Un elegante compañero
Segunda parte
Era el décimo cumpleaños de Archie y sus padres, junto con la tía abuela Elroy se habían ocupado de organizar una celebración digna de un Andley.
Desde muy temprano, Archie recibió toda clase de regalos, incluso uno del tío abuelo William, aunque el más esperado era el de su hermano mayor.
Stear llevó a Archie a su taller de inventos y le mostró con orgullo un alto y amplio armario de madera fina con tres puertas y un espejo en la de en medio.
—Es mecánico, Archie. Tiene dos niveles, arriba para camisas, sacos y abrigos y abajo para pantalones. Solo tiras de esta palanca y tu ropa comenzará a girar para que hagas la combinación que quieras. Así no tienes que sacar todo y dejar un desastre en la cama —explicó Stear mientras hacía una demostración del sencillo mecanismo.
Archie miró el armario con una mezcla de fascinación e incredulidad. No podía negar que le gustaba el regalo, pero dudaba de que éste funcionara como su hermano prometía.
—¡Claro que funciona! —exclamó Stear tras oír la preocupación de su hermano menor—. ¡Yo lo hice!
—Por eso pregunto —respondió Archie burlón mientras descubría por sí mismo el funcionamiento del armario.
—¡Mocoso! —lo reprendió su hermano—. Pero lo dejaré pasar porque hoy es tu cumpleaños.
—Gracias, hermano —dijo Archie abrazando a Stear.
La puerta del taller se abrió para dar paso a su primo Anthony. Archie y Stear sonrieron al verlo, pues había prometido alcanzarlos ahí con un plato de galletas, pero de inmediato borraron esa sonrisa al ver la cara de molestia que su primo tenía.
—¿Qué pasa, Anthony? —preguntó Stear.
—La tía abuela se negó a permitir que Riley y sus hermanos asistan a la fiesta —contestó el rubio cruzándose de brazos.
—Ya sabíamos que tú tampoco tendrías suerte —terció Archie.
—Es una grosería de su parte, ella sabe que son amigos nuestros. Pasamos más tiempo con ellos que con la misma tía abuela —se quejó Anthony.
—Pero son hijos del personal de servicio, Anthony —dijo Stear procurando mantener la calma—. No digo que esté bien, pero…
—Así son las cosas —dijeron Archie y Anthony a coro, pues estaban acostumbrados y hartos de ese inválido argumento.
—Lo siento, chicos, pero encontraremos la manera de celebrar con nuestros amigos. Lo prometo —dijo Stear con solemnidad y los otros dos no tuvieron razones para dudar de él.
—¡Anthony, tus ojos! —exclamó Archie tomando a su primo por los hombros. El rubio no tuvo tiempo de prever el movimiento y quedó cara a cara con su primo.
—¿Qué tienen mis ojos?
—Juro que por un segundo los vi cambiar de color, como si fueran ámbar.
—Tú también necesitas lentes, Archie —se burló Anthony—. Los ojos no cambian de color.
—Anthony —La mano de su compañera sobre la suya lo devolvió al presente. El jefe Brower miró a Candy y esbozó una sonrisa cansada —. Ya estamos cerca, pronto lo veremos.
Anthony asintió y besó la mano de Candy. Desde que habían sido avisados del ataque, Anthony tenía la mente llena de recuerdos de Archie; desde su lejana infancia hasta la última vez que había hablado con él, minutos antes del accidente que había cambiado su destino. "Si algo le pasa" pensaba una y otra vez, ansioso y angustiado por el estado de salud de Archie. Pocos humanos eran tan fuertes como para sobrevivir al ataque de un cambiante y, aunque rogaba al Destino que ese fuera el caso de Archie, temía llegar a Pensilvania solo para recibir la fatal noticia.
Llegaron a la casa manada del jefe Joshua sin ceremonias ni protocolo, eran manadas aliadas y no había necesidad de ser desconfiados.
—Bienvenidos, jefe Anthony, jefa Candy.
—Gracias por avisarnos, jefe —correspondió Anthony al saludo de manos de su contraparte—. Dígame, cómo está mi primo.
—Estable, pero delicado. Las heridas causadas en su pecho son profundas y no están sanando tan rápido como quisiéramos. Hay una fuerte infección y eso lo tiene inconsciente la mayor parte del tiempo.
Los Brower intercambiaron una mirada de angustia.
—Tenemos un médico atendiéndolo y Elizabeth no se ha separado de él.
—Dijeron que tienen a uno de los atacantes. ¿Dónde está?
—Custodiada.
—Lléveme con ella.
—Yo quiero ver a Archie, por favor —pidió Candy con una serenidad diferente a la de Anthony.
—Claro, Nicholas la llevará —respondió el jefe Joshua haciendo una seña a su hijo que se mantenía a su lado, en marcial silencio.
El jefe Joshua guió a Anthony fuera de la casa y atravesaron un par de kilómetros de bosque. En el trayecto lo puso al tanto de la situación, las invasiones de la cambiante, su acecho a la casa de su manada y el ataque conjunto a su primo.
—El otro huyó y ella no ha dicho nada sobre su identidad, pero sabemos que pertenecieron a la manada de Rodrick.
Anthony tensó la mandíbula, pero no dijo nada más. Se concentró en escuchar los detalles del ataque y las medidas de seguridad implementadas por el jefe Joshua.
—Mandaré traer refuerzos.
—No será necesario. Redoblé las patrullas y mis cambiantes de la ciudad y la frontera están advertidos. Cazaremos al otro atacante, tenlo por seguro, Anthony.
—Lamento todo esto, jefe. La sombra de Rodrick no tenía por qué venir a caer a su territorio.
—Es lo que es —contestó el jefe Joshua encogiéndose de hombros—. Llegamos.
La cambiante estaba sentada en el suelo, tenía las manos sujetas a unas cadenas que por el otro extremo estaban soldadas a la pared de piedra. El cabello negro, largo y suelto le cubría la cara de un lado. Olía a sangre seca y la ropa que le habían dado estaba sucia ya por los días encerrada.
Los recuerdos de años atrás vinieron a la mente de Anthony. Así había retenido a Héctor cuando atacó a Gabriel y Aarón y él mismo había sido atado de esa forma en la cueva de Rodrick. Pero no podía lamentarse, eran lo que eran, cambiantes.
La cambiante levantó la cabeza y se echó el cabello hacia atrás. Sonrió levemente y se puso en pie.
—¿Quién eres? —preguntó Anthony con brusquedad.
Ella no contestó.
—¿Por qué atacaste al humano?
No hubo respuesta.
—¿Dónde se esconde tu compañero?
Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de la mujer.
—Déjeme solo, por favor —pidió Anthony con tranquilidad al jefe Joshua.
Este asintió y salió del calabozo.
Candy siguió a Nicholas por los pasillos de la enorme casa. Archie estaba instalado en una habitación del primer piso, cerca del despacho del médico que lo atendía.
Escuchó la versión del ataque y lo que el médico hizo para salvar la vida de Archie.
—También atiende humanos en la ciudad y sabe qué decir y qué no.
—¿Archie ya sabe lo que somos?
—No estamos seguros. La mayor parte del tiempo ha estado inconsciente y las pocas veces que ha despertado, bueno… solo ha hablado con mi hermana.
Llegaron a la puerta de la habitación de Archie y Nicholas llamó dos veces, después enlazó a su hermana para avisarle que la pareja Brower había llegado.
Elizabeth salió solo unos segundos después. Candy la miró con cariño y preocupación casi maternal al notar el rostro cansado de la joven.
—Candy, al fin llegan —dijo Elizabeth abrazando con fuerza a la rubia.
—¿Cómo está Archie? Quiero verlo.
Elizabeth dudó.
—¿Qué pasa?
—Candy, él… —suspiró—, acaba de despertar y… de enterarse de lo que somos.
—¿Y? —preguntó su hermano con urgencia y Candy se perdió de una conversación mental entre los dos de Pensilvania.
—Está asimilando todo y pidió estar solo —contestó Elizabeth en voz alta.
Tenía el cuerpo entumecido y adolorido. Un par de llagas en la boca y un terrible cansancio le impidieron hacer más preguntas a Elizabeth, pero lo poco que había escuchado era suficiente para analizar y temer.
El hombre y la mujer que lo habían atacado al pie de la carretera eran personas que podían convertirse en animales, terribles y salvajes lobos que quisieron matarlo.
Archie había visto la transformación del hombre y en ese momento no pudo razonarlo, mucho menos entenderlo, pero ahora, pasado el peligro, la imagen del hombre cambiando se repetía una y otra vez en su memoria.
"Esto no es real" se dijo una y otra vez hasta que reparó en algo todavía más importante. No solo el hombre y la mujer podían convertirse en lobos, Elizabeth también, ella se lo había dicho minutos antes para asegurarle que nadie lo volvería a dañar y que no había peligro cerca de ellos.
Con un intenso dolor en el brazo y la mano vendada, se estiró para tomar un vaso de agua y apurarlo.
Elizabeth había dicho que no era nada maligno, contagioso o inexplicable. Había una razón para que existieran personas como ella, una científica. Ella y su familia, al igual que muchas personas en el mundo, habían heredado dicha habilidad y se agrupaban en manadas, dispuestas a proteger su secreto de los humanos.
—¡Los humanos! —repitió en la soledad de la habitación—. ¡Qué disparate!
Pero no era un disparate, era lo más extraño e inimaginable que Archie hubiera visto, pero era real, tan real como el dolor que sentía en el pecho por la zarpa del lobo.
El ataque de un lobo…
Archie recordó que Bill también había sido atacado por un lobo, de ahí sus cicatrices; o sea que, Bill también era como Elizabeth…
"¿Cuántos más hay por ahí?" Se preguntó con inquietud.
El reloj de la esquina de la habitación marcó las cuatro de la tarde y Elizabeth entró con sigilo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó desde lejos. Ahora que Archie se había enterado de su naturaleza de la peor manera, no sabía cómo sería tratada por este.
—La cabeza me da vueltas y el vendaje no me deja respirar bien —contestó enfocándose en sus síntomas.
—Le pediré al doctor que lo afloje, no tarda en venir para hacer otra curación —dijo Elizabeth avanzando un par de pasos hacia la cama—. Es hora de tus analgésicos.
Archie asintió y buscó con la mirada la medicina. Elizabeth se acercó a la mesa de noche y sacó del cajón un frasco. Llenó el vaso de agua y se lo tendió a Archie.
—Gracias —dijo este en cuanto sostuvo con ambas manos el vaso. Sus dedos rozaron los de Elizabeth y se creó una tenue electricidad. Bebió de un trago la medicina y vació el vaso.
Elizabeth se sentó al lado de Archie, en la silla donde había velado su sueño y cuidado de su delirio los últimos días.
—Quiero saber una cosa —dijo Archie rompiendo el silencio y Elizabeth puso atención—. ¿Por qué me atacaron a mí? Ellos sabían que yo era humano, ahora lo recuerdo. ¿Ustedes suelen hacer eso? ¿Atacan humanos porque sí?
—Nunca atacamos humanos —contestó Elizabeth con calma—. Entiendo que por tu primer contacto con los de mi especie creas eso, pero no somos salvajes.
—Entonces por qué me atacaron. No fue un error, ¿cierto?
Elizabeth negó con la cabeza. Tenía que decirle que los cambiantes lo habían atacado como parte de una venganza contra el jefe Brower, pues esa era la verdad, pero el tema aún no se había discutido con Anthony y él debía autorizar qué decirle y qué no.
La puerta de la habitación se abrió para dar paso al médico de la manada. Era un hombre viejo y serio, pero amable. Habló por primera vez con Archie y le explicó la gravedad de sus heridas y el tratamiento, algo que Elizabeth ya le había explicado.
—Perdiste sangre y estarás débil algunos días, así que tendrás que guardar reposo y alimentarte bien.
—¿Puedo volver a mi casa?
—Podrías, pero recomiendo que te quedes aquí para que pueda vigilar el progreso de tu curación con mayor facilidad y para mayor seguridad.
Archie torció la boca. Eso significaba que aún había peligro, todavía había alguien allá afuera queriendo matarlo, pero por qué.
El médico pidió a Elizabeth salir e hizo una nueva curación al pecho de Archie. Fue la primera vez que vio sus propias heridas y se horrorizó por lo grandes y profundas que eran, pero se tragó su incomodidad y dejó al galeno trabajar. Aun así, se preguntaba cómo explicaría en un futuro esas heridas.
—Debes tener hambre —dijo el médico una vez que terminó la curación.
—Tengo preguntas.
—No estoy autorizado para hablarte sobre los que te atacaron.
—Pero puede explicarme sobre ustedes, sobre lo que son.
El médico sonrió y jaló la silla hasta la cabecera de la cama.
—Sobre eso sí puedo hablar.
Anthony y Candy se reunieron con el jefe Joshua en su despacho. Ahí también estaban Elizabeth, Bill, Nicholas y el jefe de las patrullas de la manada.
—Su nombre es Stacy —dijo Anthony a todos—. Es hija de Dominic, el antiguo guardia de Richard Bennett.
Candy se cruzó de brazos, nerviosa por lo que aquello implicaba. Recordó que cuando Albert y Anthony habían negociado con el Bennett humano la entrega de sus bienes, el cambiante llamado Dominic los había amenazado y jurado que se arrepentirían por haber acabado con Rodrick y sus hijos.
—¿Te dijo dónde está su padre? —preguntó Elizabeth con voz gélida. Había peleado con la cambiante y la odiaba tanto como a su padre por haber atacado a Archie.
—No, y no lo hará. Los dos buscan venganza por lo que pasó con Rodrick y mi manada. Rastrearon a Archie porque se enteraron de que es mi primo y no es como nosotros.
—Anthony, ¿los demás están en peligro? —preguntó Candy pensando en todos los Andley humanos, Albert, Elisa, Neal, la tía abuela Elroy siendo los más inmediatos y, por supuesto, el padre de Anthony.
—Llamaré a Víctor para que envíe guardias con todos ellos, al menos los que fueron cercanos a mí —respondió Anthony compartiendo la misma preocupación de Candy.
—Dudo que el cambiante que queda, Dom —intervino el jefe Joshua— ataque a alguien más de tu familia tras haber fracasado con Archie y menos sabiendo que tenemos a su hija. Lo vigilaron durante meses, tienen paciencia para atacar.
—Es posible, pero no me arriesgaré —respondió Anthony.
—Tenemos que sacarle a esa mujer el paradero de su padre —intervino Bill con las manos empuñadas en los costados—. Déjeme intentarlo, jefe —pidió al líder de su manada.
—Entiendo lo que quieres, Bill, pero no estás pensando con claridad. La venganza no es una estrategia inteligente —contestó el jefe Joshua.
—No se trata de venganza, jefe, sino de experiencia. Conozco los métodos que usaban en la manada de Rodrick y eso puede ser útil en este momento —argumentó mientras señalaba las cicatrices de su rostro.
—Jefe Joshua, si me permite —terció Anthony—, creo que Bill tiene razón. Él y yo conocemos de qué son capaces estos cambiantes y hasta dónde pueden llegar y podemos usar eso en nuestro favor. Déjenos intentarlo —solicitó mirando fijamente al jefe Joshua, al igual que Bill, que esperaba con impaciencia la autorización de su líder.
—Esto no se trata únicamente de la venganza de esos dos por el pasado —empezó a decir el líder de Pensilvania—, sino de una intrusión a mi territorio y el ataque a un humano que estaba bajo mi protección. Quiero la ubicación de ese cambiante y quiero cazarlo.
—Así se hará —aseguró Anthony.
—¿En algún momento vas a preguntar por tu primo? —preguntó Elizabeth con molestia a Anthony una vez que terminaron de armar una estrategia y vaciaron el despacho del jefe.
—Está estable y consciente —contestó Anthony, impasible.
—¿Y no te importa nada más? ¿No piensas verlo, hablarle? ¿Al menos acercarte a su habitación para comprobar por ti mismo que sigue vivo?
—No es momento —respondió Anthony.
—¿No es momento? —repitió Elizabeth, incrédula—. ¿Y cuándo será el momento? ¿Cinco minutos antes de que te vayas para que él no se entere nunca de tu presencia?
—¡Basta, Elizabeth! —intervino su padre antes de que Anthony respondiera o Candy pudiera pedir algo de paz entre ambos, pues notaba cuán tenso estaba Anthony—. Lo que el jefe Anthony decida sobre la situación de Archie no es de nuestra incumbencia.
—¡Pero Archie debe saber la verdad!
—Y lo hará cuando sea el momento —intervino Candy tomando a Elizabeth por los hombros—. El médico dijo que aún está débil y procesar nuestra naturaleza no es fácil para él, entiendo eso, así que hay que darle tiempo para que se recupere y pueda recibir otra fuerte noticia. Para Archie, Anthony está muerto y no podemos causarle más impresiones. —Elizabeth miró a Candy y la firmeza de su mirada suavizó, de momento, su ímpetu—. Piensa en Archie —fueron las últimas palabras de Candy y la cambiante no pudo contra eso.
Elizabeth pasó el resto de la tarde en la habitación de Archie. El médico hizo un excelente trabajo no solo con sus heridas, sino con sus dudas y ahora, con la mente más despejada, hacía preguntas más precisas a la joven.
—Entonces, todos en tu familia son ¿cómo dijeron? ¿Cambiantes?
—Mi familia inmediata, sí; pero hay varios parientes lejanos que son humanos.
—¿Cuántos como tú hay?
—No lo sé, miles, supongo. Hay manadas como la mía en todo el país, algunas más grandes que otras.
—¡En todo el país! ¿En todos los estados?
—En todos, aquí, en Indiana, en Montana, en Idaho, Oregon y Michigan.
—¡¿En Michigan?!
Archie se llevó una mano a la frente, sudorosa y caliente.
Elizabeth asintió. Aclararía todas las dudas de Archie y poco a poco hablaría sobre la manada de Anthony,
—Todavía tienes fiebre, será mejor que descanses —dijo Elizabeth remojando un paño con agua fría para dárselo a Archie. Él lo recibió con una mano y con la otra tomó la de la joven y una nueva corriente eléctrica le recorrió el cuerpo.
—Gracias por salvarme, Elizabeth —dijo mirándola a la cara con ternura. Sí, Elizabeth era una mujer con una fuerza extraordinaria e increíble naturaleza, pero ante los ojos de Archie también era una joven delicada y amable a quien le debía la vida y eso, nadie lo podía cambiar.
Elizabeth apretó la mano de Archie y esbozó una sonrisa. Las palabras del hombre calmaron la ansiedad que sentía al pensar en su posible rechazo, no solo a lo que ella era, sino al lazo que los unía.
—Ojalá hubiera llegado antes —contestó ella con pesar.
—No hablo del ataque —dijo Archie apretando un poco el agarre de la mano de Elizabeth—. Me salvaste de mi soledad.
Candy y Anthony fueron a la habitación que les habían preparado ya muy entrada la noche. Habían pasado horas recorriendo el terreno del jefe Joshua y reconociendo los vestigios del rastro que había dejado Dominic. La rubia se lamentó no haber llevado a Ray para hacer la tarea más fácil, pero sabía que su compañero y ella serían capaces de hallar algo útil.
Se cambiaron de ropa en completo silencio. Candy quitó los cojines de la cama y tiró de las cobijas para acostarse. Anthony salió del cuarto de baño con el cabello mojado, necesitaba refrescarse y el agua fría lo ayudó a despejar su mente.
Candy lo miraba ir y venir por la habitación, sumido en sus pensamientos y tenso. Cuando Anthony sacó su bata de dormir de la maleta, ella se le acercó y lo abrazó por la espalda.
—Háblame, Anthony —dijo Candy apretando el abrazo.
Anthony no respondió. Acarició los brazos de su compañera e inhaló su aroma.
—¿Qué es lo que más te preocupa de todo esto? —Anthony respiró profundo—. Archie está a salvo, lo he escuchado detrás de la puerta y se recuperará.
Le besó la espalda y Anthony se giró para verla de frente y acunarla en sus brazos.
—Me odiará cuando sepa que estoy vivo y lo que soy —dijo Anthony después de un largo y triste silencio.
—Archie no te odiará. Estará feliz de saberte vivo, igual que yo cuando te encontré —aseguró Candy.
Anthony negó con la cabeza.
—Lo conozco, no me perdonará el haberme alejado de todos. Yo… —Su voz se quebró—, rompí mi promesa.
—¿Cuál promesa? —preguntó Candy buscando la mirada de su compañero. Nunca lo había visto tan triste.
—Cuando éramos niños, después de que Stear y Archie quedaron bajo el cuidado de la tía abuela Elroy, los tres hicimos la promesa de estar siempre juntos. Sin importar qué, juramos mantenernos unidos y yo fui el primero en romper ese juramento.
—Anthony, lo hiciste para proteger el secreto de la manada. Te alejaste para protegernos de un poder que no controlabas.
—Archie no lo verá de esa forma, yo no lo haría.
Candy sonrió.
—Eso es porque los dos son obstinados, pero no rencorosos —le acarició la mejilla y lo besó—. Se alegrará de saber que estás vivo. Te lo he dicho siempre, Anthony, eres un milagro y nadie rechaza un milagro.
Los labios de Anthony se curvaron en una pesada sonrisa.
—¿Siempre tienes las palabras correctas? —preguntó con dulzura y ella asintió con orgullo.
—Vamos a dormir, tenemos poco tiempo —dijo Candy tomándolo de la mano para llegar a la cama.
Se acostaron de lado para seguir charlando.
—Hay algo importante que debes saber —dijo Candy después de escuchar cómo Anthony se quejaba por los reclamos de Elizabeth.
—¿Qué pasa?
—Archie y Elizabeth son compañeros.
Archie despertó sobresaltado. El efecto de los analgésicos había pasado y la herida del pecho dolía tanto que no podía moverse. Un sonido gutural salió de su cuerpo y buscó a tientas el frasco de medicina. Se tragó las pastillas y dejó caer la cabeza en la almohada.
La cabeza le daba vueltas. Su memoria iba y venía entre el pasado lejano y lo ocurrido hacía pocos días. Recordó a su hermano leyendo en voz alta historias y leyendas de Escocia sobre criaturas sobrenaturales, pero siempre fueron eso, leyendas. Recordó la tranquilidad que empezó a sentir después de conocer a Elizabeth y su familia; su vida estaba tomando un rumbo diferente al que siempre planeó, pero no le desagradaba porque él mismo lo había elegido. Él había escogido irse a Pensilvania, estudiar una carrera y, recientemente, la idea de quedarse definitivamente en el estado lo seducía. Lo seducía una inquieta y penetrante mirada que cambiaba de color, pero ahora su mundo había vuelto a cambiar. ¿Cómo se suponía que retomara su vida cuando había descubierto una nueva realidad? ¿Cómo ver a quienes se habían vuelto sus amigos de la misma forma? ¿Cómo, si en cualquier momento ellos podían convertirse en lobos, verdaderos lobos con la fuerza para matarlo de un tajo?
"Ella no me lastimaría".
Soltó un nuevo quejido de dolor y la perilla de su puerta se sacudió.
Se enderezó de la cama con dificultad y entornó los ojos en la puerta, esperando que alguien entrara, pero nada pasó.
—¿Hay alguien ahí? —El silencio fue la única respuesta y volvió a dejarse caer en la cama.
Candy despertó al amanecer. Se giró en la cama para ver a Anthony, pero estaba sola en el enorme lecho.
—¿Anthony? —lo enlazó mentalmente.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
Candy no recibió respuesta y se levantó de la cama.
—Anthony —volvió a llamarlo y la puerta de la habitación se abrió, permitiendo la entrada a su compañero—. ¿Dónde estabas? —preguntó con genuina curiosidad.
—Salí a correr un poco —respondió Anthony—. Las patrullas del jefe Joshua llegarán en cualquier momento para darnos su reporte y me uniré a la siguiente para rastrear a Dominic.
—No olvides que iré contigo —dijo Candy con resolución mientras se ponía el vestido y caminaba hacia él para que la ayudara a abrocharlo por la espalda.
—¿Estás segura? —preguntó Anthony detrás de ella, recorriendo con sus cálidos dedos la piel de su compañera.
—Creí que estaba decidido. No irás solo, necesitas que alguien cuide tu espalda y soy la única miembro de tu manada.
Anthony asintió. Candy tenía razón, era mejor que ella lo acompañara para tener una comunicación más efectiva, pero la idea de exponerla a un peligroso cambiante le desagradaba. Su instinto protector hacia su compañera era incluso más fuerte que su seguridad.
—Además, no puedo ir con Archie, no hasta que decidamos qué hacer —agregó Candy.
Era cierto, aún no habían decidido si se presentarían frente a Archie o no.
—Vamos —dijo Anthony depositando un beso fugaz en los labios de Candy y salieron juntos de la habitación hasta una sala de estar donde estaban reunidas las patrullas, el jefe Joshua y sus hijos.
—¿Cómo está Archie? —preguntó Candy a Elizabeth en cuanto la vio.
—Dormido todavía. Iré con él en cuanto termine la reunión —contestó Elizabeth mirando primero a Candy y después a Anthony—. Jefe Anthony, te debo una disculpa por cómo te hablé ayer —dijo con firmeza.
—Entiendo tus razones. —La detuvo Anthony levantando la mano—. Candy me dijo que Archie y tú son compañeros.
Elizabeth abrió mucho los ojos y asintió.
—¿Él lo sabe?
—No.
—Tiene mucha suerte de que tú seas su compañera —dijo Anthony.
—Y tú te llevas a un gran hombre —terció Candy tomando la mano de Elizabeth con cariño.
—Sólo espero que me acepte.
El rastro era confuso; había rastros recientes y viejos, pero no lo suficientemente fuertes como para poder seguirlos. Las patrullas de Pensilvania estaban hartas y cansadas de perder y encontrar el rastro sin sentido alguno. Anthony se concentró no en el rastro que dejaba el olor de Dominic, sino en el lugar donde éste aparecía.
—Está jugando con nosotros, dejó los rastros a propósito —dijo Anthony a Candy que lo seguía de cerca—. ¿Te has dado cuenta que aparecen en lugares donde el camino se bifurca?
—Lo que noté es un intenso olor a pescado.
—¿Pescado?
—Unos tres kilómetros atrás, ven. —Candy echó a correr y Anthony la siguió hasta una parte del bosque que se desviaba del rastro dejado por Dominic.
El olor a pescado fresco era tenue pero constante. Lo siguieron varios kilómetros y se detuvieron cuando el camino se volvió más transitado por los humanos.
—Esta es su ruta de escape, no hay duda —bufó Anthony.
—Sí, pero a dónde llegará.
—Lo averiguaremos, pero no así —contestó señalando con el hocico su forma lobuna—. Volvamos a la casa.
Archie almorzó en compañía de Elizabeth. Tenía un hambre voraz y vació los platos que se le presentaron.
—Disculpa mis malos modales, pero esto está delicioso —dijo Archie rascando con la cuchara hasta el último bocado de comida.
Elizabeth rio, satisfecha de que Archie se encontrara de mucho mejor humor y con más energía.
—Te traeré más si tanto te gustó.
—Creo que con eso fue suficiente, pero gracias.
Elizabeth retiró la charola de comida del regazo de Archie y la puso en una cómoda, cerca de la puerta.
Al voltear se encontró con Archie intentando ponerse en pie.
—Pero, ¡qué haces! —Elizabeth se acercó en dos pasos a él y lo sujetó de los hombros.
—Necesito levantarme.
—Todavía no es tiempo, ayer seguías inconsciente.
—Me siento mejor —respondió Archie haciendo un nuevo intento por moverse.
Elizabeth lo tomó del brazo y en lugar de obligarlo a acostarse, le sirvió de apoyo para que lograra su cometido.
Las piernas le temblaron y su rodilla flaqueó un segundo, pero logró mantenerse en pie y dar un par de pasos de la mano de Elizabeth. Hasta ese momento se dio cuenta del resto de golpes que tenía en el cuerpo, pero nada tan doloroso como la herida del pecho, así que no se quejó y siguió caminando por toda la estancia.
Las patrullas se reunieron en el jardín. Candy y Anthony les hablaron del rastro que habían hallado y un par de cambiantes dijeron que lo habían percibido con anterioridad, pero Pensilvania estaba llena de pescaderías, gracias al puerto.
—El puerto está lo bastante lejos como para que el olor persista —dijo Anthony—. Será mejor que inspeccionemos la ciudad y nos acerquemos.
—Tal vez su hija diga algo —intervino Bill.
—Podemos intentarlo —asintió Anthony ante la idea—. ¿Vienes? —preguntó a Bill y este asintió con decisión.
—Anthony —lo llamó Candy—, ten cuidado y no olvides quién eres.
—No somos como ellos —le respondió con firmeza, y la promesa no verbalizada de que Anthony no sería un bárbaro con Stacy la tranquilizó.
Candy permaneció con el resto de las patrullas y Nicholas.
—¿Crees que Archie recuerde algo más del ataque? —preguntó Candy al hijo del jefe y este se encogió de hombros.
—Podemos averiguarlo ahora —dijo enlazando a su hermana.
Había dado unas seis vueltas a la habitación y aunque se sentía agitado, sus piernas agradecieron el movimiento.
—Supongo que los planes para ir a nadar se cancelan —dijo Archie respirando profundamente y queriendo mantener su buen humor, pero no sabía todavía cómo iba a explicar a sus allegados las heridas que, claramente, nunca se irían—. ¡Qué tonto soy! En mi casa no saben dónde estoy y he faltado a la universidad no sé cuántos días.
Elizabeth negó con la cabeza y le dio un par de palmadas en el antebrazo para calmarlo.
—Nos encargamos de eso. Bill fue a tu casa y le pidió a tu mayordomo que preparara una maleta para un viaje corto. Le dijo que mi tío te había enviado a una encomienda de la empresa y lo mismo repitió en la universidad.
Archie levantó las cejas, sorprendido por las acciones de la manada y se preguntó cuántas mentiras tenían que inventar para proteger el secreto de su naturaleza, pero no dijo nada, sólo agradeció con la mirada.
Se acercaron a la ventana y Elizabeth corrió las cortinas para que entrara la luz del sol, eso ayudaría a Archie a levantar su ánimo y a recuperar el color de su piel, pálida por la pérdida de sangre y la fiebre.
Archie empezó a hablar de la agradable vista que tenían desde la ventana y echó una ojeada al jardín. Observó a un grupo de personas reunido abajo e intentó reconocer a alguno de los Barnes que conocía.
—El puerto… —murmuró Elizabeth y Archie volteó a verla.
—¿Disculpa?
Elizabeth parpadeó un par de veces antes de mirar a Archie; esbozó una sonrisa y se movió de manera que él lo hiciera en sentido contrario para darle la espalda a la ventana, no podía arriesgarse a que viera a Candy en medio del grupo de cambiantes.
—Archie, sé que es muy pronto y te juro que no quiero hacer esto —empezó a decir como si pidiera perdón antes de cometer una grave falta—, pero debemos hablar del ataque.
Archie se hizo para atrás, como si hubiera recibido un nuevo golpe en el pecho. Un sabor amargo le envenenó la boca.
—¿Qué quieres que te diga? —dijo después de tragar saliva.
—Todo, lo que sea que recuerdes. Puede ser importante para hallar al cambiante que te atacó.
—Fueron dos —respondió Archie sentándose con dificultad en el sofá que había cerca de la ventana—. Un hombre y una mujer. Oí la voz de ella, pero nunca le pude ver la cara.
—Ella ya está en custodia —explicó Elizabeth y se sentó al lado de Archie. Tenía una intensa necesidad por abrazarlo, y estar por lo menos así de cerca ayudaba a calmar la necesidad por su compañero.
—¿Y qué ha dicho ella? —preguntó Archie luchando con el nudo que se le formó en la garganta.
Elizabeth apretó los puños con rabia, algo a lo que Archie ya se había acostumbrado.
—Nada.
Archie asintió lentamente, como descomponiendo todo el significado que escondía esa simple palabra para entender qué había pasado esa noche y por qué él había sido la presa.
Un recuerdo que hasta el momento parecía vago, se hizo claro en la memoria de Archie: el instante en el que perdió el conocimiento, cuando los rostros de su primo Anthony y su hermano Stear se presentaron ante sus ojos. En ese momento supo que iba a morir y que ellos vinieran por él era lo que había esperado por años. Archie sonrió con discreción. Al parecer tendría que esperar más tiempo para volver a verlos.
Los sucesos de esa noche empezaron a aparecer como en una película proyectada en el cinematógrafo y Archie le relató todo a Elizabeth.
—La mujer dijo que alguien seguía otro rastro, supongo que se refería a ustedes. —Ella asintió—. El hombre dijo que debían matarme rápido porque no había tiempo.
Archie habló de los golpes que recibía mientras sus atacantes hablaban y cómo se burlaron de él por ser humano.
—Dijeron… —Archie se frotó las sienes y negó con la cabeza. Eso no tenía sentido, de seguro su mente lo estaba inventando, sobre todo si había alucinado con su primo antes de perder la conciencia. El cambiante no había pronunciado el apellido de su primo muerto.
—Perdón por obligarte a recordar —se disculpó Elizabeth tomándolo de la mano cubierta por el vendaje.
—Está bien, sabía que tenía que hacerlo. —Respiró profundo y siguió su relato, pero para ese momento Archie estaba más noqueado que despierto y todo era más confuso y distorsionado.
—Hazlo pronto —ordenó la mujer con súbito tono preocupado—. Creo que alguien más viene. Una cambiante, nada de qué preocuparse —añadió recuperando la calma—. Yo me encargo de ella.
—No te demores. Nos vemos en el Argo —ordenó el hombre.
—¿El Argo? —repitió Elizabeth las palabras de Archie que había escuchado a lo lejos esa última parte de la conversación entre sus atacantes y sólo hasta ese momento lo recordó.
—Creo que fue lo que escuché, pero no sé qué signifique —dijo Archie—. ¿Tú sí? —Ella negó con la cabeza—. Supongo que nada de esto te sirve, lo siento.
—No digas eso, averiguaré qué quiere decir y lo atraparemos.
Ambos guardaron silencio, sumidos cada uno en sus pensamientos. La mano de Elizabeth aún reposaba en la de Archie y él usó la que no tenía herida para cubrir la de la joven. Su toque era cálido, reconfortante. Le frotó el dorso y se sintió tranquilo por ese simple, pero íntimo gesto.
—¿Argo? —preguntaron todos a coro cuando Elizabeth les contó lo que Archie recordaba.
—¿Qué significa? —preguntó Candy ciñéndose al brazo de Anthony. Él tensó la mandíbula y negó con la cabeza.
—En definitiva, es un lugar —dijo Bill—, ¿pero dónde?
El jefe Joshua sacó un mapa del estado y lo extendió sobre su escritorio, todos se acercaron y empezaron a buscar en este alguna aparición de dicho nombre. Nicholas sugirió conseguir un registro con su tío el senador de todos los establecimientos en la zona que tuvieran ese nombre y el jefe estuvo de acuerdo.
Anthony observó también el mapa, pero sus conjeturas no se limitaron a la cartografía, sino a sus recuerdos…
—Héctor y Aquiles, a sus padres les gustan los clásicos.
—Sobre todo a mi padre, le apasiona la historia y la mitología griega, así que nos llamó como a los personajes más fuertes de la Ilíada y nos enseñó a ser tan fuerte como ellos.
—Es un barco —dijo interrumpiendo la conversación de los demás cambiantes.
Ellos lo miraron sin entender a qué se refería y Anthony empezó a hablar, seguro de lo que recordaba y de conocer bien a su viejo enemigo, Rodrick.
—Rodrick era un aficionado de la mitología, nombró a sus hijos como héroes griegos —dijo y Candy asintió—. Cuando tomamos la casa de Oregon había libros y esculturas referentes a la mitología griega. Dominic es uno de sus más viejos y fieles amigos, no me sorprendería que compartan la misma afición. —Se acercó al mapa y señaló el puerto—. El Argo es el barco en el que navegaron Jason y los argonautas para buscar el vellocino de oro y recuperar su trono.
—¿Crees que Dom quiera quitarte tu manada? —preguntó el jefe Joshua, sabiendo que dicho propósito sería una locura y una masacre más.
—No, lo único que él quiere es venganza, como bien me lo advirtió cuando Richard Bennett nos entregó a mi tío y mí sus bienes —contestó Anthony y se llevó una mano a la barbilla, rozando su incipiente barba.
—Un barco… eso reduce la búsqueda —dijo el jefe Joshua dirigiendo su mirada a la zona portuaria.
—Y explica el olor a pescado fresco que hallamos. Viene también del puerto —concluyó Candy.
—Pero no facilita su captura —intervino Nicholas—. El puerto tiene movimiento día y noche, los humanos notarán a cualquier cambiante que se acerque.
—Además de que advertirá nuestra llegada —secundó Bill.
—No lo hará —afirmó Candy y todos fijaron su vista en ella—. Hay una sustancia que oculta nuestro olor.
—Es cierto, ellos mismos la usaron —dijo Elizabeth recordando los días de asedio que había pasado con la manada de Anthony y cómo ellos habían destilado la sustancia tras varios intentos.
—¿Puedes hacerla? —preguntó Anthony a Candy.
—Si tienen todo lo que necesito, sí —respondió dirigiendo su mirada a Elizabeth, quien asintió de inmediato.
—Necesitamos un plan para acorralarlo —dijo el jefe Joshua—. Se defenderá con todo lo que tiene y debe estar pensando una manera de liberar a su hija.
—¿Qué haremos con ella? —preguntó alguien y todos guardaron silencio, pues la verdadera pregunta era ¿cuándo sería ejecutada?
—Será mejor que empiecen a destilar la sustancia —ordenó el jefe Joshua desviando la conversación al plan próximo a realizar—. Pide lo que necesites, Candy.
—En primer lugar, llamar a la manada. Debo rectificar la cantidad exacta de los componentes y allá me ayudarán con eso.
—En el consultorio hay un teléfono, vamos —dijo Elizabeth tomando el brazo de Candy para salir del despacho.
Después de que Candy y Elizabeth salieron, los demás se dedicaron a estudiar el terreno del puerto y a crear un plan de ataque.
Candy terminó la llamada con Ray y le enseñó a Elizabeth la lista de ingredientes que necesitarían. Ella la leyó y empezó a moverse entre el consultorio médico y la enfermería para buscar todo lo necesario. La preparación llevaría varias horas y ninguna quería perder más tiempo.
—¿Cómo se siente Archie? —preguntó Candy mientras trabajaban—. No hablo de su estado físico, ¿cómo ha tomado la idea de los cambiantes?
Elizabeth suspiró.
—No lo duda porque lo vio, pero tiene muchas dudas.
—¿Tiene miedo?
—No lo creo, pero parece receloso respecto al tema. Hay algo que no me ha dicho y no le he preguntado directamente para no presionarlo.
Candy asintió lentamente con la cabeza y vertió un líquido transparente en una solución para que hirvieran juntas.
—Candy —dijo Elizabeth titubeante—, se presentarán con él, ¿verdad?
Candy se mordió el interior de la mejilla. Ver a Archie y darle la noticia de que Anthony estaba vivo era lo que más quería, pero su compañero aún estaba indeciso.
La culpa era una terrible y cruel consejera y Anthony llevaba días escuchándola. Se sentía culpable por haberse ocultado de sus primos, culpable por haber sido justo años atrás con Dominic y dejarlo ir, y culpable porque éste había atacado a Archie para vengarse de él a través de una persona a la que quería y extrañaba tanto.
Candy no respondió a la pregunta de Elizabeth. Sabía que ella pensaba en lo que era mejor para su recién hallado compañero y Candy pensaba en proteger y apoyar al suyo, así que no habría un punto medio entre ambas y lo mejor era evitar una confrontación.
—Si no lo hacen, no podré crear un vínculo con Archie —sentenció Elizabeth—. No seré capaz de ocultarle la verdad de que Anthony está vivo y que tú estás a su lado. Es una mentira demasiado grande, incluso para los cambiantes que estamos acostumbrados a ellas.
—Lizzie, yo no sé qué decirte —dijo Candy con verdadera angustia ante la idea de que Elizabeth y Archie no pudieran estar juntos por culpa de ella y Anthony.
La habitación era enorme y sentía que su cuerpo era demasiado pequeño. Una angustiante inseguridad lo embargó y el mismo pánico que había tenido cuando el cambiante acercó su hocico para matarlo lo sacudió con violencia de la cama.
—Algo vale para Brower —escuchaba una y otra vez con esa siniestra voz.
—¡NO! —gritó con desesperación—. ¡ANTHONY NO!
Intentó moverse, tenía que salir de ese enorme lugar y advertir a Anthony, pero no podía; su cuerpo no respondía y el aire… el aire le quemaba los pulmones.
Una firme mano lo detuvo por el hombro y otra se posó en su frente, no era cálida, sino fría y húmeda. Archie lo percibió como un bálsamo y dejó de sacudirse por unos segundos, pero la voz, esa maldita voz seguía nombrando a Anthony y Archie no quería que su primo resultara herido como él.
—¡Anthony!
—Tranquilo, tranquilo, estoy aquí, hermano.
Una voz grave y familiar ahuyentó a la que amenazaba a su primo.
—La infección desató la fiebre.
Conocía esa otra voz, aunque no podía recordar de dónde, solo sabía que era bueno escucharla pues era igual de refrescante que la mano en su frente.
—¿Qué hacemos?
—Suministraré más antibióticos. Sigue refrescando su cuerpo, quítale la ropa si es necesario. Ahora vuelvo.
Anthony retiró las sábanas que cubrían a Archie y mojó un paño más grande para frotarle los brazos y la parte superior del pecho donde iniciaba el vendaje.
Archie deliraba, se sacudía en la cama y luchaba por erguirse, pero sus fuerzas no se lo permitían, pues ni siquiera podía abrir los ojos.
—Resiste, Archie —decía una y otra vez Anthony mientras buscaba más formas de mantener a raya la fiebre.
—Anthony —murmuraba Archie con dificultad, aunque él creía que gritaba.
—Aquí estoy, Archie, estamos juntos en esto. No te dejaré otra vez, te lo juro. Te lo juro por lo más sagrado que tengo.
Candy entró seguida de una angustiada Elizabeth. Colgó la bolsa de suero en la cabecera de la cama y tomó con fuerza el brazo de Archie para mantenerlo firme al momento de introducir la aguja que transmitiría el antibiótico.
Archie no percibió el pinchazo ni mucho menos sintió el líquido correr por sus venas. Su mente seguía luchando por levantarse, por combatir la siniestra voz que amenazaba a su primo, a su primo que oía con claridad.
Candy pidió a Elizabeth suplementos del consultorio y llamar al médico que se encontraba en la ciudad. Había leído el expediente y hablado con el galeno, pero necesitaba toda la ayuda posible. No dejaría morir a Archie.
—Dime que se repondrá, Candy —suplicó Anthony y eso partió el corazón de ella—. Archie no puede morir por mi culpa.
Candy rodeó la cama y se hincó al lado de Anthony, que no apartaba la mano de la frente de su primo para impedir que la compresa fría cayera con sus sacudidas.
—Escúchame, Anthony, Archie no va a morir. Él es tan fuerte como tú y yo, y nosotros no lo dejaremos ir.
Anthony cerró los ojos y tragó saliva. La mano en su mejilla lo hizo abrirlos.
—Esto no es tu culpa, Anthony Brower. Es culpa de Dom y lo encontraremos.
—Anthony —volvió a murmurar Archie y ambos voltearon a verlo.
Archie abrió los ojos por unos segundos y miró a Anthony, pero estaba exhausto y los párpados le pesaban.
Despertar con un nuevo dolor ya no era novedad.
Archie abrió los ojos y buscó de inmediato aquello que le causaba dolor en el brazo. Vio la aguja incrustada en su piel y siguió el camino de la vía hasta el suero que colgaba en la cabecera. Abrió y cerró los dedos para aliviar la tensión. Tragó saliva y la resequedad de la garganta lo lastimó. Apretó los ojos y giró la cabeza hacia el lado contrario del suero.
—Elizabeth —dijo tan pronto la reconoció.
Elizabeth había velado su sueño todo el día y con los ojos llenos de lágrimas se hincó junto a la cama en cuanto oyó su nombre.
—¡Oh, Archie! —intentó controlar los sollozos—. Creí que te perdía otra vez.
—¿Qué pasó?
—Tuviste una recaída. La infección aún no desaparece y tuviste fiebre por varias horas.
Elizabeth tomó la mano libre de Archie entre las suyas y la besó. Archie cerró los ojos con una discreta sonrisa en los labios. Eso se sentía bien.
—Agua, por favor.
—¡Claro!
Elizabeth le soltó la mano y tras servir un vaso de agua, lo ayudó a beber.
—¿Cómo te sientes?
—Cansado y… tuve un sueño extraño.
Elizabeth acarició su frente con cautela y le acomodó el cabello. Archie no rechazaba su contacto y eso la animaba a seguir.
—¿Una pesadilla?
—No. —Sonrió—. Soñé a mi primo Anthony.
El semblante de Elizabeth se tornó serio. Candy había dicho que Archie estaba inconsciente y demasiado débil para reconocerlos, aun cuando había abierto los ojos, pero, al parecer, se había equivocado.
—Murió hace años en un accidente de caballo —explicó Archie—. Es curioso lo mucho que he pensado en él estos días. —Sonrió con pesar—. Tal vez esperaba verlo pronto.
—¡Verlo!
—Dicen que cuando morimos, vemos a nuestros seres queridos que murieron antes.
Elizabeth se soltó a llorar desconsoladamente ante esas palabras. Le daba pánico la posibilidad de que Archie muriera y le dolía que él estuviera tan conforme con esa idea, pues quería decir que, a pesar del tiempo transcurrido y sus propios esfuerzos, él no era feliz.
—¡Ey, qué pasa! —dijo Archie con gentileza apretando la mano de Elizabeth que no había soltado la suya. Ella negó y no dijo nada. Archie limpió las lágrimas que corrían por el rostro de la joven y sintió una opresión en el pecho, como si la angustia de Elizabeth se traspasara a su cuerpo.
—No quiero que mueras —sollozó Elizabeth.
No podía incorporarse de la cama, pero Archie intentó enderezarse un poco para poder hablar.
—Escúchame, Lizzie —dijo con dulzura y, por primera vez, el diminutivo de su nombre. Ella parpadeó varias veces para ahuyentar las lágrimas y sus ojos cambiaron de color—. No voy a morir, no ahora. He sobrevivido al ataque de un lobo, ¡de un cambiante! y acabo de despertar del ataque de un virus en mi cuerpo. Creo que es prueba suficiente de que no te desharás de mí tan pronto.
—¡Oh, Archie! si tan sólo supieras —dijo abrazándolo con sumo cuidado para no lastimarlo.
Archie rio y acarició el cabello de Elizabeth que ese día usaba en una coleta alta. No quería morir, quería vivir, vivir en Pensilvania al lado de los cambiantes, al lado de Elizabeth. Al darse cuenta de sus deseos, Archie apretó el abrazo y rezó porque eso fuera posible.
—Háblame de tu primo, ¿qué soñaste? —preguntó Elizabeth tras recuperar el aliento.
Archie arrugó los ojos y las palabras dichas por el cambiante que lo había atacado se volvieron nuevamente claras: "algo vale para Brower". Pero también volvieron a su memoria, aunque de forma menos clara las de una voz lejanamente conocida: "estoy aquí, hermano" y "estamos juntos en esto. No te dejaré otra vez".
Le contó a Elizabeth sobre ambos recuerdos y antes de que ella pudiera decirle algo, Archie atribuyó todo al delirio y al miedo de morir.
Pocos minutos después, Archie volvió a quedarse dormido y Elizabeth regresó a su asiento, en la silla junto a su cama. El suero estaba por terminarse, pero el médico había dicho que debían ponerle más, así que salió por otro.
Al abrir la puerta se sobresaltó al encontrarse con Anthony y salió deprisa para cerrar y evitar que Archie viera a su primo.
—¿Cómo está? —preguntó Anthony con una fingida calma mientras se apartaba de la pared en la que se hallaba recargado.
—Volvió a quedarse dormido —respondió con voz tan baja que, aunque Archie hubiera estado despierto, no la habría escuchado—. Y piensa en ti. En medio de sus delirios fue capaz de reconocerte.
Anthony asintió, lo había escuchado detrás de la puerta pues no se había movido en toda la tarde de ahí.
—Necesito tu ayuda, Elizabeth.
—¿Estás seguro?
—No puedo retrasarlo más. Quiero que él lo sepa, aunque después…
—Nos perdonará —dijo Candy refugiándose en los brazos de Anthony—. Archie nos perdonará —murmuró mientras esperaban fundidos en un abrazo cerca de la puerta.
—Hace cuatro años, la manada de Oregon atacó a la de Michigan para hacerse de su territorio. El líder de Michigan y aliado nuestro, ganó esa batalla y se apropió por legítimo derecho de la manada de Oregon. Recibieron a los miembros que quisieron unirse y perdonaron la vida de aquellos que no, permitiéndoles irse y seguir con sus vidas como lobos solitarios o como quisieran. Uno de esos lobos solitarios juró vengarse del jefe de Michigan y después desapareció.
«Hace unos meses, poco antes de conocerte y de que te unieras a la empresa Barnes, una cambiante empezó a invadir nuestro territorio y ya te expliqué que eso es una gran ofensa para nuestra especie. La rastreamos tanto como pudimos, pero siempre lograba escaparse y nunca hallamos huella de que tuviera un cómplice. No lo supimos hasta la noche en que te atacaron. Se trata de padre e hija y del mismo cambiante que juró vengarse del jefe de Michigan».
—No entiendo, Elizabeth, qué tiene que ver la historia que me cuentas con que esos dos cambiantes me hayan atacado —dijo Archie con una contrariada expresión.
—¡Oh, Archie! ¿Es que no lo ves? Ese maldito te lo dijo. Te dijo que tú eres alguien importante para el líder de la manada de Michigan —respondió Elizabeth cada vez con más nerviosismo.
—¿Y qué, solo porque soy de Michigan, ante los ojos de ese hombre debo morir? ¡Yo no soy responsable de lo que ese otro líder haya hecho con su manada! ¿Por qué tengo que pagar yo por las atrocidades que hizo un desconocido?
—Archie, déjame explicarte.
—Sí, explícame porque desde donde yo lo veo, el único que tiene que morir para pagar por lo que hizo es ese desconocido jefe de Michigan.
—¡Basta, Archie, escúchame! No digas cosas de las que luego te arrepentirás. —Archie se impacientó—. El jefe de Michigan, el jefe Brower es tu primo Anthony —soltó Elizabeth ya sin titubeos.
La puerta se abrió en ese instante y dio paso a una imponente figura que no podía ser otra cosa que un fantasma.
—¡Anthony! —gritó Archie y una segunda persona tan imposible como la primera apareció detrás—. ¡Candy!
"Es una pesadilla".
Se estaba volviendo loco. No era cierto. Era una alucinación más. Otro delirio, sí eso era.
La mano de Elizabeth enlazada a la suya era la única prueba de que no estaba soñando. Era real, pero no podía serlo.
Hizo un esfuerzo titánico por levantarse de la cama, pero su estúpido cuerpo no reaccionaba a la misma velocidad que sus intenciones y Elizabeth lo retuvo con fuerza.
Las dos figuras se acercaron al pie de la cama. Un hombre alto, ancho de hombros y con un rostro más maduro que el que recordaba de su primo Anthony lo miraba impasible. La mujer a su lado, tomada de su mano, lo observaba con ojos llorosos, pero contenía las lágrimas y estas no caían por sus mejillas.
—Archie. —Desvió la mirada hacia Elizabeth—. Es tu primo Anthony.
Volvió la vista hacia aquellos dos impostores y negó con la cabeza, queriendo borrar la imagen que tenía frente a sí.
—Es cierto, Archie —habló por primera vez el hombre.
La misma voz de su delirio.
—Soy yo, Anthony.
Las explicaciones eran absurdas, una torre de mentiras y engaños. El hombre aseguraba ser su primo, repetía que no había muerto de la caída del caballo gracias a su naturaleza cambiante. También decía que no se había acercado a ellos para protegerlos, porque era un muchacho asustado por el poder que había adquirido; un poder heredado de su madre y que también significaba un secreto que guardar.
¿Y ella? Ella lo supo y no tuvo la humanidad de contarle que su primo estaba vivo. Todo lo contrario, había disfrutado del secreto y vivía a su lado, burlándose de todos aquellos que lo creían muerto.
—O sea que, si no me hubieran atacado por tu culpa, tú nunca te habrías dignado a aparecer —le recriminó Archie a Anthony cuando intentó explicarle el porqué de su silencio.
—No tenías que saberlo —dijo Anthony con aplomo. Sí, se sentía culpable y el remordimiento era tan fuerte como los primeros años, pero había actuado de la forma correcta para con su manada y su naturaleza y de eso no se arrepentía.
—¿Y tú, Candy? Por primera vez en tu vida, cuando menos tenías que serlo, decidiste ser egoísta y callar.
—¡Detente, Archie! No le hablarás así a Candy —gruñó Anthony y la furia de su voz hizo retroceder a Archie, aun estando sentado en la cama. Elizabeth se levantó abruptamente y sin soltar la mano de Archie, lanzó una furiosa mirada a Anthony.
—¡Cálmense todos! —exclamó Candy y la habitación se sumergió en un terrible silencio.
—Váyanse —dijo Archie clavando su mirada en Anthony.
—¡Archie! —susurró Elizabeth.
—Váyanse, ninguno de ustedes deseaba decirme la verdad ni mucho menos verme. Pues bien, yo tampoco quiero verlos.
—Por favor, Archie —intentó decir Candy.
—No, Candy. Ya bastante me involucraron en sus problemas y también a la familia de Elizabeth. Casi muero por culpa de ustedes —remató y sus palabras se clavaron en Anthony.
—Atraparemos esta misma noche al cambiante que te atacó —dijo Anthony fríamente—. No volverás a saber de nosotros.
—Eso espero —contestó Archie en el mismo tono seco e indiferente.
*Continuará...*
Queridas lectoras:
Gracias por sus lindos comentarios sobre esta última historia de nuestros cambiantes. Espero que les haya gustado este capítulo y sepan perdonar y entender a Archie.
Gracias a:
Anónima: Hola, no sé tu nombre, pero gracias por apoyar que Archie y Annie no estén juntos, yo soy fiel seguidora de esa idea, jaja. Mil gracias por tu tiempo y tu comentario.
Luz Mayely Leon: Hola y gracias por seguir en esta historia, ojalá te guste.
Cla1969: Hola, qué gusto leer tu comentario. Tenías razón en quién fue nuestro villano y en la reacción de Archie! Espero que te gustara esta continuación.
Maria Jose M: Hola, qué alegría leer tu comentario. Gracias por los ánimos y tu atenta lectura. Sobre todo, gracias por aceptar a mi Lizzie como pareja de Archie. No quiero reabrir el debate, pero ya ves que a mí Annie no me late jaja. Por otra parte, creo que de los tres paladines es el que más ha sufrido al haber tenido que enterrar a sus dos hermanos, como dices, es un dolor del que no se sale y el personaje merece demostrar esos tristes sentimientos. Espero que el capítulo te haya gustado.
GeoMtzR: Hola, agradecida como siempre por tus comentarios. Archie y Anthony ya se reencontraron, pero no fue fácil y de seguro el elegante todavía hará batallar al jefe Anthony para ganar su perdón. Mientras eso pasa, espero que disfrutes de este capítulo. P.D. ¡Ya vi que tienes una nueva historia! Juro solemnemente que en cuanto acabe con unos pendientes me pongo al corriente.
Marina777: Hola, pues Archie ya sabe de Anthony y ahora le toca entender y perdonar, a ver si no se pone muy difícil en eso. Ojalá te haya gustado el capítulo y muchas gracias por tomarte tu tiempo de comentar.
Julie-Andley-00: Hola, muchas gracias por tu comentario, espero que te guste la continuación y se resuelvan dudas.
Nos leemos pronto
Luna
