Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama me pertenece.

Capítulo 2

Pasado

Apesadumbrado me dejé caer en la silla.

Me quedé pensativo, tan solo mirando hacia algún punto de la pared blanca. Reflexionando que mi matrimonio era un fracaso; los motivos parecían acumularse cada vez más.

Un día eran mis llegadas tardes a causa del trabajo. Otros eran a consecuencia del estrés de mi mujer y su manera competitiva de manejarse.

Le corría una amargura que se distinguía en su mirada cada vez que le contaba mis logros.

Para ella nada era dicha sino infelicidad.

― ¿Doctor Cullen?

Una suave voz me sacó de mis ensoñaciones. Giré la cabeza levemente hacia la puerta y me incorporé al ver a la joven mujer, mirándome.

Era mi nueva asistente.

― Sí, soy yo ―pronuncié jovial al leer su nombre en los datos de su curriculum―. Llegó mucho antes, señorita.

Sus ojos verdes se estrecharon al sonreír.

Extendió su mano y me saludó amablemente. Le sonreí en automático.

Esperaba que su semblante relajado y su alegría natural no me trajera problemas al trabajar, lo que menos quería era discutir con mi asistente y crear un ambiente hostil entre nosotros.

― ¿Hay algún problema si llego temprano? ―indagó―. Mis clases terminan tres horas antes de mi horario de entrada, lo que se me ocurre que en vez de regresar al edificio donde vivo, que puedo venir directamente hacia aquí. Me ahorraría pagar el doble transporte.

Exhaló curioseando mi oficina.

― Puedo aprovechar para hacer mis tareas y comer, mientras espero mi hora de entrada ―farfulló sin aliento.

Las comisuras de mis labios se elevaron ampliamente en una gran sonrisa. No sabía exactamente qué… pero su personalidad temeraria y su forma de expresarse me hacía sentir diferente.

.

Su llegada fue una grata sorpresa.

Isabella no solo tenía un espíritu alegre y confianzudo, era excelente asistente muy lista y eficiente, no podía negar que hacía mis días más llevaderos sin ella saber.

Era buena para escuchar y dar consejos. Y aunque era ocho años menor que yo, no lo parecía, tenía una madurez que lograba desencajar mi mandíbula con sus respuestas.

― No creo que haya sido necesario un matrimonio por un embarazo ―dijo― eran demasiado jóvenes. Debieron esperar antes de aventurarse en un matrimonio precipitado.

Me perdí en su mirada esmeralda.

XX

Presente

― ¿Por qué no puedo ir contigo, papi?

Pasé saliva mirando los hermosos ojos verdes de mi niña. Evie tenía seis años, era natural que empezara a hacerse miles de preguntas.

Aunque, era consciente que su madre y yo, no vivimos juntos. Mi niña sabía que tenía hermanos, algo lógico que quisiera interactuar con ellos.

― Pequeña honey-bunny ―pronuncié su apodo cariñoso―. Te he contado que en la casa que vivo es un poco lejos, cariño.

Era la excusa más estúpida jamás dicha. Sin embargo, no había palabras que vinieran a mi mente y me hicieran sentir menos miserable.

Era mi castigo a pagar por haber sido infiel. Tenía una niña de una relación extramarital, una hija que amaba con mi vida entera, al igual que mis otros dos hijos producto de mi matrimonio.

Era un padre presente. Lo había acordado con su madre desde el primer momento; estuve al tanto del embarazo, del nacimiento y en los años había estado en cada cumpleaños, cada navidad. Así como mi niña había estado conmigo en cada cumpleaños y celebración del día del padre.

Como hoy.

No había problema en nuestra convivencia. Su madre era una persona madura, elocuente, que sabía respetar mis tiempos.

Con los años se convirtió en una buena amiga. En mi consejera y mi hombro para desahogar mis pesares.

Mis visitas con Evie consistían de dos días a la semana, siempre había sido de esa forma. A menos que alguno de los dos tuviera contratiempos, que ella saliera de vacaciones con su madre o simplemente fuera un día ocupado.

Lo mismo era para mí. Por mi trabajo muchas veces mi tiempo era complicado, era médico cirujano, vivía limitado y aún así siempre buscaba estar para Evie.

En mi mente sentía que era lo correcto, aunque mi corazón susurrara que no era suficiente.

Evie sabía que tenía hermanos de otra mamá, como ella lo nombraba. En cambio mis otros hijos no sabían de su existencia.

Mi niña solo quería convivir, conocerlos, pero…

Sacudí la cabeza. Era mi tiempo con mi niña, mi pequeña celebración del día del padre y no arruinaría nuestra tarde con lamentaciones.

Probé mi helado de fresa, ya más derretido que parecía malteada y sonreí a mi niña.

Ella se levantó de la silla dejando de lado su banana split. Se desplazó a mis brazos y envolví su menudo cuerpo.

Evie era más bajita de lo normal para su edad y de una complexión llenita. Tenía el cabello cobrizo rizado y muy largo, había heredado el color de nuestros ojos, me refería al de su madre y los míos, aunque sus rasgos tenían más de mí, como su tonalidad de mi piel, prácticamente era como yo en versión mujer. Por supuesto que ella era hermosa con sus mejillas regordetas.

― Mi honey-bunny ―susurré, teniéndola pegada a mi pecho― te amo, mi niña.

― Voy a ser paciente, papi. Y esperaré todo el tiempo para conocer a mis hermanos y mis abuelos.

Sus palabras me rompieron. Me dejaron sin palabras y acallaron mi voz.

Me destrozaba que Evie no tuviera un espacio en mi casa. Que nunca hubiese entrado, que no conociera siquiera a sus hermanos. Y no sabía cuánto tiempo más iba a soportar.

¿Era acaso mi castigo? Cuántas veces no me cuestioné; ¿en serio una niña inocente debería vivir con tantos desaires?

¿Sería acaso un regalo para mí si pido que ella pueda convivir con mis otros hijos?

Llevaba años pagando mi culpa. ¿Cuánto más tenía qué soportar?

Me desgarraba el corazón no poder cambiar las condiciones de mi esposa. ¿Qué se hacía si mi hija convivía con nuestros hijos?

― ¿Me ayudas a hacer mi tarea? ―preguntó inocente al elevar su mirada esmeralda.

Dejé un ruidoso beso en su pequeña frente.

― Vamos, honey-bunny ―sujeté su mano.

Mi hija caminó entre pequeños saltos, mientras salíamos fuera de la heladería hacia mi auto.

Era estúpido que no usara la camioneta familiar. Y la respuesta era: porque mi esposa había dicho que Evie no pertenecía a nuestra familia. ¿Por qué lo acepté?

Después de asegurar a Evie en el asiento trasero, conduje por la avenida principal de la ciudad, la calle Pike, su madre vivía al lado extremo de mi casa. Una distancia considerable para nosotros después de todo.

Ella era doctora. Nos conocimos cuando llegó de asistente a trabajar conmigo en el hospital, no supe que me sucedió cuando la vi, su hermosa figura me desestabilizó, su alegría fue un bálsamo de paz para mi mala situación matrimonial.

Todo comenzó por compartir la cena cada noche en la cafetería.

Reí para mis adentros.

Nunca imaginé que esos cortos acercamientos serían el inicio de una relación extramatrimonial. Y es que nunca vas por la vida pensando que engañarás a tu pareja. Nunca.

Pero los hechos sucedieron. No fue por causas de copas de más, no. Sucedió plenamente en nuestro cinco sentidos, ella sabía que estaba casado, nuestras atracción existió desde el primer momento, quizá me quise sentir importante, no sabía con exactitud, solo que el deseo nos superó.

Una noche de enero sucumbimos. Entre largas charlas y risas, llegó el primer beso, no mentiré, sus labios y su sabor me inyectaron vida a mis veintinueve años, caí en pecado y rompí la promesa que un día hice a mi esposa.

Ese beso nos llevó a más. Terminamos en su apartamento y desde entonces ese lugar se convirtió en nuestro escondite, en un nicho que solo nos pertenecía a nosotros dos.

― Papi, ¿te quedarás?

La vocecita de Evie me sacó de mis ensoñaciones, la miré por el retrovisor y asentí. Había estacionado frente a la casa.

― Haremos tarea juntos, honey-bunny.

Mi hija se removió en su lugar. Tenía sus manos en alto y bailaba emocionada. La ayudé a bajar del coche luego de su euforia desmedida y, nos desplazamos más allá de las verjas, el auto de su madre yacía estacionado en la cochera.

Presioné dos veces el timbre. La puerta se abrió, mostrándome a la madre de mi hija. Ella tenía el cabello hecho una maraña rubia y desordenada.

― Lamento si te despertamos ―verbalice apenado.

― Para nada ―comentó sonriente― estoy cocinando, pasen. Por cierto, feliz día del padre, espero que te guste el regalo.

Asentí, recordando la nueva billetera que ahora traía en mi bolsillo trasero, me hice espacio en el recibidor y las seguí hasta la cocina. El olor exquisito tenía inundado el lugar.

― ¿Qué estás cocinando? ―pregunté.

Existía la confianza para poder entablar una conversación trivial. Éramos buenos amigos después de todo.

― Es solo sopa de tortilla, ¿quieres cenar con nosotras?

Me quedé mirando sus ojos verdes. Quería aceptar su oferta, muchas veces había compartido una cena, solo que no podía, no hoy.

― Tengo un compromiso ―mentí.

Ella me observó. Con la mirada me indicó que sabía mentía. Jamás hablaba de mi esposa y no quería que hoy fuese la primera vez.

― No hay problema ―fue comprensiva.

Era su forma de ser la que siempre terminaba por sorprenderme. Nunca exigía, ni rogaba, ni gritaba. Pocas veces habíamos discutido, éramos simplemente dos personas adultas que sabíamos diferenciar lo que sí y no. Todo por el bien de nuestra hija.

― ¿Cómo estuvo tu día? ―indague.

Resopló poniendo brevemente los ojos en blanco y llevando un mechón rubio detrás de su oreja. Se concentró de nuevo en la olla con el caldo rojo.

― Me han movido nuevamente mis vacaciones ―comentó―. Tenía todo planeado para viajar a Punta Cana, quería desestresarme con Evie ―sus hombros se hundieron― creo que no podremos viajar.

― Cada verano sales de viaje ¿qué pasará?

― Tendré que buscar una nueva niñera para el verano ―me explicó―. Le di vacaciones a Sue y no puedo cancelarla, mis padres tampoco estarán, decidieron viajar a casa de Irina, ella está por tener a su bebé y no quieren perderse el acontecimiento, es su segundo nieto ―contó emocionada.

Irina era su hermana menor. Era normal que sus padres quisieran estar al lado de su joven hija.

― Si quieres puedo hacerme cargo ―me ofrecí―. Evie es mi hija y pasar días conmigo en el verano nos vendrá bien.

― Sabes que no puedes ―murmuró.

Ella se refería a mi familia. Odié darle la razón, mi única excusa fue decir.

― Lo resolveremos, lo prometo.

― Aquí está la tarea, papi ―Evie traía la mochila en sus hombros.

Le sonreí y le ayudé a sacarla, nos pusimos en la mesa para empezar a trabajar en lo que la maestra había encargado el día de hoy. Regularmente siempre apoyaba en trabajos escolares.

Me concentré en la libreta y la tarea de mi hija de seis años. De pronto sentí la necesidad de aceptar la invitación de su madre, miré hacia ella.

― Isabella ―pronuncié―, acepto cenar con ustedes.

Las comisuras de sus labios se elevaron.

― Con gusto ―respondió―, ahora sirvo.

.

Levanté la vista. Tenía una hora con Evie haciendo tarea, miré hacia su madre: ella estaba levantando los platos de la mesa.

Quería hacerle muchas preguntas y saciar mis dudas: ¿qué había pasado con ese amigo suyo? James era su mejor amigo. Era notorio que tenía un interés en ella, no culpaba. Sin embargo, me daba cuenta que no era correspondido y no porque ella nunca hubiera tenido pareja después de mí, sino que era demasiado cuidadosa para no meter a ningún tipo a su casa. Protegía a Evie, tal vez solo estaba esperando al indicado para un día presentarlo a nuestra hija.

Mi móvil sonó. El rostro de mi esposa apareció en la pantalla: cabello oscuro y labios rojos, me hicieron exhalar.

Sabía que debía volver a casa.

Me incorporé ante la mirada de mi hija y su madre.

― Debo irme ―anuncié.

Mi niña se lanzó a mis brazos, la cargué y llené de besos su precioso rostro.

Había llegado el momento doloroso de la despedida.

Era el precio que debía pagar en cada visita.

― Honey-bunny ―pasé mis dedos por la suave melena cobriza― ayuda ayuda mami y cuídense.

― Lo haré papi.

― Ve a dormir, honey-bunny ―la puse sobre sus pequeños pies. Y solté un suspiro al verla salir corriendo a su habitación.

Isabella me observó unos instantes antes de continuar el camino hacia la puerta.

― Edward, si no puedes ayudarme con el cuidado de Evie, sabré entender. No es necesario que te ofusques. Puedo contratar a una niñera.

Abrí la puerta y noté la oscuridad en el cielo. Se había hecho de noche y no fui consciente de en qué momento pasó el tiempo en un suspiro. Y es que era siempre así cuando estaba con mi hija.

― Es tiempo de tomar una decisión, Isabella.

― ¿A qué te refieres? ―preguntó mientras sus cejas se juntaban.

― A qué llevo años castigándome. La deuda está pagada, si ella me quiso hacer sufrir, por todo el daño que le causé. Creo que es tiempo de hacer una elección.

Isabella hizo un leve movimiento con la cabeza.

― Voy a respetar tus decisiones, Edward, como lo he hecho siempre.

Me quedé mirando fijamente sus ojos.

La decisión estaba tomada y mi castigo pagado.


Aqui vengo con otro capítulo. Les agradezco con mi corazón su apoyo. Ojala sea de su agrado, ¿creen qué Edward pagó como dice? Aqui la mas inocente es Evie y Edward lo sabe y por ello ha tomado una decisión. Sé que el tema es muy complicado y mi intención no es herir sentimientos, simplemente manifestar un tema; me gustaría saber qué opinan ustedes, ¿qué estuvo mal?

Les invito al grupo de Facebook para que conozcan a Isabella en rubia*

Nos leemos la siguiente semana.

Aquí los nombres de quienes comentaron el capítulo anterior: miop, Lily Pattinson Stewart, Lore562, alimago, Tata X9XO, Jade HSos, Noriitha, Smedina, BereB, Andrea, Flor McCarty-Cullen, Elizabeth Marie Cullen, Karina, Pepita GY, OnlyRobPatti, saraipineda44, Adriana Molina, Mapi13, krisr0405, Youknowyouknow, kasslpz, Verónica, Maryluna, Ady, Marxtin, nataliastewart, Marxtin, Deniz, Pao pao, indii93, Diannita Robles, Karo29, Cinthyavillalobo, rociolujan, The Vampire Goddess, Lili Cullen-Swan, Car Cullen Stewart Pattinson, y comentarios Guest

Gracias totales por leer.