Aquel famoso escritor sintió cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor. El vino que había saboreado con confianza ahora quemaba en su garganta con un fuego traicionero. La habitación, que minutos antes había sido escenario de una danza de poder y seducción, comenzó a girar. Los ojos de Bulma, antes cálidos y seductores, se transformaron en algo frío, distante, cargado de una decepción palpable que le atravesó el alma como una daga...

"¿Cómo es posible?" pensó Vegeta, luchando por mantener la conciencia mientras sus piernas fallaban. Lo último que vio fue la mirada de Bulma, que ya no estaba oculta detrás de falsas promesas y mentiras. Era una mirada de desprecio puro, de una mujer que había jugado con él y que, en el último instante, se deleitaba en su caída.

Cuando Vegeta finalmente se desplomó, su cuerpo pesado y sin fuerzas golpeó el suelo con un ruido sordo. Bulma no perdió tiempo; la calma glacial en su rostro no reflejaba el torbellino de emociones que la consumía por dentro. Se arrodilló junto al cuerpo inerte de aquel y con movimientos metódicos, revisó sus bolsillos en busca de algo que la ayudara a encontrar a su hermano. El teléfono de Vegeta apareció, pero estaba bloqueado con un código que Bulma no podía descifrar, y no había tiempo para juegos.

Con una ira contenida que se desbordaba en cada movimiento, Bulma se levantó y sacó de su bolsa una cadena de hierro pesada, terminada en un candado. Sus manos no temblaban, y cada acción estaba impregnada de una fría determinación. Observó el cuerpo de Vegeta, y por un momento, la sombra del hombre poderoso que había intentado dominarla casi parecía patética, reducido a un objeto en su camino hacia la venganza.

Bulma arrastró el cuerpo de Vegeta por la sala con bastante esfuerzo, las cadenas rasgando el suelo con un sonido metálico. La frialdad en sus ojos reflejaba un abismo insondable mientras aseguraba la cadena alrededor de las manos de Vegeta, ajustándola con precisión, cada clic del candado resonando como una sentencia.

La ira que había contenido para Freezer, ahora desbordaba, consumiendo todo rastro de piedad que pudiera haber sentido por Vegeta. Con la cadena firmemente en su mano, lo arrastró hacia un rincón oscuro del departamento, donde lo aprisionó con una crueldad calculada, asegurándose de que no tendría escape cuando despertara.

El acto de encadenarlo, de someterlo, era más que una simple acción física; era una declaración de que no se burlaria más de ella, la joven inexperta y confiada en sus buenas intenciones. Y en ese momento, mientras lo observaba yaciendo en el suelo, su mente ya estaba maquinando el siguiente paso, la liberación de su hermano y la destrucción de todo lo que Vegeta representaba.

Con una expresión de absoluta determinación, comenzó a registrar las pertenencias de Vegeta en busca de cualquier evidencia que pudiera delatar sus intenciones. En sus manos, el celular de Vegeta se sintió como una pista crucial, pero al ver la pantalla bloqueada, su frustración se multiplicó. Conociendo la naturaleza calculadora del escritor, no consideró que pudiera encontrar algo revelador allí sin perder un tiempo valioso que no tenía.

Desesperada, empezó a buscar entre los objetos más preciados de él, concentrándose en su dispositivo portátil, pero cada rincón que revisaba la dejaba más y más vacía de pistas. La prisa empezó a transformarse en pánico, y el tiempo parecía evaporarse con cada segundo que pasaba sin éxito. Bulma sentía la ira burbujear en su interior, amenazando con desbordarse.

Finalmente, en un arrebato de furia, empezó a arrasar con todo a su paso. Cajones fueron volcados, libros arrojados al suelo, la habitación quedó en un caos mientras ella buscaba cualquier cosa que pudiera darle una ventaja. La rabia alimentaba sus movimientos, tirando objetos como si sus vidas dependieran de ello. Y entonces, en medio del desastre que había creado, algo llamó su atención en un lugar inesperado: la laptop de Vegeta estaba cuidadosamente oculta en un compartimento falso detrás de la biblioteca, accesible solo moviendo un pequeño busto que apenas parecía un adorno.

Sin perder un segundo, Bulma sacó la laptop y comenzó a trabajar en desbloquearla. Sus dedos volaron sobre el teclado de su dispositivo, intentando descifrar las barreras de seguridad que Vegeta había implementado. La tensión en la habitación era palpable, como si el aire se hubiera vuelto más denso. Cada minuto que pasaba la acercaba a la verdad.

Finalmente, logró acceder a la laptop, su respiración agitada mientras exploraba los archivos almacenados. Estaba en busca de evidencia y en eso, en una carpeta oculta, encontró un documento titulado "Manuscritos Sagrados." Al abrirlo, sus ojos se encontraron con titulos de historias que desafiaban cualquier lógica, llenos de suspicacia...

El primer relato, "Secuestro," describía en detalle la captura de un desafortunado, su tortura y los sádicos métodos de tormento que Vegeta disfrutaba imponer solo por el placer de ver el sufrimiento ajeno. Bulma sintió cómo el horror le atravesaba el cuerpo mientras leía, su rostro se transformaba en una mueca de espanto, el sudor comenzando a recorrer su frente.

Pero lo peor estaba por venir. Al seguir explorando, encontró un relato titulado "La Muerte de una entrometida" En este manuscrito, Vegeta había narrado una historia sobre una mujer, trago saliva al imaginar que fuese inspirada en Milk, la infeliz, que se había atrevido a inmiscuirse en la privacidad de un verdugo. El relato detallaba cómo, al descubrir su osadía genero conexión con el prisionero y por el pudor de querer rescatarlo, el verdugo la sentenció a una muerte horrible: degollada frente al prisionero, su vida desangrada lentamente como advertencia para cualquier otro que pensara desafiarlo.

Bulma sintió un escalofrío recorrerle la columna. Los detalles eran tan vívidos que parecía como si Vegeta hubiera escrito esas palabras dentro de su propia realidad. Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras continuaba leyendo, la tensión en la habitación alcanzando un punto insoportable.

La laptop se volvió pesada en sus manos, el peso del conocimiento que había adquirido, demasiado grande para soportarlo. Bulma se quedó mirando el cuerpo inmóvil de Vegeta, aún inconsciente, pero su mente ya trabajaba febrilmente en cómo aprovechar esta oportunidad.

Con la laptop aún en sus manos, no podía apartar la vista de la pantalla. A medida que avanzaba en los relatos, algo más oscuro y personal comenzó a tomar forma. Uno de los archivos llamó su atención, titulado de manera vaga, "El Vínculo Roto." Sin embargo, lo que descubrió al abrirlo fue aún más perturbador.

Con una voz apenas audible, comenzó a leer en voz alta, casi como si necesitara escuchar las palabras para convencerse de que realmente estaban allí:

"El vínculo entre dos seres que deberían haber sido familia se había convertido en algo retorcido y prohibido, algo que corroía las entrañas del honor y la sangre. Ella, una joven de inteligencia insuperable y belleza incomparable, había caído en la trampa de sus propios deseos oscuros. Él, un peleador de poder inigualable, no era más que una marioneta enredada en las cuerdas de su corazón corrupto."

Las manos de Bulma temblaron mientras seguía leyendo. No había nombres explícitos, pero era obvio que los personajes eran ella y Goku. El relato describía su relación como un abismo moral, una perversión que la sociedad no podía perdonar. Vegeta, en su malicia, había convertido su amor prohibido en un arma contra ellos, describiéndolo como si fuera una abominación.

"Sus encuentros clandestinos estaban marcados por la sombra de la traición. El adinerado heredero, que disfrutaba ser considerado de familia por unos padres lucidos del amor fraternal sometidos a la mentira, ahora estaba encadenado por el pecado de su propia sangre. Y ella, la brillante mente, el orgullo de la virtud, se había convertido en su ruina. Pero lo que él no sabía era que su deshonra iba más alla de su incestuosa inmoralidad, era la vivida existencia como un bastardo, uno sin padre y sin madre, sin raices, un engendro infeliz cuya misericordia fraternal la paga acostandose con quien en realidad, nunca fue su hermana... pero su fin estaba cerca, porque el verdadero castigo no sería la muerte, sino ver cómo todo lo que ama se desmorona frente a sus ojos."

El asco comenzó a revolverle el estómago a la joven peliazul mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Cada palabra de Vegeta se sentía como una puñalada. Ella no comprendía de qué demonios estaba hablando, cómo podía él afirmar tales cosas. ¿Qué quería decir? Era imposible que él supiera algo que ella no. Era evidente que estaba afirmando que no eran hermanos. La idea misma era un dolor punzante, como si Vegeta se deleitará en su confusión, describiendo con morbosa satisfacción cómo planeaba destrozar lo único puro en sus vidas. Su voz resonaba en su mente, retumbando como un eco sin respuesta, y el desasosiego crecía en su pecho. La verdad se deslizaba entre sus dedos, y se sentía perdida en un laberinto de dudas y angustia. ¿Por qué le hacía esto? ¿Qué sabía él que ella ignoraba?

"La muerte de la mujer de ojos fieros, aunque podría haber sido considerada un desperdicio, fue necesaria. Su osadía, su intento de intromisión, fue un insulto que no podía quedar sin castigo. Degollarla frente al guerrero fue un acto de misericordia, porque en su muerte, ella finalmente entendió el precio de su necedad. Y él, el hijo digno de heredad, fue forzado a presenciarlo, su alma quebrada en mil pedazos mientras aquella inocente se desangraba lentamente. Fue un espectáculo, un tributo a la verdadera justicia."

Bulma sintió una oleada de rabia mezclada con horror al leer esas palabras. No solo había planeado la muerte de Milk, sino que lo había hecho como si fuera una obra de arte macabra, un castigo meticulosamente diseñado para infligir el máximo dolor. El relato revelaba una mente que encontraba placer en la tortura, que se complacia en el sufrimiento ajeno. No queria imaginar que aquel testigo a semenjante atrocidad haya sido su propio hermano.

Con una mezcla de repulsión y determinación, Bulma cerró la laptop con un chasquido.

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Vegeta comenzó a recuperar la conciencia, la oscuridad se disipaba lentamente y su mente, aún confusa, trataba de entender lo que había sucedido. Abrió los ojos, sintiendo el peso en su cuerpo y el frío del suelo bajo él. La última imagen que recordaba era la mirada de Bulma, repleta de desprecio. Ahora, al ver su figura erguida frente a él, el horror se instaló en su pecho.

La habitación estaba hecha un caos. Libros desparramados, cajones volcados y su laptop, un objeto preciado que ahora parecía un tesoro maldito, estaba a un lado. Vegeta se incorporó con dificultad, intentando enfocar la vista. Sus manos estaban atadas con una cadena de hierro, la sensación fría y opresiva provocándole un escalofrío.

—¿Qué demonios...?— murmuró, su voz ronca y débil.

Bulma lo observaba con una mezcla de desdén y resolución. La calma en su rostro contrastaba con el caos que la rodeaba, y sus ojos brillaban con una furia contenida. —Despertaste, por fin. Pensé que no lo harías— dijo, su tono casi despectivo.

—¿Qué... qué demonios es esto? —gruñó, su voz áspera. Trató de liberarse, pero no podía. Apretó los dientes, furioso—. ¡Suéltame de inmediato!—

Bulma apretó los labios, temblando de rabia y frustración.

—Sé todo, Vegeta. —Su voz era baja, pero cargada de una furia contenida—. Sé quién eres—

Vegeta frunció el ceño, su expresión cambiando de la arrogancia habitual a una mirada de desconcierto.

—No sé de qué hablas. —Su voz sonaba genuinamente confundida, como si no entendiera el motivo de la acusación—. ¿Te has vuelto loca?—

Bulma se inclinó hacia adelante, acercándose a Vegeta hasta que apenas un milímetro separaba sus rostros. Podía sentir su respiración, su aliento cálido rozando su piel, pero no retrocedió. Sus ojos ardían con una mezcla de furia y desesperación, el fuego de quien había soportado demasiado.

—No me trates como una estúpida, Vegeta —escupió, su voz temblaba con la intensidad de sus emociones contenidas—. Sé que Goku no está muerto. Pude oler su olor en tus ropas llenas de sangre. ¡Estuviste con él! ¡Dime dónde está mi hermano!—

Vegeta mantuvo su rostro inexpresivo, aunque sus manos encadenadas se tensaron contra el suelo. Apretó los labios, sus ojos destellando con una mezcla de frustración y algo más oscuro.

—No sé de qué hablas —Su voz era controlada, un intento casi desesperado de parecer indiferente—. Kakarotto está muerto. Lo sabes tan bien como yo. Lo asesinaron hace meses. —Desvió la mirada hacia un costado, como si quisiera escapar de sus palabras—. Tú misma lo viste. Todos lo vimos.—

Bulma sintió la rabia bullendo dentro de ella, sus puños temblaban. Se inclinó aún más, su aliento caliente contra la piel de Vegeta.

—¡Mentira! —le gritó, su voz resonando en la habitación—. Leí tus escritos. ¡Lo escribiste todo! —Las palabras salieron como dagas—. ¡Escribiste cómo lo secuestraste, cómo lo encerraste en algún lugar maldito y lo torturaste!—

Vegeta parpadeó, su expresión se contrajo en un rictus de sorpresa y, por un instante, casi pareció vulnerable. Luego, su rostro se endureció y sus ojos se estrecharon.

—¿Mis escritos? —Se rio, aunque su risa era amarga, llena de sarcasmo—. ¿Y qué si lo hice? —Sus ojos se encontraron con los de Bulma, su voz se volvió más baja, más venenosa—. Soy un escritor, puedo escribir lo que me plazca. ¿Qué te hace pensar que todo eso es real?—

Bulma sintió que su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de pura ira. Su voz se tornó aún más intensa, más urgente.

—No me digas que es ficción. —Su tono era cortante, definitivo—. ¡Pude oler a Goku en tu ropa! ¡Su sangre! —Apretó los dientes, sus ojos llameaban con determinación. —Si no me dices la verdad, analizaré ese ADN y lo usaré como prueba. Y con tus escritos, buscaré hechos, detalles. —Una sonrisa helada se dibujó en su rostro—. Irás preso, Vegeta. Te haré pagar por cada cosa que le hiciste.—

Por un instante, el silencio llenó la habitación. Vegeta la miró, su rostro era una máscara de incredulidad, y luego, lentamente, su expresión cambió. Una chispa de enojo comenzó a brillar en sus ojos, creciendo como una llamarada que consumía todo a su paso.

—¿Me harás pagar? —repitió, su voz un gruñido bajo—. ¿Tú, Bulma? —Una risa amarga y rota escapó de sus labios—. No tienes idea de lo que dices. —Su expresión se endureció, el calor de su ira llenaba el espacio entre ellos—. ¡No sabes con quién estás hablando!—

Bulma no se movió, su mirada permaneció fija en él, sin vacilar. Al contrario, una sonrisa cruel se formó en sus labios.

—Claro que lo sé. —Sus palabras eran como hielo, cortantes y frías—. Conozco muy bien la clase de monstruo que eres. —Se inclinó aún más cerca, hasta que sus labios casi rozaron los de él—. Y también sé que eres un cobarde. ¿Te asusta la verdad, Vegeta? ¿Te asusta que todos sepan lo que le hiciste a Goku?—

La furia de Vegeta creció, sentía sus músculos tensarse bajo la piel, sus puños encadenados temblando de rabia. Quería gritarle, golpearla, hacerla callar, pero estaba atrapado, impotente ante su desafío.

—¿De qué diablos estás hablando? —espetó Vegeta, tratando de mantener la compostura a pesar de la desesperación que sentía. Tironeó de las cadenas, pero estas no cedieron.

—¡No te hagas el idiota! Aquí no eres la victima, ¡lo planeaste todo contra mi hermano!—

La furia de Vegeta se transformó en repulsión al escuchar el nombre de Kakarotto. La miró, sus labios se curvaron en una sonrisa cruel.

—Estás enferma. —Su voz estaba cargada de desprecio—. ¿Tan obsesionada estás con tu maldito hermano? ¿Qué clase de perra enferma tiene un romance inmoral con su propio hermano?—

Bulma parpadeó, como si él la hubiera abofeteado con esas palabras. Su expresión se quebró, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¡Yo!—gritó, su voz temblaba, rota—. ¡Es mi hermano y qué! ¿Eso te sorprende? Y si te enferma esto, ¡Lo quiero de nuevo en mi cama!, dime de una maldita vez ¡dónde está!—

—¡Estás completamente loca! —Vegeta intentó retorcerse en las cadenas, su voz cargada de furia—. ¡Esto es asqueroso! ¡Lo deseas! ¡Hablas de él como si...!—

—¡Lo deseo, sí! —le interrumpió, la desesperación bañaba sus palabras—. ¡Lo extraño cada maldito día! —Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero su expresión era desafiante—. ¿Y tú qué? ¿Crees que me voy a enamorar de alguien como tú?—

El rostro de Vegeta se torció en una mueca de ira pura, sus ojos brillaban con una furia contenida. Las cadenas en sus muñecas tintineaban con cada movimiento brusco, reflejando su impotencia. La respiración se le escapaba entrecortada, su pecho subía y bajaba en un ritmo frenético.

—¡Eres una estúpida, Bulma! —bramó, sus palabras resonaron como un látigo en el silencio de la habitación—. ¡Suéltame de una maldita vez! —Su voz era como el rugido de una bestia acorralada, llena de amenaza y desesperación—. Si no lo haces, te juro que te encerraré en un centro psiquiátrico. No volverás a ver la luz del sol, ¿me escuchaste? —Los ojos de Vegeta se oscurecieron, llenos de una malicia gélida—. Vas a pudrirte ahí, sola, como la demente que eres. Esta es tu última oportunidad.

Bulma no se inmutó ante su amenaza. Al contrario, su expresión se endureció, su mirada se volvió aún más intensa, una determinación feroz brillaba en sus ojos.

—No, Vegeta. —Su voz fue baja, pero cargada de una fuerza indomable—. El único que no volverá a ver el sol serás tú. —Se inclinó aún más cerca, sus ojos buscando los de él, desafiándolo—. A menos que me digas, aquí y ahora, dónde diablos está Gok—

Por un momento, la mirada de Vegeta se vaciló. Su ceño fruncido y su mandíbula tensa mostraban su lucha interna, pero luego su rostro se llenó de desprecio, una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.

—Estás enferma, Bulma —escupió, con asco en cada sílaba—. ¿Tan desesperada estás que no puedes aceptar la verdad? —Se inclinó hacia adelante, a pesar de las cadenas que lo mantenían atado al suelo—. ¿O es que realmente te quedaste demente con lo sucedido a tu querido hermano? ¿No te da lástima tus propios padres? —

—Vegeta, nunca te voy a perdonar por esto, por lo que le hiciste y por tu traición—respondió Bulma con los puños cerrados y la mirada perdida.

El rostro de Vegeta se contorsionó en una mueca de desprecio. Sentía su estómago revolverse.

—¡Kakarotto no es nada! —gritó, la rabia se filtraba en cada sílaba—. ¡No tienes idea de lo que te pierdes al no elegirme a mí! ¡Él no es más que un imbécil débil y patético!—

Bulma lo miró, estupefacta. Sus ojos se abrieron de par en par, su respiración se cortó en seco. No podía creer lo que acababa de escuchar.

—¿Qué... dijiste? —Su voz era apenas un murmullo.

Vegeta apretó la mandíbula, consciente del error que acababa de cometer. Cerró los ojos, maldiciéndose por dentro.

—¡Te juro que no haré nada si me dices la verdad! —exclamó, casi suplicante... —Solo... solo dime dónde está Goku.—

—Kakarotto está muerto. ¿Cuántas veces debo decírtelo para que lo entiendas?—

La ira se desbordó en ella como un torrente incontrolable. Su mano se movió casi por instinto, cruzando el espacio entre ambos en un parpadeo. El sonido de la bofetada resonó en la habitación, un eco sordo que se apagó en el silencio posterior. La fuerza del golpe hizo que Vegeta girara el rostro hacia un lado, su mejilla enrojeciéndose al instante por el impacto.

—¡No, no lo está! —gritó Bulma, su voz quebrándose—. Lo sé, puedo sentirlo. ¡Estuviste con él! ¡Dímelo! —Su voz se alzó, casi un grito desgarrador—. ¡Dime dónde está!—

Vegeta sonrió de manera cruel, sus ojos reflejaban una oscuridad perturbadora. Sus labios se curvaron en un rictus amargo, como si disfrutara del sufrimiento de Bulma.

—¿Dónde está? —susurró, su voz baja y venenosa—. ¿De verdad quieres saberlo?

Bulma asintió, su respiración era rápida, casi hiperventilaba. Se inclinó aún más hacia él, sus ojos clavados en los de Vegeta.

—Sí, sí, dime dónde está, Vegeta. —Su voz era casi una súplica, cada palabra cargada de una desesperación palpable—. Haré lo que sea, te lo juro—

Vegeta la miró en silencio por un momento, sus ojos brillaban con algo oscuro y peligroso. Luego, de repente, su rostro se suavizó, una expresión casi burlona apareció en su rostro.

—¿Lo que sea? —dijo, su tono goteaba con sarcasmo—. ¿Realmente harías lo que sea?

Bulma asintió frenéticamente, sus ojos llenos de esperanza.

—Sí, te lo juro. Solo dime dónde está—.

Vegeta observó su rostro por un instante, disfrutando el momento. Luego, inclinó la cabeza hacia un lado, su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una frialdad aterradora.

—Está en un lugar donde no podrás alcanzarlo. —Su voz fue baja, casi un susurro—. Lo dejé... en un estado muy especial—

Bulma se tensó, su rostro se contrajo en una mueca de incomprensión.

—¿Qué... qué quieres decir? —preguntó, susurrando, como si temiera la respuesta.

Vegeta la miró, su expresión era de una crueldad devastadora.

—Lo reduje a lo que siempre debió ser, Bulma. —Sus ojos se encontraron con los de ella, y la intensidad en su mirada la hizo estremecer—. Un simple ser sin voluntad. No es más que un cascarón vacío ahora. Ni siquiera sabe quién es, porque ya no es nada—

El impacto de sus palabras golpeó a Bulma como un mazazo en el pecho. Sus piernas temblaron y por un momento, casi perdió el equilibrio.

—No... no, estás mintiendo —murmuró, su voz era un hilo quebrado—. No harías algo así...—

Vegeta se rió, su risa era fría y despiadada.

—¿Que no lo haría? —se burló, inclinándose hacia ella—. Lo hice, Bulma. Lo destruí. Borré todo lo que era, todos su orgullo, todo lo que significaba. Ahora solo es un cuerpo sin alma, sin dignidad.—

El corazón de Bulma latía con fuerza en su pecho, su respiración se volvió irregular. Sintió las lágrimas quemar en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. Levantó una mano temblorosa y, con toda la fuerza que le quedaba, abofeteó a Vegeta con un golpe seco.

—¡Maldito monstruo! —gritó, su voz temblaba de ira y dolor—. ¿Cómo pudiste hacerle eso?—

Vegeta giró el rostro por el impacto, su mejilla enrojecida, pero su expresión permaneció imperturbable, una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.

—No lo entiendes, ¿verdad? —murmuró, su tono era un susurro cargado de veneno—. Lo hice porque tenía que hacerlo. Él... no era más que una amenaza. Para ti, para mí... para todos. Era la única forma de detenerlo.

Bulma se tambaleó hacia atrás, sus ojos llenos de horror.

—Eres un maldito... —murmuró, su voz era apenas un susurro. Se giró, buscando su teléfono con manos temblorosas. —Voy a llamar a la policía, Vegeta. Voy a decirles todo. Vas a pagar por esto. —Su voz era decidida, pero sus manos temblaban mientras intentaba desbloquear el dispositivo—. Pero si me dices ahora mismo dónde está... quizás... quizás podamos arreglarlo.—

Vegeta dejó escapar una carcajada, amarga y burlona.

—¿Arreglarlo? —se burló—. ¿Cómo crees que vas a arreglarlo, Bulma? —La miró, su expresión era una mezcla de burla y lástima—. No tienes ni idea de lo que hablas. Él ya no es nada. No podrás arreglarlo.

Bulma sintió una oleada de pánico subir por su pecho. Se acercó de nuevo a él, sus manos temblaban al aferrarse a su camisa.

—¡Por favor, Vegeta! —suplicó, su voz quebrada—. Dime dónde está. Haremos un trato. No... no diré nada, no te haré daño, solo quiero... solo quiero ayudarlo.—

Vegeta la miró, su expresión era una mezcla de diversión y desprecio.

—¿Un trato? —se burló—. No soy tan estúpido, Bulma. No puedo confiar en ti. Y aún si te dijera dónde está... —Se inclinó hacia ella, sus ojos brillaban con una malicia oscura—. No llegarías a tiempo. No es más que un muñeco roto, una sombra de lo que fue, ya no es el peleador ejemplar ni el hijo bastardo de riquillos—

Bulma se quedó detenida, sus últimas palabras la dejaron en silencio. Vegeta lo notó, y su risa resonó, fría y despiadada.

—¿No me digas que no sabes? —su voz goteaba veneno, disfrutando del momento como un depredador jugando con su presa—. Qué irónico. Tú, la gran científica, siempre tan segura de tus conocimientos... Pero te guardaron un pequeño secreto—.

—¿De qué estás hablando? —Bulma apretó los puños, su corazón palpitando desbocado.

—Tu querido "hermano" —las palabras de Vegeta fueron como cuchillos arrojados al aire, cortando con precisión— Kakarotto no es quien crees que es. Tu estúpido padre me lo confesó. —Hizo una pausa, saboreando cada segundo de su desconcierto—. Él no es tu verdadero hermano. Nunca lo fue.—

Bulma sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Abrió la boca, pero no logró emitir sonido alguno. Un temblor recorrió su cuerpo mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar. La risa baja y cruel de Vegeta retumbó en su mente, arrastrándola aún más hacia el abismo.

—¿Qué... qué quieres decir? —logró balbucear, su voz apenas un susurro quebrado.

—Goku fue entregado a tu padre como un experimento. Un niño abandonado con genes prometedores para la investigación científica. —El rostro resonando como un eco seco y contundente en el silencio que siguió. La palma de Bulma chocó contra la mejilla de Vegeta con una fuerza inesperada una y otra vez, haciendo que su cabeza se girara bruscamente hacia un lado. Por un instante, el asombro se pintó en su rostro antes de ser reemplazado por una sonrisa sádica.

—¡Maldito! —gritó Bulma, su voz quebrada por la ira y el dolor—. ¡¿Cómo te atreves a mentir con algo así?! ¡¿Cómo puedes...?!—

Vegeta la miró fijamente, destilando fuego y frustración. —¿No te das cuenta? —Su voz era un susurro venenoso, lleno de recelo —. Estoy siendo más honesto contigo de lo que nadie ha sido jamás. ¿No es irónico? Yo, el "monstruo", soy el único que te dice la verdad.—

—¡Cállate! —Bulma sintió que las lágrimas finalmente brotaban de sus ojos, nublando su visión. Quería golpearlo otra vez, quería descargar toda su ira, pero sus piernas apenas la sostenían. Se sentía débil, frágil, como si su mundo entero se hubiese desmoronado en cuestión de segundos.

—Tu padre se encariñó con él —continuó Vegeta, ignorando su reacción—. Decidió adoptarlo como su propio hijo antes de conocer a tu madre. Lo convirtió en parte de tu familia, le dio un hogar, un nombre... Pero nunca fue tu hermano de sangre, Bulma. Ustedes no comparten nada más que un pasado fabricado.—

El mundo de Bulma se hizo añicos en ese momento. La respiración se le cortó, y sintió que las piernas apenas la sostenían. Toda su vida, todo lo que había creído saber sobre su familia, sobre Goku... se desmoronaba. Sintió como si estuviera cayendo en un abismo de oscuridad y confusión.

—Esto... esto es...—

—¿Mentira? —Vegeta se rió, disfrutando de su miseria—. ¿Por qué habría de mentirte ahora, cuando la verdad es tan deliciosa? ¿Qué mejor manera de verte sufrir que revelándote la realidad de tu vida? Tu querido hermano no es más que un bastardo adoptado. El hijo de nadie, convertido en el hijo del hombre que lo usó como una herramienta. Nunca lo quiso de verdad, por eso lo sometía a constantes experimentos—

—¡No! ¡Eso no es cierto!—

—Kakarotto toda su infancia la pasó en laboratorios, ¿acaso ya no lo recuerdas? Por eso a pesar de sus mentiras, no lo veías como tu hermano, porque casi nunca compartía momentos cotidianos en familia—

Bulma se quedó de piedra, analizando sus palabras, recordando hechos...

—¡Cállate! —sollozó, incapaz de contener las lágrimas que rodaban por sus mejillas—. ¡No digas ni una palabra más! ¡Esto no puede ser cierto!—

—Lo es, por eso es que tu familia se hizo millonaria, y por eso es que tu ambiciosa madre quería de regreso a su hijo, porque sin él, ellos no son nada— escupió Vegeta con la mirada gélida.

Vegeta la observó, su mirada evaluándola con cálculo.

—Lo sientes, ¿verdad? —susurró, su voz llena de una falsa compasión—. Esa liberación mezclada con horror. Porque ahora... ahora sabes que tus sentimientos nunca fueron realmente "incorrectos". Lo que sientes por él... esa obsesión que te quema por dentro... ya no tienes que esconderlo detrás de una fachada de hermandad.—

Bulma se llevó las manos al rostro, su cuerpo temblando mientras se desmoronaba bajo el peso de sus palabras. Sentía como si su corazón fuera a explotar de dolor y vergüenza. Goku... Él nunca había sido su hermano. Toda su vida había vivido con un amor secreto, con una culpa que no podía nombrar, y ahora esa culpa se transformaba en algo aún más aterrador. Porque, en el fondo, sentía una liberación oscura, una esperanza que la hacía odiarse a sí misma.

—¡No... no quiero oír más! —gritó, volviendo a mirarlo con furia, sus ojos encendidos por la desesperación—. ¡Dime dónde está! ¡Dímelo!

Pero Vegeta simplemente rió, su cabeza inclinándose hacia atrás mientras sonreía cínicamente.

—Ya no existe... el ya no existe... todo esto, ahora el lo sabe también, no sabes lo gracioso que fue verlo llorar, parecía un niño desolado lamentándose, decepcionado...—

Bulma cayó de rodillas frente a él, sus manos temblorosas cubrieron su rostro mientras las lágrimas brotaban sin control. —Por favor... Vegeta... dime dónde está—

Vegeta la miraba incrédulo por su insistencia, aún encadenado, con una mezcla de curiosidad. Ella lo miró fijamente esta vez sin decir más...

—Es demasiado tarde— mencionó el girando su rostro.

—¿Por qué? Un día pensé que tú y yo...— pronunció con dificultad mirando hacia el techo. —eramos el uno para el otro, cuando nos tropezamos ese día, sentí que te conocía y cuando de ahí te vi en mi casa, pensé que era el destino... juntándonos por alguna razón— Mencionó aquella peliazul y sus manos temblorosas apoyándose en las piernas de Vegeta. Él tensó los músculos, claramente incómodo por el contacto inesperado. Pero Bulma no se detuvo. A pesar de la rabia y el dolor que sentía, sabía que tenía que jugar su última carta. Tomó una respiración profunda, intentando calmar el temblor en su voz.

Vegeta frunció el ceño, su confusión mezclada con incredulidad. ¿Qué estaba haciendo Bulma? ¿Acaso intentaba manipularlo? Pero su mirada... algo en ella parecía genuino, un dolor tan profundo que no podía ser falso.

—Bulma... —comenzó, su voz apenas un gruñido—. No intentes jugar conmigo—

Ella se acercó aún más, sus manos subiendo lentamente por sus piernas, deteniéndose en los muslos. Vegeta permaneció inmóvil, cada fibra de su ser lista para rechazarla, para no caer en lo que creía que era una trampa. Pero cuando la mirada de Bulma se encontró con la suya, el odio en sus ojos había sido reemplazado por algo más... algo que no había visto antes.

—No estoy jugando, Vegeta —dijo con voz temblorosa, sus dedos aferrándose a la tela de sus pantalones—. Yo... te admiraba. Creí en ti. Incluso pensé que tú podrías ser mi salvación. Como aquel príncipe azul que me rescata de la miseria—

Las palabras de Bulma lo golpearon como un mazazo. ¿Ella, admirarlo? había visto su desprecio, su desaprobación. Pero ahora, mientras la observaba suplicándole, no podía evitar preguntarse si había algo de verdad en sus palabras. ¿Sentía algo más allá del odio? La duda se filtró en su mente, ensuciando su determinación de no dejarse engañar.

—Yo hubiera hecho más por ti —murmuró finalmente, su voz apenas un susurro—. Te hubiera hecho feliz, sin cargas ni sombras. — mencionó aquel mirándola fijamente.

Bulma sintió que el momento se deslizaba entre sus dedos, pero sabía que tenía que seguir. Avanzó, hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los de Vegeta, su respiración mezclándose con la de él. El escritor se quedó congelado, el calor de su proximidad encendiendo algo en su interior que había intentado enterrar desde hacía mucho..

—Vegeta... —murmuró ella, su voz casi inaudible—. Te habría amado.—

Y entonces, antes de que pudiera decir o hacer algo, Bulma cerró la distancia y lo besó. Sus labios se encontraron en un choque de emociones, con una fuerza que casi la hizo retroceder. Vegeta estaba rígido, inmóvil, pero después de un instante, su boca comenzó a moverse contra la de ella. El beso, que había comenzado como una artimaña, se volvió real. Las cadenas se tensaron cuando Vegeta intentó moverse hacia ella, como si una parte de él quisiera romper la distancia que aún los separaba.

Bulma sintió que el beso se volvía más profundo, que las emociones contenidas explotaban entre ellos. Las lágrimas continuaban cayendo de sus ojos, pero ya no era solo dolor. La confusión, la desesperación, y la verdad que estaba emergiendo de la oscuridad la embargaban, y ella se dejó llevar por ese instante, por esa conexión imposible que los unía. Vegeta, que al principio había estado furioso, sintió cómo su corazón, ese órgano que tantas veces había pretendido ignorar, latía dolorosamente con una mezcla de emociones que no podía controlar. Atrapado entre el deseo y la duda, dejó que el momento lo arrastrara.

Finalmente, cuando se separaron, ambos respiraban pesadamente, mirándose el uno al otro. Vegeta todavía tenía esa dureza en sus ojos, pero ahora había algo más, algo que Bulma nunca había visto en él: una vulnerabilidad que lo hacía humano, casi frágil.

—Si alguna vez realmente te importé... o me quisiste... —susurró ella, sus dedos rozando su mejilla—. Por favor, Vegeta... dime dónde está mi hermano.—

Vegeta la miró en silencio, sus pensamientos entrelazados con los recuerdos. Aquella peliazul, la joven que había sido un faro de esperanza para su malvado corazón, la que lo había visto en su peor momento y, aún así, se había acercado, se había entregado. La misma que, con su ingenuidad, había desafiado las normas morales de la opulencia. Recordó cómo, a pesar de saber de su adicción, ella lo había buscado, tocado con una gentileza que él no merecía, reído juntos, y bajo la lluvia demostrar que el mundo no importaba. Y ahora, ahí estaba, pidiéndole algo imposible para un verdugo como el...

Sin embargo, algo se rompió...

—Kakarotto... —comenzó, su voz rasposa, casi dolorida—. Está en la instalación subterránea de la montaña al norte de aquí. Aquel lugar que una vez te enseñe... Estaba herido cuando lo dejé... No sé si aún vive.—

Bulma abrió los ojos de par en par, su corazón latiendo desbocado. Lo había logrado. Las palabras de Vegeta se hundieron en su mente como cuchillos, pero la esperanza renació en su interior, se puso en pie con la firmeza que le quedaba, su cuerpo temblando mientras la verdad se asentaba en su mente como un peso abrumador mientras no le bajaba la mirada. —Nunca podré...—

—Nunca podrías liberarme, Bulma —la interrumpió con una sonrisa torcida—. No después de esto. Y no querrías hacerlo. Soy peligroso. Y tú lo sabes—

Bulma tragó saliva, sus dedos presionando el teléfono con fuerza. Él tenía razón. Vegeta, por mucho que hubiera significado en algún momento, era una amenaza. Una sombra que siempre la perseguiría. Sin reparo delante de él sostuvo su teléfono haciendo una llamada.

—Lo tengo, está aquí, avísales que pueden venir por él—Bulma colgó, respirando profundamente mientras el peso de lo que acababa de hacer caía sobre ella. Miró a Vegeta una última vez, sus ojos llenos de dolor y determinación.

Vegeta sonrió de lado... —No esperaba menos de ti—

Ella lo miró y suspiró, tal vez sería la última vez que lo vería... sostuvo rápidamente su bolso y sin decir nada más, salió rápidamente de aquel departamento... corrió a una velocidad abrumadora hacia la salida...

Continuará...

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Amapol!