Sin duda estarán pensando: ¿Cómo se atreve a mostrarse por acá después de tanto tiempo? Y la respuesta es simple: vergüenza, al igual que plata, nunca he tenido. Así que sí, tengo el descaro.

Bien, ahora hablando enserio, lamento haberme perdido tanto tiempo. Se me fue la inspiración, volvió, se fue de nuevo, se hizo intermitente. Luego mucho trabajo que me consumió gran parte del tiempo varios meses. Después se me rompió la compu, después no podía subir los capitulos por el celular, y así...las mil y una me pasaron).

Pero acá les traigo lo que prometí. LA BATALLA. Y completa, me permito añadir. El tamaño del capítulo, que son como 12 en 1 por la cantidad de palabras, es parte de la razón por la que tarde tanto en publicarlo.

Saludos a los que aún estén acá después de tanto tiempo. Espero que lo disfruten.

Disclaimer: todo lo que puedan reconocer pertenece a G.R.R. Martín. Yo solo lo uso para entretenerme y tratar de entretener a otros.

NOTAS:

Ejército del Pueblo Libre/Norteños leales a la Casa Stark: 10.000 hombres. 5.000 infantes y 5.000 arqueros.

Ejército Lannister/Tyrell: 32.400 hombres. 5.500 caballos, 25.100 infantes y 1.800 arqueros.

· 18.000 hombres del Dominio

· 4.400 de Occidente

· 2.000 de la Fe

· 3.000 de los suburbios de Desembarco del Rey

· 3.000 hombres de las Tierras de la Corona

· 2.000 Frey

Garlan

El ojo myriense era un invento ingenioso y muy útil. Con él, pudo observar en la distancia a los salvajes, comprobando con satisfacción que los jinetes eran casi inexistentes. Podría contarlos con sus manos, estaba seguro. Recordó todo lo que había oído de Jon Nieve, buscando al Rey salvaje mientras a su espalda su ejército se desplegaba, pero para su molestia, todos se parecían tanto, que encontrar uno que se distinguiera o pareciera importante, era imposible.

Notó que el campamento se estaba levantando, y con molestia dejó de buscar con el ojo myriense entre los salvajes, girando a su montura para dirigirse a su tienda y convocar un Consejo de Guerra.

Solo al verlos entrar a su tienda, Garlan supo que había desacuerdos entre ellos. La forma en que se ubicaron, dejándolo en medio mientras se dividían en dos grupos apartados entre sí, eran toda la confirmación que necesitaban. Por un lado estaban Garibald Shermer y Ser Forley Prester, con aproximadamente un tercio de los caballeros y señores, casi todos ellos mayores que Garlan, al menos en edad. En frente, el resto, compuesto por caballeros y señores jóvenes se les oponía, encabezados por Ser Daven Lannister, los hermanos Meadows y otros.

Los Frey se quedaron ante él, sin acercarse a ninguno de los grupos. Las comadrejas, tanto de los Gemelos como las pocas de Casterly Rock, claramente no tomarían parte en esto.

"Cobardes" pensó Garlan con desprecio.

"Tenemos que descansar esta noche" fueron las primeras palabras que pronunció Prester.

"¡Tonterías!" espetó Ecbert Meadows, ganando murmullos de asentimiento de algunos que estaban con él "¡Ataquemos ahora!" propuso, alzando la voz.

"Atacar ahora sería la verdadera tontería, muchacho" contradijo Prester "Los hombres están cansados, los caballos están cansados, llevamos todo el día en una marcha forzada, ¿y quieres cargar de frente contra una fuerza descansada y preparada?" el tono de Prester dejaba entrever una ira velada contra esa idea.

"¡Son salvajes!" intervino ahora Leton Lefford, mirando a su compañero occidental con desdén "¡Tenemos más de cinco mil caballos! ¡Una sola carga y estarán acabados!"

"¿Eres ciego, chico, o es que no miraste hacia allá antes de venir a hablar aquí?" preguntó de forma retórica Garibald Shermer, mientras con un dedo apuntaba en dirección al campamento salvaje "Esa zanja que cavaron es demasiado grande para saltarla. A menos que tengas caballos que vuelen, nos atraparan allí y eliminarán a nuestros mejores activos mientras intentamos abrirnos paso" explicó, desprecio y tranquilidad mezclados en el rostro.

"Mejor un ciego que un…" iba a replicar Lefford.

"¡Suficiente!" intervino Garlan, sabiendo que si esto degeneraba en una pelea de insultos, las cosas podrían salirse de control.

Escarmentado y sombrío, Lefford no terminó la frase. Shermer no hizo intentos para continuar con la pelea, por fortuna.

"Aquí somos caballeros, todos nosotros. En vez de discutir, debemos usar nuestras fuerzas para atacar a los enemigos del Rey ahora" soltó en ese momento el primo de Garlan, Lyonel, dando un paso al frente "Todos vimos la destrucción en el camino desde que partimos de Los Gemelos. ¡Granjas, asentamientos, molinos, posadas!" señaló hacia dónde estaba el campamento salvaje, más allá de su tienda y de su propio campamento "Ahí están los responsables de esa destrucción sin sentido. ¿Vamos a dejarlos permanecer impunes?" preguntó, girando sobre sus pies mientras hablaba, como dirigiendo sus preguntas a todos los presentes.

"Muy astuto de tu parte primo" pensó Garlan, observando como las palabras de Lyonel enardecían a los que eran partidarios de un ataque inmediato y avergonzaban a unos pocos de los que aconsejaban esperar, aunque Shermer y Prester se mantuvieron imperturbables. Garlan por su parte sabía que Lyonel perseguía la gloria mucho más que la justicia.

Estaba tan perdido observando las reacciones de los demás que no notó las de algunos Frey; la indiferencia, y más importante, la incomodidad.

"Cargar de frente contra el enemigo es algo digno de canciones" reconoció Ser Forley Prester, antes de fruncir el ceño de nuevo y mirar a Lyonel como se mira a un niño desobediente "Pero esto no es una maldita canción. Es la guerra, muchacho" añadió, pronunciando la última palabra con un tono que declaraba por sí solo que eso es lo que veía al ver a Lyonel.

Algo que el primo de Garlan no tomó bien, a juzgar por el color que subió a sus mejillas.

"¡Si no los atacamos ahora, nos arriesgamos a que escapen en la noche, como hacen los salvajes!" habló en ese momento otro de los hermanos Meadows. El menor, Avec.

Para sorpresa del muchacho, Lord Garibald resopló con desdén ante sus palabras "Si eso es lo que os preocupa, Ser, podéis descansar tranquilo" miró a Ser Garreth Flores, que era también un partidario de esperar y descansar antes del ataque "Explícales lo que hay detrás de los salvajes" pidió, y el capitán de los exploradores se adelantó, llamando la atención de todos en la tienda.

"En la cima de la colina que los salvajes tienen a su espalda, hay un riachuelo que corta cualquier escape" se cruzó de brazos y miró a los caballeros jóvenes con aburrimiento "Las aguas son demasiado rápidas para cruzarlo a nado, y es demasiado profundo para vadearlo. El único camino que el enemigo tiene para salir de aquí es a través de nosotros" aseguró a quienes eran partidarios de atacar de inmediato.

Garlan ya sabía todo eso por Ser Garreth en persona, pero le tranquilizó escucharlo de nuevo. Le daba serenidad saber que los salvajes no se les escaparían entre los dedos.

"Descansaremos esta noche y atacaremos mañana" declaró en ese momento. Como esperaba, un lado de la tienda estaba satisfecho con la orden, pero el otro no, y no tuvo problemas en expresarlo en sus rostros. Unos pocos fueron más lejos, como Leton Lefford.

"Pero, mi señor…" empezó, solo para guardar silencio cuando Garlan levantó la mano.

Buscando conciliar en vez de inflamar los ánimos, Garlan habló con calma pero con firmeza.

"Nuestros hombres están cansados, Ser. Necesitan reposo. Además esta oscureciendo, y como bien señalo Ser Lyonel" dijo, haciendo un gesto en dirección a su primo "somos caballeros. No hay honor en atacar al enemigo en la noche, incluso si ese enemigo es capaz de los grados de destrucción e infamia de los salvajes" enfocándose en los descontentos, alzó un poco más la voz "Cuando derrotemos a los salvajes, cuando venzamos a los traidores norteños, será a la luz del día. Que nadie pueda dudar jamás de la justicia de nuestra causa" dijo, ganándose tras unos momentos asentimientos de muchos de los que proponían atacar de inmediato.

No dejó de notar que Ser Daven Lannister parecía furioso, pero el caballero de la melena de león no dijo nada. Solo le lanzó dagas con la mirada.

Tiempo después, cuando Garlan se acostó a dormir, estaba satisfecho. Cierto es que había esperado llegar a tiempo para derrotar a los salvajes de una vez por todas ese mismo día, pero podía esperar unas horas más.

"La victoria ya es nuestra. Puedo esperar un poco más para tomarla" pensó Garlan antes de quedarse dormido.

Bryan Peat

Los lacustres eran expertos en moverse por las aguas. En el Cuello, dónde para el ojo inexperto no había nada más, ellos habían aprendido a sortear los diversos obstáculos por medio de ella, a moverse con las corrientes que venían desde el Mar del Ocaso y el Mordisco, a sortear los vientos y a predecir las trampas y engaños que poseía.

A menudo se decía que los niños lacustres aprendían a remar antes que a caminar, y algo de razón había en ello. Sin embargo, nunca había sido una habilidad utilizada por aquellos que gobernaban a su pueblo más allá del Cuello. Ni por los Reyes en el Norte previos a la Conquista de Aegon, ni por los señores de Invernalia posteriores a ésta. Tampoco había sido utilizada por Robb Stark, ni como señor ni como Rey.

"Pero este Rey Jon parece más listo que el Joven Lobo" pensó Bryan, llevando el remo adelante y atrás, adelante y atrás "O al menos, más imaginativo"

En el agua, los remos cubiertos con cuero no hacían ruido mientras seguían el camino hacia el nacimiento del Forca Verde. Desde la Ciénaga de las Mil Lenguas era casi un día antes de poder ingresar al río propiamente dicho; un gran desvío hacia el norte y luego al sureste era la causa de ello. Pero luego, contarían con las corrientes del río para poder moverse con mayor rapidez y tranquilidad.

Los pasajeros de la flota no hacían el viaje más sencillo, pero Bryan debía reconocer que la mayoría entendía la importancia de mantenerse quietos en las pequeñas embarcaciones y guardar silencio. Eso lo compensaba un poco.

Hasta el momento parecía que todo iba bien, pero a pesar de ello echaba de menos a Howland. Era él quién los había convencido de hacer esto, y que se fuera justo mientras ellos se ponían en marcha era desconsolador.

"Y todo para entregar una carta" pensó, molesto, recordando la explicación que el esposo de su hermana les había dado a él y a los demás mientras se despedía de ellos. Debía ser muy importante, era lo único que tenía sentido en la mente de Bryan para que el señor de la Atalaya de Aguasgrises lo hiciera el mismo, en vez de enviar un subordinado para ello.

Siguió remando con cuidado, siguiendo a las barcazas que iban frente a él mientras rodeaban un gran parche de flores moradas que emergía de la nada, en una isla tan pequeña que un hombre adulto tendría problemas para pararse sobre ella.

"¡No!" susurró, mirando sobre su hombro a tiempo de ver uno de los cuatro pasajeros de su barcaza, un salvaje que iba apretado en el medio con las rodillas por debajo de la barbilla, extender una mano para tratar de tocar las flores "Se llaman besos venenosos. ¿Imaginas por qué?" le gruñó, y el hombre, obediente, retiró la mano.

Volviendo la mirada al frente, vio una corriente de agua. Sacando el remo del agua, descansó un momento mientras la corriente arrastraba su barcaza hacia el este.

Bael

"Aquí" le dijo Hiutt, señalando con dos dedos un lugar de su brazo derecho, a unos cuatro dedos de su hombro "Estoy listo" le dijo, antes de respirar hondo.

Apretó la daga y la clavo en el lugar indicado por Hiutt mientras este gruñía de dolor, pero no se movía. La daga no estaba enterrada muy hondo, tal vez solo un tercio, pero fue suficiente para extraer sangre. Junto con el desgarro a la ropa, parecería una herida de batalla si uno no supiera mejor. La sacó de un solo movimiento.

"¿Todo en orden?" le preguntó a Hiutt, preocupado de que tal vez el golpe hubiera sido muy profundo.

Pero Hiutt solo rió sin gracia, moviendo el brazo herido casi sin gruñir "No es nada" palmeó la espada enfundada en su cadera y dijo "Que bueno que soy zurdo" dijo, y esta vez Bael soltó una risita.

"Vengan" los llamó Rog, en un susurro. Lo siguieron, al mismo tiempo que los demás "Estamos todos, creo" dijo a los cinco hombres que sostenían al caballo, recostado en el suelo.

Mientras uno de los hombres le cubría el rostro al animal con una tela gruesa y otros tres lo mantenían quieto apoyados sobre su lomo, el quinto se acercó con una daga, abriéndole el cuello. El relincho de dolor del animal fue atrapado por la tela, y pronto murió.

De inmediato, los hombres más cercanos tomaron la sangre que brotaba del cuello y se la untaron encima. Otros más le abrieron la barriga al animal muerto con cuchillos, repitiendo el proceso con la sangre que de allí emergió. Bael hizo lo propio, untándose la sangre fresca en sus ropas, en el costado y algo en la espalda, además de unas gotas en un lado de su cara.

Cuando los treinta estuvieron empapados en distintos grados de sangre, algunos de ellos como Hiutt además con heridas leves en brazos, costados o cabeza, escondieron al animal muerto debajo de un colchón de hojas caídas y ramas rotas. En la oscuridad de la noche, no había forma de que lo vieran sin saber que buscar.

Luego, todos se alejaron de allí y se encaminaron hacia la gran cantidad de luz, propagada por miles y miles de fuegos que iluminaban la noche en la distancia.

Jon

"Estas a cargo hasta que vuelva" le dijo a Val, para luego seguir untándose el rostro con lodo fresco. La mujer, con el rostro limpio y enmarcado en los mechones sueltos que caían por delante de sus hombros, lo miró con el ceño fruncido distinguible a pesar de la oscuridad.

"Dime de nuevo, ¿por qué yo?" le preguntó.

"Porque eres confiable" le repitió Jon, como le había dicho unos momentos antes "Si te pido que lo hagas, lo harás" terminó con el lodo, y se lavó las manos en un cubo de agua cercano "Dime de nuevo lo que tienes que hacer" le dijo.

Val respiró hondo y empezó.

"Después de que te vayas a hacer este sinsentido…"

Jon rodó los ojos pero no la interrumpió.

"…tengo que llevarme a todos los demás en dirección a la cima de la colina, junto con los carros y básicamente todo lo que tiene algún valor en el campamento" terminó Val, tan precisa como Jon esperaba.

"Muy bien. Pero no olvides: que se muevan sin antorchas, y que dejen las hogueras encendidas" los fuegos en el campamento, junto con los falsos centinelas de paja que había mandado hacer, darían la falsa impresión de que su ejército seguía en el campamento.

"No temas. No llevaremos luces al irnos; todas se quedan aquí" le aseguró Val.

"Bien" dijo Jon, antes de voltearse y dar unos pasos en dirección a su Guardia Personal. Como él, los trece hombres y mujeres tenían sus rostros y sus manos cubiertos en lodo negro "Iré en un momento. Adelántense y digan estas dos cosas a los demás. Primero, nada de gritar hasta que estemos entre ellos y yo lo haya hecho. Segundo, el aullido de Fantasma es la señal para retirarse y volver a reunirnos con los demás en la cima de la colina. No habrá avisos de retirada, así que deben estar atentos" explicó con toda la seriedad de la que fue capaz.

Algunos de sus Guardias asintieron en reconocimiento, antes de que todos se inclinaran ante él y se marcharan en la dirección de los otros miembros de su fuerza.

"Jon" la voz de Val lo hizo girarse. La hermana de Dalla se le había acercado sigilosamente, y lo miraba con frustración "Vas a atacar a un ejército de decenas de miles con 300 hombres. ¿Entiendes la locura de eso?"

La guerra es una locura "Te veo en la cima. Será mejor que vayas a preparar a los demás para partir" le dijo en cambio, ignorando sus palabras.

Val lo miró por un momento antes de asentir y volver a adentrarse en el campamento. Jon fue en la otra dirección, caminando hacia la oscuridad, en dirección a la zanja que habían cavado anteriormente. A unos pasos de ella, distinguió las figuras. Varios cientos de ellas. Una de las más cercanas era la de Siegerd Thenn. Jon le asintió antes de dirigirse a los demás, que estaban mortalmente silenciosos.

"Lanzaremos un ataque esta noche hacia los Frey que hay entre nuestros enemigos. Sean rápidos y precisos, y no se distraigan: maten a tantos como puedan hasta que escuchen aullar a Fantasma. Entonces deberán ir a la colina" dijo, y no vio confusión en los ojos de los más cercanos. Puso una mano en el pelaje de Fantasma "Cuando lo escuchen aullar, corran lo más rápido que puedan. Si alguien se queda atrás no volveremos por esa persona. Estará solo" advirtió, y escuchó algunos jadeos, pero ninguna palabra.

Se abrieron a los lados para él, y Jon contempló los rostros de hombres y mujeres, norteños y Pueblo Libre. Ninguno lo miró con algo más que respeto y confianza, y oró para que estos se vieran recompensados con el éxito. Por ellos.

"Manténganse cerca" dijo antes de quedar ante toda la multitud, y sin voltearse, siguió adelante, en dirección a un campamento que empequeñecía al que estaba a sus espaldas, y hacia un ejército que superaba a sus trescientos hombres por 100 a 1.

Alysanne Mormont

La noche era oscura, el cielo cubierto de nubes espesas que tapaban las estrellas y ocultaban a la luna. Ni un rayo de luz que iluminara la llanura que separaba los dos campamentos, el suyo y el del enemigo. Esto era mejor, creía ella, ya que no deseaba que nadie viera la emoción en su rostro.

Bajaron a la zanja y la atravesaron, todo con torpeza, debido a la tierra suelta y a la naturaleza inestable de ese lugar. El único que no tuvo problemas con eso fue el Lobo del Rey, que tenía un equilibrio perfecto y había salido de la zanja igual que había entrado, con un salto perfecto.

Alysanne recordó la ira que había sentido al dejar atrás Los Gemelos; las burlas y las risas habían pinchado sus oídos cada día desde entonces. En más de una ocasión había tenido que morderse la lengua hasta sangrar para que un grito de rabia no escapara de su boca. Pero ahora, esta noche, podría dejar salir esa ira. Maldita sea si no lo aprovechaba.

Una forma blanca saltó frente a ella, el lobo blanco deteniendo su camino. Justo en ese momento, sintió una mirada fija sobre ella; giró sobre sus talones y vio que el Rey la observaba. Aún con la oscuridad lo distinguió, pues no estaba tan lejos de ella. Solo entonces Alysanne notó que en su entusiasmo se había adelantado demasiado a los demás. Con una inclinación de cabeza se quedó quieta y respiró hondo, esperando a que los demás, con el Rey al frente, la alcanzaran. Entonces volvió a caminar, esta vez al ritmo más tranquilo de los otros.

Ahora estaban a medio camino entre los dos conjuntos de luces que correspondían a cada campamento. Estaba tan oscuro que Alysanne no podía ver a más de dos pasos ante ella, y a veces menos aún. En más de una ocasión sintió que alguien le pisaba los talones, pero no le dio importancia, ocupada de distinguir lo que tenía al frente. Por el rabillo del ojo notó que el Rey alzaba la mano un momento antes de bajarla con fuerza al siguiente; algunas formas, incluida la de un arquero a un lado de Alysanne, se alejaron corriendo hacia el frente.

Ya estaban cerca del campamento que iban a asaltar; podía distinguir algunas formas más pequeñas en comparación a las tiendas delante del mismo, centinelas supuso, aunque solo veía siluetas. Un pequeño sonido llamó su atención, y al mirar al Rey vio que había desenvainado una daga. Como si esperaran esa señal, otros hicieron lo mismo. Las dagas fueron desenvainadas, las espadas desenfundadas, las hachas sacadas de los cinturones. La propia Alysanne apretó su maza y escudo con más fuerza, lista para usarlos.

Al llegar a los límites del campamento, vio que los que se habían adelantado ya habían derramado sangre: los guardias Frey, no más de 8 hombres en total, yacían muertos en el suelo, acribillados por flechas, con cuellos abiertos o las cuencas sangrantes.

El Rey, ella, y los demás entraron al campamento sin dificultad, separándose en grupos y caminando entre tiendas. La mayoría de los hombres reposaban en el exterior; Alysanne los miró durmiendo, roncando, inofensivos, apacibles; todos ellos inconscientes de que ya estaban muertos.

El Rey mató primero; su daga abrió la garganta de un hombre que dormía en el suelo, dejándolo tras él mientras el maldito se desangraba con jadeos silenciosos. Los otros tomaron ejemplo, y pronto mataban a más hombres con impunidad, el silencio solo roto por los jadeos y gruñidos de los moribundos al despertarse y verse heridos de muerte. Otros ni siquiera se despertaban, apuñalados en el corazón por lanzas o con un cuchillo enterrado profundamente en uno de sus párpados cerrados.

Alysanne por su parte se alejó de los demás al ver una tienda. El estandarte de un tridente negro que ondeaba a la entrada le dijo que era un noble quien estaba adentro; y efectivamente, un hombre dormía allí, vistiendo ropas demasiado caras para ser un campesino, un hombre de armas o incluso un caballero corriente. Sus ronquidos eran tan fuertes que no notó ni siquiera cuando Alysanne se paró junto a él.

Sin duda sintió cuando la maza cayó sobre su boca con un golpe terrible, rompiendo su mandíbula y haciendo saltar sus dientes. Abrió los ojos, pero su grito fue incoherente y solo duró unos momentos antes de que su rostro desapareciera en una lluvia de sangre y huesos por el segundo golpe de Alysanne. Pateó el brasero que estaba en una esquina al salir de la tienda, escuchando como las llamas empezaban a lamer la lona, prendiendo fuego a ese lugar.

Al salir de allí, vio como había más cuerpos en el suelo, pero todos de Frey. Había hombres muertos regados a su alrededor. Un par de tiendas se incendiaban. Y los gritos de terror y alerta eran más frecuentes.

"¡Despierten! ¡DESPIERTEN!"

"¡Tomen sus armas! ¡Rápido!"

"¡Nos atacan!"

Y entonces estalló el pandemonio.

"¡VENGANZA POR LA BODA ROJA!" el grito del Rey llenó el aire.

"¡Por la Boda Roja!" Alysanne gritó su furia, sacándola de lo más profundo de su pecho. Con ella gritaron otros más, decenas, cientos más.

Y el ataque perdió cualquier sigilo.

Por donde veía, los hombres del Rey corrían libres, matando a los Frey. Lanzas, espadas, mazas, todas golpeaban, derramando sangre mientras el campamento de los Frey era tragado por una tempestad de violencia.

Alysanne mató a dos hombres que salían de una tienda en llamas, sin importarle que estuvieran desarmados. Vio a otro intentar liberar una espada, y golpeó con fuerza su hombro, exponiendo el hueso roto. El grito fue agudo, y se cortó con otro golpe de su maza, esta vez al cuello descubierto. Mientras caía, otro hombre cayó a su lado, y Alysanne miró con avidez mientras uno de los hombres que vinieron con ella despedazaba la espalda de un Frey a golpes de hacha.

Corrió tras otro Frey que huía sin pensar en la lanza que sostenía con una mano, pero no lo alcanzó antes que un hacha arrojadiza, que lo mató de un golpe al pecho. Su dueña, una mujer salvaje con otra hacha en la mano izquierda, se acercó corriendo sin mirarla, arrancando el arma del muerto y siguiendo su camino, buscando a quien más matar.

Mató a otros tres Frey, dos de ellos recién salidos de sus tiendas, con golpes rápidos y decisivos. Miró alrededor, a tiempo de ver como figuras de rostros manchados de lodo y sangre asesinaban a otros. Dos de ellos, los hijos del Matagigantes, mataron entre ambos a un hombre, mientras no muy lejos Rickard Liddle parecía un engendro de la muerte, asesinando a un hombre de rodillas que rogaba piedad, abriéndole la garganta de un solo golpe de espada.

Vio una figura con una espada de acero valyrio cortando a los Frey que lo intentaban rodear sin dificultad. Mató a cinco hombres en unos instantes, mientras el sexto, que se alejaba arrastrando un muñón sangrante donde antes estaba su pierna, perdía la garganta por los colmillos de un huargo blanco.

Las tiendas ardían, los gritos de agonía y furia llenaban el aire. Los Frey intentaban defenderse, pero sorprendidos y mal armados, eran presa fácil. Muchos huían hacia el sur, y Alysanne se disponía a perseguirlos cuando…

AAAAAUUUUUUUUUUU

El aullido del lobo la sacó de la neblina de rabia, y también a muchos otros, que dejaron de concentrarse en matar para concentrarse en huir.

Sin pensarlo, empezó a correr hacia el oeste. Otros se le unieron, todos cubiertos de sangre y lodo como ella. El orden de marcha no existía, pero no importaba. Cuando salieron del campamento que habían asaltado, corrieron hacia la oscuridad, sin ser perseguidos.

Vio a Rickard Liddle, vio a Torreg y a su hermano Dormund. Cedrik Flint, Ery, y otros más. Y en el fondo, junto con los últimos, el Rey, su rostro, ropas y espada cubiertos de sangre.

Aventurándose a mirar devuelta hacia el campamento Frey, vio una gran columna de hombres viniendo desde el norte, refuerzos sin duda. No pudo más que alegrarse de no estar allí.

Ahora que, al menos por el momento, su ira se había saciado, se rió, en parte por alegría y en parte por histeria. Y siguió riendo mientras corría, aunque sentía que sus pulmones explotarían por falta de aire.

Haber atacado semejante fuerza con 300 hombres fue una absoluta locura.

Pero por los Dioses, fue una locura gloriosa, de la que no se podía arrepentir.

Garlan

Lo habían despertado en medio de la noche con sonidos frenéticos de trompetas. Su escudero cayó de su catre, al otro extremo de la tienda de Garlan, cuando varios guardias entraron de repente, haciendo un estruendo con sus armaduras. Las palabras que soltaron no tenían sentido para él mientras se vestía apresuradamente y se colocaba la cota de malla y la coraza.

"¿Un ataque? Si nos atacaron...¡no! ¡Es imposible! ¡No se atreverían!" pensó, la conmoción dando paso a la ira. Cogió su espada y salió de su tienda para ver que había una gran fuerza de hombres de armas listos y armados, portando antorchas para iluminar la noche.

Acompañado por sus primos Rickard y Lyonel, este último especialmente ansioso, cabalgo con rapidez.

Los Frey, por su propia voluntad pero sin duda alentados por el desprecio casi palpable que encontraron entre el resto del ejército, habían erigido su campamento algo apartado del resto del ejército. No eran más de 50 pasos, pero al recorrerlos Garlan sintió que era una distancia insalvable.

Garlan vio los primeros signos de un combate en las tiendas en llamas en la distancia. Vio también al menos una docena de cuerpos acribillados con flechas en las afueras del campamento. Los hombres muertos, algunos de ellos con sobrevestes o túnicas con los colores de Frey, y muchos prácticamente desnudos, parecían haber intentado correr hacia el campamento principal solo para morir antes de lograrlo.

Entrando al campamento, vio un caos absoluto. Había cuerpos por doquier. El suelo se había vuelto lodoso con la sangre derramada, y el humo de las tiendas en llamas se elevaba hacia el cielo, confundiéndose con la oscuridad de la noche.

Garlan miró a la columna de hombres que lo habían seguido "¡Dispérsense! ¡Grupos de diez!" ordenó, haciendo un gesto con la mano. Los hombres empezaron a separarse, llevando antorchas, lanzas y espadas "¡Busquen sobrevivientes y enemigos que hayan quedado atrás!"

Sin embargo, cuando el sol salió, mucho después, Garlan se resignó a que no hubo gran éxito en las búsquedas.

Menos de cincuenta hombres Frey habían quedado con vida en el campamento tras la incursión salvaje. De ellos, la gran mayoría estaban heridos.

No había salvajes o norteños tampoco. Ni prisioneros, ni muertos. O los salvajes se habían llevado a sus muertos al huir…o no habían perdido ni un solo hombre. La idea enfurecía a Garlan, la idea de que pudieran atacar con impunidad era casi insoportable. Solo se hizo peor cuando su primo Raymund llegó, trayendo noticias de las bajas esa noche.

"Ochocientos muertos en todo el campamento. La mitad de ellos ni siquiera estaban armados al caer" respondió, frustrado, mientras detenía su caballo junto al de Garlan "No estoy seguro aún, pero parece que muchos de los parientes del Finado Lord Frey no están entre los muertos. Solo hemos encontrado dos de ellos, muertos"

Garlan se preguntó si los dioses lo estaban maldiciendo o bendiciendo al perdonar a los hombres con sangre Frey "¿Y dónde están?" preguntó, imaginándolos escondidos por el temor o encogidos de vergüenza. No descartaba ninguna de esas posibilidades.

La mueca de Raymund le anticipaba peores noticias aún, supo Garlan.

"Están huyendo al sur con toda su gente" respondió "Algunos de los vigías más alejados los vieron corriendo sin detenerse"

"¿Todos?" preguntó Garlan, sus dientes apretados que apenas se pudo entender.

"Todos los que pueden mantenerse en pie" dijo Raymund con enojo. Miró hacia el sur y escupió en esa dirección "Cobardes" añadió, y Garlan estuvo a punto de imitarlo.

Un pensamiento fugaz pasó por la cabeza de Garlan en esos momentos. Forzar a los Frey a volver al campamento, incluso si debía ser a punta de espada. Y estuvo a punto de verlo hecho, pero su inteligencia lo persuadió de que sería una locura. Desenvainar la espada contra hombres que, al menos en teoría, eran sus aliados, solo alentaría más disensión entre sus filas. Eso no era algo que pudiera permitirse, no con un ejército enemigo al alcance de su vista.

"Revisa este lugar con mucha atención, y llévate lo que encuentres de valor: caballos, provisiones, armas" le encomendó a su primo, quién asintió "No dejes nada que podamos usar atrás"

Luego Garlan partió de ese lugar, furioso con los salvajes por su atrevimiento, con los Frey por su cobardía, y con él mismo por pensar que solo los números de su ejército bastarían para mantener a sus enemigos a la defensiva.

Garlan sabía que, objetivamente, no era tan grave. Los Frey solo eran hombres con poca, por no decir nula, experiencia de combate. Sabía que eran despreciados por las otras partes del ejército: los hombres del Dominio, de Occidente, de las Tierras de la Corona, y especialmente por los de la Fe, con quienes además eran claramente antagónicos. Lo más importante, solo eran dos mil hombres. Garlan conservaba más de treinta mil, suficiente para vencer de forma absoluta a los norteños y a los salvajes.

No, no eran las pérdidas las que le molestaban, sino el hecho de que la lucha verdadera iniciara con una victoria del enemigo. Una victoria insignificante, pero una victoria a pesar de todo.

Pero por los dioses que no se quedaría así.

"Formaré al ejército y atacaré" pensó, decidido "Jon Nieve puede haber ganado la primera escaramuza, pero no terminará este día" se prometió.

Jon

Era de los últimos en haber salido del campamento. No pudo resistir una última mirada cuando estaba en los límites del mismo, para contemplar la destrucción que dejaba a sus espaldas. Sentía la sangre de los hombres Frey corriendo espesa, cálida, por su rostro, su cabello.

"¡Vamos, corran!" instó a los rezagados, quienes lo miraron con una mezcla de respeto y alegría mientras se alejaban.

Después de alejarse lo suficiente, quedando envuelto nuevamente en las sombras, Jon sintió a Fantasma a unos pasos de distancia, dándole una orden silenciosa que el lobo no tuvo problemas para cumplir. Mientras Jon corría hacia el oeste, Fantasma hacía lo mismo en dirección sur. Persiguiendo a los cientos de hombres Frey que huían del campamento.

Jon siguió corriendo, ocasionalmente viendo destellos de los otros a su alrededor. Estaba llegando a la zanja que había hecho cavar cuando sintió nuevamente la sangre, cálida y espesa, en su boca. Escupió, buscando ignorar el desagradable sabor mientras se concentraba en el hecho de que Fantasma ya había alcanzado a los Frey. Su lobo acabaría con unos pocos más, infundiendo pánico en los huidizos hombres de Los Gemelos, acabando así con cualquier noción que pudieran tener de reagruparse y reunirse con el ejército principal.

Para cuando Jon hubo cruzado la zanja y llegado al lugar dónde había estado el campamento, ya no quedaba nada más que las hogueras moribundas. Las tiendas, los carros, los animales, y lo más importante de todo, su ejército, ya había desaparecido.

Cerró los ojos, recuperando el aliento y entrando en la mente de Fantasma.

Se sintió ligeramente más bajo, los ojos del lobo un poco más cerca del suelo que los suyos propios. Hablando del suelo, un hombre con la garganta destrozada moría entre las patas delanteras de Fantasma mientras muchos otros huían aterrorizados. La mayoría iba a pie, y unas pocas docenas a caballo. Ninguno intentó atacarlo, ninguno se detuvo. Jon observó satisfecho como huían hacia el sur.

Dando otra orden a Fantasma, el lobo obedeció. Luego de aullar como signo de victoria, su huargo dejó huir a los Frey, encaminándose hacia el bosque que estaba más al sur. Una vez allí, no tardó en encontrar pruebas de que hace poco tiempo hubo personas allí. El aroma a hombres, mezclado con la sangre que venía desde abajo de una gran cubierta de hojas, algunos retazos de telas rotas y una hoguera diminuta y muerta eran una prueba indiscutible.

Alejándose de la mente de Fantasma, Jon abrió los ojos y vio de nuevo a través de ellos. Con una sonrisa dirigida hacia el sur, dio media vuelta y corrió colina arriba.

Llegó último, y lo primero que vio al llegar a la cima fue una multitud que estaba esperando. Su Guardia Personal y los guerreros que había llevado con él a la incursión estaban siendo saludados con fervor, pero muchos pasaron a segundo plano al verlo llegar a la cima de la colina.

"¡El Rey!"

"¡El Rey está aquí!"

"¡Que viva el Rey Jon!"

"¡El Lobo Blanco!"

Los gritos y aclamaciones lo acompañaron, antes de que cien cuerpos, mil cuerpos, se le acercaran, felicitándolo, festejando su ataque exitoso, sonriendo y elogiando su audacia. Jon lo aceptó con una sonrisa cansada, sin negarlos, pero sin vanagloriarse tampoco.

Por fin, algunos miembros de su Guardia Personal, a saber Ulre, Siegerd, Alysanne y Ery, alejaron un poco a los entusiastas y le dieron un pellejo de agua, del que bebió con avidez. Fue entonces cuandi vio venir a Val. Le preguntó si todo había ido bien con su trabajo, a lo que la mujer asintió antes de explicarse.

"Todos a salvo. El campamento esta siendo levantado junto al riachuelo, el ejército está intacto" Val se mordió el labio antes de alzar la voz "¿Sabes a cuántos perdiste en el ataque?" preguntó, buscando que los demás oyeran. Algunos hablaron, arrojando posibles números, pero Jon no prestó atención a sus palabras.

Siempre era difícil, escuchar la respuesta a esa pregunta. Escuchar la confirmación de que había llevado hombres o mujeres a la muerte, incluso si era necesario. Negó con la cabeza e hizo un gesto, demandando saber.

"Tenemos a catorce hombres heridos, pero se recuperarán. En cuanto nuestros muertos…" Val hizo una pausa, antes de que una sonrisa apareciera en su rostro "…aún no tenemos ninguno"

Por un momento, Jon pensó que escuchó mal. Pero la sonrisa de Val lo desmintió, y sintió la emoción creciendo en su pecho. El mismo asintió satisfecho, dejándose llevar un momento por los gritos y las exclamaciones de sorpresa de los demás, antes de alzar su espada machada de sangre. Esto desató una oleada de vítores entre su gente, tan altos que se preguntó si sus enemigos los oían desde el otro lado del campo.

"¿Alguna vez se ganó una lucha sin que ambos lados sangraran?" no lo sabía, pero esta vez sin duda contaba, pensó Jon con una pequeña sonrisa en su rostro.

Por fin, luego de un tiempo siendo felicitado y saludado por hombres y mujeres, y cuando los primeros rayos del sol acariciaron su rostro, se dirigió al campamento ahora establecido en la cima de la colina, imitado por el resto del ejército, con la excepción de cien hombres y mujeres que bajaron la ladera hasta medio camino para montar guardia y vigilar al ejército enemigo en la distancia.

El campamento aún estaba en proceso de ser levantado, un retraso que era consecuencia de la bienvenida que habían recibido Jon y sus hombres, por lo que antes que nada terminaron de levantarlo. Lo más distintivo era que no tenían defensas alrededor del campamento, porque por órdenes suyas, las concentrarían en la ladera de la colina. Retirarse al campamento era el último recurso, una medida desesperada que Jon esperaba que no fuera necesaria.

A pesar de sentir el cansancio por haber pasado la mayor parte de la noche en vela, Jon ordenó que se reuniera un Consejo de Guerra. Val era, junto con Ygon Oldfather, Halleck y Sigorn Thenn, los más importantes allí, y los más cercanos a Jon cuando llegó y empezó a relatar la incursión nocturna.

"El lugar que ataque era el campamento de los Frey, los hombres del castillo que dejamos atrás" especificó. Por las miradas, Val lo recordaba, y los demás también lo hacían.

"¿Cuántos había, Rey?" preguntó Sigorn, con respeto evidente en su voz.

"Me inclino a creer que eran unos dos mil hombres, tal vez algo más" respondió Jon, pensativo.

"¿Mataron a todos?" preguntó Ygon, aunque Jon notó la incredulidad ante la idea.

Jon sacudió la cabeza "El ataque fue posible porque los Frey estaban algo apartados del resto del ejército. Había pocos guardias, y después de encargarse de ellos estuvimos dentro del campamento sin dificultad" Jon suspiró "Por desgracia, el grueso del ejército se dio cuenta del ataque más rápido de lo que esperaba. Debimos retirarnos para no ser masacrados"

"Entonces…¿Cuántos mataron?" insistió Ygon, mirando a Jon con mucha atención.

"Al menos quinientos" dijo Jon "Además, el resto de los Frey están huyendo hacia el sur. No hay ocasión de que se reagrupen e intenten atacarnos, así que al menos, tenemos un par de millares de enemigos menos de los cuáles preocuparnos"

Jon noto el alivio en los rostros de Halleck, Ygon, Sigorn y Val. Sabía que, en el gran esquema de las cosas, era una victoria menor, pero era mejor que ninguna, o peor, que una derrota.

"Bien, sin duda querrán venganza por la visita inesperada que les hicimos, así que imagino que se prepararán para atacarnos hoy, probablemente antes del mediodía" dijo Jon, acabando de un golpe con el ambiente tranquilo y poniendo a todos tensos "Así pues, preparémonos para demostrarles porque atacarnos es un error"

Disposición del ejército del Rey Jon

· Infantería

· 1ra línea

· Columna central: 1.000 hombres. Comandante: Rey Jon

· Columna norte: 1.000 hombres. Comandante: Ygon Oldfather

· Columna Sur: 1.000 hombres. Comandante: Sigorn de Thenn

· 2da línea

· Única columna: 1.000 hombres. Comandante: Val

· Reservas:

· 1 grupo: 200 hombres. Comandante: Donnor Crey

· 2 grupo: 200 hombres. Comandante: Finnat Fisher

· 3 grupo: 200 hombres. Comandante: Kelgryn

· 4 grupo: 200 hombres. Comandante: Lorf

· 5 grupo: 200 hombres. Comandante: Dryg

· Arqueros

· Vanguardia: 200 hombres. Comandante: Martos Mollen

· Cuerpo principal: 4.800 hombres. Comandante: Halleck

· Columna central: 2.000 hombres. Comandante: Eldric Ragrynst

· Columna sur: 1.400 hombres. Comandante: Yaffa (hija de Ygon).

· Columna norte: 1.400 hombres. Comandante: Serea de los Colmillos Helados.

Lobos contra Rosas y Leones: día 1

Lyonel

Casi no podía reprimir la emoción mientras su escudero terminaba de ponerle su armadura. Completamente vestido de acero y con el casco en la mano, salió. Su caballo ya estaba ensillado, el escudo de su silla mostraba el símbolo de su familia. Su mando, doscientos hombres de armas de la Casa Tyrell, veinte de ellos a caballo, ya estaba formado a su alrededor, listos para marchar.

Una vez en la silla, se enderezó lo más posible "¡Por el Rey! ¡Por la Reina! ¡Por el Dominio!" proclamó con voz retumbante.

Los hombres repitieron las palabras antes de que Lyonel hiciera girar su caballo y marchara, seguido por las dos columnas, jinetes al frente e infantería detrás, sus estandartes al viento.

A medida que marchaban, otros hacían lo mismo. El ejército al completo se estaba formando a las afueras del campamento, decenas de miles de hombres formando bajo un mar de estandartes: leones, un buey rojo, un jabalí pinto, árboles en todas las estaciones, una cornamenta de oro, un campo de púas, una pila de oro, un hombre encapuchado, seis girasoles de oro, un cuarteado de copas y cálices negras.

Y rosas. Cientos y cientos de rosas doradas cubrían el campo, resaltando que la Casa Tyrell estaba presente.

"Creciendo fuerte" pensó Lyonel para sí mismo mientras se detenía, sus hombres quedando formados junto al resto de las huestes "Pero hoy, aquí, una rosa crecerá más fuerte que nunca"

Una vez que todo el ejército estuvo formado, marcharon al oeste. La caballería iba al frente, y los caballeros, como Lyonel, en la vanguardia. Tras muchos miles de jinetes y monturas, la infantería, compuesta por decenas de miles de hombres, los seguía, manteniendo el paso con facilidad por el trote sencillo de los que montaban bestias. Finalmente, los pocos arqueros que tenían iban en la retaguardia. No es que fueran a necesitarlos; los arqueros eran cobardes que mataban a distancia.

En la distancia, se veía el campamento salvaje, o al menos el lugar dónde estuvo. En realidad, la masa oscura que se veía en la cima de la colina delataba que se habían movido a un terreno más alto. Como si eso los fuera a salvar; Lyonel les demostraría que estaban equivocados.

Con un estruendo similar al de un trueno, el ejército se detuvo a varios cientos de pasos de la zanja que los salvajes habían cavado. Lyonel esperó por las trompetas que señalaran el ataque.

Espero, y esperó. Pero la espera se hacía cada vez mayor, y él estaba cada vez más impaciente. Miró hacia el centro de la línea, dónde un puñado de figuras montada sobresalían por estar al frente. Sabía sin que los estandartes se lo dijeran que ahí estaba Garlan, y se preguntó que rayos hacía su primo.

"Suena la carga. Vamos…¡vamos!" pensó, su mirada fija en ese grupo de jinetes. Algunos se separaron y cabalgaron a ciertas secciones de la línea, pero no pasaba nada.

Apretando las manos sobre las riendas, Lyonel apartó la mirada. Girando la cabeza, vio el gran número de hombres tras él; tres hileras de jinetes, y al menos diez de hombres de armas y otros soldados a pie. La mayoría eran del Dominio, pero también había hombres de las Tierras de la Corona y algunos occidentales.

"Si ordeno la carga, me seguirán" estaba seguro. Podía ver la impaciencia en varios rostros, el ansía de lanzarse a la lucha "Podemos acabar con esto ya. Esta noche festejaríamos la victoria, y mañana se empezarían a escribir canciones sobre nuestro valor…sobre mi valor"

Las palabras estaban en la punta de su lengua, y estaba listo para pronunciarlas, cuando el sonido de trompetas desde el centro llamó su atención. Pensando en que era una carga total, llevó la mano a la empuñadura de la espada, pero antes de que pudiera desenvainarla vio algo que lo sacudió por completo.

Un grupo de hombres se separaba del ejército, avanzando. Solo eran un par de millares, pero no era eso lo que lo indignaba, sino los estandartes que ondeaban en el frente. Leones. Putos leones dorados harían el primer ataque.

"Sobre mi cadáver" pensó, furioso. Antes de darse cuenta, cabalgaba a toda velocidad hacia su primo. Las líneas de rostros pasaron como un borrón por el rabillo de sus ojos, pero no se concentró en ninguno. No tenía interés en ello.

Rodeado por un cuadrado de guardias, con cuatro estandartes de la Casa Tyrell en cada esquina y uno del Niño Rey en el medio, Garlan ofrecía una vista imponente, una que intimidaría a un hombre menor. Lyonel no era un hombre menor, por lo que cabalgó entre los guardias, deteniendo su caballo de un brusco tirón de las riendas frente a Garlan.

"¿Cuál es el significado de esto, mi señor?" preguntó, luego de respirar hondo para calmar su furia y consciente de que hacer un espectáculo con sus palabras a Garlan no era algo conveniente si quería lograr lo que quería.

Una sola ceja de Garlan se alzó "¿A qué os referís, Ser Lyonel?" como él, Garlan se mantuvo educado.

"¿Por qué no lanzamos un ataque completo?" demandó, luchando por no alzar la voz.

"Cargar cuesta arriba no es una idea acertada, Ser" respondió Garlan con frialdad "Primero debemos sacar a los salvajes de su posición y tentarlos a perseguirnos. Entonces podremos derrotarlos de forma decisiva" explicó, impasible.

"¿Y puedo saber, Mi Señor, por qué son los hombres de Occidente a los que se les confía tal tarea?" preguntó ahora Lyonel.

"Porque son los hombres con más experiencia en combatir a los norteños" el tono de Garlan había cambiado "Ser Leton Lefford y Ser Alex Serrett se ofrecieron a tomar mil quinientos hombres y atacar al enemigo para atraerlo a nosotros"

Lyonel sintió como el temor a perder su oportunidad de gloria empezaba a burbujear en su interior "Dejadme hacer lo mismo, mi señor" solicitó "Los sacaré de dónde se arrinconan, os doy mi palabra" se comprometió, impulsado por el temor incipiente de que, si no lo hacía, no tendría ningún papel prominente en la victoria. Incluso ser eclipsado por un ataque en conjunto era preferible a ser uno de todo el ejército. Así, al menos ganaría algo de gloria y renombre.

Garlan lo miró por un largo momento, su ceño fruncido y su rostro lleno de desaprobación. Lyonel sabía que negaría su petición antes de que dijera una palabra. Se quedó en blanco, incapaz de pensar en algo más que pudiera decir para cambiar la decisión que su comandante y primo ya había tomado. Su oportunidad de ganar gloria en batalla estaba acabada, muerta antes de que pudiera emerger de verdad. ¿Qué sería de él? ¿Acaso toda su vida sería un hijo de una rama menor de una gran casa, destinado a ser olvidado por la historia, por los cantantes y los trovadores?

Garlan abrió la boca, pero antes de que pudiera decir algo un grito se escuchó.

"¡Por los Siete!"

Y ante los ojos atónitos de Lyonel, de Garlan, y apostaba que de muchos otros en el ejército, una gran cantidad de hombres de la Fe, sucios, descalzos y medio enloquecidos, rompieron a correr en dirección a los salvajes, desorganizados y aullando una serie de incoherencias, desde proclamas a los Siete hasta lo que Lyonel creyó reconocer como fragmentos de la Estrella de Siete Puntas.

"Putos dioses, y putos fanáticos" fue todo lo que alcanzó a pensar Lyonel viendo la masa desorganizada en su loca carrera.

"Ser Lyonel" la voz de Garlan restalló como un látigo, y al mirar a su primo, Lyonel vio que estaba apretando los labios, claramente furioso "Tomad de inmediato dos mil hombres a pie y reforzad el ataque de vanguardia de los hombres de la Fe" sus ojos decían mucho más que sus palabras.

"Como ordenéis, mi señor" Lyonel no iba a mirarle los dientes a ese caballo.

Mientras cabalgaba y daba las órdenes, Lyonel supo tres cosas con certeza.

Primera, los hombres de la Fe eran una plaga, un atajo de imbéciles sin disciplina que claramente habían lanzado un ataque de forma independiente.

Segunda, su primo estaba más que enfurecido con ellos, y claramente enviaba a Lyonel a lanzar un ataque como medio para salvar el rostro ante el resto del ejército antes de que lo consideraran débil e incapaz de comandarlos.

Y tercera, a Lyonel no le importaba una mierda los motivos de su ataque. Solo que podía atacar.

Jon

Había dividido a su infantería en fuerzas más pequeñas para hacerla más maniobrable, y había ocultado los arcos de casi todas sus unidades a distancia, dándoles en cambio lanzas de madera endurecida al fuego para ocultar la fuerza de sus arqueros.

Su primera línea estaba ubicada justo antes de la cima de la colina para dar un objetivo más difícil de alcanzar. Cualquiera que quisiera atacarlos tendría que subir prácticamente toda la colina para ello, una subida empinada que los agotaría sin duda. Él mismo estaría al frente, en la segunda de las cuatro líneas de profundidad de su columna.

Como medio de defensa adicional, había hecho preparar grandes conjuntos de troncos con extremos afilados apuntando colina abajo. Cuando el enemigo atacara, los troncos serían un medio para separarlos entre sí, garantizar que no intentaran meterse entre las columnas de la primera línea y proteger a las líneas más cercanas al bosque.

Miró a su derecha y luego a su izquierda. Como él, Sigorn e Ygon estaban al frente de sus respectivas columnas, observando el campo que se extendía a sus pies. Había otras figuras delante de la formación principal, como caudillos pequeños y hombres confiables para cada uno de los grupos de hombres.

Jon por su parte estaba flanqueado por su Guardia Personal, los trece.

En la distancia, la gran masa del ejército enemigo se acercaba, una amplia hilera de hombres abarcando la llanura que se extendía a los pies de la colina de extremo a extremo.

Jon miró esa gran fuerza de hombres, reflexionó por un momento y luego giró y observó a su Guardia.

"Dormund, Awrryk, Siegerd" dijo, mirándolos a cada uno mientras los nombraba "Hoy quedaos tras la columna y no os involucréis en la pelea a menos que no haya más remedio"

Ninguno de los tres hombres parecía feliz con su orden "¿Por qué es eso, Rey?" preguntó el hermano de Sigorn.

"Porque ya tengo a tu hermano peleando al frente, y quisiera evitar que ambos murieran, si pasa lo peor. Igual que a dos hijos de Tormund, o dos nietos de Ygon" pensó, pero jamás podría decir las palabras. Se percibiría como debilidad, y eso era algo que no podía mostrar.

"Puede que necesite enviar órdenes a Val, a los arqueros, o a las reservas. Necesitaré que escuchen con atención y sean rápidos, dos cosas que les serán más difíciles si están luchando por sus vidas" optó por decir, y aunque molestos, aceptaron sus palabras. Cuando estaban por irse, Jon habló una última vez "Awrryk" el nieto de Ygon se detuvo "La vanguardia de arqueros está al mando de un norteño, Lord Martos Mollen. Ve a decirle que, hasta nueva orden, no deben disparar de forma coordinada, sino cada hombre y mujer a su propio ritmo"

"Sí, Rey" dijo el joven, antes de alejarse, hacia la retaguardia.

En la distancia, el sonido difuso de las trompetas llegó hasta ellos. Jon se tensó por un momento, y al mirar de nuevo al ejército comprobó que efectivamente, avanzaban. O más bien, solo unos pocos. Dos mil hombres o algo así.

"Escuchen" gritó Jon, su mirada pasando por las filas de hombres que formaban la primera línea "No persigan a menos que escuchen mis órdenes" explicó, mientras los ojos de todos pasaban de él a la pequeña fuerza que se separaba del ejército principal y avanzaba hacia ellos "Esta colina es nuestra ventaja, y no renunciaremos a ella. El hombre que vea corriendo cuesta abajo sin mi permiso se ganará mi enojo. Si me han visto con una espada en la mano, saben que es una idea muy mala hacerme enojar" de inmediato vio como algunos bajaban la vista, sin duda intimidados ante la posibilidad de chocar espadas con él.

Una cacofonía atrajo su atención devuelta hacia el campo, y observó, como muchos otros, como un segundo contingente de hombres se movía contra ellos. Pero mientras los primeros mantenían una formación y avanzaban a ritmo tranquilo, éstos nuevos atacantes corrían con fuerza, gritando con furia frases inteligibles.

"Que idiotas" comentó Alysanne Mormont, mirándolos con incredulidad.

"A ese paso no podrán ni levantar los brazos cuando lleguen aquí" añadió Torreg, cruzando los brazos sobre su ancho pecho, una sonrisa en su rostro.

Contra la seriedad de la situación actual, Jon también sonrió; su sonrisa creció cuando vio a los hombres desorganizados saltar a la zanja y empezar a maldecir mientras intentaban cruzarla, por medio de tierra suelta y parches húmedos y lodosos.

"¿Se supone que debemos temerles?" dijo Ery, señalando a los hombres con la espada y mordiéndose el labio; era obvio que le hacía gracia lo que veía.

"Mi único temor en este momento es orinarme de risa" comentó Rijeth Wull entre carcajadas.

Una carcajada escapó también de la boca de Jon, aliviando la tensión y dándole una ligereza que no sabía que podía existir en tales situaciones. Los demás también rieron, y al poco tiempo las carcajadas llenaban el aire, escapando de miles de gargantas. Eso pareció enfurecer aún más a los hombres. Los pocos que ya habían cruzado la zanja empezaron a correr devuelta a ellos, sin siquiera esperar al resto. Solo unos pocos cientos subiendo la colina, sin apoyo ni estrategia.

¿Podría haber un objetivo más fácil?

Al parecer, la vanguardia de arqueros pensaba igual, porque en ese momento empezaron a disparar. Las flechas causaron las primeras bajas, y arrancaron más de un grito entre los que cargaban hacia ellos.

Dejo de reírse y respiro hondo para calmarse.

"De acuerdo, escuchen" gritó Jon, el enemigo aún a una distancia considerable "Formen todos" el mismo se movió a la formación, y sus guardias lo siguieron, cinco a cada lado, hombro con hombro con el resto de la segunda fila de su columna.

"Primera fila, escudos contra el suelo" ordenó Jon en voz alta, y todos los que estaban en la primera fila colocaron una rodilla en tierra, el borde inferior de sus escudos contra el suelo y los bordes laterales con los de los hombres a su lado. Las primeras líneas de las otras columnas hicieron lo mismo. Un total de 750 hombres protegiendo las piernas y rodillas del resto de las líneas.

"Segunda fila, escudos" ordenó ahora, y él mismo, junto con cientos más colocaron sus propios escudos encima de los de la primera fila, 750 guerreros más completando un muro de escudos que protegía a todos desde los pies hasta las cabezas.

"Tercera fila, cuarta fila" ordenó, mirando por encima de su hombro "Lanzas listas. Mantengan sus posiciones y maten a cualquiera que pase el muro" ante esa orden, los hombres y mujeres de las otras dos filas posicionaron las lanzas en un ángulo oblicuo, apuntando por encima de sus cabezas.

Ya se escuchaban los gritos más cerca, pero también se podía distinguir el cansancio, los causantes de la cacofonía estaban sin aliento por subir una colina tan grande y con una pendiente tan empinada.

"¡Muerte a los paganos! ¡Por los Siete!" le llegaron los gritos, y Jon no pudo resistirse a confirmar sus sospechas. Mirando entre su escudo y el de Rickard Liddle, a su izquierda, vio una oleada de hombres sucios cargando hacia ellos en desorden. Pero el símbolo que muchos llevaban tallados en sus frentes le dijo todo sobre quienes eran.

"¡Primeros hombres!" gritó "¡Nuestros antepasados rechazaron a la escoria sureña por milenios! ¡¿Seremos menos que ellos?!" demandó a todo pulmón.

"¡NO!" gritaron miles de gargantas, hombres y mujeres de todos los lugares al norte del Cuello listos para defenderse de éstos fanáticos de los Siete.

Con un estruendo que recordaba a una tormenta, la línea enemiga se estrelló contra su gente. El impacto sacudió su brazo, al igual que los de muchos otros a su alrededor, pero el muro de escudos no tembló.

Vio una clavícula desprotegida más allá de su escudo, y empujó su espada sin demora. El golpe fue preciso, y el hombre al otro lado cayó con un grito de agonía. Otro tomó su lugar, lanzando golpes contra su escudo. Uno, dos, tres. No llegó al cuarto; Jon enterró la espada en el pecho descubierto, y cayó muerto al otro lado del muro.

No era el único que derramaba sangre. Su Guardia Personal y el resto de su gente estaban igualmente ocupados matando a los hombres a su alcance, mientras se refugiaban tras los escudos.

Mató a un tercer hombre, esta vez con la ayuda del norteño que estaba arrodillado delante de él. Al ver que no había un enemigo inmediato tras ese hombre, Jon miró a los lados, comprobando que el muro de escudos aguantaba sin dificultad.

Liddle lanzó dos golpes de espada, arrancando gritos de quienquiera que estuviera al otro lado "¡Dile a tus malditos siete que aquí hay un hombre que se orina sobre ellos!" rugió.

"¡Mueran, hijos de perras!" gritó Ery, usando su daga larga para atravesar un brazo que cruzó entre dos escudos, buscando algo que aferrar.

"¡Por el Norte!" aulló Wull, al lado de Ery, lanzando su hacha larga en un golpe que debió encontrar carne, porque la retiró con un gruñido de esfuerzo.

Un nuevo golpe lo devolvió a la realidad, a tiempo de un segundo golpe con un martillo de guerra. Esperó el momento, aguantando un tercer y un cuarto golpe. Al quinto, Hermana Oscura atacó, mordiendo el hombro del fanático, paralizándolo.

"¡Acabalo!" grito al hombre que le cubría las piernas, mientras usaba el agarre en el hombro de su oponente para evitar que se alejara. Con un grito, el norteño lanzó un golpe con su propia espada, abriendo de lado a lado la barriga del hombre, que cayó al suelo con aullidos débiles, propios de un moribundo.

Un nuevo hombre saltó sobre el moribundo, pero él mismo estaba tan cansado que no pudo evitar el ágil golpe de Jon. Era rápido, su espada ligera y afilada, y el corte abrió el cuello sin dificultad, rociando la sangre por todas partes.

Esperó por el siguiente hombre que se lanzara contra esta parte del muro, pero entonces notó que los golpes contra los escudos terminaban. Algunos gritos para retirarse se escucharon, y pasos apresurados que se alejaban cada vez más.

"¡Quietos todos!" ordenó, alzando la voz. Para su alivio, nadie intentó romper la formación para perseguir al enemigo. Bajando su escudo, Jon tuvo una mejor visión.

Tal como suponía, los hombres de la Fe corrían colina abajo con rapidez, pero eran muchos menos. A los pies de sus fuerzas había muchos muertos, su sangre tiñendo la colina de rojo. Si tuviera que adivinar, diría que habían matado a cerca de un cuarto de sus primeros atacantes. Y el número se incrementaba, porque los arqueros al mando de Mollen disparaban contra las espaldas descubiertas de los fanáticos.

"Siegerd" dijo a Su Guardia, que se acercó a él "Dile a Mollen que deje de desperdiciar flechas en la escoria que huye" ordenó.

"Rey" dijo Siegerd, y con un asentimiento salió corriendo. A los pocos momentos, las flechas dejaron de llover.

La lucha no había durado mucho al parecer, ya que las fuerzas enemigas más organizadas aún estaban a medio camino de la colina. Haciendo memoria a las lecciones que había recibido de niño, reconoció algunos estandartes; el león de los Lannister era inconfundible. Además, vio un pavo real. Serrett, creía. Y una pila de oro. No, no una pila. Un colmillo. El Colmillo Dorado. Lefford.

Había otros, un segundo conjunto de hombres que acababan de dejar la zanja atrás, pero estos eran algo más numeroso que los Lannister, y llevaban estandartes de rosas.

Tyrells.

Los hombres de Occidente se concentraban en el norte, los Tyrell por el sur. El grueso del impacto, cuando llegara, lo recibirían Ygon Oldfather y Sigorn.

"Dormund" gritó, mirando por encima de su hombro al hijo de Tormund, que se acercó a él corriendo "Ve a decir a Mollen que concentre sus arqueros en los hombres más al sur" mientras él se iba, Siegerd llegaba "Awrryk" llamó a otro de los Guardias "Ve a buscar a Halleck. Sus hombres no deben disparar, ni siquiera coger los arcos. Que mantengan sus posiciones hasta que les mande a decir lo contrario" le dijo.

"Rey" dijo el primo de Ery, antes de irse.

Al mirar a cada lado, Jon notó confusión en muchos de los hombres de su columna. Con prácticamente todos los arqueros y una posición superior, Halleck podría aniquilar a las dos fuerzas que se aproximaban. O al menos, causarles bajas terribles. Que diera esa orden no tenía sentido, al menos para ellos.

"Escuchen bien" dijo, su voz clara resonando entre sus hombres "A mi orden, la columna central se dividirá en dos y atacará los flancos" señaló con la espada manchada de sangre las dos fuerzas que se aproximaban. Ya se escuchaba el tintineo de las cotas de malla "Persigan, pero no más allá de la mitad de la colina. No bajen de aquí, no importa que pase" una serie de murmullos y asentimientos le respondieron. Con eso le bastaba "¡Formen de nuevo!"

Nuevamente, la primera línea colocó una rodilla en tierra, la segunda colocó sus escudos sobre los de éstos, y las otras dos bajaron las lanzas y se prepararon para la carga.

"Siegerd" llamó, y el hijo de Styr se acercó de nuevo "Dile a Val que, cuando nosotros ataquemos, debe tomar nuestra posición en el centro y mantener la línea"

"Rey" con un golpe en el pecho con el puño cerrado, el thennita fue a hacer lo que le decía.

Con una respiración honda, miró de nuevo hacia la fuerza que se acercaba. Los Lannister ya estaban empezando a acelerar la marcha para lograr un mayor impacto; a diferencia de los hombres de la Fe, su formación se mantenía. Era obvio que serían una amenaza mucho mayor.

Colocó su escudo en posición, cerrando la única brecha en el muro de escudos. Ya se empezaban a escuchar gritos.

"¡Por Roca Casterly!"

"¡Lannister! ¡Por la Casa Lannister!"

"¡Escucha mi rugido!"

"Las garras de los gatos no me asustan" alardeó, sacando sonrisas de los suyos, y algunas carcajadas "Menos aún las espinas de una flor" más carcajadas se escucharon; casi todos tenían una sonrisa en el rostro "¡Muy bien pueblo mío! ¡Cortemos las uñas de algunos gatos sarnosos!" gritó.

"¡SIIII! ¡A LA MIERDA LOS LANNISTER!" gritaron muchos, los norteños especialmente. Alysanne Mormont y Rijeth Wull prácticamente salivaban ante la posibilidad.

"¡Y pisoteemos también algunas rosas!" añadió.

"¡VAMOS! ¡PUDRANSE LAS ROSAS!" los gritos volvieron a sonar, esta vez el Pueblo Libre alzando la voz.

Un momento después, los gritos resonaron en los oídos de todos. Un nuevo estruendo, un nuevo relámpago de fuerza estrellándose contra sus guerreros.

De inmediato, Jon empezó a ejercer presión hacia adelante. Su espada se adelantó, mordiendo un escudo con un león y partiéndolo a la mitad. Su portador se alejó a tiempo, pero casi a la vez otro hombre apareció, golpeando con fuerza el escudo de Jon. Una espada lo golpeó en la cabeza, pero el casco con un león bloqueó lo peor del golpe. Los dos hombres cargaron, y detrás varios más los siguieron.

Jon sintió su brazo temblando por la fuerza del empuje; el hombre a sus pies gruñó, luchando por no caer de donde estaba. Lanzó otro golpe, y esta vez tuvo éxito. Su espada se incrustó entre los dientes del hombre con el casco de león, la sangre brotando y los dientes cayendo al suelo un instante antes que su portador. Los primeros estaban rotos, el segundo indudablemente muerto.

Una lanza vino de un hombre tras Jon, y el impacto fue preciso; el cuello de otro atacante muerto, y la presión ejercida contra él disminuida.

Entonces una espada emergió entre su escudo y el del hombre a su lado, buscando a quien estaba a sus pies. El ataque falló, pero arañó un hombro. Jon, frustrado, golpeó la mano, haciendo un corte del que manó sangre. Un segundo golpe, esta vez al otro lado del Muro de escudos, alcanzó carne y provocó un grito, pero no estaba seguro de que hubiera matado a nadie.

"¡Resistan!" gritó, al ver que en algunos lugares el muro temblaba. Con gritos y maldiciones de por medio, su gente resistió, aun cuándo más de uno cayó muerto por las armas del enemigo.

De reojo vio un cuerpo con los colores Tyrell lograr cruzar por encima del muro de escudos, solo para caer muerto cuando dos lanzas lo atraparon en el pecho. La vista lo consoló un poco.

Redoblando esfuerzos, logró empujar a uno de los hombres que intentaban derribarlo hacia atrás. Otro lanzó un golpe; esquivó la lanza, y la partió en dos con un golpe contundente de Hermana Oscura.

La presión empezaba a disminuir, y Jon sabía que no faltaba mucho para contraatacar. Solo un poco más…

"¡Rey Jon! ¡Rey Jon!" un grito a sus espaldas lo hizo desviar la vista un instante. Afortunadamente, ese no fue el momento en que una lanza o espada asomó desde el otro lado para matarlo y hacer viudas a sus mujeres y huérfana a su hija.

Un hombre cubierto de sudor y sangre, aunque parecía ileso, estaba junto a los tres Guardias Personales que eran sus mensajeros por ahora. Su mirada era una mezcla de urgencia y temor.

"¡Ygon está en problemas! ¡Las líneas se tambalean! ¡Pide refuerzos de inmediato!"

Le tomó un instante tomar la decisión. El hombre aún estaba tomando aire cuando Jon actuó.

"¡Columna central!¡AVANCEN Y ATAQUEN LOS FLANCOS!" rugió, antes de mover su escudo, bloqueando un golpe que venía de la derecha, antes de enterrar su espada en el pecho del hombre a su izquierda.

Saliendo de la formación, lanzó un golpe alto con Hermana Oscura. Un escudo con un león lo detuvo, pero su dueño quedó ciego ante el escudo del propio Jon, que golpeó su rodilla y lo sacó de equilibrio. Un nuevo corte lo mató.

Por el rabillo del ojo, Jon percibió que sus guardias lo seguían, junto con la mitad de sus hombres. Los demás partían en la otra dirección.

"¡Pueblo Libre!"

"¡Por el Norte!"

"¡Por Invernalia! ¡Invernalia y Stark!"

"¡POR EL LOBO BLANCO!"

Los gritos los precedieron mientras se lanzaban contra los Occidentales. No negaría en ese momento que la visión de los estandartes de leones despertó su rabia.

Atrapados con la guardia baja, los hombres de Occidente no alcanzaron a reaccionar a tiempo. Jon golpeó a uno en la barbilla con el borde del escudo, antes de abrir la garganta de otro con su espada. Una patada en el pecho derribó al hombre que había golpeado, y una estocada mientras estaba tendido en el suelo lo terminó. Sintió la sangre que rociaba su ropa desde algún lugar a su derecha, pero no le prestó atención. Bloqueó dos golpes de espada con su escudo, antes de arrancar el arma de las manos de su dueño con Hermana Oscura y lanzar sendos cortes a la altura del pecho y de la cabeza. Mientras el cuerpo decapitado caía, esquivo una estocada de una lanza y se arrojó sobre el responsable, atravesando el pecho y perforando el corazón.

Liberó su arma y comprobó con satisfacción que sus hombres y su Guardia hacían un trabajo excelente. Entonces lo vio.

Un círculo suelto de enemigos, todos con cotas de malla, escudos y espadas. A diferencia de los demás, no parecían ansiosos por sumarse a la lucha. Rodeaban a un hombre que en sus manos sostenía un estandarte flácido, pero aún distinguible para Jon. Un ciervo y un león enfrentados.

"¡Un estandarte real!" pensó, sintiendo el entusiasmo crecer. Y un plan se desarrolló en ese momento.

Divisó a Ery, Alysanne Mormont, Kyura y Alyra. Las cuatro mujeres estaban espalda contra espalda, defendiéndose de media docena de atacantes. Cargó hacia donde estaban, esquivando un hacha corta, cortando la espalda de su portador, tomando el arma y luego enterrando su espada en la nuca de su anterior ocupante. Retirando a Hermana Oscura, siguió adelante, contemplando las espaldas descubiertas de dos de los atacantes. Estaban tan enfocados en Alyra y Ery que solo requirió dos golpes al unísono para que cayeran muertos a los pies de las mujeres. Ahora con dos enemigos muertos y siendo cinco con él, sus Guardias Personales no tardaron en librarse de los demás contrincantes.

"¡¿Dónde están los otros?!" gritó a las mujeres, por encima del estruendo.

"¡Alteza!" como convocados por sus pensamientos, Torreg, Rijeth Wull y Rogar Burley llegaron en ese momento, cubiertos de sangre pero ilesos. Era Wull quién había hablado, y lo hizo de nuevo "¡Están vacilando, Alteza!" proclamó, extasiado.

En ese momento, dos hombres cargaron contra ellos. Rijeth y Alysanne atacaron a uno, y Jon arrojó el hacha en su mano izquierda contra la espalda del otro cuando intentó alejarse al ver que eran demasiados, haciendo que cayera al suelo muerto. Reemplazando su arma con la lanza del otro hombre justo después de que el hacha de Wull lo abriera desde la ingle hasta el hombro, continuó hablando.

"¡Rompamos su espíritu de lucha!" exclamó, antes de señalar con su espada el estandarte que había visto antes. Las sonrisas en los rostros de sus guardias norteños le dijeron que habían entendido "¡Iremos por ese estandarte! ¡Síganme!" y con eso echo a correr, sus Guardias Personales detrás se él.

Los Lannister habían atacado a Ygon por el este. La mitad de la columna de Jon atacando por el sur había sido una desagradable sorpresa, sus hombres y su Guardia rompiendo la cohesión enemiga y haciendo que dos líneas organizadas se dividieran en cientos de peleas individuales. Jon no se detuvo en ninguna de ellas, pero en el camino hacia el estandarte acabó con tres hombres más, todos los cuáles fueron tan tontos para meterse en su camino o tuvieron la mala suerte de que Jon apareciera en los suyos.

Cuando finalmente llegó al anillo de hombres de armas que protegían el estandarte real, algunos de ellos ya habían sido involucrados en peleas con norteños o gente del Pueblo Libre. Arrojando la lanza, Jon atravesó a un occidental distraído en la pelea con alguien más. Luego, sujetando a Hermana Oscura con ambas manos, se lanzó a uno de los guardias que aún no estaba defendiéndose.

El primer corte casi atraviesa el hombro del soldado occidental; solo su escudo con un león en él lo salvó de ese destino. Jon desvió un golpe descuidado de su espada mientras a su alrededor sus Guardias se enfrentaban a sus propios oponentes, todos combatiendo para alcanzar el maldito estandarte.

Con un golpe con la empuñadura de su espada, aflojó la muñeca del hombre, haciéndolo soltar el escudo con un gruñido de dolor. Ahora espada contra espada, Jon se lanzó de nuevo al frente, igualando y rápidamente superando en velocidad a su enemigo. Un corte en la cara le hizo gritar de dolor; un segundo corte, apenas un momento después, abrió su pierna profundamente y lo hizo caer de rodillas con un aullido. El tercero, una estocada directa al corazón, lo mató al instante. Soltando su espada, Jon se lanzó contra uno de los dos hombres que en ese momento presionaban a Rijeth Wull. Lo cortó profundamente en el costado, haciéndolo caer de rodillas mientras su compañero, ahora solo contra el hacha de Wull, era derribado al suelo con un golpe del mango de esta. Mientras Jon le abría la garganta al herido, Wull acababa con el otro con un descenso brutal de su hacha, que abrió el pecho e hizo que un rocío de sangre cayera sobre él.

"¡Es nuestro! ¡El estandarte es nuestro!" gritó la voz de Alyra, y efectivamente, Jon notó que el portaestandarte estaba muerto a los pies de la hija de Morna, quien sostenía el emblema real en una mano y una espada ensangrentada en la otra. A su alrededor Torreg, Alysanne Mormont y Rogar Burley formaban un triángulo, los escudos alzados y las armas listas para defender a su compañera y la nueva captura de ésta.

Un hombre con los colores de Lefford corrió hacia Alyra, pero Jon lo interceptó, desviando el golpe de su espada y lanzando uno propio que le cortó la pierna y lo mandó de bruces al suelo. Una estocada certera en la nuca acabó con esa amenaza. Jon sacó la espada y se preparó para enfrentar a otro oponente.

Pero no sucedió. A los pocos momentos, una batalla que ya estaban ganando se convirtió en una victoria definitiva. Viendo el estandarte de su Rey en manos del enemigo, muchos occidentales empezaron a retirarse colina abajo en completo desorden. Los pocos que se mantuvieron peleando no tardaron en verse reducidos y muertos por su gente.

En cuanto vio que la voluntad de pelea de los Occidentales se había desvanecido, Jon miró hacia el sur, listo para ordenar una carga contra el flanco de las fuerzas Tyrell que atacaban a Sigorn. Pero no era necesario. Como sus contrapartes occidentales, los hombres que luchaban bajo el estandarte del Dominio se retiraban colina abajo completamente derrotados.

Jon miró hacia la cima de la colina. El alivio lo inundó al ver que tanto las fuerzas de Ygon como las de Sigorn seguían formadas; sus líneas no habían sido rotas por el ataque. Casi sonrió al ver que, fiel a sus palabras, la columna de Val había ocupado el lugar de la suya, cerrando la primera línea.

Pero su sonrisa desapareció cuando vio que, a pesar de sus órdenes, algunos de los suyos empezaban a perseguir al enemigo en retirada.

"¡Alto! ¡No los persigan!" se sorprendió de que su voz, a pesar de salir ronca por todo el esfuerzo de la lucha, lograra ser tan alta. Muchos se detuvieron al oírlo, y los demás lo hicieron cuando sus palabras fueron repetidas por otros "Alyra, no sueltes esa cosa" le ordenó a la hija de Morna, al tiempo que hacía un gesto hacia el estandarte "¡Primera columna, reagrúpense! ¡Ahora!"

Los hombres y mujeres empezaron a acercarse, unos desde el sur, otros desde el norte. Muchos llevaban sangre en sus ropas o armas, pero para alivio de Jon, no parecía haber perdido a demasiados de ellos. Aun así, varios se acercaron con ayuda de sus compañeros.

Una vez que la gran mayoría se congregaron en torno a Jon y al estandarte capturado, volvió a dar órdenes. En el campo más allá de la colina, el ejército de los Tyrell y los Lannister cambiaba su despliegue mientras que los sobrevivientes del ataque fallido iban directo hacia ellos. Al poco tiempo, empezaron a retirarse más hacia el este, hacia su campamento.

"Todos tras la primera línea" con sus fuerzas agotadas no tenía sentido, al menos por ahora, intentar usarlas. Sus fuerzas empezaron la marcha hacia la cima de la colina, jubilosos por la victoria pero también agotados.

Al acercarse, los hombres de Val golpearon las astas de las lanzas contra el piso seis veces en señal de bienvenida. Algunos gritaron de júbilo, pero la mayoría se conformaron con asentimientos y sonrisas alentadoras. Jon cruzó entre ellos, recibiendo más de una palmada en la espalda, seguido de su Guardia Personal y los guerreros de su propia columna.

Más allá de la primera línea, los hombres de Kelgryn se hicieron cargo de sus heridos, llevándolos de vuelta al campamento, mientras que los de Donnor Crey repartían pellejos y baldes con agua fresca. El propio señor, pese a ser veinte años mayor que Jon, le entregó un pellejo lleno de agua con un respeto que rayaba en la reverencia. Jon le agradeció con un gesto de la cabeza antes de tomarlo.

Clavó a Hermana Oscura en el suelo, y se giró hacia Alyra, que no se había alejado más de dos pasos de él "Toma" dijo, extendiendo el pellejo hacia ella. Al verla dudar, rodó los ojos "Vamos; lo necesitas"

Con gesto afectado, Alyra clavó su propia espada en el suelo antes de acercarse. Descansando el asta del estandarte contra su hombro, tomó el pellejo con ambas manos y lo alzó.

"A tu salud, Rey" le dijo; Jon solo asintió en respuesta y la mujer dio un largo trago.

Al terminar, le pasó el pellejo y Jon también bebió; la sensación del agua fresca contra su garganta seca fue maravillosa. Al saciarse, arrojó el pellejo a otro hombre que miraba el mismo con ansias. Ignorando las palabras de agradecimiento, Jon buscó a su alrededor. Awrryk, Dormund y Siegerd estaban allí, los dos primeros con sangre en sus espadas. Decidiendo que no valía la pena preguntarles si se habían involucrado en la lucha contra sus órdenes, prefirió aprovechar que parecían más descansados que la mayoría.

"Siegerd, ve a decir a tu hermano que él y sus hombres pueden ir al campamento, a descansar y comer. Awrryk, dile lo mismo a tu abuelo" ambos hombres asintieron antes de alejarse "Dormund, ve a buscar a Lorf. Que traiga a sus hombres aquí; veinte para montar guardia y avisarnos si el enemigo vuelve a marchar contra nosotros. El resto que recoja todas las armas y se encargue de los muertos. Los nuestros a las afueras del campamento; los del enemigo por la ladera de la colina" con suerte, la ladera sería lo bastante empinada para poder hacerlos rodar.

Dormund asintió antes de irse en silencio.

Llevaba despierto la mayor parte de la noche, y el sol se acercaba a su punto más alto en el cielo. Unas horas de sueño serían algo maravilloso, pero dudaba que tuviera ese placer. Así que se conformó con lo más parecido que tenía: se sentó en el suelo, sus piernas dobladas ante él, sus brazos apoyados en sus rodillas y sus manos juntas.

"Alyra, dame esa cosa" pidió, extendiendo la mano. La hija de Morna se acercó y depositó en sus manos el estandarte real del Niño Rey, Tommen Baratheon "Vayan al campamento. Lávense, coman, descansen o duerman, lo que necesiten" dijo, al tiempo que les hacía un gesto con la mano libre.

Ninguno de los trece hombres y mujeres se movieron, sus rostros llenos de terquedad.

Fue Ulre el que habló "Pero Rey…" empezó, pero Jon estaba demasiado agotado para escuchar una discusión.

"Estoy en un lugar dónde no hay escondite" cortó de inmediato, hablando tanto para Ulre como para los demás "Hay un ejército de diez mil hombres cerca, y el enemigo más cercano está al menos a media milla de distancia. La única forma en que me pase algo es si soy tan idiota de sentarme en una espada desnuda" ante la imagen, los hijos de Tormund ocultaron una sonrisa débil, pero nadie habló "Vayan. Es una orden" imperó, y uno por uno se fueron alejando, no sin antes mirarlo y golpearse el pecho en señal de respeto.

La última en irse fue Alysanne Mormont, y lo miró largamente con una expresión en blanco antes de saludar e irse, siguiendo a los demás hacia el campamento.

Una vez solo, Jon examinó con más cuidado el estandarte. Sus dedos manchados con tierra y sangre recorrieron la tela, notando apenas las costuras dónde se unían los dos patrones diferentes, el oro y el carmesí. Miró el león y el ciervo enfrentados, uno dorado y el otro negro, dos bestias poderosas por derecho propio, aunque nunca había visto el primero en persona. Mirando el estandarte, sintió la molestia invadiendo sus entrañas. Lo dejó a sus pies, preguntándose cómo podría darle utilidad al mismo. Y se enfrasco tanto en ello, que no notó que sus ojos se cerraban de cansancio.

Todo se volvió oscuro, antes de que la oscuridad acabara de manera abrupta cuando algo lo sacudió por el hombro.

Val estaba de cuclillas a su lado, con un tazón y una hogaza de pan "Te dormiste" le informó.

Jon asintió, antes de aceptar la comida "Gracias" murmuró, antes de arrancar un gran bocado de pan de un mordisco.

Val se sentó a su lado mientras comía. El pan no estaba demasiado duro, y el tazón contenía champiñones, trozos de carne de conejo, cebollas, zanahorias y puerros. Para Jon, era mejor que cualquier manjar. Estuvo a punto de ahogarse; estaba famélico.

"¿Cuándo crees que volverán?" preguntó en ese entonces Val. Jon la miró de reojo, aun masticando, y vio su mirada fija en la lejanía, en el ejército en la distancia, más allá de la colina y la zanja. Desde dónde estaban, tenían el tamaño de hormigas.

"No por unos momentos" era por eso que había permitido que casi todo el ejército volviera al campamento para descansar "Su primer ataque salió mal. Estarán cuestionando sus estrategias y pensando cómo lograr que el siguiente ataque sea más exitoso"

"Los nuestros lo hicieron mejor de lo que esperaba" dijo Val, y Jon notó una nota de orgullo en su voz "Bueno, no todos" añadió un momento después.

Los hombres de Lorf pululaban por la parte superior de la colina, y muchos pasaron cerca de ellos, cargando de a dos los cuerpos de sus muertos. Jon sintió una punzada al reconocer al hombre que había estado delante de él en el muro de escudos. Muerto parecía diminuto.

Suspiró derrotado "No, no todos" reconoció, antes de guardar silencio, contemplando como varios hombres más iban hacia el campamento, estos portando las armas dejadas atrás por los muertos de uno y otro bando. Eran una buena cantidad, y Jon sintió que podría encontrarles un propósito.

Mirando hacia el campo que se extendía al oriente, notó que el enemigo también se había reducido en gran medida, y que los hombres estaban desorganizados mientras iban y venían del campamento. Al igual que su propia gente, lo más probable era que estuvieran comiendo y descansando.

Estaba a punto de levantarse y volver al campamento cuando escuchó los gritos. Venían de una multitud que estaba en el campo, cerca de las tropas que todavía estaban formadas. A una distancia tan grande, Jon no tenía certeza de si esas tropas tomaban parte en los gritos o no, pero lo dudaba. Eran…inconexos, una especie de cacofonía como la de una taberna, algo que no se hacía al unísono. No era algo propio de hombres disciplinados.

Los gritos continuaron, y aunque más fuertes que antes, no eran distinguibles aún. Jon se preguntó quiénes los hacían, que comunicaban, y lo más importante de todo, si eran el preludio de un nuevo ataque.

Garlan

Casi no podía creerlo mientras lo veía. Las huestes de la Casa Tyrell huyendo del enemigo ya era de por sí una visión terrible, pero que ese enemigo fueran salvajes de más allá del Muro y norteños…por los dioses, ni en sus sueños más espantosos lo hubiera podido concebir.

A su lado, sus primos, sus caballeros, y prácticamente todos los nobles del ejército veían con igual incredulidad lo que pasaba. Algunos incluso tenían la boca abierta de la manera más indigna. Ninguno de ellos apartaba sus ojos de la escena que se desarrollaba en la ladera de la colina.

Pero al fin Garlan salió de su estupor, a tiempo de contemplar cómo los primeros hombres de Lannister volvían a cruzar la zanja que estaba al pie de la colina, derrotados. Apretando los dientes, estaba a punto de ordenar que otro ataque se lanzara.

¡Ningún maldito salvaje derrotaba a los hombres de armas Tyrell! ¡Y que lo despojaran de su título si consentía que un bastardo le infligiera una derrota!

Giró la cabeza para mirar a los otros nobles…y una mirada se encontró con la suya en ese momento. Los ojos de Garibald Shermer lo perforaron como una espada, y Garlan supo en ese momento que si ordenaba otro ataque el señor se opondría abiertamente a él.

Ese conocimiento le bastó para morderse la lengua, y reflexionó por un momento si valía la pena atacar aún. Pero Shermer era muy respetado entre el ejército, y una pelea con él no sería de ayuda para Garlan.

"Ser Daven, reformad a los occidentales. Ser Raymund, haced lo mismo con los hombres del Dominio" ordenó en cambio, mirando primero al hombre con apariencia de león y luego a su primo.

Ser Daven lo miró con furia, pero al final se alejó para cumplir su orden. Raymund fue mucho más dócil, cosa que Garlan agradeció.

"Ser Ecbert, vos y vuestros hermanos formad una guardia para mantener vigilados a los enemigos del Rey" dijo, mirando al mayor de los tres hermanos, quien se apresuró a hacer lo que le decían "Los hombres pueden descansar por el momento" dijo, ahora dirigiéndose a todos los nobles y caballeros cerca. Muchos lo miraron con suspicacia, sin duda pensando lo mismo que Garlan; apenas una fracción del ejército había peleado. Los demás estaban descansados, incluida toda su caballería "Celebraremos un consejo de guerra en el campamento. Lord Shermer, os encargo que llevéis a Ser Leton, Ser Alex y Ser Lyonel ante nosotros. Hemos de escuchar sus explicaciones"

Se permitió saborear la amargura de la expresión de Lord Shermer ante la tarea que le había encomendado, cuando un escudero o un soldado común habrían sido igual de bueno para ella, antes de subir a su caballo y retornar al campamento, seguido por sus guardias. Intentó aparentar calma y tranquilidad, mientras luchaba por no enrojecer ante la visión de los hombres que aún huían de la posición de los salvajes.

Tiempo después, tras comer y haberse negado la indulgencia del vino, se encontró en el Consejo de Guerra, al igual que los señores y la mayoría de los caballeros importantes. Lord Garibald entró en la tienda, seguido por los tres hombres que habían liderado el fracasado ataque.

Los caballeros occidentales, Ser Alex Serrett y Ser Leton Lefford, entraron a la tienda con las cabezas en alto, pero sus ojos se negaron a encontrarse con los otros. Ambos estaban sucios. Parecían avergonzados, cosa que era esperado dado su fracaso. Lefford además lucía un gran hematoma encima de su ceja derecha.

El primo de Garlan, Lyonel, por su parte, rebosaba desafío. Sus ojos parecían lanzar llamas a cualquiera que lo mirara. Parecía ileso, pero Garlan sabía que, como él mismo, lo único dañado en su pariente era el orgullo.

"Explicaos, Sers" declaró una vez que los tres hombres se pararon en el centro de la tienda, Lyonel a la izquierda, Lefford en la derecha y Serrett entre ambos.

Un silencio se extendió en la tienda, todos los ojos mirando a los tres hombres que habían combatido recientemente. Al final, fue Lefford quién lo rompió.

"Los salvajes nos tendieron una trampa" ignorando las miradas de incredulidad y algunos resoplidos de burla, siguió adelante "No se retiraron, sino que se defendieron. Nos permitieron atacar con todas nuestras fuerzas, y cuando nos hubiéramos agotado, nos atacaron por los flancos" relató. Sus dientes se apretaron ligeramente en un par de ocasiones, haciendo que las palabras fueran difíciles de entender.

"Ser Leton dice la verdad y es preciso en ello" corroboró en ese momento Ser Alex "Habíamos concentrado nuestras fuerzas en el norte, mientras manteníamos a los demás en el centro para contener al enemigo. Ser Lyonel hizo lo mismo en el sur. Todo parecía ir de acuerdo a lo que dispusimos, pero los salvajes en el centro cargaron contra nuestros flancos, rompiendo el orden y sembrando pánico entre los hombres"

"Si los hombres pierden disciplina en el medio de la batalla, los responsables son sus dirigentes" atacó en ese momento Ser Forley Prester. Que dos de esos dirigentes fueran occidentales, igual que él, no pareció importarle, mientras daba al trío una mirada con ojos helados.

"Habría hecho falta que Aegon el Conquistador estuviera allí para mantener el orden en tal situación" protestó Leton Lefford, con el rostro enrojecido, y no solo por el hematoma.

"¿Qué decís vos, Ser Lyonel?" intervino en ese momento Lord Garibald, cortando lo que podría haber sido una pelea entre los dos hombres que juraban lealtad a Casterly Rock.

El primo de Garlan aún tenía fuego en los ojos; su rostro estaba apretado con obstinación. Sus palabras resonaron en la tienda, su voz alzada para llegar a todos sus ocupantes.

"Pido permiso para ir en vanguardia en el siguiente ataque. Los salvajes pusieron a mi gente en fuga una vez; no lo harán dos" declaró.

Las miradas de los presentes fluctuaron desde respeto y admiración hasta desprecio, aburrimiento y molestia.

Jon

Su consejo era pequeño, pero Jon lo prefería así. Con un ejército del tamaño que tenía, demasiados a cargo serían un incordio y podrían generar confusión y órdenes contradictorias. Los hombres necesitaban claridad y un liderazgo competente en la batalla. Por eso, Jon se había limitado a trece miembros a cargo de las diversas partes del ejército.

Val, Sigorn, Ygon y Halleck controlaban los conjuntos de hombres mas grandes, mientras Kelgryn, Eldric Ragrynst, Donnor Crey, Yaffa, Finnat Fisher, Dryg, Lorf, Serea y Martos Mollen mandaban grupos mas pequeños.

"¿Todos comieron?" preguntó Jon, esperando a que todos lo confirmaron antes de seguir "El enemigo ya ha probado de lo que somos capaces. No parecieron muy satisfechos" algunos sonrieron ante eso "Pero volverán. Aún queda suficiente del día para que nos ataquen al menos una vez más. Asumiendo que lo harán, seamos rápidos, para volver con nuestra gente y mantenerlos preparados"

"Primero lo primero. Nuestras pérdidas" continuó, antes de respirar hondo "He sufrido 30 muertos, y tengo 45 hombres heridos" informó, antes de mirar a Ygon y Sigorn.

"37 muertos, y 64 heridos" dijo Ygon.

Sigorn se tomó un momento, antes de responder "70 muertos, y casi 160 heridos" su voz era firme, pero Jon detectó el peso de sus palabras, la insatisfacción ante esa realidad.

"Los Tyrell son más letales de lo que temía" pensó Jon, antes de cruzar los brazos frente al pecho.

"Bien" murmuró, antes de empezar "Dryg" los ojos de todos los presentes fueron puestos sobre el hombre y los del hombre fueron puestos ahora sobre Jon "Envía 20 de tus hombres con Ygon y 20 conmigo, para reforzar nuestras columnas. Tú mismo y el resto se unirán a Sigorn y a su columna a partir de este momento para defender el sur"

El rostro cubierto de tatuajes de Dryg asintió una sola vez. No pronunció palabras. Sigorn también le hizo un gesto de agradecimiento a Jon por los hombres que sin duda necesitaría.

"Kelgryn" llamó entonces, y el hijo del fallecido Kyleg de la Oreja de Madera lo miró con atención "Tú y tu grupo seguirán ocupándose de los heridos. A medida que vuelvan a estar en condiciones de combatir, envíalos de vuelta a las columnas" el joven, no mucho mayor que el propio Jon, asintió en comprensión "Deja a los heridos sus armas. Las de los caídos entrégaselas a los arqueros de Halleck" instruyó luego.

"Como digas, Rey" dijo el muchacho.

"¿Los arqueros combatirán cuerpo a cuerpo, Rey?" preguntó entonces Yaffa. No muy lejos, Halleck, Eldric Ragrynst y Serea observaron, claramente con esa misma pregunta en sus pensamientos.

" Podrían tener que combatir" le respondió Jon a la hija de Ygon. En verdad, preferiría que los arqueros no combatieran, pero si sucedía lo peor y el enemigo se abría paso a través de su infantería, necesitaría que todos pelearan "Si eso pasa, mejor que tengan acero en vez de lanzas de madera en la mano" esa era una declaración que nadie podría debatir.

"No entiendo algo" dijo entonces Halleck, adelantándose "¿Por qué no usamos a los arqueros? Tenemos miles de ellos, y solo los de él pueden disparar" dijo, haciendo un gesto a Lord Mollen "¿Qué esperas para usarlos, Rey?" teniendo en cuenta que Jon le había dado el mando de esas fuerzas, la pregunta era comprensible.

"Lo que espero, Halleck, es que el enemigo nos presente un blanco digno" respondió Jon, sin faltar a la verdad "Uno que justifique un ataque total de todos nuestros arqueros"

Jon no ordenaría disparar 5.000 flechas solo para matar a unos pocos cientos de Lannister o Tyrell.

"En otros asuntos. Mi señor de Fisher" llamó.

Finnat Fisher era un norteño, perteneciente a una casa menor ubicada junto a un lago lleno de peces; de ahí que el símbolo de su familia fueran 8 anzuelos de bronce sobre un campo azul. Su hermano mayor había marchado junto a Robb y muerto en las Tierras de los Ríos. Con su sobrino y sobrina siendo niños aún, Finnat había debido asumir el mando de los hombres de su casa, la que había dejado junto con sus sobrinos al cuidado de su anciana tía cuando marchó para jurar lealtad a Jon como nuevo Rey en el Norte.

"¿Cómo va la tarea que os encomendé?" preguntó, su mirada fija en el hombre.

"Avanzamos bien, Su Alteza, pero…"

"Todo lo que un hombre dice antes de la palabra pero es mierda" Jon casi podía escuchar la voz de su padre.

"…no estarán listos en el tiempo que pedisteis" terminó el hombre, bajando la mirada.

"¿Para cuándo?" la voz de Jon restalló como un látigo. Cuando Fisher se frotó las manos entre sí, se impacientó "¡Dadme una respuesta, mi señor de Fisher! ¿Para cuándo?" repitió.

"Mañana. En algún momento de la mañana" dijo el hombre.

Jon sacudió la cabeza "Deben estar antes. Apresurad a los hombres. Si deben trabajar toda la noche, que así sea. Mañana al amanecer formaremos de nuevo y esos preparativos deben estar listos" la voz de Jon tenía un tono que no admitía discusión, y Finnat Fisher lo escuchó sin problemas.

"Lo estarán, Su Alteza. Os doy mi palabra" aseguró el hombre, y tras mirarlo un momento y ver veracidad en sus rasgos, Jon asintió y no presionó más el asunto.

"Si el enemigo vuelve en este día" continuó Jon, mirando a todos y creyendo que ese Si era más bien un cuando "reformaremos el muro de escudos. Val, vuelve a la segunda línea. Mis hombres y yo tomaremos el centro una vez más. Mollen, que tus arqueros sigan disparando como hasta ahora, pero esta vez que no se molesten con los hombres de la Fe cuando carguen; solo al retirarse. Prefiero que se centren en los Lannister y los Tyrell. Halleck, mantén a tus arqueros atentos pero sin disparar una flecha sin mi orden" fue ordenando Jon, mirando a los que nombraba y no continuando hasta que todos reconocían y aceptaban sus palabras.

"Bien, eso será todo por ahora. Será mejor que volvamos con el resto del ejército" y con esas palabras finales, el Consejo de Guerra acabó.

Val

El ejército estaba nuevamente formado, cerca de tres mil hombres en la primera línea y unos dos mil en la segunda. Mil de estos últimos estaban bajo su comando, y a diferencia de los que estaban al frente, aún no habían derramado sangre.

Desde su lugar, podía ver que los sureños se habían vuelto a formar. No negaría que era una vista impresionante; un ejército con el que no habría sido capaz de soñar unos pocos años antes. Pero más impresionante era saber que le hacían frente y, hasta el momento, resistían.

El sol estaba a sus espaldas en su camino al oeste, y ofrecía un calor que tal vez los arrodillados podrían agradecer, pero para Val, que había crecido en un clima muy diferente y que además llevaba una capa encima de la ropa, era algo sofocante. Por fortuna, una brisa que había empezado poco después del fin del Consejo de Guerra venía también desde el oeste, refrescándolos.

En la lejanía, Val vio que el ejército arrodillado volvía a salir a la llanura ante ellos, desplegándose una vez más. Se sintió tensarse ante la idea de que lanzaran un ataque masivo, pero al parecer no tenían tal intención. Al poco tiempo de que lo hicieran, un cuadrado de ellos se adelantó, avanzando a paso tranquilo. No estaban a medio camino de la zanja cuando nuevamente se escuchó un chasquido lejano, algo que quizás fueran gritos y, como antes, algunas figuras salieron corriendo entre gritos del ejército, directos hacia ellos.

Val había preguntado un poco acerca de esos idiotas. Le habían dicho que los sureños tenían una especie de guerreros que servían a los dioses, o algo así había entendido. Se había confundido sin remedio al llegar a un sujeto llamado Septon Supremo que aparentemente mandaba a esta gente.

"Si ese tal septon o como se llame es quien los manda, es un líder de mierda" pensó, viendo a esos hombres desorganizados corriendo a través del campo, sus gritos demasiado lejanos para que intentara descifrarlos.

Entonces, algo más cercano llamó su atención. Siegerd se alejaba corriendo de la línea del frente. Ya lo había hecho varias veces hoy, una de ellas para decirle que avanzara con su gente para ocupar el lugar de Jon en el centro de la línea. Esta vez no venía hacia ella.

Directamente frente a ella y sus hombres, los arqueros de vanguardia, encabezados por el que se llamaba Mollen, estaban formados en dos líneas irregulares, por orden expresa de Jon. Al frente de los arqueros estaba Mollen, y Val vio que Siegerd se dirigía a él. Le dijo algo, y Mollen sacudió la cabeza y debió decir algo a su vez. No debió ser bueno, porque Siegerd insistió.

Curiosa, hizo un gesto a sus hombres para que se quedaran dónde estaban antes de adelantarse. Se abrió paso entre los arqueros, varios de los cuáles la miraron con extrañeza, y llegó a los dos hombres, que detuvieron su pleito para mirarla.

"¿Qué sucede aquí?" preguntó.

Mollen abrió la boca, pero Siegerd fue más rápido.

"¡El Rey ordena que empiecen a disparar y este sujeto se niega!"

"Cuida como me hablas" le advirtió Mollen, fulminando al thennita con la mirada, ajeno al ceño fruncido de Val "Dispararé, pero solo cuando estén al alcance. Están demasiado lejos" replicó.

"El Rey dijo que dispares ahora" contradijo Siegerd.

Val ignoró la discusión que se reiniciaba, optando en cambio por mirar al campo. Vio que, tal como decía Mollen, aún estaban lejos. Los hombres del septón o como rayos se llamaran apenas estaban alcanzando la zanja, y los demás estaban más lejos todavía. No creía que pudieran alcanzarlos. Pero Jon ordenaba que dispararan. Y si él lo decía…

"Basta" cortó la discusión entre los dos hombres "Disparen" ordenó, mirando ahora a Mollen.

Mollen la miró a ella con el ceño fruncido, y por un momento pareció dispuesto a discutir con ella también, pero debió ver que Val no era Siegerd. Si no obedecía, Val estaba lista para derribarlo al suelo y llevarlo a rastras ante Jon si hiciera falta.

"Que maldito desperdicio de flechas" murmuró "¡Arqueros! Disparen a voluntad" exclamó, alzando la voz.

La mayoría de los arqueros tenían miradas escépticas, sin duda pensando que el enemigo estaba lejos todavía. Pero hubo uno pocos que obedecieron la orden. Val los observó sacar una flecha del carcaj, tensar, alzar el arco y soltar.

Las flechas volaron por el aire, recorriendo la primera fila, la ladera de la colina…y cayendo sobre los hombres desorganizados, que aún estaban empantanados en la tierra suelta de la zanja.

La respiración de Val se cortó, y muchos arqueros jadearon. Siegerd tenía una sonrisa en que mezclaba incredulidad y alegría, y los ojos de Mollen parecían listos para salirse de sus cuencas.

Entonces una ráfaga de viento golpeó su cabello, y un mechón suelto acarició su hombro. Y entonces, Val entendió.

"El viento…" Jon, maldito bastardo ingenioso "¡El viento está de nuestro lado!" proclamó, la sonrisa extendiéndose en su rostro.

"¡Arqueros! ¡Disparen!" grito Mollen, que parecía haber recobrado los sentidos.

Envalentonados, los arqueros dispararon sin demora. Las flechas cayeron en la zanja y alrededor de ésta, y los gritos y aullidos de dolor del enemigo acribillado eran una melodía dulce para todos los que estaban en la cima de la colina.

Algunos de los suyos incluso gritaban en ánimo mientras los arqueros seguían disparando sin pausa, haciendo llover muerte sobre el enemigo.

Y durante todo eso, Val disfrutó de la brisa y de sus efectos.

Ser Ecbert Meadows

Los Clérigos Humildes no eran tontos, porque había acciones que eran tan absurdas que no podrían calificar como idiotez. No eran indisciplinados, porque hasta la indisciplina respeta algo, un cierto instinto de auto preservación, si nada más. Ni siquiera los llamaría bastardos, porque incluso los bastardos eran mejores que eso; Garreth Flores era la prueba.

No.

Los Clérigos Humildes eran escoria. Simple, sencillamente, escoria.

"¡Muerte a los paganos!"

"¡Por los Siete que son Uno!"

"¡La voluntad de los dioses!"

"¡Castigo para los herejes!"

Y lo volvió pensar mientras esas frases resonaban en el aire, seguidas unos momentos después por las formas de la escoria cargando a toda velocidad a la cima de la colina, sin escuchar ninguna orden, sin obedecer ninguna disciplina. No mejores que un grupo de sabuesos hambrientos que eran llamados a comer.

"Hasta los salvajes son mejores que eso" reconoció, viendo sus formas que no se apartaban de la cima de esa colina. Al menos, sabían reconocer la importancia de su posición.

Mientras los Clérigos Humildes seguían en su loca carrera, el mantuvo el paso, teniendo cuidado de no salir de la formación. Era uno de los 2.500 hombres que en esos momentos marchaban agrupados, su formación suelta pero aún capaz de resistir una carga…o hacerla. Había varios cientos de caballeros entre ellos, como el mismo, pero la mayoría eran hombres de armas. De ellos, un centenar iban a caballo, aunque Ecbert mismo había preferido combatir a pie.

Para cuando llegaron a la zanja que los salvajes habían cavado, la escoria de la Fe ya estaba a medio camino de la cima de la colina; incluso desde la distancia, Ecbert notó que iban más lentos de lo usual, sin duda cansados por su estúpida carga precipitada.

Al ver los primeros cuerpos tirados en la zanja, se sorprendió de ver que habían muerto por flechas. Casi al mismo tiempo, las voces gritaron la llegada de más proyectiles. Alzó el escudo con rapidez, y casi al mismo tiempo escuchó el sonido distintivo de algo impactando del otro lado. Se encogió un poco más, al igual que los otros, especialmente después de que los gritos de hombres siendo alcanzados por las flechas resonaran a su alrededor.

"¡Vamos! ¡No se detengan! ¡Avancen!" las voces de los Tyrell, Lyonel y Rickard, cruzaron el aire, y Ecbert, apretando los dientes, saltó al interior de la zanja.

Casi perdió el equilibrio. El suelo estaba suelto, la tierra removida hace poco tiempo cedía bajo sus pies. Intentó afirmarse más con una zancada, solo para encontrar un lodo espeso que aprisiono su pie derecho. Más flechas llegaron en ese momento, y otra golpeó su escudo, justo antes de que lo devolviera a su posición.

"Un momento más tarde, y me habría alcanzado" pensó, intentando calmar los latidos de su corazón. Un cuerpo se desplomó a su lado, un hombre con un jubón de la rosa Tyrell cayendo con una flecha en el ojo "Salvajes cobardes. Las flechas no son el camino de los hombres" pensó, luchando por avanzar.

La zanja tenía unos veinte pasos de largo. Parecieron una milla completa; al suelo extremadamente inestable junto con las flechas que caían debía sumarse los muchos cuerpos apretados entre sí, miles de hombres junto con algunos caballos intentando abrirse paso, a menudo tropezando o haciendo tropezar a los que estaban cerca. Por fortuna se libró de esto último, pero estuvo a punto de caer en más de una ocasión.

De más estaba mencionar los cuerpos de los muertos que obstaculizaban el avance todavía más.

Por fin, con un gruñido de esfuerzo, logró salir de la zanja, aferrando sus armas con fuerza mientras el sudor corría por su rostro y por su cuerpo debajo de su ropa y armadura. Justo entonces una flecha cruzó tan cerca de su rostro que podría jurar que la sintió acariciar su mejilla. El hombre tras él no tuvo tanta suerte, cayendo en la zanja con un aullido, las plumas de la flecha sobresaliendo de su hombro.

"Formen" dijo entre jadeos, antes de agacharse tras su escudo cuando más flechas llegaron. Por fortuna, aún no lo tocaba ninguna "¡Formen!" exclamó con más fuerzas.

No tenía el mando de estos hombres, pero sabían que era un noble y un caballero. Los más cercanos a él formaron otra vez, y a medida que más salían de la zanja se les unían, retomando la apariencia del orden, aún si sus rostros estaban sudorosos y sus cuerpos cansados.

Vio de reojo a los Tyrell ponerse al frente de las tropas; sus armaduras completas impedían que pudiera ver sus caras, pero las rosas en sus escudos de cometa hacían imposible equivocarse. Por fin, cuando casi todos ya habían salido de las zanjas, dieron la orden de avanzar.

Estando en primera fila, Ecbert podía ver sin problemas. O lo haría, si no fuera porque el sol lo cegaba. La brillante esfera estaba de frente a todos ellos, complicando su visión. Tampoco ayudaba que las flechas siguieran lloviendo.

Aun así avanzaron, manteniendo los escudos en alto mientras usaban sus números para extenderse de norte a sur, de un bosquecillo al otro.

No distinguía bien lo que pasaba en la cima de la colina, pero los gritos de lucha eran inconfundibles. Las armas chocando unas con otras. La furia y el éxtasis de los que mataban se mezclaban con los gemidos y aullidos de los que morían. Era un sonido que trepaba por su espalda con dedos helados, dándole escalofríos.

Había aprovechado la pequeña espera mientras se reformaban a este lado de la zanja para recuperar el aliento. Sin embargo, su respiración era más rápida luego de dar los primeros 50 pasos. Para cuando hizo 100, ya estaba jadeando ligeramente. A su alrededor, otros compartían su estado. La maldita pendiente era empinada, empujándolos hacia atrás. Y las flechas seguían lloviendo sobre ellos; la subida acompañada por gritos ocasionales era un infierno en sí mismo.

Entonces los sonidos de las armas se fueron deteniendo, y los de los pies en una carrera rápida los reemplazaron. Alzando la vista, Ecbert vio como muchas figuras bajaban corriendo por la colina. Por un momento fugaz imaginó que eran los salvajes, persiguiendo a los Clérigos Humildes en retirada, pero solo eran estos últimos, huyendo entre gritos aterrados del enemigo.

Era la segunda vez que veía esto en un solo día, y lo enojó tanto como la última.

"¡Fórmense! ¡Formen, cobardes! ¡No huyan!" uno de los Tyrell, Lyonel, se había alzado la visera del casco y gritaba sin aliento. Ecbert podía sentir su disgusto, y lo compartía completamente "¡Únanse al ataque! ¡No se retiren!"

Los Clérigos Humildes no hicieron ningún caso, corriendo, empujando a los que estaban en su camino mientras se abrían paso entre sus filas. Algunos lo rozaron mientras corrían colina abajo.

Ecbert hubiera hecho algo, pero estaba demasiado cansado por la difícil subida de la colina. Se limitó a indignarse en silencio mientras estos seres que supuestamente estaban al servicio de los dioses huían como completos cobardes.

"El Guerrero no favorece a los que huyen de la batalla" pensó, rememorando a su madre leyendo esas mismas palabras de La Estrella de Siete Puntas cuando él era solo un niño "Y vaya que es cierto" reconoció un momento después, cuando uno de los últimos Clérigos Humildes cayó muerto al suelo a pocos pasos de él, una flecha de los salvajes enterrada en su espalda.

El camino ahora estaba despejado, pero los salvajes no se movían. No les iban a dar el gusto de cargar para encontrarlos; iban a esperar por ellos. Una parte de Ecbert los llamaba cobardes; otras los llamaba astutos. No estaba seguro de cuál de ambas eran.

Estaban cada vez más cerca. En cualquier momento cargarían. Ya veían los escudos del enemigo, formados en un muro que los ocultaba de ellos. Solo unos pasos más y…

"¡Ataquen!" gritó uno de los Tyrell.

"¡Carguen!" gritó el otro.

Lanzando un grito bastante lastimoso debido a su cansancio, Ecbert se lanzó a una carrera que casi acabo con las fuerzas que le quedaban. Casi. Aún logró poner un impulso considerable en los últimos momentos.

Sigorn de Thenn

"¡¿Alguien tiene miedo a las rosas!?" gritó desde su lugar en el muro de escudos, escuchando al enemigo gritar mientras corría a su encuentro.

"¡NO!" respondieron los que lo rodeaban, su valor intacto.

Era exactamente lo que Sigorn quería oír. Y justo a tiempo.

Se sintió retroceder un paso cuando la masa de cuerpos chocó contra su escudo desde otro lado. Por fortuna, los hombres tras él ejercían la presión necesaria para que, junto con su propia fuerza, pudiera resistir de pie el embate.

Una espada asomó entre su escudo y el del hombre a su lado. Adelantando el escudo un instante, la atrapó entre ambos y descargó un golpe con la espada que hizo que la espada, y la mano que la sostenía, cayeran al suelo.

Otra arma golpeó un momento después; un hacha. Golpeó una, dos veces. Antes del tercer golpe, Sigorn movió su escudo de nuevo, deteniendo el hacha a medio descenso. Vio el pecho del hombre descubierto, y hundió su espada con fuerza en él. Cayó al suelo en un montón, y Sigorn devolvió el escudo a su lugar en el muro.

A su alrededor, las maldiciones y los gritos se escuchaban mientras su gente se defendía con todas sus fuerzas. Las armas cruzaban de un lado a otro, mordiendo la carne, arrancando gritos.

Dos lugares a la derecha, una mujer de las lanzas cayó herida con un grito, solo para que el hombre que estaba detrás de ella matara al atacante con un golpe de lanza que lo alcanzó en la unión del hombro y el cuello. Mientras la mujer se arrastraba hacia atrás, el hombre tomó su lugar en el muro.

Sigorn lanzó dos golpes más, pero solo logró partir un escudo. Bloqueó un nuevo golpe, y a punto estuvo de perder la espada cuando ésta recibió un golpe de maza que hizo temblar todo su brazo.

El hombre a su derecha cayó muerto, pero el momento de realización de su asesino bastó para que Sigorn le clavara la espada en el cuello; la sangre mano en una lluvia roja mientras caía. El hueco en el muro no tardó en ser cubierto por alguien más.

Un nuevo empuje estuvo a punto de derribarlo, pero logró mantenerse en pie. Sus golpes al otro lado del muro alcanzaron a un hombre, pero solo lo hirió en el brazo. Al que vino un momento después le cortó tal extremidad a la altura del codo cuando se extendió demasiado en un golpe de espada.

Una lanza vino del otro lado; la sintió mordiendo la carne de su mejilla, pero fue leve. Solo gruñó cuando vio el arma intentar retirarse. Pero uno de los hombres detrás de él la cogió en sus manos, arrastrándola hacia ellos. Sigorn no dudó; cuando el hombre que había usado la lanza para herirlo estuvo a su alcance, el hijo de Styr de Thenn le enterró la espada en el pecho, matándolo al instante.

Entonces, el sonido de un cuerno a sus espaldas le dijo lo que pasaría a continuación.

Val

Mientras ante ella la batalla rugía, Val había recibido una orden de Jon, transmitida por uno de sus Guardias Personales.

Por eso había cambiado la formación de sus hombres. Ahora, sus fuerzas estaban formadas en 25 filas de profundidad, cada una compuesta por cuarenta hombres lado a lado, esperando la señal. Miró a su izquierda y vio a Donnor Crey, que había formado a sus 200 hombres en 10 filas de profundidad y 20 de ancho. A la derecha de Val, Lorf había hecho lo mismo.

AROOOOOO

El sonido reverberó alto y claro.

"¡CARGUEN!" gritó, lanzándose hacia el frente, directamente al lugar dónde la primera línea luchaba contra los arrodillados.

La infantería que Jon y los demás dirigían en el frente se había lanzado al contraataque en cuánto sonó el cuerno.

Mientras Val se dirigía directamente hacia el centro, para reforzar el ataque de Jon, Lorf se dirigía a la derecha, para ayudar a Sigorn. Donnor Crey hacía lo mismo con Ygon Oldfather en la izquierda.

Aunque sin duda mejores que los patéticos tontos que habían llegado antes, sus enemigos solo tenían una profundidad de líneas similar a la de Jon, Ygon y Sigorn.

Cuando Val se lanzó al frente, sus hombres frescos contra un enemigo cansado por una marcha cuesta arriba y una pelea dura, supo cuál sería el resultado antes incluso del choque.

Con un aullido, cruzó entre los suyos antes de lanzarse con una embestida contra las rosas. Los que estaban en su camino y en el de sus hombres se doblaron como hierba alta ante la brisa.

El primer hombre fue derribado cuando lo empujó, su escudo por delante. El segundo lanzó un golpe de hacha, pero era débil y lento. Lo desvió sin dificultad mientras enterraba su espada en la espalda del hombre que derribó un momento antes. Luego lanzó dos golpes rápidos contra el segundo rival; mientras que el primero le quitó el hacha de las manos, el segundo le abrió la garganta de lado a lado.

"¡Avancen! ¡Háganlos huir!" la voz de Jon lo precedió, y Val lo observó dirigir desde el frente, como era costumbre.

La batalla terminó en ese momento; abrumados por el cansancio y contraatacados a lo largo de todo el frente, los sureños rompieron a huir colina abajo. Esta vez los persiguieron; Val estaba descansada, y alcanzó a tres hombres sin dificultad, apuñalando y cortando sus espaldas, haciéndolos gritar mientras caían.

A su alrededor otros hacían lo mismo; los sureños caían, y una vez derribados muchos eran rematados con lanzas y espadas.

Vio unos pasos delante de ella a uno de los pocos que no huían, manteniéndose desafiante. Sin pensar cargó contra él, agachándose y dejando que la maza con púas pasara inofensivamente sobre su cabeza. Lanzó un golpe al casco, y desorientó lo bastante al hombre para que no reaccionara a tiempo; la espada de Val cayó con fuerza sobre el brazo, cortándolo sobre el hombro. El grito fue alto, y no se detuvo cuando Val lo derribó de una patada en pecho. Pero si se detuvo cuando lanzó una estocada con la espada, enterrándose entre los ojos y matándolo.

Por el rabillo del ojo vio a Jon derribando a un sureño de su caballo. Pero dejó en manos de alguien más su muerte, porque montó sobre la bestia y empezó a cabalgar.

"¡Alto! ¡Alto!" gritó, adelantándose a sus hombres "¡No los sigan más!"

Val noto entonces que habían bajado un gran tramo de la colina, y entonces su mente le hizo comprender que, si seguían persiguiendo a esos sureños que huían terminarían directamente en la llanura, dónde el resto del ejército se cerraría sobre ellos como los colmillos de un gato sombra sobre un venado.

"¡Quietos!" grito, alzando su espada. Giró sobre sus talones y encontró a muchos hombres de su columna tras ella, sus ojos llenos de ansia "¡No los persigan más!" ordenó con toda la autoridad que pudo. Se detuvieron en seco al ver su gesto "¡Nadie más dé un paso! ¡No bajen de la colina!"

Otros más gritaban palabras similares a las de ella. Reconoció algunas de las voces, y el ánimo y la sed de sangre se fueron calmando entre el ejército.

"¡AAALLTOO!" por fin, con un rugido final de Jon, los últimos entusiastas se calmaron, y la ladera de la colina quedó en silencio, ensangrentada, y en sus manos. Los enemigos se retiraron ladera abajo. Ni uno solo intentó darse la vuelta y volver a pelear contra ellos.

"No intentéis perseguirlos" repitió Jon una vez más, antes de espolear al caballo "Vuelvan a la cima de la colina. Recuperen a nuestros muertos, recojan las armas, ayuden a nuestros heridos y rematen a los enemigos que aún vivan" como para ejemplificar, bajo de la montura junto a un pies de cuerno herido, lo ayudo a subir y lo envió al campamento "Rápido. Esta anocheciendo" instó. Recogió algunas espadas y un hacha, se las cargó sobre un hombro y empezó a avanzar colina arriba.

Efectivamente, Val vio que los últimos rayos del sol se perdían en la cima de la colina.

Los demás empezaron a moverse; los que llevaban a sus muertos, heridos o armas se dirigieron directamente a la cima de la colina, mientras que los demás pateaban los cuerpos de los enemigos para comprobar si aún se movían. En caso afirmativo, terminaban eso con un certero golpe de hacha, espada o lanza en la espalda o en el pecho.

Val se quedó lo suficiente para estar segura de que nadie aún consideraría correr colina abajo para continuar la persecución antes de seguir a Jon colina arriba.

Fue cuando estaba llegando a la cima que notó que uno de los cuerpos se movía. Era sutil, pero vio el pecho elevándose.

No era de los suyos; estaba de costado, pero Val lo puso de espaldas con un movimiento de su pie. Dos ojos azules la miraron, llenos de súplica. Una mano acunó un costado sangrante, mientras que la otra estaba pisoteada y ensangrentada, un hueso exponiéndose poco más arriba de la muñeca.

"Por favor…" jadeó el hombre, su voz débil "Soy…soy noble…Ser Ecbert…Ser Ecbert Meadows…valgo un rescate" murmuró, mirándola con súplica en los ojos.

Val lo consideró por un momento, antes de tomar una decisión.

"Será rápido" se limitó a decirle, antes de acercar la espada a su rostro.

"¡No…" la exclamación se detuvo cuando Val enterró la espada en la cuenca del ojo. La sangre manó de la herida, cubriendo el rostro y manchando la hierba bajo éste. Retorció la espada un momento antes de retirarla y seguir hacia la cumbre de la colina.

Podría usar unas horas de sueño, y tal vez algo de comer.

Fin del día 1

Jorelle Mormont

La marcha había sido rápida. Rápida y llena de resentimientos, especialmente entre los norteños. Mientras que los salvajes estaban insatisfechos con la falta de saqueo y batalla, estaban mucho más insatisfechos con el hecho de que el Rey Jon se quedara atrás. Los caudillos y los hombres y mujeres comunes por igual lamentaban que su Rey no estuviera entre ellos. Jorelle descubrió que le molestaba especialmente cuando escuchaba a las mujeres salvajes decir que la ausencia del Rey era una tragedia.

Los resentimientos no habían tardado en empezar hervir, lentos pero seguros. El principal era la molestia de muchos norteños ante la idea de dejar atrás Los Gemelos; Jorelle misma había encontrado difícil hacerlo. Pensar que dejaba impunes a los enemigos del Norte, a los traidores del Norte, era horrible. Pensar que dejaba atrás a los hombres que mantenían prisionera a su hermana, o habían hecho algo todavía peor con ella, era exasperante.

Sin embargo, no había tiempo para enfadarse; estaba demasiado ocupada, incluso en plena marcha, conteniendo la lengua de su madre y de su hermana.

Maege Mormont era llamada La Osa, y casi parecía una mientras marchaban. Su ceño fruncido era constante, sus miradas recordaban la furia de un oso, e incluso sus muecas recordaban el rugido feroz de dicho animal antes de atacar. Cuando acampaban de noche los demás no le hablaban si no era absolutamente necesaria, incluso los hombres de la Casa Mormont. Incluso Jorelle lo temía un poco en estos días; una mirada compartida con Lyra le dijo que su hermana estaba igual que ella.

Tras cuatro días de marcha forzada, desde el amanecer hasta la puesta del sol, habían llegado a los límites del Cuello. Aún quedaban un par de horas más de luz del sol. Podrían haber hecho un trecho más. Pero los hombres estaban agotados, y los caudillos salvajes insistieron en que se obedeciera la orden del Rey de no avanzar más hasta encontrarse con los lacustres. Como sus exploradores les dijeron que no estaban a la vista, no quedó otra opción entonces que acampar allí. Si los lacustres no llegaban esa noche, mandarían mensajeros a buscarlos. Que no hubiera un destino específico, sino solo la referencia de que se adentraran en el camino a Foso Cailin con la esperanza de que fueran los lacustres los que los encontraran, no se dijo, pero muchos lo pensaron.

Comió junto a los hombres de la Isla del Oso; el sombrío silencio de su madre y de su hermana se transfirió a ella. Los comentarios fueron pocos, las sonrisas inexistentes, y el aire mismo parecía espeso.

"Voy a dormir" anunció cuando no pudo soportarlo más, dejando el tazón vacío en el suelo. Lyra le asintió en reconocimiento; su madre ni siquiera la miró.

Su sueño no le sirvió de nada. La rigidez del suelo no era nada; la sensación de su escudo actuando como almohada bajo su cabeza no la reconfortaba. Solo la sensación que no la había abandonado desde que habían abandonado el asedio: de que estaba haciendo algo mal.

Un movimiento brusco la despertó. Sintió la mano sobre su hombro, y al alzar la vista vio que era Lyra.

"Debes despertar y venir conmigo. Ahora" le susurró.

Jorelle miró alrededor y vio que habían pasado unas horas. El cielo seguía oscuro, el ejército dormía, pero en el cielo hacia el este, creía ver que empezaba a haber más claridad. ¿Durmió unas horas?

Aun así, eso dejo de importarle al momento. La impaciencia de su hermana le hizo coger su capa y sus armas y seguirle entre los que dormían. La llevó a las afueras del campamento, al norte, por el camino que debían seguir para volver al Norte.

Las antorchas le dijeron adónde la llevaba Lyra, y las voces alzadas que alcanzaron sus oídos unos momentos después le dijeron que era una especie de discusión. Vio una multitud adelante, y no pensó sobre si debería acercarse o si no.

"…no nos lo dijo?" preguntó una voz. No reconoció a su dueño, pero el escepticismo quedó claro.

Eran unas doscientas personas. La mitad de ellas estaban de espaldas, pero al pasar entre ellos Jorelle notó que eran caudillos salvajes y señores norteños. Karstark, el hermano de Glover y…se colocó junto a su madre al llegar al frente.

En frente de ellos una multitud de hombres estaba reunida. La mayoría eran algo bajos, pero sus rostros no dejaban duda de su edad. Igual que sus ropas, armas y apariencias no dejaban duda de que eran lacustres.

"…quería que la retirada pareciera verdadera. Eso implicaba…" no escuchó más cuando varias voces enojadas se alzaron, confundiendo las palabras del lacustre que había intentado responder a la pregunta.

"¡Silencio!" una serie de gritos, tanto de salvajes como de norteños, calmaron a los vociferantes.

"Dejad hablar a Reed" gruñó en ese momento Mors, su ojo recorriendo a todos, una expresión amenazante en su cara. Eso terminó de aplacar a los que aún intentaban hacerse oír por encima del resto.

"Como decía" dijo el hombre a quién, con un gesto de su hermana Lyra en respuesta a una mirada inquisitiva de parte de Jorelle, identificó como Howland Reed "El Rey me envió con órdenes para todos ustedes, con la instrucción expresa de que me presentara solo aquí para entregarlas" al decir eso, levantó la mano, donde Jorelle vio una carta a la luz de las llamas. Estaba sellada, y la cera estaba intacta.

"¿Cómo sabemos que eso es del Rey?" preguntó en ese momento Robett Glover en tono malhumorado.

"¿Estás llamando mentiroso a mi señor?" replicó el lacustre junto a Reed, colocando una mano sobre el cuchillo que llevaba en el cinturón. Pero se calmó cuando Lord Howland interpuso una mano ante él, aunque siguió mirando con dagas en los ojos a Robett.

"El Rey dijo que podrían plantearse tales preguntas; aseguró que en el interior de la carta también habría pruebas de su autenticidad" respondió Reed, extendiendo la carta como una ofrenda.

"¿Cómo estás tan seguro de eso, Howland?" preguntó la madre de Jorelle. La Señora de la Isla del Oso demostraba respeto, pero su hija no tuvo problemas en escuchar también la desconfianza en su tono.

"Porque el Rey lo dijo, y confío en su Alteza" el tono de Reed era tal, que Jorelle no pudo concebir dudar de esas palabras "Y si estamos aquí ahora, ¿no es por obedecer y confiar en el Rey?"

El silencio se asentó ante esas palabras; pero no era un silencio de consentimiento, y mirando de reojo, notó que más de un par de ojos no estaban de acuerdo con las últimas palabras de Lord Reed.

Antes de pensarlo bien, se adelantó y cogió la carta. Cada par de ojos la observó, desde curiosos hasta furiosos, pasando por indignados e incluso atónitos.

"En vez de perder tiempo con preguntas, veamos lo que dice la carta" propuso, y aunque molestos, nadie discutió con ella.

Rompió el sello de cera con el pulgar, sacó la carta, la desplegó y le hizo un gesto a un hombre cercano para que trajera la antorcha, para ver sin dificultad las palabras.

Esta carta fue escrita tras el Consejo de Guerra que hubo el día anterior a nuestra partida de Los Gemelos, cuando por orden mía, el ejército se dividió en dos contingentes y marchó de vuelta hacia el norte.

Las siguientes personas deben ser conscientes de esta carta y de su contenido antes de que lo manifestado en ella se lleve a cabo:

Maege Mormont y Harma Cabeza de Perro, a quienes he confiado el comando de la caballería.

Ser Marlon Manderly, Mors Umber, Tormund Matagigantes y Soren Rompescudos, quienes están al mando de la infantería.

Harle el Cazador y Agnar Harclay, quienes comandan a los arqueros.

Harle el Bello y Harrion Karstark, a quienes he confiado nuestros animales de carga y las provisiones y suministros.

Jorelle alzó la vista de la carta, y controló que, efectivamente, todos los presentes estaban allí. A pesar de que algunos la urgieron a que continuara, no lo hizo hasta ver a todos los que eran nombrados.

Sin duda tendrán preguntas y dudas. Espero ser capaz de contestarlas pronto, pero por el momento deben conformarse con lo siguiente.

Desde que me enteré de la Boda Roja, hace más de un año, por la boca de Lady Catelyn, pensé como vengarla. No estaba listo, lo sabía en ese momento, pero lo planeé de todas formas.

Tras pensarlo cuidadosamente, me di cuenta de dos cosas. La primera, es que Los Gemelos nunca caerían desde el exterior, no sin que el precio sea la muerte del Gran Jon Umber y los otros prisioneros. Sería una pérdida que algunos aceptarían, pero yo no. Como dije en el Consejo, quiero el castillo en llamas y quiero sangre, pero también quiero a los prisioneros a salvo. No me conformo con solo una de esas cosas, ni siquiera con dos; las quiero todas, y no aceptaré menos que eso. Por ello, he diseñado un plan que espero poder confirmaros la próxima vez que nos veamos. Si el mismo tiene éxito, podemos garantizar que, al menos, los prisioneros sean puestos a salvo.

La segunda cosa de la que me di cuenta, es que la única forma de que podamos vencer al ejército enviado por el Trono es si le damos una carnada, una que no puedan resistirse…

Los jadeos se escucharon, junto con un par de maldiciones. Jorelle misma quería maldecir, porque los puntos en su cabeza empezaban a encajar entre sí, y no le gustaba nada lo que formaban. Respiró hondo y continuó.

que no puedan resistirse…a atacar, una que centre toda su atención.

Val tenía razón; yo soy la razón de que hayamos llegado hasta aquí. Eso lo sabéis vosotros, y también lo sabe el enemigo. El enemigo que deben vencer soy yo, y por eso me he puesto en la posición de mayor peligro posible. Para atraerlos a una batalla que parezca una victoria inequívoca para el Trono de Hierro.

Las manos de Jorelle temblaban ligeramente, incapaz de creer las palabras que había en la hoja ante ella. Al terminar de leer ese lado, la volteó, y efectivamente había más palabras en el otro.

Tengo la intención de luchar con uñas y dientes para mantener a nuestros enemigos en el terreno que yo elegí. Pongo mi fe en que Lord Reed os mostrará dónde estamos el enemigo y yo, y que será capaz de abrir el camino para un ataque sorpresa con todas vuestras fuerzas. Con todas NUESTRAS fuerzas. El terreno es perfecto para ello.

Soy un hombre libre; en derrota o en victoria, no seré un prisionero. Eso os lo juro.

Y soy un norteño; vivo o muerto, obtendré venganza por la Boda Roja, la libertad de los nuestros en Los Gemelos y la sangre de los Frey. Eso os lo juro también.

Jon Stark, el Primero de su Nombre

Señor de Invernalia, Rey en el Norte y Rey más allá del Muro

"Es todo" dijo en un murmullo, bajando la carta.

Su cabeza estaba tan llena de pensamientos que pensó que explotaría. Pero uno ganaba prioridad.

El Rey…Jon, se había puesto en la posición más peligrosa en aras de una victoria, un lugar del que no habría huida, rendición o retirada posible. Era lo más estúpido, suicida y arriesgado que alguna vez había escuchado…

…y lo más audaz, valiente y desinteresado.

Los lacustres estaban en silencio, al igual que su señor. No se podía decir lo mismo de los demás; las voces se alzaban unas sobre otras, todo el mundo hablando, opinando, cuestionando, maldiciendo. Parecían un montón de malditos niños que no se ponían de acuerdo del lugar dónde jugarían.

Curiosamente, Jorelle notó que ya no había dudas respecto de la carta. Y no debería; en la misma estaba la disposición de los mandos en el ejército, así como menciones a palabras que el Rey, junto con algunos allegados cercanos, como la mujer salvaje Val, habían pronunciado en el Consejo. Y dado que todos los que habían escuchado tales palabras estaban aquí o se habían quedado con el Rey, no había forma de que esta carta fuera falsificada o escrita por nadie que no estuviera, más allá de toda duda, a favor de su causa. Así como el sello garantizaba que la misma no había sido abierta para alterarse antes de llegar ante ellos.

"El amanecer casi está sobre nosotros" dijo en ese momento Lord Reed. A pesar de su calma, de la tranquilidad de su tono, todos callaron y lo observaron. Jorelle también lo hizo "Haré lo que mi Rey me pide: abriré un camino para un ataque sorpresa. La pregunta aquí es: ¿quién viene conmigo?"

El impacto de esa pregunta la golpeó más fuerte que ningún arma. Por eso fue increíble que pudiera responder con tanta rapidez y celeridad.

"Yo iré" dijo en ese momento Jorelle. No lo pensó; no necesitaba pensarlo, sabía que era lo correcto. Miró a su madre, a su hermana "Por Dacey, por Alysanne" miró a los demás, sacó su maza y la sostuvo en alto "Por el Rey" proclamó.

Por un largo instante, nadie habló, nadie respiró. Jorelle fue entonces una entre cientos, la única que estaba dispuesta a ir a tratar de salvar al Rey del lugar dónde él mismo se había posicionado solo para darles una oportunidad de victoria a todos.

"Por el Rey" surgió una nueva voz, y Tormund Matagigantes dio un paso al frente, sacando su espada y elevándola al cielo.

"Por el Rey" repitió de nuevo Jorelle, mirando a los demás "Por el Rey"

"Por el Rey" secundó entonces Marlon Manderly, exponiendo su acero también.

"Por el Rey" más voces se sumaron.

"Por el Rey" más armas se desenvainaron y alzaron en el aire.

"¡Por el Rey!" Lyra también lo hizo, y luego su madre.

"¡Por el Rey! ¡Por el Rey! ¡POR EL REY! ¡POR EL REY! ¡POR EL REY!" las voces resonaron alto, llamando a otros a sumarse, a dar sus proclamas.

De lealtad, de compromiso, de honor, de valor.

Ser Errol Woolfield

Nunca había creído que viajaría con los lacustres; no por desprecio hacia éstos, sino por el simple hecho de que nunca salían del Cuello.

No estaba seguro de si llamar flota al gran conjunto de barcas que los lacustres usaban para llevarlos por el Forca Verde. Habían tardado un día completo en atravesar el Cuello, antes de empezar a navegar por el río. Ancho, profundo, y con tramos en los cuáles había corrientes rápidas y rocas pequeñas, casi invisibles si no se miraba con atención, era una bestia peligrosa.

Incluso los más jactanciosos se dieron cuenta de ello tras medio día; las bocas se cerraron y todos los ojos se abrieron, atentos a cualquier peligro que pudiera haber en la corriente. Pero a pesar de varios sustos, aún no habían perdido a ningún hombre ni ninguna embarcación.

"Si esto sale bien, agradeceré cada día de mi vida a los dioses por ello" se prometió Errol, haciendo una mueca cuando el bote en el que iba fue empujado hacia adelante, a través de un par de remolinos que hicieron que los lacustres debieran remar fuerte y rápido por unos momentos.

Los otros hombres en el bote no agradecieron el repentino movimiento más que él; los vio aferrarse a la barcaza de la forma que pudieran, mientras murmuraban por lo bajo lo que podrían ser tanto oraciones como maldiciones.

Debido a su pequeño tamaño, cada barcaza lacustre solo tenía espacio para un máximo de seis hombres, en una sola fila. De éstos, el primero y el último eran lacustres, que la dirigían con sus remos, mientras los otros cuatro eran norteños o salvajes.

Errol era el primero de los cuatro pasajeros, seguido por otro norteño, Vilret, y dos salvajes, Rufus y Oran. Cada uno mantenía sus armas y provisiones entre sus rodillas mientras se aferraba con sus dedos a los lados de la barcaza. Tras horas, sus dedos estaban entumecidos y algunos incluso morados por el esfuerzo, pero ninguno de ellos aflojaba su agarre. Lo mismo podía decirse de los demás en las otras barcazas; cada vez que pasaban cerca de alguno de ellos, los veía pálidos, tiesos, como gatos a punto de caer en el agua.

No podía decir que los culpaba.

Cada tanto podía ver cerca del río edificios; casas, posadas, establos, o un molino. Pero todos estaban quemados, muchos derruidos más allá de cualquier posibilidad de reconstrucción. Al verlos, Errol recordaba las palabras del Rey Jon.

"Los Frey han arrasado sus tierras entre el Cuello y el Forca Verde para negarnos provisiones y refugio. Eso les jugará en contra"

El Rey tenía razón. No había ojos para verlos ni dedos para señalarlos. Ninguna boca para contar historias de una gran cantidad de hombres navegando por el río hacia Los Gemelos. Las orillas del río estaban desiertas. Aun así, había barcazas que solo llevaban arqueros lacustres para cerrar los ojos de cualquiera que los viera.

Y así el día pasó; ellos recorrieron el río mientras el sol recorría el cielo, pasando sobre ellos antes de empezar a perderse en el oeste. Cuando llegó el anochecer, se detuvieron en un tramo del río. Las barcazas lacustres se unieron con cuerdas de cáñamo, y los que transportaban pudieron bajar en pequeños grupos para hacer sus necesidades y ocasionalmente estirar las piernas. Aun así, nadie pudo dormir fuera de las barcazas, los arqueros lacustres y algunos de sus propios hombres estuvieron toda la noche de guardia y no se permitió ni tan siquiera una antorcha.

Mientras intentaba dormir, y fallaba miserablemente, Errol intentaba pensar en cómo lograrían tomar Los Gemelos.

No intentaron romperlos con casi 40.000 hombres. La idea de que lo intentaran con solo 1.000 era una locura, pero ¿qué otra opción tenían?

"Aceptamos esto" dijo, pensando en cuando el Rey le había hablado de los riesgos y a pesar de todo había aceptado "Llegaremos al final, cualquiera que sea"

En final llegaba con la captura del castillo…o con sus muertes.

Bael

Debía admitirlo; era impresionante la velocidad a la que estoy Frey corrían lejos de la batalla. Desde que él y los demás se les habían unido en plena huida, habían corrido casi sin descanso hasta el amanecer. Solo entonces se habían detenido para descansar.

Bael rara vez había visto hombres tan aterrados. Había visto a los muertos levantarse y atacar a sus amigos y primos, y aun así no lo aterraban de la misma forma. Pero por la forma en que estoy Frey hablaban en susurros y jadeos entrecortados del Rey Jon, cualquiera diría que él mismo era uno de los Otros.

Mientras descansaban, Bael notó que muchos de estos hombres estaban heridos, pero muchos más estaban aterrorizados. Las miradas hacia el norte se daban cada pocos segundos: todos estaban claramente esperando que los volvieran a atacar.

Pero nadie llegó, y el amanecer los vio con algo de orden establecido: los llamados nobles, hombres que en su mayoría tenían un sorprendente parecido con las comadrejas, les ordenaron que marcharan al sur, devuelta a Los Gemelos.

"El Rey tenía razón" pensó, ocultando su emoción tras un rostro indiferente "No volverán a buscar venganza; buscarán esconderse tras sus muros"

El Rey les había explicado algunas cosas de los nobles perfumados del sur; la mayoría veía a la gente común como poco más que ganado. Detestaban los cuestionamientos, los desafíos y los pensamientos propios entre aquellos a los que consideraban sus inferiores.

Fue un desafío para Bael, y apostaría que para los que como él estaban ocultos, mantener los hombros bajos y los ojos en el suelo cada vez que pasaba un caballero o uno de los Frey. En una ocasión, uno de ellos lo insultó mientras cruzaba a caballo a su lado; casi consideró tomar la lanza que llevaba y enterrársela en la espalda, pero al final no lo hizo.

Para el final del primer día de marcha, nadie lo había mirado más que a otros hombres. Pasó desapercibido. Y también los demás. No hubo miradas perspicaces, solo sombrío temor y ansias.

Quiso la suerte que, cuando a la tarde siguiente llegaron ante el castillo, el estuviera entre los primeros de la columna, detrás de varios jinetes con caras de comadreja.

"¿Qué rayos haces aquí, Walder el Negro?" gritó una voz, y vio varias figuras mirando por encima de las murallas. Una de ellas era la que había hablado.

"Los salvajes nos atacaron, Walton" respondió el jinete que iba adelante, un hombre hosco de barba negra.

"¿Qué paso con el resto del ejército? ¿Qué paso con la rosa Tyrell?" inquirió otro hombre ahora, cerca del primero.

"No lo sé" el tono del hombre denotaba lo poco que le importaba "Ahora abran las puertas"

Bael no tuvo problemas en reconocer el tono amenazador de la voz mientras se daba la orden.

Al parecer, también lo hicieron los hombres en las murallas, porque tras intercambiar miradas por unos momentos, desaparecieron de la vista. A los pocos momentos, las puertas empezaron a abrirse con un crujido.

Bael casi se sacó sangre por la fuerza con que se mordió la lengua mientras cruzaba las puertas del castillo.

Lobos contra Rosas y Leones: día 2

Garlan

Nunca una noche le había parecido tan larga. La comida que había compartido con sus señores y caballeros había sido poco menos que un funeral disfrazado. Las heridas de Leton Lefford y su primo Rickard eran un recordatorio para todos los presentes del fracaso en derrotar a los salvajes durante el día.

Las miradas de dolor de Ser Gunthor y Ser Avec Meadows tampoco habían sido un aliciente para la comida, y sumadas a las miradas de pena que otros le dirigían, bastaba para que el vino perdiera su sabor y la comida no nutriera.

Garlan les había ofrecido a ambos palabras de condolencias luego de que su hermano Ecbert hubiera muerto en el segundo ataque, solo para que sus palabras fueran recibidas con respuestas vacías y miradas pérdidas. Las mantuvieron hasta que la comida terminó y todos se retiraron a sus tiendas.

El sueño no esperaba a Garlan esa noche al ingresar a su tienda, su silla lo atraía más que la cama simple. Se sentó, mientras sus pensamientos volvían a la batalla contra los salvajes. No era capaz de entender cómo es que los salvajes y los norteños habían aguantado no una, sino dos cargas de sus fuerzas. No era capaz de entender como el bastardo de Eddard Stark era capaz de plantar cara a un ejército de más de 30.000 hombres con una fuerza que debía ser superada por al menos 3 a 1.

Pensó en todo lo que sabía de los norteños; siempre había escuchado que eran hombres de una clase más tosca, dura, brutal. No muy diferentes a los salvajes que habían vivido hasta hace poco más allá del muro; tal vez por eso se habían aliado. No eran grandes peleadores tampoco: por más que no pudiera ignorar su papel en la Rebelión de Robert y la Rebelión Greyjoy, en ambos casos habían sido los ciervos quienes habían ganado ambas guerras, matando al Príncipe Rhaegar y derrotando a Balon Greyjoy.

En cuanto al bastardo de Eddard Stark, sabía lo mismo que muchos otros; era la única mancha en el honor de su padre, se había unido a la Guardia de la Noche solo para desertar al norte del Muro, y había vuelto luego con un ejército salvaje, puesto a los norteños de su parte y tomado todo el Norte. Y para ello había derrotado a los Bolton y los Frey en batalla, antes de capturar Invernalia. Luego había marchado al sur, atacado Los Gemelos, sin duda en venganza por el asesinato de su medio hermano, antes de retirarse ante la llegada de su ejército.

"Veamos" pensó, sirviéndose media copa de vino y mezclándola con agua "¿Qué me dice eso de él?

Para empezar, que no era un hombre confiable. Pero también…que era un hombre cobarde. Huyó del Muro, huyo en Los Gemelos al saber que él y su ejército se acercaban. Se refugió en la cima de esa colina porque era el lugar más seguro que había encontrado, y tal vez huiría de nuevo, pero no tenía adonde. Había enviado a sus exploradores a rodear la posición de los norteños y salvajes y todos habían confirmado lo mismo; no había forma de escape. El riachuelo era demasiado profundo, no había vados, ni barcos o botes cerca. Los bosques al pie de la colina eran igualmente intransitables; ellos mismos lo habían intentado. Eran demasiado espesos, no había forma de cruzarlos.

"Piensa, piensa. Es una bestia atrapada. Para matarla, debes hacerla moverse" levantó la copa y estaba dando un sorbo cuando la idea lo golpeó con tal fuerza que casi se ahogó "Eso es. ¡Eso es!"

Dejando la copa, salió de la tienda casi corriendo. Sus guardias lo siguieron, pero no se molestó en responderles. Tomó su caballo y atravesó el campamento; no se detuvo hasta que llegó al extremo occidental.

Los salvajes habían colocado antorchas por toda la ladera de la colina, no las suficientes para arriesgarse a provocar un incendio en los bosques, pero las suficientes para que un ataque nocturno no fuera factible. A raíz de esas luces, Garlan vio la pendiente elevada y entendió.

La pendiente era un obstáculo que no tenían más remedio que atravesar…pero si lograban un punto de apoyo en la cima de la colina, podrían usarlo como un punto desde el cuál desplegarse y anular al enemigo utilizando sus números superiores.

Su sueño fue mucho más sencillo luego de volver a su tienda, y al amanecer convocó un Consejo de Guerra. Ignorando el cansancio y en algunos casos molestia de los presentes, empezó.

"Los salvajes están en una posición demasiado bien fortificada. Lo ideal sería atraerlos colina abajo para poder derrotarlos" empezó, antes de tomar aire. Pero antes de seguir, alguien lo interrumpió.

"Todo eso ya lo sabemos mi señor. ¿Podríais ir al punto?" declaró Daven Lannister, su ceño fruncido más que prominente. A su lado, el caballero occidental apodado Jabalí asintió en apoyo.

Por un momento pensó en llamar la atención del tonto que se atrevía a hablarle de esa manera en público.

"¡¿Quién diablos se cree que es?!" pensó, mirando fijamente al hombre "Hablarle al hermano de una reina de esa forma…¿cree que tiene ese derecho? ¿Por qué? ¿Por ser el pariente lejano de una zorra a la que todo Desembarco del Rey vio sin ropa?" el poco respeto que tenía por los Lannister luego de la muerte de Tywin terminó el día que supo del destino de Cersei Lannister y la pérdida de la mano del Matarreyes "Las rosas estamos al mando ahora, Ser Daven. Haríais bien en recordarlo"

"Estaba por llegar a ello, Ser, cuando me interrumpisteis" le replicó Garlan, incapaz de ocultar el desprecio en su mirada "Como decía" al final optó por continuar, ignorando a ese león con la boca demasiado grande "Si no podemos atraer a nuestros enemigos a bajar de la colina, los empujaremos más allá de ella, hacia la planicie que hay detrás. Una vez allí, podremos usar el número y la superioridad de nuestras armas y armaduras para derrotarlos en detalle"

"Organizaremos cuatro grupos de ataque. Cada uno tendrá 2.500 hombres. De ellos, tres serán de infantería y el último será de caballería. Su misión será atacar la posición de los salvajes en rotación, agotándolos y desangrándolos poco a poco hasta que no tengan más opción que retirarse. Entonces, terminaremos esto"

Todos lo miraron, algunos con escepticismo, otros con comprensión. Ninguno lo contradijo, y al final eso es lo que Garlan quería. Mientras obedecieran y guardaran silencio, no le importaba nada más.

Jon

"Bienvenidos" dijo Jon cuando los últimos se reunieron con él "¿Empezamos?"

Los distintos miembros del Consejo de Guerra murmuraron de acuerdo.

"¿Los preparativos están completos, Fisher?" preguntó Jon, mirando fijamente al norteño.

"Sí, Su Alteza" dijo, sus ojos rojos y con ojeras "Acabamos de terminar. Vuestra…sugerencia de anoche fue bastante útil" aseguró, su rostro volviéndose verde.

Jon soltó un suspiro de alivio para sus adentros; no estaba orgulloso de lo que había forzado hacer a Fisher, pero era necesario para salvar tiempo. Y lo más importante, funcionaría "Bien hecho, mi señor. Sabía que podía confiar en vos" a pesar de su verdor, Fisher pareció complacido con el elogio "Val, el día de hoy tú y tu gente formarán tras Ygon y los suyos. El resto de las reservas harán lo mismo, solo que formarán detrás de Sigorn" instruyó, mirando a los hombres que comandaban los pequeños grupos de reservas.

"Ayer no lograron nada golpeando el centro; los hiciste retroceder en ambas ocasiones, Rey, tú y Val" dijo Sigorn en ese momento; su espada estaba en sus manos, la punta apoyada en el suelo. La hizo girar, distraído "¿Crees que podrán intentar romper uno de nuestros flancos?" dijo, compartiendo una mirada con Ygon al terminar.

El anciano caudillo también parecía preocupado con esa posibilidad. Los Lannister casi habían derrotado a sus fuerzas en día anterior.

"No. Vendrán por mí; mi plan es fingir una retirada y hacer que presionen contra mis hombres. Cuando lo hagan, dejarán sus flancos expuestos a una carga de Val y las reservas" explicó Jon, sus ojos pasando rápidamente por todos para asimilar sus palabras.

Un silencio reflexivo cayó sobre ellos. El mismo fue roto por Ygon Oldfather.

"Estarán agotados por la marcha colina arriba, y si son atacados por 3 lados a la vez…podría funcionar" aceptó Ygon, asintiendo a su lado.

Val y los hombres al mando de las reservas también asintieron, acordando hacer su parte en silencio. Halleck y el resto de los que comandaban a los arqueros no dijeron nada; no participarían en esta estrategia.

El ceño fruncido de Sigorn no le pasó desapercibido; tampoco a los demás, a juzgar por como miraban entre él y el hijo de Styr.

"Suéltalo ya, Sigorn" alentó Jon "Aquí todos somos hombres libres"

"¿Cómo sabes que te atacarán a ti, Rey?" preguntó el thennita, directo como siempre "¿Cómo puedes garantizar que no intentarán atacar de nuevo más al norte o al sur?"

"Es una buena pregunta" reconoció Jon con un asentimiento. Cogió el bolso que había dejado a sus pies, lo abrió, sacó su contenido y lo despegó para que todos lo vieran.

Todas las miradas se dirigieron al mismo lugar; incluso sus Guardias parecían intrigados o desconcertados.

"Esto es un estandarte real, el símbolo del Rey del Sur. Cuando el Rey no está en el campo de batalla, este estandarte lo representa: su dignidad, su valor, su honor" explicó para los que no sabían. Sigorn, Ygon, y todos los hombres y mujeres del Pueblo Libre lo miraron con incredulidad "Sin embargo, si lo exhibes de esta forma…" al hacerlo volteó el estandarte, el ciervo y el león quedando cabeza abajo "…es un insulto directo al Rey, una muestra de respeto flagrante" una suave sonrisa se extendió en el rostro de Jon sin que intentara detenerla.

"Que el enemigo capture un estandarte real es una deshonra, pero también una oportunidad para que los hombres que lo recuperen se ganen la gloria, y tal vez favores del rey" dijo Jon, antes de arrugar el estandarte y doblarlo en sus manos "En el momento oportuno exhibiré esto en una lanza larga, justo detrás del centro de mi columna. Cuando lo vean, los sureños cargarán de cabeza contra mí. Ustedes serán objetivos secundarios" le dijo a Sigorn e Ygon "Y ustedes, cuando yo retroceda, podrán acabarlos" dijo, mirando ahora en dirección a Val y los que comandaban las reservas.

El sonido de los cuernos llegó entonces, y todos se pusieron de pie.

La batalla se acercaba.

Sigorn

Igual que el día anterior, fueron las flechas las que abrieron la batalla. Los arqueros del ejército, o al menos unos pocos, lanzaron andanadas contra las filas que se acercaban. Sin embargo, la falta de viento les quitó alcance. Los primeros enemigos muertos no empezaron a caer hasta que hubieran dejado muy atrás la zanja.

Eran muchos más que en los ataques anteriores, muchos más que el día anterior. Muchos más que ellos mismos. Si tuviera que adivinar, Sigorn diría que eran unos 10.000 hombres.

Apretó sus manos con fuerza sobre su escudo y lanza; el mejor que nadie sabía que los números no garantizaban victoria.

"Si un par de cientos retuvieron a 10.000, nosotros también podemos" su mirada recorrió a los suyos, observándolos sombríos pero determinados "Somos miles"

Los arrodillados que los atacarían en cualquier momento estaban divididos en cuatro conjuntos de hombres, todos aproximadamente del mismo tamaño. Tres conjuntos estaban formados por hombres a pie, mientras que el último lo componían miles de jinetes; Sigorn tragó saliva con disimulo al contemplar las muchas figuras que brillaban sobre caballos igualmente relucientes. Se consoló pensando que eran el conjunto más alejado, que aún estaba del otro lado de la zanja.

Pero dos conjuntos más de hombres no lo estaban. El segundo acababa de cruzar la zanja, mientras que el primero ya había recorrido la mitad de la ladera de la colina en dirección a ellos.

Ser Forley Prester

"¡No se apresuren!" lanzó, dirigiendo una mirada furibunda a los hombres que apretaban el paso "¡Mantengan la formación!" grito, alzando la voz, dirigiéndose a todas las fuerzas bajo su mando.

Tenía 2.500 hombres de infantería, de los cuáles cerca de un millar eran del Dominio o de las Tierras de la Corona, mientras que los demás eran de Occidente. Ellos abrirían el ataque contra los salvajes, siguiendo la estrategia de Garlan Tyrell.

Teniendo cuidado de no esforzarse de más, siguió subiendo por la ladera, manteniendo la mano algo floja sobre su espada, mientras que la otra mantenía su escudo cerca del pecho, en precaución de las flechas que caían de forma irregular sobre él y sus hombres.

La velocidad de su avance le dio la oportunidad de examinar mejor la formación salvaje, y no pudo negar que estaba impresionado. Un muro de escudos de muchos colores distintos se extendía de norte a sur, dividido en dos lugares por grandes conjuntos de troncos afilados. Perfecto para garantizar que pudieran retirarse en un lugar si hiciera falta, sin comprometer a las otras dos secciones de la posición.

"William" llamó, mirando al hombre de armas a su derecha "Que los hombres en la derecha se extiendan más, hasta llegar a los árboles. Steffon, haz lo mismo en la izquierda" cuando sus dos hombres de mayor confianza se alejaron para cumplir sus órdenes, volvió la mirada al frente.

Los salvajes estaban a unos treinta pasos de distancia cuando finalmente sus fuerzas se extendieron todo lo posible. Ahora, como los salvajes, los extremos de su formación estaban contra los árboles.

Alzó la espada en dirección al enemigo.

"¡Carguen!" una sola palabra, gritada tan fuerte como pudo, fue todo lo que hizo falta. Cinco mil pies marcaron un paso rápido hacia la cima de la colina y el enemigo que esperaba.

Con su escudo por delante, Forley embistió con todas sus fuerzas, chocando contra la masa de escudos al frente. Desde atrás, otros hombres lo empujaron. La batalla empezó como dos puños encontrándose en medio del golpe, ambos intentando empujar al otro hacia atrás. Ambos fallando.

Lanzó un golpe de espada a través de dos escudos, pero no le dio a nada, y a punto estuvo de perder el arma, si no la hubiera retirado a tiempo. Con sus movimientos bloqueados por los hombres que lo empujaban para que avanzara, lanzó otro, pero sin éxito. El hombre a su lado cayó al siguiente momento, su cuello atravesado por una lanza. Alcanzó a romper el arma, pero no dañó a su portador, refugiado tras los escudos.

Una espada salió del muro; si hubiera sido más alta, podría haberle perforado las entrañas. Pero no lo hizo, y cuando Forley lanzó su propio golpe, un grito del otro lado le dio la confirmación de que había herido a alguien. Por desgracia, ninguna brecha se abrió en el muro, que a pesar de tambalearse, aguantaba los embistes y golpes de él y sus hombres.

Pero los norteños y sus aliados salvajes no estaban indemnes; Forley veía como hilillos de sangre corrían colina abajo desde más allá del Muro, y sabía que estaban desangrando al enemigo.

Entonces, con un ruido al unísono, los escudos ante él retrocedieron un poco, y de inmediato sus hombres se arrojaron de nuevo contra ellos, emocionados por este hecho. El propio Forley sintió que la esperanza nacía en su pecho; los salvajes retrocedían. Tal vez…

DA-da-DA

El sonido de las trompetas lo arrebató de su ensoñación. La señal para que él y sus hombres se retiraran se escuchó todo el camino desde la base de la colina. Si Forley fuera un joven audaz o un tonto hambriento de gloria podría haberla ignorado y seguir presionando el ataque.

Por fortuna para él, y para todos los que estaban bajo su mando, no era ninguna de esas cosas, por lo que se plantó firme en ambos pies, alejándose del muro y de los hombres que lo embestían.

"¡Retrocedan! ¡Retrocedan!" gritó, alzando su espada. Sus palabras llamaron la atención de sus hombres, y en momentos el impulso contra el muro fue pasando de una inundación a un inofensivo goteo "¡Retrocedan! ¡Atrás, todos!" siguió gritando, hasta que los ataques al muro de escudos cesaron y su gente empezó a retroceder cada vez más, alejándose del enemigo. Dejando atrás unos 200 hombres muertos, a lo sumo.

Mientras se lanzaban en un trote hasta la base de la colina, Forley vio a la segunda fuerza que atacaría tras ellos. Tan numerosa como la suya, dirigida por Lord Garibald Prester; intercambiaron un breve gesto de respeto antes de separarse, Shermer hacia la cima de la colina y el hacia la base.

Lord Garibald Shermer

Esta estrategia era muy superior a la del día anterior; era ese el motivo por el que no se había negado al mando que le ofrecieron.

Garibald se consideraba a sí mismo un hombre sensato; cumplía con su deber para con su señor y su Rey, pero no era un tonto. Una lucha prolongada contra un enemigo en una posición más alta era casi imposible de ganar. Sin embargo, encuentros cortos destinados a cansar al enemigo eran algo mucho más prudente.

Lo único que lamentaba era que, al haber comprometido a sus hombres para la lucha este día, también comprometió a sus parientes.

Miró a su lado, a su hijo y su yerno. Gyles y Mortimer estaban claramente más emocionados ante la perspectiva del combate que Garibald, pero era de esperar. No habían visto mucha lucha hasta hoy. Con algo de suerte, tendrían bastante de ella al final de esta pelea.

"Mi esposa estará destrozada si algo le pasa a nuestro hijo" meditó en ese momento "Y Alyssa espera tener a su marido en casa para el nacimiento de mi primer nieto" haría todo lo posible para que eso se cumpliera. Cuando la batalla terminara, pediría permiso a Garlan Tyrell para enviarlos devuelta al Dominio, aún si eso le ganaba la molestia de los dos jóvenes.

Al ver cruzar entre ellos a Ser Prester y a sus hombres para dirigirse colina abajo, Garibald emitió sus órdenes. Sus hombres se desplegaron para cubrir el mismo espacio, de un bosquecillo al otro, preparados para atacar la línea de norteños y salvajes a lo largo de toda su extensión.

La marcha era dura; la ladera era abrupta, y además, los pies que ya habían cruzado antes habían dejado el césped resbaladizo y lleno de obstáculos, específicamente las manchas de sangre y los ocasionales cadáveres, que sortearon sin darles una segunda mirada. Muchos de sus hombres, además de él mismo, respiraban de forma agitada, sudorosos como consecuencia de la marcha ladera arriba.

Los enemigos que Garibald tenía al frente, por su parte, se refugiaban tras un muro de escudos que se extendía de norte a sur. Algunos escudos tenían manchas de sangre, al igual que el suelo alrededor de la formación de esos hombres, pero mientras otros podrían atemorizarse o disgustarse por esta visión, era un consuelo para Garibald. Era lo que le daba la certeza que se enfrentaba a enemigos cansados, lo que siempre prefería. Le daba una ventaja, y considerando que los norteños y salvajes ya tenían la posición de su lado, era una ventaja muy bienvenida.

"No se distraigan" dijo en voz baja, mirando a Gyles y Mortimer, quienes solo asintieron con vehemencia desde debajo de sus cascos, uno con los colores de la Casa Shermer y el otro con los de la Casa Crane "Los ojos abiertos y la boca cerrada" les instó, antes de alzar la espada, apuntando al cielo, para llamar la atención de los hombres "¡Ahora! ¡Carguen!" gritó, al tiempo que él mismo daba ejemplo.

Con una oleada de gritos, los hombres lo siguieron, salvando en una breve carrera los pasos que los separaban de la línea enemiga. Chocaron con estrépito contra esta, los hombres del frente empujados por sus compañeros de la parte trasera.

De entre los escudos salvajes salieron lanzas y espadas, apuntando a rostros, cuellos, pechos, barrigas y costados. Muchos de estos golpes fueron detenidos por escudos o esquivados por sus destinatarios. Otros sin embargo tuvieron éxito, y los gritos llenaron el aire cuando los hombres golpeados cayeron heridos, muchos de ellos de fatalidad.

Los hombres bajo su mando atacaron también, lanzas, espadas, mazas, hachas, todas golpeando al enemigo. Pero casi todos los golpes eran absorbidos por los escudos, cumpliendo su función. Algunos entraban en los reductos entre los escudos, con resultados variados.

Garibald lanzó varios tajos con su espada, intentando sacar los escudos ante él de sus lugares, forzando a que abrieran brechas que pudieran explotarse. Sin embargo, era un trabajo muy agotador, por lo que en cambio introdujo su espada entre dos escudos, solo para no encontrar nada. Al siguiente momento, movió su escudo justo a tiempo; la espada que emergió le habría atravesado el pecho de otra forma. Golpeó con fuerza, intentando atrapar la mano que la empuñaba, pero solo alcanzó a golpear el acero del arma mientras se retiraba.

En un momento, de reojo, vio como Gyles atacaba el muro de escudos con furia. Estaba más lejos de él que antes. Y Mortimer no estaba a la vista.

En ese momento, con un sonido crepitante, la línea de escudos salvaje retrocedió un poco. Garibald se quedó quieto; sus hombres lo rebasaron para estrellarse con un renovado impulso cuando entendieron que sus enemigos retrocedían. El hijo de Garibald también se lanzó al frente, eufórico. Unos momentos más tarde, cuando los escudos volvieron a retroceder otro poco, la euforia de los atacantes se incrementó aún más.

Respiró hondo, listo para reunirse con los demás en el esfuerzo para superar el muro de escudos una vez más, cuando…

DA-da-DA

"¡Retrocedan!" gritó, llamando la atención de algunos de los hombres, pero siendo ignorado por muchos otros "¡Retrocedan, todos! ¡Retrocedan!" el mismo se acercó, cogió a Gyles por la túnica y lo alejó del muro de escudos "¡Todos atrás!" gritó de nuevo, sus palabras matando el ansia en sus hombres por avanzar.

No tanto en su hijo.

"¡Pero padre!" gritó el chico, mirándolo con incredulidad, aún después de que lo soltó "¡Están retir…" no pudo terminar.

"¡Retírate, muchacho! ¡Es una orden!" le gritó, enfurecido por el desafío que el chico impulsivo le hacía nada menos que frente a los hombres bajo su mando "¡Todos bajen de la colina! ¡Ya!" muchos hombres lo miraron por un momento, pero al final se apresuraron a obedecer.

Ya la mayoría de los hombres lo dejaban atrás en su camino cuesta abajo. En ese momento reconoció a uno de los últimos en alejarse del muro de escudos; era Mortimer. Suspirando por dentro, incluso pasó por alto la mirada de confusión que el muchacho le dirigió mientras se acercaba a él y a Gyles. Estaba cubierto de sudor y mugre, había perdido su casco, y su espada estaba manchada de sangre. Pero parecía ileso.

Al llegar ante él se detuvo "Mi señor, ¿por qué…" eso fue todo lo que Mortimer pronunció.

Al siguiente momento Garibald sintió la sangre rociando su rostro, salida de la boca de Mortimer. La punta de una lanza asomaba del cuello de su yerno, justo por encima de la gorguera.

"¡Mortimer!" el grito de Gyles perforó sus oídos, pero no pudo molestarse por ello. Solo atinó a mirar a su yerno ser sujetado por los hombros por su hijo cuando este cayó de rodillas ante Garibald, sus brazos flojos a sus costados y sus ojos, grandes y brillantes, lo observaron.

En ese momento Garibald vio una sola figura fuera del muro de escudos. Era un hombre joven, de cabello oscuro y ojos grises que lo miraban fijamente. Su rostro, ropas y espada estaban manchados con sangre; mucha sangre. Por la postura, era obvio que él había arrojado la lanza a Mortimer unos momentos antes.

Mortimer…la mirada de Garibald volvió a su yerno, justo cuando los ojos de Mortimer encontraban los suyos. Su boca abierta se llenaba de sangre que empezaba a gotear por las comisuras.

Mortimer intentó decirle algo; solo salió más sangre de su boca. Al siguiente, todo su cuerpo perdió fuerza y su cabeza cayó. Estaba muerto.

"¡No! ¡Mortimer, no! ¡Despierta! ¡Despierta, vamos!" la voz de Gyles era lejana para los oídos de Garibald. Sus palabras parecían desesperadas, las de un niño con miedo a la oscuridad. Un niño…

El mundo de Garibald pareció detenerse en ese momento; solo sus pensamientos continuaron "Mi nieto nunca conocerá a su padre…" quiso vomitar al comprender eso "Mi hija es viuda. Los Siete se apiaden: apenas ha pasado los 20 días del nombre" la bilis quemó su garganta, haciendo que respirar doliera.

Algunos de sus hombres se habían acercado, los últimos en alejarse del muro de escudos. Solo unos diez rezagados.

En ese momento, su mirada aún fija en el hombre que había arrojado la lanza, notó que el muro se disolvía, los hombres…y mujeres, detrás de él avanzando al unísono, recuperando el terreno que habían cedido. Cientos de ojos los miraron, por debajo de múltiples ceños fruncidos. Muchas manos sosteniendo armas manchadas de sangre.

"Recoged su cuerpo…" ordenó con una voz que no parecía suya, a los hombres que estaban mirando al enemigo con la misma aprensión que él seguramente lo hacía. Algunos obedecieron, y quitando la lanza del cuello de Mortimer, lo arrebataron de los brazos de su hijo y lo cargaron colina abajo. Otros sujetaron a Gyles, su hijo lleno de odio mientras intentaba atacar al hombre que había matado a Mortimer. Los gritos de Gyles eran inentendibles para su padre, demasiado perdido en la bruma del luto.

En un impulso alimentado por el temor y el luto, agarró a Gyles por el rostro y lo forzó a mirarlo a él, no a sus enemigos "¡No vas a vencerlos, muchacho! ¡No puedes contra tantos!" le espetó "¡Debemos irnos antes de que nos maten!" esto lo dijo tanto para su hijo como para los hombres que lo sujetaban. Éstos entendieron las palabras que no había dicho Garibald, y arrastraron, entre patadas y maldiciones, a Gyles colina abajo.

Gyles los siguió, siempre manteniendo una mirada sobre el hombro para estar seguro de que no los perseguían.

Todo el tiempo observado por muchos ojos, pero ningunos tan atemorizantes como los del asesino de Mortimer. Eran ojos que parecían perforarlo como el acero más afilado.

Rijeth Wull

Había visto al Rey arrojar una lanza el día anterior, y sabía que era bueno en ello. Aun así le sorprendió su puntería; justo al cuello, un tiro perfecto del que muchos hombres de las montañas estarían impresionados.

En ese momento recordó algo que su padre le había dicho cuando era niño; que la abuela de Lord Eddard Stark era una Flint de las montañas del Norte. Definitivamente el hijo de Lord Stark había heredado algo de sangre de montañés.

Viendo a los últimos sureños alejarse, unos arrastrando al hombre muerto por el Rey y otros a un tonto que parecía querer atacarlos, se sintió satisfecho. Habían logrado repeler una segunda oleada de atacantes. Y aún no era mediodía.

"Maldita sea" las palabras dichas por el Rey solo fueron escuchadas por él y los más cercanos de sus Guardias Personales, tan bajas fueron. Cogiendo su escudo del suelo, los miró a los demás antes de observar colina abajo.

Una nueva fuerza de arrodillados se acercaba; esta vez había un león de Lannister en el medio de la columna, y sonrió para sí al imaginarse matando al chupapollas de cabello dorado que estaría al mando de estos hombres.

"Ery" dijo entonces el Rey, atrayendo la mirada de todos devuelta a él "Ve al campamento a que te revisen eso"

Mirando a la mujer, la nieta del caudillo que se llamaba Ygon, notó que su costado estaba lleno de sangre, y que mantenía el brazo de la espada alejado de ahí.

"No es nada, Rey. Estoy bien" aseguró, pretendiendo no darle importancia.

"No fue una sugerencia. Awrryk" llamó entonces a otro de los Guardias compañeros de Rijeth, el primo de Ery "Lleva a tu prima al campamento y haz que la curen. No peleará más, al menos por hoy" su tono era definitivo.

"Pero…" intentó una vez más la mujer.

"No hay pero que valga, Ery. Este día ya está lleno de mierda; no quiero añadir la muerte de uno de mis Guardias Personales a ese montón" dijo, y tras una larga mirada de su parte, Ery al final se fue en dirección al campamento, seguida por Awrryk.

"Se acercan" dijo entonces el Rey, y efectivamente, los próximos sureños ya habían subido más de la mitad de la ladera "De acuerdo, ¡formen!" ordenó, y todos volvieron a tomar posición.

Rijeth terminó a dos lugares a la izquierda del Rey, entre Torreg el Alto y Rickard Liddle. Aunque no lo admitiría, estaba agotado. El enemigo había peleado duro, casi lo habían enviado al suelo en más de una ocasión; habían hecho muchos esfuerzos para atravesar el muro de escudos. Si fallaron fue solo porque Rijeth y todos los demás habían puesto más esfuerzo todavía en mantenerlo en pie.

Habían matado a cientos de hombres en este día, pero seguían viniendo. Pero no dudaba que podrían aguantar. Tenían que aguantar. Debían aguantar.

No tenían opción.

Jon

A pesar de sus mejores esfuerzos, no podía ocultar del todo su frustración. Los Tyrell y los Lannister habían aprendido algo del día anterior; sus ataques le costaban pocos hombres, pero destruían las energías de sus guerreros y lo que era peor, eran demasiado breves. Dos veces había intentado cebar la trampa, retirando a su centro para tentar a presionarlo, pero en ambas ocasiones se habían retirado a tiempo. Justo antes de que ordenara alzar el estandarte capturado para atraerlos a presionar más.

Sentía el sudor corriendo por su cuerpo, su escudo pesaba en sus manos, e incluso Hermana Oscura, que era tan ligera como una pluma, se volvía más pesada luego de todo el combate. Sabía que su gente no estaba mejor, aunque pocos lo dirían. Su ímpetu estaba alto, pero sus energías estaban sacudidas.

Mientras los hombres se reformaban por tercera vez en esa mañana, Jon analizó sus opciones mientras veía al enemigo subir la colina una vez más.

"Podría esperar el impacto y luego ordenar un contraataque en toda la línea…" pero eso sería arriesgado. Con ambos bandos cansados, la lucha sería sangrienta, y dependería demasiado de la suerte para su gusto "…o soltar la trampa ahora" pero si hacía eso, no tendría nada con que sorprender a la caballería enemiga. La misma caballería que estaba en proceso de formar de este lado de la zanja "Este ataque debe terminar rápido" si no podía reformar a sus hombres y tener la trampa lista para cuando la caballería cargara, estaba acabado. Él y todos los suyos.

Miró por encima del hombro; Awrryk aún no volvía de acompañar a Ery, pero tenía a Siegerd y Dormund. Era suficiente.

"Siegerd, ve con Val, y luego con las reservas. Que se preparen para atacar cuando retrocedamos" el hermano de Sigorn asintió y se alejó corriendo "Mantén tu mano cerca del cuerno para soltar la trampa, y mantente atento a mí: cuando te diga que levantes el estandarte, hazlo de inmediato" le dijo luego a Dormund, haciendo un gesto primero al cuerno que llevaba seguro en el cinturón y luego al estandarte, que llevaba en la mano izquierda, oculto de la vista del enemigo.

"No te fallaré, Rey" le dijo con una sonrisa idéntica a la de su padre.

"Lo sé" dijo, y en un súbito destello de humor, añadió "Si lo haces te patearé el trasero tan fuerte que saborearás el cuero de mis botas hasta el próximo verano"

Todos los que estaban cerca soltaron risas camufladas; Dormund soltó una carcajada que atrajo muchas miradas. Un poco más relajado, Jon volvió a tomar su posición en el muro de escudos. El enemigo estaba llegando.

"De acuerdo. ¡Enviemos a estos sureños de mierda colina abajo!" grito justo cuando el enemigo empezaba a cargar en dirección a ellos.

"¡A la mierda los sureños!" el grito colectivo le dio nuevas fuerzas.

En cuanto el muro de escudos fue embestido, Jon gruñó, su brazo ardiendo por el esfuerzo de mantenerse en posición. Lanzó su espada al frente, entre su escudo y el de Rogar Burley, y alcanzó un cuello, rociando sangre y aliviando un poco la presión.

A su alrededor, su gente se defendía con fuerza, manteniendo el muro de escudos contra todo lo que se lanzara desde el otro lado. Observó a Rickard Liddle rugir con furia mientras enterraba su espada en un hombre que intentaba cruzar por encima del muro. No muy lejos, Torreg cortaba un brazo, la extremidad cayendo con la espada aún sujeta a ella.

Volviendo a su pelea, soportó dos golpes de un hacha larga en su escudo; al tercero, movió el escudo al frente, golpeando en el rostro al dueño del hacha. Desviando un golpe de retribución casi instantáneo con Hermana Oscura, luego lanzó un tajo que abrió el pecho del hombre y lo envió con un grito al suelo. No tuvo tiempo para comprender que estaba muerto; otro hombre había saltado encima de él y tomado su lugar en la misión de matar a un Rey. Por fortuna, puedo atravesarle el corazón al poco tiempo con una estocada.

Un cuerpo cayó a su lado; pero solo necesitó ver el rojo en sus ropas para saber que no era de los suyos, por lo que siguió defendiéndose.

"¡Un paso atrás!" grito entonces, lanzando un último golpe antes de retroceder. Para su alivio, sus hombres pronto lo siguieron, toda la columna retrocediendo un poco, para regocijo de los hombres al otro lado del muro, a juzgar por sus renovados ataques contra ellos.

Una lanza casi lo alcanzó en la cadera; su espada tuvo más éxito matando al dueño del arma de una estocada en la clavícula. Al siguiente momento, una espada y otra lanza intentaron atravesar su defensa. Solo atinó a defenderse de ambas armas interponiendo el escudo y ocasionalmente desviando con Hermana Oscura.

A su alrededor, notó que su gente se cansaba cada vez más; sus movimientos eran más lentos. Era solo por pura fuerza de voluntad y la defensa que proporcionaba el muro de escudos que la mitad de ellos no estaban muertos ya.

"¡Dos pasos atrás! ¡Ya!" grito, y su gente se retiró más todavía, atrayendo al enemigo. Y el enemigo los persiguió.

"¡Sigan, están retrocediendo!"

"¡Empujen, hombres! ¡Por Roca Casterly!"

"¡Por la Reina Margaery!"

Sonreiría si no estuviera tan cansado. Pensaría en decirle a Dormund que alzara el estandarte del ciervo y el león, pero no había necesidad. El enemigo los seguía bastante bien sin necesidad de tal aliciente.

Creyó escuchar trompetas en la distancia, pero no podía estar seguro. Sus oídos estaban llenos del ruido de la batalla, ninguno más fuerte que el sonido de la carne abierta por Hermana Oscura; el hombre con colores de Tyrell cayó al suelo abierto de un tajo que empezaba bajo el obligo y seguía casi hasta el cuello.

"Un poco más. Solo un poco más…" pensó, recibiendo un golpe de maza con su escudo, antes de lanzar una estocada que falló, pero que hizo retroceder de un salto al hombre que lo atacaba "…ahora"

"¡Retrocedan, todos juntos!" gritó, aunque su garganta estaba en llamas "¡Retrocedan ahora!" entonces, el mismo retrocediendo, su gente empezó una retirada constante, el muro en pie, pero los hombres que lo formaban no deteniéndose. Un paso, dos, tres…

El enemigo no oculto su euforia.

"¡Persíganlos, y logren la victoria!"

"¡Mátenlos! ¡Muerte a los salvajes!"

"¡Muerte a los norteños traidores!"

"¡Muerte al Rey Bastardo!"

A través de esa cacofonía, de los gritos de los heridos y moribundos, de los esfuerzos de su gente para no quebrarse bajo la presión, Jon giró la cabeza un instante.

"¡Suena el cuerno, Dormund!" grito con todas sus fuerzas.

El hijo de Tormund no demoró. Jon aún sentía el eco de sus palabras cuando el cuerno dejó escapar una larga nota. Jon pensó que ese era el sonido más hermoso que había escuchado en mucho tiempo.

"¡POR EL REY JON!" el rugido de cientos, miles de voces, llegó desde los flancos, alcanzando sus oídos y forzarlo a cambiar de opinión.

Ese era un sonido más hermoso todavía que el del cuerno.

Dos truenos se escucharon al norte y al sur; eran truenos gemelos, formados por gritos y aullidos sedientos de sangre. Ese era el momento.

"¡Carguen! ¡Mátenlos a todos!" ordenó Jon, y al igual que no hubo vacilación en sus palabras, tampoco la hubo en su gente al obedecerlas.

En un frenesí enloquecido, todos se lanzaron directamente hacia el enemigo. Jon dejó caer su escudo mellado y abollado en varios lugares, cogiendo su espada de acero valyrio con ambas manos y pasando a la ofensiva.

Desvió una espada antes de cortar un cuello. Pasó a otro hombre; lanzó dos golpes a la izquierda, y luego perforó un costado. Con un rodillazo derribó al hombre antes de pasar a otro. Se agachó debajo de un amplio arco con un hacha, para luego lanzarse al frente y atravesar la cota de malla y el corazón debajo de esta con una estocada. Luego se enfrentó a dos hombres con espada y lanza; mató al primero con un tajo ascendente, de la cadera hasta la clavícula. El segundo se vio privado de su lanza antes de que su cabeza se separara de sus hombros. Tomando el arma del suelo, la arrojó, acertando a un hombre con coraza de acero; el arma atravesó su muslo, haciéndole caer justo cuando alguien más lo mataba con un golpe de hacha.

Vio a Torreg enviar a un hombre el suelo, pateando su rostro y enviando sangre y dientes a volar, antes de hundir su espada con fuerza en su pecho. Alyra había conseguido una lanza, y en ese momento la blandía con ambas manos; la vio perforar una mano que sostenía una maza antes de retirarla y enterrar la lanza en la barriga del hombre. No muy lejos, Alysanne Mormont era más feroz que una decena de osos juntos; literalmente hacía retroceder a tres hombres a la vez, matando a uno con un golpe en el rostro con su maza y persiguiendo a los otros antes de que el cuerpo cayera el suelo.

Fueron las imágenes de su gente, su pueblo, luchando junto a él, lo que le infundieron más ánimos aún, y volvió a la pelea. Su espada se volvió un borrón en sus manos, igual que el enemigo. No sabía a cuantos había matado; solo sabía que si sus ojos se posaban en algo que fuera un enemigo, su espada se movía y no se detenía hasta probar su sangre.

Y así fue como se encontró en medio de una pelea con un hombre que no reconocía, pero no le importaba. No prestó atención a su cabello y barba largos, ni a que los mismos eran de ese dorado tan propio de los Lannister. No prestó atención a los ojos verdes que mezclaban grandes cantidades de odio con un miedo incipiente. Ni siquiera prestó atención a que no tenía caso, dejando su cabeza bastante descubierta. Solo prestó atención por un instante al león dorado en la coraza, y eso fue suficiente para decidir que debía matarlo.

Esquivó una estocada antes de lanzar un puñetazo; el picor de sus nudillos al impactar la mejilla descubierta fue agradable. Al siguiente momento lanzó una serie de golpes que hicieron retroceder al hombre, arrancando sangre cuando Hermana Oscura mordió el hombro en un corte pequeño pero profundo. El grito que escapó de su boca fue música para los oídos de Jon.

Volvió a cargar, su espada lanzando una serie de cortes que el hombre desvió con dificultad, intentando ignorar el dolor de su hombro sin duda. En un momento, Jon lo engañó para que se cubriera la derecha en exceso, dejando su izquierda descubierta. Hermana Oscura probó sangre de nuevo cuando mordió el muslo; medio dedo a la izquierda y el corte habría sido letal. El grito al menos lo compensó un poco.

A su alrededor, las columnas estaban realizando una masacre en todo sentido; Val empujaba por la derecha como una espada a través de la nieve, sus reservas eran una daga en la izquierda, y Jon y su gente se habían convertido en una manada de lobos, despedazando todo lo que tenían al frente.

Hablando de lo que tenía en frente…

Jon cruzó espadas de nuevo. Aprovechando un momento de cercanía, su espada y la de su oponente cruzadas, la suya empujando al frente, lanzó un cabezazo que rompió la nariz y manchó ese rostro de sangre. Una patada al pecho lo envió al suelo, y cuando alzó a Hermana Oscura

"¡Ser Daven!"

Una voz grito. Atrapado en la niebla de la sed de sangre, Jon solo registró el sonido, no su significado. Mirando a la derecha, retrocedió un par de pasos por instinto, defendiéndose de un hacha y una espada.

No logró preocuparse o siquiera razonar; su cuerpo estaba en total tensión, defendiéndose y atacando por puro instinto. En un momento enfrentaba a dos enemigos; al siguiente, el hacha estaba en sus manos y su dueño estaba tendido en el piso, aferrando su garganta abierta con las manos. Menos de unos instantes después, la espada de acero común caía al suelo, y un momento después su portador, el hacha enterrada en su cráneo.

Entonces, por fin, pudo pensar. Lo primero que notó fue que varios de sus Guardias Personales llegaban; Alyra, Rickard Liddle, Kyura y Cedrik Flint lo rodearon, todos cubiertos de sangre, sus espaldas en su dirección mientras se preparaban para cualquier enemigo que intentara atacarlo. Un tonto con una rosa lo intentó, pero Jon no alcanzó ni a levantar su espada antes de que las de Kyura y Cedrik lo acabaran.

Cientos de hombres huían colina abajo; todos llevaban los colores del enemigo. Los que no corrieron, o no lo hicieron lo bastante rápido, fueron alcanzados y muertos por su gente.

"¡Alto! ¡No los persigan!" gritó, agotado.

Sus guerreros también estaban agotados; pocos debieron ser detenidos. Para el segundo aviso de Jon, cualquier idea de persecución estaba olvidada.

Pero Jon estaba satisfecho. A su alrededor, los muertos enemigos sembraban el campo; no unas pocas docenas como en los ataques anteriores, sino cientos y cientos. El tercer ataque del enemigo había salido terriblemente mal, y fácilmente dos tercios de los hombres que habían cargado colina arriba estaban muertos.

La trampa había funcionado.

Miró entonces al lugar dónde había derribado a ese hombre. Ser Daven, recordó. No había nadie allí, vivo o muerto.

Garlan

Apretó el ojo myriense con fuerza, casi hasta hacerse daño "Maldito idiota" la maldición lo dejó sin que lo notara, pero no le importó. A juzgar por las miradas de los hombres que lo rodeaban, sus pensamientos no eran diferentes.

Todo había ido de acuerdo al plan. Los salvajes eran atacados de forma casi constante, minando su resolución y sus fuerzas; a costa de unos pocos cientos de hombres, estaban agotados por la batalla. Ser Prester, y luego Lord Shermer, habían hecho su parte con diligencia.

Daven Lannister no lo había hecho. El ojo myriense le había permitido una vista perfecta de la estupidez del león; en vez de retirarse ante el llamado de las trompetas había presionado el ataque más allá de la ladera de la colina. No pudo ver lo que pasaba, pero cientos de hombres con los colores de los Tyrell o los Lannister huyendo en desorden le dijeron todo lo que necesitaba saber.

Ser Daven no se había retirado.

Había sido derrotado.

Si Garlan tuviera que hacer una cuenta rápida, diría que apenas un tercio de los hombres bajo el mando del Lannister habían bajado la colina. Los demás…no los veía, pero dudaba que los salvajes los tomaran prisioneros.

El colmo del desastre fue cuando, sin que le dieran órdenes, la caballería en la base de la colina, que estaba esperando atacar, empezara a moverse de vuelta a través de la zanja. Sin duda ellos, y los caballeros que había puesto al mando, estremecidos por la ferocidad del enemigo.

"Mi caballo" soltó con un gruñido. Cuando estuvo montado en la bestia, partió a toda velocidad, seguido por sus veinte guardias, todos ellos montados también.

El sol ya estaba en su punto más alto. Su ejército, estremecido por la resistencia del enemigo y por sus propias pérdidas durante la mañana, ya había vuelto al campamento para comer y descansar cuando Garlan se encaminó a la tienda de Ser Daven Lannister. Los dos guardias con los colores Lannister no fueron difíciles de persuadir para que le permitieran el paso, especialmente teniendo en cuenta que había traído a sus veinte guardias, además de diez caballeros con él.

Dentro de la tienda, un maestre, uno de los pocos que se habían permitido traer, curaba a un Ser Daven sentado en su catre. Garlan no sintió simpatía por las heridas en el hombro y la pierna, junto con una nariz torcida y un pómulo hinchado que ya había adquirido un tono morado oscuro.

"Fuera" le ladró al maestre, quién tragó saliva, pasando la mirada rápida de él al caballero antes de recoger los elementos que había estado usando para curar y salir de la tienda "Maldito bastardo infeliz" escupió, mirándolo con odio.

A pesar de sus heridas, Daven Lannister tenía orgullo. Se puso en pie, la mueca en su rostro no solo debido al enojo, sino también a la herida. Le satisfacía la idea del idiota frente a él sufriendo.

"¡¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma?!" espetó, apretando los puños y mirándolo con enojo.

"Hablaré como se me dé la maldita gana. Soy el comandante de este ejército. ¿Sabes que eres tú?" no espero la respuesta "Eres un estúpido que nos ha causado una pérdida inmensa"

"Los salvajes…"

"¡A la mierda los salvajes!" gritó Garlan, sin dejar terminar al otro hombre, y sin importarle que alguien lo escuchara gritar. Estaba demasiado enojado "Eres tan responsable como ellos. Dije que no presionaras el ataque; que solo los cansaras. ¡Solo cansarlos, esa era tú única maldita tarea!" respiró hondo "Te di 2.500 hombres. ¿Sabes cuántos lograron sobrevivir?" preguntó.

A pesar de la reprimenda, el orgullo y la obstinación no habían menguado en el caballero Lannister "Yo no…"

"¡Menos de 700! Más de dos tercios de tus fuerzas fueron asesinados porque caíste en la trampa del enemigo. Persiguiendo su centro, ciego a los flancos abiertos…tus hombres dicen que fue solo por un milagro que no los persiguieron; solo por eso no los asesinaron, hasta el último de ellos"

"¡Fue una maldita emboscada! ¡Un truco sucio! ¡¿Cómo diablos se suponía que supiera que había más de ellos tras los flancos?!" las partes del rostro de Daven Lannister que no estaban cubiertas de morado se estaban volviendo rojas por la rabia.

"¡No se suponía que lo supieras, se suponía que cumplieras tus malditas órdenes y te retiraras cuando escucharas las trompetas! En cambio te dejaste llevar a una trampa" replicó Garlan, implacable. Vio de reojo la armadura, el emblema parcialmente oculto por la sangre y el barro, y no contuvo sus pensamientos "No eres un león, eres una oveja, llevada al matadero por esos malditos salvajes" escupió, mirando al tonto ante él con desprecio.

El puñetazo vino en su camino, pero alcanzó a evitarlo. A pesar de su furia, Daven Lannister solo lo miró con odio. Garlan tampoco respondió el golpe, no por no desearlo, sino porque había mejores formas de castigar al tonto. Con palabras.

"Desde este momento, quedas despojado de tu mando en el ejército. Ser Lyle Crakehall ocupará tu lugar" resistiendo el impulso de escupir a sus pies, Garlan salió de la tienda, sordo a los gritos y las amenazas de Ser Daven Lannister.

Val

Aunque vencieron, eso no cambiaba el agotamiento de todos. Los hombres de Jon, Ygon y Sigorn parecían listos para caer al suelo en cualquier momento. Los suyos, junto con las reservas, estaban algo mejores, pero ni de cerca capaces de hacer tanto trabajo. Por eso, les correspondió a los arqueros de Halleck recoger las armas, cuidar de sus heridos y rematar a los arrodillados que quedaron atrás. Además de lidiar con los cuerpos de los muertos. Eran muchos cuerpos.

Acababa de voltear a un sureño muerto, ignorando el león en su ropa, para tomar la maza debajo de él y entregarla a la mujer de las lanzas que esperaba expectante esa arma para llevarla junto con las otras en sus brazos, cuando Awrryk se aceró a ella.

"El Rey quiere verte. Dijo que es urgente" le informó, antes de señalarle donde podía encontrar a Jon.

El camino más directo a él atravesaba los muchos cuerpos que quedaban de la emboscada exitosa. No prestó atención a ellos, con la excepción de los pocos que se movían, al menos hasta que alguien les clavaba una lanza en el pecho o la espalda.

En la ladera, a unos treinta pasos de donde habían formado el muro, Jon estaba sentado. A su alrededor estaban sus Guardias Personales; todos, como él, se habían sentado. Los hijos de Tormund habían ido más lejos; recostados, mirando el cielo, no parecían muy en guardia, pasándose un pellejo entre ellos.

Sentado a unos pasos de Jon, Sigorn de Thenn observaba con atención al monarca, sus armas dejadas a un lado.

Al acercarse, pudo notar que Jon mismo también parecía cansado; más que eso, parecía agotado. El sudor hacía brillar su rostro; su ropa estaba manchada de sangre, y su espada era roja casi por completo, empuñadura y hoja.

"Val" saludó Jon, antes de hacer un gesto con su mano "Siéntate" Val hizo caso, dejando su espada a su lado. Estaba sentada más cerca de Jon que Sigorn "Déjame decirlo: la emboscada fue perfecta. Tus hombres y tú se distinguieron, y todos tienen mi gratitud eterna por eso" dijo, antes de beber agua de una taza a su lado.

Sintió una sonrisa tirando del costado de su boca, complacida con el elogio. Pero no habló; no tenía talento para las palabras floridas. Solo asintió, y Jon lo aceptó con una sonrisa.

"¿Por qué nos llamaste?" le preguntó.

"Esperamos a Ygon y Halleck. Cuando vengan, hablaré" dijo, antes de volver a guardar silencio. Desde ese momento, los ojos de Jon no se apartaron del campamento enemigo, en la distancia.

Al menos, hasta que llegaron los hombres que esperaba.

"Siéntense" les dijo a Ygon y Halleck; cuando ambos lo hubieran hecho, habló de nuevo "Nuestros hombres están agotados, y nuestra posición está destrozada. Por eso, si el enemigo intenta atacarnos de nuevo pronto, enviaré un mensajero con bandera de tregua a ellos" les informó.

Sintió que el aire se le escapaba. A su alrededor, otros no estaban mejor. Cedrik Flint miraba a Jon como si hubiera dicho que pretendía colgarse de un árbol con sus propias manos.

"¡¿Vamos a rendirnos?!" preguntó Ygon con incredulidad, claramente contrario a la idea.

"¡Jamás! ¡Yo jamás me rendiré a los Lannister!" exclamó entonces Alysanne Mormont con un rugido, poniéndose en pie con una mirada feroz. Los otros Guardias lo hicieron, y los del Pueblo Libre especialmente parecían listos para saltar en medio de la osa y el Rey si esta daba un paso hacia él.

Val misma sintió que su mano se acercaba despacio a su espada.

"Cálmense ya. Todos" dijo el Rey "No haría tal necedad, pero si eso nos compra tiempo para reformarnos y descansar, lo haré" la calma de Jon era contagiosa. Todos los que se habían puesto de pie ahora volvieron a sentarse, ninguno más avergonzado que la osa.

"Alteza…" la palabra escapó de los labios de Cedrik Flint por accidente; cuando todas las miradas se enfocaron en él, se encogió en su lugar, como un niño que habla contra los deseos de los grandes. Pero ante un asentimiento de Jon, recogió el valor para preguntar "¿Es eso honorable? Pretender una rendición sin que esas sean nuestras intenciones…" ante la mirada de Jon, el chico no continuó. Parecía el más joven de todos…que de hecho lo era.

"No, Cedrik. No lo es" respondió al final Jon. No parecía enojado, ni siquiera molesto. Solo pensativo "Pero el honor es un lujo, como esas sedas que suelen usar los sureños: es algo bonito y brillante de usar, pero ¿cuántas flechas detiene la seda? Las mismas que el honor" preguntó, sin esperar respuesta, porque la pregunta era obvia. Los ojos grises de Jon los recorrieron a todos mientras seguía hablando "¿Cuántas heridas de espada cura? ¿A cuántos muertos resucita?"

"El honor es un lujo que no podemos permitirnos, no con nuestras vidas en juego aquí: yo tengo una familia a la que volver, como la tuvo mi padre cuando estuvo en Desembarco del Rey. Pero a diferencia de Eddard Stark, no dejaré solos a los míos" Val pudo notar que, bajo toda la resolución, Jon parecía resentido al mencionar a su padre. Por las miradas que intercambiaron, otros lo notaron también.

Con una palmada en el suelo, Jon se levantó de un salto. Le ofreció la mano, y ella la tomó y la usó para incorporarse, mientras los demás hacían lo mismo. Una vez todos en pie, Jon habló una vez más.

"Aprovechemos el tiempo que tenemos, y con algo de fortuna, esta noche dormiremos el sueño de los cansados mientras el enemigo duerme el sueño de los muertos"

Ser Gunthor Meadows

Lo había intentado durante la mayor parte de la noche, pero era incapaz de borrar la imagen de sus ojos.

El rostro muerto de Ecbert parecía dibujado en sus ojos, ninguna parte más que el horrible vacío lleno de sangre seca donde había estado el ojo de su hermano mayor. Apenas había podido mantener su comida en su estómago hoy. Avec no estaba mejor, su hermano pequeño luciendo más pálido de lo que nunca recordaba.

No se suponía que fuera así; se suponía que esta campaña era su oportunidad de obtener tierras para sí mismos, o al menos algún reconocimiento. Debían distinguirse en el campo de batalla, y así lograrían al fin obtener algo para sí mismos, sin depender de sus malditos primos en Valdelhierba, como habían debido hacer toda su vida desde que sus padres murieran.

"No volveré a Valdelhierba" era algo que había sabido la última vez que partió del castillo "No sin algo propio. Tierras, oro, una posición privilegiada en el sequito de Garlan Tyrell, lo que sea" estaba harto de vivir de las sobras de sus parientes. Era un caballero, maldita sea, se había ganado sus espuelas. No aceptaría nada menos de lo que le correspondía.

Fue mientras estaba sentado junto a los restos de una hoguera, acompañado por su hermano, que Gladen, uno de los escasos veinte jinetes libres que habían conseguido reclutar entre él y sus hermanos, se les acercó.

"Lord Tyrell lanzará otro ataque en la tarde" les informó, su rostro mal afeitado mirando entre Avec y él con seriedad.

"¡Una oportunidad!" fue lo que pensó "¿Estás seguro?" fue lo que preguntó en voz alta, muy justificadamente en su opinión. El campamento estaba lleno de rumores.

"Es lo que informaron los heraldos. Los rumores dicen que Lord Tyrell quiere enviar una carga de caballería cuesta arriba" dijo. A Gunthor no se le escapó el desdén que cubría esas palabras, pero no lo reprendió por eso. No tenía tiempo.

"Será mejor que vayas a decirles a los que tengan caballos que se preparen. Nos sumaremos al ataque" de sus veinte hombres, solo siete tenían una montura, pero era bastante.

"Si, Ser" dijo Gladen, agachando la cabeza ante él y Avec antes de irse.

Sintió la mirada de su hermano atravesándolo como una espada "Tomaré el caballo de Ecbert" dijo, reprimiendo una mueca cuando escuchó a su hermano suspirar con fuerza mientras lo miraba con incredulidad "Es la mejor montura que tenemos" el único caballo de guerra entrenado que habían logrado pagar con su escaso dinero "Tú toma el mío; dale tu montura a uno de los hombres. Hugor, o Tarbel" dijo.

"¿En verdad quieres participar de esto? ¿Qué pasaría si los salvajes tienen una trampa, o un truco? Podrías terminar como…" su hermano no completó la frase, pero no hizo falta. El recuerdo de una cuenca ensangrentada acudió a la mente de Gunthor.

De pronto, Gunthor sintió una oleada de ira surgir en su interior. La muerte de su hermano, la injusticia que todos habían debido soportar durante tantos años, la falta de medios propios para vivir. Todo era demasiado. Y sacó su ira con el único que podía en ese momento.

"¡Tenemos que lograr que nos noten! ¡No podemos salir de este campo sin algo de reconocimiento y una recompensa, Avec! Tú sabes lo que dimos para unirnos a esta campaña" habían persuadido, convencido, suplicado y alabado para conseguir a esos escasos 20 hombres que tenían. Y habían dado todo el dinero que tenían para armarlos; incluso vendieron la armadura de su padre y el espejo favorito de su madre para poder procurar al menos una lanza para cada uno de ellos. No tenían nada en ese momento, eran poco más que mendigos.

Avec solo bajó la vista ante sus palabras, pero asintió. Gunthor sabía que haría lo que le dijeran, así que sin más se levantó, dirigiéndose a su diminuta tienda para ponerse la armadura y preparar a su caballo. No habló con su hermano entonces.

No habló con su hermano nunca más.

Ser Garreth Flores

Estaba volviendo de una exploración cuando le informaron de lo que había sucedido en su ausencia. No lo pensó; desmontó y se dirigió a la tienda de Garlan Tyrell. Estaba llegando cuando notó que había otro hombre ahí; Ser Forley Prester.

Intercambiando una mirada, supo que el caballero occidental había venido por el mismo motivo que él. Se asintieron entre sí, acordando sin palabras tratar de disuadir a Tyrell de esta…esta…locura.

"Mi señor, debemos hablar" dijo al entrar en la tienda junto a Prester, luego de sortear a los guardias.

"¡¿Cuál es el significado de esto?!" Garlan estaba portando la mitad inferior de su armadura; su escudero, el chico Ambrose, se encogió al verlos, dejando de atar la parte trasera de la coraza de su señor. La pomposidad en el rostro de la rosa era indiscutible.

"No podéis hacerlo, mi lord. No podéis" dijo Garreth, dejando de lado su precaución "Cargar cuesta arriba contra el enemigo es una locura" declaró.

"¡Locura!" replicó Garlan "¡Locura, dices! ¿Es eso cobardía lo que escucho, Ser Flores?" el desprecio en la voz de Garlan Tyrell no lo afectó, porque había escuchado eso en la voz de muchos, hombres y mujeres, desde que supo lo que significaba la palabra bastardo.

"No, mi señor. Él tiene razón" respaldó en ese momento Ser Forley, para molestia de Garlan Tyrell y para respeto de Garreth "La zanja…la pendiente…los norteños y sus aliados salvajes os desangrarán en cada paso de la subida. Nuestros hombres morirán como moscas" afirmó.

"Tenemos más de 5.000 jinetes. Enviaremos 2.000 en la primera oleada, y cuando ganen la cresta el resto los seguirá" Garlan Tyrell extendió el brazo en dirección a su escudero, que en ese momento empezó a atar los cordones del brazal "Ya he terminado con la infantería; solo sirven para limpiar el campo después de la batalla. Una carga de caballería barrerá a esa escoria; es lo que debimos hacer ayer. No lo demoraremos más"

"Es inútil" supo Garreth en ese momento, viendo la total determinación en Garlan Tyrell. Sus ojos eran inconmovibles.

Pero no podía dejarlo así. No podía rendirse. Una idea desesperada se formó en sus pensamientos, y no pensó en llevarla a cabo.

"Si lo hacéis, mi señor…no contéis conmigo" declaró, manteniendo la cabeza en alto, y forzándose a mirar al hijo de Lord Mace Tyrell a los ojos.

Los ojos de Grlan Tyrell, que parecían oro líquido, se entrecerraron, mirándolo con enojo, con furia, con desprecio. Al lado de Garreth, Ser Forely Prester no dijo nada. Garreth no lo culpó; incluso él dudaba.

"¿Qué?" su pregunta fue un siseo; estaba enfurecido "Repetidlo, Flores" ni siquiera se molestó en llamarlo Ser.

Garreth respiró hondo "Si lanzáis tal ataque no os apoyaré, mi señor" añadió con lentitud y calma, pretendiendo una fortaleza que no tenía en su interior. Pero ya había ido demasiado lejos. Llegaría hasta el final.

"¿Enserio?" preguntó Lord Garlan "Si no tenéis estomago para la guerra, sea, Flores. Pero como es obvio que no estáis comprometido con la lucha, no tendréis papel en ella" una mueca de desprecio decoró el rostro de Tyrell mientras decía las siguientes palabras "A partir de este momento, Ser Flores, quedáis despojado de vuestro cargo al mando de los exploradores"

Garreth no podía decir que estuviera sorprendido. ¿Que esperaba, luego de desafiar a un Tyrell? Aun así, fue un golpe duro. Hizo falta de todo su autocontrol para no romperse bajo la mirada y las palabras de Lord Garlan.

"Como digáis, mi señor" fue todo lo que pudo decir. Se enorgulleció de que su voz no temblara.

Pero eso no pareció complacer al hombre ante él; al parecer esperaba que Garreth suplicara, o intentara disculparse por sus palabras. Como no hizo ninguna de las dos cosas, descargó su furia sobre el otro hombre en la tienda.

"¿Y vos, Prester? ¿Os negaréis también a acatar órdenes?" preguntó con beligerancia.

Ser Forely le dedicó una mirada fugaz a Garreth, pero supo cuál sería la respuesta antes de que el occidental hablara.

"No, mi señor" respondió Ser Forley.

"Retiraos. Ambos" ordenó Garlan, haciendo un gesto con la mano "Y si escucho que habéis comentado vuestras opiniones entre los hombres, estaréis cavando letrinas y fosas comunes hasta que volvamos a Desembarco del Rey" amenazó.

"Mi señor" dijo Ser Forley Prester, dando una rígida inclinación. Garreth apenas pudo imitarlo, y luego ambos salieron por sus propios pies de la tienda, ignorando al escudero y a los guardias.

Garreth sentía que su cuerpo no era el suyo; sus piernas parecían moverse sin que él lo controlara. Su cabeza daba vueltas, y sus pensamientos iban hacia el despojo que acababan de hacerle. No era solo el despojo, sino el desprecio del que fue objeto. Pensó que ya se había acostumbrado al estigma de la bastardía, pero al parecer no era así.

Una mano en su hombro lo forzó a detenerse; era Ser Forley. Mirando alrededor, Garreth notó que se habían alejado bastante de la tienda de Garlan Tyrell.

El caballero occidental dejó caer su mano, pero lo miró a los ojos con un respeto que casi lo hizo estremecer.

"Fue un gesto muy valiente, Ser Garreth" incluso las palabras de Prester estaban teñidas de respeto, y eso lo consoló más de lo que pensó.

Respiró hondo antes de hablar "Fue lo correcto, Ser. La idea de cargar cuesta arriba es una locura: no podía guardar silencio al respecto" declaró, bajando la voz. Había muchos oídos cerca.

"Lamento que no haya dado resultado" dijo Ser Forely, hablando en voz baja también. Se inclinó un poco hacia Garreth "Estuve a punto de imitaros" le aseguró, y Garreth no lo dudó. Ser Forely tenía los ojos de un hombre honesto.

"Me alegro que no lo hicierais. No habría logrado nada, excepto que os castigaran a vos también" le dijo, intentando transmitir que no resentía al otro hombre por no hacerlo. Lo logró.

"No lo hice por temor a lo que sería de los hombres de Occidente: con Ser Daven herido y el Jabalí y los otros demasiado ansiosos por la lucha, me estremezco al pensar en lo que sería de ellos sin una voz que abogara por la prudencia" era claro por su tono que no confiaba en Lord Garlan para velar para los intereses de los hombres de las Tierras del Oeste, no es que Garreth pudiera culparlo por ello.

"Entiendo, Ser. No necesitáis explicaros ante mí" le aseguró.

Ser Forley Prester lo miró un largo momento, antes de darle una palmada en el hombro y alejarse, pero no sin antes darle unas palabras finales.

"Vos sois mejor hombre y mejor caballero que Garlan Tyrell, Ser Garreth"

Jon

"Se están formando" las palabras salieron de su boca; en la distancia, el sonido y la visión de muchos hombres de Lannister y Tyrell confirmaba sus palabras.

Fantasma había bajado por los bosques del sur, capaz de hacer en instantes lo que un hombre no podría hacer jamás por la espesura de los árboles. A través de sus ojos vio miles de corceles formarse, y supo que era el momento.

Miró a su alrededor, viendo a su compañía; Val, Ygon, Sigorn, Halleck, y los otros que había puesto a cargo de las partes del ejército. Además, había algunos arqueros y hombres de confianza a mayor distancia de ellos.

Se dirigió a uno de los arqueros a paso rápido, tomó la lanza de madera de sus manos y luego caminó en dirección al inicio de la pendiente, donde una hilera de 50 lanceros montaba guardia. Se paró junto a uno y con un gruñido arrojó la lanza con todas sus fuerzas. El arma trazó un largo arco en el aire, antes de quedar clavada en el suelo de la ladera.

"Fisher, prepara a tus hombres. Quiero a veinte de ellos con antorchas. Otros treinta deben traer la sorpresa que preparamos a los sureños al borde la ladera. Los demás, que lleven las vasijas a veinte pasos de esa lanza. En línea, ninguna a más de diez pasos de las demás" dijo, mirando al hombre mientras le daba sus instrucciones "¿Alguna duda?" preguntó al terminar.

"No, Alteza. Se hará como decís" con esas palabras, Finnat Fisher se alejó, casi corriendo en su urgencia.

"Halleck, quiero a los 100 mejores arqueros al frente de la infantería, listos para disparar flechas en llamas a mi señal. El resto de ellos, que se queden en la cima de la ladera, arcos ocultos y lanzas de madera en la mano"

"Rey" dijo el hermano de Harma, antes de alejarse.

"Mollen, tus arqueros detrás de la infantería. Que disparen contra la caballería cuando estén al alcance, pero que se detengan cuando haya riesgo de que nos den a nosotros" eran básicamente las mismas órdenes que Lord Mollen había tenido desde el primer choque de fuerzas, el día anterior.

"Como digáis, Alteza" dijo el señor menor, antes de alejarse para reunir a sus hombres.

Jon miró a los demás; sus ojos recorrieron a Val, Ygon y Sigorn, y a los líderes de las reservas.

"Todos vosotros, formad a vuestra gente y preparadla para combatir. No habrá reservas; quiero a cada hombre y mujer que no sea un arquero formado en primera línea. Los necesitaremos a todos. Los oídos abiertos ante mis órdenes. Y conseguid lanzas con puntas de acero; las vais a necesitar" con esas palabras, todos partieron, mientras Jon, por su parte, se quedaba contemplando al enemigo en la distancia, acompañado solo por sus Guardias Personales, que lo flanqueaban.

No pudo evitar el escalofrío que lo recorrió. La visión de la caballería enemiga formando era algo que aterrorizaría a muchos. Él mismo temía, no tanto su reacción como la de sus hombres.

"Si solo 1.000 de ellos lanzan una carga a toda velocidad, aun teniendo que subir la ladera, solo los dioses evitarían que mis hombres fueran atravesados como queso bajo el filo del cuchillo" así pues, debía evitar que eso pasara a toda costa.

Observó en silencio mientras los hombres de Fisher, manchados y sucios, se apresuraban a cruzar a su lado. Muchas vasijas iban en sus manos, muchas llevadas por un solo hombre, pero algunas, las más grandes, llevadas por dos de ellos. Todos, a pesar de su prisa, tenían cuidado de no romperlas; las depositaban en el suelo, a la distancia, con precaución, cuidando que no se derramara su contenido. Al terminar, volvían a buscar más de ellas.

Mientras tanto, los jinetes ya habían llegado a la zanja, pero Jon sabía que aún tenían algo de tiempo. Los hombres desmontaron para llevar a sus animales a través del terreno accidentado por sus riendas.

Mirando por encima de su hombro, Jon notó que su infantería se formaba a sus espaldas, filas de hombres con escudos en una mano y espadas, lanzas, hachas y otras armas en la otra mano.

"Las lanzas al frente" ordenó, y vio como quienes portaban tales armas se adelantaban, formando una línea "Todos: si debéis elegir entre atacar al jinete o al caballo, id por el caballo. Con algo de suerte, caerá sobre las piernas del jinete y hará más fácil matarlo" una vez, cuando niño, había oído que no era honorable atacar al animal. Era algo a lo que no haría caso. No ahora.

La infantería casi se había terminado de formar cuando los arqueros que pidió se movieron entre ellos, antes de detenerse en el frente. Cada uno llevaba el arco en la mano, y al menos dos o tres flechas en la otra mano, además de un carcaj en la espalda. Las flechas sueltas tenían grasa o aceite empapando las puntas de acero.

Los hombres que llevaban las vasijas volvieron corriendo luego de dejarlas en su lugar. Cogió a uno por el hombro y le preguntó si esas eran las últimas; cuando el hombre le respondió que sí, lo eran, Jon lo soltó luego de decirle que buscara sus armas y formara con el resto. En ese momento llegaron dos hombres con antorchas; otros más se abrieron paso en distintos lugares de la línea.

La caballería ya había terminado de formarse al otro lado de la zanja. Con una larga melodía de trompetas, empezaron su avance. Formaban una larga línea que iba de los límites de un bosquecillo al otro. El resto de los jinetes esperaron al otro lado de la zanja, sin duda esperando el resultado de la carga de sus compañeros antes de sumarse a la lucha.

"Perfecto"

Girando para estar frente a su infantería, Jon desenvainó a Hermana Oscura y la sostuvo en alto "Os doy este voto…¡nunca más iré ante un árbol corazón a pedir a los dioses, si no pongo a esos sureños en fuga!" juró, sin faltar a la verdad.

Las armas golpearon los escudos, una melodía descoordinada pero comprensible. Estaban con él, tras toda la lucha y la pérdida que habían sufrido, estaban con él.

"¡Arqueros, preparados para disparar!" ordenó Jon, alzando la voz lo más posible, mientras otros repetían sus palabras. Los 100 arqueros se posicionaron, un pie al frente, el arco en su mano y una flecha colocada en posición, apuntando al suelo.

La caballería enemiga ya había empezado su carga, pero aún era un trote ligero.

"¡Enciendan las flechas!" demandó ahora, y los hombres con antorchas se apresuraron a moverse, pasando por delante de cada uno de los 100 arqueros, acercando las antorchas. Cien pequeños fuegos estuvieron encendidos en cuestión de meros momentos.

La carga ya era más rápida, los caballos moviéndose en una amplia pared móvil que venía directo hacia ellos. Desde la parte de atrás de la infantería, los arqueros de Mollen ya disparaban, pero sus flechas eran una mosca contra un buey; Jon podría contar con los dedos de su mano libre el número de jinetes que cayeron.

Los jinetes ya casi iban a toda velocidad; habían superado aproximadamente la mitad de la ladera.

"¡Arqueros, apunten a las vasijas!" ordenó. Los arcos se levantaron, pero no apuntando al cielo, listos para que las flechas trazaran un gran arco, sino apuntando al frente, ladera abajo, dónde las numerosas vasijas de arcilla se mantenían en medio del campo.

Bajo los pies de Jon, el suelo empezaba a temblar por el peso de los miles de corceles que se aproximaban. Los gritos ya se escuchaban en la lejanía, un ruido que crecía cada vez más, ávido de su sangre y la de los suyos. Mirando a su derecha y luego a su izquierda, Jon vio que muchos ojos lo miraban. Viendo el temor en ellos, Jon supo que él era el único motivo de que aún se mantuvieran firmes.

"Ahora atacan llenos de confianza. En unos momentos huirán de nosotros…de ustedes, llenos de terror"

Ya la caballería estaba a un tercio del camino. Jon podía distinguir los estandartes ondeando sobre sus cabezas, el color de sus caballos…casi juraría que veía el color de los ojos de esos hombres. Cuanto estuvieron a instantes de alcanzar las vasijas, reaccionó.

Alzó la mano izquierda lo más posible "¡Arqueros…SUELTEN!" gritó con todas fuerzas, al tiempo que bajaba la mano con brusquedad.

Por algo había pedido a los mejores arqueros. No quería fracasos. Y no los hubo. Cien flechas en llamas volaron, dirigiéndose a las vasijas. Ninguna falló. Todas y cada una de ellas golpearon las vasijas, las puntas de acero penetrando la arcilla endurecida sin mucha dificultad, las llamas de las flechas alcanzado la brea y el aceite dentro de las vasijas en el mismo instante que la línea frontal de la caballería las alcanzaba.

¡PUUUUUUUM! ¡PUUUUUUUM! ¡PUUUUUUUM! ¡PUUUUUUUM!

Las explosiones hicieron zumbar sus oídos, pero no fue nada comparado con el daño que hicieron a la caballería. Los caballos eran seres fuertes, pero no eran osados. Los ruidos fuertes podían asustarlos, y el fuego más aún.

El aceite y la brea en llamas explotaron, escapando de la contención de las vasijas para caer sobre jinetes y corceles, cubriéndolos de fuego, además de fragmentos afilados de arcilla. El efecto fue devastador. Los caballos se sobresaltaron, encabritaron, trastornaron y enloquecieron. Muchos cayeron, aplastando las piernas de sus jinetes. En un instante, toda la línea del frente era un caos. El tormento del enemigo se extendió todavía más cuando los corceles que venían detrás de ellos chocaron con los caballos aterrorizados, cayendo a su vez y presentando más dificultades todavía a los que los seguían.

Los gritos de euforia de su gente y los de caos y terror de sus enemigos le calentaron el pecho.

"¡Arqueros atrás! ¡Abran los pasillos; enseñemos nuestra sorpresa a esa escoria!" ante sus palabras, los arqueros que habían disparado las flechas en llamas se apresuraron a retirarse de vuelta a la posición de Halleck. Cruzaron entre la infantería, no entre los pasillos que ésta abría. Quince pasillos en total, cada uno tan amplio como para que tres hombres se pararan lado a lado. Uno de esos se abrió a espaldas de Jon, que se movió de su lugar y cogió la antorcha más cercana a él de las manos del hombre que la portaba.

Esa apertura en su infantería era la señal. Una serie de gritos, entre ellos el de Finnat Fisher, se escucharon desde atrás de la infantería. Entonces, quince formas fueron empujadas por la ladera de la colina, todas por ramas tan gruesas como el brazo de un hombre adulto; éstas eran empuñadas por dos o hasta tres personas a la vez.

Las formas eran esféricas, cada una más alta que un hombre adulto, y más pesadas que varios de ellos. Estaban formadas por algodón, paja y hojas secas, recubiertas de forma descuidada en retazos de tela y lonas de sus tiendas de campaña. Y estaban empapadas, por dentro y por fuera, de más brea y aceite, lo que les daba un olor casi insoportable.

El peso, la forma…era inevitable que, cuando las grandes esferas llegaron a la pendiente, rodaran cuesta abajo, dejando atrás a Jon y sus hombres. Pero no antes de que fueran prendidas en llamas por los hombres con antorchas que había al frente de la infantería. Jon mismo arrojó la antorcha en su mano, convirtiendo la esfera que pasó ante él en un pequeño infierno que fue cuesta abajo…directo a la caballería.

Los Guardias Personales, la infantería, los hombres que habían portado, y en algunos casos aún lo hacían, las antorchas, todos miraron atónitos mientras las esferas fueron cuesta abajo; eran tan pesadas, y sin duda despedían tal calor, que era imposible detenerlas. Y al llegar al caos que era la caballería, literalmente la arrollaron, cruzando por encima de hombres y corceles, abriendo caminos de fuego y llamas, contagiando sus ardores a lo que estuviera en su camino imparable hasta la base de la colina.

A sus espaldas su gente gritó más fuerte todavía, eufóricos ante la vista. Jon volteó, alzando su espada y mirando a los ojos a los más cercanos: su Guardia Personal.

Rickard Liddle estaba extasiado.

Awrryk tenía una sonrisa tan grande que partía su rostro en dos.

Alysanne Mormont parecía lista para explotar.

Los hijos de Tormund, Torreg y Dormund, aullaban jubilosos.

"¡DESTRUUUYANLOOOOS!" ordenó, y sin más volteó de nuevo y se lanzó contra la caballería. Detrás de él, miles de guerreros, hombres y mujeres, aullaron y gritaron su acuerdo al lanzarse también, siguiendo su estela, directo al enemigo.

Rijeth Wull

"El Rey es un jodido genio" fue su único pensamiento coherente mientras cargaba hacia la caballería enemiga, escudo en una mano y su hacha larga en la otra.

El enemigo era un amasijo de miembros salpicados de llamas, sangre y gritos.

El primer hombre al que mató ni siquiera atinó a defenderse; su hacha lo abrió del hombro hasta las costillas. El segundo no fue mejor, cayendo sobre un corcel en llamas y el mismo quemándose.

Partió una lanza larga con un golpe de su hacha, antes de matar a su portador, que tenía una pierna atrapada bajo su caballo. Al siguiente momento, desvió una espada; una mujer de las lanzas mató al portador del arma antes de que él pudiera.

Vio de reojo como un hombre, uno de los pocos que aún mantenía su montura en pie, era arrancado de la silla y asesinado un momento después.

Encontró otro hombre atrapado debajo de un caballo. La mitad superior del hombre estaba en llamas, sus gritos eran desgarradores. Con un golpe de su hacha, sacó al pobre malnacido de su miseria.

Sin saber bien como, se encontró combatiendo con un caballero, o al menos asumió que era uno. Una armadura completa, de la cintura para arriba, lo protegía. Su casco estaba adornado con un penacho de plumas. Así pues, fue al lugar más vulnerable que vio: las piernas.

Intercambiaron golpes mientras la batalla rugía a su alrededor, su hacha contra una espada gigante que el hombre usaba con las dos manos. Era tan grande, y tenía tanta fuerza tras los golpes, que no tardó en volver añicos su escudo. Dejando caer los restos del mismo, cogió el hacha con ambas manos y siguió peleando.

El final no llegó como ninguno de ellos esperara. Un grito agudo del hombre escapó a través de los agujeros del casco, mientras caía sobre su pierna, que estaba atravesada por una hoja de acero. Rijeth no lo desaprovechó; golpeó el casco con el mango del hacha, desorientando al caballero, antes de que un golpe terrible a dos manos destrozara el cuello, separando la cabeza casi por completo del cuerpo.

A su alrededor, la matanza proseguía, el enemigo estaba tan conmocionado que poco podían hacer excepto retroceder ante sus embestidas.

"¡Por el Rey Jon!" estalló el grito colectivo mientras empujaban a los sureños colina abajo.

"¡Por el Rey!" secundó Rijeth, encontrando a su monarca justo cuando atravesaba una pierna antes de abrir un cuello. A su espalda, su lobo huargo mataba a un hombre de una mordida en el cráneo desprotegido, apretándolo entre sus mandíbulas.

Con un grito, se lanzó de nuevo a la pelea.

Aún quedaban sureños malnacidos por matar.

Ser Gunthor Meadows

¿Serían así los Siete Infiernos? Si lo fueran, los septones y su madre tenían razón al decirle durante tantos años que fuera un buen hombre, no fuera que terminara en ellos.

"Pero igualmente estoy en uno de ellos, sin duda. Tanto por sus advertencias" pensó Gunthor.

Todo iba tan bien. A pesar de las flechas de los salvajes, su carga se había mantenido sin gran dificultad. Cierto, no estaba en la primera fila, pero tampoco estaba atrás; sin duda tendría la oportunidad de pelear y distinguirse.

Ya habían superado la mayor parte de la ladera, el enemigo esperándolos, y más allá de ellos el reconocimiento y la recompensa que Gunthor tanto anisaba…y lo siguiente de lo que fue consciente es de que estaba volando por el aire, el caballo de Ecbert cayendo al suelo luego de chocar contra otro animal. Cayó con estrépito, todo su cuerpo gritando de dolor al impactar el suelo con fuerza.

Fue consciente de que él no era el único, que en realidad muchos otros estaban en problemas, y que muchos caballos entraron en pánico, acabando con la carga. Fue este último saber el que le permitió apartarse con dificultad un momento antes de que un corcel encabritado a dos pasos delante de él cayera hacia atrás, aplastando al hombre que había estado intentando calmarlo.

Pero por esquivar ese caballo debió en cambio soportar que dos hombres le cayeran encima, los tres formando un amasijo de carne y acero, todos tan desorientados y presionados por todas partes que ninguna pudo hacer nada excepto retorcerse inútilmente, intentando volver a estar sobre sus propios pies.

Cuando al fin el hombre encima de los tres logró volver a pararse, y lo supo por la pérdida de peso encima de él, lo escuchó.

"¡DESTRUUUYANLOOOS!" el grito perforó el aire, más allá de los relinchos de caballos, maldiciones de hombres y crepitar de las llamas.

Y le hizo vaciar la vejiga; era un sonido tan terrible que supo que debía moverse de inmediato, antes de terminar como Ecbert. Con esfuerzo, apoyándose en sus brazos, se volteó con fuerza, hasta que el último hombre que lo aplastaba cayó a su costado, aun retorciéndose. Cualquier pensamiento que tuviera sobre él se perdió cuando contempló la cantidad de llamas que había a su alrededor; hombres, caballos y el suelo por igual, estaban cubiertos de fuego, más que nada en muchos surcos que atravesaban la caballería desde el frente hasta atrás.

No tuvo tiempo de pensar que rayos era lo que había originado esas llamas: el envite de los salvajes del norte no le dio la oportunidad de hacerlo.

Con gritos y aullidos que helaban la sangre, hombres…¡y mujeres también!, se lanzaron contra ellos desde la cima de la colina. Muchos apuntaron a los hombres derribados, mientras otros atacaban sin contemplación a los pocos corceles que aún tenían jinetes encima.

Desvió un golpe de hacha, pero el hombre que lo lanzó lo paso de largo, estrellándose contra otro, enviándolo al suelo con la fuerza del embiste. Retrocedió, aturdido. La visión de un monstruo blanco saltando y arrancando la garganta de un caballo de un solo mordisco lo hizo retroceder aún más, tambaleándose.

Por donde mirara, solo había muerte. Hombres y caballos eran presa del fuego y el acero, y la sangre manaba por mil lugares diferentes.

Vio un caballero ser puesto de rodillas por una mujer grotesca con un golpe de maza; otra mujer se acercó por detrás y lo sujetó con fuerza por el casco, mientras usaba su espada para serrar su cabeza fuera de su cuerpo, que se separó con un reguero de sangre. No muy lejos, un caballo se encabritaba, enviando a su jinete al suelo. Mientras intentaba levantarse, un salvaje lo envió de vuelta al suelo, antes de atravesar su nuca de un golpe brutal de espada.

"¡Por el Rey Jon!" el grito apenas se destacó entre todos los otros sonidos, pero lo siguiente de lo que fue consciente era de un hombre con espada y escudo que cargaba contra él. Alcanzó a interponer su espada con la de él, deteniendo el golpe que iba a su pecho.

De inmediato se puso a la defensiva; la brutalidad del ataque no le dejó opción, mientras el hombre ante él seguía gritando las mismas palabras una y otra vez.

"¡Por el Rey Jon! ¡Por el Rey Jon!" mientras decía esto, movía la espada, pero dejaba el escudo estático contra su pecho.

Al notar esto, Gunthor empezó a concentrarse en el arma ofensiva. Con una retirada fingida, logró que lanzara una estocada, momento en que golpeó la muñeca con el pomo de su espada. El dolor hizo que su oponente soltara el arma, y Gunthor casi sonrió…hasta que el escudo del otro hombre se estrelló contra él. El casco amortiguó lo peor del golpe, pero lo aturdió y le hizo retroceder dos pasos, luchando por recobrar el sentido.

Cuando se repuso, vio que su contendiente tenía otra arma en la mano; una daga larga y de aspecto afilada, que mantuvo a la altura de sus ojos mientras mantenía el escudo interpuesto para proteger su cuerpo.

Con un gruñido, Gunthor cargó, apuntando golpes altos y bajos, todos los cuáles fueron detenidos o desviados por el escudo, mientras el portador del arma luchaba para acercarse a él lo suficiente para usar la daga en su otra mano. En un momento, cayó sobre una rodilla tras un golpe brutal a dos manos de parte de Gunthor; pero era solo un truco. Gunthor no fue consciente hasta el instante en que el hombre, aún sobre una rodilla, usaba la otra pierna para impulsarse al frente, desviando con su escudo la espada de Gunthor y moviendo la daga.

Sintió el mordisco del acero, no una sino dos veces. Logró balancear la espada y alejar a su oponente antes de que el tercero llegara; ignorando el ardor en su brazo, donde la daga había cortado y extraído sangre, se lanzó de nuevo a la pelea con un grito que era parte ira y parte desesperación.

Con un movimiento que él nunca había visto, el salvaje logró que su espada cayera de su mano, a costa de su escudo. Antes de que pudiera comprender del todo la pérdida de su arma, el hombre se abalanzó sobre él, con tanta fuerza que ambos cayeron, rodando por la pendiente de la ladera durante un tramo, luchando por quedar encima del otro mientras la daga era disputada entre ambos.

Al final un caballo muerto fue la barrera que los detuvo; quedó arriba, y a costa de perder su casco y recibir varios golpes contundentes golpes en el rostro que hicieron sangrar su nariz y dejar insensible un lado de su cara, logró hundir la daga en el cuello del otro hombre. Gritó, tanto de alivio como de realización, cuando el maldito finalmente quedó inmóvil.

Vio una espada no muy lejos, descartada. Se arrastró hacia ella y se puso de pie una vez que la tuvo segura en su mano.

La batalla seguía rugiendo a su alrededor. Aunque matanza sería una palabra mejor para describirla; los salvajes, tanto los que eran norteños como los otros, mataban a los hombres que peleaban del mismo lado que Gunthor de forma indiscriminada.

En medio de ese caos, notó algo, y su corazón latió más rápido.

Había un apretado círculo de caballeros y hombres de armas, tal vez unos 20 en total. Reconoció a varios de ellos; Ser Daniel, Ser Lucas y Ser Rolad, todos espadas juradas de la Casa Tyrell. Estaban rodeando a un hombre que solo podía ser Lord Garlan. La calidad y ostentosidad de la armadura lo sugerían, y las dos rosas que exhibía el peto lo confirmaban.

Pero no era el único que lo había notado: muchos hombres se lanzaban contra el circulo de acero que protegía a Tyrell, y cada tanto mataban a uno de los que lo componían; claramente querían llegar a él.

Sin pensar, se abrió camino hasta llegar a ellos. Ignoró a hombres en apuros, y abandonó a otros a una muerte segura, todo por llegar a Garlan Tyrell.

"Es mi oportunidad" alcanzó a pensar "Si lo salvo, si lucho a su lado, deberá notarme" el apuro del comandante del ejército era obvio, y el peligro de su posición era evidente "Puedo hacerlo. Puedo hacerlo…" usó su espada un par de veces, pero solo para abrirse paso, y los dioses le concedieron una pequeña bendición cuando nadie lo persiguió.

Para cuando alcanzó a Garlan Tyrell, los 20 hombres se habían convertido en 8, el resto de ellos muertos o moribundos. Los que se mantenían en pie solo lo miraron un instante; cuando se dieron cuenta de que estaba con ellos, volvieron a mirar al frente, alertas. Gunthor pasó sobre un cuerpo y dio la espalda a Tyrell, preparándose para el siguiente ataque. Éste no llegó; los norteños y salvajes les habían dado un respiro, aunque fuera solo temporal.

Entonces tragó saliva, nervioso; media docena de figuras se acercaban a ellos, indiferentes a la batalla que había a su alrededor. Todos estaban cubiertos de sangre. En un extremo, una mujer de aspecto grotesco, la misma que había visto antes, empuñaba una maza de aspecto temible y un escudo con un oso negro rampante. En el otro extremo, un hombre de barba descuidada y cabello largo empuñaba una espada larga y un escudo con piñas y árboles verdes. Entre ellos había tres hombres más, uno con un hacha larga que sostenía con ambas manos, otro con una espada larga. El tercero llevaba una espada en una mano y una maza en la otra.

Pero ninguno intimidaba más que el hombre que iba al frente de los cinco y que claramente los lideraba; con una espada que era inconfundiblemente de acero valyrio en la mano derecha, con sus ropas y rostro manchados de sangre, y un cabello largo que le caía por la espalda, era exactamente lo que Gunthor había imaginado al pensar en el aspecto de un salvaje…y de un asesino consumado.

"¡Por la Casa Tyrell!" el grito lo sobresaltó, y observó inmóvil mientras Ser Lucas se lanzaba al frente, directo al líder, con la espada sujeta en las dos manos.

El hombre se mantuvo quieto hasta el último momento; luego esquivó el golpe, dejando que pasara inofensivamente por encima de su cabeza. El acero valyrio era un destello que abrió el costado de Ser Lucas sin dificultad. Con un paso al frente, el hombre que portaba tan soberbia arma dejó atrás a su atacante, pero no antes de lanzar una estocada hacia atrás, sin siquiera molestarse en mirar mientras su espada atravesaba la espalda del caballero. Ser Lucas cayó muerto un momento después.

Gunthor luchó por no temblar con la sencillez con que había muerto la espada jurada de Lord Tyrell; la indiferencia en el rostro de su asesino.

"¡Lord Tyrell!" el grito del hombre con la espada de acero valyrio fue como un latigazo, y Gunthor se estremeció cuando se adelantó otro paso, seguido de los otros cinco "¡Hasta que al fin os encuentro!" hizo un gesto con la mano libre, como invitando a que se acercaran "Pelead conmigo…¿o tenéis miedo de mediros contra un Rey?" a pesar de que su voz no era muy alta, sus palabras parecieron llenar el campo.

Gunthor sintió como un escalofrío lo recorría ante la última palabra, y miró al hombre con mucho más cuidado. ¡Era el bastardo de Invernalia! ¡El Rey de los salvajes! Y por lo que acababa de ver con Ser Lucas, estaba claro que no era inexperto en quitar vidas. Aferró su espada con más fuerza, esperando…lo que sea que siguiera.

A sus espaldas, Ser Garlan no hizo nada. No pronunció palabras, no avanzó ni retrocedió. Solo se quedó allí, los rasgos ocultos por el casco con un penacho.

El Rey bastardo suspiró "Muy bien, pues…si no venís a mí, tendré que ir por vos" giró la cabeza ligeramente, y se dirigió a los hombres…y mujer, detrás de él "El señor rosa debe vivir. A los demás, podéis matarlos" concedió.

Al siguiente instante, este llamado Rey y sus 5 seguidores se lanzaron contra ellos. Gunthor y los demás protectores de Lord Garlan fueron a su encuentro. Vio de reojo como dos de ellos, a la izquierda, eran embestidos por el monstruo blanco. De los 7 restantes, cada uno de ellos se involucró con uno de los hombres…o la mujer. Dos de ellos pelearon contra el Rey: Ser Daniel y Gunthor.

La pequeña esperanza que tenía puesta en ser dos contra este hombre se desvaneció en un instante. El acero valyrio era un destello que se movía entre él y Daniel, desviando y deteniendo sus espadas sin dificultad. Intentó lanzar un golpe con la mano izquierda cuando estuvo cerca, pero solo encontró aire…y un golpe con el pomo de la espada en el codo, que le hizo gritar mientras todo su brazo temblaba. Dando un paso atrás para recobrarse, se unió a la lucha justo cuando Daniel estaba a punto de ser empalado como un trozo de carne de la comida.

Entre ambos, lograron hacer retroceder un paso al líder de los salvajes, pero no fue nada. La espada aún detenía sus ataques, y en un destello le arrancó sangre cuando mordió su mejilla; tuvo suerte de que no fuera profunda.

Entonces, una nueva voz gritó.

"¡Bastardo! ¡Prepárate a morir!" en ese momento, una nueva espada se unió al combate. El dueño de la misma llevaba una rosa en la coraza y otra en el escudo, pero no era Ser Garlan. Lo reconoció como un Tyrell, pero no tuvo tiempo para pensar cuál de ellos era. Y en cualquier caso…¿importaba?

"¡Morirás aquí hoy, rompejuramentos!" replicó el Tyrell "¡Y será por mi espada!" prometió, mientras entre los tres hacían retroceder a su oponente un paso, luego otro "¡La espada de Ser Lyonel Tyrell! ¡El nuevo Leo Espinalarga!"

Atacado por tres hombres a la vez, el rey bastardo hizo lo último que Gunthor esperaba…sonrió.

"Lo único largo es vuestra lengua, Ser" se detuvieron un momento; Ser Lyonel, Ser Daniel y él recuperando el aliento. El bastardo parecía intacto; cambió el agarre de su espada y dobló un poco más las rodillas "Vamos a asegurarnos de que no vuelva a moverse"

Al siguiente momento, cargó contra ellos, el acero valyrio precediéndolo.

Si antes parecía rápido, ahora…era imposible definirlo. Gunthor no creía que hubiera palabra para describirlo. En poco tiempo, él y sus dos compañeros debían retroceder ante una lluvia implacable de golpes. El bastardo avanzaba; Gunthor tuvo el fugaz pensamiento de que, antes, solo había jugado con ellos. Ahora, peleaba en serio.

Y no estaban preparados para ello. Un movimiento costó a Ser Lyonel su escudo. Un golpe con la hoja plana dio en el yelmo de Ser Daniel, aturdiéndolo. Y una nueva estocada golpeó el hombro de Gunthor y le sacó sangre; poco faltó para que le arrancara todo el brazo.

Sentía el sudor corriendo por su rostro mientras ponía todo su empeño en tratar de contener al hombre ante él. No pudo hacerlo; en un momento, desvió la espada de Gunthor de tal forma que la usó para bloquear el arma de Lyonel. En el instante que ambos perdieron en separar sus armas, esquivó un amplio arco de la tercera espada antes de empalar su propia arma en el rostro de Daniel, justo a través de la visera del casco. El hombre cayó al suelo, como un títere al que cortaron los hilos.

El rey de los salvajes volvió entonces a concentrarse en Lyonel y él, pero apenas habían intercambiado media docena de golpes cuando una nueva personas se unió.

Era el hombre con el escudo de piñas; se lanzó contra él con un grito de rabia, apartándolo con la pura fuerza de su embiste de la pelea contra el Rey salvaje.

Apenas capaz de pensar en algo que no fuera su temor a la muerte en este campo, Gunthor solo alcanzó a lanzar un golpe de espada contra su nuevo contendiente. La espada del otro hombre se encontró con la suya en el aire y la desvió, antes de que el individuo girara sobre sus pies y bajara el escudo en dirección a la parte trasera de sus piernas.

Sintió que perdía el suelo; cayó con estrépito. El aliento escapó de sus pulmones. Al siguiente instante gritó cuando el acero perforó en su tobillo, uno de los puntos débiles de la armadura. Intentó lanzar un nuevo golpe de espada; esta vez fue el escudo con las piñas quién recibió el impacto, antes de que su agarre sobre su espada se aflojara, consecuencia de un terrible golpe que dio en su brazal e hizo temblar todo su brazo.

En ese momento, supo que estaba perdido. Por un fugaz instante, pensó en todo lo que había dado, y todo lo que había perdido. Pensó en su hermano menor; dio gracias a los dioses de que Avec no tomara parte en esta carga fallida. Esperaba que tuviera mejor fortuna que él…y que Ecbert.

Vio la espada de su vencedor ascender, y pensó en rogar piedad, pedir que lo tomaran prisionero. Pero nada de eso salió. Solo un grito primario de terror mientras el arma descendía.

Luego, todo se volvió negro.

Jon

Como muchos hombres que Jon había conocido, Lyonel Tyrell tenía más bravata que habilidad para respaldarla. Honestamente no sabía cuál era su parentesco exacto con Garlan Tyrell, pero considerando lo extensa que era la familia Tyrell, asumía que era un miembro de una rama lejana, un primo distante, probablemente.

Ser Lyonel no solo era menor en su posición en la Casa Tyrell, sino que también en el uso de la espada. No era el mejor oponente que había tenido; ni siquiera estaba entre los mejores. La escasa oportunidad que tenía de tomar su cabeza existió mientras dos hombres más lo ayudaban a pelear contra él. Dado que Jon había matado a uno, y que Rickard Liddle acababa de matar al otro, eso dejaba solo a Ser Lyonel.

Por un momento fugaz la idea de capturarlo danzó en su cabeza, pero la descartó: no tenía hombres para guardar prisioneros; los necesitaba a todos para luchar.

No.

El único prisionero que podía permitirse era Garlan Tyrell, el hijo de la mano del Rey y el hermano de la Reina.

Con un giro preciso de la muñeca, hizo que la espada de Ser Lyonel se apartara del frente. Pero en vez de atacar el pecho, se lanzó a un lado, pateando su rodilla y haciéndolo gruñir de dolor. Antes de que se recuperara, Hermana Oscura estaba allí, efectuando un corte en el costado y luego enterrándose bajo la axila. Observó la sorpresa en los ojos del caballero, el dolor, el temor. Hundió más a Hermana Oscura en su cuerpo. Los ojos del caballero Tyrell quedaron vidriosos, y cuando Jon retiró su espada, cayó al suelo sin contemplaciones.

Ahora libre de obstáculos para llegar a Garlan Tyrell…no lo encontró. Miró alrededor, frenético, buscándolo, pero no estaba allí. Sus Guardias habían terminado con sus respectivos enemigos y seguían luchando, con la excepción de Ulre, que le protegía la espalda de cualquier tonto que intentara algo.

"¡Sálvense! ¡Sálvense!" la voz alcanzó sus oídos, y entendió lo que pasaba "¡Bajen de la colina! ¡AHORA!"

Atacados con brutalidad, sorprendidos y sin capacidad de maniobrar o aprovechar sus armaduras pesadas, los Tyrell y Lannister huían aterrados de la lucha otra vez.

Sintiendo el enojo corriendo por su sangre ante la perspectiva de haber perdido un rehén tan valioso como Garlan Tyrell, balanceó su espada, derribando hasta tres caballeros que intentaban huir. No mató a uno, pero daba lo mismo; alguno de sus hombres lo haría.

"¡Alto! ¡No los persigan!" ordenó, al tiempo que alzaba la espada. El acero valyrio y su voz atrajeron a muchos, calmando el ánimo de persecución "¡No bajen de la colina! ¡No los persigan!" gritó, alzando aún más la voz. Otros, entre los que estaban sus Guardias Personales, repitieron su orden.

"¡Retrocedan! ¡Retrocedan!" siguieron gritando otras voces, voces llenas de temor. Eran las de sus enemigos "¡Retrocedan, todos!

"¡ALTOOOOO!" gritó Jon con todas sus fuerzas, y la persecución se detuvo del todo "Rematad a los heridos enemigos. Llevad a nuestros heridos al campamento. Recoged a los muertos y todas las armas que puedan" ordenó, mirando a todos lo que lo rodeaban.

"Volvamos a la cima de la colina. Está empezando a oscurecer"

Era cierto. El sol ya se había ocultado de sus ojos, más allá de la cresta de la colina, y la luz estaba disminuyendo.

Fin del día 2

Val

Con un gruñido, siguió llevando al hombre colina arriba. Una de sus manos lo rodeaba por los hombros, mientras que la otra sujetaba su mano, que cruzaba por encima de los hombros de Val.

"Ya llegamos, Tostig. Ya casi…" murmuró, entre dientes apretados.

"No sé porque te molestas" murmuró el viejo gruñón, su ceño fruncido mirando la herida en su costado con rabia "Los dioses no quieren darme gusto. Estoy maldito a vivir para siempre"

Val solo atinó a darle unas palmaditas, comprensiva. Tostig era muy viejo; sospechaba que ya era viejo cuando ella aún mamaba de las tetas de su madre. Para él, su vida había durado demasiado. Morir en batalla sería una alegría para él. Pero el día anterior salió ileso, y hoy no tuvo mucha suerte; solo un puñal en el costado, y ni cerca de ser letal. Solo había perdido sangre.

"Aún quedan muchos sureños de mierda ahí abajo" le dijo, suspirando cuando finalmente llegaron a la cima de la ladera "Encontraras uno que te pueda complacer" añadió.

Tostig solo gruñó algo inentendible, antes de pasar a las manos de un par de arqueros que lo llevaron en dirección al campamento.

Desde el campamento venían hombres con antorchas, que descendieron la colina, sin duda para ayudar o iluminar la noche que ya estaba sobre ellos. Si en algo conocía a Jon, algunos serían puestos de guardia, en precaución por cualquier ataque nocturno.

Mientras tanto, cogió un pellejo de agua del cinturón de un hombre que pasaba y le dio un largo trago: tras la brutalidad del combate, el olor a sangre y el sonido de la muerte de tantos, el agua fría era un néctar de los dioses para su garganta.

Volvió a bajar de la colina, buscando ayudar en algo más. Los últimos heridos, Tostig entre ellos, ya habían sido llevados, pero aún había muchas armas abandonadas a su suerte. Cogió una espada, dos, tres. Un hacha, una maza, otra hacha. Otra espada, y otra. Las envolvió en el cinturón tomado de un sureño con el cráneo aplastado, una mancha de hueso, carne y sangre en el suelo. Los tomó con la mano izquierda y siguió adelante, buscando más armas. Tras un momento de dudas, cogió un par de escudos con rosas en la mano libre con cierta dificultad y se encaminó de vuelta colina arriba, ignorando a los que remataban hombres y corceles heridos. Con ambos era el mismo método; una hoja de acero incrustada en un ojo.

Val sentía cierta pena por los caballos; no tanto por los hombres.

"Si hubiéramos perdido, harían exactamente lo mismo con nosotros" pensó, inconmovible.

Al llegar a la cima de la ladera de nuevo, no entregó sus posesiones en manos de otro. Optó por llevarlas directamente al campamento, a verlo con sus propios ojos.

Como esperaba, sus pocos sanadores, ayudados por cualquiera que supiera algo sobre tratar heridas, se movían de un lado a otro, ayudando a los heridos. Eran demasiados.

El campamento estaba mucho más…escaso. Para armar esas esferas gigantes que rodaron colina abajo, Jon había usado la lona de la mayoría de las tiendas, incluida la suya propia. Solo dejó unas pocas para los heridos. Los demás tendrían que dormir a la intemperie esta noche.

Encaminándose al centro del campamento, encontró a los que, como ella, llevaban armas y las depositaban junto a donde había estado la tienda de Jon. No sabía si eso era orden de Jon o no, pero no le importaba. Con un gruñido, dejó los escudos en una pila, con los demás. Hizo lo mismo con las armas, y luego se apartó para que la persona que venía unos pasos atrás pudiera hacer lo mismo.

Miró por un momento la gran cantidad de armas, pensando que si no había un par de millares, tampoco podían ser muchas menos. Sabía que no era preciso, pero se encontró contemplando un enemigo muerto por cada una. Parecían tantos…pero sin duda, si volviera a la ladera de la colina, a ver el campamento enemigo, ya no lo parecerían.

Con un suspiro, se dirigió a donde una larga hilera de hombres y mujeres se agrupaban para limpiarse la sangre y mugre de la batalla, en torno a más de un centenar de cubos llenos de agua. Mientras esperaba, los escuchó murmurando, agotados, pero felices.

Por como hablaban, parecería que se pensaban invencibles, incluso contra la famosa caballería de los arrodillados. Val encontró difícil no contagiarse por su emoción.

Fue cuando estuvo limpia y en camino a buscar algo de comida que se preguntó:

¿Dónde rayos estaba Jon?

Ser Forley Prester

Al pie de la colina, más allá de la zanja, solo pudo contemplar con horror como su caballería era sorprendida, desafiada, y aniquilada.

Esas esferas endemoniadas que habían rodado colina abajo habían llegado a la zanja y fue solo por la profundidad de la misma que no embistieron al segundo grupo de jinetes que esperaba más allá de esta, Forley entre ellos. Aún ardían con tal fuerza que no podía acercarse a ellas, ni él ni los otros. No es que lo deseara; manchadas con sangre e incluso miembros arrancados en el camino cuesta abajo, solo las almas más valientes querrían acercarse.

Aterrorizados por el fuego y la ferocidad del ataque de los norteños y sus aliados de más allá del Muro, el resto de los jinetes solo estuvieron inmóviles mientras sus amigos y parientes eran masacrados. Vio al joven Avec Meadows mirando frenéticamente la lucha; sin duda buscando a su hermano. Dos hermanos Tyrell, Ser Raymund y Ser Rickard, buscaban a sus primos, Ser Lyonel y Lord Garlan.

Ser Lyonel era un idiota arrogante, pero a pesar de ello Forley no le deseaba la muerte. En cuanto a Garlan Tyrell…

"No. No espero que muera ahí arriba" concluyó para sí, luego de pensarlo un largo momento "Si muere, quedará en nosotros responder por este nuevo fracaso y lidiar con las pérdidas" esta era la idea de ese arrogante estúpido que se sobrevaloraba. Ansiaba verlo cuando bajara de la colina.

"Steffon" llamó, mirando a uno de los hombres cerca de él. El mencionado chasqueó las riendas de su caballo, haciéndolo moverse hasta que se detuvo frente al de Forley "Toma algunos hombres y vuelve al campamento; diles que se preparen para recibir a los heridos" los sonidos de la batalla se escuchaban más cerca, y sus jinetes, la mayoría desmontados, retrocedían o eran directamente arrollados por la marea enemiga "A nuestro muchos heridos" con esas palabras finales y un gesto de la cabeza, dio las palabras por terminadas con su hombre de armas. Éste solo asintió en comprensión; al poco tiempo se alejaba, seguido de una docena de hombres del oeste.

Apenas unos instantes después, los gritos inconfundibles de retirada llegaron desde la ladera. Los hombres que marchaban bajo los estandartes del león y la rosa se retiraban de forma desorganizada, todos ellos esforzándose por poner la mayor distancia posible entre ellos y el enemigo.

"Ya era hora" pensó Forley, sombrío.

Los gritos del enemigo llegaron poco después, no para perseguir, sino para quedarse en sus posiciones.

"Muy listos" reconoció, su respeto por ellos creciendo todavía más "El hijo de Lord Stark los lidera bien" si las circunstancias no los hubieran hecho enemigos, Forley pensó que apreciaría conocer a un hombre semejante "Entre él y Garreth, los bastardos son sin duda mejores que muchos hijos legítimos en este campo" y hablando de hijos legítimos…

…vio bajar a Garlan Tyrell a toda prisa, seguido por su escudero con su estandarte. Fue uno de los primeros en huir de la batalla. Forley no podía decir que estuviera sorprendido; disgustado, sin duda, pero ¿sorprendido? Difícilmente.

Por un momento consideró montar una escena, pero recordando lo que fue del infortunado Garreth, y sabiendo que ahora más que nunca necesitarían mantener unidos a estos hombres, optó por desmontar de su caballo y ordenar que los hombres a su alrededor que hicieran lo mismo.

"Ayudad a estos hombres" ordenó "Los heridos en caballos" necesitaban muchos caballos.

Vio a uno de los heridos, y lo reconoció como el hijo de Shermer. No recordaba su nombre, pero viendo su rostro pálido cubierto de sangre en un lado y la forma en que una de sus piernas estaba torcida en un ángulo extraño, decidió ocuparse de él en persona.

Cuando al fin hubieran bajado todos los hombres, o al menos los que podían retirarse por sus propios medios, Forley habría jurado por el alma de su madre muerta que no eran ni una cuarta parte de los que habían subido la colina, y muchos de ellos heridos.

Y si tuviera que adivinar, solo una décima parte de los caballos que habían llevado con ellos habían logrado bajar.

Alysanne Mormont

Lo intentó, pero no pudo. Trató, pero fue incapaz. No importa lo que hiciera, la emoción no desaparecía. Siguió al Rey, junto con el resto de la Guardia Personal, y mientras él hablaba con los hombres en el campamento, los felicitaba por su victoria y brindaba con agua por su forma de combatir, ella sujetó sus armas con fuerza, por temor a que el temblor en sus manos la hiciera soltarlas.

Aunque el Rey le ofreció a ella y a los demás la posibilidad de ir a descansar, asegurando que Fantasma lo protegería bien mientras no estuvieran, Alysanne rechazó la oferta, no queriendo apartarse por ahora del Rey. Los otros hicieron lo mismo.

Al fin, y luego de un tiempo, el Rey se despidió de los hombres y, saliendo del campamento, siguió la orilla del riachuelo unos 50 pasos corriente arriba. Una vez allí, finalmente se derrumbó en el suelo, agotado. Esa fue la señal que ella y el resto de los Guardias Personales tomaron para descansar también.

Uno al lado del otro, y con el Rey entre ellos, todos se inclinaron en la orilla del riachuelo y se lavaron los restos de la batalla. Torreg, el muy patán, incluso sumergió la cabeza un largo momento en el agua, para luego sacarla y sacudirse el agua del cabello y la barba como un perro, para molestia de su hermano Dormund y Roger Burley, que lo maldijeron por eso.

Alysanne por su parte, se frotó la frente, las mejillas, el cuello y las manos con fuerza, antes de arrojarse más agua encima del cabello, por si acaso.

El Rey fue el último en terminar, y solo fue así por su meticulosidad en limpiar la hoja de acero de Hermana Oscura. Alysanne, no por primera vez, admiró un arma tan soberbia con una reverencia respetuosa.

Mientras el Rey envainaba su espada, una figura se acercó, una antorcha en la mano. Un murmullo de Awrryk cerca de ella le dio una buena idea de quién era. Y tenía razón.

"Ery" saludó el Rey, acercándose primero a la mujer "Agradable sorpresa" dijo

"Rey" saludó la prima de Awrryk "Escuché que quemaste algo de mierda hoy" había una sonrisa en su rostro al hablar.

"No tanta. Pero sí; el aire estaba demasiado cargado con el olor a estiércol. Había que limpiarlo un poco" reconoció el Rey Jon, una ligera sonrisa en su rostro "¿Has venido a visitar?" concluyó.

La mujer sacudió la cabeza "Vine a quedarme" dijo Ery, antes de dar un paso adelante. Ya no sonreía "Soy tu Guardia. Déjame guardarte, Rey. Aún puedo hacerlo"

El Rey permaneció en silencio un largo momento. Mientras eso pasaba, los otros Guardias los rodearon a él y Ery, atentos. Al final, con un suspiro, Su Alteza tomó la antorcha de manos de Ery.

"Déjame ver la herida" pidió, y Ery se levantó la ropa holgada sobre el costado, mostrando la carne que había sido abierta en la mañana. Estaba cosida, una hilera de puntos recta que se extendía desde la cadera casi hasta llegar a las costillas. Aún lucía muy blanca, claramente la sangre no circulaba bien en esa área.

El Rey hizo un sonido de negación con la garganta, alzó la vista de la herida para ver a Ery. Lanzó la mano en un movimiento rápido, y el aliento de Ery se cortó de forma abrupta, a pesar de que los dedos del Rey se detuvieron un instante antes de tocar la herida.

"Ery…" empezó el Rey, pero ella no lo dejó terminar.

"Por favor, Rey. Déjame pelear" la mujer ya no estaba orgullosa; su voz era suplicante "No te decepcionaré. Lo prometo" era obvio para cualquiera lo mucho que significaba para ella volver a reincorporarse a la lucha.

El Rey suspiró, pero luego miró a los otros Guardias, entre ellos Alysanne.

"Muchos de ustedes han sido heridos peleando a mi lado. Levantad la mano los que creáis que debo dejar a Ery volver a pelear mañana"

Alyra fue la primera en levantar la mano, seguida casi al instante por Rijeth y Rickard. Unos momentos después, se les sumaron Kyura y Cedrik.

Alysanne también levantó la mano. No podía dejar de sentir empatía por Ery; si la que estuviera herida fuera ella, tampoco querría quedarse fuera del combate.

"De acuerdo. Bájenlas. Ahora los que estén en contra"

Awrryk fue el primero, encontrando sin parpadear la mirada fulminante de su prima con la suya propia. Los hijos de Tormund Matagigantes lo siguieron, inusualmente serios. Siegerd, Ulre y Rogar Burley lo terminaron.

Nadie lo dijo, pero todos lo notaron. Seis a favor y seis en contra: estaban empatados.

"Y el Rey decide"

"Quiero que descanses esta noche, Ery. Mañana temprano pelearás conmigo. De acuerdo a lo que vea, te daré mi permiso…o no. ¿Entendido?" en la última palabra del Rey había un tono de finalidad. No escucharía discusiones al respecto.

"Como digas, Rey" dijo Ery, algo nerviosa, pero al menos satisfecha con la propuesta del Rey.

"Dormund, Ulre, vosotros me guardaréis durante la noche. Los demás, iros a descansar. Antes del amanecer debemos estar despiertos" les ordenó, antes de empezar a caminar al campamento.

Bael

La fortaleza era única, como la Invernalia del Rey, o incluso Foso Cailin. Separado en dos por un río, era unida por el puente más grande que había visto en su vida. Pensar que algo así podía ser levantado con las manos, como quién levanta una tienda…

Tuvo todas las oportunidades de explorarla a fondo. Su falsa actitud tranquila y sumisa lo convirtió en la persona exacta para ser mandado por cualquiera; incluso otros hombres, que como él, habían venido del mismo lugar, le mandaban como si fuera un tonto o un perro.

"Tanto mejor" pensó para sí, mientras hacía rodar un barril de vino a la cocina del castillo oriental "No me miran dos veces de esa forma"

Tras poco más de un día aquí, ya conocía todo lo importante del lugar. Sabía dónde dormía el anciano que gobernaba aquí, el llamado Walder Frey. Sabía dónde estaban las cocinas, donde dormían los soldados, donde los sirvientes, el lugar donde almacenaban las armas, cuáles eran los mecanismos que abrían las puertas del castillo.

Solo le faltaba un lugar por ver…

"¡Tú!" la voz del cocinero principal lo azotó como un látigo, justo cuando depositaba el barril en un rincón de la cocina "Lleva esto a las mazmorras. Lord Walder no quiere que sus prisioneros mueran de hambre…aún" riéndose como si hubiera dicho el chiste mas gracioso de todos, el hombre se fue, precedido por una enorme barriga que colgaba por debajo de su cinturón y hasta sus pantalones muy apretados.

Cogiendo la olla de hierro llena de hogazas de pan viejo y en algunos casos completamente ennegrecidos con ambas manos, Bael se encaminó a través del castillo a un conjunto de escaleras que giraban sobre sí mismas. Las que iban arriba se dirigían a la cima de una de las torres, pero las que iban abajo se adentraban en las profundidades del lugar.

El olor lo golpeó mucho antes de llegar, una mezcla de orines, mierda, paja sucia, agua estancada, y simplemente encierro. Dos guardias vigilaban la pesada puerta de hierro, pero ninguno lo detuvo, y la puerta estaba entreabierta, así que la empujó con un hombro y entró.

"¿Qué mierda quieres?" preguntó una voz, y un anciano jorobado se levantó de donde estaba, una pequeña mesa a unos pasos de distancia "Ah, ya…comida para los cerdos" dijo, mirando las hogazas de pan que asomaban por encima de la olla.

Bael solo asintió, bajando la vista, mirando un instante el juego de llaves que el jorobado llevaba en un cinturón. Cuando el hombre le dijo que repartiera el pan, solo asintió, sumiso; se adelantó y empezó su trabajo.

Una hogaza para cada prisionero sería simplemente demasiado, así que tiró una en cada celda. Algunas cayeron en barro o paja; no le parecía correcto. Sabía que el Rey quería salvar a estos hombres, pero no se atrevió a mostrarles ninguna amabilidad. Solo estaba el viejo jorobado, pero era demasiado arriesgado.

Los hombres en las celdas le recordaron a perros hambrientos por la forma en que se abalanzaron sobre el pan.

Mientras repartía el pan, observó el lugar.

Las paredes eran húmedas y en muchos lugares cubiertas con musgo. Ninguna celda estaba ubicada contra las paredes; en cambio, estaban unidas unas con otras, en grupos de 6 y 8, en medio del lugar. No había ventanas; solo aberturas, ninguna tan grande para un hombre, y difícil incluso para un niño, por no mencionar que tenían barrotes verticales. Lo más importante, no había otras puertas. Solo la que él había utilizado.

Por fin llegó a la celda del fondo, la última de todas. El hombre en ella era solo una sombra de lo que alguna vez fue, pero sus ojos seguían siendo feroces. Aún sentado era mucho más grande que un hombre normal. Bael, viendo esos ojos que lo miraban con odio, agradeció que los barrotes los separaran. Con un gesto lánguido, tiró la última media hogaza de pan en el rostro del hombre antes de encaminarse fuera de allí.

"Solo un poco más" pensó "Solo un poco más y actuaremos"

Garlan

No podía ser. Simplemente no podía…

Sentado en su tienda, con todas las luces apagadas, buscó la oscuridad esperando que en ella pudiera encontrar sentido al mundo. Que si se mantenía en ella, eventualmente encontraría algo que lo disuadiera de lo que, en lo más profundo de sí, sabía.

Había sido derrotado…por salvajes. Su caballería, la fuerza más fiera dentro de su ejército, había sido vencida por un enemigo inferior.

Apretando su cabeza con fuerza en sus manos, imaginaba la Corte en Desembarco del Rey, la de su padre en Altojardín. Las Tierras de la Tormenta, el Oeste, el Valle, incluso el Dominio…riéndose de él. Los Siete se apiaden, como reirían cuando estas noticias llegaran a ellos.

No…dioses, no. ¿Cómo había pasado?¿Cómo responder a esto? ¿Qué iba a hacer? La última pregunta tenía una respuesta obvia. Debía vengar su derrota: atacar de nuevo, pasar a esos malditos a la espada y cabalgar a Desembarco del Rey con la cabeza de Jon Nieve en una lanza.

¿Pero cómo diablos haría eso?

No supo cuando tiempo estuvo divagando, pero al final, fue sacado de sus pensamientos por una luz. Una vela que entró en la tienda, portada por Alyn. Su escudero tenía un rostro sombrío al acercarse a él y decirle que había llegado un mensajero de Desembarco del Rey, con una carta urgente para él.

Resultó que la carta era de su abuela. Garlan albergó brevemente esperanzas de que fuera algo bueno, pero estas murieron cuando leyó el contenido.

Sansa Stark había llegado a Puerto Blanco, acompañada por los señores más importantes del Valle. Su abuela lo presionaba para terminar con el medio hermano de la niña de inmediato, antes de que el Valle se interpusiera en el conflicto.

Ser Errol Woolfield

Era lo más oscuro de la noche cuando al fin se detuvieron, esta vez en un tramo del Forca Verde que estaba rodeado por un bosquecillo densamente poblado. Los arqueros lacustres, junto con algunos de los suyos, se apresuraron a bajar de las barcazas y tomar posiciones de guardia, tanto en el suelo como en la parte alta de los árboles.

Mientras tanto, los demás ataron las barcazas a los troncos y raíces cercanos al agua. Una vez que estuvieron seguros de que ninguna se iría con la corriente, y de que no había nadie en los alrededores, empezaron a salir por turnos para estirar piernas y brazos, y hacer sus necesidades.

Fue cuando estaba volviendo de aliviar su vejiga que una mujer de las lanzas se le acercó.

"Tienes que venir conmigo" le dijo, su cabello oscuro enmarcando un rostro de facciones finas pero sencillas "Hay una reunión, y dicen que tienes que estar al tanto"

Alzó una ceja, intrigado "Muéstrame el camino" dijo, y la mujer dio media vuelta y lo llevo a un conjunto de árboles tan apretados entre sí, que a poco estuvo de estrellarse con uno, así de profunda era la oscuridad. Las figuras que ya estaban allí estaban envueltas en sombras, pero reconoció las voces de algunas: Bryan Peat, Yorvik Yorwell, y algunos cambiapieles. Éstos últimos habían convocado la reunión. Fue la voz de Zoey, la mujer que tenía ese gatosombra jodidamente grande, la primera en preguntar:

"¿Cuándo llegaremos al castillo?"

La voz de Peat solo tomó unos momentos para responder:

"Mañana al anochecer llegaremos a las afueras" un largo momento pasó antes de que continuara "¿Confían en que las puertas se abrirán desde adentro para ustedes? ¿Cómo es eso posible?"

"No sabemos cómo es posible" intervino en ese momento Errol "Su Alteza solo dijo que tenemos amigos dentro de Los Gemelos" tenía una dosis de escepticismo al repetir las palabras de Su Majestad, pero espero que no lo notaran.

Zoey habló de nuevo en ese momento "Jewtrigh y Ezei" dos figuras cerca de Zoey hicieron sonidos con la garganta "han mandado a sus animales río abajo hace varias horas. Están ocultos en las afueras del castillo. Mañana, poco después del mediodía, darán un pequeño espectáculo con ellos ante las murallas" avisó.

En ese momento, un pelaje áspero lo rozó por la derecha. Miró en esa dirección y vio dos ojos amarillos brillantes que lo observaron fijamente antes de dirigirse hacia Zoey.

"Maldito animal" pensó casi cagándose encima, furioso y asustado. La forma en que se acercaba a todos con sigilo era irritante.

"¿Por qué el espectáculo?" inquirió en ese momento Yorwell, su voz gruñona cortando la oscuridad.

"El Rey lo ordena. Es la forma en que avisamos de que estamos llegando, para que los aliados dentro del castillo se preparen para nuestro ataque, en la noche"

"¿No sospecharán los Frey que algo pasa? Quiero decir, dos animales actuando de forma inusual llaman la atención, ¿verdad?" preguntó un hombre de más allá del Muro, Settre, que era uno de los diez hombres y mujeres que comandaba un centenar de guerreros.

"Es posible, pero no hay nada de raro que un zorro persiga una liebre, ¿verdad?" inquirió entonces una nueva voz.

Nadie discutió eso.

"De acuerdo, supongo que eso es todo. Propongo que descansemos. El día será largo, y la noche más larga aún"

Jorelle Mormont

En lo más oscuro de la noche, se aferraba a su maza con ambas manos, como los niños se aferran a las mantas para protegerse de la oscuridad.

"Oscuridad no falta" pensó, sardónica. Apenas notaba la diferencia entre mantener los ojos abiertos o cerrados.

Desde que habían empezado a marchar devuelta al sur, el sonido innecesario era severamente reprendido, y lo mismo se aplicaba a las luces. Nada de antorchas, nada de velas, y definitivamente, nada de hogueras. La comida se consumía fría, sin excepción.

A diferencia de Lyra, que en ese momento dormía a su lado, Jorelle no había conocido mucho a los lacustres. Por ello, se permitía dudar si serían capaces de mantener los ojos y oídos indiscretos apartados del ejército hasta que cayeran sobre los Lannister que atacaban al Rey.

"Somos muchos" meditó "Solo unos pocos cientos de arqueros, pero casi 200 gigantes, 50 mamuts, más de 3.000 caballos y casi 25.000 infantes"

No podían más que confiar en los lacustres. Por el bien del Rey, y de Alysanne, Jorelle esperaba que eso fuera suficiente.

Halleck

"Despierta" la voz le gruñó, al aliento ácido haciéndole arrugar la nariz antes de que abriera los ojos para ver a un hombre sobre él. Ulre, recordó "El Rey te llama. De inmediato"

Con un gruñido, apartó la mano de la mujer que dormía desnuda a su lado y la usó para quitarse las pieles de encima. Se vistió con rapidez y siguió a Ulre, sin mirar atrás.

Aún no era el amanecer; el campamento dormía, los fuegos eran mínimos y el sonido prácticamente inexistente, excepto ronquidos y un par de personas follando bajo una capa de piel.

La hoguera ubicada en el medio del campamento, cerca de dónde había estado la tienda del Rey, era el único punto verdaderamente brillante; el fuego rugía alegre, recién iniciado sin duda. Había cuatro figuras reunidas en torno a él. Una vez que se acercó lo suficientes, no tuvo problemas en reconocer a ninguna: el Rey, Val, Sigorn, Ygon. Los Guardias del Rey formaban un círculo suelto alrededor, en parejas, montando guardia.

"Bienvenido, Halleck" dijo el Rey, asintiendo en su dirección.

"Rey" dijo, antes de tomar su lugar frente al fuego, entre Sigorn y Val.

"Tengo algo que decirles, una información que solo yo conozco. Puede afectar al ejército, así que deben jurar que esto no saldrá de nosotros cinco" dijo, mirando a cada uno a los ojos.

Todos se apresuraron a jurar, pero el Rey negó con la cabeza.

"No, no así" dijo el Rey, antes de arremangarse la manga izquierda hasta el codo y sacar un cuchillo.

"Un juramento de sangre" pensó Halleck, ahora preocupado. Si el Rey demandaba eso, es porque lo que buscaba decirles debía ser muy serio. Aun así, se apresuró a descubrir su propio brazo izquierdo, al igual que Val, Ygon y Sigorn.

Miró con el ceño fruncido como Val tomaba la daga que el Rey ofrecía y se hacía un pequeño corte en el brazo. Hizo que algunas gotas de sangre del cuchillo gotearan sobre las llamas, donde sisearon, antes de pasarle la daga. La tomó y repitió el proceso; ni siquiera parpadeó al sentir el cosquilleo del metal abriendo su carne y manchándose con algo de sangre. Luego de que hizo que unas gotas cayeran del cuchillo al fuego, la pasó a Sigorn, quién repitió el proceso y le paso la daga a Ygon. Por fin, cuando Oldfather hubo terminado y devuelto la daga al Rey, este hizo lo mismo.

Halleck no estaba seguro, pero cuando la sangre del Rey cayó sobre el fuego, le pareció que este ¿crecía? Probablemente no, solo estaba imaginando cosas.

"Bien, lo que deben saber es esto. Anoche, estuve dentro de la mente de Fantasma explorando hacia el norte" el Rey respiró hondo y continuó "Creo posible que tengamos una oportunidad de poner en fuga al ejército enemigo" declaró.

Por un momento, no entendió lo que escuchaba. Al siguiente, una sonrisa feroz apareció en su rostro. De reojo, vio que los demás estaban igual. El único en no sonreír fue el Rey.

"¿En verdad?" preguntó Val, cruzándose de brazos. Era la que menos satisfacción mostraba.

"En verdad" respondió el Rey, antes de cruzar sus manos tras la espalda "Sin embargo, para ello, debemos dar un golpe devastador contra ellos. Lo que debemos hacer es atraerlos de nuevo, y esta vez causar bajas que sean simplemente insoportables"

"Ya los hemos desangrado bastante" señaló Ygon "Hemos matado a cientos en cada ataque" recordó, haciendo un gesto con la mano.

"No es suficiente" dijo el Rey, negando con la cabeza brevemente "Esta vez debemos matar a miles" añadió.

Entonces, para sorpresa de Halleck, el Rey lo señaló "Halleck, distribuye las armas que tomamos ayer entre tus arqueros, pero que ninguno prescinda de su arco" los ojos de acero del rey miraron a los demás: Val, Ygon y Sigorn "Cada hombre que pueda sostener un escudo se formará al frente y defenderá su posición con todo lo que tenga" los ojos del Rey brillaron, reflejando las llamas cuando los miró a todos "Esta noche, el ejército que nos tiene arrinconados aquí no debe ser más que un recuerdo"

Lord Shermer

Esto era una pesadilla. Una pesadilla atroz, de la que no podía despertarse.

Desde la mañana del día anterior, cuando había vuelto al campamento con su yerno muerto, apenas había podido pensar. Apenas había recordado que tenía hombres que mandar, que las fuerzas de su Casa dependían de él, especialmente con Gyles enloquecido de rabia por la pérdida de su cuñado y amigo. Garibald había pasado el resto de la mañana y gran parte de la tarde asegurándose de que Mortimer fuera preparado como correspondía a su estatus para ser enviado de vuelta al Dominio. Merecía reposar en sus propias tierras, y la hija de Garibald merecía al menos poder despedirse de su esposo.

Pero mientras había hecho los preparativos para Mortimer, había descuidado a Gyles. Eso fue imperdonable. Mientras lloraba a su yerno, su heredero se había puesto su armadura y sumado al ataque de Garlan Tyrell con la caballería.

"Y aquí está el resultado"

Miró a su hijo, su hijo mayor, temblando de fiebre en la cama, su rostro abierto de arriba abajo en el costado izquierdo, todo el daño oculto por vendas manchadas de pastas extrañas creadas por los maestres. Su pierna era un amasijo de vendas ensangrentadas, y nadie que trajo pudo decir si no sería necesario amputarla.

Desde su posición, sentado en un catre al lado de su muchacho, Garibald nunca se había sentido tan indefenso. La sensación solo se hizo más difícil al sujetar entre sus manos el pequeño pañuelo. No necesitaba verlo para describir el bordado: tres grullas, una más pequeña ubicada entre las otras dos, ubicadas sobre un fondo blanco puro, pero manchado por la sangre de Mortimer.

Era una prenda que su hija le había hecho a su esposo antes de que partieran a la guerra, un recuerdo de la familia que formarían cuando él volviera a ella tras la lucha. Ahora, eso nunca sucedería.

"Lord Shermer…" la voz lo sacó de su dolor, lo que lo molestó irracionalmente.

"Fuera" gruñó, su voz irreconocible hasta para él.

"Pero, mi señor…Lord Garlan…"

El nombre casi le hizo ver rojo "¡Largo!" grito, sin mirar a quién le hablaba. En cambio, tomó la espada a su lado por la empuñadura. Un jadeo y pasos apresurados le dijeron que lo habían dejado solo, y soltó el arma antes de volver a darle su atención a su hijo herido.

Garlan Tyrell podía venir él mismo en persona a verlo si era tan urgente. Y podía intentar ejecutarlo por desobediencia si lo deseara. Su estupidez y mal liderazgo ya le había costado demasiado a Garibald.

No le costarían un hijo. No a él, y ciertamente no a su esposa.

"Vamos, muchacho" murmuró a Gyles, viendo su pecho subir y bajar con cada respiración "No me hagas volver con tu madre a decirle que no regresarás con ella"

Ser Garreth Flores

Había conocido su parte justa de dolor en la vida, como cualquier hombre. La muerte de su madre, la pérdida de algunos amigos, la separación de otros, y más de un desengaño con mujeres. Pero todo eso ahora le parecía una brizna de hierba en un pastizal.

Donde mirara, los ánimos estaban bajos. Los hombres estaban desalentados, las risas no existían, las sonrisas eran más escasas que el acero valyrio. El campamento estaba lleno de luto, y el hedor del fracaso impregnaba a cada hombre.

No es que pudiera culparlos. Lo intentaron, intentaron derrotar a los enemigos del Rey una y otra vez. Pero un ataque tras otro, habían fracasado. Cada vez que subieron la ladera, solo fue para ser empujados devuelta hasta su base. Oh, sin duda el enemigo había sufrido bajas, pero ni de cerca suficientes para que su posición estuviera en peligro.

Ahora, el tiempo estaba en contra. Debían vencer pronto, o el desánimo se convertiría en deserción y desunión, dos cosas que destruirían este ejército con tanta certeza como habían destruido el de Renly Baratheon en Puenteamargo.

Pasando junto a unos postes donde estaban atados los caballos, reconoció a varios hombres allí como exploradores. A pesar de que ya no los comandaba, aún lo respetaban, y él los respetaba a ellos. Muchos en verdad parecieron indignados o molestos el día anterior, cuando les informó que ya no estaba a cargo de ellos.

"Ser" saludó uno de ellos, Dain, inclinándose al verlo.

"No hagas eso, muchacho" dijo Garreth al verlo. Despreciaba esa clase de gestos "No estás ante un superior. No más" le recordó.

"Mejor vos que Ser Denys" murmuró otro de ellos, Thomes, mientras se acercaba, sosteniendo en la mano un cepillo que parecía más viejo que Garreth, y que había estado usando para limpiar a su caballo "Anoche organizó mal la distribución de los caballos; perdimos más tiempo arreglando su desastre que explorando el este"

Reprimió el resoplido de exploración; Denys Graceford tenía una armadura bonita y una sonrisa que arrancaba suspiros de las mujeres en los torneos, pero no era un soldado.

"¿Y hoy?" preguntó, curioso a pesar de todo. No podía simplemente desentenderse de estos hombres.

"El norte. O al menos, eso pensamos" Thomes se encogió de hombros "Pero Ser Denys no dijo nada antes de irse a la reunión, y no sabemos cuántos tiempo esté por allá. Podría olvidarlo, o volver a confundirse" la falta de afecto en su tono por el nuevo hombre al mando de los exploradores era evidente.

"Entiendo…" dijo Garreth. Sabía que no era prudente, pero no pudo evitar decirlo "Si vais a explorar, será mejor que lo hagáis ligeros de armadura, y en grupos de 4. Dos al frente, dos atrás, muchachos" aconsejó.

Los hombres intercambiaron miradas entre sí, asintiendo y murmurando a favor.

"Gracias, Ser. Por todo" fue Dain quien pronunció las palabras, pero todos los demás claramente las sentían.

Garreth no pudo más que asentir en reconocimiento.

Rijeth Wull

"Recógela" la palabra del Rey recorrió el aire, una espada de madera en su mano.

Sin separar sus ojos del monarca, Ery se inclinó y cogió la otra espada de madera, que el Rey había dejado en el suelo. En el instante en que se levantó de nuevo, sus dedos apretando la empuñadura de madera, el Rey atacó, balanceando la espada primero contra el hombro, luego contra la cadera, y al final intentando un barrido de pies.

Ery se defendió bien, desviando la mayoría de los golpes, y saltando para evitar el barrido de pies. Luego intentó atacar, pero el Rey esquivó la mayoría de los golpes, antes de alejarla con una estocada al rostro que la hizo retroceder.

"Nada mal" concedió el Rey, antes de tomar una postura defensiva "Ahora, ataca" ordenó.

Ery respiró hondo y luego obedeció. Su espada se movió de izquierda a derecha, cortando, apuñalando, cortando de nuevo. En una ocasión, estuvo cerca de tocar la pierna del Rey, pero un buen juego de pies lo evitó.

"Lo haces bien, Ery. Muy bien" dijo el Rey, antes de lanzar una ráfaga de golpes mucho más veloz, haciendo retroceder a la mujer, que a duras penas los evito todos.

Entonces, una zancada al frente le permitió al Rey golpear la muñeca de Ery. La espada cayó de sus dedos, pero antes de que tocara el suelo, el Rey la atrapó y la colocó contra la garganta de su dueña.

"Estarás atrás de los demás" dijo el Rey, aun apuntando al cuello de la mujer "Si la herida se vuelve a abrir, te retiras de la pelea de inmediato. ¿Entendido?" el tono del Rey daba a entender que lo ordenaba y no escucharía una palabra de debate.

Ery también debió notarlo, porque tragó saliva "Si, Rey. Haré como tú dices"

"Bien" con eso, relajó la postura y apartó la espada de madera "Entonces ve por un arma que sea de acero. No pelearás contra los sureños usando madera" la nieta de Ygon Oldfather ya se estaba alejando, una sonrisa completa plasmada en su cara, cuando el Rey le dirigió unas palabras más "Y búscame antes de que empiece la batalla. Te dará una misión que cumplir. Una importante"

Ser Forley Prester

Nuevamente habían sido llamados a este lugar, y Forley no pudo sino pensar, mirando a los caballeros y señores reunidos, cómo reaccionarían al saber que el día anterior él y Ser Garreth habían intentado aquí mismo evitar que Garlan Tyrell lanzara ese ataque olvidado de la gracia de los dioses.

"¿Quién hablará hoy contra Tyrell, si su estrategia es una mierda? Otra vez" pensó, sardónico.

Con Ser Garreth expulsado, y Lord Garibald notable por su ausencia, parecía que quedaría en él intentar prevenir, como había hecho en los días anteriores sin éxito, nuevos fracasos.

Al reunirse en la tienda, solo faltaba la rosa de Altojardín. Al entrar el último, todos los ojos lo miraron; nadie hubiera dicho que Garlan Tyrell había sido totalmente derrotado el día anterior; estaba tan orgulloso como siempre. Cualquiera diría que el ataque de la caballería no había pasado.

"Bien vistos, mis señores, Sers" empezó, llegando a su lugar en el extremo de la reunión, el puesto central "Tenemos nueva información, que puede resultar vital para nuestros esfuerzos combatiendo a los enemigos"

Forley no llamaría combatir a lo que habían estado haciendo contra los salvajes. Pero no dijo eso en voz alta.

"Anoche, algunos hombres selectos de mi casa se infiltraron en el campamento salvaje, y han comprobado que las recientes luchas han agotado al enemigo, dejando bajas considerables y muchos más heridos entre sus filas" informó Garlan, con una confianza que engañaría a muchos de los compatriotas de Forley. Banefort, Lefford, Serrett, todos lo creyeron.

Él no. Había dirigido un ataque contra el enemigo el día anterior, y dudaba haberles causado más que unas pocas decenas de heridos, y solo un puñado de muertos. Respecto al agotamiento, eso era cierto ayer, luego de combatir todo el día. Pero una noche sin perturbación sin duda habían corregido eso entre las huestes del hermano del Joven Lobo.

"Atacaremos de nuevo el día de hoy…" continuó Ser Garlan. Muchos murmuraron, y pocos lo hicieron a favor de sus palabras "…y para ello, ¡mis señores!, para ello, esta vez atacaremos con una combinación" alzando la voz, Garlan Tyrell logró callar a los muchos que buscaban expresar sus opiniones.

"Enviaremos una fuerza de infantería para golpear a lo largo de la línea del frente, un par de miles de hombres de Desembarco del Rey y las Tierras de la Corona. Luego, enviaremos un segundo conjunto de hombres del Dominio y Occidente a pie para apuntalar su retaguardia y apoyarlos. El resto del ejército permanecerá en la base de la colina, listos para atacar en apoyo cuando los salvajes hayan retrocedido para reformarse o buscar una mejor posición"

Era un plan similar a los de los días anteriores…aún demasiado arriesgado. Los hombres de Desembarco del Rey casi no tenían experiencia de combate, al igual que los de las Tierras de la Corona en general. Sería mejor si…

"Ser Manfred Banefort y Ser Steffon Swyft, vosotros dirigiréis la infantería del segundo conjunto. Mi primo Raymund tendrá el mando de las fuerzas del Dominio, junto con Ser Emmon Costayne" los caballeros mencionados, todos ellos jóvenes y visiblemente nerviosos, asintieron en silencio, aceptando el mando que se les otorgaba "mientras que los caballeros y señores de las Tierras de la Corona dirigirán a las primeras fuerzas en entrar en combate. Confío en que todos sabréis liderar a vuestros hombres de forma ejemplar" las palabras de Tyrell sacaron a Forley de sus pensamientos.

Muchos ojos en la tienda estaban puestos en él pretendiendo desinterés, aunque sabía bien que era todo lo contrario.

Como un caballero occidental experimentado en el liderazgo, era una mejor opción que Swyft y Banefort. Que Garlan Tyrell lo dejara de lado a favor de ellos era un desaire, pero Forley no protestaría al respecto, no cuando eso solo serviría para ponerlo en evidencia. Dado lo que pensaba de este ataque, eso no sería provechoso. Así que solo guardó silencio.

"De acuerdo. Con eso arreglado, os insto a todos a prepararse para este día. Este es el día en que vencemos definitivamente a los enemigos del Rey, Sers. Esta noche, la cabeza de Jon Nieve debe estar separada de su cuerpo, y empacada para su viaje a Desembarco del Rey" las palabras de Garlan Tyrell habían empezado este Consejo de Guerra.

Ahora, lo habían terminado.

Quedaba por ver si su portador también podía terminar con la guerra en sí.

Forley…lo dudaba.

Lobos contra Rosas y Leones: día 3

Jon

Por sus órdenes, la infantería se había formado de una manera diferente: en una gran V con su extremo inferior apuntando directamente colina abajo. Val controlaba el extremo norte, mientras que Sigorn hacía lo mismo con el sur. Ygon por su parte, le ayudaría a controlar la tercera parte: el centro.

Las pérdidas de los dos días de batallas sumaban unos 1.000 hombres. Había alineado a los 4 restantes, con los arqueros ubicados en la retaguardia. De los 5.000, aproximadamente la mitad portaba ahora armas de acero tomadas de los muertos, pero aún conservaban sus arcos y flechas, ocultos bajo capas y prendas gruesas, esperando la señal.

Flanqueado por su Guardia Personal, observaba el despliegue del enemigo.

"Son todos. O tantos que su campamento estará casi vacío" su incursión contra los Frey les había costado dos mil hombres entre muertos y huidos. Permitiéndose exagerar, Jon asumió que los dos días de combate y sus varias estrategias le habían costado al enemigo tal vez tres mil hombres más. O cuatro mil "Asumamos seis mil, de un ejército que para empezar sobrepasaba los treinta mil. Eso deja 25.000"

Contó dos conjuntos de caballería, cada uno de al menos 1.500 hombres. Además, había al menos 10 conjuntos de hombres desmontados. El más lejano, que apenas estaba a la vista, era también el más pequeño; se arriesgaría a decir que eran los arqueros, traídos más para complementar el ejército que para tener un papel definitivo en la batalla. Los otros conjuntos eran mayores. Cualquiera tenía varios miles de hombres; entre dos y tres mil, si se atrevía a adivinar. Por último, muchas figuras dispersas se agrupaban entre los diversos conjuntos de fuerzas. La falta de distintivos y armaduras pesadas le llevaron a concluir que era la Fe Militante; uniéndose al ataque, pero sin la disciplina u orden de sus compañeros.

Igual que los días anteriores, la moral sería decisiva. Romper la moral del enemigo les compraría a él y a su ejército tiempo "Destruir un conjunto de fuerzas por completo. Debemos destruir uno por completo, si esperamos ver un día más" con algo de fortuna, el resto de sus señores y caudillos que debían estar viniendo del norte podrían golpear el flanco enemigo o atacar el campamento por sorpresa más tarde ese día, dándoles una victoria decisiva. Si no… "No pienses demasiado. Es momento de pelear"

Separándose de la formación, miró a sus Guardias, sus hombres, sus guerreros, su gente.

"Podría hablarles de honor…pero os he visto desde hace tiempo. Muchas lunas. Sabéis bastante del honor" empezó, caminando a lo largo de la línea "Podría hablarles de valor…pero están aquí. Saben muy bien lo que es el valor" muchos sonrieron, orgullosos. Otros más alzaron la cabeza, complacidos con sus palabras "No teman la derrota: no seremos derrotados. No teman la muerte, porque todos moriremos algún día. No teman la pérdida: todos perdemos y ganamos constantemente" hizo un gesto en dirección a sí mismo, sus dedos rozando su pecho "Yo perdí un padre, pero gané una esposa. Perdí un hermano, pero gané una hija" los dioses habían sido crueles con él, pero no al punto de negarle regalos y bendiciones "He perdido buenos guerreros, hombres y mujeres, estos dos días. ¿Saben que ganaré a cambio?" preguntó en voz alta, antes de detenerse.

Muchos rostros lo miraron. Al final, uno habló.

"La batalla" respondió una voz masculina entre los suyos.

"No" la palabra cortó el aire, y Jon sacudió la cabeza, antes de volver a caminar de forma pausada, esta vez en la dirección por la que había venido "La batalla la ganaremos unidos. Lo que yo ganaré es la paz. La paz de volver a casa y saber que mi familia está a salvo, que mi pueblo duerme tranquilo, sin preocuparse de un ataque de los malditos del sur. La paz de saber que las vidas que dejamos en este campo tuvieron una compensación, por ellos mismos y por sus seres amados"

"¡No peleamos aquí por la guerra y la muerte! ¡Peleamos por la paz y por la vida!" su voz se volvió un grito, uno que buscaba llegar a cada oído en su ejército.

Unos pocos golpearon sus escudos en acuerdo a sus palabras.

"¡Por nuestras vidas!"

¡BUM! Más escudos fueron golpeados, esta vez en un sonido más coordinado.

"¡Por las vidas de nuestras familias!"

¡BUM! El sonido se hacía más grande, más generalizado.

"¡Por las de nuestros amigos!"

¡BUM! Era como un trueno, cada vez más fuerte.

"¡Por las de nuestros parientes!"

¡BUM! ¡BUM! Ya eran miles los que ocasionaban el sonido, todas las armas golpeando contra los escudos.

"¡Por nuestras tribus! ¡Nuestras aldeas!"

¡BUM! ¡BUM! Ya no había un solo escudo que no fuera golpeado, una sola alma que no apoyara sus palabras.

"¡Primeros Hombres! ¡Dos veces repelimos al enemigo aquí mismo!" Jon alzaba tanto la voz que temía que su garganta se desgarrara. Pero no le importaba "¡Vamos a hacerlo una vez más!"

"¡SI! ¡SI! ¡SIIII!" gritos, aullidos, rugidos, voces primitivas lanzando al cielo, al enemigo, a los mismos dioses una simple palabra, pero que cargaba con ella todo el significado del mundo.

Allí estaban. Allí pelearían. Allí rechazarían una vez más al enemigo.

"¡El Lobo Blanco! ¡El Lobo Blanco! ¡El Lobo Blanco! ¡El Lobo Blanco!"

No supo dónde empezó, pero no intentó descubrirlo. En instantes, las palabras fueron tomadas por cada hombres en el muro de escudos, cada arquero detrás de éstos. Un ejército completo con las mismas palabras en sus labios. Sacó a Hermana Oscura, elevándola tan alto como pudo.

"¡EL LOBO BLANCO! ¡EL LOBO BLANCO! ¡EL LOBO BLANCO! ¡EL LOBO BLANCO! ¡EL LOBO BLANCO! ¡EL LOBO BLANCO!"

Los gritos se hicieron más fuertes aún; nadie vaciló, nadie dudó. Las palabras fueron gritadas una y otra vez, tan fuertes, tan elevadas, que Jon pensó que todo Poniente podría oírlas.

El enemigo ya se movía, el primer conjunto de fuerzas de infantería aproximándose a las zanjas. Y a espaldas de Jon, su gente aún expresaba su euforia con sus voces, dejando que el mundo los escuchara. No se detuvieron cuando los infantes sureños empezaron a cruzar la zanja con dificultad, ni siquiera cuando fueron seguidos de cerca por un segundo conjunto de hombres a pie, tan numerosos como los primeros.

Pero finalmente, cuando los pies del enemigo ya estaban a medio camino de la cima de la colina y Jon ya había tomado su lugar en la formación, el Rey en el Norte y más allá del Muro dejó oír su propia voz una vez más.

"¡MURO…DE ESCUDOS!" gritó con todas sus fuerzas, tomando el mismo el arma que Rijeth Wull le ofrecía con la mano izquierda. Lo cogió y se lo ató con fuerza a su propio miembro siniestro, notando de reojo que los colores eran blanco y gris.

"Colores Stark y una espada Targaryen" pensó Jon, mientras unía su escudo al de los hombres a su lado y a sus pies, la espada a la altura de sus ojos, lista para lanzar una estocada "¿Significará algo?"

Val

Jon sabía cómo inspirar valor, valor y determinación. Val había gritado tan fuerte como todos los demás, sabiendo que daría su vida en batalla si hiciera falta, y lamentando tan solo que no tuviera más vidas, como los gatos, para poder ofrecerlas también peleando junto a Jon y por todo lo que amaba en este mundo.

Y ahora, con los gritos acabados pero aun reverberando en sus oídos y en su corazón, Val se esforzaba por mantener sus pensamientos enfocados en la batalla que venía, y no en Dalla y su hijo. Pero a pesar de todo, una parte de sí misma se aferraba al recuerdo de su familia y al consuelo de saber que estaban muy lejos de aquí. Dalla, el bebé…y Mors.

Lo admitía, al menos para sí misma. El viejo testarudo y gruñón se había ganado algo de su afecto. Solo era una sombra de lo que sentía por Dalla, pero era más de lo que nunca pensó que sentiría por él, más allá de la mujer que compartieron en sus vidas, y a la que debían su relación de sangre.

"Si salgo de esto viva, haré un esfuerzo para acercarme a él. Lo juro" hizo ese voto en los últimos instantes, justo antes de que la oleada de enemigos vociferantes se que abalanzaban sobre ella y sobre los que combatían a su lado hiciera contacto.

¡BBBBUUUUUUMMMM!

El impacto la envió hacia atrás, junto con el resto de los hombres que lo habían sentido. De no haber estado bien plantados en el suelo, habrían caído al suelo sin duda. La presión pronto se hizo inmensa; puso todo su peso sobre el brazo del escudo, mientras su espada se lanzaba al frente, más allá del muro de madera y acero.

El grito de agonía le hizo saber que su estocada encontró carne.

Los golpes empezaron a caer sobre su escudo, y sobre todos los escudos en el muro. Las maldiciones empezaron entre su gente, junto con los insultos hacia las hermanas, los dioses y un centenar de cosas más de los sureños. Al tiempo que lanzaban todas las obscenidades conocidas, los guerreros en el muro lanzaban estocadas y cortes contra el enemigo, acertando muchas veces y arrancando gritos y aullidos de dolor, o un silencio escalofriante que señalaba la llegada de la muerte.

Val prefirió quedarse en silencio, agachándose justo a tiempo de esquivar una lanza que rozo su coronilla. Cuando el arma se retiró, volvió a lanzar un golpe de espada, pero no le dio a nada.

Los insultos también llegaban desde más allá del muro, donde muchas voces gruñían y maldecían a gritos. Una daga asomó por el muro, y estuvo cerca de golpearla. Caía cerca de los pies del hombre a su lado, junto con la mano que aún la sostenía, luego de que Val lanzara un golpe terrible que cercenó el miembro y añadió otro grito de dolor a la cacofonía.

A su izquierda, Val notó que un grupo de los suyos flaqueaban ante el embiste.

"¡Resistan! ¡No se retiren!" gritó a voz en cuello, solo para hacer una mueca cuando un golpe devastador en su escudo hizo temblar todo su brazo. Apretando los dientes, lanzó más golpes, su espada buscando carne y encontrándola. Un cuerpo cayó, pero había más detrás.

El enemigo estaba dispuesto a matarlos, y Val no estaba dispuesta a permitirlo.

Sigorn

Aunque había miles de hombres a su lado en el muro, para el día de hoy se había ofuscado en mantener a la gente de su clan, los thennitas, al alcance de sus gritos. Tras resistir la embestida inicial del enemigo, Sigorn había gritado una orden en la Antigua Lengua, y al menos los suyos la entendieron, porque gritaron en acuerdo.

"¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Ahora!" contó en voz alta, gritando para que lo escucharan. Con su última palabra, la espada en su mano lanzó un golpe a ciegas al otro lado del muro de escudos. No le dio a nada. Más espadas y lanzas hicieron lo mismo entre los cuarenta o cincuenta hombres más cercanos (incluyendo varios que estaban sobre una rodilla delante de él y otros hombres a pie) todas coordinadas bastante bien, y aunque muchas no encontraron nada, otras lo hicieron, arrancando gritos.

La presión sobre el muro, o al menos sobre esa parte específica, se redujo considerablemente por unos momentos, suficientes para que Sigorn y muchos otros recuperaran el aliento.

Pero solo duró unos instantes, antes de que el enemigo volviera a lanzar todo su peso al empuje. Con gruñidos y dientes apretados, resistieron el nuevo embiste.

Lanzó estocadas; hirió a un hombre y creía que mató a otro, pero no podía estar seguro. Era tanta la concentración que ponía en el muro de escudos y cualquier cosa que asomara desde el otro lado del mismo, que por su vida no habría sabido decir con certeza ni siquiera su nombre.

Un hacha asomó del otro lado, en un movimiento descendente que arañó su brazo del escudo, pero no le arrancó sangre.

Murmuró una maldición y respiró hondo "¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Ahora!" volvió a gritar, y esta vez, su espada encontró un cuello cuando lanzo un corte horizontal. La sangre fue abundante; algo de ella llegó a su rostro, y mucha más mancho el escudo que sostenía.

De nuevo, un breve respiro de la presión en el muro. De nuevo, un instante después estaban otra vez luchando cuando los volvieron a embestir.

Jon

No podían haber pasado más de unos momentos, pero Hermana Oscura ya estaba manchada de sangre. Además de eso, Jon sentía su brazo izquierdo entumecido por sostener el escudo en posición, mientras su otro brazo se sentía en llamas, la sangre corriendo como fuego por su interior mientras lanzaba estocadas y cortes casi constantes con su espada.

Empujando el arma hacia adelante, escuchó el satisfactorio sonido de un enemigo gritando, antes de caer al suelo. Otro tomo su lugar, golpeando repetidamente su escudo y el de Wull, a su lado, hasta que le atravesó el brazo con su espada. Mientras gritaba, el hacha de Rijeth lo terminó.

El enemigo era tan determinado en sus ataques como los dos días anteriores, pero eso no preocupaba a Jon ni la mitad de lo que lo hacía el hecho de que no tenía reservas de infantería.

Tenía a los arqueros, pero no sería lo mismo. Con un gruñido cuando esquivó justo a tiempo una lanza que habría travesado su rostro, Jon se maldijo por no concentrarse en la amenaza directa a su vida. Era algo más urgente de lo que preocuparse.

Sordo a los gritos del enemigo, y ocasionalmente a los de sus propios hombres, Jon siguió combatiendo. Hermana Oscura bebió más y más sangre; la muerte estaba en su filo, y cualquiera que se le acercara demasiado iba a encontrarse con sus dioses. Caían con gritos y aullidos de agonía, y Jon no se estremecía con ellos; matar no era algo que gozara, pero tampoco le permitía afectarlo. Como tantas otras cosas, simplemente lo ignoraba hasta que tuviera tiempo para asimilarlo.

"¡Por los Siete!" el grito, diferente a los de tantos otros, le dijo a Jon que los sirvientes de la Fe que habían venido con las rosas y leones ahora se unían a la pelea. Vio armaduras andrajosas y hombres sucios que portaban la estrella de siete puntas sobre ropa e incluso en la carne; se metieron en medio de la pelea, lanzando gritos llenos de fervor religioso.

"¡Por los verdaderos dioses!" uno de los fanáticos llegó ante Jon, portando una maza de gran tamaño que blandió con todas sus fuerzas contra el escudo de Jon; las púas del arma arrancaron astillas por docenas "¡Por los Siete!" gruñó, levantando de nuevo el arma.

Habiendo encontrado el momento justo, Jon lanzo su espada al frente; el golpe fue perfecto. Hermana Oscura fue al pecho, se deslizo entre las costillas y atravesó el corazón directamente. El fanático cayó al suelo sin contemplaciones.

La mujer de las lanzas

Su brazo derecho le cosquilleaba desde el codo, donde una maza había golpeado. Estaba roto, no tenía duda. Pero aún lo usaba, aún si cada golpe con la lanza que empuñaba hacía que las lágrimas de dolor amenazaran con desbordarse de sus ojos.

Los sureños presionaban con fuerza, más que en los días anteriores. Había matado a uno, y herido al menos a tres más, pero seguían viniendo. Los golpes contra el escudo habían abierto una grieta inmensa, y solo era cuestión de tiempo para que lo partieran en dos.

Lanzó un nuevo golpe, pero la lanza le fue arrancada de la mano. Buscando la espada en su cadera, se distrajo un instante. Eso fue demasiado.

Antes de darse cuenta, un impulso repentino la enviaba hacia el suelo, junto con muchos otros. Los cuerpos pasaban por encima de ella, y los gritos de los alrededores, reconociendo que el enemigo había roto el muro de escudos, decían lo que había pasado.

Se encogió debajo de su escudo, y aulló de dolor cuando alguien pisó su tobillo; no sabía si estaba roto, pero no podía darle importancia. Tenía que volver a ponerse en pie.

Mirando el suelo, vio numerosos pies cruzando a su lado. Pero un par de ellos se detuvieron.

"¡Muere, salvaje!" el grito precedió apenas un instante al golpe terrible de una espada, que abrió una inmensa grieta en su escudo y terminó de partirlo en dos. Cogiendo el trozo más grande, lo interpuso en el camino de un segundo golpe, usando ambas manos para resistir mejor. Siguió un tercer golpe, y un cuarto. Ése fue el que terminó de destrozarlo.

Se quedó allí, con sus manos sosteniendo un puñado de astillas y madera rota, incapaz de moverse por el puro terror de saber que la muerte era lo único que le esperaba ahora.

El sureño levantó su gran espada con ambas manos, sus ojos llenos de odio mientras el arma estaba sobre su cabeza, lista para descargar un terrible golpe que sin duda la mataría.

Hubiera querido cerrar los ojos, pero no pudo. No parecían responderle; querían contemplar hasta el final…

…excepto, que el final no llegó.

Un cuerpo se lanzó contra el aspirante a convertirse en su asesino. La pura fuerza del empuje lo hizo tambalearse hacia atrás. Pero se recuperó a tiempo, empezando a combatir con un hombre esbelto de cabello largo y oscuro que empuñaba una espada larga y llevaba una maza en el cinturón.

"¡Reformen! ¡Reformen, maldita sea!" los gritos se escucharon por encima.

Impulsándose hasta estar sentada, noto que los sureños retrocedían. Vio a los suyos ganando terreno, empujando de vuelta al enemigo colina abajo, recuperando el terreno perdido. Dos hombres, ambos con cabello besado por el fuego y barbas del mismo color, aullaban como lobos mientras mataban a los sureños en su camino, y los hombres y mujeres se reunían detrás de ellos mientras se apresuraban a la brecha que había en el muro de escudos.

Los sureños retrocedían; un grupo de ellos lo hacía en dirección a ella. No pensó en evitarlos; simplemente se lanzó a un lado, impulsándose con brazos y piernas, y evitando ser pisoteada. Vio un destello de acero justo frente a su rostro, tirado en el suelo, justo cuando un cuerpo que se retorcía caía sobre ella, el peso cayendo en su brazo lastimado y haciéndola gritar de dolor.

Pero aun así cogió la pequeña daga con su mano libre, y cuando vio que el hombre que había caído sobre ella era un sureño, la enterró en su cuello varias veces, ignorando las manos que agarraban su rostro, intentando apartarla. Siguió enterrando la daga una y otra vez hasta que los ojos quedaron vidriosos y el hombre quedó inmóvil. Con un gruñido lo retiró de encima de ella, justo cuando el Pueblo Libre y los llamados norteños llenaban la brecha del muro de escudos.

El muro volvía a estar formado, con solo unos pocos sureños aún del otro lado, ocupados en combates individuales. Uno de estos, que aún estaba en pie, era el hombre que casi la había matado momentos antes. Seguía en combate con el mismo hombre que lo había detenido en su propósito.

Impulsada por su enojo y deseo de supervivencia, desenvainó la espada en su cadera y se dirigió a esa pelea en particular, dando zancadas mientras el resto del mundo se desvanecía. Solo eran ella y el hombre que ahora quería matar más que nada en este mundo.

Apenas notó cuando el sureño dio el golpe de gracia, acabando con el hombre que la había salvado, y a quien nunca podría agradecerle.

"¡Ulre!" grito una voz, la de uno de los hombres de cabello rojo, mientras de reojo veía como el otro lanzaba un aullido de rabia y estrellaba a su oponente contra el suelo, para luego pisar su cuello con tanta fuerza que sin duda rompía su cuello y le quitaba el aliento para siempre.

Aprovechando que el sureño estaba distraído, viendo como su enemigo caía al suelo de rodillas, y luego enterraba sus manos en el suelo cubierto de hierba mientras sus entrañas se derramaban como largos gusanos de color oscuro por el largo corte en su estómago, ella aprovechó. Corriendo, uso la espalda de su salvador para plantar un pie en ella y saltar sobre el enemigo.

La vio…y reaccionó…un momento demasiado tarde.

La espada larga se alzó para bloquear su golpe, protegiendo el cuello. Pero ella no iba por el cuello. Su espada cayó, lanzando un tajo terrible que golpeó un costado del cráneo. El choque del acero con el hueso que había debajo de la carne hizo estremecer sus brazos, pero acabó con la amenaza. El sureño cayó arrodillado, el lado derecho de su rostro un desastre ensangrentado, mientras más líquido rojo escapaba de su boca.

Apenas tuvo sus pies sobre la tierra, lanzó un nuevo tajo contra el hombre de rodillas, cortando su cabeza y viendo con satisfacción como el cuerpo caía al suelo.

Respiró hondo, sus ojos pasando del hombre que mató, al hombre que la salvó. Estaba muerto, tendido inmóvil boca abajo, mientras su rostro miraba hacia el muro de escudos que ya estaba completamente reformado.

Sintiendo pena por él, y enojo por los sureños responsables de que estuviera muerto, se inclinó y cerró sus ojos con suavidad. Se incorporó, y con un grito de rabia, se lanzó de nuevo al muro de escudos, lista para poner todas sus fuerzas en mantener a los sureños contenidos.

Daven

Había despreciado las palabras de precaución, los consejos de que no lo hiciera, incluso las suplicas de sus más allegados, quienes insistían en que no estaba listo para combatir, que sus heridas aún no se habían recuperado.

Al diablo con todos ellos; no se perdería la batalla, ni dejaría a esos malditos salvajes sin sentir su venganza. Tenían que pagar por matar a su padre. No, eso no era cierto. Solo uno tenía que pagar; el bastardo. El medio hermano del Joven Lobo. Ya que no podía tener al legítimo, el hijo de la ramera tendría que servir.

Portando su armadura completa, ignoró la rigidez de su brazo y pierna, como consecuencia de las heridas del día anterior. Cabalgando, se dirigió al conjunto de caballería más alejado. Junto a unos pocos estandartes de rosas, los emblemas del león primaban, delatando que la mayoría de los jinetes eran occidentales. El hombre al mando era también occidental, y amigo de Daven.

Lyle Crakehall lo miró con asombro pero alegría mientras cabalgaba para estar frente a él. Los hombres al lado de Crakehall, caballeros que portaban lanzas con el estandarte real, el león de la Casa Lannister y el jabalí pinto de Crakehall, estaban atónitos y confundidos por su llegada repentina.

"¿Cómo va la batalla?" pregunta, luego de saludar a su amigo con un breve gesto de la cabeza.

"¿No habías sido herido?" dice Lyle, optando por preguntar algo propio en vez de responder.

"Solo un rasguño. Nada importante" le dice Daven, ignorando el dolor en sus extremidades. No parecería débil "¿Quién comanda el ataque a la cima de la colina?" pregunta ahora, mirando en la distancia como hombres de Occidente y del Dominio chocan contra norteños y salvajes.

"Manfred Banefort y Steffon Swyft" responde Lyle.

"¿Y Garlan Tyrell?" pregunta, intentando parecer despreocupado. No necesitaba ni temía a la rosa, pero preferiría saber que no estaba cerca.

Casi sonrió ante la respuesta de Lyle.

"Está en el centro, con una escolta. Según escuche, se unirá a la lucha cuando los salvajes sean enviados colina arriba" respondió Lyle, mirándolo con el ceño fruncido, como tratando de discernir si ocultaba algo. Lo hace, pero Crakehall no parece darse cuenta, ya que su ceño se relaja "¿Te unirás a nosotros?"

"Por supuesto" no había fuerza en este mundo que lo alejar de esta batalla. No los dioses, no los hombres.

Y ciertamente no la rosa Tyrell. Al diablo con él.

Alyra, hija de Morna Mascara Blanca

Con un grito, hundió la espada en el espacio entre la barbilla y la mejilla. El cuerpo cayó al suelo, pero aún sufría estertores en la muerte cuando otro hombre la atacó.

La lucha era tan intensa como los dos días anteriores. El conocimiento de que no tenían reservas tras ellos, solo los arqueros, la hacía pelear más duro de lo usual. Estaba segura de que no era la única que pensaba así.

El enemigo había abierto una brecha en el muro de escudos, hacia el norte. El Rey se había mantenido firme en el centro mientras enviaba a Ulre, Torreg y su hermano Dormund, junto con 10 hombres, a cerrar la brecha. El hecho de que no se estuvieran retirando de forma general, junto con el hecho de que el muro aguantaba y no eran atacados por el flanco, era lo que permitía que Alyra y muchos otros aún estuvieran combatiendo.

Un nuevo embate justo en el punto donde su escudo y el de Cedrik Flint se unían los alejó uno del otro. Alcanzaron a cerrar la brecha, pero no antes de que cinco hombres se colaran en medio de ella.

"¡Ahí está!" señaló uno de ellos, un hombre con una buena armadura y un pavo real en la sobrevesta. Un noble "¡Es él! ¡El bastardo de Stark!" grito, señalando con su espada y corriendo hacia el Rey, seguido por los demás, ignorando el muro.

No pensó; solo actuó "¡Mantén el Muro!" le grito a Cedrik, antes de lanzarse tras los hombres.

Pero les llevaba varios pasos de distancia, y el cansancio de la lucha la hizo lenta. A pesar de todo, siguió.

Vio que el Rey se apartaba del muro de escudos, habiendo captado la amenaza que se dirigía hacia él. Rickard Liddle, inconfundible por el escudo con piñas pintadas en él, intentó seguirlo, pero el Rey lo cogió por la ropa, le gritó algo que ella no pudo entender, y lo devolvió al muro de escudos.

Atacado por cinco hombres, y no aceptando ninguna ayuda, alguien más hubiera retrocedido ante la perspectiva de enfrentar a múltiples oponentes. Pero el Rey demostró ser un lobo, lanzándose contra ellos sin dudar.

En el breve lapso de tiempo que los cinco hombres se encontraron con el Lobo Blanco, indiferentes a que ella se acercaba por detrás, Alyra vio al Rey lanzar su escudo contra el líder, desorientándolo un instante que aprovechó para patearlo en el pecho, enviándolo varios pasos hacia atrás. Luego, esquivó un hacha antes de interponer su espada para detener la estocada de otra.

"¡Pueblo Libre!" grito Alyra, las palabras saliendo con toda la furia que sentía mientras embestía al quinto hombre, haciéndolo trastabillar con el impulso de su carga. Luego se enfrentó a otro, el sello del león en su casco, mientras su compañero se recobraba y la enfrentaba.

Así empezó la danza, ella contra dos, mientras el Rey se enfrentaba a tres enemigos a la vez.

No tardó en darse cuenta de que esquivar era su mejor opción; ambos hombres eran más altos que ella, y además muy gruesos, comparados con su propia figura, más delgada. Sería una locura intentar enfrentarlos con fuerza bruta.

Esquivó varios golpes, lo que solo pareció enojar a los hombres. Uno hizo temblar todo su brazo cuando interpuso la espada para evitar un golpe que la habría partido por la mitad, pero alcanzó a saltar lejos de una estocada de su compañero.

La pelea requería su total concentración, por lo que no pudo buscar al Rey con la mirada; solo podía rogar que estuviera bien.

Entonces, de la nada, vio una oportunidad; se apartó de una estocada y descargó un tajo descendente con su espada.

"¡AAAAAAHH!" el grito del hombre cuando su mano cayó al suelo, aun sujetando la espada, fue satisfactorio. Más cuando retrocedió unos pasos, alejándose de ella, sujetando el muñón sangrante con su otra mano.

"¡Maldita puta salvaje!" el otro hombre, sin embargo, se enfureció, sus golpes ahora cayendo contra ella con más ferocidad aún, mientras intentaba vengar la mutilación de su igual.

Alyra dejó caer su escudo para que no le siguiera molestando su peso, optando por confiar su vida en su rápido juego de pies y su figura delgada y ligera.

Y fue suficiente hasta que recibió ayuda, en la forma de Torreg. El hijo mayor del Matagigantes había venido de la nada, y con un rugido sorprendentemente parecido al bramido de un gigante, se lanzó contra el hombre que intentaba matarla. A diferencia de ella, él no tuvo problemas en igualar la fuerza del sureño.

Mientras ambos intercambiaban golpes terribles con sus espadas, junto con puñetazos que estremecían sus dientes y dejaban sus rostros cubiertos de moretones, ella se escabulló y apuñaló con todas sus fuerzas al sureño por la espalda. No lo mató, porque el hombre se había movido en el peor momento posible, pero su espada arrancó sangre en abundancia de su costado. El hombre, alejando a Torreg con el amago de un golpe, lanzó su espada hacia atrás en un tajo que Alyra esquivó, aunque fue tan cerca que por un momento hubiera jurado que sintió el acero afilado mordiendo su pecho.

Pero el instante que el hombre tomó en intentar librarse de ella le dio a Torreg una apertura, que usó para atravesar el pecho del sureño con su espada. La espada de Alyra abriendo su espalda con un profundo tajo horizontal remató el trabajo, y el hombre cayó al suelo inmóvil.

Sus ojos buscaron frenéticos al Rey, solo para que el alivio la inundara al verlo justo cuando mataba a su último atacante. Otro yacía muerto a sus pies, y el del pavo real no se veía por ningún lado. No muy lejos, Dormund abría la garganta del hombre que Alyra había dejado manco, luego de quitarle una daga de la mano que le quedaba.

"¿Cerraron la brecha?" preguntó el Rey a Torreg mientras se acercaba a zancadas.

"Si, Rey. Logramos reformarlos" informó Torreg, jadeando ligeramente. En ese momento, Dormund se acercó. Como su hermano, estaba jadeante y cubierto de sangre, pero parecía ileso.

En ese momento, Alyra sintió el cansancio que no había notado mientras luchaba por su vida. El peso de la espada en su mano pareció incrementarse cien veces.

"¿Dónde está Ulre?" preguntó ahora el Rey, notando que solo estaban dos de los tres hombres que había enviado.

Alyra tuvo un terrible presentimiento, que solo se confirmó cuando Dormund negó con la cabeza y Torreg pronunció una sola palabra.

"Muerto"

El Rey gruñó, pero al siguiente momento se lanzó al frente, apartando a Alyra del camino con un empujón de su mano libre. Estaba tan sorprendida que no alcanzó a hacer nada, solo mirar de reojo como la espada del Rey era arrojada por su portador, con la empuñadura atrás y la hoja al frente, en un ángulo horizontal perfecto que voló…antes de enterrarse en un pecho cubierto con una rosa.

El sureño, que se había acercado corriendo a ellos empuñando una lanza, cayó al suelo con un grito, la espada del Rey sobresaliendo de su pecho en posición vertical. No se movió luego de caer.

"¡Sigan peleando!" les espetó el Rey, no con enojo, sino con urgencia. Y con urgencia fue a por su espada, desenterrándola del pecho del enemigo muerto antes de lanzarse de nuevo a la pelea en el muro.

Ella y los hijos de Tormund Matagigantes lo siguieron sin pensar.

Aún quedaba mucha pelea. El día no estaba ni cerca de terminar.

Val

Con un grito de rabia, su espada atravesó la coraza de cuero, su portador cayendo muerto con el pecho sangrando en abundancia. Val no tuvo tiempo de procesarlo; un hacha larga le hizo alzar el escudo para defenderse de su nuevo oponente.

Sentía el sudor corriendo por su rostro, y cada músculo de su cuerpo gritando de molestia por el largo esfuerzo al que lo había sometido. Apenas era capaz de pensar, y menos aún de responder.

Volviendo a la batalla, una estocada alejó al portador del hacha, pero solo para que volviera, esta vez empujando con el asta del arma, en un esfuerzo por hacerla retroceder. Otros dos hombres se sumaron a él, casi enviándola al suelo, sino fuera por los hombres y mujeres detrás de ella. Se convirtió en una batalla de voluntades, con ambos bandos empujando entre sí, con ocasionales estocadas de lanzas y espadas para intentar aliviar la presión que venía de los oponentes.

Una estocada de una lanza, hecha por el hombre de cabello rubio goteante de sangre que había a la derecha de Val, hirió a un hombre en el brazo; retrocedió aullando, y sin su peso, lograron empujar a los demás hasta hacerlos caer de espaldas. El hombre a la izquierda de Val se separó el tiempo suficiente para matar a uno de los derribados, de un tajo certero de espada. Pero antes de que pudiera volver al muro de escudos y a la protección de la unidad, un hacha salida de la nada lo atrapó en el costado. Cayó con un gruñido, antes de morir.

Aunque una mujer de las lanzas armada con una espada mellada de tanto uso y con grandes arañazos en la madera del escudo ocupó el lugar del hombre que acababa de perder, no fue un consuelo. Estaban en una lucha de desgaste, y a menos que Jon hiciera algo, serían eventualmente vencidos; el número favorecía al enemigo.

Apretando los dientes, Val volvió a concentrarse en la lucha. Se había distraído un momento, al ver como otra fuerza de sureños a pie, tal vez 2.000 hombres más, empezaba a subir la colina.

Jon

Volvió al muro de escudos a tiempo de ver como una mujer de las lanzas se agachaba cuando un hacha se asomaba por el costado del escudo que sostenía. Hermana Oscura se balanceó y el hacha cayó al suelo, aún sujeta por una mano.

No tenía un escudo, pero eso no le impidió lanzar tajos y estocadas con su espada, ayudando a relajar la inmensa presión que les llegaba de miles de cuerpos más allá de los escudos.

"Ya casi…" pensó para sí, ante de tomar el lugar de uno de sus hombres, muerto con un tajo en el cuello, luego de quitarle el escudo que ya no necesitaría y tomando su lugar en un muro de escudos que no podía evitar debilitarse con cada guerrero que perdía "No falta mucho, solo un poco más" caviló, rogando para que su gente aguantara.

Un hombre apareció de reojo en su campo de visión; Torreg. Aprovechando una pausa que dura un mero instante, lo empujó hacia atrás, lejos de la lucha, y le ordenó a gritos que buscara a Ery y la trajera ante él. Torreg desapareció, y Jon volvió a la lucha.

Dos hombres aparecieron ante él, golpeando su escudo con espadas sucias de mugre pero limpias de sangre. La Estrella de Siete Puntas se exhibía en sus ropas, roja como la sangre sobre túnicas simples de colores claros.

Uno de los fanáticos lanzó su espada en un gran corte descendente. La bloqueó con su escudo, desvió la otra espada con Hermana Oscura antes de enterrar la hoja de acero valyrio en el pecho descubierto del primer atacante. El hombre cayó al suelo inmóvil, y su compañero no tardó en seguirlo, una estocada certera en el cuello terminando su vida.

"¡Rey!" la palabra llegó de su espalda; reconoció la voz de Torreg "Ella está aq… ¡Mierda!" la voz de Torreg se alejó, y Jon lo vio de reojo lanzarse contra un hombre de armadura completa que había logrado abrirse camino más allá del muro, empuñando una maza en la única mano que tenía.

"¡Ery!" grito, sin siquiera mirar a la mujer, demasiado ocupado desviando una lanza con su escudo "¿Recuerdas la orden que te di?" preguntó Jon, justo a tiempo de atrapar el asta de la lanza con su escudo y arrancarla de manos de su portador, dejándolo abierto al corte en el estómago que hizo que sus entrañas se derramaran por el suelo.

"Sí" respondió la mujer, jadeando.

Jon giró la cabeza, alzando el escudo para proteger su cuello mejor y mirando a la nieta de Ygon. Por una fracción de instante, notó que la herida se había abierto; debajo de sus costillas, la mancha roja cada vez mayor delataba que Ery no estaba ni cerca de estar bien. Pensó en maldecirse por dejarla pelear en tales condiciones, pero no pudo hacerlo, porque las palabras que salían de su boca eran más importantes.

"¡Ahora! ¡HAZLO!" grito con fuerza, antes de empezar a empujar al frente.

Halleck

Como en los dos días anteriores, había debido limitarse a mirar, más y más furioso por no poder sumarse a la pelea. Detrás de él, muchos arqueros estaban en iguales condiciones. Los dientes se apretaban, las manos temblaban. Aquellos que portaban las armas de los enemigos muertos las apretaban con fuerza. Estaba seguro de que la mitad de ellos se habría lanzado contra los arrodillados si no fuera por la orden expresa del Rey de no hacerlo.

Solo el Rey podría mantener al Pueblo Libre controlado. Por eso, justamente, era el Rey.

Una figura llamó la atención de Halleck; vio como alguien se acercaba corriendo hacia él, desde la dirección de la batalla. A medida que se acercaba, notó que era una mujer. Y no cualquier mujer, no. Era de la Guardia Personal del Rey. La que estaba herida. Ery.

Mientras se acercaba a él, noto que se sujetaba el costado, donde el rojo delataba una nueva herida. O la anterior, que se había abierto de nuevo. No sabía ni estaba dispuesto a preguntar.

Ery se detuvo ante él, casi encorvada "El Rey dice…" jadeó, antes de empezar a toser de forma incontrolable. Halleck la miró con el ceño fruncido, antes de ordenarle al hombre a su lado que le diera un trago de agua a la mujer de un pellejo que llevaba colgado de un hilo de su cinturón.

Mientras Ery tomaba el pellejo en sus manos y daba un largo trago, otra cosa llamó la atención de Halleck.

El Rey estaba al ataque; sus hombres pasaban de mantener su posición a presionar al enemigo. Y el enemigo retrocedía, conteniendo con dificultad el empuje del Pueblo Libre.

"¿Qué dijo el Rey?" preguntó a la mujer, rogando internamente que le dijeran que debía unirse al ataque "¡¿Qué diablos dijo?!" repitió, mirando a la mujer con impaciencia mientras dejaba el pellejo, un reguero de agua corriendo de las comisuras de su boca, su rostro un poco menos rojo.

"Prepara a tus arqueros para disparar…" dijo la mujer, las palabras siendo música para los oídos de Halleck "…¡a todos! tan pronto como el Rey los empuje colina abajo y se separen de nuestra propia gente…" Ery respiró hondo, sin decir nada más.

"Con eso me basta" pensó Halleck, antes de mirar hacia atrás "¡Arqueros, prepárense para disparar!" sus palabras resonaron en el aire, su grito llegando lejos. En momentos, todos los arcos estaban sujetos con firmeza y las manos cavaban en los carcajes, buscando las flechas. Muchos incluso dejaron caer al suelo de forma descuidada las armas de acero que portaban para buscar.

El Rey había tenido éxito; el enemigo retrocedía colina abajo en pánico, seguido de cerca por los hombres del Rey. Pero no duró. Apenas habían hecho cinco pasos por la ladera de la colina cuando los hombres del rey se detuvieron, unos con más rapidez que otros.

"¡Apunten!" grito Halleck, y otros repitieron sus órdenes mientras cinco mil arcos se elevaban al cielo, las cuerdas tensadas y cargadas con flechas.

El enemigo ya bajaba la colina a toda prisa, los hombres del Rey volviendo a sus posiciones con rapidez, abriendo una brecha lo bastante grande como para estar seguro de que ninguna flecha golpearía a alguien que no debía.

Halleck respiró hondo, llenando su pecho de todo el aire que pudo mientras miraba al enemigo enviado colina abajo, cientos, miles de espaldas descubiertas.

Giró sobre sus pies y miró a los arqueros detrás de él, y pronunció una palabra con más fuerza de la que jamás había usado.

"¡SUELTEN!"

Jon

Observó cómo miles de flechas pasaban sobre su cabeza, una verdadera lluvia de puntas de acero que perseguían a los Lannister y Tyrell en su huida colina abajo. Las flechas eran más rápidas que los hombres, muchos de los cuales llevaban escudos, pero no cubrían sus espaldas.

Una infinidad de lamentos llegaron a él y su ejército cuando las flechas llovieron sobre el enemigo en retirada. Los hombres cayeron al suelo por cientos, miles, mientras sus espaldas, piernas, nucas y cráneos eran atravesados por el acero. Cayeron como las hojas de los árboles en otoño. Cayeron como la nieve en invierno.

Cayeron como caen los hombres, destruidos por algo mucho mayor y más fuerte que ellos mismos.

De miles que corrían colina abajo, solo unos pocos cientos se mantenían en pie luego de semejante lluvia mortal, la mayoría de ellos heridos, y cuando un nuevo diluvio de acero cayó sobre ellos se derrumbaron también, compartiendo el destino de sus compañeros.

Una tercera y última andanada acabó con los últimos movimientos de cuerpos entre los hombres atacados, y el silencio cayó sobre el campo de batalla.

Al menos cinco mil hombres habían subido la colina para enfrentar a Jon y su ejército en este tercer día.

Ni uno solo volvió colina abajo.

Los hombres y mujeres junto a Jon no vitorearon como en días anteriores ante la muerte del enemigo. Estaban demasiado conmocionados, sus ojos viendo pero sus mentes incapaces de comprender que miles de hombres acababan de ser asesinados sin piedad en meros momentos, como un rebaño de ovejas asaltado por una manada de lobos.

Jon no miró a su gente; miró al enemigo que aún vivía, a los pies de la colina.

"Ahora…hagan su movimiento"

Ser Leton Lefford

No lo creía. No podía ser. ¡Era imposible!

No importa que sus ojos lo vieron, que sus oídos lo escucharon. Simplemente no podía ser. Era un engaño de alguna clase; estaba seguro.

"Ser Manfred. Ser Steffon…"

Ser Avec

"Malditos…malditos sean…son unos…"

Garlan

El mundo pareció detenerse. Sus hombres se convirtieron en estatuas; no se movían, no respiraban, ni siquiera parpadeaban. El propio Garlan se sintió así al ver la ladera de esa colina alfombrada con los cuerpos de sus hombres muertos. El rojo debajo de los cuerpos le recordó la historia de uno de sus antepasados.

Garth el Pintor, un antiguo Rey del Dominio que había ganado su sobrenombre porque las montañas rojas habían sido verdes antes de que Garth las pintara con sangre dorniense.

"¿Dirán lo mismo de ese maldito bastardo?" no le sorprendería que así fuera. Ya la ladera de la colina empezaba a verse roja con la sangre que aún seguía derramándose.

"Raymund" pensó ausentemente. Su primo estaba allí. Muerto. Su sangre también enrojecía la colina.

Un sonido lejano llegó a sus oídos, y un minuto después se transformó en un trueno cuando miles de voces gritaron en ira primitiva, un sonido inconfundible con ninguna otra cosa mientras cada garganta en el ejército de Garlan expresaba un dolor y angustia primarios al ver a tantos hombres muertos…no, masacrados, por un enemigo que claramente no tenía piedad.

Y ellos tampoco la tendrían. Eso lo supo Garlan, uno de los pocos, sino el único, que no había gritado de rabia. Y lo confirmó cuando la caballería se lanzó hacia la ladera de la colina y el enemigo sin órdenes. Cada hombre montado espoleando su montura en un masivo asalto desorganizado dirigido al enemigo. La infantería no estaba muy atrás, e incluso los arqueros se unieron también.

Decenas de miles marchando directos a la lucha. Querían matar al enemigo; era lo único que deseaban, y ni Garlan, ni los otros comandantes, ni los mismos dioses, bastarían para detenerlos.

Así que el hijo del Guardián del Sur, el hermano de la Reina, hizo lo único que podía hacer.

Seguirlos.

Jon

La caballería despedazaba el campo cuando decenas de miles de cascos pisoteaban la hierba y los parches libres de ésta más allá de la colina. Siguiéndolos de cerca, decenas de miles de pies corrían tras ellos, buscando confrontación.

Y el sonido…si Jon tuviera que compararlo con algo, sería con una estampida. Toda coordinación, todo orden, toda paciencia o sentido de la disciplina se habían esfumado, eclipsados por el deseo de los sureños de vengar la muerte de los suyos, los días de lucha y la resistencia continúa de Jon, el pueblo libre y los hombres del Norte.

Apartando la vista de esa amenaza inmensa pero aún lejana, Jon miró a su Guardia Personal. Se habían mantenido cerca de él, como siempre.

Vio temor en sus ojos, y supo que si miraba a los guerreros del muro de escudos, también lo sentirían.

A pesar de todas sus fanfarronadas, a pesar de haber resistido todos los ataques hasta el momento, a pesar de todos los enemigos que habían matado en la ladera de la colina, ahora era diferente. Nunca antes habían sentido con tanta fuerza la diferencia entre ambos ejércitos: estaban a unos momentos de luchar contra un enemigo que los superaba por casi 3 a 1, y que ahora ya no tenía miedo a ellos o contención alguna.

"Busquen a Finnat Fisher. Que traiga el resto de las esferas, y preparen antorchas" por primera vez desde que los conocía, ni uno solo de ellos se movió. Todos estaban aturdidos y conmocionados por lo que venía hacia ellos, y parecían sordos "¡Ahora!" su voz alzada los hizo salir del trance, y se apresuraron a correr hacia la cima de la colina.

Los 12. Ninguno quedó para guardarlo, como se habían acostumbrado a hacer. Tal vez estaban demasiado conmocionados por lo que venía hacia ellos, tal vez se les olvidó, no importaba. Jon no estaba en peligro…aún.

Sintió el cansancio en todo su cuerpo, la sangre de tantos sobre él, cálida, pegajosa, sus manos rígidas por todo el esfuerzo que había hecho con ellas. La gorguera lo sofocaba, y el hedor a muerte inundaba su nariz, sus ojos, sus pensamientos. A su alrededor, el paisaje que en algún momento le parecería ideal, tranquilo, pacífico, se había profanado y perturbado por las señales de la batalla: las quemaduras en la hierba, las astas de flechas que asomaban, las armas desperdigadas, y sobre todo, los cuerpos que cubrían la ladera de la colina, festín de carroñeros que incluso ahora sobrevolaban el cielo y merodeaban por los bosques que flanqueaban la posición de su ejército.

La mirada de Jon se dirigió al ejército enemigo, que ahora cruzaba la zanja; era como un hormiguero al que se le derramaba agua, con cientos y miles de individuos moviéndose lejos en un caos total, todo pensamiento racional olvidado.

"Rey" una voz llamó a su espalda. Jon miró por encima de su hombro y vio que Alyra, Rijeth Wull y Alysanne Mormont habían vuelto "Fisher está trayendo las esferas aquí. Estaremos listos para enviarlas cuesta abajo" era la hija de Morna la que habló en ambas ocasiones, dejada por los norteños.

Como escuchando las palabras de Alyra, en ese momento empezaron a llegar las primeras esferas; solo eran 3, todo lo que quedó después de usar la mayoría el día anterior, pero eran mejor que nada. A una distancia prudente de ellas y de los grupos de guerreros que las empujaban, hombres y mujeres con antorchas las acompañaban, listas para encenderlas cuando las enviaran cuesta abajo.

Asintió en reconocimiento de las palabras de Alyra, antes de volver a mirar al ejército sureño. Ya eran miles los que cruzaron la zanja, mientras que decenas de miles se afanaban en seguirlos. Ahora caminaban por encima de los muertos por la andanada masiva de las flechas.

"Vayan a decir a Halleck que sus arqueros deben disparar de nuevo"

"Si, Rey…" dijo Alyra, pero ella no se fue, ni tampoco los demás "…¿cuántas flechas?" preguntó.

Era una pregunta razonable, y Jon fue igualmente razonable en su respuesta.

"Todas las que puedan sin arriesgarse a darnos a nosotros"

Con esas palabras, Alyra se fue, y Alysanne Mormont la siguió. Rijeth Wull se quedó a sus espaldas, pero unos momentos más tarde llegaron los hijos de Tormund, Cedrik Flint y Rickard Liddle para hacerle compañía. Detrás de ellos llegaron los otros Guardias Personales de Jon, y casi al mismo tiempo el resto de las esferas que había pedido, dejadas con cuidado justo antes del inicio de la ladera de la colina, listas para ser enviadas cuesta abajo.

En total solo eran 6 esferas, pero eran mejores que nada.

Las flechas empezaron a llover pronto sobre el enemigo. Muchos cayeron ante ellas; los corceles particularmente fueron derribados, las flechas asustándolos y el suelo cubierto de muertos siendo un terreno muy inestable por el que trotar, y menos aún lanzar una carga.

Pero el enemigo ahora estaba de frente; la calidad de sus armaduras y el ancho de los escudos mantuvieron a muchos a salvo de la lluvia letal, y el avance no se detuvo, apenas se ralentizó.

Jon suspiró, dando una oración silenciosa a sus dioses para que lo guardaran en la pelea que ya llegaba. Y si decidían no hacerlo, que guardaran a su familia y a su reino.

"¡Envíenlas colina abajo!" grito Jon, y otras voces repitieron la misma palabra. Seis grupos de hombres empujaron todas las esferas colina abajo, rodando sin control "¡Enciéndalas!" su segunda orden, llegada apenas un instante después, fue seguida con la misma celeridad que la primera. Las antorchas encendieron las esferas, que aceleraron con la pronunciación de la pendiente, y al llegar al enemigo abrieron media docena de franjas sangrientas en la marea que se aproximaba a ellos.

Los hombres ardieron por docenas, sino cientos. Y sumados a los que ya habían matado y seguían matando los arqueros, Jon habría apostado que habían matado a más de un millar de hombres, quizás hasta un millar y medio.

Pero el enemigo se contaba no por miles, sino por decenas de miles. Lo superaba si contaba a cada uno de sus arqueros, y más d sin ellos. Espero todo lo que pudo, buscando que sus arqueros eliminaran a tantos como pudieran, buscando que su infantería recobrara el aliento, y que el enemigo se agotara cada vez más por subir la colina empinada entre cadáveres. Por fin, cuando ya no pudo esperar más, cuando el enemigo estaba a veinte pasos de él y sus hombres, ordenó.

"¡CARGUEN!"

Él mismo fue el primero; lanzándose al frente, Hermana Oscura sujeta entre sus manos, no vio el ejército que se movía hacia él, solo el primer hombre que sentiría el filo de su espada y la fuerza de su deseo de vivir y de vencer la lucha. Cuando se enfrentó al enemigo, los suyos lo siguieron. Un trueno se escuchó en sus oídos cuando los dos ejércitos se encontraron una vez más, y el baño de sangre se reanudó.

Se agachó bajo un corte de espada y enterró su arma en el pecho de un hombre con una maza; girando mientras liberaba su arma, pateó la espinilla de otro hombre, esquivó el golpe del asta de lanza y abrió un cuello con un corte certero.

Awrryk

Era un caos absoluto, todo lo que lo rodeaba. Y él era parte de eso.

Soltando un quejido de dolor cuando el escudo se estrelló contra su rostro, sintió la calidez de su sangre corriendo por su cara. Solo lo enfureció. Atacando a un hombre con un león en el pecho, arrancó la espada de sus manos con un golpe. El imbécil alzó ambas manos para protegerse el pecho y el rostro, y lo logró. El precio…fueron sus brazos cortados a medio camino entre las muñecas y los codos.

Una lanza le arañó el costado, pero al voltear vio que el dueño estaba con una mujer de las lanzas encima, y una daga se movía contra su cuello múltiples veces.

Con un grito, se lanzó contra 3 hombres que se mantenían muy juntos mientras peleaban contra un arrodillado norteño que claramente era superado. Su embestida separó a dos de ellos del tercero; uno cayó al suelo. Awrryk mató al otro luego de distraerlo con un golpe en la boca con el borde del escudo que le sacó sangre y un par de dientes.

Un caballo desbocado apareció de la nada, sin jinete; lo esquivó, pero el norteño que había ayudado no tuvo tiempo. El animal lo envió al suelo, apenas moviéndose. No sobrevivió a una lanza del tercer hombre, que se enterró en su cuello.

Chocó espadas contra un arrodillado con una rosa; el rostro del hombre estaba rojo de furia, sus movimientos descuidados pero peligrosos. Cuando Awrryk finalmente logró desarmarlo, el hombre hizo algo inesperado; cargó contra él. No tuvo tiempo de pensarlo, sorprendido. El hombre lo tiró al suelo, él encima, mientras Awrryk sentía como la empuñadura de su espada escapaba de sus dedos.

Un puñetazo, y luego otro en su rostro, oscurecieron su visión. Lo siguiente que noto fue un par de manos apretando su cuello con fuerza, impidiéndole respirar. Lucho para soltarse, pero las rodillas del hombre estaban sobre sus brazos, impidiendo la mayor parte de su lucha. Pataleó, desesperado, mientras su visión se oscurecía. Debía hacer algo, debía hacer…

Lo recordó. Manteniendo su pierna derecha quieta, su mano buscó por la daga en su bota. Sintió la madera de la empuñadura mientras la sacaba.

Uno…dos…tres…cuatro...cinco. La daga se hundió en el costado, en la cadera, en el muslo del hombre que intentaba asfixiarlo, que gritaba de dolor cada vez que la hoja del arma entraba en su cuerpo. A pesar de todo el hombre siguió apretando su cuello, y Awrryk siguió en su desesperado intento de matarlo…hasta que al fin…

El peso sobre él se liberó.

Las manos en su cuello aflojaron su agarre.

Y el aire volvió a su interior, más dulce que nada que hubiera probado. Respiró hondo, mientras a su alrededor, la batalla seguía rugiendo.

Ser Leton Lefford

Había dejado su caballo atrás cuando llegaron a los cuerpos de sus muertos, sabiendo lo peligroso que sería cabalgar a gran velocidad por un terreno tan accidentado. Sus piernas lo impulsaron al frente, uno entre decenas de miles, una gota en una inundación que buscaba ahogar al enemigo. A esos malditos animales.

Salvajes.

Asesinos.

Traicioneros.

"¡Los mataré a todos!"

A pesar de su rabia, vio como retrocedían colina arriba, abrumados por sus números. Pero esto solo le enfureció más aún. No escaparían de él. Por sus hombres muertos, por los dos infernales días de lucha.

"¡Presionad!"

"¡Están retrocediendo!"

Por fin, pasando sobre una alfombra de cuerpos, algunos de los cuales aun se movían, llego hasta el enemigo. Su espada golpeó un escudo que ya se había quebrado a la mitad; el hombre que se escondía tras de él lanzaba golpes desesperados con su hacha, intentando mantenerlo a él, y al menos a una decena de hombres más alejados. Sin embargo, perdió el hacha por un golpe de espada casi al instante, y aunque algunas armas fueron detenidas por última vez por el escudo, otras lo alcanzaron en el pecho, el costado y el estómago.

La de Leton fue de estas últimas.

Pasando por encima del muerto, atacó otra vez, esta vez hacia donde dos salvajes espalda con espalda se defendían con dificultad de 8 hombres, occidentales y hombres del dominio. Leton fue hacia ellos, y su espada mordió la pierna de uno de ellos. El salvaje, una mujer de rostro achatado y feo cayó con un grito sobre su rodilla sana, y un momento después murió cuando no detuvo a tiempo una espada que partió su rostro en 2. El otro salvaje, un hombre, cayó con una lanza en la espalda baja y murió con cuatro espadas y hachas en la cabeza, espalda y nuca.

Rijeth

Era un caso absoluto, y no podía hacer nada. Nada más que luchar con todas sus fuerzas para no ser uno más de los miles que regaban la tierra con su sangre.

Había descartado el escudo hace tiempo; su hacha era una extensión de su brazo, moviéndose más con sus pensamientos qué con sus músculos. Suponía que el terror a la muerte lo hacía más diestro con el arma, y al mismo tiempo borraba cualquier cansancio que pudiera sentir.

Un puñetazo de su parte envió a un hombre varios pasos atrás, escupiendo sangre. Su hacha se enterró en otro, y la libero con un sonido crujiente de huesos y sangre salpicada. El hombre cayó, pero el otro volvió a cargar, ayudado por 2 más. Desvió una lanza con el mango de su hacha, y luego la balanceo en un amplio arco para alejar a sus oponentes un momento y darle tiempo.

Pero la lanza se lanzó al frente, a su estómago, al mismo tiempo que el tercer hombre lanzaba una estocada con su espada. Salto hacia atrás para escapar del alcance de las armas.

Cayó con pies inestables sobre un cadáver, y perdió el equilibrio. Su espalda colisiono contra el muerto y quedo tirado en el suelo. Los 3 hombres corrieron hacia el, listos para terminarlo.

"Así que eso es todo. Maldición; quería vivir" pensó, incapaz de bloquear o esquivar a los 3 hombres a la vez. Al menos uno lo atraparía.

Pero una sombra llegó de golpe, empujando a uno de los hombres y enviándolo a colisionar contra el segundo, mientras el tercero apenas alcanzaba a bloquear la espada que casi lo atraviesa.

"¡Levántate!"

Era el rey. Lo observo alejando a los hombres, el pomo de su espada aturdiendo a 1 antes de que la hoja degollara a otro. El tercero, con la lanza, lanzó un golpe que el Rey apenas esquivo.

"¡Levántate, maldición!"

Con la segunda orden Rijeth recordó donde estaba y supo que debía hacer caso. Se levantó mientras el Rey desviaba la lanza de nuevo antes de pasar el filo de su espada por el cuello del portador del arma, antes de centrarse en el último hombre y matarlo luego de una finta que dejó su pecho descubierto.

Rijeth apenas había vuelto a ponerse en pie cuando un soldado Lannister con una gran espada se abalanzo sobre él con un golpe descendente; lo esquivo por un cabello, e interpuso el hacha para bloquear al siguiente.

El hombre con la túnica con el león de oro estampado en ella empezó una danza con Rijeth, ambos atacando y al mismo tiempo contorsionándose para evitar los golpes del enemigo.

No siempre tuvieron éxito.

Rijeth grito de dolor cuando la espada cortó su pierna, justo debajo de la rodilla. El Lannister gruñó un momento después, cuando el hacha se estrelló en su brazo; la placa de acero lo salvo, pero sin duda había destrozado el hueso.

Ignorando el cosquilleo de la herida en su pierna, Rijeth atacó otra vez. El Lannister lo esperaba, y cada choque de la espada y el hacha enviaba sacudidas por sus brazos mientras la fuerza pasaba a ocupar el lugar principal en la lucha.

Al final, el león se extendió demasiado, y Rijeth lo aprovecho. Soltando el hacha, cogió con ambas manos la muñeca del hombre y la retorció con fuerza, rompiéndola y haciendo que la espada cayera con un grito de dolor. Dejo descubierto el rostro para un devastador puñetazo con la otra mano que oscureció su visión, pero a pesar de ello logró evitar caer en la inconsciencia y siguió sujetando el brazo, obstinado en soltarse.

Entonces, de repente, sintió sangre en el rostro. Por un momento pensó que era suya, pero era demasiada solo por el golpe que recibió en su ojo derecho. Al mismo momento que comprendía esto, noto que el brazo que sujetaba quedaba flácido.

Recupero la visión y noto que el Lannister estaba muerto; su cuerpo decapitado estaba de rodillas, la sangre manando hacia la cabeza que ahora estaba en el piso y en cambio salpicando los hombros y las ropas de Rijeth, junto con su rostro. Y detrás de él, Cedrik Flint parecía un hombre mucho mayor a su escasa edad.

El Rey en el Norte

Se contorsiono con una gracia que un bailarín habría envidiado, esquivando el golpe del hacha y al mismo tiempo acercándose al portador de la lanza. Un giro de Hermana Oscura y un cuerpo caía con un chillido de dolor; su espada bloqueaba el hacha al siguiente momento, Jon estrellaba su cabeza contra el enemigo y, a pesar de su casco, lo aturdía lo suficiente para que no viera la daga en la otra mano hasta que era demasiado tarde; introducida en el diminuto espacio entre el borde del casco y la gorguera, acabo con el hombre.

Abandonando la daga, sujeto la espada con las dos manos y se lanzo contra 3 hombres con jubones con rosas que le daban la espalda. Salto encima de un cuerpo tendido inmóvil en el suelo y de un certero golpe decapito a un hombre. La cabeza aún no tocó el suelo cuando atravesó la espalda de otro con su espada. El último hombre giro y sus ojos se abrieron con pánico, alzando el escudo para protegerse el pecho.

Pero Jon no apuntaba al pecho. Con su mano libre lanzó un puñetazo al rostro qué aturdió a la rosa; una patada en la rodilla lo hizo caer sobre su pierna con un grito de dolor, antes de desplomarse con la garganta abierta por la Hermana Oscura.

Había perdido de vista a todos en medio del caso de la lucha. Encontró a Rijeth, y poco después a la osa. Salvo la vida al primero y asistió a la segunda contra un grupo de 4 hombres, uno de ellos un fanático de la Fe, pero los perdió a ambos poco después de ayudarlos. Era simplemente demasiado caos, demasiadas luchas individuales que empezaban, se interrumpían, se reanudaban y terminaban. Mantenerse alerta contra ataques qué podían llegar desde cualquier dirección ocupaba toda la atención de Jon y no lo dejaba con tiempo para buscar rostros conocidos en medio de la batalla.

Vio a Fantasma en la distancia, su pelaje apenas conservaba algo de níveo; estaba manchado con la sangre de más de unos pocos oponentes. Lo perdió de vista cuando mordió las ancas de un caballo con los colores de los Tyrell.

Giro de nuevo sobre sus pies, manteniendo el movimiento, observando todo, cuando una imagen hizo detener sus piernas. Y su corazón.

Reconoció el cuerpo en el suelo; Cedrik Flint. Su Guardia parecía mucho más joven, casi un niño que estuviera cayendo dormido, sus ojos entrecerrados mientras yacía en el suelo, aun aferrado a la espada. Una lanza lo había atrapado en el corazón, y el asta se elevada al cielo como un árbol nacido del muchacho que lo había regado con su sangre.

Enfrente del cuerpo, dos muchachos más jóvenes que él mismo apenas igualaban a un caballero con armadura completa que se defendía con éxito de sus ataques. Jon no reconoció a la muchacha, pero si al joven. Era otro Flint, el primo de Cedrik, que había acompañado a Sigorn, Helmat y Alys Karstark a Bastión Kar.

Justo cuando empezaba a correr hacia ellos, observo que el caballero golpeaba la mano del muchacho Flint con el pomo de su espada, rompiéndola sin duda, y al mismo tiempo haciéndolo soltar la espada que sujetaba en su mano ensangrentada.

En ese momento, una lanza venida de la nada intento empalar a Jon desde la izquierda; logró esquivarlo a tiempo, aunque la punta de acero desgarro su ropa cerca del corazón. Tirando del arma con su mano libre mientras giraba sobre si mismo, apuñaló hacia arriba, Hermana Oscura entrando en la boca del hombre. Al sacarla, cayó muerto mientras la sangre qué salía del orificio lleno de dientes rotos y carne cortada manchaba un jubón con un jabalí pinto.

La lanza en la mano izquierda y la espada de acero valyrio en la derecha, retomo su carrera hacia los muchachos y el caballero, que ahora se concentraba en la chica mientras el muchacho, armado con una daga en su mano intacta, buscaba volver a la lucha.

La lanza golpeó, y dio en el blanco: la parte de atrás de la pierna, en la unión de dos placas cerca de la rodilla. El hombre grito de dolor y cayó sobre la pierna lastimada, pero con un amplio arco de su espada mantuvo a la chica y su amigo alejados.

Pero Jon no tenía ese problema; con una patada en la espalda lo envío de cara al suelo. Enterrando el extremo de su espada en la mano izquierda del hombre, con lo que soltó un aullido de dolor, y manteniendo su pie en la espalda de su enemigo caído, miro a los 2 jóvenes.

"¡Vayan con los arqueros!" les ordeno, sin saludarlos. No podía perder el tiempo con esas cosas, no cuando podían atacarlos de nuevo en cualquier instante "¡Que tomen las armas qué tengan y se unan a la lucha!"

"Alteza…" empezó el muchacho, pero Jon no estaba para escuchar replicas.

"¡Obedece, Flint!" rugió, al tiempo que presionaba su pie con más fuerza y retorcía la espada, arrancando otro grito de dolor del hombre derribado.

Tras mirar a Cedrik una vez más, el chico, porque eso es lo que era, asintió. Guardo la daga, tomo su espada del suelo con la mano que estaba sana y corrió colina arriba, seguido por la chica.

Jon los observo irse. Retiro su espada de la mano del hombre que había enviado al suelo, y justo cuando estaba por matarlo, percibió pasos corriendo hacia el. Sin pensarlo se lanzo hacia adelante, rodando por el suelo y cogiendo la espada de Cedrik en su otra mano. Al voltear, vio a 3 hombres: uno de ellos llevaba un sigilo de una pila de oro sobre azul. Casa Lefford. Era el que había intentando matarlo por la espalda. El segundo hombre, con el sigilo de un jabalí pinto, ayudaba a la presa de Jon a volver a ponerse en pie. Crakehall. A través del lodo, la hierba y la sangre qué cubrían su jubón, Jon distinguió un león.

Un Lannister.

Al final fue el tercer hombre, con el pavo real de Serrett grabado en la coraza de metal que llevaba, el que habló.

"Eres el bastardo de Stark" pronunció, el disgusto filtrándose por las rendijas de su casco "El Rey Salvaje"

"Si" reconoció Jon, alzando la voz para que llegara a través del estruendo de la lucha que aún se desarrollaba a su alrededor.

Los ojos de Jon pasaron de forma fugaz por las manos y armas de los 4 hombres. Dos espadas largas, una maza, esta sostenida por el pavo real, y un maza con púas, en manos del jabalí.

Adoptando una postura de lucha, Jon habló.

"¿Qué esperan?"

Val

"Creo posible que tengamos una oportunidad de poner en fuga al ejército enemigo" había dicho Jon.

"¿Y como mierda lo haremos?" pensó Val, frustrada, liberando su espada del estómago de otro sureño. El hombre cayó aullando de agonía, mientras a su alrededor la batalla seguía.

Dos hombres más cayeron sobre ella, haciéndola esforzarse al máximo para conservar su vida contra dos hachas cortas. Logró contarle la mano a uno, pero a costa de una herida en el brazo ocasionada por el otro. Apretando los dientes para ignorar el dolor, esquivo un golpe y lanzo una patada qué su enemigo bloqueo con el escudo.

Era justo lo que Val esperaba. Aprovechando el punto ciego que el hombre había creado sobre si mismo, salto adelante, su mano izquierda golpeando con fuerza contra el rostro del hombre, haciéndole sangrar la nariz y aturdiéndolo lo bastante para que no viera la espada de Val golpeando su pierna, haciéndolo caer. Una estocada en el pecho lo termino.

"¡POR EL REY JON!" el grito llego desde más arriba, desde la cima de la colina, y Val observo con una mezcla de alivio y preocupación como una oleada de hombres bajaba la colina y se estrellaba contra los sureños.

Casi todos llevaban carcajs encima, y algunos también portaban sus arcos en una mano, mientras en la otra sostenían diversas armas: espadas, lanzas, dagas, hachas, mazas con pinchos o púas, y más. Eran las armas tomadas de los muertos, propios y ajenos, de los días anteriores.

Con un grito, se arrojo de nuevo a la lucha, empezando a combatir con un sureño con una rosa dorada en sus ropas y una lanza en sus manos.

Sigorn

Al igual que en los días anteriores, había estado en la porción sur del terreno, con el Rey en el centro y Val más al norte.

Había luchado con valor, y también todos los guerreros junto a él; entre ellos no había nadie que pudiera ser llamado cobarde.

Pero pronto podría no quedar nadie para ser llamado de ninguna forma. Los muertos de su parte ya no eran docenas, sino cientos. Y seguían aumentando.

Gritando, mitad de rabia y mitad de desesperación, estrelló su frente contra la cara de otro sureño, haciendo explotar su nariz en un desastre de sangre y hueso. Un tajo ascendente de su espada le abrió el rostro desde la barbilla hasta la frente.

El hombre no había caído muerto cuando detrás de él surgió una lanza qué estuvo a punto de alcanzarlo en el hombro; aunque logró bloquearla con el escudo, lo hizo retroceder un par de pasos mientras luchaba por mantener su equilibrio.

"¡Vuelvan a formarse!" grito con voz ronca, un sonido que no podía llegar muy lejos en la cacofonía de la lucha "¡Muro de escudos!"

La respuesta fue poco entusiasta. Apenas unos 20 escudos se unieron al suyo, pero no pudieron aguantar cuando varios sureños a caballo los atravesaron. A pesar de derribar a uno cortando las patas de su montura, otros abrieron brechas, dejando hombres aturdido o directamente muertos a su paso. Un caballo se encabrito y aplastó el cráneo de un norteño montañés con una coz. El muro termino de romperse cuando fueron embestidos por varias docenas de hombres.

Aguantando el golpe de un hacha larga que hizo temblar todo el brazo de su escudo, Sigorn siguió combatiendo con la furia de un animal acorralado.

En ese momento empezaron a llegar más hombres. Por fortuna, eran de los suyos.

"Los arqueros" pensó Sigorn, con alivio, y más aún cuando dos de ellos se unieron a él, combatiendo al hombre con el hacha. Este se defendió bien, pero entre los 3 lograron hacerlo retroceder, hasta que Sigorn desvió el arma lo suficiente para que los otros lo mataran con golpes certeros en el pecho y en el costado.

Un hombre con armadura paso montado en ese momento, lanzando un golpe con una maza. Sigorn se agacho por instinto, pero el golpe no iba hacia él. Iba hacia el arquero a su izquierda, que se desplomó con su cabeza destrozada y la sangre manando de ella.

No tardo en perder al otro arquero en la lucha, pero siguió peleando. A su alrededor la batalla se volvió más violenta si era posible, los miles de arqueros contribuyendo a esparcir más sangre, a veces la propia, a veces la de otros. Al caos se unieron las flechas disparados ocasionalmente por algunos de ellos.

Sigorn fue ayudado por alguien cuando se vio atacado por dos hombres, uno con un león y otro con lo que parecían 4 árboles, en sus ropas. El segundo de ellos cayó cuando una flecha venida desde algún lugar lo golpeó en el pecho, igualando la pelea de Sigorn con el otro hombre, que cayó con una patada en las bolas y fue muerto con una espada en el pecho.

Fue cuando sacaba la espada del pecho del enemigo muerto qué Sigorn noto una tendencia preocupante. A pesar del apoyo de los arqueros, estos y los otros hombres que peleaban del mismo lado que él empezaban a subir la colina, sin dejar de pelear.

Los sureños ganaban terreno.

"¡No retrocedan!" dijo, pero al poco tiempo se vio obligado a contradecir sus propias palabras cuando 3 hombres lo atacaron a la vez. Retrocedió un paso, y otro, y otro. Subiendo la colina, cediendo terreno "¡No retrocedan!" intentó gritar, pero su voz sonó más como una suplica qué como una orden.

Incluso después de que un caballo desbocado qué estaba sin jinete corriera y derribara a uno de los 3 hombres que lo atacaban, pisoteando al infeliz antes de perderse de nuevo en el caos, Sigorn siguió retrocediendo en dirección a la colina, presionado implacablemente por el enemigo.

Jon

Mientras se defendía de los 4 caballeros occidentales, no pudo más que agradecer toda la práctica que había tenido con varios oponentes a la vez. Era sin duda la razón de que hubiera aguantado tanto.

Porque la verdad, simple y pura, era que estaba agotado. Sus oponentes también, pero ellos tenían la ventaja del número. Y más sentido común del que le gustaba a Jon; Lefford, Serrett y Crakehall lo atacaban a la vez, mientras que el Lannister, consciente de que la herida en su mano lo hacia menos efectivo, intentaba flanquearlo para darle el golpe mortal, o distraerlo para que alguno de sus compañeros lo hiciera por él.

Y Jon resistía; bloqueaba algunos ataques, desviaba o esquivaba los demás, y no intentaba contraatacar. Consciente del riesgo, se mantenía a la defensiva, moviéndose mucho, y negándose a golpear hasta estar seguro de que el golpe fuera letal.

Detuvo la espada de Serrett con Hermana Oscura y luego interpuso esta última junto con la otra para detener la maza con púas de Crakehall mientras giraba para esquivar la otra maza en manos de Serrett. Pateando al caballero con el pavo real en el pecho para alejarlo, salto hacia atrás y a la derecha, esquivando por instantes las espadas de Lefford y Lannister.

Crakehall reanudó la lucha, lanzando un nuevo golpe que Jon desvió con la segunda espada, antes de patear el escudo del occidental para mantenerlo bajo. Sin embargo, el arco que trazo con Hermana Oscura, y que estaba destinado a separar la cabeza del jabalí de su cuerpo fue bloqueado por la espada de Lefford, mientras Serrett lo atacaba por el otro lado.

Maldiciendo por la oportunidad perdida, Jon retrocedió otro paso en dirección a la cima de la colina qué había defendido por 3 días.

Con el último instante de percepción no destinado al combate, Jon noto que su gente, como él, retrocedía mientras combatían con todas sus energías. A costa de cubrir el terreno con sus muertos, los sureños los empujaban cada vez más.

Howland Reed

La flecha se incrustó en el tronco del árbol junto a él. Howland, sin inmutarse, se acercó y vio que en el asta de la misma había un mechón de cabello rubio.

Había sido una sugerencia de uno de los hombres del Rey, Harle el Cazador, para ahorrar tiempo y moverse con rapidez.

Si sus lacustres tenían éxito emboscando a las partidas de exploradores enemigos, eliminando a todos y sin que ninguno de ellos logrará escapar, debían disparar flechas adornadas con mechones de cabellos rubios. Si, por el contrario, alguno escapaba, debían enviar una flecha decorada con un mechón de cabello oscuro.

Se enorgullecía de que aún no hubiera aparecido ningún mechón de pelo oscuro en las flechas.

Volvió al pequeño camino, lejos del camino real, por el había llegado allí. Al poco tiempo llego a un claro en el medio del pequeño bosque, donde varios miles de hombres, mayormente de más allá del Muro, esperaban impacientes. Howland sabia que había varios grupos más como este en las cercanías; la única forma de mantener un ejercito tan grande en secreto era dividiéndolo en grupos mas pequeños.

Frente a ellos, formando un circulo mientras hablaban entre si, estaban los comandantes del ejército. Sentados no muy lejos, varios cambiapieles con los ojos en blanco observaban el campo de batalla.

Al verlo llegar, los comandantes le abrieron paso.

"Esta hecho" les dijo tras un breve saludo "Los últimos exploradores han sido silenciados. Ninguno escapo" más de un suspiro de alivio salió entre los comandantes.

"Tenemos que ser rápidos, antes de que se pregunten donde están esos hombres" dijo Morna Máscara Blanca.

En esos momentos, un jadeo hizo que todos voltearan a ver mientras uno de los cambiapieles volvía en sí y se ponía en pie.

"El Rey tiene problemas" anuncio, su mirada llena de preocupación.

Howland sintió que dejaba de respirar.

"El enemigo lo ha atacado con todo su ejercito" declaró el hombre. Mientras los comandantes empezaban a hacer preguntas, todos a la vez, se adelanto, y arrodillandose en el suelo, señaló con un dedo un punto del tosco mapa, ese lado de la colina qué era el único que no estaba protegido por bosques "Están todos aquí"

En ese momento, los otros cambiapieles despertaron y anunciaron lo que habían visto.

"El campamento enemigo está prácticamente abandonado. Unos pocos cientos de hombres, menos de un millar diría" dijo otro cambiapieles, este una mujer de piel blanca y una mata de cabello de color miel.

"¡El Rey nos necesita rápido!" dijo el último cambiapieles, un muchacho con el rostro pintado de azul y un cuchillo de bronce en la cadera "Su campamento está vacío. Solo hay algunos heridos allí"

"Entonces esta comprometido del todo. Debe aguantar con lo que tenga, y no tiene lugar al cual escapar" señaló Harrion Karstark.

"¿Cuántos hombres creen que lo están atacando?" preguntó Soren Rompescudos, mirando a los cambiapieles.

Fue una mujer la que respondió.

"Más de veinte mil, sin duda"

"Esta superado más de 2 a 1" pensó Howland, profundamente preocupado ante esos números.

Los comandantes habian empezado a discutir entre ellos; atacar era lo que debían hacer, pero ¿en que orden?

Por fin, un grito y una expresión bastante maleducada de Jorelle Mormont sirvieron para que se callaran y le prestaran atención.

"Debemos atacar el campamento del enemigo. Una fuerza pequeña, lo suficiente para amenazar sus provisiones, pero que puedan vencer sin dificultad" dijo la muchacha, mirándolos a todos con una mezcla de impaciencia y enojo.

"Si ven que los atacamos con tan poco, solo se formaran y nos harán pedazos" dijo Karstark.

"Lo intentaran" replicó Jorelle. Agachandose, señaló los bosques a cada lado de la colina "pondremos a los gigantes aquí, escondidos por el bosque. Cuando los leones empiecen a bajar de la colina para salvar su campamento, ellos golpearan por el flanco"

"Me gusta" señaló en ese momento Tormund Matagigantes "La infantería vendrá entonces por el camino más directo" con su pie trazo un surco qué pasaba junto a donde estaba el campamento y llegaba directamente a la colina "con nosotros dándoles por el culo mientras el Rey les hace sangrar la nariz, estarán atrapados" en esa sonrisa se podían ver todos los dientes. Más estoico, Soren Rompescudos asentía en acuerdo con el otro hombre.

Mors Umber y Marlon Manderly parecían menos convencidos. Aun así, el ultimo dio un paso al frente y miro en dirección a La Osa y a la mujer apodada Cabeza de Perro.

"En un espacio tan estrecho como la ladera de la colina, la caballería no tendría espacio para maniobrar. Lo mejor sería que no atacaran al enemigo allí. Podrían tomar el campamento y atraer al enemigo" sugirió, ganándose varios asentamientos entre otros comandantes, pero ninguno de las dos letales mujeres.

"No estoy seguro de que sea bueno usar toda la caballería en eso" añadió en ese momento Harle el Cazador "Tenemos tres mil hombres a caballo. Podemos usarlos mejor"

"¿Qué dices?" pregunto en ese momento Soren, cruzado de brazos.

"El Rey dijo que debíamos destruir a todo el ejército enemigo. Llevamos el grueso de la caballería en una maniobra de flanqueo para ubicarse al sur y estar seguros de que los sureños no escaparan. Los demás pueden atacar el campamentos y atraerlos" replicó Harle, señalando el mapa con una mano mientras de explicaba.

"Yo lo hare" surgió una voz desde atrás, y Howland miro con atención a Lyra Mormont, que se abrió paso hasta estar en medio de los comandantes "Denme mil jinetes y el mismo número de hombres a pie. Atacaré el campamento y atraeré al enemigo, mientras aseguro lo que haya de valor allí: rehenes, comida, monturas, oro, todo"

Por lo que Howland había notado de su Rey, eso lo complacería. Era un hombre práctico, interesado en usar aquello que fuera útil, no en destruirlo.

Juzgando por las miradas de los demás, estaban en pensamientos muy similares.

"Tendrás tus jinetes" dijo en ese momento Morna Máscara Blanca. Eso le gano una mirada enojada de Maege Mormont, pero por fortuna la mujer no dijo nada, solo asintió a su hija, dando su bendición en silencio.

"Y tus infantes" añadió en ese momento Marlon Manderly, asintiendo a la chica.

"¿Y los arqueros?" pregunto en ese momento Harclay. Él, junto con el Cazador, estaban a cargo de las tropas a distancia.

"Detrás de los hombres a pie" intervino en ese momento Mors Carroña.

"Tengo un mejor uso para ellos" dijo entonces Harle el Cazador. Explico ese uso en voz alta, y a pesar de cierta desgana por parte de Mors, al final todos aceptaron.

En ese momento Jorelle Mormont, que aún estaba inclinada sobre el mapa, se levantó a toda su altura.

Saco la maza de su cinturón y la sostuvo en alto "Por el Rey" proclamó.

Las espadas se desenvainaron y, junto con hachas, arcos, lanzas e incluso el cuchillo de caza de Howland, se alzaron.

"¡Por el Rey!" proclamaron todos los comandantes a viva voz.

"Aguantad un poco más, mi Rey. Estamos en camino"

Jon

"¡Leton!" el grito de Serrett perforó los oídos de Jon, igual que Hermana Oscura perforó de lado a lado el cuello de Lefford.

Había sido una maniobra arriesgada, incluso para él, pero que dio sus frutos. Los brazos de Jon estaban cruzados frente a él. Su segunda espada, a la altura de su cintura, había desviado el escudo del caballero occidental. Mientras tanto, el acero valyrio había sido enterrado casi en su totalidad desde el lado derecho del cuello, exponiendo la mitad del arma empapada en la sangre vital de Lefford.

"Uno menos" fue lo único que Jon pensó, antes de liberar la espada y saltar hacia atrás, esquivando un golpe lateral de Crakehall, destinado a convertir sus costillas en polvo "Faltan tres"

Estaba casi en la cima de la colina, al igual que la mayor parte de su ejercito. Algunos cientos habían sido arrinconados contra el bosque en la cara sur de la ladera, pero Jon no podía ayudarlos. Solo podía esperar que sobrevivieran.

Solo podía esperar que todos ellos lograran resistir.

Aunque en lo más profundo de si, sabía que estaba en su última oportunidad. Su gente había sido empujada hasta la cima de la colina, y luchaba con uñas y dientes para no retroceder más. Si el enemigo lo lograba, si salían de la ventaja que les daba el estrecho terreno de la ladera de la colina y terminaban en la planicie frente a su campamento, el enemigo podría usar su ventaja en número para flanquearlos y destruirlos.

"Ni un paso atrás" supo Jon entonces. No daría un paso más atrás.

Debajo de su pecho palpitante, sentía el bolsillo de piel donde estaban los mechones de sus mujeres. Pensar en ellas, en la pequeña Minisa, era bastante para que su corazón rugiera, gritara, maldijera, aullara. Se rehusaba a dejar de latir para ellas, por ellas, debido a ellas.

"El mundo no me mantendrá alejado de ellas, o el mundo arderá" se prometió, mientras se lanzaba al frente.

No retrocedería, pero si avanzaría. Con un grito, apunto a los caballeros occidentales con sus espadas.

ARROOOOOOOO

El cuerno lo detuvo, su cuerpo frenando su ataque antes de que fuera consciente de ello.

A su alrededor, los sonidos de lucha se detuvieron en gran medida. Las armas dejaron de cantar, y los gritos empezaron a reducirse.

AROOOOOOOOOOOOOOOOOO

La lucha ya se había detenido del todo. Hombres y mujeres, sureños y norteños, hombres de Occidente y del Norte, del Pueblo Libre y del Dominio, todos por igual buscaban el origen del sonido. Unos miraban la cima de la colina, y otros la base, pero no Jon. No: él, aturdido como los demás, miro más allá, hacia la llanura qué había hacia el este, donde el campamento se alzaba en la lejanía.

Y donde una larga columna de jinetes entraba en este, blandiendo sus armas mientras aullaban como lobos.

Lord Garibald Shermer

Cuando escucho el choque del acero y los gritos que venían del exterior, se enderezó, y apartando la vista de su hijo herido por primera vez en el día, cogió la espada y la desenvaino, justo cuando cuatro personas armadas entraban en la tienda.

El maestre, a quien no había dejado irse desde que llego, al amanecer, se encogió cuando vio a los recién llegados

Le basto una mirada para saber que eran enemigos; la mujer que estaba al frente tenía un rastro de sangre en el rostro y más en la maza qué sostenía en la mano derecha.

El oso rampante en el escudo le decía, y la calidad de la armadura le confirmaba, que estaba ante alguien importante.

Los ojos de la mujer recorrieron el interior de la tienda en unos momentos, pasando de él a su hijo, y de su hijo al maestre que se encogía en la tienda, asustado.

"Eres noble" dijo. No era una pregunta "Suelta la espada" ordenó, mientras tras ella los hombres alzaba sus propias armas, listos para atacarlo.

Garibald sacudió la cabeza lentamente "No puedo" dijo, dando otra mirada a su hijo "No te dejaré llegar a él"

Uno de los hombres intento avanzar hacia el, pero la mujer lo detuvo interponiendo su brazo "Rindete, sureño. Hazlo y te garantizo la integridad de él, junto con la tuya" dijo.

Garibald la miro con atención, pero no pudo notar falsedad en sus ojos. Además, los norteños, con la notable excepción de los Bolton, eran conocidos por ser gente de honor.

Y Garibald estaba cansado. Su mente estaba agotada por la preocupación por su hijo, el luto por su yerno y el dolor que sentiría su hija en casa. Prefería no añadir más pérdidas, y por ende más dolor, al resto de su familia.

"Tu palabra de honor de que seremos respetados y tratados como corresponde a nuestra nobleza" demando Garibald, haciendo un gesto en dirección a su hijo y luego a él mismo.

La mujer respiro hondo.

"Por el honor de la casa Mormont, te prometo la vida a ti y a él si te rindes sin combatir" dijo con el aplomo que solo un noble puede lograr. Ese que se aprende estando solo cerca de las personas que toman decisiones.

Garibald asintió en silencio, y luego arrojo su espada a los pies de la mujer. Espero, expectante, lo que pasaría a continuación.

La mujer bajo los hombros y miro a quienes estaban tras ella.

"Cuídenlos hasta que vuelva. Protéjanlos con sus vidas; el Rey estará interesado en rehenes nobles" y con esas palabras, salió de la tienda sin mirar hacia atrás.

Garibald se dejó caer en el banco frente a la cama y miro a su hijo de nuevo.

Ser Forley Prester

La armadura lo ahogaba en calor, pero las abolladuras en ella le recordaban que el calor era mejor que el frío de la muerte.

Aunque había combatido y matado a varios enemigos, no se había apresurado como todos los demás. Sabía que la carga por la ladera empinada lo agotaría, por lo que se movió de forma más lenta, pero aun constante.

Tal vez no ganaría gloria hoy, pero conservaría la vida, y para él, eso era suficiente recompensa.

Al estar más descansado, y relativamente atrás de la lucha, fue que notó con rapidez lo que pasaba en el campamento.

"¡Formen! ¡El enemigo está en nuestro campamento!" sus gritos detuvieron a los más cercanos, y al dar la vuelta comprobaron que sus palabras eran ciertas.

El pánico empezó a extenderse como el fuego, pero Forley no se quedó quieto. Agarrando a dos de los hombres por el cuello, los forzó a detenerse y formarse con otros.

"¡Ya basta!" ordenó a cuatro hombres que discutían entre ellos "¡No es tiempo para decir idioteces! ¡Formen con los demás y prepárense para marchar!" sus ordenes fueron seguidas.

En unos momentos, tuvo casi 100 hombres formados. No muy lejos, otros formaban bajo las órdenes de señores, caballeros y hombres de armas experimentados.

Mientras tanto, más enemigos, estos a pie, entraban al campamento. Aun así eran pocos. Forley diría que dos o tres mil hombres a lo sumo.

Podían con ellos.

Por fin, cuando más de mil hombres a pie y al menos cien más montados se reunieron, Forley ordenó la marcha, dejando a varios hombres de confianza, William entre ellos, para que formaran a más y lo siguieran lo más pronto que pudieran.

Era consciente de que, a sus espaldas, el ejército estaba cada vez más inquieto, que los hombres dudaban entre seguir peleando contra el enemigo en la cima de la colina, o en cambio ir tras el que atacaba su campamento.

Tenía que asegurar el campamento rápidamente, antes de que el pánico acabara con cualquier orden y los hombres se convirtieron en un rebaño de ovejas asustadas.

Ignorando los muchos cuerpos en el suelo, siguió adelante, literalmente saltando a la zanja y librándose del terreno inestable al caminar sobre los cuerpos de sus muertos.

Sus hombres lo siguieron, y mientras se formaban de nuevo más allá de la zanja, Forley aparto por primera vez la mirada del campamento cuando sintió algo.

Una especie de latido.

Bum-Bum

No era su corazón. No venía de él. Miró a los hombres más cercanos, pero ninguno podía ser. No estaban lo bastante cerca para que escuchara algo semejante.

Bum-Bum

¿Podían ser los caballos que ahora cruzaban la zanja, llevados por las riendas por sus jinetes? No, eso tampoco era.

Bum-Bum

Escucho a algunos hombres tras el, murmurando y mirando en todas direcciones. Entonces, Forley no era el único que escuchaba ese sonido. ¿Pero de donde venia? Y lo que era más importante, ¿Qué era lo que lo originaba?

Bum-Bum

Entonces, como impactado por un golpe, Forley se inclino. Consciente de que sus hombres lo miraban incrédulos, apoyo la palma de la mano sobre la hierba.

Bum-Bum Bum-Bum Bum-Bum

Sea lo que sea…estaba cerca.

Aroooooooo

El cuerno, más sencillo, llego desde su campamento.

Y el infierno estalló.

Una serie de rugidos que ningún hombre podría producir llegaron desde el bosque al norte, y una serie de monstruos salieron luego, blandiendo garrotes tan gruesos como hombres. Unos pocos dispararon flechas del tamaño de una lanza de duelo. Una fallo, pero las demás no; una de ellas paso junto a Forley y empalo a 3 hombres a la vez, en el cráneo, la cintura y la pierna respectivamente. Los dos primeros murieron al instante y el tercero grito con todas sus fuerzas.

"¡Gigantes!" fue la palabra pronunciada por docenas de garganta, sus dueños paralizados de terror.

Pero si por docenas los hombres se aterraban, por cientos enloquecían en pánico, dispersándose como ovejas. Y Forley no pudo hacer nada; sus palabras, su presencia, su autoridad, todo quedaba anulado por el miedo primario que se había apoderado de los hombres.

Cuando los gigantes alcanzaron las filas de hombres, que se habían reducido por los que huían, no las atravesaron. Las aniquilaron. Docenas de cuerpos fueron lanzados como muñecos, embestidos, golpeados por los garrotes, matados de un solo golpe. Otros fueron golpeados de forma descendente y se derrumbaron, sus cráneos pulverizados dentro de sus cascos y convertidos en masas amorfas de carne, hueso, sangre y materia cerebral.

A la caballería no le fue mejor; la mayoría cargaron, pero los efectos no fueron buenos. Uno de ellos fue arrancado de la silla cuando se disponía a lanzar un golpe de espada y enviado de cabeza al suelo con tal fuerza que dejó agrietado el mismo. Otro fue embestido de costado, cayendo con fuerza, su caballo encima de él, haciendo añicos su pierna. Del interior del casco llegaron sus chillidos de dolor.

En medio de ese caos, el resto del ejército entró en pánico. Las voces frenéticas se multiplicaron por mil a espaldas de Forley, mientras los hombres que habían atacado la cima de la colina perdían el control. Unos corrían hacia arriba, hacia los salvajes golpeados, pero de ningún modo derrotados, por el medio hermano del Joven Lobo.

Muchos otros corrían cuesta abajo, pero pocos con la intención de combatir a los gigantes. Sin duda huir de ellos, ya que esos seres, aunque temibles, estaban ocupados atacando a los que habían bajado con Forley de la colina.

Forley hizo lo único que pudo; intento reunir a los hombres que pudo y organizarlos para alejarse de esos monstruos. Con dificultad, reunió a 50 hombres, todos a pie, y los alejo de allí.

Deseo no haberlo hecho al ver lo que venía por ellos.

Soren Rompescudos

En total la infantería estaba formada en once líneas de guerreros bien armados, cada una de dos mil hombres de extremo a extremo. Un total de veintidos mil hombres y mujeres que salieron del bosque a paso rápido, ignorando el campamento del enemigo a favor de llegar al pie de la colina para atacar desde abajo mientras los que se habían quedado con el Rey atacaban desde arriba.

"¡Mas rápido!" ordenó en voz alta, acelerando el paso, mientras detrás de él los demás lo seguían.

Los sureños empezaban a bajar la colina por millares, probablemente para ganar espacio para formar. Si lo lograban, vencerlos sería mucho más sangriento. Posible, pero a costa de muchos más muertos entre los suyos.

No podían dejar que eso pasara.

Aceleró mas todavía, el hacha en su mano derecha sedienta por la sangre del enemigo. Estaba corriendo, su gente detrás de él. Los sureños también corrían, pero no eran tan rápidos. Probablemente estaban agotados.

Por la cantidad de muertos en la ladera de la colina, Soren diría que el Rey les había dado una pelea feroz.

Ahora le tocaba a el.

Un pequeño grupo de sureños estaba ante ellos. El que los dirigía tenía un casco con cuernos de toro.

Fue a ese al que se dirigió.

"¡Por el Rey!" grito.

"¡Por el Rey!" detrás de él, cientos gritaron mientras bajaban las lanzas.

El hombre con el caso con cuernos estaba agotado; aunque detuvo el golpe descendente de su hacha, no alcanzo a esquivar la embestida qué lo envió al suelo.

El pequeño grupo de sureños fue arrollado, las lanzas matándolos sin miramientos. El hombre que derribo no tuvo mejor suerte, siendo pisoteado por su gente cuando volvió a verlo. No lo vio morir, pero Soren no estaba dispuesto a perder tiempo comprobándolo.

Apenas fueron unos instantes, pero una eternidad para Soren hasta que logró que los hombres olvidaran a los enemigos muertos qué permanecían detrás y se concentraran en los que seguían vivos.

Tormund, a la izquierda, ya se había adelantado con su gente. Soren y los suyos lo siguieron, directamente al centro de la ladera, porque los gigantes ya estaban atacando por la derecha.

Varios miles de hombres ya habían descendido de la ladera, y fueron su objetivo. Con un estruendo, el hacha de Soren rompió un escudo con una rosa en pedazos, mientras la batalla empezaba para él y para los miles que lo seguían cuando se estrellaron contra los sureños.

Jon Stark

"Se acabó" dijo Jon, una sonrisa en su rostro.

No era el único que lo había entendido; el ejército Lannister-Tyrell estaba en plena huida, pero en la confusión, unos subían la colina, y muchos otros la bajaban. Los hombres con Jon, renovados por la llegada del resto del ejército, los combatían con ferocidad si venían en su dirección.

"Solo os queda elegir. Yo o ellos" con la última palabra, hizo un gesto a la base de la colina, donde el resto de la infantería y los gigantes se estrellaban contra los que bajaban.

Lannister, Crakehall y Serrett se miraron un momento entre sí antes de mirar hacia él. Jon debía reconocer que le gustó lo que vio en sus ojos.

Determinación. Sabían que estaban muertos, pero no rogarían ni suplicarían. Enfrentarían el fin con el arma en la mano y la cabeza en alto.

En ese momento noto dos cosas.

La primera, Fantasma estaba tras los caballeros, agazapado, listo para saltar cuando fuera el momento.

La segunda, una presencia a sus espaldas.

"¿Compartes con nosotros, Rey?" preguntó Torreg, apareciendo a su derecha. Al otro lado de este, apareció su hermano Dormund.

Jon trago, notando lo seca que tenía la boca "El león es mío. Conformaos con los otros" les dijo. Nadie mataría un Lannister hoy excepto él; era cuestión de ser un lobo de Invernalia.

Apenas vio a los hijos de Tormund asentir, se lanzo al frente, su atención enfocada en el león, mientras sus Guardias Personales lo seguían. Desde su posición, Fantasma también atacó.

Los caballeros occidentales también atacaron a la vez, al tiempo que gritaban las palabras de sus respectivas casas.

"¡No tengo Rival!"

"¡Ninguno tan feroz!"

"¡Escucha mi rugido!"

Ahora en una pelea uno a uno, Jon fue consciente más que nunca de su mayor habilidad, así como del hecho de que su enemigo estaba herido, aunque esto último no lo detuvo.

Esquivando el ataque de Lannister, lanzó dos propios, uno destinado a arrancar la espada de la mano de su enemigo y el otro a la pierna donde estaba centrado su equilibrio mientras lanzaba la estocada al frente. Aunque el primero no mordió carne y el segundo fallo por completo, el temblor del brazo con que el león sostenía su espada fue más que evidente.

Mientras empezaba a llover golpes con sus dos espadas sobre su enemigo, que inmediatamente paso a la defensiva, Jon escucho el crujido de carne y hueso bajo una fuerza mucho mayor.

"¡Maldito lobo codicioso, era mío!" escucho gritar a Torreg.

La empuñadura de Hermana Oscura golpeando el hombro del león le hizo soltar un gruñido de dolor, antes de que Jon reanudara la lluvia de golpes.

"¡Comparte el jabalí conmigo, tonto!" las palabras de Dormund eran una mezcla de burla, frustración y enojo.

Un corte ascendente con el acero valyrio le costó al león una oreja. Otro corte, este con el acero normal, le abrió un corte en la mejilla qué no estaba hinchada por un golpe reciente. Una patada en la pierna más rígida sello el destino de su enemigo, que cayó de rodillas con un grito. Su último ataque desesperado fue desviado por el acero común, antes de que el acero valyrio arrancará la espada de la mano de su portador, enviándola a volar lejos.

Ante un enemigo vencido y derrotado, Jon podría haber considerado la piedad. Pero la vista de ese cabello rubio, esos ojos verdes y ese león en la coraza mataron cualquier pensamiento al respecto antes de que naciera.

Con un movimiento, formó una cruz con sus dos espadas. Entre ambas, el cuello del león.

El hombre lo miró con una mezcla de odio, tristeza y resignación "Vete a los siete infiernos" le maldijo.

"Tu primero" replicó Jon "Ve a decirle a Tywin que fallo. La Casa Stark vive, y vivirá" un corte a la vez desde ambos lados. Una cabeza cubierta de pelo rubio cayendo al suelo con un ruido sordo.

Justo cuando apartaba la vista de su ultima muerte, vio al caballero jabalí caer, consecuencia de los dientes de Fantasma arrancando un pedazo de carne de su pierna, justo arriba del talón derecho. Antes de que se levantara, las espadas de Torreg y Dormund lo acabaron, una en el cuello y la otra no muy lejos, arriba del corazón.

Pasando una mirada rápida por el caballero Serrett, inmóvil en el suelo y muerto con la nuca arrancada por los colmillos de Fantasma, Jon observo como el ejército enemigo huía colina abajo. Solo unos pocos aun intentaban combatir contra su gente; la mayoría de ellos, unos veinte mil hombres, preferían correr hacia los gigantes o la infantería, quizás confiando en que podrían contra ellos, o más probablemente, abrirse paso antes de que la trampa se volviera imposible de superar.

Más pasos se acercaron a el. Lo que quedaba de los hombres que había dejado con el, los que habían sobrevivido la embestida de todo el ejército de los Lannister y Tyrell, se agruparon a sus espaldas, a unos pasos de distancia. Los caudillos y algunos señores menores se ubicaron ante ellos.

Otros Guardias Personales de Jon se acercaron: Alysanne, Kyura, Rickard Liddle, un herido Rijeth Wull, Siegerd y Awrryk se unieron a los hijos de Tormund.

Todos los ojos lo miraron, esperando su guía. Su liderazgo.

Alzando a Hermana Oscura, apuntando el arma cubierta con la sangre de decenas hacia la multitud que se lanzaba colina abajo, Jon habló con una voz que no parecía la suya.

"Terminemos lo que empezamos" proclamó, y con esas palabras corrió colina abajo, en persecución del enemigo.

Fantasma iba a su lado, y miles más a sus espaldas. Castigados, ensangrentados, agotados más allá de las palabras, y aún así buscando más lucha.

Avec Meadows

A pesar de estar agotado combatió con fuerza, empujando contra un salvaje y golpeando su escudo contra otro mientras esquivaba por poco la lanza.

Cuando vio esa oleada de hombres marchando directamente contra ellos por la retaguardia, supo que ya no había más que hacer.

La derrota era inevitable, agotados y atrapados entre dos fuerzas. Pero la muerte no lo era; si lograba abrirse paso, quizás pudiera escapar.

Ese pensamiento era el mismo de muchos otros, que como él luchaban con fuerza, no para vencer, ya no, sino para escapar.

Al pie de la colina, la sangre se derramó en abundancia. Las espadas cortaban, las lanzas apuñalaban, las hachas y mazas se balanceaban. El choque de carne y sangre, hueso y acero, madera y cuero, resonaba, llenando el mundo.

Pero no paso mucho hasta que se dio cuenta de que la batalla se inclinaba a favor de los salvajes recién llegados. Descansados y bien armados, empezaron a superarlos, llevándolos hacia atrás, por la dirección de la que venían, y hacia los primeros salvajes, los que estaban en la cima de la colina con el Rey bastardo, que ahora los perseguían.

Desde la parte trasera de los salvajes, una serie de gritos se escucharon. Avec alzó el escudo por instinto, y un instante después una lanza arrojada atravesó la madera y estuvo a punto de alcanzar su pecho. Otros no tuvieron suerte, y cientos de gritos al unísono se escucharon cuando las lanzas arrojadas perforaron la carne, hiriendo y matando a muchos hombres.

Entonces lo vio; un caballo, su jinete yacía inmóvil encima de la silla, la lanza atravesando su pecho, sobre el corazón.

Avec no lo pensó; dejando caer el escudo perforado y ahora incordioso, corrió hacia el animal, desmontando sin miramientos al muerto y cogiendo las riendas. Unas manos lo agarraron por los hombros cuando puso el pie en el estribo.

"¡Es mío!" grito una voz llena de desesperación a sus espaldas.

Lanzo su codo hacia atrás, y por el aullido qué escucho tuvo éxito. Sin volverse a mirar, termino de montar y espoleó al animal.

Solo quería escapar. No pudo dedicarle un pensamiento a los hombres que caían bajo las pezuñas del animal, estaba demasiado ocupado intentando abrirse paso.

Un salvaje intento atraparlo, pero desvió la lanza con un golpe de su espada y siguió adelante, sin interés en detenerse a pelear. Su espada se volvió un borrón mientras la blandía de un lado a otro, alejando a cualquier enemigo, mientras con la otra mano continuaba espoleando al caballo para que avanzara.

Un salvaje cayó bajo los cascos del caballo, pero muchos otros se hicieron a un lado. Los hombres a pie no podían esperar aguantar contra el impulso del caballo. El animal estaba aterrorizado, pero Avec lo forzó a seguir adelante. Cada vez había menos salvajes frente a él.

"Ya casi…¡Ya casi!" pensó, pero no se atrevió a sentir esperanza hasta que dejara a todos los enemigos atrás.

Por fin, con un balanceo final de su espada, el camino quedo despejado y el caballo corrió con libertad, mientras Avec miraba a su alrededor.

No lo seguían. Los salvajes no tenían caballos, y en cualquier caso habían preferido mantenerse juntos y combatir con los que habían quedado al pie de la colina.

Avec sintió remordimiento por sus hombres, pocos como eran, pero no podía volver. Lo capturarían si tuviera suerte, o lo matarían como a sus hermanos. Ninguna de las perspectivas era reconfortante.

Sin dejar de cabalgar hacia el este, miro hacia el campamento, pero resistió el impulso de ir a buscar su tienda, con las pocas posesiones que aún conservaba allí. Los salvajes estaban allí; no se arriesgaría. No, debía cabalgar, cabalgar y no mirar atrás.

Llego al bosque, dejando el campamento al sur y la batalla a su espalda. Su caballo resoplaba debajo de él, y por fin le permitió aflojar un poco el paso, temiendo perder la montura por agotamiento o por una raíz suelta.

Siguió cabalgando, y los sonidos de la batalla se habían vuelto nada más que un murmullo en la distancia. Su respiración era más regular, su corazón dejó de intentar escapar de su pecho. Estaba a salvo, al parecer.

Varios silbidos sonaron. Su caballo relincho aterrado, o tal vez fue el brusco tirón que Avec dio a las riendas buscando aferrándose a su montura, antes de caer al suelo con estrepito. La caída le arranco el aire de los pulmones.

Cuando volvió a ser consciente de lo que lo rodeaba, vio que tenia una flecha en el hombro y otra en el pecho. Había gente alrededor de el, observándolo desde las ramas de los árboles. Eran arqueros, las armas características en sus manos. Unos pocos salieron de sus escondites y se acercaron a él.

Una mujer, una salvaje, se colgó el arco al hombro y atrapó al caballo. Con una mano en las riendas que Avec había perdido mantuvo quieto al animal mientras acariciaba su cabeza con la otra, confortando a la bestia.

"¿El caballo está bien?" pregunto una voz joven, femenina, incluso tímida. Avec no pudo ubicar a su dueña; estaba fuera de su vista.

"Si. Solo fue un rasguño en la oreja" dijo la mujer "Sh, Sshh, tranquilo" dijo, acariciando al animal, que estaba cada vez más pacífico.

"¿Qué pasa con él?" pregunto otra voz, esta masculina "¿Puede salvarse?"

Avec quería saberlo también. No podía moverse, la caída y el agotamiento por la batalla finalmente habían acabado con sus últimas fuerzas.

Dos arqueros, ambos hombres, se acercaron y bajaron para verlo más de cerca. Miraron con detenimiento, y sus ojos le dieron la respuesta antes que las palabras.

"No" respondió uno, terminante "La flecha rompió las costillas. Se ahogara con su sangre para el anochecer"

Avec solo pudo soltar un gemido. No quería morir; quería vivir.

"Terminara rápido" le dijo el otro arquero, un hombre con un jubón con un cuchillo blanco bordado en él. Dejo el arco en el suelo y saco una daga del cinturón.

Avec sintió el acero mordiendo su garganta, la calidez momentánea siendo reemplazada por el frío que lo cubrió en unos momentos.

Entonces todo se volvió oscuro.

Val

Tal vez fueran los 3 días de lucha constante, o toda la muerte a la que se había visto sometida, pero Val sintió que una furia qué nunca había conocido se apoderaba de ella.

No miraba ni pensaba en lo que hacia: su espada se movía, matando a cualquier enemigo que estuviera a su alcance. No importaba que algunos soltaran las armas y tratarán de rendirse, estaba demasiado enojada para considerarlo mientras los mataba sin pensar.

A su alrededor, muchos otros mataban también, empujando a los enemigos cada vez más juntos entre si. Atrapados, y sin espacio para maniobrar, a veces sin siquiera poder alzar las armas, morían donde estaban. Eran peces en un barril, y ellos los atravesaban a cada momento.

"¡Avancen!"

"¡Derrotenlos!"

"¡A la victoria!"

"¡Invernalia! ¡Por Invernalia!"

"¡Pueblo Libre!"

"¡POR EL REY! ¡POR EL REY!"

Ser Denys Graceford

El enemigo venía de todos lados. Las lanzas llovían o eran usadas para empalar a los hombres, las espadas desgarraban la carne.

Pero peor que los hombres eran esos monstruos, los gigantes. Había descartado las historias de esos seres marchando con el Bastardo y sus salvajes, y ahora se arrepentía de ello.

Un hombre voló por encima de él, cayendo sobre otra docena de ellos. Solo uno de esos monstruos tendría la fuerza para algo semejante.

Un salvaje con una espada se acercó para matarlo; Denys desvió el ataque qué iba por su pierna y, aprovechando la ventaja que le daba estar encima del caballo, atacó desde arriba. Uno, dos, tres golpes. En el cuarto, el salvaje dejó su costado descubierto. La espada cayó, y el hombre cayó retorciéndose cuando su brazo fue separado de su cuerpo.

Al ver que se acercaban más, y armados con lanzas, Denys espoleó a su caballo para que se moviera.

En el centro de la masa caótica que era la batalla, noto algo. Un gran grupo de hombres de armas y caballeros estaban montados. Sin pensarlo, se abrió paso hacia ellos, a pesar de que los salvajes del Norte intentaron detenerlo. No tuvieron éxito, y uno de ellos pago su intento con su vida.

Al llegar a la aglomeración de caballos, noto que muchas de las bestias llevaban dos hombres montados encima. La mayoría de los hombres eran del Dominio, pero había unos pocos de Occidente.

"¡Nos abriremos paso!" grito una voz en el estruendo, y a pesar de no verlo, Denys reconoció la voz como perteneciente a Garlan Tyrell "¡Sigan los estandartes! ¡Hacia el sur!"

DAAAAAAAA

Con el sonido de la trompeta, los hombres espolearon a las monturas, y Denys los imito, procurando perseguir media docena de estandartes, cinco de los Tyrell y uno solitario de los Lannister, mientras se abrían paso entre los hombres a pie, tanto propios como ajenos.

Algunos hombres intentaron aferrarse a sus caballos, desesperados por escapar, pero ya habían ganado velocidad, y ellos estaban cansados por la larga lucha.

"¡Esperen!"

"¡No nos dejen!"

"¡Ayúdennos!"

Denys escucho sus gritos, sus lamentos, pero no podía hacer nada por ellos. El Rey bastardo ya bajaba la colina con los demás salvajes: si no escapaban ahora, estarían rodeados.

Los gritos de los hombres que abandonaron quedaron atrás, pero aun había muchos salvajes en el camino. Denys derribo a uno, y los demás derribaron a otros, pero no sin costo.

Los salvajes cortaban a los caballos, derribando a muchos animales. Con espadas y hachas largas atacaban las patas de los animales, que se derrumbaban chillando de dolor. Otros salvajes apuntaban a los jinetes, arrojando lanzas y algunas hachas cortas, hiriendo y matando hombres.

Un corcel castaño montado por dos hombres perdió a su jinete cuando una lanza llegada de la nada le atravesó el cuello; el hombre que iba atrás no dudo a la hora de arrojar a su compañero y hacerse con las riendas.

Un corcel cayó herido, sus patas delanteras cercenadas. Otros dos caballos que iban detrás chocaron con el animal derribado no menos de cuatro hombres entre todos, cayendo al suelo de forma dolorosa.

Pero a pesar de las pérdidas, no se detuvieron. Dejando a los caídos, heridos y muertos a su suerte, siguieron adelante, hasta que dejaron a los salvajes y la batalla detrás.

Los estandartes a la cabeza del grupo, ahora disminuido considerablemente en número, no se dirigían al campamento, sino hacia el sur. No volverían al campamento, y a Denys le tomo un momento recordar que los salvajes habían llegado ahí en primer lugar, y podrían seguir allí.

Escapar sin nada era arriesgado, pero quedarse también lo era. Sin duda, todos habían llegado a esa conclusión, porque nadie intento desviarse. Se mantuvieron juntos, prefiriendo la unión, aunque la batalla se alejaba a cada momento.

Arriesgándose a dar una mirada atrás, Denys noto dos cosas.

La primera, que los salvajes a pie no los perseguían. Habían optado por cercar a la infantería para que nadie más escapara.

La segunda cosa que notó era que él era uno de los últimos jinetes. Apenas un par de docenas iban tras él.

Arooooooooo

Sintió como si su sangre se congelaba cuando el cuerno, tan similar a los que habían usado los salvajes para anunciar su ataque, sonó.

Pero en realidad, no fue el sonido en sí lo que lo aterrorizó.

Fue que no venía desde atrás, desde la batalla, sino desde el frente. Denys volvió a mirar adelante, y deseo no haberlo hecho.

Del bosque que había ante ellos, una gran cantidad de jinetes salían, cabalgando directamente hacia ellos. Denys solo necesito mirar un instante los estandartes con lobos huargos que ondeaban encima de ellos para saber lo que vendría ahora.

Que iluso fue al imaginar que escapo al enemigo con tanta facilidad.

Su caballo, y los de muchos de los hombres junto a él, estaban agotados por el largo día de lucha. Los del enemigo claramente no. Nunca huirían de ellos con monturas cansadas.

Además, estaban cabalgando directamente hacia ellos, y con ambas fuerzas acercándose rápidamente entre si, Denys solo tuvo tiempo de rogar por su supervivencia una vez antes de que las dos fuerzas montadas se encontraron.

Jorelle

Con un golpe tremendo, su lanza golpeó al jinete, justo sobre el escudo de la rosa. El metal perforó la madera y derribo al hombre de su corcel, mientras por el otro lado su escudo la salvaba a ella de verse atravesada por una espada larga.

Vio de reojo como su madre aplastaba un cráneo con un certero golpe de su maza, mientras Jorelle sacaba la suya propia de su lugar en su cinturón tras abandonar la lanza.

Ya los dos grupos de jinetes se habían involucrado del todo en la pelea. Ellos tenían los números y estaban más descansados, pero el enemigo claramente quería vivir, y con la desesperación de su lado, no fueron fáciles de vencer.

A pleno galope, descargo un golpe sobre un hombre de armas Lannister que acababa de perder su montura; cayó al suelo muerto después de que su maza impacto contra su pecho. Luego cruzo armas contra otro, este a caballo. Su maza se encontró con el hacha del otro hombre dos veces antes de desviarla hacia arriba y descender sobre su costado, destrozando sus costillas antes de matarlo de un golpe en el rostro qué lo envió al suelo.

Una rosa apareció por su izquierda, y apenas logró interponer el escudo a tiempo. Bloqueando el segundo golpe con la maza, empezó a combatir contra el sureño. La pelea tuvo un final abrupto cuando Morna Máscara Blanca, a la cabeza de un grupo de 3 salvajes, paso detrás del hombre y le corto la cabeza de un solo golpe, antes de volver a perderse en el fragor de la lucha.

Garreth Flores

Lo habían llevado al centro del campamento, junto con los otros prisioneros tomados en el mismo. En total, unos doscientos hombres.

Había un número muy similar de enemigos a su alrededor, formando el círculo donde estaban siendo resguardados. Los demás revisaban el campamento.

Para su grata sorpresa, las rendiciones habían sido aceptadas. Algunos habían sido muertos durante el ataque al campamento, pero el que tantos de ellos aún vivieran era algo esperanzador.

En la distancia, podía ver la batalla, pero no se hacía ilusiones, igual que los hombres a su alrededor. La oleada de enemigos que habían visto cargando hacia la retaguardia del ejército había dejado pocas dudas sobre que bando era el vencedor en la batalla.

Cuando lo que quedaba de la caballería se abrió paso más allá de los hombres a pie y de esos temibles seres que eran los gigantes, algunos de los hombres que estaban aprisionados junto a él se habían ilusionado de que intentarían salvarlos, pero pronto quedó claro que los jinetes no lo intentarían. Cabalgaban al sur, abandonando a todos los que no podían seguirlos por si mismos a manos de sus enemigos.

Esa visión fue desmoralizadora para los hombres. Algunos gritaron maldiciones, otros se encogieron apesumbrados. Unos pocos lloraron.

Garreth se preguntó si Garlan Tyrell y sus primos estarían allí, huyendo para salvarse y dejándolos a merced del enemigo.

La visión de la caballería enemiga saliendo del bosque al sur y bloqueando el escape de los jinetes no le trajo satisfacción. Con un suspiro, agacho la cabeza.

Solo quedaban dos preguntas que hacer, y Garreth tendría que esperar para saber las respuestas a ambas.

¿Quiénes habían muerto en la lucha?

¿Y cual sería el destino de aquellos que no lo habían hecho?

Tormund Matagigantes

Los dientes del imbécil qué había intentado atacarlo por la espalda saltaron cuando estrelló su puño por tercera vez contra su cara, antes de matarlo de un golpe en el pecho.

A su alrededor, los sureños morían y era jodidamente glorioso. Su sangre ardía, y su emoción era tan grande que temía qué lo matara.

Con una risa como un trueno, se lanzo a la lucha, matando a un tonto qué sostenía un estandarte, cogiendo la maldita cosa en sus manos y arrancándola del asta, antes de blandirla en la mano libre, orgulloso de su nuevo premio.

"¡Suelta eso, salvaje inmundo!" una voz grito, y Tormund interpuso su espada en el camino de otra que iba directo hacia su barriga, empuñada por un sujeto con ¿esas eran mariposas en su ropa?

Saltando fuera del siguiente ataque, se carcajeo viendo al sujeto ante él, rojo de rabia. Solo se enojo más cuando lo escucho reírse. Atacó de nuevo, pero Tormund bloqueo el golpe y lo empujó hacia atrás varios pasos.

Se separaron, y Tormund balanceo el estandarte con el león y el ciervo.

"Ven por el, si tanto lo quieres" azuzo.

Tuvo éxito. Con un grito de pura rabia, el hombre de las mariposas lo atacó de nuevo. Empezaron un baile, parando, esquivando y ocasionalmente arrojando puñetazos.

Tormund debía admitir que el hombre de las mariposas era bueno; incluso logró arrancar algunos mechones de su barba. Pero el también lo era, y la bola de sangre qué le arranco cuando estrelló la empuñadura de su arma contra su mejilla era un testimonio.

El resultado, sin embargo, no lo decidió la habilidad de ninguno. Lo hizo la suerte.

Tras saltar para esquivar un ataque, Tormund se encontró cayendo en lo que parecía una zanja, aunque estaba tan llena de sureños muertos que solo estando dentro lo notaba. El sujeto de las mariposas estaba tras el, y logró presionar con su pie la espada de Tormund antes de que la volviera a levantar.

Desde arriba, el hombre lo miró con una mueca de desprecio.

"Cuando veas a tus dioses, salvaje, diles que Ser Robin Mullendore fue el que te envió a ellos" y alzando la espada por encima de la cabeza, se dispuso a lanzar un golpe a dos manos.

Tormund no pensó; solo actuó. Su espada estaba atrapada, así que renuncio a ella en un instante. Espero hasta el último momento, antes de moverse, apenas esquivando el golpe que lo habría matado. Aprovechando que el hombre de las mariposas se había inclinado cuando el golpe descendía, lanzó un puñetazo al brazo de la espada, antes de mover su pierna en un movimiento de barrido. Ambos golpes bastaron para derribar al hombre, pero aun sostenía la espada.

Lanzándose encima de él, estrelló su frente contra la de su oponente para aturdirlo bastante para inmovilizar su brazo de la espada con su pierna izquierda.

Luego envolvió el estandarte alrededor de su cuello y empezó a apretar.

"Aquí lo tienes" gruñó, esquivando la otra mano del hombre, que iba a su cara para tratar de hacer que lo soltara. La ignoro mientras veía el rostro debajo de él empezando a ponerse morado.

El hombre intento detenerlo, debatirse, quitarse la cosa que oprimía su cuello, robando su aire. Pero Tormund seguía apretando con fuerza, y no se detenía.

"Cuando veas a tus dioses, diles que Tormund Matagigantes es quien te envía a ellos" gruñó mientras seguía.

Debajo de él, el hombre se retorcía cada vez menos, hasta que, con un gorgoteo final, dejo de moverse, su rostro tan oscuro que era casi negro.

Garlan Tyrell

Su caballo relinchaba aterrado, mientras con una mano intentaba controlarlo por las riendas y con la otra empuñaba su espada, apenas desviando la lanza de un jinete en su camino. Tras fallar, el hombre, con el jubón mostrando un tritón, se perdió en la pelea, buscando luchar contra alguien más.

Otro hombre, este un salvaje, vestido con pieles andrajosas, lo atacó con un hacha. Desvió el golpe y lanzo una estocada con su espada, qué el hombre apenas esquivó antes de atacar de nuevo. Garlan la desvió de nuevo, antes de inclinarse, lanzando un corte que dio en el hombro, arrancando un pequeño grito. Espoleando a su caballo, persiguió al hombre, que retrocedió con pasos rápidos, pero sin perderle de vista. La espada y el hacha se encontraron aún varias veces, hasta que el hombre, lanzando un golpe, se expuso. Garlan tomo la oportunidad, y su espada se enterró con profundidad en las costillas. Con un gruñido, el hombre cayó.

Espoleando a su caballo, Garlan busco a sus primos, pero no los encontró. Rickard y Luthor estaban perdidos en el caos de la batalla, al igual que Hugh Cuy, Robert Ashford y Branston Roxton.

Cabalgando de nuevo, descargo un golpe sobre un jinete con el emblema de Manderly, cortando su cabeza limpiamente, antes de desviar una espada empuñada por otro y empujar al norteño de la silla del caballo, aprovechando su postura. Cayó al suelo con el estruendo de metal de su armadura, pero antes de que Garlan pudiera terminarlo, su caballo fue asesinado con un terrible golpe de una maza en el cráneo.

Garlan logró sacar su pie del estribo justo a tiempo mientras su corcel moría dando un chillido, desplomándose en el suelo.

Apenas se había levantado cuando el hombre que desmontó lo atacó, al grito de "¡Por Invernalia!"

Chocaron espadas hasta cinco veces, cuando Garlan logró golpearlo en el pecho con su puño cubierto con un guantelete. La armadura del norteño lo protegió de la peor parte del golpe, pero lo hizo soltar un gruñido desde dentro del casco.

Entonces dos hombres más se unieron, uno con malla, pieles y una espada, y el otro con malla, escudo y hacha. Entre los 3 lo hicieron retroceder, pero el entrenamiento al que Garlan se había sometido durante tantos años le permitió defenderse de ellos, e incluso herir en el brazo al hombre del hacha.

Y entonces sintió un golpe retumbante en su casco, aturdiéndolo unos instantes, antes de que otro, este en su espalda alta, lo hiciera gritar. Lanzo un tajo desordenado a su espalda, pero entonces el hombre al que había herido lo embistió con su escudo por delante, haciéndole tropezar, aunque Garlan no cayó y logró hacer que retrocediera luego de estrellar su puño en su boca, sacando dientes y sangre.

"¡Tranquilos!" una voz grito, y Garlan no fue atacado de nuevo "¡Quietos!" dijo ahora la misma voz, y Garlan distinguió que era de una mujer.

Ahora repuesto del golpe en el casco que lo aturdió, Garlan miro a su alrededor y sintió que su alma dejaba su cuerpo.

Estaba rodeado.

Al menos una docena de hombres a pie lo rodeaban, algunos llevando emblemas norteños en túnicas, jubones y escudos, otros claramente salvajes, pero todos armados. Detrás de ellos, para colmo, varios mas lo miraban desde encima de caballos, listos también para pelear.

"Ríndete, Tyrell" dijo la misma voz.

Garlan miro mientras uno de los jinetes, con un escudo en el que había un oso rampante en el brazo izquierdo, usaba su otra mano, en la que llevaba una maza cubierta de sangre, para quitarse el casco y dejar al descubierto un rostro femenino con un ceño fruncido.

"Se acabó" dijo la mujer antinatural.

Garlan noto en ese momento que el sonido de la lucha se había detenido. La batalla había terminado, y el que estuviera rodeado era más que suficiente para decirle cual había sido el desenlace.

Miro a su alrededor, frenético, intentando buscar una vía de escape entre el anillo de enemigos, pero no había ninguna. Y estaba a pie; los caballos lo alcanzarían en instantes si lograba abrirse paso.

Su mirada paso entonces al hombre junto a la mujer que habló, o más bien al estandarte en su mano. El lobo huargo de Stark parecía particularmente feroz, y Garlan, tan absurdo como era, juraría que los ojos de la bestia lo miraban desde la tela, esperando darse un festín con él.

"Lo siento" pensó, aunque no sabia con quien o que se disculpaba.

La espada cayó al suelo.

El casco la siguió un momento después.

Cubierto de sudor, sintiendo los golpes recibidos, y con un dolor que nunca imagino padecer, Garlan alzó las manos mientras los hombres se acercaban para tomarlo prisionero.

Jon

El hombre de armas Tyrell se derrumbó, su garganta abierta de lado a lado por la segunda espada que empuñaba.

A la distancia, distinguió a Val, y en la dirección opuesta a Sigorn. Parecían ilesos; con eso le bastaba.

Hermana Oscura atravesó un corazón, mientras desviaba la maza con la otra espada.

A cada lado de él, su Guardia también combatía con ferocidad, acabando con cualquiera que se les opusiera.

Al pie de la colina, a ambos lados de la zanja llena de cadáveres, la matanza encarnizada que era la batalla no se detenía, pero el resultado de la lucha era obvio. Los Lannister y sus aliados Tyrell estaban rodeados y la trampa se cerraba cada vez más. El Pueblo Libre, los norteños, los gigantes, todos empujaban, acabando con más hombres a cada momento. Sufrían perdidas, si, pero Jon apostaría la vida a que el enemigo perdía muchos, muchos más.

Daaaaaaaaaaaaaaaaaaa

El sonido de la trompeta solitaria se extendió, largo, largo, sin detenerse, mientras a su alrededor la lucha disminuía cada vez más. Aunque con las armas alzadas, los hombres dejaron de pelear, pero aun con ojos cautelosos.

Una bandera blanca, que en realidad era un jubón casi sin sangre encima, se elevo, atado a una lanza. Era como un faro, un faro que venía directamente en dirección a Jon.

"A un lado. A un lado" llegaba una voz cansada, que se acercaba cada vez más.

Los hombres abrieron paso a un occidental, que portaba la lanza en alto con una mano mientras que se cubría una herida sangrienta en el estómago con la otra. Detrás de éste, otro hombre marchaba, ileso, pero con la armadura manchada de mugre y algo de sangre, que también estaba en la espada que llevaba en la mano derecha.

Los dos hombres se detuvieron a unos pasos de él. El de la espada, claramente el más importante, miro fijamente a Hermana Oscura, y luego a Fantasma, que acababa de aparecer junto a Jon, antes de mirarlo.

Jon vio muchas cosas en los ojos del hombre, pero ninguna lo afecto tanto como sus palabras.

"Basta" en el silencio que se hizo, la palabra se escuchó con claridad "Basta" la voz del hombre parecía a punto de quebrarse, pero aun así siguió "Por todo lo que los hombres valoran, por los dioses, ya basta"

Medio centenar de pensamientos pasaron por la mente de Jon en ese instante; algunos honorables, otros oscuros. Algunos absurdos, y otros lógicos. Pero al fin, Jon se limitó a respirar hondo y asentir con lentitud.

"¿Vuestro nombre?" preguntó, mirando al hombre fijamente.

"Ser Forley Prester" fue la respuesta "Alteza" añadió, como una ocurrencia final.

Jon se adelanto, seguido por Fantasma y su Guardia Personal.

A dos pasos del caballero Prester se detuvo, antes de hacer un gesto que el caballero entendió sin dificultad.

Cayendo de rodillas ante Jon, Prester deposito su espada a sus pies, antes de apartar las manos de ella.

Como si esa fuera la señal, el resto del ejército enemigo dejó caer sus propias armas, y muchos también se arrodillaron o cayeron sin ceremonias al suelo, agotados, derrotados.

Con un nuevo gesto, Dormund cogió la espada de Prester en su mano libre.

"Primeros Hombres" anunció Jon "La victoria y el día…¡son nuestros!"

Hermana Oscura hendió el aire, y decenas de miles de armas la imitaron.

"¡AAAAAAAAAAAAAAAH!"

En silencio, Jon saboreo los gritos victoriosos de decenas de miles de hombres y mujeres que lo seguían.

El enemigo estaba derrotado. La victoria era una vez más suya.

Y listo. ¿Me gane reviews? Ustedes dirán.

Se que es mucho para procesar, pero espero que haya valido la pena la espera. Una vez más, gracias a quienes siguen por acá.

Saludos a todos.