Hyoga
Colocó la ropa sobre la cama del apartamento y durante unos instantes se dedicó a afeitarse con cuidado. Se concentró en la labor, aunque fuera una pérdida de tiempo. En su rostro sólo crecía una pálida pelusa rubia de niño, que lo hacía parecer mucho más joven y frágil de lo que realmente era.
"Esto es lo que pasa cuando una eslava mantiene relaciones con un japonés. Una mezcla que no siempre saca lo mejor de ambos genotipos".
Se limpió el exceso de espuma y dejó la cuchilla de afeitar en el lavabo. Apartó la cruz de su madre del pecho y se exploró las cicatrices que brillaban bajo la luz blanquecina del cuarto de baño. Estaba cubierto de ellas, pero entre todas destacaba una, situada sobre su pectoral izquierdo. Sobre su corazón.
Una cicatriz que ardía constantemente.
Apretó el puño para forjar en su interior un trozo de hielo que aplicó como un bálsamo sobre la antigua herida. La observó con cuidado, buscando indicios de una cicatrización en falso, pero no encontró nada. Sentía la piel apergaminada bajo los dedos, aunque si cerraba los ojos, podría jurar que aún manaba sangre.
Dejó caer el trozo de hielo y se agarró al lavabo. Toda su concentración se evaporó y lo sumió en un incontrolable ataque de nervios. Tembloroso y con los ojos vidriosos, se miró al espejo, pidiendo perdón a su adorado Maestro por insultar, una vez más, los preceptos de la casa de Acuario.
"Lo siento mucho, Maestro. Te juro que lo intento, pero este ardor, este maldito ardor no deja de…"
Frunció los labios y trató de controlar su respiración tal y como le había enseñado el psiquiatra de la Fundación Graude. Dejó fluir libres los pensamientos, porque lo último que deseaba era romper a llorar. Sin embargo, al notar la humedad en sus mejillas esbozó una mueca macabra frente al espejo. Desde niño, el blanco de todas las puyas en el orfanato siempre había sido Shun por su actitud piadosa y emotiva. A él, sin embargo, no le tenían en cuenta ni su compasión ni su sensibilidad, quizás por su ascendencia mestiza, por la conocida historia de la trágica pérdida de su madre —como si los demás no fueran huérfanos—, por la naturaleza de sus poderes o por otro tipo de variables que no alcanzaba a comprender.
"Libérate de todo sentimentalismo, Hyoga. Libérate o morirás".
Se rodeó con los brazos y acarició con devoción los impactos de la Aguja Escarlata que Milo había dejado en su cuerpo tras la batalla en Escorpio. Al cerrar los ojos, evocó sin esfuerzo su voz grave, el aroma a jazmín de su cabello, y la energía desatada de su mirada cuando combatía. Fue más allá y recreó en su mente sus caderas rotundas, los muslos redondos que invitaban a perderse entre ellos, el pecho amplio donde apoyarse al cabalgar, el secreto que se escondía bajo la faldilla dorada de la armadura maldita.
"Milo… oh, Milo…"
Se detuvo de inmediato cuando reparó en la erección que comenzaba a emerger entre sus piernas. Negó con la cabeza, maldiciendo lo indecente de su comportamiento. ¿Qué clase de pervertido se excita pensando en un combate que casi le cuesta la vida? Estaba seguro que si se presentaba en el Santuario sucumbiría ante Milo como la vez anterior, pero sabía que ya no había marcha atrás. Tenía una misión que cumplir y además, necesitaba cerrar aquel capítulo, aclarar lo sucedido y avanzar, o claudicar para siempre.
—Mi fe habrá quebrantado la tuya —susurró, acercándose hacia la cama mientras se secaba las lágrimas—. Pero tus actos me han condenado a una vida gris, Milo. Una vida gris.
Tiró a la papelera las entradas de los establecimientos que había visitado desde su llegada a Atenas, hacía ya varias semanas, aunque conservó la que llevaba impreso el Ganímedes dando de beber al águila de Thorvaldsen. Representaba a su avatar mitológico, el primer Acuario, el muchacho troyano que enamoró con su belleza al rey de los dioses.
El primer homosexual elevado a la categoría divina.
Se rozó la cicatriz del pecho y besó la yema de sus dedos a continuación. Pronto se enfrentaría con el hombre que le había lanzado aquella maldición, el estigma que dominaba su vida.
Aquel a quien pertenecía desde que había pisado el pasillo de Escorpio y que ni siquiera imaginaba todo lo que Hyoga sentía por él.
—Mi fe… ha quebrantado la tuya.
No tardó en vestirse.
