9. Déjame curarte
Akane sintió un duro golpe en la cabeza al caer contra el tatami y un dolor intenso en la mejilla que se hundió hasta el cráneo. Respiraba con la boca abierta, como si se estuviera ahogando, con el sudor empañando su cara y los ojos cerrados ante el mareo. Oyó de lejos una voz masculina llena de enfado. Intentó abrir los ojos, pero la luz le molestó tremendamente. Después sintió la poderosa presencia de su prometido a su lado, acariciándole sutilmente el rostro. «¿Acaso estamos de nuevo en China?», pensó, transportada por un instante al pasado. La escena comenzaba a parecerse a aquella en la que su prometido creía que había muerto.
—¿Ranma? —le llamó, desorientada.
—Tranquila, quédate quieta. Ya me encargo yo —le escuchó decir. En aquel momento no tuvo fuerzas para oponerse.
Se sintió arropada entre sus brazos, el calor de su cuerpo permeando al suyo. Intentó abrir la boca para encajar la mandíbula, llevándose una mano al punto exacto de la discordia en la mejilla, pero le dolía una barbaridad. Ya en el interior de la vivienda, abrió levemente los ojos. Vio cómo Ranma subió con ella al segundo piso y entró en su habitación para depositarla sobre la cama con cuidado. Se inclinó sobre ella para observarla de nuevo, preocupado.
—Estoy bien —atisbó a decir Akane con la saliva pastosa en la boca cuando le vio inspeccionarle de nuevo la cara, cogiendo su barbilla despacio—. No es la primera vez que lucho contra alguien —le recordó. «Y pierdo quedando en ridículo», se dijo a sí misma a continuación avergonzada, lanzando otra moneda al pozo de las inseguridades. Ya se ocuparía de gestionar aquel punto más tarde; ahora su cuerpo necesitaba cuidados. La parte positiva era que poco a poco se iba encontrando mejor, el pálpito retumbante en la parte trasera de su cabeza perdiendo gradualmente fuerza.
Saotome sonrió de medio lado al escucharla hablar; era un buen síntoma. Apoyó una rodilla sobre el colchón y una mano en el lateral de su cabeza cercano a la pared, sobre la almohada, para descansar su peso por encima de ella, sin tocarla.
—Lo sé. Pero hacía tiempo que no te metían una paliza como esta —bromeó—. Menos mal que estás hecha de cemento.
Akane bufó y después extendió el brazo y le agarró de la trenza, tirando hacia ella lo suficientemente brusco como para que sus rostros quedaran cerca el uno del otro.
—¿Qué has dicho, imbécil? —masculló, queriendo estar molesta, sin conseguirlo. El cansancio se lo impedía.
—Me alegra ver que estás mejor. —Ranma sonrió más ampliamente esta vez, lo que hizo que Akane se quedara sin palabras. «Madre mía qué sonrisa…», pensó cautivada por su belleza, comenzando a sonrojarse.
Ambos se quedaron callados por unos maravillosos segundos, mirándose a los ojos absortos, embargados por una pausa inesperada de tregua y de profunda atracción.
«Cómo me gusta tenerte así de cerca, Akane», procesó internamente Ranma, contemplándola con anhelo a pesar de la cercanía. «Ojalá las cosas fueran diferentes… Si bajara un palmo la cabeza podría besarte aquí mismo, tal y como me recomendó Daisuke de hacer». En lugar de eso, presionó con delicadeza el dedo índice cerca de la herida de la mejilla.
—¡Auuu! —Akane se quejó, soltando la trenza de inmediato, que era lo que buscaba su prometido—. Uff, duele…
Ranma cazó su mano con gentileza y la depositó sobre la cama. A Tendo le sorprendió la naturalidad con la que se tocaban, como si lo hubieran hecho toda su vida. «¿Qué está pasando?». ¿Desde cuándo tenía Ranma esa soltura en el contacto físico con ella?
—Tienes un rasguño que está sangrando —le informó él—. Ahora te lo curo. Esta vez invertiremos los papeles y seré yo el que te ponga las tiritas. —Le guiñó un ojo divertido.
Kasumi entró en ese momento con una bolsa de hielo reutilizable, el botiquín familiar, y un par de cojines.
—Gracias —dijo Ranma haciéndose cargo de ello, apoyándolo todo encima del escritorio despejado de Akane.
Kasumi se acercó a la cama y miró con preocupación a su hermana pequeña.
—¿Qué tal te encuentras, Akane? —Se inclinó sobre ella para retirarle un mechón de pelo rebelde de la frente con afecto.
—Estoy bien, hermana. —Se alzó sobre los codos para demostrarlo. El cambio de postura la lastimó, pero no tanto como para mantenerla inmovilizada.
—No te esfuerces. Ahora intenta descansar —le pidió al ver el gesto de dolor en sus facciones. Le puso una mano sobre el hombro para que volviera a tumbarse. Akane se dejó hacer—. Voy a seguir en la cocina, que estoy preparando la comida —añadió Kasumi incorporándose hasta quedar erguida—. Luego vengo a verte. Sé que te dejo en muy buenas manos. —Miró a Ranma con cariño—. Si necesitas algo más, avísame.
—No, así está bien, Kasumi. Con esto me apaño. Muchas gracias.
La mayor de las Tendo se marchó de la habitación cerrando la puerta tras de sí adrede. «Así tendrán más privacidad». Sus labios mostraron una pequeña sonrisa.
El silencio se instaló entre ellos al quedarse a solas. Ranma sintió la mirada de Akane sobre él. Cogió la bolsa de hielo y una venda y se acercó a los pies de la cama.
Como reacción instintiva, ella encogió las piernas.
—No hace falta, de verdad. Ya me ocupo yo. —En sus ojos había un velo de ruego; quería lamerse las heridas sin él delante.
Ranma se detuvo y se la quedó mirando desencajado, deseando decirle "No seas cabezota, maldita sea". Su repetido rechazo cada vez le minaba más la moral. «Aguanta, Ranma. Aguanta», se dijo mentalmente, orgulloso en parte de la paciencia que había mostrado con los desplantes de Akane. No debía actuar de un modo impulsivo o reactivo antes las provocaciones de su prometida, al menos no hasta que tuviera la oportunidad de darle el regalo del Día Blanco y ver su reacción.
—Estoy intentando ser amable. —En su seria mirada azulina se denotaba hartazgo.
Akane chistó y se incorporó sobre un codo una vez más.
—No quiero volver a enfadarme —le avisó rompiendo el contacto visual. «Vete Ranma, déjame sola», aunque en el fondo no quería que se fuera de su lado. Sin embargo, primaba mucho más el que no la viera así de mal, en especial con el orgullo herido ante la derrota.
—Yo tampoco —declaró él—, y mira que me has dado razones antes en el dojo. —«Y casi diría que desde que llegaste a casa antes de ayer».
—Todo ha sido por tu culpa —le recriminó Akane, endureciendo la mirada—. ¿Cómo se te ocurre traer a esa insolente aquí?
—Veo que no has escuchado nada de lo que te he dicho antes. —Ranma depositó la bolsa de hielo sobre la cama. Irritado por la actitud de su prometida, sacó su lengua afilada—. Al menos ella se toma las artes marciales en serio, no como tú. —Puede que después de todo no tuviera tanta paciencia como él pensaba.
Akane parpadeó un par de veces, asimilando incrédula aquellas duras palabras. «Y encima me da dónde más me duele».
—Eso ha sido un golpe bajo... Eres un canalla. —Giró la cabeza, evitándole, sus ojos comenzando a humedecerse, sintiéndose hundida no sólo a nivel físico, sino también emocional—. Vete de aquí.
Ranma se obligó a respirar profundamente, pues se notaba tenso, sabedor de que se había pasado. «No pienso irme. Tengo que enmendar esto como sea, pero no pienso marcharme de aquí. Estoy cansado de discutir y de no avanzar».
—¿Qué quieres? No haces más que lanzarme pullas y llevarme al límite —se lamentó. Aprovechó para sentarse a los pies de la cama y alcanzar el hielo—. De verdad, Akane, consigues sacar lo peor de mí, cuando lo único que estoy intentando con todas mis fuerzas es tener la fiesta en paz. Dame el pie.
—No, déjame en paz. —Akane retiró con los dedos de una mano las lágrimas que querían asomar por sus mejillas.
Su prometido no le hizo caso, a pesar de ver gesto. Le entristeció, y le costó enormemente no acercarse a abrazarla para consolarla.
—No pienso irme hasta que me dejes curarte —sentenció.
Akane le miró dolida.
—¿A qué estás jugando? —le increpó—. ¿Crees que voy a dejar que te quedes aquí para seguir hundiéndome más en la mierda? Ya tengo el orgullo por los suelos… —Volvió a apartar la mirada, desecha por dentro, una lágrima cayendo por el rabillo del ojo.
—Tú tampoco te quedas corta en insultos —comentó Ranma, yendo de nuevo a por el pie. Cuando su prometida sintió el tacto de su mano, se tensó, pero en lugar de retirar el pie, se quedó escuchándole cuando continuó hablando—. No es mi intención hacerte sentir peor, pero te gusta echarle gasolina a la hoguera, y yo no me quedo de brazos cruzados, ya lo sabes—. Con delicadeza, situó la bolsa de hielo adecuadamente sobre el tobillo y cogió la venda para poder sujetarlo—. Además, no soy tan ingenuo como para no saber que podrías haber vencido a Sakura fácilmente.
Tendo puso los ojos en blanco.
—¿Ahora quieres intentar arreglarlo? —preguntó de forma retórica—. Vale, tengo el orgullo magullado, pero no hace falta que mientas para hacerme sentir mejor.
—Mira que eres tozuda… —murmuró Ranma terminando de atar la venda para que el hielo quedara bien amarrado—. ¿Desde cuándo dudas tanto de tu capacidad? —La miró a los ojos, inquisitivo—. No peleábais en igualdad de condiciones. Sé que en la universidad no puedes dedicarle tanto tiempo a las artes marciales, que estás más centrada en los estudios. Sakura viene a entrenar tres veces por semana y está en forma —razonó poniéndose de pie para acercarse al escritorio para alcanzar el par de cojines—. Pero tú tienes mucha más experiencia.
Puede que de Akane pudiera decir muchas cosas, pero si había algo que no podía poner en duda era que también amaba el arte. Era cierto que ni por asomo había recibido la misma educación en ello que él (¡menos mal!), ni que el resto de la pandilla que había arrastrado hasta Nerima. Años atrás Ranma se había colmado de soberbia ante su superioridad, pero los últimos años le habían hecho reflexionar. Con el entrenamiento adecuado y bien encauzada, puede que Akane hiciera florecer su propio potencial. ¿No se lo había mostrado así el uniforme de combate del Templo de Saruyama hace unos años? ¿Y acaso no era su sueño dirigir el Dojo con ella en el futuro? En el fondo sabía que parte de la responsabilidad de que Akane mejorara como artista marcial podía estar en sus manos
—Puede ser… —mencionó Akane, gratamente sorprendida de que Ranma tuviera esa impresión de ella como luchadora. Sabía que no estaba ni de lejos cerca de su experto nivel, pero al menos no la consideraba un completo fracaso.
Mientras situaba los cojines debajo del tobillo lesionado en el colchón, para que quedara en alto, el joven de la trenza se quedó enfrascado en sus pensamientos por unos segundos. «Tengo muchos asuntos pendientes por hablar con ella, no sólo acerca de las artes marciales, y de nuestro compromiso, sino también acerca de mi interés por el dojo. Está tan equivocada…», meditó. Ese punto en concreto le había dolido viniendo de ella. «Pero ahora no es el momento. Lo mejor será cambiar de tema».
—Sabes, creo que ya sé la razón por la que has estado tan fría conmigo —dijo cogiendo el antiséptico, las gasas y las tiritas del botiquín.
Akane le miró con renovado interés, alzando las cejas, llena de curiosidad. Le vio sentarse a su lado en la cama. Su cercanía hizo que se le acelerara el corazón.
—¿De veras? A ver, dispara.
—Espera, primero incorpórate un poco. Creo que estarás más cómoda —le indicó su prometido, dejando los artículos en su regazo y ayudándola con la posición de la almohada—. Así mejor.
—¿Y bien? —quiso saber ella, deseando comprobar si había acertado o no. No por nada su actitud hacia él había sido una especie de escarmiento para que espabilara.
—No puedo decírtelo aún. —Ranma abrió el antiséptico y empapó una gasa con el líquido—. Dime si te hago daño, ¿vale? —le avisó acercando la gasa a la mejilla.
Akane asintió, más preocupada por el rumbo que estaba tomando la conversación que por la herida de su cara.
—¿Por qué no puedes decírmelo?
—Porque no estoy seguro del todo de si esa es la razón. —Le fue limpiando la sangre del rostro poco a poco, teniendo cuidado con la herida. Akane apretó los ojos en un par de momentos en los que la cura le hizo algo de daño—. ¿Quieres que pare? —preguntó él rápido al ver el gesto.
—No, no, está bien. Continúa. Es soportable.
—De acuerdo —dijo él retomando la labor y el hilo de lo que estaban hablando—. Prefiero no decírtelo ahora, pero intentaré desvelártelo durante el día de hoy o, como muy tarde, mañana. Tengo que encontrar el momento adecuado.
«Qué misterioso», pensó Akane.
—Está bien —dijo ella intrigada, no queriendo impacientarse, ni tampoco parecer desesperada. Eso sí, se moría por saber de qué se trataba. Estaba cansada de tener que "actuar" tan distante con él—. Esperaré entonces.
Su prometido sacó una tirita acorde al rasguño y, tras quitarle los finos papelillos blancos, la pegó con tacto sobre la herida en la mejilla.
—¡Lista! —dijo Ranma con una pequeña sonrisa, antes de ponerse de pie para guardar los artículos sanitarios, tirando las gasas usadas a la pequeña papelera que tenía Akane debajo del escritorio—. Cuando acabes con el hielo en el tobillo, en unos quince minutos o así, póntelo en la cara durante un rato. Seguro que ayuda.
La menor de las Tendo no pudo evitar que una ola de ternura la invadiera al presenciar cómo su prometido se preocupaba por ella de forma genuina.
—Parece que has olvidado que he sido yo la que te ha curado en muchas otras ocasiones —pronunció con una sonrisa afectuosa.
—Cierto. Ya sabes cómo va esto —señaló Ranma cayendo en la cuenta, azorándose—. Te voy a dejar descansar, que te vendrá bien —mencionó terminando de recoger todo, asiendo el botiquín con una mano—. Luego si quieres miramos a ver cómo está el esguince del tobillo. Con suerte no habrá sido gran cosa.
El artista marcial se dirigió a la salida, abriendo la puerta.
—Ranma —le llamó Akane. Su prometido se detuvo y volvió su intensa mirada color cobalto hacia ella—. Muchas gracias —agradeció de forma sentida.
Una leve sonrisa apareció sobre los labios del joven de la trenza. «Por fin una palabras amables».
—No hay de qué. Descansa. Nos vemos más tarde.
