Milo

Miró el calendario, arrancó las hojas de los días que ya habían pasado y suspiró. La toma de posesión se celebraría en menos de una semana y pronto Hyoga sería un caballero dorado con su mismo rango y custodio de uno de los Doce Templos, lo que le daba el derecho a cruzar por el propileo y el pasillo de Escorpio sin tener que pedir permiso a su morador.

"Esto va a ser una puta pesadilla".

Arrugó el papel del almanaque y lo lanzó al cubo de basura con furia. Se sentó en la mesa y releyó la citación, mientras recordaba el pacto que había firmado con el caballero de Acuario tiempo atrás; las pautas a seguir en el caso de un desenlace fatal, las carcajadas del propio Milo ante la perspectiva de que el Cisne venciera a su maestro.

El juramento, rubricado con besos sobre la piel del francés, de hacerse cargo de su discípulo si a él le ocurría algo en la contienda.

Cerró los ojos y bufó, tratando de ignorar el dolor en el pecho. La simple idea de imaginarse a Hyoga frente a él conseguía colapsarlo, ya que sólo era capaz de ver la imagen de Camus muerto, su rostro blanco sobre el suelo y el báculo de la diosa resucitando a su asesino.

De haber intuido aquel resultado, Milo jamás habría respetado las condiciones de lo acordado entre ellos la noche en que Camus le hizo el amor por última vez. No habría perdido el tiempo en tratar de convencer a Hyoga para que desertara, y tampoco lo habría probado como caballero. Una ejecución rápida y precisa hubiera sido la solución más apropiada, pero ya era tarde para lamentarse. Lo hecho, hecho estaba: Hyoga sobrevivió a ese combate y a otros más, demostrando no sólo ser un digno caballero de Atenea, sino también el perfecto sucesor a la armadura de Acuario.

Se acarició la melena, mesando su flequillo que al instante volvió a su posición original.

—No podré soportar esta situación. Lo voy a terminar matando.

Se apretó el puente de la nariz tratando de relajarse, y cuando vio que era imposible se entregó a la caza y captura de un cigarrillo. ¿Dónde estaban los amigos cuando se les necesitaba? Aioria lo escucharía, se tomarían unas copas de vino, terminarían en cualquier antro de Atenas acompañados de una caterva de borrachos y amanecerían, a continuación, en la cama de algún desconocido.

Le echaba de menos.

El eco de unas pisadas proveniente del pasillo principal del Templo lo sacó de su ensimismamiento. Alzó su cosmos, se agazapó tras la puerta y esperó, con el brazo retraído y dispuesto a invocar la Aguja.

—¿Mi señor? —se oyó una vocecita temerosa—. Le traigo la correspondencia.

Milo se relajó al reconocer a Ino, su doncella personal. Bajó la guardia y salió mostrando su mejor sonrisa. Lo último que deseaba era aguantar sus consejos sobre su propio bienestar emocional.

—Gracias, muchacha —la despidió.

La postal de Aioria le hizo sonreír. Con una caligrafía desastrosa —posiblemente la había escrito encima de la espalda de alguien, o sobre otros lugares más comprometidos—, le informaba que la misión que le habían encomendado en Mykonos iba viento en popa. Milo no lo dudaba; en un lugar como aquel Aioria sería, más que un enviado del Santuario, la mayor atracción del lugar.

Todo el mundo querría ser caballero de Atenea, o más bien, ponerse al servicio del ateniense.

Exhaló el aire contenido en sus pulmones y dejó la postal sobre la estantería de su sala de estar. Cuando se iba a disponer a abrillantar la armadura de Escorpio, volvió a sentir algo en el pasillo que lo hizo ponerse en alerta de nuevo.

—Por las trenzas de Artemisa… qué cojones tienes, chaval.

Dudó durante unos instantes sobre qué hacer. ¿Salir y saludarle? ¿Atacarle?

¿Llevarlo a rastras a la cama y follárselo sin contemplaciones?

La idea le hizo sonreír.

Se preparó para la confrontación. Alzó su cosmos con suavidad, se hiperventiló y se hizo uno con la energía cósmica del Templo, retroalimentándose con su aura, vibrando al sentir su poder.

Quería ponerle las cosas difíciles.

Sí, eso haría.