Hyoga

El centinela de la entrada dejó su komboloi sobre la ventana de la garita cuando Hyoga le extendió el visado y la citación. Era joven y muy atractivo, de pelo ensortijado negro y mirada penetrante. Hyoga lo miró con curiosidad, mientras el guardia comprobaba que el hombre de la fotografía del pasaporte correspondía con el que tenía delante. Cuando le devolvió la documentación, Ezio se presentó y le explicó en griego rudimentario que se estaban celebrando las pruebas para aspirante a caballero, así que era peligroso merodear por los campos de entrenamiento. El guardia le sugirió con amabilidad que se dirigiera al propileo Sur. Desde allí podría acceder sin problemas a las Doce Casas.

Hyoga agradeció esas recomendaciones sonriéndole con timidez. El soldado se ofreció a acompañarlo, por miedo a que Hyoga se perdiera o algo peor. El Cisne le aseguró que encontraría su destino sin dificultad, aunque entendía la preocupación del joven. Debía estar preguntándose cómo alguien tan flaco y desgarbado había conseguido llegar a ser caballero de Atenea. Sin embargo, la constitución física del ruso lo convertía, al igual que su elemento, en un arma de doble filo: los guerreros de los Hielos eran temidos y respetados por su resistencia al dolor y a la fatiga.

Pronto podría probar si esa realidad era cierta, pensó con angustia.

A medida que ascendía por las escaleras y cruzaba los templos vacíos, la opresión en el pecho se hacía más y más palpable. Una parte de él deseaba salir corriendo y no parar hasta llegar a la cabaña de Siberia, esconderse allí y no salir jamás, pero la otra le obligaba a avanzar. Debía averiguar si lo que le ocurría era una adicción derivada de su mezcla de veneno y hielo en sangre, o por el contrario consistía en algo más profundo y preocupante.

Si descubría que su ansiedad derivaba de lo primero, Milo le facilitaría la cura. Y si por el contrario se trataba de lo segundo, Milo tendría en su mano la llave de su libertad.

O de su locura.

¿Qué sabía de él? Su nombre civil. Su propio maestro se lo había revelado una noche, cuando aún eran capaces de mirarse a los ojos sin que la culpa los devorara a ambos. Camus le relató cómo había sido su vida en Atenas cuando aún era cadete, y le advirtió, entre tragos de vodka y sonrisas nostálgicas, sobre uno de los caballeros que había conocido: Milo Alkaios, el espartano, el hijo de la Hélade, la leyenda viva heredera del rey Leónidas, una gloriosa figura poseedora de una belleza terrorífica.

"Cuánta razón tenías, Maestro".

Recordó con intensidad el momento en que entró con Shun en brazos en el Templo de Escorpio y Milo lo observó con detenimiento. ¿Existiría hombre más atractivo que él en la Tierra? Hyoga lo dudaba. Aún en mitad del combate, no pudo reprimir echarle un vistazo a su anatomía e incluso se sonrojó por los pensamientos lascivos que le asaltaron: la faldilla ajustada a sus caderas, las botas lamiendo sus muslos, el peto escondiendo su pecho amplio y la melena, aquel símbolo sexual que se alzaba como dotada de vida cuando inflamaba su cosmos, lo convertían en un ser inalcanzable e imposible de olvidar.

"... cuánta razón tenías".

Todas esas imágenes volaban libres por su mente en sus momentos de mayor intimidad, y en la soledad de su cama en el Ártico se disparaban, excitándole hasta un punto insoportable. Su cuerpo se incendiaba en respuesta y le obligaba a tirarse en la nieve desnudo, mientras gemía el nombre de Milo a la vez que clavaba su erección en la escarcha del suelo, simulando un coito doloroso y placentero a partes iguales. A pesar de su timidez innata, de los complejos y de los reparos que tenía a contemplar su propio cuerpo, Hyoga se convertía en un ser salvajemente sensual, gobernado por su instinto primitivo y entregado a disfrutar uno de los orgasmos más violentos e intensos que un Acuario era capaz de experimentar.

Gritaba y se revolcaba en la nieve durante horas, ajeno a las inclemencias del tiempo y a las condiciones climatológicas. Era uno con su sexualidad, y volaba libre, extendiendo sus alas cósmicas al igual que las extendía la armadura de Cygnus. Sin embargo, cuando recuperaba el control sobre sí mismo y veía los arañazos en su pubis, las rojeces en la cara interna de sus muslos y los restos de un cilindro de hielo clavado aún entre sus nalgas, se hundía en un pozo profundo de amargura, culpa y pesar.

Había vuelto a fallar a su Maestro, a los preceptos de Acuario, a la diosa y a sí mismo.

Se tapó la boca y se agarró a uno de los pilares de la Casa de Libra. Tenía los nervios a flor de piel y todo su cuerpo reflejaba el constante estado de angustia que padecía desde hacía varios meses. Se estaba dejando vencer, él, que había matado dioses, por el deseo prohibido del roce de la piel de Milo contra la suya. Por el abrazo de un hombre que, al arrancarlo de las garras de la muerte lo había condenado a un suplicio peor.

Tomó aire y lo expulsó lentamente mientras continuaba ascendiendo; ignoró lo sucedido en el interior de Libra, los consejos, el combate, la tortura de permanecer vivo en un bloque de hielo para toda la eternidad. Cruzó el pasillo, dejó atrás las marcas donde había estado su tumba y donde había resucitado, y avanzó hacia la Casa de Escorpio que se alzaba ante él, majestuosa, impenetrable, oscura.

Aterradora.

Caminó con prisa y se adentró en el pasillo alzando su cosmos. La armadura de Escorpio vibró, posiblemente porque le reconocía gracias al veneno que portaba en su torrente sanguíneo. Cuando abrió la boca para anunciarse, un jadeo ronco sustituyó al nombre del caballero que había ido a ver.

Tosió, aclaró su voz y lo intentó por segunda vez.

—¿Mi…lo?

Nadie contestó.

—¿Milo?

El aura impresa en las paredes retumbó contra el cosmos latente de Hyoga. Desde que había peleado en los Elíseos, su empatía cósmica se había multiplicado y ahora era capaz de leer las improntas de los objetos sin apenas esfuerzo. Ya no era un ingenuo mozalbete vestido con una armadura de bronce. Ahora era el heredero de Acuario y había sido convocado para tomar posesión de la armadura de Camus, su difunto Maestro.

—¿Milo? —volvió a preguntar, temblando de nerviosismo. La armadura ronroneaba, indicándole que el Escorpión estaba en la Casa—. ¿Puedo pasar?

Una corriente de aire apagó las antorchas del pasillo, dejándolo todo en una enfermiza penumbra similar a cuando se enfrentaron la vez anterior.

—Ni siquiera os enseñan las normas de cortesía y hospitalidad —la voz retumbó desde el interior del Templo—. Esta Orden está abocada a la extinción.