Luego de que el sombrero seleccionador mandara al nuevo a la casa de Slytherin, tanto Rosé como Eleonor y Albus prestaron especial atención al aspecto del adolescente. Era delgado y muy alto. Tenía unos aires de sobriedad y elegancia difíciles de evadir a simple vista. Su cabello, de tonalidad rubia delicada, peinado en una cola, era largo y llegaba por debajo de sus hombros.
—¿Cuándo va a terminar todo esto? —exclamó Flinch abrumado—. ¡Que se vaya a sentar de una buena vez, quiero comer!
Luego de que el sombrero hablara, el director se acercó al nuevo estudiante y empezaron a conversar por lo bajo.
—Flinch… —dijo Rosé rodando los ojos—. Probablemente el chico esté nervioso por ser su primera vez aquí. Ten algo de paciencia.
—No luce nada nervioso, la verdad —mencionó Eleonor, y puso gesto de desconcierto.
Albus continuó con los ojos puestos en Grindelwalde mientras estudiaba cada detalle de su aspecto físico. Le extrañaba el color blanquecino de uno de sus ojos. Ese detalle llegó a captar su atención poderosamente y, por alguna extraña razón, fuera esa u otra, Albus no podía quitarle los ojos de encima.
—¿De qué estarán hablando? —preguntó Rosé, inquietada.
—Ni idea —respondió Eleonor—. Quizás de las materias y horarios.
—¿Y que no pueden discutir eso después? ¡Tengo hambre! —rezongó Flinch.
Albus continuaba sumergido en su mundo. Con una mano sostenía su barbilla al mismo tiempo que sus ojos azules dirigían la mirada hacia cada gesto de Grindelwald.
Miró al chico nuevo. Lucía alto y su llamativa tez pálida junto con sus ojos de colores tan distintos le generaban una sensación inquietante, rara… nerviosa.
De un momento a otro, el nuevo bajó las escalerillas del podio directivo y fue a sentarse a la mesa de los Slytherin junto con el resto de los que, a partir de ahora, serían sus compañeros. Como la mesa estaba más bien vacía, algo muy común tratándose de la casa de las serpientes, Grindelwald tenía asientos de sobra para elegir. Acabó sentándose en una esquina a pesar de eso.
—Queridos estudiantes… —anunció Phineas para todos—. No planeo retrasar más este festín. Espero que disfruten la cena que el personal de Hogwarts ha elaborado con mucha dedicación para ustedes. —Luego de un grandioso aplauso, Phineas fue a sentarse junto al resto de profesores y un banquete espléndido se desplegó encima de las cuatro mesas.
—¡Mastica, cielo santo! —rugió Rosé al ver a Flinch casi atragantándose con una presa de pollo. Ella, por su parte, había escogido ensaladas y patatas, al igual que Eleonor—. Albus… ¿vas a comer? —preguntó. Había preocupación en su tono de voz.
Albus salió de sus cavilaciones enseguida. Sin haberse dado cuenta se había quedado sumido en pensamientos acerca de Aberforth. Se preguntaba cómo estarían su madre y su hermana y si su hermano habría podido hacer todos los quehaceres sin ayuda.
Sintió un súbito dolor de pecho que le arrebató el apetito.
—Sí —respondió con desgano. Sujetó un cucharón y con él se llevó un puñado de papas al plato. Sonrió para sus adentros al darse cuenta de que ahora estaba en Hogwarts y podía hacer la magia que quisiera cuando le viniera en gana. No había ningún tipo de restricción.
—¿Con qué materia arrancamos mañana? —preguntó Flinch mientras tragaba, por lo que fue difícil comprenderle.
Rosé rodó los ojos.
—Era obvio que iba a tener que decirles —rezongó—. No sé por qué supuse que ninguno leyó el itinerario de séptimo en las vacaciones. Aunque, bueno… sé que tú Albus estuviste demasiado ocupado —agregó, sin poder lidiar con la culpa—. Y tú Eleonor estuviste de vacaciones en Escocia; entiendo que no hayas podido husmear eso. Y, Flinch, sé que a ti te debe haber ganado la holgazanería.
—Por lo menos no soy una sabelotodo insoportable como tú —dijo Flinch, y a pesar de tener la boca llena de comida, se le había entendido perfecto y su comentario llegó a oídos de todos.
Rosé le dedicó una mirada fulminante, aunque sus mejillas se habían sonrojado de tal manera que fue obvio para todos que estaba avergonzada por el comentario. Eso fue todo para que Albus soltara una carcajada y dejara de pensar en su familia aunque fuera por unas horas.
Luego de que finalizara la cena y de que la mayoría de los Gryffindor partieran del comedor hacia sus salas comunes, Albus sintió una mano sobre su hombro que lo obligó a detener su caminata.
Phineas Black le sonrió de la manera que un padre le sonreiría a un hijo. Albus siempre había sentido que su director tenía cierta preferencia por él entre todos los estudiantes. Y sus amigos también. Eso lo había metido en varias discusiones por celos más de una vez en la escuela.
Albus siempre había sentido que su director ocupaba el lugar vacío que había dejado su padre desde que lo arrestaron. Más vacío ahora que nunca.
—Mañana a las ocho te espero en mi despacho. —Sonrió.
—Pero a las ocho tenemos Aritmancia… —dijo Albus perplejo.
El director continuaba sonriendo. Levantó el dedo índice para acallar a Albus.
—Si no cuentas con los materiales no vas a poder empezar, ¿no es así? —Sonrió de nuevo—. Mañana a las ocho —volvió a decir, y se marchó por el pasillo.
—¿Qué te dijo? —le preguntó Rosé cuando Albus se les unió más tarde. Iban subiendo las escaleras hacia la sala común en la torre Gryffindor.
Albus le contó y sus amigos arrugaron las cejas.
—¿Por qué tan temprano y por qué solo a ti? —preguntó Rosé con un tono de voz angustiado.
—¡Ya salta la envidiosa! —exclamó Flinch, rodando los ojos.
Rosé puso los ojos en blanco.
—¿Dijo de qué quería hablar? —preguntó Eleonor.
—Sí, parece ser que va a darme los materiales. Como prácticamente yo no iba a hacer el último año y resulté viniendo de últimas…
Todos asintieron. Dijeron la clave frente a la dama gorda y entraron en la sala común. Rosé había sido lo suficientemente sensata como para ir por agua caliente a la cocina luego de la cena. Los elfos domésticos se la sirvieron en termos, de muy mala gana. Ya estaban agotados luego de haber preparado semejante banquete y querían ir a dormir.
La sala común se convirtió en un bullicio repleto de tantas personas que en un punto se volvió intransitable. Sobre todo con los de primero yendo y viniendo con sus maletas y sus mascotas, y sin saber dónde apoyar sus cosas.
Pero gracias a los prefectos todos se fueron a dormir medianamente temprano y el lugar volvió a recuperar el silencio habitual.
Albus y sus amigos fueron a sentarse al suelo, junto a las últimas brasas de leña que ardían en la hoguera. Se sirvieron agua de los termos en sus tazas y conversaron un buen rato.
—Y eso hice en mis vacaciones —dijo Flinch mientras bebía té—. Fue divertido viajar a África. El Congo es un lugar fantástico. Los guías turísticos nos advertían todo el tiempo que tuviésemos cuidado de pararnos al borde de los ríos. Las orillas son lodosas y hay cocodrilos del tamaño de elefantes ahí. —Bebió un poco de su té mientras el resto de sus compañeros de Gryffindor lo escuchaba atentamente—. ¿Qué hay de ustedes? ¿Qué hicieron?
—No mucho, la verdad —respondió Eleonor. Fuimos a la playa con mamá, papá y Jasmine. Se portó bien, para sorpresa de todos —dijo, por su hermana menor. También ella estaba tomando té.
—Yo, al contrario de ustedes, fui a casa de mi abuela. —Sonrió Rosé—. Ya andaba necesitando un tiempo fuera del bullicio de Londres, ¡las carretas con los caballos me enloquecen! —Rodó los ojos y bebió de su infusión.
Albus no había emitido palabra. Mientras sus amigos hablaban, él había estado observando las cicatrices que el filo de los cuchillos habían dejado en su mano todas aquellas veces que había cocinado sin ayuda de magia.
—Pues… mi verano no fue para nada como el de ustedes, chicos —anunció. Sus amigos lo miraron fijamente. El silencio que se formó entre los cuatro fue incómodo.
—Papá me contó lo que ocurrió con tu padre, Al —susurró Flinch. Dejó la taza vacía en el suelo—. En verdad lo siento. ¿Cómo está tu hermana?
—Sigue sin poder recuperar del todo su sensatez —dijo, de modo que todos entendieron por dónde venía la mano—. Aberforth decidió quedarse a cuidar de ella. —Albus se sintió extrañamente incómodo al contar eso último.
Creyó que sus amigos empezarían a interrogarlo para preguntarle por qué él no había actuado igual que su hermano, o si es que pensaba dejarlo solo a Aberforth con todas las obligaciones. Pero, por suerte para Albus, tanto Eleonor como Flinch asintieron con la cabeza y permanecieron callados, con expresión de abatimiento. Sus rostros expresaban lo mal que se sentían de tan solo pensar en la situación de Albus. Tanto así que decidieron dejar el tema y pasaron a contar lo muy abrumados que estaban de tan solo ver el grosor de los libros que tendrían que estudiar durante el año.
A eso de la una de la madrugada ya todos decidieron irse a acostar. Debían levantarse temprano al día siguiente y Rosé insistió demasiado en que no podían llegar tarde el primer día, o causarían la peor de las impresiones en los profesores.
Eleonor y Flinch estuvieron de acuerdo, sin embargo Albus decidió quedarse unos minutos más frente al fogón de la chimenea. Ya se había acabado su té; se había puesto una manta que le cubría la espalda y lo resguardaba del frío.
No supo Albus si su imagen dio a entender algo más, porque Eleonor se acercó a él y le susurró al oído:
—No te quedes aquí por mucho tiempo. Debes descansar. —Le dio un beso en la frente y se dio media vuelta para irse junto con Flinch y Eleonor al dormitorio.
Albus pasó buen rato mirando cómo la madera era consumida por el fuego. El sonido de los troncos crujiendo era un aliciente para todo aquel silencio. Flexionó las piernas y abrazó sus rodillas. Se cubrió un poco más con la manta y, poco a poco, sus pensamientos fueron direccionados hacia sus preocupaciones.
Debía escribirle una carta a Aberforth, y pensaba cuál sería la mejor forma de empezar. Decidió que no iba a perder demasiado tiempo ni tampoco buscaría el momento perfecto. Fue en busca de papel y una pluma, y comenzó a escribir frente a la luz que le proveía el fuego.
Aberforth, hermano
He llegado a Hogwarts, finalmente. No pude dejar de pensar en ti ni en mamá y Ariana durante todo el viaje en el expreso el cual, la verdad, se me hizo corto.
Te prometí que te escribiría una carta para avisarte que llegué bien; no dejaré pasar un día porque luego, como tú ya sabes, me meto de lleno en los libros y entre el estudio y las clases voy a olvidarlo, como olvido todo, quizás.
Acabamos de cenar un banquete espléndido… Phineas estaba de lo más entusiasmado y, ¡a que no sabes qué! Hogwarts tiene un compañero nuevo que viene de Durmstrang. ¿Raro, no? Me causa inquietud saber por qué decidió cambiarse de escuela justo en el último año. El sombrero lo mandó a Slytherin, y lo compadezco porque va a tener que aguantar al bully de Norbitt.
Por favor no dejes de enviarme cartas contándome cómo van las cosas en casa. Voy a darle un buen regalo a Fawkes para que te entregue esta carta de inmediato, sin desviarse. Porque… ¡ya conocemos tú y yo cuánto le gusta merodear por el bosque!
Te quiero, y juro que ya te extraño.
PD: dime si pudiste retirar galeones del banco. Mantenme al tanto.
Albus
Dobló el papel y lo metió dentro de un sobre. Fawkes estaba descansando en el cuarto para mascotas y seguramente estaría demasiado exhausto como para llevar esa carta a esa hora de la noche. Decidió que sería mejor idea encargárselo al día siguiente.
Guardó el sobre en la mesa de luz y, ni bien apoyó la cabeza sobre la almohada, quedó profundamente dormido.
—Albus… —Era la voz de Rosé—. Despierta. Son las siete.
Le costó abrir los ojos. Se enderezó, bostezó mientras se ponía la ropa con calma. Fue al baño a lavarse la cara para despejarse un poco y luego se cepilló los dientes. Se abrigó y salió de la sala común hacia el despacho del director.
Tocó a la puerta.
—Adelante. —Escuchó decir a Phineas. Cuando abrió la puerta se encontró con el director sentado del otro lado de su escritorio, aunque no estaba solo. Había otro estudiante—. Por favor toma asiento, Albus —dijo Phineas sonriendo.
Albus se sentó en la silla que estaba al lado del chico nuevo de Slytherin. Se tomó un microsegundo para mirarlo de reojo con atención; al contrario de él, aquél no tenía cara de dormido. Mantenía una actitud seria y un semblante taciturno. En ningún momento se giró para mirarlo o siquiera para saludarle.
—Los hice venir hoy porque como ambos tuvieron complicaciones al momento de empezar, ninguno cuenta con los materiales para asistir a clases. —La puerta del despacho se abrió y un hombre calvo, gordo y barbudo entró a las zancadas. Albus y Gellert se voltearon para mirar al recién llegado—. Ludovico va a llevarlos al callejón Diagon a comprar los libros y todo lo que crean necesario. No hace falta que me devuelvan nada, esto es algo que me corresponde debido a la difícil situación que atravesaron ambos antes de venir…
Albus se quedó meditando sobre el nuevo. Se preguntaba cuál habría sido esa difícil situación que había tenido que atravesar como para siquiera contar con los útiles necesarios.
Albus también pudo notar que la atención de Grindelwald no estaba puesta en Phineas, sino en un punto inexistente en esa oficina, demasiado lejos, como si se encontrara en otro planeta.
—Buen día, Albus —dijo sonriendo el jefe de Gryffindor. Apoyó una mano sobre su hombro y lo acarició de manera ruda, pero afectuosa—. Voy a acompañarte hoy, por favor no vayas a hacer de las tuyas. Tenemos que volver al mediodía. —Echó una carcajada, pero cuando fue momento de saludar a Gellert, Ludovico se puso muy serio y apenas lo miró; gesto que no pasó inadvertido para Albus.
El Slytherin clavó sus ojos grises en Ludovico durante unos segundos, y luego desvió la mirada, como si no tuviera el mínimo interés en aquél.
—Bueno, ya lo escucharon —dijo Phineas—. Deben estar de regreso en el castillo al mediodía. Les recomiendo que hagan una lista para no demorarse y también para no olvidar nada cuando ya hayan acabado de hacer las compras.
Albus creyó que Phineas era un director de otra galaxia: haberle dado dinero a su familia para que pudiera sustentarse durante un año de ausencia había sido un acto generoso que no creía poder pagar en su vida, ¡y ahora esto! Era demasiado para él. Ya ni sabía cómo le devolvería semejantes actos de bondad. No pudo evitar sonreír.
—Gracias, profesor —dijo Albus con timidez.
Phineas asintió con la cabeza.
—No hay nada que agradecer. —Miró de refilón a Grindelwald, quien se incorporó de la silla con elegancia y, sin decir nada, se dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Continuaba con cara seria y actitud reacia—. Ludovico, por favor cuida a ambos. Nos vemos en un par de horas.
Los tres salieron del despacho de Phineas. Ludovico condujo a los muchachos fuera de Hogwarts y los dirigió hacia la habitación de calderos. Ludovico entró primero, luego Albus y finalmente Gellert.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó el rubio con cierta desconfianza, mientras cerraba la puerta.
—Típico de Slytherin: no confían en nadie —dijo Ludovico y soltó un suspiro—. Cállate, muchacho, y observa.
Gellert puso los ojos en blanco tras esa declaración, sin embargo no dijo nada y siguió los pasos del jefe de Gryffindor.
Albus arrugó el entrecejo. Nunca había tenido ocasión de ver a Ludovico siendo descortés con alguien, mucho menos con un estudiante. Era un sujeto simpático y muy agradable. Le resultó extrañísima la manera en la que trataba al alumno nuevo.
El hombre se acercó a una chimenea y les pidió a Gellert y a Albus que se pararan a su lado. Ambos sujetaron a Ludovico por las manos, aunque a Gellert le resultó tan desagradable el contacto físico que puso cara de asco.
—Tampoco a mí me hace gracia tocarte, chico. Créeme —dijo Ludovico con la misma falta de simpatía que Gellert—, pero por obligación debo hacerlo.
Ludovico puso un pie adentro de la chimenea. Arrastró con él a los adolescentes y, en cuestión de segundos, reaparecieron en el callejón Diagon.
Albus siempre se sentía mareado cuando viajaba por Red Flu, así que le costó un poco enderezarse. Observó a Grindelwald quien, al contrario de él, ya se había puesto de pie y estaba sacudiéndose el polvo de la chimenea.
—Llegamos —dijo Ludovico, con expresión seria y paso decidido.
Recorrieron el callejón a las zancadas hasta que entraron a la primera tienda, la mercería del señor Pirchz. Había telas colgadas por doquier, e incontables trajes de brujas y magos de todas las casas de Hogwarts y otras escuelas.
Albus se preguntó qué hacían ahí, pero inmediatamente recordó que Gellert no tenía la túnica de Slytherin ni tampoco la había llevado puesta en el banquete de la noche anterior. Había usado traje negro de vestir y corbata.
—Hola, William —saludó Ludovico al ver salir de detrás de una estantería a un anciano con cabello blanco, delgado y sonriente. Caminaba despacito y con la ayuda de un bastón.
—Ludovico, ¡qué gusto verte! —exclamó el señor Pirchz con mucha alegría. Se acercó al mostrador, se dieron las manos y comenzaron a hablar de manera amistosa.
Mientras tanto, Albus había notado que Gellert había tomado algo de distancia. Se había acercado a un rincón de la tienda donde estaban colgados varios uniformes. Sujetó uno de Durmstrang. Albus no conocía mucho de esa escuela, pero sabía que sus alumnos vestían chaqueta roja y pantalones color arena.
Gellert había descolgado el traje de la percha y lo observaba con añoranza. Tenía cosida una insignia de un dragón con tres cabezas en la parte izquierda del pecho.
Olsson, pensó Albus que Gellert habría pertenecido a esa casa. Sintió pena al ver que el nuevo Slytherin acariciaba el traje como si quisiera volver a sus raíces. Albus empezó a preguntarse cuánto querría Gellert ciertamente estar en Hogwarts o si, por el contrario, anhelaba regresar a Durmstrang.
¿Qué habría pasado entonces que fue a parar ahí? No podía quitar esa duda de su cabeza.
—¡Grindelwald, te dije que vengas para acá de inmediato! —exclamó Ludovico, y con un tono que Albus sintió muy agresivo. Gellert se dio media vuelta y fue hacia el mostrador—. ¿Qué no te enseñaron educación en tu casa o siquiera en Durmstrang?
Gellert puso los ojos en blanco, pero guardó silencio. Apoyó los brazos sobre el mostrador y empezó a husmear el uniforme de Slytherin que el señor Pirchz le mostraba.
Gellert sujetó el uniforme en lo alto para verlo con detalle.
—Está hecho con lino y las mangas están tejidas con tela de algodón. No pasarás frío y tendrás mucha movilidad, porque la tela es flexible.
Albus se fijó en la expresión del rubio. Miraba el uniforme con algo de recelo. Sus ojos se detuvieron especialmente en la insignia de la serpiente delante de un fondo verde.
No parecía gustarle.
—Pruébatelo —ofreció Pirchz y lo hizo pasar a un cambiador.
Quince minutos después salió Gellert con el uniforme, pero no llegó ni a pisar la tablada de la tienda que enseguida dijo:
—Me aprieta. —Intentó mover los brazos, pero las mangas no eran tan flexibles como había asegurado Pirchz.
El anciano asintió levemente.
—Eres muy alto. Creí que el talle te iría bien, pero al parecer es uno más. —Volvió a la parte trasera de la tienda y en menos de un minuto apareció con otro uniforme—. Este va a quedarte, estoy seguro.
Se lo dio a Gellert, quien volvió a entrar al cambiador. Segundos después apareció con el nuevo uniforme…
…y el corazón de Albus empezó a latir con fuerza. Ni siquiera entendió por qué, o qué había causado ese nerviosismo repentino en él.
El señor Pirchz condujo a Gellert hacia un espejo que estaba en una de las esquinas. Era un espejo grande que llegaba al suelo y quien se parara enfrente podía ver su cuerpo entero reflejado en él.
Gellert se observó a sí mismo. Esta vez sí le quedó de maravillas y podía moverse con libertad sin que el traje le ajustara. Le iba suelto y se lo veía cómodo.
Albus notó que, además, el negro del uniforme junto con la bufanda verde y plateada resaltaban sus facciones angulosas y la palidéz de su rostro.
Miró a Gellert de soslayo y admitió, por un leve y recóndito segundo, que se veía endiabladamente bien. Pero Albus procuró echarse fuera ese pensamiento tan rápido como había llegado. Estaba decepcionado de él mismo por haber pensado de esa manera sobre un compañero e irremediablemente se sintió avergonzado y sucio.
—Sí, este está bien —dijo Gellert—. ¿Puedo llevar también el uniforme de Quidditch? —Ludovico enarcó una ceja—. Era buscador del equipo de Olsson.
Olsson, tal como Albus había imaginado.
Ludovico no se mostró muy contento, pero tampoco se negó. Al final, Gellert acabó probándose el uniforme de Quidditch y Ludovico acabó pagándolo.
Pronto salieron en busca de lo demás que les hacía falta. Luego de entrar a la tienda de la señora Doroty Blain en busca de los libros, Ludovico insistió en entrar en Amanuensis Quills para comprar plumas y tinteros.
—Ya compré en las vacaciones —dijo Albus a pasos antes de entrar en la tienda. Se detuvo en seco justo en la entrada.
Ludovico se giró para mirarle. Alzó una ceja.
—Aprovecha esta oportunidad, no serás tú quien pague, y tendrás dos plumas y dos tinteros. —Alzó un hombro con obviedad. Albus se lo quedó mirando con súplica. Eso fue todo para que Ludovico cayera en la cuenta de lo que estaba pasando. Conocía a la señora Poltrey y también opinaba que era la chusma más grande del mundo mágico—. Y si ella intenta machacarte con preguntas, tranquilo. Yo la mantendré a raya.
Albus suspiró. Le generaba estrés el solo pensar que vería otra vez a la señora Poltrey y el hecho de tener que pensar de antemano las respuestas que iba a tener que dar ya le generaba ansiedad.
Acabó desistiendo y entraron juntos en Amanuensis Quills. Madame Poltrey abrió grandes los ojos cuando lo vio.
—¡Albus! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja—. Mírate nada más en compañía de Ludovico. Así que has decidido ir a Hogwarts después de todo. —Se acercó y le dio un beso en la mejilla—. Siempre supe que lo harías, de todas formas. Nunca fuiste familiero como tu hermano Aberforth. Él sí debe haberse quedado a cuidar de tu madre y tu hermana. Por cierto, ¿cómo están ellas?
—Madame… —interrumpió Ludovico sonriente—. Hemos venido por plumas y tinteros. Estamos apurados.
—Oh, lo siento. —La señora Poltrey pareció acatar la indirecta y se puso a buscar en la estantería—. Es que siempre me preocupo por Albus. Él sabe cuánto me consterna su situación y lo mucho que me gustaría que fuese diferente —confesó. Albus enarcó una ceja. No pudo evitar mirar de soslayo a Gellert, quien seguramente no sabía nada y estaría enterándose de su situación ahí mismo. Pero Grindelwald seguía sin expresión, era como si no estuviese mentalmente ahí, actitud que a Albus empezaba a ponerlo suspicaz—. Bueno… Esto es lo que tengo para ofrecerles. Es lo que quedó después de todos los que vendí justo antes del inicio de clases. —Puso sobre el mostrador las plumas y los tinteros que le habían sobrado.
—Escojan —dijo el hombretón, y los muchachos se acercaron para ver. Madame Poltrey les dio un pergamino para que pudieran probarlos.
—¡Vaya! Qué bonita rúbrica tienes, Albus —dijo la mujer, quien estaba observando la manera de escribir de los dos—. La tuya, en cambio, es algo desaliñada —le dijo a Gellert. Al cabo de un rato, ya ambos habían elegido—. Bueno, Ludovico, dos tinteros y dos plumas, son cuatro galeones.
Ludovico buscó en sus bolsillos. Rodó los ojos y suspiró.
—Me temo que solo tengo dos galeones. Gastamos mucho dinero hoy. Tendré que ir al banco. —Salió por la puerta—. Espérenme aquí, no me tardo —dijo al cerrar.
Albus y Gellert quedaron solos en la tienda junto a madame Poltrey. Ella no tardó mucho en volver a su actitud normal y, en menos de un segundo, empezó a adoptar una postura inquisitiva.
—Así que han estado de compras… —exclamó—. ¡Qué extraño a esta altura del mes! Las clases ya han empezado, se han demorado en decidir ir al colegio, ¿eh? —Soltó una risa que no contagió a ninguno de los dos—. ¿Ese uniforme que llevas en la bolsa es nuevo? —le preguntó a Gellert.
—Sí —respondió él a secas.
—Te ves de unos… ¡déjame adivinar! ¿Dieci…?
—Dieciséis —dijo sin dar tiempo a que ella terminara la oración.
—Ya veo —alegó Poltrey enarcando una ceja—. ¿Y cómo te llamas, chico?
Él suspiró lentamente.
—Gellert Grindelwald.
—¡Ah! Tú eres el alumno nuevo que acaba de entrar en Hogwarts y viene de Durmstrang. Escuché hablar de ti. —"Y no podía ser de otra manera", pensó Albus—. ¿De dónde eres, Gellert? —quiso saber la mujer.
El chico se mostró arisco al responder la pregunta. Daba señales claras de que no le apetecía hablar demasiado de su vida privada.
—Suiza —dijo al fin con gesto antipático.
—¡Oh, vaya! ¡Qué hermoso lugar! —exclamó Poltrey sonriente y llevándose las manos al pecho—. Sabes, tengo una prima que vive ahí, cerca de Zurich. Voy cada año a visitarla. Hubo veces en que me dieron ganas de quedarme a vivir. Suiza es hogareño y rústico…
—Sí, es lindo —dijo Gellert sin mucha emoción—. Extraño las costumbres de allá. Aquí en Inglaterra todo es diferente.
Albus miró a Gellert de reojo.
—¿Y por qué te mudaste?
A pesar de considerar a Poltrey como una entrometida, Albus estaba agradeciendo internamente que le hiciera ese tipo de preguntas. También él sentía curiosidad por saber de dónde venía el chico nuevo y por qué había tomado la decisión de dejar Durmstrang a un año de graduarse.
—Fue decisión de mi abuela. Me mudé con ella en el verano —dijo Gellert, sujetó la pluma y el tintero que había elegido y se los dio a Poltrey.
—¿Quién es tu abuela? —continuó la mujer.
—Bathilda Bagshot —respondió.
Poltrey quedó con la mirada puesta en un punto inexistente, repensando.
—Hasta donde yo sé, Bathilda no tiene hijos. Siempre la vi como una persona terriblemente solitaria.
—Es cierto —dijo Gellert—. Ella no tiene hijos, no es mi abuela directa, es mi tía abuela —aclaró.
—¿Y quiénes son tus padres?
La puerta se abrió de repente y Ludovico entró en la tienda. Fue directo hacia la mujer y le entregó en mano su paga.
—Aquí tiene cuatro galeones. Vámonos, muchachos —ordenó.
La anciana no se atrevió a continuar con la conversación, dado que Ludovico fue muy cortante al interrumpirlos.
Albus y Gellert dieron media vuelta y caminaron en dirección a la puerta. Albus se sintió aliviado de saber que en un rato estaría de regreso en Hogwarts y que no había sido necesario compartir todas esas respuestas acerca de su padre, las cuales había estado repensando antes de entrar en Amanuensis.
