Disclaimer: Los personajes de Gintama pertenecen a Hideaki Sorachi.


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A veces, es necesario mirar hacia el pasado para poder avanzar hacia el futuro.

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Cuando Kamui mira a Kagura, hay más en su mirada de lo que jamás estaría dispuesto a admitir en voz alta.

Su trato hacia ella es hostil y despectivo, pero no indiferente. Le resulta imposible mantener esa máscara de mentiras tras la que se esconde cuando lo que quiere olvidar, esta justo frente a él.

Golpea su cuerpo duramente porque quiere ver en lo que se ha convertido; si, en todos estos años, algo cambió en ella. Si algo permaneció o se quebró. Quiere verla seguir a su sangre Yato, aceptar sus instintos. Pero hay una única excepción; no quiere verla perder el control y ser consumida por su propio linaje.

Ella es un reflejo de él mismo. Como tener las dos caras de una misma moneda. Un recordatorio viviente de todo lo que sepultó profundamente en su interior y de lo que pudo haber sido.

Cuando mira a su hermana, Kamui ve a aquel niño herido y resentido. Recuerda la rabia cruda que lo impulsó a enfrentarse a su padre y mutilar su brazo.

Ella representa la debilidad en él que tanto desprecia.

El espacio vacío de su pecho que no paró de sangrar, y en su lugar, fue enmendado con un velo de odio. Sin embargo, la realidad cayó sobre él sacudiendo su cuerpo entero y reavivando el ardor de viejos sentimientos que creyó haber sacado de su vida.

No fue así.

Lo supo cuando, inconscientemente, se movió en respuesta a su voz.

Pudo darse cuenta de que se había olvidado de arrancar las finas raíces que se enroscaban alrededor de su corazón. Tal vez, en el fondo, no había querido hacerlo.

El niño encerrado lloró de nuevo y del velo empapado gotearon lágrimas carmesíes.

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Eres una de mis pocas debilidades.

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Kagura aún atesora el recuerdo de aquellos días, después de partir y arrancar las raíces de añoranza que crecían en ella, y los ramos desprendidos ofrecidos a los fantasmas.

En su memoria, la lluvia mojó su corazón empuñado cuando solo sobraban los escombros de un hogar desmoronado.

Con los años, la chica piensa que no le importaría destrozar su cuerpo si eso pudiera traer de vuelta a los fantasmas de su primer hogar. La niña acurrucada dentro de su caparazón alzó la cabeza y notó suaves destellos de luz abrirse paso.

Sin esperarlo, un escenario familiar se presentó ante Kagura. Viejas caras se reencontraron y las emociones familiares se desbordaron. Dejo entrar la esperanza y se volvió insegura, arriesgando su vida.

No bastaba con pelear y romper sus huesos para recuperar las siluetas confusas de sus recuerdos.

Nada era suficiente cuando delante de ella solo encontró un espejismo; ese niño soberbio bajo el cielo tormentoso, que tenía una expresión salvaje enseñando sus dientes.

La sangre fluyendo por sus venas corrió desbocada en reconocimiento.

La calma de su interior se agitó, tambaleando su cordura y empujándola hacia el abismo oscuro. Alguien tendía su mano en las profundidades brumosas.

Latidos ansiosos retumbaban, apagando sus sentidos. Llamaban al que habitaba en ella.

Un espejo roto. Un reflejo de sí misma observaba.

La sombra detrás del hombre en el reflejo emergió y trepó sobre la espalda de Kagura. La figura tenía casi su tamaño y se aferró a ella. Su mirada marina se conectó con su melliza, eran ojos idos del otro lado. Rodeado por la oscuridad en medio de un campo de flores blancas salpicadas, lo vio.

Vio a la bestia sedienta.

Aquellos ojos sondearon en ella, sofocándola. Sumergida en aguas turbias, un océano vasto e inexplorado, donde es natural su existencia.

Alguien susurró tormentoso en su oído. Había tristeza y arrepentimiento.

Los ecos azares se desvanecieron. En el silencio tenso, se escuchó el palpito de un interruptor al encenderse. Un estrépito pesado y desordenado cuando el animal hambriento rompió las cadenas que lo sometían. La locura encerrada burbujeó en la garganta de la chica, estremeciendo su cuerpo con el sonido trastornado sin frenesí.

El niño que abrazaba el cuello de Kagura con sus brazos vendados, de pronto se convirtió en un hombre que sostenía su hombro.

El pecho desgarrado de su hermano sangraba, y en sus labios, una sonrisa roja filosa deformó su rostro de aspecto gentil.