CAPITULO 6: EL PRISIONERO DE AZKABAN
Fue iniciando la última semana de agosto cuando recibió el mensaje de Luna por la mañana, su madre había llamado y recogerían a Ginny después del desayuno. Tristemente se despidió de Harry y acordaron ser discretos con lo que pasaba entre ellos, por lo menos hasta terminar el siguiente año escolar.
Los Weasley fueron por su hija y la llevaron de vuelta a la Madriguera, donde Ginny pasó la mejor y peor semana de su vida, su madre intentaba recuperar todo el tiempo perdido y la trataba como a la Ginny sin recuerdos, algo que la enfurecía. Pero nadie se atrevió a romper el silencio sobre el tema, ni siquiera aludió a su nuevo negocio en la escuela, a pesar de que era seguro que lo sabía. Pero no podía permanecer indiferente al bombardeo de amor que recibió de su madre, y a Percy lo pudo perdonar en su corazón y un par de noches se quedó dormida en su cama mientras platicaba abiertamente de cuan traicionada se había sentido por todos.
La llevaron a comprar ropa nueva, zapatos nuevos y una varita propia, habían reservado más para ella, después de todo, el premio era prácticamente de ella.
E inició un nuevo año escolar. Para evitar relacionarse con los eventos de Sirius Black se alejó de Harry en el día, permitiéndole vivir las experiencias por su cuenta. E ignoró al profesor Lupin y a Scabbers, no debía interferir en la vida de Harry hasta que él se lo pidiera, o si la mayor posibilidad fuera a perjudicarlo.
Ya se había dado cuenta de que las visiones no eran inamovibles, había muchos posibles futuros.
Junto con Luna, su amiga más fiel, y algunas veces con Colin, desentrañaron cada sueño que había tenido para desenredar los eventos futuros.
–Es como un multiverso, tal vez tus visiones de tus hijos con Harry son de un mundo diferente a los de ese futuro oscuro. – Opinó Colin mientras estaban los tres tendidos en el pasto junto al lago. Él también había desarrollado una confianza extraordinaria con sus amigas, quienes siempre tomaban sus palabras con seriedad.
–Tiene sentido. – Ginny respondió con los ojos cerrados, disfrutando del sol en su cara.
–¿por qué limitarse a dos? Tal vez cada visión que tienes es una de miles de posibilidades, y es algo que sólo tú puedes desenredar. – Luna dijo con voz soñadora. –Te ayudaremos en lo que necesites Ginny, pero no estoy segura de que sea conveniente que nos digas todo.
Ginny estuvo de acuerdo esto y comenzó a ordenar bien cada línea de pensamiento, visión, premonición que poseía.
Todo se trataba de una guerra… seguramente la que provocaría Voldemort al regresar, lo más horrible pasaría en un par de años, con la batalla de Hogwarts, la peor pesadilla que casi la enloqueció. También estaba esa otra, en la que no se detenía por temor a morir del dolor que le provocaba. Donde veía a sus hijos, mas grandes de lo que ella era ahora, ser masacrados de la forma más horrible. Veía tres niños, dos jóvenes ser cortados en pedazos y arrojados en desechos humanos, incluso podía olerlo cuando pensaba en esa visión, y a su hija la hermosa hija que tendría, ser… violada de las maneras más horribles. Descubrir el sexo de esa manera le era horripilante, y si no fueran esas otras visiones subidas de tono en las que podía ver el placer, ella se hubiera atado a unos votos de castidad autoimpuestos. Pero regresando a las visiones, la de sus hijos en particular… la ropa de sus verdugos era rara.
Esa ropa… esa era la razón por lo que le daba tantas vueltas, la ropa le decía que no eran mortifagos, así que si no eran ellos ¿Quién traería la guerra a su apacible mundo?
o-o-o-o
Las cosas siguieron como estaban destinadas a ocurrir sin intervención externa, con la única excepción en que la noche en que Sirius Black estuvo junto a la cama de Harry, Ginny intencionalmente no durmió con él.
Algunas veces llegó a arrepentirse de su acuerdo. Pero la seguridad de que ella no le permitiría estar en un riego real le daba una tranquilidad no experimentada antes. Pasó, y se enteró de los Merodeadores, y el Mapa se lo dieron los gemelos, para su gran vergüenza, dándose cuenta que ellos sabían de sus hábitos nocturnos.
Un día, casi al final del año escolar, cuando estaba en el examen final de Adivinación, cuya inutilidad estaba completamente cierta (pensó con arrepentimiento), sucedió.
En la sala de la torre hacia más calor que nunca. Las cortinas estaban echadas, el fuego encendido, y el habitual olor mareante hizo toser a Harry mientras avanzaba entre las sillas y las mesas hasta el lugar en que la profesora Trelawney lo aguardaba sentada ante una bola grande de cristal.
—Buenos días, Harry —dijo suavemente—. Si tuvieras la amabilidad de mirar la bola... Tómate tu tiempo, y luego dime lo que ves dentro de ella...
Harry se inclinó sobre la bola de cristal y miró concentrándose con todas sus fuerzas, buscando algo más que la niebla blanca que se arremolinaba dentro, pero sin encontrarlo.
—¿Y bien? —le preguntó la profesora Trelawney con delicadeza—. ¿Qué ves?
El calor y el humo aromático que salía del fuego que había a su lado resultaban asfixiantes. Pensó en lo que Ron le había dicho y decidió fingir.
—Eeh... —dijo Harry—. Una forma oscura...
—¿A qué se parece? —susurró la profesora Trelawney—. Piensa...
La mente de Harry echó a volar y aterrizó en Buckbeak.
—Un hipogrifo —dijo con firmeza.
—¿De verdad? —susurró la profesora Trelawney, escribiendo deprisa y con entusiasmo en el pergamino que tenía en las rodillas—. Muchacho, bien podrías estar contemplando la solución del problema de Hagrid con el Ministerio de Magia. Mira más detenidamente... El hipogrifo ¿tiene cabeza?
—Sí —dijo Harry con seguridad.
—¿Estás seguro? —insistió la profesora Trelawney—. ¿Totalmente seguro, Harry? ¿No lo ves tal vez retorciéndose en el suelo y con la oscura imagen de un hombre con un hacha detrás?
—No —dijo Harry, comenzando a sentir náuseas.
—¿No hay sangre? ¿No está Hagrid llorando?
—¡No! —contestó Harry, con crecientes deseos de abandonar la sala y aquel calor—. Parece que está bien. Está volando...
La profesora Trelawney suspiró. —Bien, querido. Me parece que lo dejaremos aquí... Un poco decepcionante, pero estoy segura de que has hecho todo lo que has podido.
Aliviado, Harry se levantó, cogió la mochila y se dio la vuelta para salir. Pero entonces oyó detrás de él una voz potente y áspera:
—Sucederá esta noche.
Harry dio media vuelta. La profesora Trelawney estaba rígida en su sillón. Tenía la vista perdida y la boca abierta.
—¿Cómo dice? —preguntó Harry.
Pero la profesora Trelawney no parecía oírle. Sus pupilas comenzaron a moverse. Harry estaba asustado. La profesora parecía a punto de sufrir un ataque. El muchacho no sabía si salir corriendo hacia la enfermería. Y entonces la profesora Trelawney volvió a hablar con la misma voz áspera, muy diferente a la suya:
—El Señor de las Tinieblas está solo y sin amigos, abandonado por sus seguidores. Su vasallo ha estado encadenado doce años. Hoy, antes de la medianoche, el vasallo se liberará e irá a reunirse con su amo. El Señor de las Tinieblas se alzará de nuevo, con la ayuda de su vasallo, más grande y más terrible que nunca. Hoy... antes de la medianoche... el vasallo... irá... a reunirse... con su amo...
Su cabeza cayó hacia delante, sobre el pecho. La profesora Trelawney emitió un gruñido. Luego, repentinamente, volvió a levantar la cabeza. —Lo siento mucho, chico —añadió con voz soñolienta—. El calor del día, ¿sabes...? Me he quedado traspuesta.
Harry se quedó allí un momento, mirándola.
—¿Pasa algo, Harry?
—Usted... acaba de decirme que... el Señor de las Tinieblas volverá a alzarse, que su vasallo va a regresar con él...
La profesora Trelawney se sobresaltó. —¿El Señor de las Tinieblas? ¿El que no debe nombrarse? Querido muchacho, no se puede bromear con ese tema... Alzarse de nuevo, Dios mío...
—¡Pero usted acaba de decirlo! Usted ha dicho que el Señor de las Tinieblas...
—Creo que tú también te has quedado dormido —repuso la profesora Trelawney— . Desde luego, nunca predeciría algo así.
Harry bajó la escalera de mano y la de caracol, haciéndose preguntas... ¿Acababa de oír a la profesora Trelawney haciendo una verdadera predicción? ¿era así cómo se escuchaba una?
No tuvo ni siquiera tiempo de preguntarle a Ginny cuando todo pasó.
Descubrir la traición de los amigos de sus padres fue otra de decepción, y el que Snape siempre lo protegiera, una sorpresa.
Al final, la promesa de Sirius de formar un hogar para él no le entusiasmo precisamente, él sólo deseaba estar en dónde estuviera Ginny. Corrieron a Lupin por culpa de Snape y el año escolar terminó.
Iban ambos juntos en un vagón, con Ginny recargada en su hombro, mientras Ron y Hermione los buscaban por todo el tren. Le estaba contando todo lo que había pasado y terminó con la profecía de la profesora Trelawney. –Está loca ¿no? No puede ser una profecía verdadera.
–Esa mujer realmente tiene el ojo interior,– Dijo Ginny mientras acariciaba la mano de su novio –Lástima que constantemente lo apuñale con alcohol.
–¡Gin!
–Lo siento amor, es una profecía verdadera, y las profecias verdaderas son muy raras, ni siquiera yo he obtenido una.
–¿Lo que tú haces no es una profecía? – Preguntó extrañado el chico mientras la separaba de su cuerpo.
–No, por supuesto que no, una profecía auténtica no se puede provocar, aparece sin razón y sólo ante algún testigo, el oráculo a través del cual pasa no es consciente de lo que dice y no poseé recuerdos de esta. – Harry asintió mientras veía el horizonte y antes de que pudiera decirle algo, la puerta del vagón se abrió.
Hermione y Ron entraron mientras discutían.
–Prometí que no se lo contaría a nadie – dijo gravemente.
Se volvió para observar a Harry, que veía cómo desaparecía Hogwarts detrás de una montaña. Pasarían dos meses enteros antes de volverlo a ver, antes de volver a estar todos los días feliz con Ginny.
–Alégrate, Harry– dijo Hermione con tristeza.
–Estoy bien –repuso Harry de inmediato–. Pensaba en las vacaciones.
–Sí, yo también he estado pensando en ellas –dijo Ron mientras ignoraba olimpicamente a Ginny –Harry, tienes que venir a pasar unos días con nosotros. Lo comentaré con mis padres y te llamaré. Ya sé cómo utilizar el felétono.
–El teléfono, Ron –le corrigió Hermione–. La verdad, deberías tomar Estudios Muggles el próximo curso...
Ron no le hizo caso. –¡Este verano son los Mundiales de quidditch! ¿Qué dices a eso, Harry? Ven y quédate con nosotros. Iremos a verlos. Mi padre normalmente consigue entradas en el trabajo.
La proposición alegró mucho a Harry, podría ver antes a Ginny si se quedaba en la Madriguera. –Sí... Apuesto a que los Dursley estarán encantados de dejarme ir... Especialmente después de lo que le hice a tía Marge...
Mucho más contento, Harry jugó con Ron y Hermione varias manos de snap explosivo, mientras Ginny se acurrucaba junto a él y Hermione intentaba convencerla a ella también de tomar Estudios Muggles, y cuando llegó la bruja con el carrito del té, compró un montón de cosas de comer.
–Harry –dijo Hermione de repente, mirando por encima del hombro de él–, ¿qué es eso de ahí fuera?
Harry se volvió a mirar. Una lechuza apareció volando y dejó caer la carta sobre el asiento de Harry y comenzó a zumbar por el compartimento, contenta de haber cumplido su misión. Hedwig dio un picotazo al aire con digna actitud de censura. Crookshanks se incorporó en el asiento, persiguiendo con sus grandes ojos amarillos a la lechuza. Al notarlo, Ron la cogió para protegerla. Harry recogió la carta. Iba dirigida a él. La abrió y les dijo: –Es de Sirius
–¿Qué? –exclamaron Ron y Hermione, emocionados–. ¡Léela en voz alta!
Querido Harry:
Espero que recibas esta carta antes de llegar a casa de tus tíos. No sé si ellos están habituados al correo por lechuza. Buckbeak y yo estamos escondidos. No te diré dónde por si ésta cae en malas manos. Tengo dudas acerca de la fiabilidad de la lechuza, pero es la mejor que pude hallar, y parecía deseosa de acometer esta misión.
Creo que los dementores siguen buscándome, pero no podrán encontrarme. Estoy pensando en dejarme ver por algún muggle a mucha distancia de Hogwarts, para que relajen la vigilancia en el castillo.
Hay algo que no llegué a contarte durante nuestro breve encuentro: fui yo quien te envió la Saeta de Fuego. Crookshanks llevó el envío a la oficina de correos. Utilicé tu nombre, pero les dije que cogieran el oro de la cámara de Gringotts número 711, la mía. Por favor, considéralo como el regalo que mereces que te haga tu padrino por cumplir trece años.
También me gustaría disculparme por el susto que creo que te di aquella noche del año pasado cuando abandonaste la casa de tu tío. Sólo quería verte antes de comenzar mi viaje hacia el norte. Pero creo que te alarmaste al verme. Te envío en la carta algo que espero que te haga disfrutar más el próximo curso en Hogwarts. Si alguna vez me necesitas, comunícamelo. Tu lechuza me encontrará.
Volveré a escribirte pronto.
Sirius
Harry miró dentro del sobre. Había otro pergamino.
Yo, Sirius Black, padrino de Harry Potter, autorizo por la presente a mi ahijado a visitar Hogsmeade los fines de semana.
–Esto le bastará a Dumbledore –dijo Harry con indolencia. Volvió a mirar la carta de Sirius –Hay una posdata: He pensado que a tu amigo Ron tal vez le guste esta lechuza, ya que por mi culpa se ha quedado sin rata.
Ron abrió los ojos de par en par. –¿Quedármela? –preguntó dubitativo.
La miró muy de cerca durante un momento, y luego, para sorpresa de Harry y Hermione, se la acercó a Crookshanks para que la olfatease.
–¿Qué te parece? –preguntó Ron al gato– ¿Es una lechuza de verdad?
Crookshanks ronroneó.
–Es suficiente –dijo Ron contento – Me la quedo.
Aquello provocó risas en el vagón, incluyendo las de Ginny, la sorprendía después de todo el odio que le había profesado a ese gato. En cuanto a la carta, se alegraba de que Harry tuviera a alguien que viera por él, aunque no estba especialmente esmocionada de que un matón que acostumbraba torturar débiles fuera lo que ella eligiera. Además, la complació el que Harry no estuviera tan entusiasmado, y que a leguas prefiriera quedarse en la Madriguera con ella.
Tendría que convencer a su familia de que le permitieran quedarse con ella.
En el siguiente capítulo comenzará el caliz de fuego :3
