El aroma de Rosamund 7

Wiggins se acercó con las manos en los bolsillos de los pantalones, observando como el D.I. guardaba el segundo teléfono en el bolsillo interior. Nunca había imaginado que fuese de los tramposos, pero había visto tantas cosas extrañas desde que conocía a Sherlock que simplemente se encogió de hombros ante el pensamiento, volviendo a lo que realmente era importante en ese momento.

-¡Jefe!- llamó, mirando de soslayo a la sargento morena que rondaba como una mama gallina, evitándola ya que no parecía tenerle simpatía-.

-Wiggins –Lestrade le dio una mirada desconfiada, tampoco le tenía afecto, pero sabía que en ocasiones había sido de ayuda en algunos de los casos en los que trabajó Sherlock y en estos momentos era el enlace con un centenar de ojos en las calles-. ¿Algo que quieras compartir?

-Tengo un tío que quiere entrar en la protección de testigos.

El D.I. frunció el ceño, no muy seguro de cómo tomarse el comentario. Wiggins simplemente se encogió de hombros, mirando hacia donde Donovan se ponía firme al detectar su presencia.

-No creo que este sea el momento…

-Conducía la furgo que se llevó al doctor y la hija de Holmes –lo interrumpió Wiggins.-

Si alguna vez en su vida Lestrade hizo un esfuerzo por no atacar a alguien debía ser en ese momento. Ni siquiera fue capaz de encontrar la voz antes de dar un paso en dirección a Wiggins que este reflejó retrocediendo y levantando las manos ante la mirada dura que le envió.

-Jefe, eso no ayudará. El tipo está dispuesto a decir todo lo que sabe si Holmes no le pone las manos encima. Jura que no sabía para que le pagaban, y cuando vio al doctor ya no podía echarse atrás. Ha tenido una sombra hasta ahora y solo quiere purgar y salir vivo. No le importa si lo encierran, pero no quiere que se sepa donde esta ¿entiende? Shezza no lo perdonará.

-¿Dónde está? -Logró preguntar Lestrade, sacando su teléfono.

-Jefe, si Holmes viene…

-¡Holmes va a ser el último de tus problemas y de ese tipo si no me llevas con él ahora! –Wiggins asintió, dándose la vuelta para volver por el mismo cajellon por el que había aparecido. Donovan, que había estado al tanto de la tensión creciente del D.I. se puso a su lado, avanzando junto a él con la misma urgencia.

-¿Dónde vamos? –preguntó sin cuestionar.

-A sacar una rata de las calles. –Se llevó el móvil a la oreja sin perder de vista la espalada de Wiggins.

-Inspector –al otro la do de la línea la voz de Mycroft sonó mucho más suave que media hora antes, lo que soltó algo de la ansiedad acumulada, aunque el sonido de fondo era infernal-, estamos a unos minutos de poder darle buenas noticias.

Lestrade cerró los ojos con alivio, apoyándose de forma inconsciente en el brazo de Donovan sin perder el paso.

-Puede que tengamos al conductor –contestó a su vez, sin querer perder tiempo.- Quiere protección a cambio de decir todo lo que sabe. Wiggins me lleva hasta él.

-Bien, enviaré a alguien a tu ubicación para que os trasladen a un lugar seguro. Si la información que tiene nos lleva hasta el responsable de esto me ocuparé de su seguridad.

-Mycroft… no quiero un secuestrador de niños en las calles de Londres.

Durante un segundo hubo silencio, y Lestrade pensó que quizá había cortado la línea.

-Debidamente anotado inspector.

Cincuenta y siete minutos más tarde, mientras era conducido al sótano de una casa en las afueras de Londres por uno de los minions de Mycroft, con Donovan ayudándolo a llevar al hombre que se había llevado a Rosamund, Lestrade recibió un escueto mensaje de Mycroft que enseñó a Sally sin pronunciar palabra. El mensaje solo contenía una palabra "Recuperada". Durante veinte minutos habían escuchado al supuesto chófer balbucear lo poco que sabía, jurando una y otra vez que no sabía para que había sido reclutado. El D.I. sabía que cada nombre, teléfono y dirección que habían escuchado estaba ya siendo investigado por la gente de Mycroft.

Cuando dejasen al que consideraba escoria en manos del interrogador que el mayor de los Holmes había llamado, hablaría personalmente con sus agentes, les dejaría saber que habían encontrado a la hija de John, pero no a quienes se la habían llevado. Enviaría a descansar a los que estaban doblando turno, y comenzaría con su propia investigación con la nueva información que tenían. Sabía que debía exigir discreción, no podían alertar al resto de los integrantes de aquel grupo de que la prioridad ahora era dar con ellos si aún continuaban en Londres.

Soltó al detenido (¿podía considerar detenido a alguien que entregaba en manos de un interrogador del MI5 y del que se desentendería por completo sin el más mínimo remordimiento?), observando cómo era esposado a una mesa metálica. La habitación, ahora que prestaba atención, era una celda con una sola ventana de espejo, paredes de cemento y con una mesa y dos sillas cono único mobiliario. El hombre que los había recibido no se parecía a los habituales de Mycroft. Era delgado, alto y de cabello moreno, muy lejos de la gracia felina de Sherlock. Este hombre que no debía tener más de treinta años, tenía una piel que parecía verdosa, con dedos largos y articulaciones anchas que le daban aspecto esquelético. Cuando levantó la mirada hasta Lestrade vio que los ojos, marrones y saltones, parecían estar en constante temblor.

-Me haré cargo desde aquí –dijo, sin presentarse, con la voz rota de alguien que podría tener tres veces su edad-.

Donovan dio un paso atrás, apoyando los hombros en la pared junto a la puerta.

-Si no le importa, me quedo.

El interrogador la miró reparando en ella por primera vez.

-No es aconsejable, agente…

-Sargento Detective.

-No es aconsejable, sargento detective, -repitió sin que mostrara ninguna emoción por el reproche-, pero si está decidida puede monitorear desde la sala adyacente.

Con eso, tanto Sally como Lestrade se sintieron despedidos, saliendo al pasillo donde otro de los agentes lo esperaba con la puerta de la sala continua abierta.

-¿Estás segura? –preguntó Lestrade mirando el interior de la habitación. Esta si estaba equipada con una varias sillas, una mesa frente al espejo de dos vías con micrófonos y equipos de grabación de audio y video, pantallas de ordenador para tres personas y una nevera en la parte más alejada.

-Es nuestro detenido, alguien tiene que estar aquí, y tú tienes que poner a la gente a trabajar. Lo más importante ya está hecho. Además…. –Dónovan apartó la vista de Lestrade por un momento para mirar al otro lado del espejo-, ese tipo se asustó porque reconoció a John y supo que se estaba metiendo en problemas. –Regresó a vista a D.I.-, me juego el cuello a que no es la primera vez que se lleva un crio. Si hay la más mínima posibilidad de que algo de lo que diga vos ayude a reabrir algunos de los casos no voy a desaprovecharlo.

Lestrade asintió, comprendiendo a Donovan y reacio a dejarla allí, pero sabía que ya le habían quitado de las manos a uno de los detenidos y no estaba dispuesta a dejar a otro sin obtener respuestas.

-En algún momento debes irte a dormir un par de horas.

-Dormir está sobrevalorado…. –una mirada de horror paso por el rostro de Donovan-. ¡Mierda!

Lestrade no pudo reprimir la risa mientras Sally te cubría el rostro con las manos.

-Pégame un tiro cuando empiece a insultar a las victimas ¿quieres?

-No me preocuparé en serio hasta que no empieces a hablar de palacios mentales y desaparezcas sin dar explicaciones. Ahora te ordeno que en seis horas salgas de aquí –miró su reloj, confirmando que llevaban dieciséis horas desde el aviso-, irás a casa y no admitiré un retraso más. Y si me obliga a venir por ti asignaré a Sherlock todos tus casos durante el próximo año.

-Si jefe,

Lestrade abandonó la casa entrando a su vehículo al tiempo que sonaba una vez más su teléfono. Contestó al siguiente timbre al ver el nombre en la pantalla.

-¿Sherlock?

-Lestrade, Mycroft nos ha habilitado una sala de trabajo en el hospital Hermitage en Maidstone, en la unidad renal. En Baker Street continua trabajando la seguridad de Mycroft. Si decide unirse a nosotros podrá gestionar sus recursos desde aquí sin problema. John agradecería la presencia de la señora Hudson por lo que mi hermano tiene un helicóptero para recogerla en Regent Park en veinte minutos al que puede subir…

-¡Sherlock para! –gritó el D.I. para hacerse oír por encima de las palabras a todas prisa del detective-.

-¿QUÉ?

-Antes de todo ¿Dónde está John?

-Está con su hija, la están revisando en estos momentos y no me permiten estar allí. Sé que estas al tanto de que la hemos recuperado pero aún no sabernos quien ha orquestado esto. Aún estamos trabajando antes de que perdamos la pista. ¿Vas a venir o no?

Lestrade apoyó la cabeza sobre el volante, cerrando los ojos con fuerza, escuchar de la voz de Sherlock que Rosie estaba a salvo lo había real.

-Allí estaré, claro que sí, idiota.

El olor a galletas recién hechas no era lo más habitual en el habitáculo de un helicóptero de grado militar. Martha Hudson sujetaba con fuerza una bolsa de la que se desprendía dicho aroma con una mano, y con la otra se aferraba al brazo de Lestrade sentado a su lado. Llevaba sus auriculares de cancelación de ruido, y una sonrisa tensa que el D.I. no había visto en años, desde que Sherlock estuvo muerto y el había hecho algunas visitas para controlar a John. El viaje no había sido demasiado largo y el aterrizaje había sido bastante suave. Cuando el tripulante desató el cinturón de la señora Hudson para que bajase, Lestrade permitió que siguiera aferrado a él y la ayudó descender, observando a las tres personas que esperaban fuera de la influencia de las aspas del aparato. Reconoció a la mujer que ahora sabía que trabajaba para Mycroft como parte de la seguridad suave que había asignado a la hija de John, dándose cuenta ahora la postura militar que se relajó en el momento que se acercó a la señora Hudson y una sonrisa aliviada se instaló en su rostro. Dejó que las dos mujeres se alejasen en dirección al edificio más grande, siguiendo al que le indicó que lo llevaría junto a los señores Holmes.

La unidad renal, al igual que el resto del hospital, no tenía la actividad que se acostumbraba a ver el los ubicados en Londres, sobre todo no se parecía en nada a las urgencias que usualmente se veía obligado a visitar por trabajo o a consecuencia del mismo. Atravesaron varios pasillos hasta ingresar en una sala de reuniones que efectivamente se había convertido en un centro de trabajo con la marca de Sherlock. La pared de cristales estaba cubierta de fotografías y páginas con información, un Lateral tenía un mapa de Europa que ocupaba la pared al completo con decenas de marcas de colores. En la mesa, para al menos doce personas, siete portátiles se encontraban abiertos y una impresora parecía estar funcionando a su máxima capacidad. Solo dos personas ocupaban la sala, Mycroft que se encontraba en ese momento al teléfono mientras navegaba en uno de los ordenadores, y Sherlock, que observaba la pared de información con las manos juntas y rozándose los labios con los dedos.

-¿Qué me he perdido? –el saludo casi alegre de Lestrade se encontró con la mirada de ambos hermanos. El mayor de ellos despidió la llamada y Sherlock no le dedicó más de un segundo antes de volver a la contemplación de la inforción desplegada.

-¿Por qué secuestrar a alguien sabiendo que no se pueden cumplir las exigencias? –espetó Sherlock sin preámbulos-. El objetivo del secuestro es la extorsión, económica o para conseguir que se haga algo que en consecuencia es inmoral, ilegal o ambos. Secuestrar para exigir el retorno de un muerto simplemente no es lógico.

-Algunos muertos regresan –Sherlock esta vez sí mantuvo la mirada en Lestrade. En los últimos años no había habido animadversión contra él por ese hecho, y una vez que se hubo disculpado fue agua pasada entre ellos-.

-No es lo común –intervino Mycroft, tendiendo al D.I. una taza que contenía café-. Admito que la asociación con Sherlock puede hacer pensar a cierto tipo de personas que la señora Watson, dado su historial laboral, podría haber acudido a mi hermano para desaparecer del mismo modo que lo hizo él, pero el número de personas que tendrían acceso a ese conocimiento es limitado.

Lestrade tomó un sorbo de la taza, gimiendo sin proponérselo al saborear verdadero café, el que Mycroft siempre solía tener a mano cuando se reunían.

-Recibí un video cuando se cumplían las veinticuatro horas de la sustracción de Watt… la hija de John –Sherlock dijo, atascándose notablemente en el nombre de Rossie-. Aún tenía el cabello intacto, por lo que fue grabado antes de entregarla a la pareja de la que fue recuperada. Querían hacerlo pasar por actual, lo que demuestra que no había intención de intercambio.

-¿Qué hay de quien en la trasladaban? –Lestrade dirigió la pregunta a Mycroft, quien tenía la costumbre de no saltarse detalles que podía considerarse de interés, y para distraer a Sherlock del tono oscuro que había adoptado su voz-.

-Están siendo interrogados en una instalación segura, pero no parecen saber quién los contrató. Son especialistas en trasladar menores por Europa bajo la premisa de devolverlos a progenitores a los que se les ha arrebatado la custodia por razones diversas. Tienen una red que coordina la recuperación, el traslado y la entrega desde varios puntos y en la que se involucran cierto número de individuos para dificultar el seguimiento. Los que nos ocupan debían llegar a Chad, en Somerset, donde cambiarían a una autocaravana equipada con documentos falsos para hacerse pasar por una familia de vacaciones, pasar al continente por el euro túnel y continuar hasta Diekirch en Luxemburgo, donde otra pareja se haría cargo del tramo final. Ya tenemos una orden para que la interpol los intercepte.

-Entonces… -Lestrade frunció el ceño-, ¿a quién y donde la llevaban?

Mycroft apartó la mirada un segundo para mirar la espalda de Sherlock.

-Aún no tenemos pruebas, -dijo al fin, regresando la atención al D.I.- pero interpol tiene una alerta sobre este grupo. Se les ha relacionado con delitos de secuestro, pedofilia y prostitución de menores. Todo demasiado vago, sin posibilidad de probarlo o testigos. Hay personas con mucho poder detrás que les dan protección. Creemos que alguien quería no a la hija de Mary Morstan sino a la ahijada de Sherlock Holmes, de ahí que contacten con él.

El D.I. reguló su respiración antes de contestar, la posibilidad de algo así había pasado por su cabeza varias veces, pero las náuseas al escucharlo de Mycroft fueron casi incontenibles.

-Entonces…. ¿por qué ahora? ¿Y por qué enviar otro video? ¿Sherlock?

Sherlock por fin miró a Lestrade, y la mirada oscura que le dio era una con la que el D.I. no quería volver a encontrarse.

-Una trampa para ajustar cuentas –señaló con la cabeza la esquina superior izquierda de su panel de información. Allí, casi oculta bajo notas garabateadas, estaba la fotografía de Charles Augustus Magnusen, y junto a ella la de Vivian Norbury.