—¿Entonces antes de Washington fuiste a otras partes? —preguntó Rebecca con el café en la mano. Seguía caliente, sabía a mocachino y tenía chispas de chocolate encima.
—No a muchos lugares. Fui al sur primero, desvié mi camino muchas veces y terminé en la frontera con México, ahí hice trabajos eventuales y después me las arreglé para hablar con mi hermano y que me diera el dinero que tenía ahorrado de los pagos de la Marina. Estuve sin rumbo fijo como seis meses.
—Al menos no estuviste cuando Raccoon City fue destruida —dijo Rebecca sintiéndose calmada con esa situación.
—¿Tú dónde estabas cuando eso pasó? —le preguntó Billy, buscando presionar en los lugares que pudieran ser necesarios. No conocía a Rebecca más de lo que conoció en aquella noche, pero sabía que desde lo que le platicó de la culpa del sobreviviente, había algo que tenía que sacar.
—Salí de la ciudad, S.T.A.R.S. fue disuelta por las exigencias de Chris y Jill de investigar el caso de Umbrella, les dijeron que no y los contuvieron —comenzó a explicar —pero Chris no se quedó de brazos cruzados y se fue a las bases de París a continuar su investigación, Barry se fue a cuidar de su familia en Canadá, pero Jill y Brad se quedaron en la ciudad —Billy siguió escuchando atentamente, mientras buscaba acortar la distancia con ella en la banca del parque —después supe que a Jill la persiguió un arma biológica en toda la ciudad, la infectó con el virus-T, se salvó y pudo escapar. En cuanto a Brad, él falleció a manos de esa cosa —dijo con nostalgia, sin poder darle otro trago a su café.
—Fue una película de terror entonces.
—Jill es fuerte, y ahora más con los virus en su cuerpo, pero la ha pasado muy mal desde entonces. Si yo me siento terrible aún por lo de la Mansión, no me imagino ella que se expone a cada rato con su labor de agencia.
—Al menos ya no estás en campo —le dio un pequeño consuelo mientras aún la miraba a los ojos, ella solamente sonrió de lado, con ternura y relajación.
—Eso no quita que me sienta culpable de la pérdida de mi equipo.
—Rebecca…
—Fui la médico del grupo, debí hacer más.
—Nadie está preparado para un problema de esa magnitud —le dijo Billy —toda tu ciudad fue diezmada por lo mismo. No podías hacer nada —trató de consolar.
—Por ti pude hacer mucho —recordó —gracias por eso.
—Gracias a ti, más bien…
—No lo entiendes —dijo la chica mientras volteaba a ver a uno de los árboles del emblemático parque.
—¿Qué es lo que no entiendo? —preguntó curioso el exmarine mientras le dedicaba otra sonrisa, ligeramente perdido en los claros ojos de Rebecca.
Tomando valor y fingiendo que no recordaba lo que había dicho en esa noche, intentó hablar de nuevo sobre el tema.
—No entiendes lo que significa para mí que estés vivo, que mi ayuda y mi atención hayan servido de algo…
—Rebecca…
Le tomó la mano, la grande mano que exhibía su fuerza a través de las venas saltadas y las presionó con fuerza como cuando se encontraron en la cafetería la primera vez.
—Gracias por haber regresado a mi vida —le dijo con la voz quebrada y con una lágrima recorriéndole el pómulo —no sabes lo mucho que me ayuda que estés aquí enfrente de mí.
Con la mano libre, Billy le limpió la salada gota de la piel, de su rostro, y sin notarlo, su mano se estancó en la mandíbula de la chica, quien al sentir el roce de su piel, sonrió con ternura mientras le clavaba los ojos en el rostro.
Raudo y veloz, el hombre a su lado, aquel que la había salvado, aquel chico cuya presencia había convertido muchos de sus arrepentimientos en logros en solo cuestión de 24 horas, acercó sus labios a los de la mujer y los dejó ahí, cerca, mientras se daba el gusto de sentir el aliento dulzón causado por el café que ella emanaba de su boca. Rebecca quedó inmóvil. No seguía el contacto, pero tampoco se apartaba, como si por dentro aún decidiera si la situación causada entre ambos era una buena idea.
Sonrió, causando que Billy únicamente rozara los carnosos labios de la mujer y procediera a darle el beso que había destinado para su boca, en la mejilla.
—No quiero presionarte —le dijo lentamente —cuando te sientas bien, pasará.
Ella de inmediato le devolvió el beso en la mejilla y le sonrió como agradecimiento no verbal, mientras tanto, se apartó un poco y se acicaló el cabello mientras volvía a darle otro sorbo a su café.
—Sabes, el azúcar te queda —le dijo con una sonrisa —siempre fuiste muy dulce. Imagino por qué.
Ambos comenzaron a reír cuando Rebecca utilizó el ancho pecho del exteniente Coen para recargarse como si fuera una almohada, preguntándose por qué no había hecho esto antes.
—De verdad. Gracias —repitió Rebecca al mirarlo de nuevo a los ojos.
—¡Al carajo! —exclamó Billy mientras tomaba a la chica de la cintura y le agarraba el rostro con ternura y determinación.
Entonces, la acribilló con un beso tan fuerte que la mujer no tuvo más opción que continuarlo… pero tampoco quería tener otras opciones.
Hasta que de repente, las tuvo.
El beso despertó ese curioso tamborileo cardíaco, esa relación con el miedo intrínsecamente combinada con una sonrisa y con una alegría que no podía describir, pero que por alguna razón, simplemente no podía permitir que su corazón siguiera retumbando.
Se detuvo de golpe cuando hizo una relación ligeramente extraña entre el miedo, la culpa y el latido desbocado que estaba sintiendo.
—Billy, basta —le dijo al detenerse. Se levantó, entonces el hombre de cabellos oscuros la detuvo al tomarla de la mano.
—Rebecca —se levantó junto con ella y la vio directamente a los ojos —si algo fue inapropiado, dímelo.
—Supongo que todo fue inapropiado —finalizó para irse caminando.
—¿Desde qué parte? —volvió a detener, ahora tomándola suavemente por el hombro, lo que hizo que la joven castaña se detuviera.
—Desde que acepté venir cuando tenemos encima problemas muy grandes, Billy. Entiéndeme —le pidió mientras le daba la espalda, entonces suspiró.
—Ok, tienes razón, tal vez no debí darte ese…
—¿Esto fue todo por lo que viniste hasta acá? ¿quieres algo más? —le preguntó sin ocultar el tono de su pregunta, sin ocultar lo que estaba pensando.
—No. Honestamente, no —contestó con sinceridad —cuando vine a buscarte, primero era para prepararte para lo que venía, pero cuando te vi, todo fue como un golpe —prosiguió —. Quiero decir, sabía que tú fuiste importante para mí… pero jamás pensé que… que trascenderías aún más al momento de cruzarme contigo.
—¿Creías que iba a ser un encuentro fácil? —replicó la chica —¿no pensaste en lo que yo sentiría cuando esto ocurriera?
—No pienses eso —acortó la distancia con ella y se colocó de frente —cuando te vi, también pude identificar a alguien en tu mirada.
—¿Ah, sí, como a quién?
—A mí —replicó, entonces ella le vio directo a los ojos —a aquella persona rota por dentro que cargaba con la culpa y con el trauma de absolutamente todo —las palabras del tatuado resonaron en la cabeza de la joven, quien bajó las defensas —entiendo tu necesidad de estar alerta, entiendo tu culpa, entiendo que sientes que pudiste haber hecho más y simplemente no lo lograste. Si no te entendiera, no tendría el juicio por el que voy a pasar. Pero también entiendo que sin ti yo no hubiera tenido una nueva oportunidad…
—Entonces me besaste por agradecimiento.
—Te besé porque siempre quise hacerlo, desde hace veinte años en realidad, y porque por alguna razón me puedo sentir seguro contigo —la agarró de las manos, notando que con esa frase, comenzó a temblar —y porque sé que puedes estar segura conmigo. Sé que puedes dejar las preocupaciones de lado, y sé que sabes que haría lo que fuera para mantenerte con vida.
—Ya lo hiciste antes —dijo con la voz apagada, agradecida, pero apagada, en forma de susurro.
—Salté por un agujero que creía que no alcanzaría para ir a tu rescate ¿recuerdas? —le dijo mientras sonreía —y tú me rescataste de terminar ahogado, algo magullado tal vez, pero vivo.
Rebecca se quedó atónita al entender las implicaciones de la misión en la que colaboraron. Era como si su cerebro hiciera click después de mucho tiempo a pesar de reconocer que sí hubo una tregua, un trabajo de salvaguardarse mutuamente, pero fue hasta ese momento que entendió que aquellos esfuerzos, a pesar de que habían ocurrido veinte años atrás, aún se sentían frescos.
Él había dado en el punto. Él había arriesgado su vida para salvar la de ella, y ella arriesgó la suya para salvar la de él. No había punto de comparación, no había nada que discutir acerca de eso ¿o sí? ¿qué estaba queriendo decirle? ¿Probablemente que si cediera un poco, podrían ser una gran dupla? No, no iba por ahí.
Se sentía segura, capaz de reír en medio de la tragedia, pero también sentía que era probable que existiera otra tragedia. Sus hombros se tensaron y otra lágrima le corrió por las mejillas.
—Ya paso, pequeña —la abrazó, cubriéndole la espalda y poniendo una mano en su nuca, acariciando los cortos y suaves cabellos de su cabeza —y no volverá a pasar.
—No digas cosas que no sabes —pidió Rebecca mientras volvía a su mente el atentado en Chicago del virus A —he aprendido a no confiarme —dijo mientras sacaba de su bolso dos vacunas de cada uno de los virus que había analizado, desde el T y sus variantes hasta el virus A, luego las volvió a guardar.
—Lo lamento mucho, Rebecca —le contestó el exmarine mientras la miraba a los ojos —pero te aseguro que aunque pase cualquier cosa, yo voy a ver como estar ahí para ti.
Repentinamente, sintió que esas palabras la hicieron flaquear y creyó por unos segundos que eso era lo que necesitaba. Ser cuidada, mimada como una niña pequeña, como la niña a la que arrancaron de su infancia para satisfacer las necesidades de su intelecto y cuya inocencia se vio arrebatada por un trabajo de campo que, aunque le emocionaba, al final le trajo culpa a pesar de que en su consciente, sabía que Claire tenía razón, Chris tenía razón, Jill tenía razón, incluso Billy tenía razón.
Nunca tuvieron oportunidad.
—Solo necesito un respiro —declaró Rebecca mientras se volvía a sentar —y pensar. Pero no quiero sentirme sola.
—Perfecto —contestó mientras se sentaba a su lado y se recostaba en su regazo. Le dedicó una mirada juguetona, sin el filo acostumbrado, con los ojos abiertos. Casi olvidaban ambos que ya eran personas de 38 a 46 años —puedes pensar todo lo que quieras.
—Billy…
—De mi cuenta corre acompañarte hasta que dejes de sentirte sola… —le sonrió.
Rebecca le dedicó una mirada tierna. Las palabras de él eran como balas para sus necesidades, y aunque no entendía por qué, sabía que cuando él le provocaba esa ansiedad, por algún motivo se le escapaba una sonrisa.
Jugueteó con su cabello oscuro, el que ya no estaba engominado como cuando se conocieron en el tren, ahora se encontraba desordenado y cubriéndole la frente. Sonriendo, y sintiendo que estar con ella era exactamente igual de alegre que pasar una noche estrellada, en el pasto y de picnic entre risas. Conforme pasaban los segundos, reducía los pasos para tener un escenario perfecto hasta concluir que únicamente necesitaba a Rebecca ¿y el sitio? Ese no importaba.
Billy comenzó a reír, Rebecca lo miró con extrañeza.
—¿Qué pasa?
—Recordaba la última vez que me reí con fuerza y me sentí cómodo con algo—señaló el ya hombre mientras tomaba una de las manos de la chica.
—¿Me podrías platicar?
—Claro. Fue cuando una mujer, de 18 años, bonita y cabello corto, en medio del desastre con muchas criaturas imposibles de describir, aseguró que una de ellas era un babuino. Podíamos morir a causa de cualquier cosa, pero sabíamos que una de esas era un babuino.
Rebecca sonrió ligeramente, intentando contener una carcajada porque el momento, como él notó inmediatamente a través del rubor de sus mejillas y la manera en como sus labios se curveaban, que mencionó llegó inmediatamente a su cabeza. Se percató de que ella igual tenía muy presente cualquier cosa relacionada con él.
Se levantó para ponerse a un lado de ella, abrazarla y recargarla a su pecho para acariciarle los hombros y el cabello de nuevo.
Jamás pudo percatarse de la suavidad de su piel. Al momento de los desastres no tuvo la oportunidad, ni podía apreciar tales detalles de la joven que fungía como médico de campo. Ahora todo era distinto. Tenían la calma de la noche y la luz de la luna encima de ellos, tenían todo lo que en esa bestial noche careció para poder gozar de una circunstancia más íntima.
Sí. Ese momento en el que reían y recordaban los pocos momentos que lograron hacer al menos en una situación de crisis eran la intimidad que ambos estaban buscando.
Le dio un beso en la cabeza mientras guardaban silencio y la seguía abrazando mientras conseguían la calma que habían anhelado.
"Al menos por esta noche", rememoró para sí Billy mientras recordaba que la siguiente semana tenía que terminar lo que había empezado cuando Rebecca le dio la libertad a través de la muerte.
—Empieza a darme sueño —reveló Rebecca, lo que la sorprendió porque en el laboratorio no trabajó lo suficiente como para agotarse. Notó que el cansancio la vencía, pero no por falta de energía.
Se estaba relajando, su cuerpo se lo comunicaba. Le estaba gritando que la calma llegaba de la mano de los lugares indicados.
—Es curioso —indicó —yo me siento igual —señaló, sintiendo cómo sus músculos empezaban a destensarse y sus párpados comenzaron a pesar desde la última vez que durmió profundamente antes de su misión en África.
