Utilizó toda su fuerza de voluntad para tratar de aplacar su cosmos y relajarse. La discusión había acelerado su metabolismo hasta los límites del paroxismo y su corazón bombeaba sangre a toda velocidad. Estaba seguro de que había producido cristales de veneno por encima de los límites aconsejables; debía calmarse y dejar que su sistema inmune trabajara con tranquilidad. Un par de días en completo silencio y volvería a estar como nuevo.
—Mi…
Cuando oyó el susurro de Hyoga, supo que las cosas no iban a ser tan sencillas. La voz del ruso se había convertido en un estertor ahogado y sin vida. Milo explosionó su cosmos hasta el punto de no retorno y superó la velocidad del Séptimo Sentido. Las piedras gimieron y la armadura chisporroteó en su pedestal saludando a su dueño y salpicándolo todo de color doradorojizo, pero Milo las ignoró. Solo tenía ojos para Hyoga, que caía a cámara lenta como una hoja en otoño, cubierto de sangre.
Invocó la Aguja Escarlata con el cuerpo del ruso entre sus brazos y escaneó el Templo en busca de enemigos. Lanzó un pulso cósmico que le devolvió un mapa tridimensional con la localización de las auras vivas más cercanas a Escorpio así como su velocidad de combate, pero solo detectó aprendices y personal de mantenimiento y limpieza. Un segundo pulso cósmico reveló la situación de las vestiduras doradas, así como los lugares donde los caballeros se habían enfrentado entre sí, dejando su impronta grabada en las piedras. El tercer pulso cósmico le convenció de que no había enemigos en las cercanías de la Casa.
Bajó la intensidad de su cosmos, pero no lo apagó. Colocó a Hyoga en el suelo y buscó su cadencia de latido en la yugular. Alzó las cejas cuando vio su propia túnica llena de sangre y más aún cuando descubrió de donde provenía: las cicatrices de Las Quince estaban abiertas y sangraban con profusión.
—¿Pero qué cojones…?
Masculló varias maldiciones en diversos idiomas al mancharse las manos. Se limpió con nerviosismo. Hyoga continuaba inerte, así que enfocó sus sentidos en el del oído para escuchar su respiración.
—Vamos, niño. No me hagas esto.
Le arrancó la ropa de un tirón, apartó la cruz a un lado y comenzó a aplicarle un masaje cardíaco, golpeando la caja torácica, pero Hyoga no respondió. Se subió sobre él, enlazó las manos y masajeó el corazón mientras sentía cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¡Hyoga, por tu puta madre! —gritó—. ¡Reacciona, joder!
El Cisne no se movió. Milo colocó su cabeza hacia atrás, tapó la nariz con los dedos y sopló en su boca, como Hefesto en la boca de Pandora, tratando de insuflar un hálito de vida. Rogó porque Hyoga no estuviera sufriendo un colapso cósmico y que una reanimación cardiorrespiratoria fuera suficiente, así que se centró en soplar, masajear, soplar y masajear, hasta que el mocoso respirara o él se quedara sin fuerzas.
—¡Reacciona, jodido cabrón!
Tras un buen rato, el Cisne tosió y movió los labios. Milo se quedó unos instantes encima de él escuchando el murmullo cardíaco y comprobando que la crisis había remitido. Cuando la respiración de Hyoga se normalizó, lo alzó del suelo y lo depositó en la cama de su dormitorio con cuidado. Tiró la camiseta destrozada del ruso al suelo y se dirigió al cuarto de baño, donde se lavó las manos a conciencia.
—Qué susto me has dado, pequeño cabrón.
Apartó todos los planos que tenía regados por el dormitorio y dejó el botiquín al lado de Hyoga. Procedió a cortar el resto de su ropa con unas tijeras y examinó con detenimiento las heridas. Tenía Las Quince completamente abiertas, como si los impactos de la Aguja fueran recientes.
—Pero qué cosa más rara.
Limpió la herida del hombro, donde se suponía que la diosa apoyaba el cántaro de Acuario, olfateó la sangre y se la llevó a la boca. Tenía un fuerte sabor metálico aderezado con un componente que Milo reconoció al instante.
—Veneno.
Atrapó la sustancia con dos dedos y la acarició entre las yemas, disfrutando de su tacto. No era densa como la del propio Milo, sino que estaba diluida con algo que no le costó identificar.
—Tienes… hielo. Y el hielo recubre el veneno como una cápsula. Creo que ya voy entendiendo todo esto.
Lo observó con detenimiento, le alzó los párpados y luego le tomó el pulso en la yugular. Hyoga dormía, o más bien, había caído en un estado de letargo profundo, idóneo para que su cuerpo combatiera el desequilibrio que lo había conducido a aquella situación.
Se sentó a su lado y buscó algo con lo que atarse el pelo. ¿Desde cuándo sufría el Cisne esa anomalía? De todos los enfrentamientos que Milo había mantenido, Hyoga era una de las dos únicas personas que fueron capaces de soportar más de diez aguijonazos sin caer preso de un estado febril. Recapitulando, incluso los dos combates habían sido diferentes: Kanon aguantó la ejecución sin alzar su cosmos, por lo que Milo decidió cortar la hemorragia en vez de aplicarle Antares. Por el contrario, Hyoga había recibido Antares con su cosmos desatado, por lo que en algún momento ambos atributos —hielo y veneno— se habían fusionado en el sistema circulatorio del ruso generando una simbiosis que, posiblemente, lo estaba matando.
Se hizo un corte en la muñeca y dejó caer un poco de sangre sobre una de las heridas para observar la reacción de las defensas del ruso. Como imaginó, el veneno alojado en el torrente de Hyoga rechazó las partes inservibles del plasma de Milo, pero adoptó los nuevos cristales de toxinas como si fueran propios, generó una película sobre la herida y la cerró a continuación.
Sonrió al descubrir el secreto del Cisne y contempló la perfecta sincronización de hielo y veneno a la hora de enfrentarse a una agresión externa. Si no se equivocaba, Hyoga estaba llamado a convertirse en la evolución perfecta de la unión de las Casas de Acuario y Escorpio, un soldado que carecía de las fallas del Templo monópteros y que además, iba aderezado con el elemento del recinto de los Asesinos.
Acarició el rostro del Cisne con ternura, Por algún motivo desconocido, el veneno que navegaba en el torrente del ruso era el causante de la apertura y sellado de las cicatrices. Milo dedujo que la visita no era para aclarar lo que había sucedido entre Camus, Milo y el propio Hyoga, sino para averiguar por qué su cuerpo ardía frente al griego, obligándole a ser esclavo de sus sentimientos y deseos. Impidiéndole ser un buen Acuario.
Se dirigió al cuarto de baño, tomó gasas y esparadrapo, una toalla limpia, esponja y jabón. Volvió a su dormitorio y se dedicó a taponar con suavidad cada una de las cicatrices, lavando el cuerpo fibroso con devoción.
Hyoga estaba completamente desnudo, con las cicatrices cubiertas por apósitos y su pene en reposo. Milo sintió cómo se le secaba la boca. El ruso era un hombre de una belleza exquisita, con músculos largos y definidos, piel blanca y un delicado vello dorado adornando una polla de un tamaño más que aceptable.
Sacudió la cabeza y lo contempló mientras dormía. ¿Se estaba excitando? No había sentido deseo alguno mientras le curaba las heridas, porque estaba concentrado en su labor. Pero ahora, tumbado en su cama y cubierto con una fina sábana de hilo, deseaba apartarla, colocarle las piernas sobre sus hombros y taladrarlo sin piedad.
Trazó los labios de Hyoga con su dedo, delineándolos obscenamente antes de deslizar su pulgar en su boca. Mientras lo miraba, anhelaba tocarlo íntimamente, vengarse en ese cuerpo vulnerable por la pérdida de su amado, el hombre que le había mostrado tanto el Cielo como el Infierno, pero no podía hacerlo.
"Demasiado viejo para esto, Milo."
Se levantó y buscó un cigarrillo. Observó el rostro calmado y hermoso del Cisne desde la puerta de su dormitorio mientras aspiraba el humo con fuerza. Cuando se dio cuenta de dónde tenía alojada su mano, se quedó helado; su cuerpo había hablado por él.
Colocó una silla junto a la cama, se sentó y afianzó los pies desnudos contra el somier. Cuando se retiró su propia túnica, ya estaba completamente excitado. El cosmos desatado, la sangre, los gritos y el dolor habían mutado en un deseo oscuro e ingobernable. Milo se imaginó la reacción del caballero de Acuario mientras le abría las piernas a Hyoga y lo embestía hasta que no pudiera más, ahogándose en sus gemidos, y lo arrastraba hacia el camposanto para follárselo sobre su tumba.
—¿Qué te parecería, Camus? ¿Te lo imaginas? —sonrió, mientras se acariciaba con suavidad, midiendo la longitud de su erección, completamente despierta—. Una lección magistral sobre el amor a uno mismo. Ahora que es mi discípulo, tengo que enseñarle que el alivio es importante en seres esclavos de sus vergas como nosotros. ¿No crees que es una idea estupenda, pedazo de cabrón?
Cerró los ojos y aumentó la velocidad de sus caricias, imaginando la crispación del caballero de Acuario mientras Milo escupía una vez más sobre la virginidad, la castidad y el pudor de la Casa Circular. Cuando por fin alcanzó el orgasmo, marcó el cuerpo del ruso con su propio semen, reconociendo por vez primera la auténtica realidad de su odio.
—No es que no te perdone —le susurró—. Es que no me perdono a mí mismo.
Se vistió tras besar los labios del joven y salió al exterior para buscar, como hacía desde que el mundo era mundo, su estrella en el cielo. Antares.
—No, no me perdono a mí mismo. Vuelve, Camus.
Agachó la cabeza, apesadumbrado, deseoso de ver llegar al hombre de rostro serio y reprenderlo por haber cometido aquella aberración.
—Vuelve.
