Hola de nuevo. Sí, este es un nuevo capítulo. Sí, estoy tan sorprendido como uds. Dos capítulos en un periodo de una semana. ¿Hace cuánto que no escribo tanto? No sé, pero mucho tiempo, de eso estoy seguro. En fin, solo puedo dar gracias a que la inspiración finalmente volvió, y espero que les guste el capítulo.

Agradezco infinitamente a Patricio farina, Dark Warrior 41 y a Kirito 720 por sus reviews. No saben cómo me alegra saber que aún hay gente por aquí. Saludos y éxitos a los 3.

Bien, ahora sí, vamos al asunto.

Disclaimer: todo lo que puedan reconocer pertenece a G.R.R. Martín. Yo solo lo uso para entretenerme y tratar de entretener a otros.

Jon

Llevaban solo unas horas de marcha cuando la vegetación del Cuello, que llevaba 2 días escaseando cada vez más, se terminó de forma definitiva. No había necesidad de que nadie dijera nada: Jon y todos los suyos sabían que ahora estaban al sur. Más al sur de lo que ningún hombre o mujer en su ejército, salvo unas pocas excepciones, había estado nunca.

Con un gesto de su mano, detuvo la columna de caballería que encabezaba. Más atrás, el resto del ejército hacía lo propio, cuando los gritos para detenerse se extendían detrás de él. Miró a los guardias de su derecha: Alysanne Mormont, Dormund, Awrryk y Ery.

"Vayan a buscar a los cambiapieles. Los quiero a todos aquí, de inmediato" ordenó, y a los pocos momentos los caballos partían mientras sus jinetes iban a cumplir sus órdenes. Salió del camino, junto con los otros Guardias que tenía en ese momento: Alyra, Kiura, Cedrik Flint y Rogar Burley "¡Avancen!" ordenó al resto del ejército, y con una nueva serie de gritos de los caudillos y señores, la hueste retomó su marcha.

Mientras esperaba a los cambiapieles, observó cómo hilera tras hilera, columna tras columna, la fuerza más grande en siglos cruzaba el Cuello para hacer la guerra en el sur. Robb vino a su mente en ese momento, y aunque sabía que no tenía sentido, se encontró pensando ¿qué habría pasado?

¿Qué habría pasado, si de alguna manera, hubiera logrado reunir al Pueblo Libre y hacerlos marchar al sur para sumar sus fuerzas al ejército de Robb? ¿Habría podido salvar a su hermano? ¿O en cambio habría muerto a su lado en la Boda Roja, y sus hombres aniquilados junto a los de él?

Con un resoplido de frustración con sí mismo, Jon se obligó a ignorar tales pensamientos. El hubiera no existía, y pretender lo contrario era vivir de ilusiones.

Fue mientras veía una compañía de 200 lanceros, la mayoría de ellos montañeses de Wull y Burley, pasar ante él, que los Guardias volvieron, seguidos por los cambiapieles. La mayoría de éstos últimos iban a pie: solo 3 cabalgaban. Tras los saludos, Jon fue directo al grano.

"A partir de ahora, necesito que sean los ojos y oídos del ejército al frente. Muy al frente. De ustedes dependerá que no encontremos sorpresas en el camino hasta Los Gemelos" les informó. Antes de que alguno de ellos respondiera, explicó un poco más "Scuritk y Fedrya, lleven sus águilas hacia el sur. Mantenganse cerca de los ríos principales y síganlos hasta que encontréis el ejército que viene hasta nuestro encuentro. No os rindáis hasta que los hayáis encontrado, y cuando lo hagáis, vengan ante mí de inmediato" Fedrya asintió, mientras que Scuritk murmuró un acuerdo en voz baja "Reyt y Ghegor, sus búhos tienen los mejores ojos para la noche. Manténganse por delante del ejército, pero no demasiado. Vigilen que ninguna fuerza enemiga intente acercarse a nosotros oculta por la noche" nuevos asentimientos confirmaron que esas órdenes también serías obedecidas "Los que tengan perros y lobos, úsenlos para vigilar los senderos y caminos más pequeños. Nadie que pueda vernos debe llegar a contarlo; cuando lleguemos al castillo, quiero que la sorpresa sea total entre los defensores. Por último, Zoey" dijo, mirando a la mujer cuyo animal era un gatosombra adulto, una bestia verdaderamente temible de enfrentar "han llegado noticias de grupos de Freys que forrajean en sus propias tierras, destruyendo lo que no se pueden llevar para negarnos comida y refugio. Empieza a buscar a éstos grupos; cuando encuentres al más cercano, avísame de inmediato" tomó aire "¿Alguna pregunta?" como nadie respondía, asintió "Bien, ya saben lo que tienen que hacer. Os deseo suerte. Vayan"

Con murmullos y asentimientos, los cambiapieles partieron, y Jon se encontró nuevamente contemplando como su ejército salía del Cuello y se adentraba en el sur. Muchos lo miraron al pasar o le hicieron gestos de saludo, y respondió muchos de ellos, viendo pasar a hombres y mujeres por cientos y miles.

Y preguntándose…¿cuántos de ellos volverían a pasar por este lugar cuando marchara de vuelta al Norte? ¿Y cuántos estaban alejándose de sus tierras para nunca volver a ellas?

Lyra Mormont

Era la primera noche desde que habían salido del Cuello, y los murmullos eran bajos y escasos entre los norteños. La mayoría estaban tan agotados por la larga marcha, que optaban por usar el tiempo para comer y dormir. Ella misma luchaba por no cerrar los ojos mientras estaba sentada frente a la hoguera con varios hombres de Mormont, esperando a que la sopa que se estaba cocinando estuviera lista.

Los salvajes por otra parte, estaban rebosantes de energía. Hablaban, reían, incluso algunos jugaban. Y se jactaban, claro; muchos juraban en voz alta una u otra hazaña. Ser los primeros en cruzar las puertas de Los Gemelos, saltar sobre las murallas, matar a los defensores con sus armas o arrojarlos al río para que se ahogaran. Y muchos juraban tirar a los pies del Rey las cabezas de sus enemigos.

Era casi ofensivo como los salvajes estaban tan llenos de alegría, mientras que los norteños estaban sombríos.

"Pero claro, esto no es lo mismo para ellos y nosotros. Ellos marchan buscando gloria y riqueza. Nosotros marchamos buscando venganza" Lyra no era sorda a las historias sobre la riqueza de la Casa Frey, pero no podían importarle menos la riqueza. Si estaba allí, era por el honor del Norte y por venganza para su hermana. Mientras pudiera encontrar al Frey que había matado a Dacey y hundir su cráneo con su maza, se consideraría satisfecha.

Y si no podía encontrar a esa comadreja en particular, se abriría paso dentro de Los Gemelos y haría añicos a tantos como pudiera. Decoraría la entrada del salón de su familia con las cabezas de los Freys, y un día estaría frente a sus hijos contándoles historias sobre como trataba el Norte con los rompedores de juramentos y como trataban Las Osas con quienes lastimaban a sus hermanas.

Por fin la sopa estaba lista. Dio grandes cucharadas, saboreando zanahorias, cebollas y carne de cerdo salada. Estaba deliciosa, y más aún acompañada con pan.

Una conmoción la distrajo cuando finalmente estaba terminando de comer. A lo lejos, había lo que parecía una pequeña reunión en un claro formado por hogueras y fuegos de cocina. Una serie de tocones servían allí como asientos improvisados, y aún a la distancia notó la figura del lobo del Rey. Y si el lobo estaba en una reunión, significaba que el Rey…

Bebió lo último de su sopa del fondo de su tazón, se levantó y se encaminó a la reunión. Los guardias del Rey la detuvieron, pero ante una mirada y petición suya, el Rey le permitió pasar y reunirse con él y otros seis: un caballero con el emblema de Manderly, Mors Carroña, 3 caudillos salvajes y la mujer Val. Solo los norteños le hicieron un gesto de reconocimiento, y les correspondió, pero antes de que se intercambiaran palabras, el Rey volvió a tomar la palabra.

"Como estaba diciendo, hemos encontrado un grupo de forrajeo de los Frey a unas horas de distancia. Mandaremos una fuerza para barrer con ellos, hacernos con las provisiones"

"¿Cuántos son, Rey?" gruñó uno de los salvajes, los codos apoyados en las rodillas y los dedos entrelazados.

"Al menos 50 hombres, y parece que algunos granjeros ayudan, pastoreando algunos rebaños de ovejas" dijo el Rey, antes de que una sombra de sonrisa asomara a sus labios "Aquel que lidere la incursión, si tiene éxito, le daré las 3 mejores ovejas para que se dé un banquete de carne mañana, para él y sus cercanos" ofreció, y vio a los demás intercambiar miradas. Uno de los salvajes incluso se relamió, ansioso "¿Alguien con ganas de carne de oveja y sangre de Frey?"

Todas las manos se levantaron. Lyra también levantó la suya; no le interesaba la carne de oveja, pero la sangre de Frey era otra cuestión.

"No puedo mandaros a todos: un trabajo tan pequeño no amerita comprometer a tantos de mis mejores" les dijo, antes de pensar en algo "Cada uno deme algo: un anillo, un collar, un pendiente. Algo tan pequeño que quepa en mi palma"

Intrigada, Lyra se quitó una tosca sortija de metal desgastado del dedo. Era el único adorno que alguna vez había portado. Los salvajes entregaron un collar, dos pendientes y una sortija de bronce vieja, y Mors Carroña y el caballero de Manderly entregaron un anillo viejo y un collar con la estrella de Siete Puntas pintada en él respectivamente.

Mientras se quitaban sus posesiones y las reunían en las manos de la salvaje Val, el Rey bebió un trago de agua de una calabaza y la rompía en dos contra el filo del tocón, antes de arrojar la parte superior y colocar la inferior delante de él, en medio de sus pies. Con una sonrisa tomó los objetos entre sus manos, y los revolvió dentro de ellas por unos momentos, su mirada pasando por las de todos ellos, los siete.

"Que la suerte determine quién liderará la incursión" y con esas palabras, arrojó todos los objetos en el aire. Por un momento subieron alto, y la mirada de Lyra buscó su sortija entre ellos. Al siguiente, cayeron en picado y golpearon el suelo, las piernas del Rey…y la media calabaza.

Con un par de gemidos de decepción, algunos se apresuraron a recuperar sus posesiones que habían caído fuera de la calabaza, pero el Rey tomó los dos anillos que habían caído dentro de la calabaza. Lanzó a Mors el suyo, antes de levantarse y caminar hacia ella. Con un gesto simple pero educado, abrió la mano ante ella, ofreciendo su posesión. Con un movimiento, tomó su anillo y lo devolvió a su dedo, mientras el Rey hablaba.

"Tomen cien caballos y veinte arqueros" instruyó, su mirada pasando de ella a Mors "Nada de estandartes, ni emblemas de ninguna clase. Nada de pistas de quienes sois" el Rey se giró para alejarse antes de dar sus últimas palabras "Y nada de prisioneros"

Sintió la sonrisa aflorando a sus labios mientras veía al Rey alejarse.

Mors Carroña

Debía admirar la disciplina y el entrenamiento del ejército bajo el mando del Rey. Reunir a los hombres que necesitaba para la incursión fue rápido, y antes de darse cuenta, estaban contemplando un pequeño grupo de fuegos a la distancia, sabiendo sin duda que esos eran los forrajeadores Frey.

Estaban al costado del camino, hablando en voz alta y riendo ocasionalmente. No eran muy listos, o perceptivos; no notaron cuando Lyra Mormont los rodeó con veinte hombres. No notaron cuando Mors mismo se aproximó a ellos con otros sesenta, cubiertos por los árboles y la densa maleza. No notaron los veinte arqueros que se colocaban en posición, arcos listos para disparar a cualquiera que intentara huir.

Primero acabó con los dos hombres que, en teoría, debían ser centinelas. Estaban tan distraídos, y sospechaba que ebrios, que para cuando se dieron cuenta de lo que pasaba, ya era tarde. Cubrió la boca de uno con una mano mientras que con la otra apuñalaba repetidamente su costado con la daga, antes de abrirle la garganta. Mientras tanto, dos de sus hombres hacían lo mismo con el otro: uno lo mantenía callado mientras el otro lo mataba.

Cambió la daga de mano y desenvainó la espada con lentitud, mientras a su alrededor y detrás otros hacían lo mismo. Espadas, hachas, lanzas, dagas. Todas ellas ocultas al igual que sus portadores, hasta que con un grito, Mors salió de la cobertura del bosquecillo y atacó.

El primer hombre al que mató apenas había girado cuando enterró su espada en su pecho. El segundo estaba a su lado e intentó alejarse, pero su daga se enterró en su espalda, paralizándolo el tiempo suficiente para que Mors liberara su arma más grande y cortara su nuca con ella.

A su alrededor, era una matanza. Sus hombres habían atrapado a la mayoría de los Frey desprevenidos, y los mataban con espeluznante facilidad. Solos unos seis o siete alcanzaron a tomar las armas y defenderse, mientras unos 10 intentaban huir, solo para ser cortados en pedazos por Lyra Mormont y sus hombres.

Acabó antes de que hubiera empezado de verdad. Todos los Frey fueron cortados en el acto, incluso los que tiraron las armas e intentaron rendirse. El último de ellos fue el líder, quién resultó ser un Frey no solo por los colores de su ropa, sino también pariente de sangre del maldito Walder.

"¡Sandor Frey! ¡Soy Sandor Frey!" gritó, tirando la espada y arrodillándose con las manos en alto y los ojos y la voz llenos de pánico "¡Mi abuelo me rescatará! ¡Valgo una buena cantidad de oro! ¡Yo…" sus palabras se cortaron cuando Lyra Mormont se acercó por detrás y balanceó su maza en un amplio arco que golpeó la sien y envió al muchacho, que no podía ser considerado un hombre según los estándares de Mors, al suelo. Cómo aún se movía, la maza descendió cuatro veces más, sobre la nuca y la cabeza, convirtiendo esta última en una pulpa difícilmente concebible como perteneciente a una persona.

Una mirada de Lyra Mormont al terminar le hizo asentir en aprobación, antes de girarse y empezar a saquear a los enemigos muertos, como todos los demás. Para cuando emprendieron el camino de vuelta, tenían 5 caballos nuevos, unas 300 ovejas o algo así, unas cuantas vacas lecheras, dos carros llenos de sacos de grano, y varias decenas de lanzas y otras armas. Incluso trajeron consigo las ropas de los Frey, dejándolos desnudos en la noche y para las fieras que se reunirían pronto a darse un festín.

Había sido una buena noche.

Tormund Matagigantes

Era increíble lo lejos que había llegado el Pueblo Libre. Del norte del Muro, hasta lo más al sur que el Pueblo Libre había llegado en milenios. Sus antepasados debían estar jodidamente orgullosos de ellos por haber llegado hasta el Sur, a tierras con las que solo podían haber soñado.

"Y gracias a Jon Nieve. Ja, el bebé cuervo creció" pensó, recordando a ese muchacho tímido que había conocido en la tienda de Mance. Parecía una vida diferente cuando eso sucedió.

El segundo día de la marcha había empezado bien, con el encuentro con Mors Carroña y un puñado de hombres espoleando un gran rebaño de ovejas y armas, y con historias de haber matado un grupo de imbéciles. Un trabajo en el que Tormund hubiera participado con gusto de haber podido.

El tercer día fue aún mejor. Dos grupos de Freys más fueron encontrados por los cambiapieles, y para lo más profundo de la noche, las historias de sus muertes a manos de partidas enviadas con ese fin levantaron el ánimo de todos. Sus hijos lo visitaron esa noche, y compartieron un pellejo lleno de cerveza.

Mirándolos a ambos, Tormund sintió como el orgullo le calentaba el pecho más de lo que lo hacía la bebida. Eran buenos muchachos, sus hijos. Dormund era tan peligroso como él en el combate, y a pesar de que le gustaba parecer un patán, Torreg valía su peso en oro. Por la forma en que hablaba de cierta mujer que dejó en Invernalia, se preguntaba si el tonto no estaba pensando en dejar de jugar y empezar algo serio.

Tormund no podía estar más orgulloso de ambos, como peleadores y como hombres. No les dijo eso; había cosas que no necesitaban decirse. Por fin, cuando se acabó la cerveza, se separaron. Torreg debía ir a guardar a Jon Nieve, mientras su hermano y Tormund iban a dormir.

Por fin, el cuarto día, estaban marchando cuando Awrryk, uno de los nietos del viejo Igon, le dijo que el Rey quería verlo. Lo siguió, y por el camino se les unieron otros, como el nuevo Liddle, el Wull, Morna Mascara Blanca. Al final, eran como 20 los que cabalgaban junto al Rey a la cabeza del ejército, además de la Guardia del Rey, que los rodeaba a todos de manera floja.

"La razón por las que os llamé a todos es simple. Pronto, estaremos en Los Gemelos. Una vez allí, debéis saber que diré y haré cosas que no os gustarán. Pero son necesarias si queremos obtener lo que precisamos"

"¿Y qué precisamos exactamente, Rey?" preguntó el caballero tritón. Marlon, si no recordaba mal.

"Primero, recuperar a los prisioneros. No pueden ser usados para forzar nada de nosotros, y menos del Norte. Tienen que salir de las manos de los Frey, sin importar el costo"

"Eso no será fácil" gruñó el Karstark que se les había unido en el Cuello, mirando a Jon Nieve con ojos sombríos "Los Frey son unas comadrejas traicioneras. No son tan idiotas como para mantener a los prisioneros lejos. No, se pondrán de cuclillas, listos para cagarse encima si nos ven llegar, pero no se alejarán de los prisioneros"

"Y segundo" siguió el Rey, haciendo caso omiso del comentario de Karstark "Debemos dar una lección dura; una que no sea olvidada durante mucho tiempo" la mirada de Jon Nieve se oscureció, y contra su mejor opinión propia, Tormund hizo que su caballo redujera un poco la velocidad, buscando algo más de distancia con lo que solo podía llamarse un lobo furioso "Nadie traiciona al Norte sin ser castigado. Nadie combate con nosotros sin ser aniquilado"

Habían llegado a un bosquecillo, y la densidad del mismo no les dejaba ver más allá del camino. Sin embargo, Tormund oyó el rugido del agua, y supo que no muy lejos había un río. Cuando salieron del bosquecillo se dirigían hacia el oeste, con el sol casi sobre sus cabezas, pero a sus espaldas.

Ante él, un río muy ancho corría hacia el este, y encima de él, el puente más grande que hubiera visto jamás se exhibía. Hecho de piedra sólida, pensó que aguantaría a todos los gigantes que habían traído con ellos al mismo tiempo, con sus mamuts incluidos.

Y en cada extremo del puente, había dos castillos tan iguales que uno pensaría que uno era el reflejo del otro en una charca, tal era su similitud. No eran tan altos como la Invernalia del Rey, pero eran bastante impresionantes a pesar de todo.

"¿Vamos a atacar eso?" preguntó una voz, y de reojo Tormund vio que Kelgrin, el cachorro de Kyleg Oreja de Madera, intentaba fingir que no estaba preocupado. Fallaba miserablemente.

"No" la palabra del Rey resonó entre ellos, antes de que las próximas salieran "Vamos a tomarlo" con un gesto de su mano, el ejército se detuvo tras ellos. Los gritos resonaron en la distancia, y muchas figuras diminutas se apresuraron a entrar en el castillo, cuyas puertas se estaban cerrando rápidamente "Establezcan el campamento. Centinelas en alrededores y colinas. Arqueros en la orilla del río, listos para atacar cualquier cosa que busque entrar o salir del castillo por el río"

Walder el Negro

Desde los parapetos, contempló como los salvajes y los norteños llegaban. En un momento, había estado afuera, observando la riqueza de las tierras que un día podrían ser suyas, y al siguiente, un ejército de basura apareció de la nada.

No esperó órdenes, ni le importó avisar a su bisabuelo. Ordenó que cerraran las puertas y que llamaran a sus hombres a sus posiciones. Las puertas ya estaban cerradas y trancadas, el rastrillo bajado, el puente levadizo subido, y las almenas atestadas de arqueros y hombres de armas para cuando los salvajes estuvieron tan cerca que pudo distinguir sus rostros.

Y que rostros eran. La mayoría era como siempre espero que fueran los salvajes: sucios, hoscos, desaliñados, toscos. Más bestias que hombres. Al contemplarlos junto a los norteños, no les resultó difícil entender porque estaban juntos. Si no fuera por los emblemas que llevaban algunos, no habría sabido distinguir cuáles eran norteños y cuáles salvajes.

"Dos frutas podridas, y nada más" pensó con asco "Diferentes frutas, pero podridas, igualmente. Inútiles, solo dignas de echar al río" mientras el ejército se desplegaba, vio uno de los estandartes ondeando en la brisa. Un oso negro rampante. La vista lo hizo sonreír "Más osas para calentar mi cama…bueno, la mía y la de otros" nunca había sido egoísta con sus putas. No lo sería ahora…pero el iría primero.

Sin embargo, a medida que el ejército seguía llegando, la emoción fue cambiada lentamente por la ansiedad. Mierda, eran muchos, Muchísimos. Más de lo que esperaba.

Fue casi un alivio cuando lo llamaron al salón. No quería seguir contemplando ese ejército…que seguía llegando, malditos sean los dioses.

Cuando llegó al salón, era de los últimos. Todos sus parientes, o al menos todos los hombres, ya estaban allí. Hijos, nietos, y como él, bisnietos del anciano que estaba sentado en la silla principal, en el estrado elevado.

La cacofonía ya estaba en plena marcha, planes, sugerencias, ideas, conspiraciones, todos discutidos de manera frenética mientras no se hacía nada verdaderamente útil. Hasta que, con un golpe y un grito bastante significativos para alguien de su edad, el Señor del Cruce finalmente calló a toda su descendencia.

"¡Silencio! ¡Nada de planes! No escucharé sus tonterías" ordenó Lord Walder, silenciando a todos.

"Pero padre…" empezó Lothar, solo para ser callado.

"¡Silencio, dije! ¡No te atrevas a replicarme, muchacho! No escucharé las tonterías de alguien que en vez de hablar de guerra, debería estar controlando que los sirvientes estén vaciando los malditos orinales" la burla fue escuchada por todos en el salón,y sin duda por quienes estuvieran cerca de las puertas al otro lado.

Lothar el Cojo cerró, enrojeciendo de rabia pero incapaz de decir nada.

"La mayoría de ustedes querrían huir, hato de cobardes. Parecéis mujeres en la noche de bodas. ¡Usad esas cosas inútiles que os cuelgan de la entrepierna para algo más que llenar mi castillo de vuestros mocosos!" Lord Walder estaba rojo de rabia, sus ojos inyectados de sangre mientras les gritaba. Su boca escupía saliva "¡Somos los Frey del Cruce! Hemos resistido en este castillo durante siglos. No será el bastardo de Eddard Stark con alguna puta el que nos lo arrebatará. No serán unos salvajes sucios quienes se harán con todo lo que he pasado la vida consiguiendo para esta familia" aclaró, sin gritar, pero con una fuerza en la voz que era indiscutible.

Todos guardaron silencio, como hacían siempre que el Señor del Cruce hablaba. Pero sus rostros aún mostraban preocupación, aunque algunos, como Lothar el Cojo, eran lo bastante listos para ocultarlo.

Walder el Negro, por su parte, mantenía su rostro apacible, aunque por dentro sus preocupaciones hervían. Había visto la vista de las murallas, el tamaño del ejército que estaba a sus puertas. Y a diferencia de tantos otros ejércitos, no querían su puente. No querían pasar para enfrentarse con algún enemigo más allá. No, venían por ellos, solo por ellos. Y no era tan estúpido para creer que había alguno forma de negociar o engañarlos.

"¿Y qué haremos?" preguntó uno de los hijos de su bisabuelo, Whalen, sacándolo de sus pensamientos. Había hecho la pregunta que todos tenían en mente.

Lord Wlader resopló, mirando con disgusto a quién había hablado "¿Qué haremos? Pues bien, Whalen" escupió el nombre como si fuera orina "haremos lo que hacen los Frey. ¿Cuáles son las palabras de nuestra casa?" Whalen parpadeó, rostro brillante de confusión "Siete infiernos, ¡¿Cuáles son las palabras de nuestra casa?!" reclamó, su rostro rojo de ira nuevamente.

"Nos mantenemos juntos" replicó Whalen con rapidez.

"¡Nos mantenemos juntos!" aulló el Señor del Cruce, dando un puñetazo rabioso a la mesa alta "Un ejército está viniendo para atacar a esos sucios salvajes por la orilla este del Forca Verde" sacó un pergamino enrollado y lo arrojó delante de él. Cayó en los escalones que llevaban al estrado "Acabarán con esos indeseables y separarán la cabeza del bastardo de Stark de su maldito cuello, igual que hicimos con el imbécil de su hermano. Mientras tanto, ¡nos mantenemos juntos!" dio un golpe más antes de que sus ojos se encontraran con los de Walder el Negro "¡Ven aquí, chico! ¡Adelántate!" le ordenó.

"Soy un hombre, más que él mismo, ¿y se atreve a llamarme chico?" pensó con indignación, pero aun así hizo lo que le ordenaron. Una vez que estuvo al pie de las escaleras que llevaban al estrado, y separado de sus pariente por unos pocos pasos, el Señor del Cruce volvió a hablar.

"Eres el único entre todos ellos que no necesita que le recuerden por cuál extremo se sujeta una maldita espada. Nuestros aliados llegarán en unos días. ¡Tú estás a cargo de las defensas de esta fortaleza hasta que eso suceda! ¡No importa cómo, mantenlos afeura! ¿Entendido?" inquirió, mirándolo con ojos duros, críticos.

"Sí, mi señor" respondió. No había otra opción para él más que obedecer.

Al diablo con su señor y con su familia, él defendería su lugar en este castillo. Ningún bastardo o salvaje lo apartaría de lo que aquí tenía.

Garlan

Otro día amanecía, y con él el ejército volvía a ponerse en marcha. Hombres cansados se movían para desmontar el campamento y hacer sus necesidades con rapidez antes de ponerse armaduras, coger las armas y empezar a marchar.

Tras muchos días en la silla, se encuentra incómodo, al igual que muchos de los otros jinetes. Son una fuerza impresionante, sí, pero la larga marcha ha empezado a cobrar su precio en sus cuerpos.

No así en sus espíritus, afortunadamente. Los nobles y caballeros más importantes del ejército aún están ansiosos por la lucha, y Garlan incluso ha visto a algunos que, cada vez que una partida de exploradores llega desde el Norte, parecen expectantes. No lo ha preguntado, pero sabe que esperan la llegada de noticias del ejército salvaje.

Habiendo dejado el Tridente muy atrás, y conscientes de que el bastardo de Eddard Stark ha pasado Foso Cailin, si han de creer en los espías al servicio del Maestro de los Susurros en Desembarco del Rey, todos saben que es sólo cuestión de tiempo para que la batalla llegue.

Garlan mismo no teme a la batalla; incluso la ansía un poco. Pero por el momento, su prioridad es llegar a Los Gemelos. Debe hacerse con los prisioneros tomados por los Frey en la Boda Roja y enviarlos a Desembarco del Rey. Son demasiado valiosos para su familia para arriesgarse a que los pierdan en medio del caos de la lucha.

Un nuevo escenario se ha desarrollado en su mente el último par de noches: que Jon Nieve pueda acceder a cambiarlos por Freys prisioneros. Las afirmaciones de su abuela de que Walder Frey es un cerdo pero un cerdo que protege a su familia son las que han contribuido a que esa posibilidad pase por la cabeza de Garlan. Debe recordarse en varias ocasiones que para que hubiera un intercambio de prisioneros debe haber confianza, y después de los sucedido entre los Frey el Norte, eso es algo imposible. Se aferra a ello para no perder la cabeza ante la posibilidad de perder una herramienta de negociación tan fuerte con el Norte.

Pero cuando unas horas más tarde, cinco jinetes en caballos que arrojaban espuma por la boca se aproximaron por el horizonte, buscándolo con urgencia, se distrajo con las noticias que trajeron. Ordenando un breve alto, envió mensajeros para que los nobles y caballeros más importantes del ejército se reunieran con él. Mientras los esperaba, mandó que se erigiera una tienda de campaña para sostener un Consejo de Guerra adecuado, y selecciono un grupo de hombres de armas confiables para que montaran guardia en el exterior, para alejar oídos curiosos.

El último poste de la tienda acababa de ser colocado cuando el último noble llegó, y Garlan fue directo al grano.

"El ejército salvaje ha llegado a Los Gemelos" dijo, ante varias miradas sorprendidas "Hace dos días. Han iniciado un intento de asedio, aunque siguen al oeste del Forca Verde"

"Los salvajes son más estúpidos de lo que creía. Sin bloquear ambos castillos, no tiene sentido alguno intentar asediar" dijo Ser Daven Lannister, la burla clara en su voz.

"Sí. Walder Frey sin duda está trayendo provisiones y suministros a través de la fortaleza oeste" aportó Lyle Crackhall, Jabalí.

"Pueden ser estúpidos, pero son rápidos. Solo ayer, estimábamos que estarían saliendo del Cuello. En cambio, ya han llegado a su objetivo" añadió Ser Forley Prester, cruzado de brazos y con un ceño fruncido en su rostro.

"¿Y qué van a hacer los salvajes y los norteños? ¿Usar sus uñas sucias para escalar las murallas? Que desperdicien su tiempo allí, no cambia nada" dijo el primo de Garlan, Lionel, desde su lugar.

"Suficiente" dijo Garlan, antes de que más comentarios pudieran oírse "Son cinco días de marcha forzada a Los Gemelos. Los haremos en siete" no se arriesgaría a agotar a sus fuerzas antes de cualquier batalla "Ser Gunthor" llamó al caballero bastardo, quién estaba a cargo de los exploradores "Elegid caballos rápidos y hombres capaces. Esta noche, después de establecer el campamento, partiréis delante de nosotros. Vuestra tarea es limpiar el camino de exploradores y posibles espías. Jon Nieve y sus fuerzas no deben saber de nosotros hasta que estemos encima de ellos"

"Mi señor" dijo el caballero bastardo, asintiendo con rigidez antes de salir de la tienda para cumplir con lo que le había ordenado.

"Marchamos rápido, mis señores, pero sin agotarnos" continuó Garlan, dirigiéndose a todos los presentes "Demostraremos a los salvajes que no son los únicos veloces" eso le granjeó algunos asentimientos entre los hombres "Si los dioses nos sonríen, atraparemos a nuestros enemigos entre el ejército y el Forca Verde"

Momentos después de sus palabras, la tienda estaba vacía. Y al poco tiempo, el ejército reanudaba su marcha hacia el Norte.

"Hacia la guerra, la gloria, la victoria" pensó Garlan. En ese orden llegarían. Le preocupaba la primera, ansiaba la segunda, y necesitaba la tercera.

Howland Reed

Había algo casi aleccionador en sus acciones de los últimos días. Bajo el mando del Rey, había reunido a sus fuerzas en ciertos puntos del Cuello antes de empezar a moverse hacia el sur, nunca saliendo de sus tierras. Que él y su gente las conocieran mejor que nadie solo facilitaba las cosas. Estaba seguro que, a menos que los dioses susurraran en los oídos de los hombres, nadie podría saber lo que había estado haciendo desde que se separó del Rey.

El Rey…verlo había sido un acontecimiento que no olvidaría jamás, estaba seguro. Una mezcla de dicha, emoción, y también tristeza. Había tanto de él en personas que había conocido en otros tiempos en su vida, que casi se había ahogado, olvidando por momentos como respirar.

¿Cómo no se lo había dicho? ¿Cómo no se había postrado a sus pies y le había dicho toda la verdad?

Porque no había podido. Para cuando había recuperado el ánimo para hacerlo, Su Alteza ya estaba hablando con él, explicándole lo que sin duda tenía que ser la maniobra de guerra más audaz que se había visto en el Norte desde hace siglos, y Howland había estado tan cautivado por ella, y por lo que el Rey le pedía, que no había podido hacer más que obedecer.

Pero no solo era la urgencia de las órdenes, era también el Rey mismo. Viéndolo, Howland pensó que si tuviera que comparar a ese hombre con algo, sería con acero valyrio. Firme, duro, resuelto, imposible de doblar o mellar. Saber que él, Howland, podía hacerlo, que podía dar a semejante hombre un golpe del que podría nunca recuperarse, era motivo para hacerlo temblar. Pero ni él mismo sabría decir si temblaba de miedo o de expectativa. ¿Si el Rey hiciera algo semejante pensando que solo era el bastardo de Ned Stark, que haría si se le aclarara la verdad, si supiera que…

Sacudiendo la cabeza, Howland se dispuso a seguir encordando el arco.

"Después de la batalla" se dijo una y otra vez "Después de la batalla, le diré la verdad. Y que él mismo y los dioses decidan que será después de todos nosotros" sabía que ponía mucho en riesgo al decirle. Al Norte, a su pueblo, a la alianza con el Pueblo Libre, al Rey, a toda su familia, a la propia familia de Howland.

Pero debía decirle. El Rey debía saberlo; tenía derecho. Y Howland ya había pasado demasiado tiempo ayudando a negarle la verdad a ese hombre. Se lo debía a…

Y bien, eso es todo por ahora. En el siguiente capítulo, veremos el asedio y darmeos unas vueltas, si me entienden. Como adelanto, deben saber que la batalla entre los norteños y el Pueblo Libre contra los Tyrell y los Lannister no tardará, si mi musa sigue acompañándome. A lo sumo dos capítulos más para la lucha.

Saludos y bendiciones para todos los que leyeron la historia hasta aquí.