en su escritorio, y luego de comprobar que no faltaba ninguno de sus alumnos, inspiró y tosió sobre su puño cerrado. Los cuchicheos cesaron al instante. Toda la atención estaba puesta en él.
La sonrisa de Iruka se ensanchó.
— ¡Bien, clase! No os voy a aburrir con ningún discursito de los míos; todos sabemos a qué hemos venido y lo que está en juego. Estáis aquí para convertiros en genin. Que no os engañe el hecho de que sea nuestra categoría más baja: un genin es un ninja de pleno derecho, y todos y cada uno de los shinobis de esta aldea empezamos en ese rango, incluído el mismo Hokage.
A Naruto le pareció que su profesor le miraba fugazmente, pero era difícil saberlo. Detrás de él, Kiba tamborilleó en la mesa con sus dedos índice, como si se trataran de las baquetas de un tambor. Iruka continuó:
— Hoy demostraréis que todo lo que habéis aprendido en la Academia ha servido para algo. Os toca dar lo mejor de vosotros mismos, ¡y más vale que lo hagáis, porque como vuestro sensei, me gusta pensar que hice un buen trabajo!
Alguien se rió en alguna parte, aunque dejó de hacerlo tras una mirada particularmente ácida por parte de Iruka. El chunin dio una palmada, que resonó diáfana por el lugar.
— Es tradición que los exámenes sean supervisados por más de un profesor —dijo—, de este modo evitamos que nuestras... preferencias personales nos nublen el juicio. ¡Así que le he pedido a Mizuki que nos eche una mano! — Como subrayando sus palabras, una repentina nube de humo apareció a su lado, con el característico sonido de una técnica al activarse. De ella apareció un ninja de aspecto joven, con una melena blanca que llevaba cortada a la altura del cuello. El ninja, que llevaba puesto el mismo chaleco militar que Iruka, saludó a la clase con un gesto de la mano.
— La mayoría ya me conocéis —dijo con una sonrisa— y a los que no, me llamo Mizuki. Soy un chunin, como Iruka. Hoy seré vuestro examinador junto con él. — Hubo una pausa, los chicos hablaron entre sí. Sakura, la chica del pelo rosa, susurró algo en el oído de su amiga rubia. Mizuki fingió una tos, justo como había hecho su colega antes, y el murmullo se detuvo— ¡Bueno, no perdamos más el tiempo! Traigo una lista con vuestros nombres. Os iremos llamando y uno a uno demostraréis una técnica. Así de sencillo.
— Exacto —intervino Iruka—, para este examen hemos escogido una técnica que creemos reúne todo lo necesario para medir vuestra evolución como shinobis.
Iruka sonrió y paseó la mirada por la clase antes de seguir.
» El Bunshin no jutsu. Tendréis que producir un clon.
La mayoría de sus alumnos reaccionaron con alivio ante la revelación. Hacer que un clon apareciera de la nada era una técnica básica para un ninja; lo único que uno necesitaba era la habilidad de moldear su propio chakra y la suficiente concentración para darle la forma de una persona. La prueba no iba a ser difícil.
En su asiento, Sakura apretó el puño y lo agitó bajo la mesa. ¡Demonios, sí!, se dijo para sí misma. Pese a que no era la mejor luchadora, sus aptitudes para controlar el chakra eran las más avanzadas de la clase. A diferencia de otros de sus compañeros —como su amiga Ino—, ella no había nacido en el seno de un clan de ninjas, ni provenía de una larga línea de shinobis con técnicas más antiguas que la propia aldea. No, sus padres eran civiles, como sus abuelos, sus bisabuelos y así hasta donde podían recordar. Su apellido, Haruno, no acarreaba ningún significado especial.
Y pese a eso, cuando fue su turno y ejecutó la técnica delante de toda la clase, lo hizo tan bien y con tanta facilidad que Mizuki aplaudió. Suave y educadamente, sin hacer ruido, pero aplaudió, elogiando el poco chakra que había utilizado para su técnica. Luego, sin perder la sonrisa, colocó la bandana ninja sobre las manos extendidas de la chica, que volvió a su sitio ruborizada, tratando de contener una alegría que se le escapaba por la mirada.
— Kiba Inuzuka. Venga, que te toca.
— Ino Yamanaka.
— Shikamaru Nara. ¿Shikamaru? ¿Estás dormido?
Cuantos más turnos pasaban, más se hundía Naruto en su asiento. Todos y cada uno de sus compañeros de clase habían hecho bien la técnica, es más, ninguno había parecido tener dificultades a la hora de realizarla. Y cada vez estaba más cerca de que le tocara a él. ¿Qué haría entonces?
El Bunshin no jutsu nunca le había salido bien. Bueno, ninguna técnica se le daba bien, realmente, pero esa era peor que las demás.
Naruto era un buen luchador. Era resistente, tenaz. Lo que le faltaba en técnica lo suplementaba con los puños cerrados y mucha cabezonería. Había pocos de sus compañeros que pudieran ganarle en el cuerpo a cuerpo, y ninguno de ellos tenía su resistencia. También era decente con las herramientas ninja; no un prodigio como Sasuke, pero se defendía. El ninjutsu era harina de otro costal. Por mucho que sus reservas de chakra fueran grandes, que lo eran, no era capaz de dar forma a las técnicas que conjuraba. Era tremendamente frustrante, como hacer aparecer un gran fuego pero luego verlo desaparecer en un instante frente a tus ojos...
¿Por qué tiene que ser esto? ¿Por qué no es un combate uno contra uno? ¡Así aprobaría seguro! Claro que protestar no serviría de nada. Las cosas eran las que eran. No le quedaba otra que bajar ahí y hacerlo lo mejor que pudiera... quién sabe, quizá sucediera un milagro o...
— Choji Akimichi — dijo Iruka. El susodicho bajó las escaleras lentamente, realizó la técnica y volvió a su sitio, metiéndose sigilosamente una patata frita en la boca. Iruka fingió no darse cuenta y siguió:
— Hinata Hyuga — anunció. Hinata era una chica menuda y tímida, pero provenía del clan más poderoso de la aldea. Para ella, una técnica como esta no era nada. Sin decir una palabra, formó el sello ninja con las manos y creó una copia de sí misma. De una manera muy eficiente y sin titubear. Sólo Sakura lo había hecho mejor.
— Gran trabajo. Toma, te la has ganado — sonrió Iruka, dándole la bandana—, ahora vuelve a tu sitio. Después va... bien, Sasuke Uchiha, te toca a ti.
Tuvo que ser cosa del destino que a Naruto le tocara justamente después que a él. La verdad es que no soportaba a Sasuke, y ya hacía algún tiempo que lo veía como algo así como a un rival a batir. Le fastidiaba lo popular que era, y lo fácil que le resultaba todo. Era bueno en el cuerpo a cuerpo, en el uso de herramientas, en el ninjutsu. Era listo y era popular con las chicas. Y encima Sakura estaba loca por él.
Eso sí que le tocaba las narices.
Sasuke se levantó del asiento y bajó las escaleras con las manos en los bolsillos y una expresión de absoluto desinterés en la cara. Sakura e Ino volvían a susurrar entre ellas, y una de ellas soltó una risita aguda que provocó en Naruto unas incontrolables ansias asesinas... Por suerte duró poco. Sasuke llegó abajo, hizo un clon perfecto y volvió a su asiento con la misma cara de antes y la bandana ya puesta en la frente. Ni siquiera sacó su mano izquierda del bolsillo mientras hacía la técnica.
Y entonces:
— Naruto Uzumaki.
Fue oír su nombre y ponerse tenso. Era como si le hubieran echado un cubo helado por encima; se le agarrotó el cuerpo y la piel empezó a picarle. Notaba un montón de miradas puestas en él, expectantes. De seguro, era la misma atención que habían recibido los compañeros anteriores, pero aún así... Naruto tragó en seco. "¿A qué esperas?", le susurró Shikamaru, dándole un golpe en la espalda, y gracias a eso pudo ponerse en pie. Sin saber muy bien cómo, bajó los escalones hasta ponerse en frente de la mesa de los profesores e hizo una pequeña reverencia como saludo. Sentía las miradas de todo el mundo clavadas en su espalda. Quemaban. Frente a él, Iruka y Mizuki le sonreían; el primero hizo un gesto con la mano, invitándole a continuar.
— Vamos, Naruto — le dijo.
Era ahora o nunca. Habiendo llegado a esa situación sólo le quedaba intentarlo lo mejor que pudiera... con el corazón latiendo fuerte en el pecho y la sensación de estar hundido hasta el cuello en fango, Naruto inspiró y reunió todo el chakra del que fue capaz. Una ligera bruma azul empezó a bordear su cuerpo, y cuando formó el sello ninja —con ambas manos, aunque algunos de sus compañeros sólo necesitaban una—, toda esa energía que estaba reuniendo empezó a condensarse en un aura tan densa que parecía tangible. Fue en ese momento en el que los notó: los ojos de Mizuki, entrecerrados y fijos en él, una mirada helada que a punto estuvo de hacerle perder la concentración.
Pero la expresión del chunin volvió enseguida a la normalidad y Naruto, haciendo acopio de cada onza de su fuerza de voluntad, moldeó su chakra hasta que obtuvo la forma que buscaba...
— ¡Bunshin no jutsu!
Y con una corriente de aire que agitó las bandanas que aún quedaban sobre la mesa, Naruto activó su técnica e hizo aparecer a una copia de sí mismo tan mal hecha que ni siquiera se podía poner en pie. Una caricatura débil y enferma que no duró más de un par de segundos antes de deshacerse en el mismo humo entre el que había aparecido. La clase entera se quedó en silencio. Los profesores también.
Había fallado. Lo había estropeado todo.
Una vez más.
Naruto miraba cómo un rayo de sol pasaba sobre la placa metálica de una bandana, despacio, hasta abandonarla por completo. Al cabo de unos segundos Iruka se aclaró la garganta.
— Vuelve a tu sitio — dijo con voz queda.
Y eso hizo, cabizbajo. Cuando se sentó en su sitio, Shikamaru le dijo algo que no oyó. Le pareció que eran palabras de ánimo. Pese a todos sus defectos, Shikamaru no era un mal tipo. Él sí había aprobado, como todos hasta ahora. La realización de que muy probablemente fuera el único que suspendería ese examen le golpeó como una maza en el estómago. Peor fue ver cómo ese pensamiento se hacía realidad. Uno tras otro, los turnos pasaron hasta que ya no hubo más, y al finalizar la clase, el aula estaba llena de nuevos y flamantes genin. Con la excepción de uno: Naruto Uzumaki. El chico que había prometido ser Hokage no era capaz de formar una simple técnica.
Cuando acabó la clase, sólo quedaba una bandana sobre la mesa, la suya. Iruka la guardó dentro de la caja de cartón (que ahora ya no pesaba como antes) y felicitó a todos antes de irse. Mizuki hizo lo propio, y pronto los alumnos les siguieron. La clase se vació rápidamente, pero Naruto no se movía del sitio. Sumido como estaba en sus pensamientos, no era muy consciente de lo que pasaba a su alrededor. Sólo podía pensar en lo que acababa de suceder. En lo mal que lo había hecho. En lo patético de su promesa.
— Oye, Naruto, nos vamos a comer algo. ¿Te vienes?
Shikamaru le apoyó la mano sobre el hombro. Kiba y Choji iban con él. Los tres llevaban la bandana de Konoha firmemente atada, el primero en un brazo, y los otros dos en la frente.
Lo que Naruto sintió en ese momento fue envidia. Y después de ésta, la vergüenza de haberla sentido.
— Creo que me quedo. Ya iré la próxima vez — dijo.
Al final ellos también marcharon, y Naruto se quedó solo en el aula. Era como si alguien lo hubiera clavado en el asiento. El tiempo pasaba sin que él fuera consciente de él. Estaba demasiado recordándose lo mal que lo había hecho, lo mucho que había fallado. Cada pensamiento era más cruel y más desagradable que el anterior, y venían intercalados con imágenes de sus compañeros llevando la maldita bandana. Consiguiéndolo. Todos lo habían hecho. Menos él.
Naruto se mordió el labio y cerró los ojos, apretándolos y sintiendo cómo una oleada de rabia —dirigida a ellos, a él mismo, a todo en general— recorría su cuerpo con una sensación que era caliente y fría a la vez...
— Realmente —dijo en voz baja—, odio ser así.
— Entonces haz algo para cambiarlo.
La voz venía de un lugar a sus espaldas. Era una voz grave, baja en volumen, pero cortante como el filo de una espada. Naruto la reconoció de inmediato, y, sintiendo cómo se le erizaba la piel, se giró sobre sí mismo, sobresaltado. Había alguien en el asiento de atrás, alguien a quien no había sentido llegar. Danzo Shimura le miraba fijamente, su único ojo sano sosteniendo la mirada azul de Naruto.
— ¿Qué haces aquí... cómo has...? — balbuceó el chico.
— A tu primera pregunta, Naruto, te dije que nos veríamos pronto; y a la segunda, he entrado por la puerta. Si no me has visto es porque no he querido que lo hicieras. — Danzo hizo una pausa, sin dejar de mirarle en ningún momento—. Te he visto en el examen.
— Pues te habrás llevado una decepción — respondió el chico, frunciendo el ceño.
Danzo cerró su ojo, como reflexionando, pero sólo durante un segundo.
— ¿Crees que debería juzgarte por una sola técnica? — preguntó.
— Esa técnica me habría hecho un genin. Pero no, yo...
— No te compadezcas —le cortó Danzo—, compadecerte te hace débil.
Algo en su tono de voz hizo que Naruto se pusiera tenso de inmediato. La frase que iba a pronunciar se quedó colgada en el aire, y luego desapareció, perdida en algún lugar de su boca semiabierta.
— Está bien — logró decir, aunque solo fuera para llenar el silencio.
De algún modo Danzo parecía satisfecho. El viejo asintió para sí mismo y apoyó la espalda en el asiento. Tenía una manera de sentarse muy recta, como de estatua.
— Entiendo la frustración que sientes, Naruto. Es algo natural; yo también la he sentido en el pasado. — Hizo una pausa. Naruto, incapaz de sostenerle la mirada, estudió los vendajes que cubrían gran parte del cuerpo del viejo, su brazo en cabestrillo. ¿Qué le habría pasado para que acabara así...?— Pero no la vuelvas contra ti mismo. Tienes que hacerla tuya, convertirla en un arma. Si de verdad quieres ser Hokage algún día, tienes que ser capaz de utilizar todo lo que hay dentro de ti. Eso incluye tu frustración, tus miedos, tu angustia... tu odio. ¿Has pensado en la pregunta que te hice la otra vez?
"Piensa sobre qué significa ser un Hokage." Eso le había dicho aquel día en el callejón. Naruto apretó los labios, desviando la mirada hacia la mesa, luego hacia las cicatrices que Danzo tenía en la barbilla, que se cruzaban hasta formar una gran equis.
— La verdad es que no lo sé —admitió—. No sé qué significa ni por qué estás aquí hablando conmigo. Sé que estás en el Consejo... eres alguien importante. Y yo sólo soy... bueno, no soy nadie. ¿Por qué vienes a hacerme estas preguntas? — Pero Danzo no le respondía, sólo le miraba en silencio, así que los nervios volvieron a aflorar en su interior, haciéndole removerse en el asiento, incómodo—. De verdad, no lo sé. Un Hokage... supongo que es alguien fuerte, ¿no? El más fuerte de la Hoja.
— En muchas aldeas es así —asintió Danzo—, pero no tiene por qué ser el caso. Continúa.
— Eh...
— Vamos.
Era difícil pensar sintiéndose presionado. "Hokage..." La palabra apareció como pintada en la mente de Naruto, seguida de la imagen de Hiruzen, el Tercer Hokage, con su perenne pipa colgando de los labios.
— Es alguien en quien la gente confía.
— ¿Tú confías en el Hokage?
Un recuerdo. Su apartamento en penumbra. Una tetera en los fogones sobre la meseta. El Tercero dejando un sobre con dinero sobre el brazo del sofá en el que Naruto estaba sentado. "Es para este mes", le había dicho. "No lo gastes de golpe."
Naruto apretó los labios, luego los dientes.
— No —dijo—, la verdad es que no.
— ¿En quién confías?
— En... en nadie. En el sensei Iruka, a lo mejor, pero...
— ¿Y qué hay de mí?
No se esperaba la pregunta, así que respondió con sinceridad.
— No, me das muy mala espina — Entonces se dio cuenta de lo que había dicho, y se sobresaltó a sí mismo, buscando la cara de Danzo con la mirada...
Pero el viejo no parecía molesto. Al contrario, la comisura de sus labios tembló, como amagando una sonrisa. Que sólo duró un instante.
— Eso es bueno. Si confiaras en mí sin conocerme, serías un idiota.
— Eh, ¿gracias?
— Entonces, alguien fuerte. Alguien en quien se puede confiar —dijo Danzo tras una pausa—, ¿es esa tu definición de Hokage?
— No —respondió Naruto—, sólo dije lo que se me ocurrió. No sé lo que significa, no soy tan listo. Tan solo quiero serlo.
— ¿Por qué?
Naruto arrugó el ceño. No tenía ninguna respuesta a esa pregunta, ni tampoco sabía lo que iba a decir. La verdad es que tantas preguntas estaban empezando a irritarle. Acababa de fallar la prueba más importante de su vida, ¡no estaba para jugar a los interrogatorios! Sintiéndose cada vez más molesto, se humedeció los labios con la lengua, sintiendo cómo el enfado le subía por el cuerpo como una ola de calor.
Al final ese sentimiento le soltó la lengua. Las palabras salieron atropellándose entre ellas, como si tuvieran vida propia.
— Porque si me convierto en Hokage —dijo—, todas las personas que me han llamado un monstruo tendrán que tragarse sus palabras. Eso es lo que siempre me he dicho. Quiero que me acepten, aunque sea porque no tengan más opción que hacerlo. Pero... — de pronto se calló, desviando la mirada hacia abajo.
— Entonces — intervino Danzo—, ¿es reconocimiento lo que buscas? ¿Fama? ¿Aceptación? Naruto. ¿Qué es lo que quieres, realmente?
— Tan solo hay muchas cosas que detesto — confesó el chico—, y me gustaría verlas desaparecer.
Los párpados de Danzo se estrecharon hasta que su ojo se convirtió en una fina línea gris.
Y su semblante, tan severo como el de una gárgola de piedra, de pronto se arrugó en una extraña sonrisa; era muy leve, apenas una curvatura de la boca, pero una sonrisa al fin y al cabo.
— Excelente —dijo—, me has dado una buena respuesta. Ahora es mi turno de darte algo — Naruto levantó la mirada y se encontró con la del viejo. Esta vez se la sostuvo, dos ojos azules clavados en uno gris—: Te ayudaré a conseguir lo que quieres —siguió—; yo, Danzo Shimura, te convertiré en Hokage.
Sus palabras resonaron en el interior de Naruto. Como la vibración de un tambor. Como la sacudida de un seísmo. Como un latido. Ambos seguían mirándose a los ojos; Naruto vio su reflejo en el iris de Danzo. Era pequeño y era oscuro, como una miniatura de sí mismo. Danzo cerró los ojos.
Cuando los volvió a abrir, el reflejo no estaba ahí.
