Hyoga

Se mantuvo quieto durante unos instantes, dudando si moverse o no. Milo estaba apoyado en el quicio de la puerta y no tenía intención de apartarse. La cicatriz del pectoral izquierdo se inflamó al imaginarse el cuerpo del griego contra —o sobre— el suyo y sólo la bajada súbita de varios grados de temperatura interna impidió que su pene cobrase vida y saludase al espartano. ¡Qué vergüenza! ¿Qué pensaría su adorado Maestro de él? Lo obvio: que era un Acuario imperfecto, alguien que continuó con vida porque Camus e Isaak se habían sacrificado por él.

"No es momento de dudar, Hyoga. Ya has llegado hasta aquí. Él te ofrecerá la cura que necesitas, si no te mata antes".

Tragó saliva y caminó hacia el interior del Templo, ignorando la impresionante anatomía que se intuía bajo la túnica del griego. Su rostro se ruborizó salvaje cuando sus fosas nasales se llenaron del aroma de la piel y del cabello de Milo, pero no flaqueó. Si algo había heredado de Acuario era su testarudez, así que se colocó de medio lado, se apoyó en la jamba con la mano izquierda y franqueó la entrada lo más rápido que pudo, evitando en lo posible todo contacto entre ambos cuerpos.

"No pienses en ello. Continúa, Hyoga. Continúa".

El dorso de su mano rozó la musculatura firme del muslo del espartano, que se tensó al contacto. Habría dado cualquier cosa por acariciar la piel desnuda, pero sabía que era un deseo prohibido, algo impensable para la perfecta Casa de Acuario. Apretó el puño para crear una generosa cantidad de cristales de hielo y regular su termostato interno.

Debía hacer algo o Milo se daría cuenta de lo mucho que lo excitaba.

—Yo… yo te agradezco que me permitas estar aquí, en… en tu Casa. En tu recinto privado. Supongo que te sientes obligado a hacerlo, porque en el fondo sé que no querías verme. ¿Quién querría hacerlo, después de todo lo que pasó?

Las palabras salieron de su boca como un vómito incontrolado. El espartano lo miraba incrédulo, así que tomó aire y lo contuvo en sus pulmones esperando que Milo invocara la Aguja Escarlata y lo aguijoneara dejándolo como un alfiletero.

—¿Has llegado a esa conclusión tú solo o te ha ayudado alguien?

No había sido la contestación que esperaba aunque Hyoga barajó la posibilidad de que Milo reaccionara con ironía en vez de con agresividad. Evitó mirarle directamente a los ojos, por lo que su atención se centró en la decoración de la sala, sorprendentemente llena de libros. No se había imaginado el recinto privado del Escorpión tan rebosante de cultura, sino más lúdico y desenfadado.

Un error por su parte, el dar por sentado detalles que desconocía.

Milo guardaba un incomodísimo silencio, lo que hizo que Hyoga se atreviera a hablar de nuevo. Odiaba el silencio; le recordaba a Camus, tras la marcha de Isaak. Tras su pérdida.

—Encontré esta carta firmada de su puño y letra entre los papeles que el Maestro dejó en la cabaña de Cocornach —rebuscó en su bolsa de mano y la depositó sobre la mesa de la sala con cuidado—. Ahí explica que si algo le sucediera, te dejaba encargado de mi adiestramiento, y asegura que tú tenías una copia.

—Sí, está en mi poder —le espetó el griego—. Ahora, haz el favor de tomar asiento. Me toca los cojones estar de pie.

Hyoga obedeció y se sentó en el cómodo sofá tres plazas de piel que tenía ante sí. Milo hizo lo mismo en la butaca situada frente a él. El ruso dirigió la mirada a la decoración del Templo. Varias pilas de libros de diversa temática se erigían a ambos lados del Escorpión. Los papiros y legajos se amontonaban sobre ellos, en una suerte de capiteles. En las paredes, sobre la piedra desnuda, una infinidad de mapas de todas las épocas, tanto geográficos como estelares compartían espacio con fotos de objetos arqueológicos. En una esquina, cerca de la única ventana de la sala de estar, descansaba un púlpito de madera labrada con un grueso tomo abierto a la mitad sobre él: los anales de Escorpio. En la opuesta, una estatua de Atenea con Niké en su mano destacaba en medio de la estantería de ébano que llegaba al techo, llena de libros a rebosar. Un arco de poleas, otro simple y otro compuesto colgaban de la única pared libre. Una mesa auxiliar al fondo de la sala con elementos cartográficos, una lamparilla y varios ceniceros conformaban el resto de la decoración.

Hyoga estaba fascinado con aquel descubrimiento. Se imaginó a Milo allí sentado, leyendo uno de aquellos libros antiguos, relajado y feliz, mientras él estaba a su lado, jugando con los mechones de su melena, masajeando sus hombros, o metido entre los muslos, acaric…

"Déjate las ensoñaciones para luego, Hyoga. Milo espera una respuesta y se la tienes que dar".

—No sé si te resultará atrevido lo que te voy a confesar, pero me hubiera gustado saber de ti desde que el Monolito se hizo pedazos. Esperé un tiempo prudencial, porque supuse que necesitabas recuperarte tras tu renacimiento. Sao… la princesa Atenea me dijo que te encontrabas operativo, así que creí que en cualquier momento te pondrías en contacto conmigo o me buscarías, pero no lo hiciste —le reprochó atropelladamente, retorciéndose los dedos de forma compulsiva—. Ni una llamada. Ni una carta. Nada.

El Escorpión frunció las cejas y abrió y cerró las aletillas de la nariz un par de veces. Hyoga tragó saliva y apretó los puños sobre sus muslos. No quería demostrar lo nervioso que estaba delante de Milo.

—Ya lo entiendo —replicó el griego con voz ronca—. Como no hice acto de presencia, decidiste plantarte en mi Casa antes de vestirte de oro, como Talos, con la intención de echarme en cara que no hiciera caso de las últimas voluntades de un difunto. Pues, para que te enteres, niño —le escupió con ira—, nunca quise tener un discípulo. Regué tu armadura con mi sangre porque Mu necesitaba material cósmico orgánico para hacer su trabajo, y esa fue toda mi contribución al asunto. Si Atenea no ha conseguido que adopte un aprendiz, Camus tampoco lo logrará por muchas cartas que haya escrito —le contestó tajante—. Lo puede rubricar con lo que le salga de las pelotas.

Hyoga tembló y su mano se fue directa a la cicatriz invisible de su ojo izquierdo. La cirugía le había devuelto la movilidad de su párpado, y con ello, la visión. Saori le aseguró que la operación no le había dejado marca, pero él no le creyó. Se veía como un conjunto de cicatrices en un cuerpo flaco, blancuzco y desgarbado. La tocó como si fuera un fetiche y, ya más calmado, encontró el valor para atacar la dialéctica de feria de su interlocutor, que parecía emerger del suelo como si fuera el Pensador de Rodin.

—No es mi intención molestarte. Sólo he creído adecuado mantener una conversación antes de mi investidura —le explicó de la forma más tranquila posible, imitando la pose de su maestro.

Milo se inclinó hacia delante y miró a Hyoga como un felino en plena cacería. Sonrió de medio lado tras cruzar una pierna sobre la otra. Sus muslos brillaban bajo la luz de la sala, perfectos y apetecibles.

—Me parece increíble que seas tan prepotente, niño —masculló, sin imaginar los pensamientos lascivos de Hyoga—, aunque tampoco me debería extrañar, sabiendo quién fue tu mentor. No es que me moleste tu presencia, pero te advierto, ten cuidado con lo que vayas a soltar por la boca. Estás bajo mis emblemas, pero mi paciencia no es infinita.

Se reclinó en el asiento y separó las piernas, mientras observaba la reacción de Hyoga. El Cisne ignoró el tono altanero de sus palabras, porque estaba más concentrado en averiguar si lo que había visto era real o una mala pasada de su mente calenturienta.

"Lo he imaginado. Estoy seguro. No voy a pensar en lo que he visto. No quiero pensar en que Milo utiliza la túnica como si fuera un kilt".

Afianzó los pies en el suelo, tomó aire y prosiguió con su discurso, convencido de que la sombra entre las piernas del Escorpión era una ilusión producto de sus nervios y no la maldita realidad. Milo parecía tenso, como si el tema abordado por Hyoga lo estuviera incomodando.

—No importa que no me escribieras, Milo. Lo comprendo. Yo tampoco pasé por mis mejores momentos. Estuve ingresado en el ala médica de la Fundación Graude durante semanas. Me reconstruyeron el ojo, no sé si te acuerdas que yo llevaba una venda cuando nos vimos en Virgo. Fue un proceso… —se señaló la cicatriz—. Me habría encantado recibir noticias tuyas, lo reconozco. Si el Maestro te había pedido que me tomaras bajo tus emblemas, yo…

—¡Eh, para el carro, por Artemisa Orthia! —le dijo Milo, alzando la voz—. Yo ya sé que participaste en una Guerra Santa, como tú ya sabes que yo emergí de un monolito, pero esto no significa que vayamos a intercambiar pastillitas, como los viejos en la Plaza Omonoia. ¡Cambia de tema o me vas a levantar un puto dolor de cabeza, joder!

El ruso tragó saliva y se encogió en el asiento. No tenía la intención de ser un incordio para el Escorpión, pero Milo no dejaba de ponerse a la defensiva y la conversación comenzaba a derivar en un enfrentamiento para el que Hyoga no estaba preparado.

—Como buen Acuario, me imagino que tu táctica consistirá en quedarte ahí clavado hasta que consigas de mí la respuesta que más convenga a tus intereses —añadió de forma categórica, arrastrando las sílabas con sensualidad—. Y como estas en mi Casa y yo me veo en la obligación de respetar las leyes de hospitalidad, pues aquí estamos, esperando a que aparezca Zorba el Griego para que nos haga una demostración de cómo se baila el sirtaki. ¡Por Atenea, niño! —gritó, cada vez más enfadado—. ¡Estoy viejo para esto!

Hyoga trató de añadir algo, pero Milo apretó los labios y lo señaló con el dedo, mirándolo de forma amenazadora.

—¡Mantén tu puta boca cerrada, por las barbas de Clearco! —finalizó—. Ahora vuelvo.

El Cisne sintió cómo su cuerpo iba disminuyendo de tamaño frente al huracán espartano. Milo había desaparecido de la sala de estar, aunque por el ruido, Hyoga imaginó que estaría en la cocina. Se inclinó sobre el sofá lo suficiente para verlo de espaldas, abriendo y cerrando los armarios mientras preparaba algún tipo de aperitivo. Se apretó el pecho con la mano abierta, tomó aire y lo expulsó suavemente, intentando controlar los nervios sin apenas conseguirlo.

Necesitaba relajarse mirando a otro lado y no a aquella melena lujuriosa, tan brillante y sedosa que apetecía enterrar los dedos en ella, disfrutar de su suavidad, ahogarse en su aroma. Sabía que si Milo descubría el auténtico motivo de su visita, lo expulsaría del templo a patadas, así que clavó la vista en el suelo y suspiró durante un buen rato, sin percatarse de la copa de vino que oscilaba ante sus narices.