Hola de nuevo, perdón por el retraso. Como ya dije una vez, nunca dejaré una historia si terminar,

así que si estás de nuevo aquí, gracias por la paciencia.

Mil gracias a Altariel de Valimor.

El AROMA DE ROSAMUND

Capítulo 5

La Sargento Detective de Scotland Yard Sally Donovan estaba en pie mirando a su alrededor y viendo como el equipo forense recogía las etiquetas del suelo y desmontaba la carpa bajo la que había trabajado recopilando cualquier evidencia del esqueleto chamuscado de la furgoneta que se había llevado a Rosamund Mary Watson horas atrás.

Llevaba nueve horas detrás de cualquier indicio que poder aportar para no perder la esperanza de que este caso, que tocaba tan cerca, terminase pronto y bien. Había comenzado en el callejón donde habían encontrado a John Watson. Un lugar cerca de una carretera principal, pero tan estrecho y oscuro que desde la entrada no se habría distinguido el bulto que el médico era, tirado en el suelo, a menos que alguien entrase a buscarlo. No había ventanas que diesen al callejón, ni puertas traseras, sólo ventanas pequeñas junto a las escaleras de incendios de dos edificios. El callejón no tenía salida, por lo que quien fuera que lo dejó, simplemente entró marcha atrás, abrió las puertas traseras y lo arrojó al suelo, saliendo por el mismo camino, deteniéndose sólo el tiempo suficiente para tomar la foto que habían hecho llegar a Sherlock. Tenía la confirmación de que el vehículo era la misma furgoneta que ahora iban a llevarse al garaje de Scotland Yard para un examen más profundo. No sabía cómo, pero ya se había reconstruido el trayecto del vehículo desde que fue robado la noche antes de la parte de atrás de un restaurante japonés especializado en sushi. Lo que habitualmente con suerte llevaba días se había hecho en sólo unas horas.

Después de pasar por el cruce donde se llevaron a los Watson, Donovan tenía solo las habituales declaraciones donde nadie había visto u oído nada. Al menos media docena de agentes había entrado en los comercios haciendo preguntas, y excepto una mujer que no estaba segura de lo que había visto, no había nada de lo que tirar. Fue allí donde la encontró la mujer llamada Anthea. Sally la había visto en ocasiones en el Met, haciendo recados para el enigmático hermano de Sherlock u ocupándose de arreglar algunos de los despropósitos del detective consultor. Había salido de una elegante limusina negra para dirigirse a ella con paso decidido.

–Sargento Donovan –le puso en las manos un iPad en una cara funda negra que Sally cogió por inercia. –Póngase en contacto con Lestrade a la mayor brevedad, tiene instrucciones para usted.

Sally había sentido el impulso de mandarla a la mierda por la suficiencia con la que le había hablado, pero cuando quiso responder la mujer ya estaba subiendo una vez más al coche de lujo. Sally había llamado a Lestrade un momento después, quien descolgó al segundo tono.

–¿Desde cuándo Moneypenny se encarga de tus recados, jefe?

–Se llama Anthea, lo sabes.

–Dudo que se llame Anthea. Me ha dicho que tienes instrucciones.

–Te veo donde encontraron la furgoneta, y trae ese jodido iPad.

Sin más explicaciones Lestrade cortó la llamada, dejando a Sally aún más confundida. Sabía por los años de experiencia que a veces era mejor obedecer y hacer las preguntas después, y en estas circunstancias en las que prácticamente todo el equipo de Lestrade estaba emocionalmente implicado, era un alivio dejar que las decisiones las tomasen otros.

En los dos últimos años, Rossie Watson había sido una presencia constante al lado de Sherlock y John cuando aparecían fuera de las horas de guardería, ya fuera en las escenas del crimen o en el Met. Nunca la habían expuesto a un escenario delicado, turnándose para hacerse cargo de ella, usando un lenguaje poco explícito para sus observaciones, y a veces, cuando ser sutil era imposible, siempre había algún oficial que se hacía cargo de la pequeña por unos minutos sin que los ojos de Sherlock abandonasen su vigilancia ni un segundo. Ella misma había suavizado sus interacciones con Sherlock, y miraba con cierta envidia como un grupo de agentes, cada vez mayor, se ofrecía voluntario para vigilar a la muy simpática e inteligente Rossie Watson, la pequeña detective que con lengua de trapo conocía el nombre de casi todos los integrantes del equipo de Lestrade.

Con rabia, Sally se limpió la humedad de las mejillas mientras esperaba a Lestrade, observando al equipo forense terminar con la furgoneta. El callejón era muy similar al en que habían dejado a John horas antes: Tres salidas de emergencias de locales sin acceso desde el exterior, una escalera de incendios y alguna ventana demasiado alta y estrecha para que hubiera ofrecido una vista de lo que estaba ocurriendo. Había agentes entrevistando a los ocupantes de los edificios, agentes que debían haber terminado su turno había horas, y agentes que debían estar fuera de servicio pero se habían incorporado al conocer la noticia.

Milagrosamente la prensa aún se mantenía al margen, Lestrade había sido muy claro en la reunión sobre las represalias que habría si la noticia se filtraba desde Scotland Yard, y aunque era imposible que se mantuviese en secreto mucho más tiempo, confiaban en que la influencia de Mycroft les diese un respiro en ese campo.

Cuando por fin llegó el D.I., lo hizo escoltado por tres vehículos con una nueva remesa de agentes procedentes de otra comisaria.

–Jefe –Sally se maldijo en silencio ante el tono ronco y algo desesperado que no había podido controlar.

–Sally –saludó con un gesto. Tenía los ojos enrojecidos y claramente un exceso de cafeína y cigarrillos. Los casos donde se implicaban niños siempre había sido duros para Lestrade, no podía llegar a imaginar cómo debía sentirse dado el cariño que sentía por Rossie, y mucho menos explicarse como seguían estando a cargo de la investigación.

–¿Cómo está John?

–Aguanta, aunque no sé cómo lo hace –Lestrade encendió un cigarrillo mientras se acercaba–, ¿Dónde está ese IPad? –Sally se lo entregó, viendo a Lestrade desbloquearlo con facilidad y abriendo las carpetas de documentos–. Tenemos la ruta de la furgoneta, y es casi seguro que todos los ocupantes excepto el conductor la abandonaron en el parking de Harrods, donde permaneció apenas diez minutos después de que soltaran a John. Mycroft está junto con Sherlock revisando las imágenes de las cámaras del centro comercial para intentar localizarlos. Ahora, nadie entró o salió de este callejón desde que la furgoneta entró hasta que llegaron los bomberos, así que alguien facilitó la salida del conductor desde uno de los locales. Aquí –señaló a Sally un documento oficial que abrió en la pantalla –, tenemos las órdenes de registro para cada uno de ellos, podemos requisar imágenes de seguridad, clausurarlos y detener si fuera necesario a los propietarios y empleados. Haremos tres grupos, nadie sale hasta que sean identificados e interrogados. El conductor no estará, pero alguien ha visto algo y vamos a averiguarlo ¿De acuerdo?

–Bien –Sally se enderezó en toda su altura al tener un objetivo. Eso era algo que sabía hacer.

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–¡Ahí! – Sherlock señaló al grupo en la pantalla del ordenador. Era una pareja que parecía caminar por las tiendas del centro comercial, el hombre llevaba en brazos un niño que parecía estar dormido, la mujer caminada a su lado llevando una par de bolsas de las tiendas en una mano y un abrigo de niño en la otra. Era una familia normal, si no fuera por la tensión que irradiaba aun desde la pantalla. John apareció instantáneamente junto al hombro de Sherlock, mirando la imagen de baja calidad.

–¿Estás seguro? –levantó la vista buscando a Mycroft. Este estaba junto a Jenkins, que trabajaba furiosamente en un nuevo ordenador que había sido entregado en Baker Street dos horas antes por Anthea antes de ir en busca de la Sargento Dónovan. Desde entonces había una conexión abierta a tiempo real con un analista del F.B.I. que ayudaba a la identificación por reconocimiento facial de las personas que Sherlock o Mycroft identificaban como sospechosos en las imágenes de las cámaras del centro comercial. Ya habían descartado cuatro personas, aumentando la frustración de Sherlock con cada nueva negativa. Esta vez, sin embargo, Jenkins asintió.

–Es ella –confirmó. Habían encontrado a la mujer que sujetaba a Rossie durante el video.

John aspiró con fuerza cuando las rodillas se le debilitaron, sujetándose con fuerza al respaldo de la silla que ocupaba Sherlock, fijando la vista en la niña dormida de la pantalla. Sherlock se pasó las manos por el cabello, ignorando el temblor que se apoderó de ellas.

–Veamos a dónde van.

A partir de ese momento, los tres agentes centraron sus esfuerzos en seguir cada uno de sus pasos, cámara tras cámara que la pareja, que llevaba a una Rossie inconsciente, dio desde que salió del centro comercial. En un segundo plano Mycroft coordinaba junto con Lestrade a los agentes de policía y hacia llamadas según eran necesarias para facilitar el acceso de sus agentes. Sherlock seguía con la mirada en la pantalla fija en la figura de Rossie, intentando distinguir en la figura granulada cualquier rasgo de la niña. No fue hasta que la mano de su hermano se posó suavemente en su hombro y lo llamó, que apartó la vista de la pantalla.

–Sherlock –la voz de Mycroft era inusualmente suave–, John lleva casi una hora en la habitación. –Sherlock se dio cuenta de que la luz del sol entraba por las ventanas, una nueva bandeja con bocadillos y café se asentaba en la mesa de la cocina casi agotada y los agentes de Mycroft, aunque seguían trabajando, lo hacían sobre imágenes de terreno a vista de pájaro y no cámaras de CCTV. –Estamos a una hora de ponernos en marcha, deberían ustedes dos estar lo más despejados posible.

Sherlock se levantó, sintiendo los músculos entumecidos por el tiempo que llevaba en la misma posición. Dirigió los ojos al pasillo, viendo la puerta de la habitación casi cerrada, y se sintió culpable por no haber notado la huida de John en este momento donde todo se asomaba al abismo. Dio unos pasos al pasillo, deteniéndose un segundo para mirar a Mycroft, quien llevaba casi veinte horas ininterrumpidas volcado en la búsqueda de Rossie… su Rossie y la de John… Mantenía su escrupulosa elegancia, alterada solo por la corbata ligeramente torcida, los ojos enrojecidos por la falta de sueño y el cabello junto a las orejas alborotado por el constante uso del móvil. Sin saber cómo evitarlo, una ola de agradecimiento lo sacudió, consciente de que Mycroft había puesto lo mejor que tenía a su servicio, a sí mismo, y era consciente de que no era la primera vez, y posiblemente no fuera la última. Dio un simple asentimiento de cabeza, sabedor de que era suficiente para transmitir a su hermano esa gratitud.

Abrió la puerta de la habitación lentamente, vislumbrando en la semioscuridad la figura de John sentado en la cama, con su arma entre las manos, en el edredón estaba la suya propia y los utensilios que había usado para limpiarlas. Aun flotaba el olor del aceite que había usado.

–John –susurró, sin querer sorprenderlo. No obtuvo respuesta, pero sabía que John sabía que estaba allí. Se acercó a él, manteniendo la mirada sobre el arma.

–No puedo perderla…. –la voz ronca del médico apenas llegó a ser un susurro, pero Sherlock lo oyó, siempre lo oía–. Te perdí una vez… y eso casi acabó conmigo… perdí a Mary…. No puedo perderla también… No puedo, Sherlock… si pierdo a mi hija, no puedo volver a unir los pedazos…

–Escúchame, –Sherlock se arrodilló ante él, clavando los dedos en las rodillas de John son fuerza–, no pienses ni por un momento que voy a permitir que eso ocurra. Haré lo que sea, volveré del revés Inglaterra entera si es preciso, pero te juro que la encontraré, John. Encontraré a Rossie, la traeré a casa… ¿Me oyes? –Acercó el rostro al del médico con ferocidad–. ¿Me oyes?

John apoyó la frente contra la de Sherlock mirándolo al fin a los ojos, el arma cayó de sus manos y por propia voluntad sus manos se hundieron en el cabello del detective tirando con fuerza casi al punto del dolor.

–La traeremos de vuelta –susurró Sherlock–, haré lo que sea, mataré a quien se interponga… la traeremos de vuelta…. Volví de la muerte por ti, John, ¿Qué crees que no haría por ella?

John acercó sus labios a los del detective, presionándolos con fuerza en un beso duro.

–¡Sí! –Cuando se apartaron ninguno de los dos fue consciente de Mycroft parado en la puerta hasta que habló.

–Hermano, John, tenemos una ubicación. ¿Imagino que querrán acompañar al equipo?