Tras su cita con el perito en pruebas psicométricas que Edward le había programado para Rebecca, la joven salió con tensión, nerviosismo y muchas dudas.
Las pruebas habían sido sencillas, desde evaluación emocional hasta manejo de estrés, ansiedad, e inteligencia, prueba que sintió sumamente sencilla, también la evaluaron en el ámbito de las neurociencias y demás, lo que consideró por un lado tedioso.
La psicología, sentía, no era una ciencia confiable en su totalidad. Sí era útil, pero no la consideraba lo suficientemente dura como para aportar información o evidencia al considerarla empírica y social, ramos con los que no tenía problemas, pero que tampoco eran de su fascinación, y razón suficiente para abandonar su terapia en su momento.
"Pero si me sirve para tener libertad, probaré lo que sea", pensó mientras iba a una tienda a comprar algo de agua para ahogar un problema que le pasó por la cabeza, aunque descartó de inmediato, y ese era si esas pruebas podían encontrar el estado de enamoramiento en el que se veía involucrada.
Vio a un hombre a lo lejos en una cabina telefónica, lo que la hizo rememorar la noche anterior y sonreír para sí misma.
"Es todo un animal", pensó cuando volvieron a su mente las imágenes de cómo él, el hombre que la había salvado en varias ocasiones, la había sometido y tocado con una suave fuerza en una combinación que jamás creyó que existiera, llevándola a sentir el dulce calor del infierno por medio de un sexo que no creía que fuera real.
Despejó su mente de esos pensamientos mientras seguía caminando ahora por la llamada Quinta Avenida. No sentía mucha curiosidad por la ropa, pero entró a ver las tiendas con el fin de desestresarse. Pensar en otra cosa que no fuera ni su sórdido romance ni en el juicio que enfrentaría en poco tiempo.
Quería un tiempo para ella, para ser ella, para existir y respirar mientras el mundo lo único que hacía era correr.
Siempre quiso conocer el Centro Rockefeller, y ahora que se encontraba alrededor de él, aprovechó para mirarlo de cerca, para tener un momento de cultura y turismo lejos de las presiones del mundo, las que fuera del mundo del bioterrorismo eran demasiadas, pero adentro de este, se intensificaban aún más.
El día se le hacía inusualmente largo, aunque en teoría había hecho todo lo que tenía que hacer, no sentía que los momentos corrieran con la misma velocidad, a comparación de cuando se encontraba alrededor de Billy, que el tiempo corría con fuerza mientras que su corazón se desbocaba sin previo aviso.
"Que cosas hace el amor", pensó mientras trataba de entender el paso del tiempo con esa sensación y sin ella de por medio.
Pero tampoco iba a ser hipócrita, no negaría que lo extrañaba, no negaría lo mucho que deseaba que la noche cayera para volver a verle, para reír y salir un rato, para desentenderse del estrés diario, para simplemente poder ser ella con seguridad, para ser consentida como la niña interna a la que le arrebataron su infancia por ser un prodigio.
Sonó su teléfono celular, lo contestó sin ver el identificador.
—Pésima idea, señorita —dijo Chris al otro lado de la línea sin darle tiempo de saludar.
—¿De qué hablas, Chris? —preguntó la médico confundida, en realidad no entendía lo que le estaba diciendo.
—No ande enamorándose a lo loco, señorita —le dijo Chris a la chica.
—No eres mi papá, Chris —contestó ligeramente juguetona —sé lo que hago.
—Sí, tú sabes lo que haces —le recriminó —pero yo no sabía hasta ahora. Rebecca, ten cuidado.
—Lo tengo, acabo de salir de las pruebas de peritaje psicológico —confesó —me vine un rato al Centro Rockefeller ¿me creerás que no lo conocía?
—¿Estás sola o bien acompañada? —preguntó sarcástico para saber su posición con Billy Coen, pero tras escuchar la sincera respuesta que indicaba que la mujer estaba por su cuenta, se tranquilizó —no hagas nada estúpido o tendré que intervenir.
—No será necesario —completó —y gracias por preocuparte.
—Solo no me des razones para preocuparme ¿ok?
—Ok, pero antes, Chris… quisiera saber algo —comenzó a preguntar la chica.
—Dime, Rebecca.
—Si el juicio saliera mal por alguna razón ¿aún confiarías en mí? —preguntó seria, y quedaron unos segundos en silencio.
—Lo he hecho antes y todo ha salido bien. A donde sea que vaya, te traigo conmigo, ¿entiendes?
La respuesta del militar tranquilizó a la mujer, quien de alguna manera sintió seguridad con respecto a su futuro laboral y especialmente sobre la valía que aún tenía para sus amigos.
Se tranquilizó más, ahora el juicio tenía un peso menor. Sabía que estaría bien parada rodeada de personas como Chris o Jill Valentine.
—Gracias, Chris, pero sabes algo, si tengo tu apoyo entonces mi juicio no es tan grave como el de él —comentó, mostrando preocupación —a mí me podrán meter a prisión algunos meses, pero el suyo podría darle una condena peor, y eso sí me consterna, porque no se lo merece.
—Entiendo —Chris, reflexivo, comenzó a pensar desde su lado de la línea —haré todo de mi parte para evitarle un mal destino si te importa tanto.
—En serio, gracias —dijo con la voz entrecortada, y con una lágrima corriéndole por los pómulos de solo pensar que a Billy le dieran la pena de muerte, y ahora no hubiera forma alguna de que la pudiera evitar.
En aquella ocasión, no sabía distinguir si fue suerte o destino que se encontraran, para él seguro al momento fue suerte, pero el tiempo y el reencuentro la llevó a reevaluarlo, creyendo en algo como el destino o una fuerza superior, y ahora a este encuentro debía encontrarle alguna clase de significado.
Si es que lo tenía.
Dejó de pensar en eso otra vez, y caminó directo a Central Park, donde entró al zoológico mientras recordaba una de sus películas animadas favoritas: Madagascar, y pensaba en los pingüinos Rico, Cabo, Skiper y Kowalski, y se preguntaba qué haría el divertido cuarteto en su lugar, mientras observaba a los animales del sitio.
El pensamiento la hizo reír un rato mientras veía a los niños entretenerse lanzándoles comida y tomarse fotos con sus padres.
La maternidad no era algo que consideraba, era obvio, las mujeres inteligentes no suelen casarse, y tampoco la buscan, pero reevaluó su vida y las decisiones que había tomado al sacrificar la cotidianidad del ciclo de la vida para vivir como ahora lo hacía, y aunque se sentía llena, no podía evitar preguntarse qué sería de ella si hubiera dado un paso diferente.
Demasiadas emociones en un día, demasiado que enfrentar a la siguiente semana. Solo quería vaciar su cabeza con un helado y un paseo inocente al estilo de la colegiala que nunca pudo ser.
De repente, y sin notarlo tanto por no pensar en eso, la noche cayó, y fue de nuevo a su departamento.
Marianne le avisó de una nueva llamada que le habían hecho al teléfono de la administración del complejo.
—Rebecca, cuéntame —comenzó a preguntar la joven —dime quién es ese hombre que te llama ansioso desde ayer —dijo buscando una respuesta, como si la vida se fuera a acabar si no conocía esa información.
—No es tan importante como crees —mintió —solo cosas del trabajo.
—Conozco toda clase de tonos, pero ese no es de trabajo —apuntó —si fuera así te llamarían al celular, ya anda, dime ¿quién es? Porque ayer te saliste apurada y ya ni me dijiste nada.
—Tranquila, te contaré el chisme cuando yo también sepa qué está pasando —cortó la conversación y entró a la oficina del administrador.
—Hola —le dijo Billy desde la otra línea —sabes dónde encontrarme.
—Sí, sé donde —dijo con la voz entrecortada, aunque más relajada.
—Te escucho tranquila, y eso me gusta —confesó el chico con una sonrisa tan evidente que incluso podía sonar.
—Hoy hice las pruebas periciales, espero que me ayuden —confesó —pero Chris y Jill se enteraron de lo que pasó anoche.
—¿Les contaste? —preguntó no muy nervioso, pero entendiendo las implicaciones.
—No, Jill lo dedujo —confesó —y me pidieron que no nos viéramos hasta pasados nuestros juicios.
—Rebecca, ¿sabes cuánto dura un juicio marcial? El caso puede durar años, aunque hablé con Edward y me dio mejores esperanzas.
—Chris igual me dijo que nos ayudaría según los resultados, y confío en él totalmente —explicó Rebecca.
Billy sonrió ante esa declaración.
—Entonces, si está resuelto y tenemos nuestras estrategias… ¿crees que podamos ir de paseo de nuevo esta noche?
Rebecca volvió a sonreír, conmovida como una infante a la que le daban su dulce favorito.
—¿Qué hay de menú? —preguntó —tengo hambre.
—Tranquila, ahora no hay mucho dulce porque puede no quiero que a algún vampiro le dé por usar tu sangre como postre. Hoy te traje comida buena, pero necesitamos ir en carro a alguna parte, y yo no tengo eso aquí —apuntó Billy mientras, implícitamente, le pedía a Rebecca que usaran su auto —creo que Long Island te gustará para una salida.
Rebecca sintió cómo se le iluminaban los ojos, e incluso percibió el calor de sus mejillas.
—¿Qué tienes planeado como para que vayamos para allá?
—Te diré cuando lleguemos, y por cierto, yo conduciré —ordenó mientras le sonreía de nuevo al teléfono —te veo acá en la cabina.
—Como ordene, jefe —colgó y salió de nuevo.
Marianne la volvió a ver salir, quedándose de nuevo con la duda sobre el misterioso hombre que le hablaba cada noche desde ayer.
"Ay, Rebe. ¿Cuándo me vas a dar el chisme?", pensó Marianne mientras la veía salir y observaba que la científica llevaba de accesorio una sonrisa que le cruzaba de mejilla a mejilla, "sea quien sea, te trae muy loca, amiga", finalizó y volvió a su llamada, como hacía cada noche al no tener una gran cantidad de trabajo.
Tras su charla, en la que dejó a la recepcionista sola, Rebecca se apresuró para ir a la cabina telefónica, la que vio vacía.
"Esto no puede ser", pensó extrañada, más que triste.
Billy salió de atrás de la esquina del edificio departamental, llevaba en la mano una canasta de campo y también vestía una sonrisa, aunque más discreta, más ladina. Más de él.
—¿Estás lista? —le preguntó mientras se recargaba en la cabina, acortando toda la distancia posible con ella.
La noche pasada fue embriagadora, ahora se sentía incapaz de separarse.
Maldita fuera aquella siguiente semana en la que tendría que ir a declarar, pero al menos la primera parte, la parte de los peritajes había terminado.
Iba paso a paso, siguiendo un protocolo preciso en el que se adelantaba a los pasos necesarios, Edward, tan práctico o más que Rebecca, quería estar preparado para lo que le fueran a pedir, así que antes de presentarse formalmente como el abogado de Billy, había investigado la ubicación de los testigos que ayudarían al exmarine en el caso.
Para su suerte, ellos también fueron víctimas del General Walker. No habían dudado en comprar su boleto de avión y moverse a Nueva York durante el tiempo que fuera necesario, no tanto para apoyar a Billy, sino porque querían ver al exgeneral más hundido de lo que se encontraba ahora.
Una venganza que se acomodaba a sus planes como abogado y que beneficiaría a su cliente.
—Supongo que sí —contestó Rebecca, despejando ahora sí, por primera vez en mucho tiempo, su mente y enfocándose únicamente en lo que sabía que su alma necesitaba —¿El plan es Long Island?
—Sí, si tienes las llaves, te llevaré —contestó mientras intentaba ocultar la canasta de picnic, pero ella ya había deducido todo.
Long Island, parques, miradores, el mar…
—Vamos a ir a algún mirador bonito ¿verdad? —explicó Rebecca, haciendo gala de su capacidad de deducción.
—A veces te odio —replicó Billy con una risa juguetona y volteando la cabeza al piso. Su tono decía lo contrario, le enorgullecía tener a su lado a una mujer tan inteligente y perspicaz. Rebecca empezó a reír. Le dio las llaves de su auto, el que se encontraba estacionado afuera del edificio y abrió las puertas mientras metía galante a Rebecca al asiento del copiloto —¿nos vamos?
—Claro, puedes sorprenderme.
Billy encendió el auto y se dirigió al puente que conectaba a la ciudad con Long Island, y tras mantener el silencio en el vehículo, un silencio que resultaba familiar, con Rebecca mirando a las ventanillas y Billy al frente.
Era tranquilizador. Rebecca literalmente se estaba dejando llevar no solo por las circunstancias, sino porque Billy ahora tenía el control de todo. El control de la actividad, del vehículo, del destino, algo que alivianaba su vida, algo que le quitaba el peso de ser la jefa. Sonreía con felicidad, con alegría.
De nuevo, esa sensación de tranquilidad invadía su cuerpo y comenzó a reflexionar a qué se debía eso, dándose cuenta rápidamente de que la soledad de su vida la llevaba a sentirse abrumada, logrando encontrar en su vida amorosa alguna clase de analgésico.
—Y llegamos —exclamó Billy mientras buscaba un lugar donde estacionar cerca de Gantry Plaza.
Salieron del automóvil para ir a uno de los muelles, donde Billy le pidió a Rebecca que no hiciera nada, e incluso que cerrara los ojos porque él se encargaría del plan, porque así lo había prometido, porque ese era su ideal: cuidarla.
—Ya puedes mirar —le dijo, quedando maravillada con la escena frente sus ojos.
Velas, una botella de vino, un mantel rojo de lino encima del muelle, platos con comida fina, ensalada y carnes de distintos cortes, copas grandes que se distinguían por la elegancia. Las velas encendidas le daban un aire de poesía a noche y los edificios en el fondo contrastaban con lo hermoso de la escena, pero le daban un aire mágico.
—Espero que te guste.
—¿Bromeas? Está hermoso —contestó la chica con los ojos brillantes, como si fuera una niña con un dulce enfrente. Entre la ornamenta que Billy había colocado, se encontraba una canasta de flores, que adornaban a un lado del mantel. Las luces de la ciudad la habían maravillado —¿cómo te tomaste el tiempo de hacer todo esto?
—Yo sabía que podía intentar dar mi mejor versión, y me motivas a superarla —remarcó. Le sirvió una copa de vino mientras le colocaba en su plato porciones de carne y ensalada —espero te guste, porque de cocina solo sé lo que mi madre me enseñó.
—¿Cocinaste tú? —preguntó curiosa, no le parecía que fuera la clase de hombre que se acercara a una estufa.
—Quisiera haberlo hecho —indicó —estudié en la Marina y serví por años, a los soldados no nos enseñan alta cocina francesa.
—¿Qué estudiaste? —preguntó con curiosidad, porque era obvio que si quería estar con él, tenía que conocerlo —digo, si puedo saber.
—Tú puedes saber lo que quieras —le respondió —hice estudios en Ciencias militares, para estrategia, tácticas y liderazgo. Fui de los mejores promedios, pero no prosperé mucho en esa carrera.
—Entiendo —guardó un silencio corto, Billy le dedicó una sonrisa —lo siento mucho, en serio… siempre supiste que no me gustó que pasaras por eso.
—Ya no importa, Rebe —le dijo mientras acortaba distancia con ella y se servía una copa de vino —en este momento, lo que me importa es que estoy aquí contigo.
—Tienes razón —le contestó mientras sonreía y en el mantel, le daba un beso en los labios —salud por hoy.
—Y por los demás días que nos quedan —contestó Billy chocando su copa a la de Rebecca.
La cita transcurrió sin ninguna otra incidencia, riendo, platicando, e incorporando en su rutina una nueva modalidad, tal vez algo de baile de salón cuando Rebecca, en su teléfono, decidió poner algo de música, con lo que el exmarine decidió ponerla de pie y bailar con ella de la única manera en que sabía: un baile lento.
Las risas y el amor se notaban a lo lejos entre ellos, las personas que pasaban cerca lo único que podían hacer era mirarlos con envidia o desearles lo mejor, no había más, y la sensación de complicidad se hizo más intensa después de que ambos se dieron un beso tranquilo, dulce y sereno.
Sin ninguna preocupación entre ellos, los dos se quedaron viéndose a los ojos y terminaron de comer lo poco que quedaba de los platillos.
—Se me hace extraño cómo terminan las cosas —dijo Rebecca mientras veía al chico a los ojos —nunca creí que estaría…
—¿Estarías qué? —le preguntó mientras la abrazaba de nuevo y la unía hacia sí.
—Nada —contestó sonriendo, pero dejando en evidencia todo lo que cruzaba por su mente.
Era obvio, nunca creyó que terminaría enamorada de una persona a la que tenía que arrestar en un inicio. El alcohol la estaba alegrando, mostrando una faceta diferente, una menos seria, más alegre.
Billy procedió a besarle la cabeza, notando su debilidad, su felicidad y su ternura.
Así fue como pasaron las siguientes noches. Rebecca en el día trabajando y de noche sosteniendo citas tiernas, todas planeadas por Billy, quien no dudaba en darle los mejores días de su vida a la mujer de su vida.
