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Junio
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Draco entró tambaleándose en la biblioteca quince minutos pasadas las nueve, con un enorme dolor de cabeza y una caja de caramelos de manzana bajo el brazo. Localizó la butaca más cercana, situada en el extremo opuesto de la sala y bajo una ventana insoportablemente luminosa. Se tumbó en ella, cerró los ojos para protegerse de la luz y se permitió sonreír cuando oyó que se acercaban unos pasos.
—¿Dónde has estado? —preguntó sin abrir los ojos, en un esfuerzo por adelantarse al aluvión de preguntas que sospechaba que Granger había estado a un suspiro de pronunciar.
—Podría preguntarte lo mismo, —dijo ella—. No me recibiste en el Flu hoy.
Con los ojos cerrados, casi pudo discernir una pizca de decepción oculta tras su tono altivo.
No dijo nada. En lugar de eso, Draco buscó a ciegas en su caja de caramelos y desenvolvió uno, metiéndoselo en la boca mientras maldecía en silencio a Theo por pensar quesería divertido vaciar todas las pociones para la resaca. Puto idiota. Había estado a punto de pedirle ese giratiempo experimental solo para recuperar las pociones.
La oyó suspirar.
—De hecho, este año me he tomado algunas vacaciones... bueno, me han obligado. No se me permite acumular más hasta que haya utilizado algunas. El Ministerio debería haberte informado de que no estaría aquí la semana pasada. Fue una decisión de última hora.
Draco sonrió para sí y buscó otro caramelo a ciegas.
—Lo hicieron. —Abrió los ojos, retrocediendo ante la ofensiva luminosidad de la habitación—. ¿Qué hiciste? —preguntó.
—Me quedé en casa. Leí mucho. Hice algo de colada, limpié a fondo la cocina.
Draco se sentó erguido, ignorando la sacudida que sintió en el estómago al moverse. Se metió otro caramelo en la boca, deseando que tuviera algún tipo de propiedades calmantes para el estómago. Se obligó a hablar a pesar de las náuseas. Esto era de vital importancia.
—Eso es espantoso, Granger. Eso no son vacaciones. Eso son labores del hogar. Créeme, aprecio la limpieza tanto como cualquiera, pero no voy a pasar unas vacaciones haciéndolas. Las vacaciones son para pasarlas en playas, montañas nevadas o explorando ciudades antiguas en ruinas. Incluso los museos, que me gustan bastante, pero de los que me han informado que no son una de las actividades favoritas de la mayoría, serían preferibles a limpiar a fondo una cocina.
Habían sido muchas palabras. En rápida sucesión. Junto con imágenes de manchas de grasa en las superficies de la cocina. Draco se sentía mal. Muy mal. Volvió a tumbarse, agarrándose el estómago con una mano y tapándose los ojos con la otra para bloquear la luz. Optó, benévolamente, por ignorar la risita maleducada que se cernía sobre él.
—Bueno, apenas tengo tiempo para limpiar a fondo la cocina si no. Era una buena oportunidad.
Draco dejó caer la mano que le cubría la cara y se obligó a abrir los ojos. Arrugó las cejas, decidido a transmitir su incredulidad. Aquello era ridículo. Era Hermione Granger. Seguro que tenía cada hora de cada día planeada al segundo, teniendo en cuenta todo en su vida, incluido las labores del hogar.
Suspiró de nuevo.
—Estoy aquí de nueve de la mañana a siete u ocho de la tarde, cinco días a la semana. No tengo mucho tiempo libre.
Entrecerró los ojos. No se lo creía. Por desgracia... seguía habiendo alternativas preferibles a perder el tiempo libre en algo tan mundano como las tareas domésticas.
—Deberías haber dicho algo. Podría haberte prestado un elfo durante la semana.
—De ninguna manera. —Su voz alcanzó un tono casi inhumano, rebotó entre sus oídos y se clavó en un lugar excepcionalmente doloroso, justo detrás de sus senos nasales.
A pesar del dolor en el cráneo, Draco se rio: una carcajada que le revolvió el estómago y amplificó el palpitar detrás de sus ojos. Valió la pena.
—Estaba bromeando, Granger. Soy consciente de lo que piensas sobre el tema. Fui testigo de tus días de pedo, después de todo. Aunque Topsy podría haberse ofrecido voluntaria; te tiene bastante cariño. —Gimió, con la presión palpitándole en el cerebro.
Granger se debatía entre hechizarlo y compadecerlo, una expresión que no le resultaba del todo extraña de ver en el rostro de alguien. ¿Hijo deshonrado de un mortífago y víctima de las circunstancias? ¿O lo bastante mayor e inteligente como para conocer las consecuencias de sus actos? La mayoría de los días no lo sabía. La mayoría de los días diría que era un poco de ambos.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. Parece como si te hubiera atropellado el Autobús Noctámbulo.
—Podría haber pasado, no recuerdo mucho. Estoy resacoso.
—Y comiendo caramelos apenas a las diez de la mañana.
Incluso Narcissa Malfoy se habría sentido orgullosa del tono de Granger de no debes comer dulces a estas horas.
—Los dulces de cumpleaños se pueden tomar a cualquier hora del día; todo el mundo lo sabe. Y si piensas usar ese tono conmigo, entonces no compartiré ninguno contigo.
Ladeó la cabeza.
—¿Es tu cumpleaños?
—Ayer, de ahí los caramelos y la resaca. Blaise mezcla las bebidas como no te lo creerías, y Theo insiste en pasarlo bien hasta que literalmente no puedas aguantar.
Silencio, solo por un momento.
—¿Y tu prometida? —preguntó con voz insegura.
Draco podría haber puesto los ojos en blanco si la idea de hacer semejante movimiento no le diera vueltas a la cabeza.
—Astoria hizo una aparición obligatoria, tomó una copa obligatoria y se fue antes de que mis amigos se convirtieran en idiotas obligatorios. Todo para bien.
—Oh, —dijo ella, y eso fue todo. Pero él pudo ver cómo lo procesaba, esa misma cara de pensamiento deliberado y debilitador que se abría paso a través de cada músculo, en cada parpadeo de una expresión. Ella tenía algo en mente, llegó a algún tipo de conclusión, pero lo dejó caer, volviendo a su trabajo y dejándole en una feliz tranquilidad mientras él descansaba la resaca.
Ella podría haber desmantelado su casa aquel día y él no se habría dado cuenta ni le habría importado.
—
—Tengo algo para ti, —dijo Granger a modo de saludo cuando atravesó el Flu más tarde ese mismo mes.
Draco enarcó una ceja, asintiendo para saludarla como siempre hacía, y se volvió para caminar con ella hacia la biblioteca.
—Bueno, espera, —dijo—. ¿No lo quieres?
Draco se volvió hacia ella, desconcertado.
—Oh... ¿es una cosa? Supuse que te referías a un hecho oscuro que querías contarme. O una historia embarazosa sobre Potter, ya sabes que esas valen oro para mí. O tal vez una propuesta renovada sobre cómo liberar a los elfos domésticos de la mansión...
—Oh, cállate Malfoy, y siéntate.
Señaló el sofá de terciopelo verde tachonado.
—Eres divertida cuando te pones mandona, —dijo en voz baja, sin dejar de seguir sus indicaciones y plantándose en el sofá.
Ella se rio.
—No parecías pensar así en la escuela. De todos modos, toma. Pregunté por la... pensé... bueno, me pareció justo que te lo devolvieran.
Le tendió una caja larga y estrecha. Conocía bien la forma de la caja, todo brujo o bruja la conocía. ¿Cómo no iban a conocerla? Draco intentó no jadear, intentó no parecer demasiado desorientado mientras la cogía. Deslizó la tapa de la caja y parpadeó, la vista se nubló durante un breve segundo antes de aclararse de nuevo.
Su varita. La varita que había perdido la esperanza de volver a ver. Ocluyó, lo justo para estabilizarse mientras la alzaba. Sin la seguridad de sus barreras, sabía que su mano habría temblado.
Sintió el familiar torrente de magia fluir a través de él en el momento en que sus dedos tocaron el mango de espino. Dioses. Era como descubrir tierra firme en medio del océano, firme y segura después de lo que parecían años a merced de las olas. Y Granger se lo había dado. Granger, que ahora era testigo de su contacto visual sin pestañear con una varita.
—Eh... ¿Necesitas un minuto? —preguntó, cambiando su peso de un pie a otro, como si no pudiera decidir si debía quedarse o irse.
Intentó actuar despreocupadamente, intentó parecer indiferente.
—No necesito estar a solas con mi varita, Granger. —Sonrió con satisfacción.
Solo se dio cuenta del doble sentido cuando ella se sonrojó, con una subida de color rosa que se colaba por debajo del cuello de la camisa. Sus ojos se abrieron de par en par cuando se dio cuenta del significado, él supuso que con todo lujo de detalles.
No sabía si quería reírse o sentirse igual de avergonzado.
—No quise decir eso, es solo que... Es diferente a mi otra varita. Más familiar.
Volvió a inquietarse, como si luchara físicamente contra la vergüenza. Pero sonrió: un poquito.
—¿Cuál crees que es la diferencia? —le preguntó, optando por sentarse a su lado en lo que parecía una especie de oferta de paz.
Lanzó un par de hechizos vistosos: chispas, luces, pequeñas ráfagas de viento, un zarcillo de humo. Hizo levitar la caja y la dejó reposar de nuevo sobre la mesilla. Conjuró una tira de cinta verde y la envió hacia el pelo de ella, donde se introdujo entre sus rizos antes de salir, enrollándose alrededor y a través de él, atándolo en la nuca. Granger resopló molesta mientras levantaba las manos en busca de la cinta.
—Probablemente el núcleo, —dijo, respondiendo por fin a su pregunta mientras ignoraba su examen de lo que le había hecho en el pelo. Los encantamientos eran mucho más fáciles con esta varita; casi había olvidado lo intuitivos que podían llegar a ser—. Pelo de unicornio en lugar de fibra de corazón de dragón. Puede que mi nueva varita tenga más poder inherente con las fibras del corazón, pero esta, con el pelo de unicornio, siempre... la he sentido más yo.
—Pelo de unicornio, —repitió, en voz baja, pero dejando entrever algo parecido a la diversión.
Dejó de juguetear con los encantamientos.
—¿Algo gracioso con mi varita?
Dioses. Varita de colegial en mano y ya sonaba exactamente igual que entonces, también: todo mordacidad y desprecio y palabras destinadas a herir.
—No, —dijo ella, sorprendentemente tranquila teniendo en cuenta el tono que él acababa de adoptar—. No es gracioso, en absoluto. Solo estoy sorprendida.
—¿De qué tienes que sorprenderte?
—Es difícil hacer magia oscura con una varita con pelo de unicornio, eso es todo.
Oh.
Draco bajó la varita, dejándola reposar sobre su regazo. No podía mirarla.
—Lo sé, —fue todo lo que dijo. Y en realidad, probablemente lo sabía mejor que la mayoría.
—
Draco pasó toda la tarde practicando encantamientos. Haciendo caso omiso de los ocasionales sonidos de diversión que oía en dirección a Granger mientras ella trabajaba en una de las muchas filas de libros de historia que su familia había acumulado a lo largo de los siglos.
Estaba sumido en sus pensamientos, observando las volutas de humo de un encantamiento de fuego que bailaba sobre su cabeza, cuando Granger dejó caer un enorme tomo sobre la mesa que tenía delante. Dio un respingo al oír el golpe y frunció el ceño, sin apreciar la sonrisa que ella le dirigió.
—Encantador, Granger. ¿Qué es esto?
—Sabes, se te dan bastante bien los encantamientos, —dijo ella, mirando el espacio sobre él donde las llamas habían bailado momentos antes.
—El pelo de unicornio es bueno para Encantamientos y... era la mejor asignatura después de Pociones. —Frunció el ceño—. No intentes distraerme, Granger. Puedo ver el despiste escondido en esa pelusa que llamas pelo. ¿Qué pasa con el libro?
Se llevó la mano, solo brevemente, a la cinta que aún ataba su pelo hacia atrás, como para confirmar que no se había escapado de sus ataduras. Golpeó con los dedos la cubierta del libro. Draco inclinó la cabeza para leer el lomo.
—¿Tu... tu familia... presta libros alguna vez?
No debería haber sonreído. En el momento en que la comisura de sus labios se levantó, ella puso los ojos en blanco y suspiró. Sus hombros se hundieron y sus manos resbalaron de la cubierta, golpeando irritadas sobre la mesa.
—No importa, Malfoy. Si vas a ser un imbécil al respecto...
—¿Por qué quieres leer un libro sobre la genealogía de los Sagrados Veintiocho? Se solapa mucho, se hace bastante repetitivo.
Eso le valió una pequeña sonrisa a cambio.
—Solo... me interesaba entender, mejor, de dónde viene algo.
Algo. Odio por su propia existencia, quería decir.
—No lo encontrarás ahí, Granger. Este libro solo lo empeorará.
Una de sus uñas rozó la madera de la mesa. Draco vio cómo sus dedos se flexionaban, se crispaban, se cerraban en un puño: el único indicio de cualquier pensamiento que la hubiera invadido. Normalmente tan dinámicos, los pensamientos que se arrastraban por su cara se habían aquietado. Por mucho que uniera los puntos entre sus pecas, su expresión no tenía sentido.
Su voz salió tranquila, tensa contra sus cuerdas vocales en un registro que normalmente no utilizaba.
—No veo cómo puede ser peor que quererme muerta. —Draco podía oír la tensión en su garganta, luchando contra sus palabras.
Se le hundió el estómago, desesperado por ella y avergonzado por sí mismo y por su familia: todo un linaje de personas que habían culminado en el desastre actual del apellido Malfoy. Alcanzó el libro y lo abrió. El enorme tomo, grueso como una tarta, prácticamente rechinó cuando abrió el lomo que hacía tiempo que no usaba. Se dirigió a la línea Malfoy, con el grueso pergamino rígido entre los dedos, mientras recorría los siglos, viajando hacia atrás en el tiempo.
Encontró la página que buscaba y giró el libro hacia Granger, deslizándolo de nuevo por la mesa. Señaló el nombre en la parte superior de la página y, junto a él: estado de sangre.
Muggle.
—Antes del Estatuto del Secreto. Hace mucho tiempo. Esto es lo que lo hace peor, Granger. —Se arriesgó a mirarla. Movía los labios, pronunciando las palabras mientras leía, con los ojos concentrados y cada vez más vidriosos. Tocó con un dedo el nombre de algún antepasado suyo muerto hacía mucho tiempo que no tenía ni una gota de magia en las venas—. Solo te demuestra que nada de eso importaba realmente. Quizá para ti no suponga ninguna diferencia. Pero para mí, eso lo hace peor.
—¿Esto es... —tragó saliva, un movimiento pesado—, es normal? ¿Común?
—¿En familias de sangre pura? Sí, Granger. Las cosas eran diferentes hace unos siglos, aunque te costará conseguir que la mayoría de los Sagrados Veintiocho lo admitan.
—Tú acabas de hacerlo.
Draco hizo girar su varita entre los dedos, observándola mientras giraba. Cualquier cosa con tal de evitar mirarla.
—Sí, bueno... estoy tan molesto por ello como tú probablemente. —En su periferia, vio sus hombros hundirse una fracción—. Y no... mierda, eso probablemente sonó... no estoy molesto porque tengo algunos ancestros muggles del siglo XVI. Me molesta porque significa... no sé, nada.
Draco quería salir corriendo de la biblioteca, alejarse de su presencia, ya que había empezado a resbalar, a tropezar, a derramarse.
Las puertas de la biblioteca se abrieron, salvándole de su impulso de desaparecer.
Draco gimió; habían llegado pronto.
—Granger sigue aquí, —casi gritó Theo, anunciando su entrada. Blaise le seguía, con una pizca de diversión que delataba su expresión casi impasible.
—Hola... —empezó ella.
Theo le tendió una mano.
—Theodore Nott, llámame Theo.
Le estrechó la mano y un destello de confusión cruzó su cara.
—Sé... sé quién eres, Theo. Fuimos juntos al colegio durante seis años. —Inclinó todo su cuerpo para mirar detrás de él—, y hola, Blaise.
—Oh, no, no, Granger. Deberías darme las gracias por ahorrarte la mortificación de tener que admitir que no tienes ni idea de quién soy. Compañeros de clase o no. Aunque me molesta que te acuerdes de Blaise, —dijo Theo, tomando asiento en la mesa frente a Draco, al lado de donde Granger seguía de pie sobre el libro—. Esto podría haber sido muy incómodo, para todas las partes. Para mí especialmente. Dale las gracias a un tipo la próxima vez que te salve siendo todo —un vago gesto hacia su persona— magnánimo.
—Te lo advierto, Granger, parece que Theo está un poco borracho, —dijo Draco, dirigiendo una mirada mordaz a Theo.
Su cara, que había caído en el asombro ante el espectáculo que acababa de ofrecer Theo, cambió. Sus ojos se abrieron de par en par, una sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios, diversión oculta bajo la superficie.
Blaise tomó asiento al otro lado de Theo. Arrastró una silla a su lado, con el eco del roce de las patas de madera contra el suelo de piedra, y apoyó los pies. Nadie habló mientras se adaptaban al cambio de dinámica, a la duplicación de personalidades en la habitación, cuadruplicada si se tenía en cuenta el espacio que solía ocupar la de Theo.
Theo alargó la mano y tiró del libro hacia él.
—Oh, qué emocionante. ¿Apostamos por el incesto? Un clásico, por supuesto.
Granger palideció, observando cómo Theo pasaba las páginas del enorme libro. Draco, horrorizado como estaba, también quería reírse. Probablemente pensaba que Theo estaba bromeando, pero sin duda había habido apuestas sobre el incesto en el pasado. De quién era la familia que había tenido más, el más reciente, el más grave.
—Ajá, —dijo Theo, pasando el dedo por una página. Se aclaró la garganta—. Cantankerous Nott casado con Adelia también Nott, primos hermanos. Siglo XVIII. Tengo muebles más antiguos.
Granger se inclinó para confirmar lo que había leído. Theo deslizó el libro hacia ella.
—Me encanta celebrar el día de mi nacimiento con una crisis existencial sobre la endogamia.
—Oh, —dijo Granger, cerrando el libro ofensivo y deslizándolo lejos de ellos. Revoloteó junto a la mesa; no habría parecido tan fuera de lugar si no fuera porque se mordía nerviosamente el labio inferior y miraba rápidamente entre los tres—. Feliz cumpleaños, Theo. Debéis tener planes, yo terminaré mi trabajo por hoy.
—No es así, Granger. Como cumpleañero, te pido que te quedes y te diviertas con nosotros.
Granger parecía estupefacta.
—Pero... ¿por qué? No me conoces... ni siquiera te gusto. ¿Por qué me querrías aquí para tu cumpleaños?
Theo se rio.
—A Draco le caes muy bien, y yo me someto a su criterio en la mayoría de las cosas. Excepto en la aceptabilidad de los pavos reales como mascotas. Y sobre pociones como disciplina entretenida. Y sobre el número apropiado de encantamientos para mantener el pelo en su sitio...
—Ella lo entiende, Theo. —Draco se había quedado quieto, clavado bajo la evaluación casual y descarada de que Draco no solo no desaprobaba activamente a Granger, sino que, más bien, le gustaba. Eso no podía... no era... no. Podía tolerarla bien, ser cortés con ella, molestarla para divertirse, pero ¿gustarle activamente? Eso simplemente no estaba permitido: una línea demasiado lejos que no quería, no debía, no podía cruzar.
Theo puso los ojos en blanco y llamó a Topsy.
Crack.
Bueno, eso desde luego no ayudaría a la causa de Theo. Granger se encogió. Frunció las cejas, entrecerró los ojos y miró a Topsy con tanta desesperación, como si cada gota de magia de sus huesos quisiera abrazar a la elfina y ofrecerle un salvoconducto a otra tierra, que a Draco se le apretó el pecho. Y eso era ridículo.
—Ah, Topsy, querida, —dijo Theo. Inclinó la cabeza y extendió la mano en una reverencia baja y dramática—. Mopsy te manda saludos desde la finca Nott y te desea buena salud en este solsticio de verano.
La elfina temblaba bajo la formalidad de Theo, las puntas de sus largas y caídas orejas teñidas de un rosa granate. Algunos días, Draco se preguntaba si las payasadas de Theo eran en realidad una forma extrañamente específica de tortura para Topsy, que apenas podía soportar sus alabanzas y su afecto.
Topsy emitió varios ruidos ininteligibles, presumiblemente un intento de hablar.
—Topsy, hoy es mi cumpleaños y a Draco le gustaría sacar varias botellas caras de licor para celebrarlo, ¿te importaría mucho ir a las bodegas principales y traerlas para nosotros? Siéntete libre de echar mano también de las reservas personales del Amo Lucius, solo lo mejor para mi día especial y todo eso.
Si Topsy vibrara con más energía nerviosa, podría desaparecer. Draco se atrevió a mirar a Granger. Ella miraba a Theo con la cabeza inclinada hacia un lado, los nudillos apretados contra la mesa de al lado, una mirada de asombro y confusión nublando sus ojos normalmente claros.
Topsy emitió un chirrido y desapareció bajo la mesa, reapareciendo junto a Draco. La elfina lo miró, esperando la confirmación de la petición de Theo. La respuesta se estancó en la punta de la lengua de Draco: por supuesto, sí, suena maravilloso. Pero Granger se había vuelto hacia él, observándolo. Y, de repente, la idea de que Topsy les llevara varias botellas de licor cuando podían conseguirlas ellos mismos con la misma facilidad...
Draco había perdido la maldita cabeza. Sacudió la cabeza, no contra Topsy, sino para aclarar sus pensamientos. Granger había secuestrado su cerebro.
Se arriesgó a mirarla e inmediatamente se arrepintió. Parecía tan seria, tan preventivamente decepcionada. Bueno, no era justo. Theo, en cambio, parecía impaciente por ver cómo acababa todo aquello. Y Blaise parecía bastante desinteresado, mirando vagamente en dirección a Theo mientras se balanceaba sobre las dos patas de su silla.
Draco volvió a mirar a Topsy. Ella lo miraba fijamente, con los ojos muy abiertos, el rostro mismo de la súplica.
Draco tragó saliva, con la mandíbula tensa.
—Sí, Topsy, eso sería excelente.
—Malfoy, —dijo Granger en voz baja mientras bajaba las manos sobre la mesa.
—Mi casa, Granger. Se le habría roto el corazón si no la hubiera dejado ayudar con el cumpleaños de Theo. A ella le gusta él más que yo...
—Obviamente, soy más amable con ella, —interrumpió Theo.
—No soy cruel con ella, Theo, —dijo Draco, con la mandíbula tensa e intentando comunicar a través del contacto visual que no debía decir cosas así delante de Granger. Una voz que sonaba muy parecida a la de un Blaise desinteresado que cobró vida en el fondo de su cabeza: ¿por qué eso importa?
—Los elfos Malfoy son libres, Granger. —Esta vez, Blaise habló de verdad. Todas las cabezas de la sala giraron hacia él. Theo hizo un mohín, Draco suspiró y los ojos de Granger se abrieron de par en par.
—No me arruines la diversión. Draco tenía razón; es divertido meterse con ella, —dijo Theo. Saltó para recibir a Topsy cuando reapareció en un crack, haciendo levitar con ella varias botellas de licor.
Draco podía sentir cómo se le tensaba la boca, cómo los tendones de la mandíbula se flexionaban bajo la fuerza que le hacía rechinar los dientes. Granger se había vuelto de nuevo hacia él: la rabia grabada en la línea entre sus cejas fruncidas, el fruncimiento de sus labios y el leve tic en la comisura de su ojo derecho.
—Nunca lo dijiste. —Sonó como una acusación.
—Fue un mandato del Ministerio, Granger. No creí que te impresionara especialmente que no tuviéramos elección. Topsy y varios de los otros se quedan porque quieren.
—Quieren, —repitió sus palabras—.Quieren. —Su voz se agudizó.
—Granger, es mi cumpleaños, —dijo Theo, envolviendo sus dedos alrededor de un vaso de chupito, tirando de ella desde donde había mantenido las palmas abiertas hacia el cielo, buscando el fantasma de Merlín como apoyo, sin duda—. Tómate un chupito y cállate, ahora quiero divertirme.
Granger, por su parte, dejó que Theo la condujera al asiento que antes había ocupado él y, casi sin insistir, se bebió el chupito y refunfuñó un furioso, y furiosamente entrañable, "vale".
—
Draco nunca habría apostado, aunque le hubieran dado la opción de elegir el resultado más extravagante e inesperado, que tendría la oportunidad de presenciar a una Hermione Granger borracha socializando con él y sus amigos. Y pasándoselo muy bien, además.
Para ser justos, Draco también se había permitido varias copas, y si movía la cabeza demasiado deprisa, la habitación tardaba un parpadeo en ponerse a su altura, arrastrándose por detrás a cámara lenta. Theo parecía tan tambaleante e intoxicado como Granger, riendo con facilidad y gritando la mayoría de sus palabras sin motivo. Draco no podía decir cuánto había bebido Blaise, pero seguía mezclando deliciosas bebidas para el resto, así que estaba claro que aún tenía un uso adecuado de sus funciones motoras.
—Theo. Theo...Theo, —dijo Granger, repitiendo el nombre cada vez con más urgencia cuando no conseguía que la mirara.
Habían vuelto a consultar el libro de genealogía, hojeando las páginas, riéndose juntos de nombres ridículos y anticuados y de uniones particularmente escandalosas. Draco y Blaise habían empezado una perezosa partida de póquer para distraerse de los constantes chillidos sobre Felcuin esto e Idoine lo otro y dioses míralo; ochenta y seis años de diferencia de edad, qué barbaridad...
—No, es verdad, —decía Granger, con la cara inclinada hacia las páginas más de lo necesario—. La Reina, Theo. La verdadera reina.
Theo se rio.
—Granger, el mundo mágico no ha tenido una reina en... no sé. ¿Milenios? ¿Quizá nunca? Estoy borracho y es un poco efervescente, no... confuso. No me interesó Historia de la Magia.
—Sacaste un sobresaliente en ese ÉXTASIS, —interrumpió Draco, dejando caer los naipes sobre la mesa. De todas formas, Blaise y él habían estado fingiendo.
Theo se llevó un dedo a la sien.
—Intuición, —dijo.
Granger levantó la cabeza del lugar donde seguía estudiando intensamente el libro. Parpadeó rápidamente y pareció que iba a caerse hacia atrás, antes de enderezarse y volverse hacia Theo.
—No puedes usar la intuición en Historia de la Magia... son hechos. No puedes...
—No te hagas daño intentando entender cómo Theo hace lo que hace, Granger. Es un misterio para todos nosotros, —dijo Draco. Tomó un sorbo de su whisky de fuego, disfrutando de cómo apenas podía sentir el ardor mientras el líquido se deslizaba por su garganta, disparando zarcillos de delicioso calor en su pecho a medida que descendía.
Granger lo miró, por primera vez en lo que probablemente había sido una hora de peculiar unión entre ella y Theo. Un rubor rosado le subió por el cuello y se le extendió por las mejillas. Su pelo, aún atado con la cinta que él le había encantado, había empezado a esponjarse alrededor de las sienes, dándole un aspecto salvaje. Al ver lo vidriosos y distantes que se habían vuelto sus ojos, se preguntó si los suyos estaban igual.
—También puedo hacer trasladores que lleguen al interior de edificios, —dijo Theo.
Y así, sin más, Draco volvió a perder su atención por Theo. Envió su vaso deslizándose por la mesa hacia Blaise, que lo obligó a rellenarlo y le dirigió una injustificada mirada de evaluación.
—No puedes, —dijo Granger.
—Sí que puedo. Draco, díselo. Los has probado.
En otro parpadeo, volvió a tener su atención. Le gustaba su atención, le calentaba como el whisky de fuego.
—¿Probaste trasladores ilegales y experimentales? —preguntó.
—¿No te colaste en Gringotts? —contraatacó.
Su sonrojo se intensificó bajo sus pecas, del rosa al casi rojo, mientras bajaba la mirada.
—¿Qué hiciste qué? —preguntó Theo, dando un manotazo innecesario en la mesa. Los gritos habían bastado para que se entendiera.
Granger levantó ambas manos, creando un antifaz a un lado de su cabeza para bloquear a Theo de su vista.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó en un fuerte susurro cuando por fin volvió a mirar a Draco. Hizo un excelente trabajo al ignorar a Theo pinchándole las palmas.
—Forzaste una de las bóvedas de mi familia. Por supuesto que lo sé.
Draco esperaba que dejara de mirarle a los ojos, que pareciera avergonzada por la confirmación de su infracción de la ley. En lugar de eso, ignorando a Theo que intentaba abrirse paso entre sus manos mientras ella se tapaba un lado de la cara, sonrió.
Merlín, sonrió.
Y a partir de ahí la cosa no hizo más que empeorar.
Dejo caer las manos, dando un manotazo a Theo como si fuesen mejores amigos desde hacia años, y se levanto. Se inclinó sobre la mesa hacia Draco, probando cada gramo de sus modales de caballero para no mirar por debajo de la camisa de una bruja cuando se le presentaba la oportunidad. Lo hizo de todos modos, sin importar los modales. Pero sus ojos eran lo único que parecía capaz de controlar; todas las demás partes de él se habían congelado cuando ella se inclinó sobre la mesa, soltando una risita al hacerlo, deteniéndose solo cuando su cara estuvo distraídamente cerca de la de él.
La voz bajó a un susurro bajo, una sonrisa de satisfacción todavía tirando de su preciosa... ¿preciosa?... boquita.
—¿Sabes lo que hice después de entrar en Gringotts?
Draco iba a experimentar una combustión espontánea a manos de Hermione Granger. Lo sabía. Ella olía bien. Ella estaba lo suficientemente cerca como para que él se diera cuenta.
Y estaba relajada, tan a gusto como nunca había imaginado que Granger fuera capaz de estarlo. Su anterior impresión de ella se limitaba a los libros, los horarios y la dependencia meticulosa de las normas y el orden. Pero esta Granger... esta Granger sabía cómo divertirse.
Y joder, era guapa. Y divertida. E inteligente. Y joder.
Había olvidado que ella iba a decir algo, perdido en el infierno de su propio cráneo. Pero entonces sus labios, que él había estado mirando, se movieron.
—Monté un dragón.
Sinceramente, pensó que se lo había imaginado. Un pensamiento enfermizo, intrusivo, del tipo de sueños húmedos, apareciendo en su conciencia, sonando como Granger. Pero entonces ella se rio, acomodándose de nuevo en su asiento al otro lado de la mesa, y Theo dijo:
—¿Has dicho dragón, Granger?
Draco se sintió como si le hubieran golpeado con un confringo, ardiendo y estallando en pedazos, el calor rugiendo a través de él. Tuvo que ajustarse los pantalones de la forma más discreta posible, ya que se le había puesto incómodamente dura en cuestión de segundos.
Al otro lado de la mesa, Draco se dio cuenta de que Blaise lo miraba, que veía a través de él, como solía hacer. Vio cómo los ojos de Blaise se desviaban rápidamente hacia Granger y volvían a mirar hacia él. Con un gesto de la frente y una mirada contemplativa, Blaise dio un sorbo a su bebida.
—Draco, ¿piensa tu prometida hacer acto de presencia esta noche? —preguntó Blaise después de su sorbo.
Cualquier erección incipiente e inapropiada que Draco hubiera estado alimentando murió al recordar que Astoria... bueno, que estaba destinada aseralgo para él.
—No lo sé, —dijo.
—¿No deberías? —dijo Blaise mientras Theo emitía un sonido molesto en el fondo.
—¿Por qué? —preguntó Draco. Se dio cuenta de que el movimiento al otro lado de la mesa se había calmado; la risita de Hermione ya no sonaba.
—Bueno, porque es tu prometida. ¿No quieres pasar tiempo con ella?
¿Qué coño estaba haciendo Blaise?
—Es un acuerdo de esponsales, no un romance.
—Qué bonitos cimientos sobre los que construir una vida.
Si Hermione... ¿espera? ¿Hermione? No, Granger... no hubiera estado sentada justo enfrente de él, silenciosa y quieta y tan obviamente intrigada, Draco podría haber retado a Blaise a un duelo solo para quemar algo de su ira. Y también parte del licor.
Pero Blaise seguía mirándolo. Sospechaba que Granger también. Incluso Theo se había quedado callado. ¿Qué querían exactamente de él? Le palpitaba la sien, la primera señal de que tal vez había llegado a un límite, o debía imponerse uno.
—Yo no lo pedí, —dijo, deseando al mismo tiempo haberse quedado callado. Porque las tres miradas idénticas de lástima, miradas inútiles que no le interesaban, le dieron ganas de hechizarlos a todos: uno por uno, y lentamente.
Pero era el cumpleaños de Theo, así que aguantó. La oclumancia y el alcohol no se llevaban bien; su magia se volvía descuidada bajo la influencia, pero Draco lo intentó de todos modos. Intentó congelar, guardar y olvidar hasta el último pensamiento intrusivamente afectuoso y desafortunadamente lujurioso que había tenido hacia Granger en aquella biblioteca. No eran pensamientos reales, solo el resultado del alcohol, el aburrimiento o la proximidad.
En realidad, no pensaba ninguna de esas cosas de Granger. Y se repitió ese pensamiento una y otra vez, hasta que Theo le preguntó por su relación con Weasley.
—Oh, —dijo ella—. Rompimos el año pasado.
No debería haber cambiado nada.
Si ocluía lo suficiente, torpe y casi inútil por el licor, casi podía convencerse de que no era así.
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Nota de la autora:
¡Muchas gracias a todos por vuestros encantadores y amables comentarios sobre el último capítulo! Estoy muy emocionada y honrada de tener a tanta gente excepcional disfrutando de esta historia; ¡estoy realmente abrumada! Muchas, muchas gracias por leer y comentar y dejar kudos ¡y ser la gente realmente excepcional que sois!
Mi eterna gratitud a Icepower55, Endless_musings y Persephone_stone por salvarme de mí misma en lo que se ha convertido en una vergüenza constante.
