—Quería algo de mi tierra de origen para decorar la Casa, así que encargué mármol de la zona de Laconia. Los restauradores me ofrecieron pentélico, pero no creo que tenga la tonalidad adecuada para este Templo —le dijo, refiriéndose a las baldosas—. ¿Tienes pensado quedarte ahí, contemplando el suelo, o te vas a dignar a mirarme? Porque si quieres dedicarte al estudio de las losetas, las del pasillo son mucho más interesantes. Yo, particularmente, las prefiero.
Volvió a sonreír de medio lado. La copa de vino era, junto con unos trozos de queso feta y pan untado en aceite, la forma de honrar la visita del ruso y de respetar las leyes impuestas por Zeus Ático. Hyoga parecía ausente y eso significaba que estaba buscando en su interior un remanente de paciencia antes de ponerse a bramar como Hécuba tras la muerte de Príamo.
Camus había sido certero al describirlo como una marioneta sentimental que exudaba dolor por todos los poros de su piel. Milo pensaba llevarlo al límite, aunque perdiera el aguijón y las pinzas por el camino. Cualquier cosa con tal de aplacar la ira que crecía y amenazaba con ahogarlo.
—Perdóname —dijo, a media voz—. Lo… lo siento.
El griego elevó una ceja, sorprendido. ¿Perdonarle? ¿Cuál de todas las tropelías debía perdonarle primero? ¿El asesinato de Camus? ¿La devoción de Camus hacia él? ¿El saber que, hiciera lo que hiciera, siempre sería el último en el corazón de Camus, en el supuesto de que Camus tuviera uno?
Hyoga aceptó la copa pero la mantuvo en la mano sin beber de ella. Milo deseó estamparlo contra una pared por su desconocimiento de las reglas básicas de la hospitalidad. El mismo acto de no probar ni una gota de la bebida ofrecida por el anfitrión era un insulto en toda regla que podría derivar en un cruce de acusaciones, pero Milo no tenía ganas de discutir. ¿Acaso no quería un maestro? Pues la primera lección sería enseñarle una de las costumbres más ancestrales de su pueblo. Tomó aire, alzó la copa al cielo y tras lanzar unas gotitas al aire —la conocida libación a los dioses— Milo realizó un brindis.
—Por los que están aquí… y por los que volverán.
Era la primera vez que hacía una mención clara y directa a la ausencia de Camus y a la promesa de un retorno cierto. Apuró la copa de vino y la depositó sobre la mesa, despacio. Milo esperaba una reacción por parte de Hyoga, algo que le indicara la auténtica razón por la que se había presentado en su Casa, pero lo único que hizo el Cisne fue beberse el vino, dejar la copa al lado de la de Milo y mantenerse completamente quieto.
"Antes no cerrabas el pico y ahora estás callado como un muerto. Pequeño cabrón".
—Basta de rodeos, Hyoga. Dime lo que tengas que decir de una puta vez.
El Cisne tomó aire, bajó un par de grados más la temperatura corporal y se reafirmó en su postura. Por lo que Milo sabía de psicología aplicada, aquellas señales significaban que pronto conocería la auténtica naturaleza de la visita del ruso. Podía apostar que el Cisne no se había presentado en su recinto por la adjudicación administrativa de la armadura de Acuario, violando el procedimiento respetado durante milenios en la Orden de Atenea. Lo que había venido a confesarle tenía un carácter más personal. Más íntimo.
Más morboso.
—Debiste dejarme allí.
Milo se quedó perplejo. No sabía si levantarse y sacarlo del templo a patadas o reírse a carcajadas. Apretó los dientes en una mueca grotesca y sus ojos brillaron de ira.
"Allí. En el puto templito circular, frente a su cadáver. Sí, esa era mi idea. Pero nuestra señora no pensó lo mismo".
—Debí hacerlo, tienes razón, pero aquí estás, reventándome los cojones. ¿Qué habíamos dicho sobre los reproches? Porque me estoy cansando de gilipolleces. Habla de una puta vez.
—Me gustaría que me contestaras a una pregunta —dijo Hyoga, sin hacer caso a sus provocaciones.
—¿Qué puta pregunta? —respondió Milo, hastiado.
—¿Me odias? —replicó, mirándolo a los ojos—. ¿O solo sientes desprecio hacia mí?
El griego se apretó el puente de la nariz, mientras trataba de calmar la orquesta de gritos en su cabeza. Hyoga no dejaba de interrogarle sin pararse a pensar en todo el daño que le estaba haciendo al obligarle a rememorar la caída de Camus y el hecho de saberse responsable de su asesino. Ahogó un jadeo y se quedó en silencio, con el cosmos amenazando con desatarse y unas ganas ingobernables de sacarlo de su Casa a patadas. Solo necesitaba un momento de calma para revertir todo ese dolor en velocidad cósmica y el mundo continuaría en equilibrio.
Solo esperaba que Hyoga no siguiera hablando.
