El aroma de Rosamund
Capítulo 3
Se dio cuenta de que recobraba la conciencia, aunque era incapaz de abrir los ojos. No recordaba como había llegado a esa situación y se concentró en hacer un balance de lo que podía sentir: Estaba en el suelo, boca abajo, con el rostro girado a la derecha, el brazo izquierdo bajo su torso sin apenas sensación, el derecho estirado ante él, entumecido. Había un fuerte olor acre a vómito, posiblemente suyo, las piernas dobladas como si hubiesen quedado atrapadas al intentar ponerse de pie, y un dolor de cabeza punzante que parecía atravesar su cerebro. Guardó silencio a pesar de que un gemido se abría paso por su garganta, la prioridad era recuperar la claridad de pensamiento e intentar orientarse en donde estaba. Durante un minuto se concentró en respirar, regulando el loco latido del corazón, ignorando el olor lo mejor que podía. A su alrededor el sonido que llegaba era el de la ciudad, los vehículos, voces apagadas, no lejos, pero evidentemente tampoco cerca. Cerró la mano derecha, y el dolor estalló, definitivamente algo roto allí, y esta vez fue incapaz de reprimir el gemido, parpadeando apenas a la luz mortecina del atardecer. Arrastró las rodillas bajo él y puso las pocas fuerzas que tenía en darse la vuelta para estar sobre su espalda, lo que hizo que la cabeza diese vueltas amenazando una vez más con nauseas. Consiguió mantener los ojos abiertos por al menos dos segundos y ver lo que lo rodeaba. Sobre él, el cielo nublado de Londres que era visible en los confines de un callejón, donde aparte de sus propios detritos olía a basura y terminaba una escalera de incendios. La segunda vez que abrió los ojos, con la visión un poco más clara, distinguió los contornos del fondo de la calle, donde fluía el tráfico. Lo sobresaltó el sonido de un móvil (el suyo) que zumbaba en sus pantalones, mientras las sirenas se la policía parecían acercarse. Con torpeza intentó alcanzar el teléfono, pero sentía su cuerpo pesado y lento, sin poder hacer nada cuando dejó de sonar. Comenzó a sonar de nuevo insistentemente, resignándose a esperar que su cuerpo respondiese para poder descolgar.
Definitivamente el sonido de las sirenas estaba cada vez más cerca, haciendo el dolor de cabeza insoportable con los sonidos combinados. Intentó sin éxito incorporarse cuando el chirrido de un frenazo se oyó a escasos metros.
–Aquí el agente Simmons, he localizado a un individuo que corresponde con la descripciógritó un oficial de policía a la radio, acercándose hasta donde estaba–. ¿Watson? ¿Es usted John Watson? –El policía se arrodilló junto a él, poniendo una mano sobre su pecho para que dejase de moverse–. Señor ¿puede oírme? –John asintió cerrando los ojos. – ¿Es usted John Watson? –Volvió a asentir.– ¿Y su hija, señor Watson?
Los recuerdos lo inundaron violentamente. Rossie, la guardería, el camino a casa, la furgoneta…
–¡Oh Dios….!
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Sherlock ignoró el teléfono por tercera vez. Se encontraba en el laboratorio del Bart's, ayudando a Molly con los análisis de tóxicos de un caso de Dimmock. Parecía una simple intoxicación alimentaria múltiple que no le había llamado la atención, pero al acudir a la patóloga para solicitar un riñón para sus propios experimentos, la encontró inmersa en el trabajo y se había ofrecido a ayudar. Molly se había parado en seco, mirándolo como si le hubiesen crecido dos cabezas, hasta que Sherlock se dignó a usar frases completas tal y como John le había aconsejado cuando su comportamiento dejaba de ser el grosero habitual.
–Aburrido –dijo como explicación–, y si estas ocupada no me darás lo que necesito.
–Por un momento creí que realmente querías ser amable –contestó ella sonriéndole apenas.
–¿Y destruir mi reputación? –esta vez la sonrisa de Molly fue genuina–. Realmente no me importa un poco de trabajo de idiotas, te ahorraré horas de trabajo tedioso.
Durante más de una hora, Molly y Sherlock habían trabajado en un cómodo silencio, con la eficacia de dos personas que han compartido el espacio muchas veces. El teléfono de Sherlock había sonado, ignorándolo al no ser ninguna de las personas importantes a las que había asignado tonos personalizados. Debía ser algún cliente y no hablaría con nadie hasta que John no estuviese con él después de recoger a Rossie. Tratar con las personas era esencialmente el área de John. En la tercera llamada que había ignorado, Molly se quejó.
–Puede ser importante.
–Insistirá.
Un minuto después sonaba la entrada de texto. Esta vez Sherlock dejó el microscopio y acudió al móvil. Las tres llamadas eran un número desconocido, el mismo que el mensaje entrante. Al abrirlo se congeló: Era una imagen de John, en un callejón, inconsciente o muerto. Una llamada entrante volvió a sonar y Sherlock descolgó.
–Ah, señor Holmes, parece que ahora sí tengo su atención.
–Si le ha hecho daño lo encontraré y lo mataré –el tono de Sherlock fue frío y Molly se tensó acercándose a él.
–No, señor Holmes, no le hecho demasiado daño –en el fondo Sherlock escuchó a Rossie llamarlo entre sollozos–. Tengo a esa pequeña cosita linda. Tiene dos días para traerme a Rosamund Clifford, si pasado ese tiempo no puedo intercambiarla, puede decirle a su novio que se olvide de la niña.
La llamada se cortó. Sherlock mantenía el teléfono en su oreja, sin poder dejar de oír los sollozos en segundo plano de Rossie. Había una presión que le impedía respirar en el centro del pecho. Cuando Molly lo tocó algo se rompió y el aire por fin entró en sus pulmones, quemándolo.
–Sherlock, ¿qué es?
–Mary.
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John no contestaba al teléfono, Molly seguía insistiendo sentada en la parte trasera del taxi mientras Sherlock junto a ella gritaba a Lestrade. Después de localizar el teléfono de John, Sherlock había llamado al D.I. para gritarle la ubicación y pedirle que mandara a alguien a verificarlo. Cuando le preguntó por qué debía hacer eso, Sherlock le reenvió la imagen.
–Se han llevado a su hija –dijo, manteniendo un tono duro.– Estoy en camino. Si no está allí, llámame.
Cortó y volvió a llamar esta vez a Mycroft. Sabía que había regresado hacia unas horas de Luxemburgo, por lo que no lo derivaría.
–Sherlock...
–Se han llevado a la hija de John –dijo antes de que Mycroft dijese una palabra.–. Quieren a Mary, en dos días.
–¿Y el doctor Watson?
Reenvió la imagen a Mycroft.
–Si leo bien los interceptaron cambio de Baker Street, incapacitaron a John y se llevaron a su hija para presionarlo. Creen que John sabe dónde está Mary o cómo localizarla. Lestrade ha enviado agentes a la ubicación del móvil para verificar si está allí. Necesito que me digas dónde tomaron la foto si no lo encontramos.
–En ello. Sherlock, Rosamund…
Se hizo el silencio entre ambos, Sherlock cerró los ojos con fuerza, intentando que dejar de oír la voz de Rossie.
–La encontraré.
–No hagas nada drástico –dijo Mycroft, en un todo que Sherlock conocía bien, en el que su hermano ya estaba poniendo en marcha sus propios recursos–. Permíteme un par de llamadas.
–¿Qué?
–Hablare con el D.I. Lestrade, cuando tengas al doctor Watson localizado, te enviaré la dirección donde nos reuniremos.
–Mycroft…
–Confía en mí, Sherlock.
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John estaba sentado en la parte de atrás de la ambulancia, con una manta naranja sobre los hombros mientras un enfermero vendaba su mano derecha. Lestrade estaba junto a él con una botella de agua y el rostro desencajado cuando Sherlock saltó del taxi antes de que frenase por completo. Tras él, Molly se quedó a pagar antes de seguirlo a la carrera. Cuando John levantó la cabeza y lo miró sus ojos parecían estar muertos. Sherlock se detuvo a un metro de él, apretando los labios y las manos en puños, leyendo en él lo ocurrido.
–Lo hemos encontrado… –comenzó Greg.
–Cállate –ladró Sherlock permaneciendo inmóvil, sin apartar los ojos de John–. ¿Quieres que la encuentre o que me lamente contigo? –Fue un minuto lo que John tardó en cerrar los ojos y alzar los hombros. Cuando los abrió de nuevo había una emoción que Greg no entendió. – Tu hija, John, ¿cómo se la han llevado?
–Íbamos… caminando a casa… el cruce de Glowcester, una furgoneta paró en el paso de peatones… Había dos hombres detrás de nosotros que no había visto, uno sujetó a Rossie y tiró de ella hasta meterla en la furgoneta... yo… yo… no la solté... me empujaron dentro y se puso en marcha…
–El que sujetó a tu hija, ¿algo distintivo que puedas recordar?
–Chaqueta de cuero, gorro de lana… entre veinte y veinticinco. No… no pude golpearlo, tenía a Rossie. Había dos más en la furgoneta, y una mujer. Le dieron a Rossie para que la callara y me sujetaron… Golpeé a uno de ellos, le rompí la nariz, después… me inyectaron algo… Rossie me llamaba…
–La furgoneta, John.
–Blanca, sin marcas, de reparto.
–¿Algo inusual?
Sherlock y John se miraron, John apretando la mandíbula.
–Olía a tripas de pescado.
–Bien. Lestrade, ¿crees que tu gente será capaz de conseguir las imágenes de alguna cámara de ese cruce?
–Nos ponemos en ello –miró a los dos hombres que aún seguían mirándose.– Mycroft os verá en Baker Street, os acercaré.
–Bien.
Lestrade se alejó comenzando a repartir órdenes para que se tratase la escena y los dejó allí con la compañía del enfermero. Cuando terminó con la mano de John, éste se puso en pie como si le hubiesen caído veinte años en unos minutos. Sherlock dio un pequeño paso, acercándose para dejar un ligero toque en la sien de John donde la piel había sido maltratada por el asfalto en el que había sido arrojado. El médico dejó que su mano sana se apoyara durante un segundo en la cadera de Sherlock bajo su abrigo.
–Voy a encontrarla –siseó Sherlock en un susurro sólo para él.
–Lo sé, –John no apartó los ojos, enderezándose como lo hizo un año atrás en Sherrinford, con la determinación de no dejarse caer–, y no te atrevas a pensar que voy a permitirte que me dejes atrás.
–Lo sé.
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Sally Donovan, a pocos metros de allí, vio el intercambio de los dos hombres, aunque no pudo oír lo que se decían, sin embargo, sintió que estaba invadiendo una intimidad que no le correspondía ver. Al apartar os ojos se encontró con Lestrade que la observaba.
–No la ha llamado por su nombre ni una sola vez –dijo la sargento frunciendo el ceño.– Lo he visto con esa niña y creo que tiene algún tipo de apego por ella. ¿No puede darse cuenta de que su padre necesita que lo apoye en este momento?
–Sally, –Lestrade encendió el tercer cigarrillo en los últimos diez minutos–, si uno de mis hijos estuviese en esa situación, te aseguro que no te quiero diciéndome lo bien que va a salir todo o cómo vas a hacer todo lo posible para recuperarlo. Quiero que seas la perra que no suelta un caso de secuestro aunque tenga que patear cada culo del puto Scotland Yard para dar con el culpable. John no necesita al padrino de su hija, ni a su amigo o lo que sean, necesita a Sherlock Holmes, centrado en un caso y en todo lo que pueda llevarlo hasta quienes lo han hecho. John lo sabe, lo conoce mejor que nadie, y aunque no lo entienda por completo sé que Sherlock será más capaz de encontrarla si deja de lado el apego o cualquier otra emoción que sienta por Rossie.
–¡Pero no es una máquina! –contestó Sally sin saber muy bien si lo estaba defendiendo o no.
–¿Al fin te diste cuenta?
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En Baker Street Mycroft había montado una sala de operaciones. Tres personas, cada una de ellas con un ordenador, ocupaban la mesa de la cocina y el escritorio. Greg vio en una de las pantallas imágenes de las CCTV de la ciudad, mientras en la pared sobre el sofá se estaban colgando las fotografías de once personas. La de una Mary Watson adolescente estaba aparte y parecía mirarlos a todos con una sonrisa.
–¿Quiénes son? ¿MI5? –pregunto Lestrade al ver los hombres, mirando de reojo a Mycroft.
–Detective Inspector –saludó Mycroft con seriedad–, son mi seguridad personal. Anthea ha limpiado mi agenda para las próximas 60 horas si fuese necesario. John, Sherlock. Hemos rastreado el localizador de Rosamund, pero nos ha llevado hasta una furgoneta que se encontraba en llamas en ese momento .
–¿Localizador? –John saltó, apartando los ojos de la imagen de su difunta esposa para mirar a Mycroft, confundido...
–El de Winnie the Pooh –dijo manteniendo el rostro serio–. Asumo que se habrán desecho de cualquier prenda que pueda ser identificada. Si como dices había una mujer cuando se la llevaron, no tienen intención de dañarla….
–¿Tienes un localizador en el peluche de mi hija? –John parecía incapaz de encontrar las palabras, apretando cada vez más manos en puños.
–En los que suele llevar a la guardería, y al menos tres en los zapatos ¿me equivoco? –Respondió Sherlock en un tono más suave de lo que Mycroft había esperado en su hermano.– Desactivados, pero si surge algún contratiempo se pueden activar y ayudar en el rastreo. Tú y yo tenemos tambien alguno encima, ¿no es así, Mycroft?
El silencio se hizo en la sala de estar del 221B hasta el punto de que fue audible la respiración contenida de los agentes.
–¿Qué será lo próximo, Mycroft? ¿Vas a inocularnos un chip? –John alzó las cejas haciendo un esfuerzo por controlarse.
–Pensaba en un pendiente para Rosamund cuando decida si quiere perforarse los lóbulos. Tenemos una variedad aceptable de modelos…
–¿Hablas en serio? –Greg se acercó a Mycroft frunciendo el ceño–. ¡Dios, Myke, necesitas salir un poco más de ese agujero donde trabajas!
En aquel momento la señora Hudson llegó a la sala de estar llevando una bandeja con sándwiches y protestando por la cantidad de gente que había en el piso. Detrás de ella venía alguien que hacía mucho que no pisaba Baker Street y que había sido convocado por Sherlock desde el coche de Lestrade.
–Hola, Shezza– Bill Wiggins miró alrededor de la habitación, saludando a John con un asentimiento de cabeza.– ¿Para qué soy bueno esta vez?
–Necesitamos localizar a esas personas –digo Sherlock señalando las fotografías de la pared–. Te enviaré las fotografías. Tengo cincuenta libras para cada persona que pongas a trabajar, sin límites. Se han llevado a la hija de John, una o varias de estas personas están en Londres y quieren hacer un intercambio en treinta seis horas. Cuando encontréis a cualquiera de ellos, seguidlos. Quiero direcciones, quiero saber con quién hablan, dónde comen, dónde duermen….
–Y supongo que si alguien ve a la cría no la sacamos.
–No. –Sherlock miró a John que seguía haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse en calma. –La pondríamos en un peligro innecesario, por lo que sabemos, no quieren hacerle daño.
Sherlock entró en su habitación y unos segundos después salía para entregar a Wiggins un abultado sobre, quien se dio la vuelta para marcharse cuando Lestrade lo detuvo por el brazo.
–¿No necesitas una fotografía de Rossie?
–Con mis respetos, jefe, todos conocemos a la hija de Holmes.
