Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 1
Pasado
Era un sábado por la noche y mi primer fin de semana libre después de treinta y seis horas en guardia.
Amaba mi profesión. Pero no podía negar lo demandante y ofuscante que era; muchas veces me alejaba de mi familia y llegaba a perder muchas celebraciones y reuniones. Mas lo que nunca me podía permitir era no pasar las navidades y cumpleaños de mis niños fuera de casa.
A sus cortos dos años quería ser el mejor padre para ellos y el mejor esposo. Aunque esto último se estaba volviendo complicado.
Y no porque no amara a mi esposa, sino por la situación que estaba ocurriendo con su trabajo. La desilusión la estaba arrastrando al colapso mental, donde no me permitía ayudarla.
― ¿Podemos salir a cenar? ―le propuse al tiempo que mis dedos jugaban con su largo cabello castaño.
Enojada se quitó el mechón de mis manos y lo pasó detrás de sus orejas.
― No quiero. Entiende que estoy frustrada, para mí era muy importante el maldito ascenso, estuve luchando por años para poder tener el puesto de directora mercantil, ponte un minuto en mi lugar, Edward.
― Créeme que lo hago ―acune su rostro―. Eres una mujer sumamente inteligente, no te agobies por un rechazo, nuevas oportunidades vendrán.
Frunció los labios en una mueca de enfado y se soltó de mi agarre.
― Por favor ―rogué― vayamos al cine con los niños y después a tomar una copa.
― ¿En serio eres tan inconsciente? ―la irritación en su voz es innegable―. ¡Perdí una maldita oportunidad que no sé cuándo volverá a repetirse, Edward!
Solté el aire retenido. Juraba por mis niños que estaba siendo muy paciente con ella, sin embargo no podía omitir el enfado que me causaba no poder llegar a un punto medio, después de un mes, sabía que no podíamos continuar de esta manera.
― Claro que entiendo tu molestia, solo te pido que no te desquites conmigo. Quiero ayudarte, nena, pero no te dejas.
Se incorporó y fue directamente al pequeño cantinero que estaba en la esquina, la vi servirse vino tinto en una copa y beberlo de un solo trago.
― Es un maldito fracaso en mi vida laboral ―siseó― y ya no quiero hablar del tema.
Derrotado me dejé caer en el sofá cuando la vi subir las escaleras.
.
.
Me esforcé. No mentí cuando decidí ser el hombre más paciente con mi mujer, hice de todo por sacarla de ese trance en el que había caído, por animarla y sobre todo mimarla, pero el milagro estaba lejos de ocurrir y la gota que derramó el vaso fue esa noche.
― Por favor… ―rogué, besando su cuello y ondulando mis caderas contra las de ella―. Te necesito.
Abrió las piernas y dijo de una forma indiferente:
― Hazlo rápido que tengo sueño.
Apoyé las palmas en el colchón y me alejé de su cuerpo. Le di una mirada antes de rodar por la cama.
― Llevamos dos meses sin nada, te deseo, eres mi mujer. Solo que no quiero esto si serás así de fría ―restregué las manos en mi cara, estaba exhausto de este mal momento―. Creo que lo mejor es tomar terapia en pareja ―recomendé, sonando conciliador.
― Quieres cogerme ¿no? ―deslizó sus bragas por sus muslos―. A ti no te importa nada que no sea desahogarte y llenarme el coño de semen, pues hazlo y déjame dormir.
Maldije por lo bajo y me puse de pie. Pase la camisa por cabeza y brazos y subí mis pantalones.
― Estamos mal ―dije― estamos jodidamente mal y no quieres reconocerlo.
― Dos meses sin coger no hará que tu polla se caiga ―se burló―. No todo en esta vida es coger, Edward, hay miles de problemas a nuestro alrededor que no los veas es tu problema.
― Necesitas ayuda, date cuenta que no es normal lo que estás padeciendo. Como médico sé que todos los síntomas apuntan a que tienes un cuadro de depresión, necesitas ver un profesional, puedo recomendarte a un colega.
― Vete a la mierda.
Dio media vuelta y se puso de costado en la cama dándome la espalda.
Tiré fuertemente de mi pelo. Nuestro matrimonio estaba colapsando frente a mis narices y me sentía inútil no poder hacer nada.
XX
Presente
Jamás en la vida llegué a imaginar que aquel momento sería el detonante que desencadenaría el fallo de nuestra relación.
― ¡Feliz día del padre! ―gritaron Anthony y Seth.
Mis mellizos corrieron a mi encuentro, envolviendo mi cuerpo con sus brazos y dejando regalos en la mesa. Les sonreí y chocamos nuestros puños con complicidad.
Despeiné sus melenas humedecidas por el sudor. Tenían diez años y ahora eran más altos, estahan dejando de ser mis chicos pequeños.
― Vayan a jugar afuera ―ordenó su madre.
Habíamos regresado de visitar a mis padres y de festejar el día con ellos.
― ¡Váyanse ya!
La miré reprobatoriamente cuando les alzó la voz.
Anthony y Seth compartieron miradas y salieron corriendo hacia el patio trasero .
― No tienes por qué desquitar tu coraje con ellos ―exhalé.
― ¡No me digas cómo tratar a mis hijos!
Exasperado voltee hacia ella.
Estaba escondiendo su rostro con su larga melena castaña, sabía que lloraba, empecé a escuchar sus sollozos y cuando me miró, sus ojos marrones retenían algunas lágrimas.
Su labio inferior tembló.
Todo el ambiente de celebración se evaporó.
― ¿Por qué quieres llevarla con tus padres? ―indagó .
Apreté los dientes. Sabía que la conversación estaba a punto de convertirse en una nueva discusión, como cada vez que hablábamos del tema.
― Evie tiene seis años, es normal que mis padres quieran conocerla.
― No estoy de acuerdo ―masculló, al tiempo que secaba sus manos en el paño que lanzó sobre la encimera.
― Es la fiesta de aniversario de mis padres ―farfullé―. Tienen derecho a invitar a quienes ellos quieran.
― ¡Pero no a la hija que tuviste con tu amante! ―gritó, enfrentándome. Había dolor en su mirada y no podía hacer nada por revertir su ánimo.
― Cuando me perdonaste, dijiste que dejaríamos atrás mi falta ―le recordé―. Sin embargo, parece que nosotros no podemos avanzar, todo el tiempo me lo reprochas.
Sabía que era un idiota.
También estaba cansado de luchar contra corriente. De querer salvar una relación que ya no funcionaba; aceptaba mi culpa y me hacía responsable de mis errores, empero me atrevía asegurar que ya no podíamos hacer más por nuestro matrimonio, cuando ya lo había intentado todo…
― Edward, ¿cómo crees que me siento cuándo vas a verte con tu hija? ―cuestionó―. Mi pecho duele, se desgarra mi alma porque no solo mis hijos y yo tenemos que compartirte con… ―sus lágrimas caían, recorriendo sus pómulos― entiéndeme ―susurró― el dolor es inmenso dentro de mí, los celos me volverán loca porque sé que la ves también a ella.
Bufé.
― No empieces con lo mismo. Te he explicado miles de veces que ella y yo solo somos los padres de Evie.
― ¡No mientas! ―exclamó colérica―. Te prohibí que dijeras su nombre, no puedes ser tan cínico, por favor.
― ¿Por qué me perdonaste? ―quise saber―. Si nuestra relación nunca sería la misma ¿por qué no me dejaste marchar?
Sollozó fuertemente. Apoyó sus palmas en la encimera y se inclinó a llorar.
― Si te dejaba eras capaz de irte con ella ―reveló dejándome sin palabras.
Reconocía que fallé. Le fui infiel a la mujer que juré amar hasta que la muerte nos separara, pedí perdón incontables veces y sentí que me rectifique al ser mejor esposo y padre, al volverlos mi mundo entero. Pero esto no se trataba de mí sino de Evie y yo no podía hacerla a un lado cuando ella tenía todo el derecho de estar con mi familia y de convivir con sus hermanos.
No había nada por hacer. Mi desliz sucedió hace años y por mucho que me esforzara en mejorar nuestra relación , algo se había roto y no había marcha atrás, tampoco podía cambiar lo ocurrido.
― Evie pregunta por sus abuelos, quiere conocerlos al igual que sus hermanos.
― ¡No! ―exclamó―. Jamás dejaré que mis niños convivan con ella, así como tampoco estoy de acuerdo que tus padres la metan a su casa, ¡no lo quiero!
Tiré de mi pelo con desesperación y fuerza.
No era la primera vez que hablábamos del tema. Evie tenía derecho s ser parte de la vida de mis padres, se los había negado todos estos años y no era justo.
― Todo este tiempo las cosas se han hecho como has querido ―exhalé―. No aceptaste que Evie se acercara a los niños, les prohibiste a mis padres que la nombraran y que fuera aceptada en la familia. Ya no puedo más.
― Era mi derecho como esposa.
― Evie es mi hija y es solo una niña. No puedo negarle conocer a sus abuelos y convivir con ellos, así como tampoco puedo prohibirle que quiera conocer a sus hermanos.
― ¡No vuelvas a decir que mis hijos son sus hermanos! ―gritó―. No lo hagas porque no es verdad, mientras viva mis hijos no sabrán de la existencia de esa niña.
Sus lágrimas fluyeron sin cesar por sus pómulos.
― Soy demasiado condescendiente al permitirte que la veas ―añadió―. Debe ser suficiente mantenerla y verla cuando tú deseas. ¿Acaso no es suficiente?
― Sé que me sigues castigando por mi falta, es por ello que deseas hacerme sufrir, pero te estás equivocando porque estás dañando a una niña inocente que no pidió nacer.
Su mirada se endureció.
― Eso debiste pensar mientras te revolcabas con tu amante. Aquí no vengas a hacerte la víctima conmigo, Edward, porque claramente solo estás pagando las consecuencias de tus errores y me he encargado de que lo hagas de la forma más cruel para que sientas el mínimo de dolor que siento yo.
― Estoy cansado ―murmuré.
Elevó suavemente sus hombres mientras cruzaba los brazos bajo su pecho.
― Tú decides ¿tu hija o nosotros? ―sentenció.
Sacudí la cabeza y tomé las llaves de mi auto, salí por la puerta trasera donde mis niños jugaban, ambos voltearon hacia mí y corrieron a acercarse.
― ¿A dónde vas, pa? ―preguntó Seth.
― Ahora regreso. Tengo que ir con el tío Emmett ―mentí al tiempo que despeinada sus melenas― los amo, hijos ―los abracé fuertemente dejando besos en sus cabezas―. Nunca olviden que los amo infinitamente.
Escuché suaves pasos detrás de mí. Sabía de quién eran, aún así seguí mi camino hacía la cochera y me monté en mi auto.
― Si vas con ellas te juro que no te dejaré entrar, Edward ―espetó, golpeando la ventanilla.
― Es día del padre ―le recordé―. Evie me está esperando.
Sus lágrimas no dejaban de caer.
― Sé que vas porque prefieres estar con ellas.
― Por favor. Evie es mi hija; su madre y yo solo intentamos llevar bien nuestro rol de padres.
― Has amargado mi vida ―gruñó―. Me convertiste en esto y te juro que si yo no soy feliz, tú tampoco lo serás.
Encendí el auto y le di una mirada, mientras me lamentaba internamente.
¿En qué nos convertimos?
Hola. Si has leído hasta aquí significa mucho para mí, ¿qué te puedo decir? Que llevo celosamente guardada esta mini historia y que no veía la oportunidad de que leyeras, me des tu opinión y puedas debatir sobre esta trama. Estaré muy agradecida con que me des una oportunidad.
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Dudas posibles: solo actualizaré una vez por semana, lo más probable sea los sábados y son seis capítulos.
Gracias totales por leer 💔
