Pasado el shock inicial, Kyo se había negado a aceptar la palabra de Donovan, y, aprovechado que tenían cierta historia juntos, contactó de nuevo a Heidern y su grupo de mercenarios justicieros, pues no encontró de qué otra forma podría saber la verdad, menos rápidamente. Para su suerte, resultó que el multimillonario era una "persona de interés" en la lista negra de los Ikari Warriors.
— Dicen que Donovan es un genio, fundador de varias compañías de biotecnología líderes en su campo —le había compartido Clark, cuando se reunieron días después—. También es un playboy excéntrico, diciéndolo de forma amable, y es famoso además por coleccionar cosas "hermosas," y porque no le importa cómo las consigue. Ha callado sus escándalos y crímenes con mucho dinero y chantajes, se siente intocable, y lo peor es que casi es cierto. Tiene clientela en el mercado negro, y contactos en el alto y bajo mundo, pero no se la ha podido probar nada.
La buena noticia fue que habían descubierto un centro de investigación que no figuraba en los registros públicos, y esperaban encontrar ahí algo que usar en contra de Donovan. Kyo se dijo que si los ayudaba tal vez lograría saber qué había ocurrido en realidad con Iori, y por eso era que en ese momento estaba vestido de negro y sintiéndose sumido en una película de espionaje de los 80s infiltrándose en un edificio enorme de dos pisos, junto con Clark, Ralf y Benimaru. Su mejor amigo se había negado a que cometiera es locura sin supervisión adulta, y Kyo lo había amado más por eso.
Esperó que no terminaran en la cárcel por allanamiento de morada.
— Estamos dentro —oyó que Clark decía mediante un aparato en su oreja, y avanzaron. Ralf chifló al ver el lugar.
— No escatimaron en gastos con su centro clandestino —comentó Clark, alerta a pesar de su tono relajado—. Deben estar haciendo algo importante y costoso aquí.
— E ilegal si se molestaron tanto en esconderlo —dijo Ralf. Kyo asintió. Ese sitio parecía sacado de una película de ciencia ficción, con paredes blancas y techos blancos. Eran las 4 a.m., y esperaban que no hubiera nadie, o poca gente, trabajando ahí a esa hora.
Minutos después, pasaron unas puertas el triple de altas que las demás, centradas en un espacio grande, y Kyo se regresó unos pasos al notar que había una placa a un lado. Los demás lo alcanzaron, y leyeron el panel: Iori Yagami. Kyo sudó frío, y, sin decir nada, Clark sacó algo de su maleta para interferir el panel de control y en pocos segundos las puertas se abrieron. Los recibió un frío intenso y oscuridad que era interrumpida por luces al fondo. Estaban en un salón innecesariamente grande, pues en los primeros metros no había nada. Más allá se distinguía una alta pared de cristal de al menos 10 metros de alto, y se acercaron hasta topar con ésta y el origen de las luces.
Las piernas de Kyo fallaron al ver lo que estaba en ese espacio, iluminado como si se tratara de una pieza de museo.
— Oh my God… —musitó Ralf, horrorizado, y Clark maldijo por lo bajo. Benimaru creyó que vomitaría, y ninguno pudo apartar la mirada del cuerpo de Iori Yagami. Era inconfundible, aún estando desnudo excepto por un lienzo rojo que cubría su talle de forma artística, y que no tenía cabeza. Sobre el cuello cercenado estaba un cráneo de cristal, con dos globos oculares, rojos, y la piel del rostro que tan bien conocía montada sobre el cráneo…
— Ese maldito enfermo lo congeló como a una res —dijo Ralf, enfadado y asqueado, y dejó de mirar. Había visto su dosis de horrores en la guerra, pero nada como eso. Y Yagami le había desagradado, pero esa profanación de mal gusto era demasiado.
— Más bien lo montó como pieza de arte macabro —dijo Clark, con sumo disgusto, viendo que los brazos estaban en una posición digna de alguna escultura renacentista.
Benimaru respiró profundamente y dejó de ver, acercándose preocupado a Kyo, quien no decía nada y seguía mirando los restos de su rival con quedo horror.
— Pero ¿por qué no está su cabeza…? —Ralf necesitaba que alguien se lo explicara, pues encontró terriblemente enervante ese detalle.
— ¿L-lo maté…? —Benimaru le puso la mano en la espalda a Kyo, quien ahora miraba a la nada, su cabeza baja, pero sentía que esa imagen se quedaría con él de por vida, cazando sus días y noches.
— Vámonos —le dijo Benimaru.
— No podemos dejarlo aquí —Kyo alzó la voz, poniéndose de pie, sus ojos intensos y vidriosos.
— Chico, no podemos llevárnoslo —le dijo Clark, en su tono serio y sereno, y Kyo lo miró enfadado, pero luego decayó, entrando en razón, y se vio resignado, aunque perturbado. Clark se encargó de tomar video y fotografías, y salieron de ahí sumidos en un tenso y pesado silencio.
Siguieron recorriendo el lugar, y se detuvieron para hacer Kyo no vio qué, pues ya no le importaba. Se sentía aturdido y helado, cazado por esos ojos fuera de sus cuencas…
Una alarma los sobresaltó, y Clark maldijo, tecleando en una tableta. Maldijo de nuevo y desconectó su equipo de la terminal que había comenzado a hackear.
— Hay que salir —ordenó Clark, y Kyo y Benimaru solo los siguieron. A su alrededor escucharon un ruido como de metal chocando con metal, y vieron que tras de ellos y a los lados paredes descendían velozmente. Corrieron con más ahínco, haciendo uso de su fuerza y agilidad superiores.
Kyo se detuvo súbitamente, y volteó hacia su derecha. Tuvo que quitarse segundos después cuando una pared bajó, casi golpéandolo y separándolo de los otros. Sin pensarlo mucho, fue hacia su derecha y corrió hasta detenerse en otra puerta grande y alta, luciendo atribulado.
Sentía la presencia de Iori detrás, y golpeó el panel de control y forzó las puertas para entrar. No sentía que estuviera preparado si ese lugar contenía otro horror, pero no podía irse así, y dio un paso hacia el interior.
El lugar estaba a media luz, y era un espacio circular y amplio. El centro estaba ocupado por una ornamentada base circular de unos 4 metros de diámetro de la que salían barrotes dorados de bello diseño, y Kyo pensó que parecía una jaula, y estaba completamente fuera de lugar en ese laboratorio de estilo minimalista con tecnología de punta. Del techo salían un sinnúmero de delgados cables por los que corría una luz azul, conectados al cuerpo que yacía en la base.
Kyo miró atónito a Iori, por un momento olvidando que acababa de ver su cadáver. No, no es él, se dijo, su garganta atenazada, sus manos en puños, temblando. Era una copia, una aberración, y estaba seguro de que el verdadero lo habría odiado.
Y ya no podía hacer nada por Iori, excepto eliminar ese insulto, y se acercó hasta subir a la base, había una parte sin barrotes. El androide estaba acostado de lado, su cabello suelto le llegaba casi a la cintura, y vestía una bata blanca que apenas le cubría los muslos y tenía un escote tan amplio que casi podía ver su obligo. Abrió los ojos cuando Kyo estuvo a dos pasos de él, y alzó la cabeza para verlo, su expresión apagada y triste, adormilada. Y Kyo no podría haber dicho qué expresión vio el otro en su rostro, pero se sintió mal al ver a "Iori" mirándolo atemorizado.
Kyo alzó su puño, y sus llamas lo rodearon. Solo es una máquina, se dijo, pero su corazón no parecía convencerse, pues palpitaba en su pecho sonando en sus oídos como un tambor frenético. Se preparó para dar un golpe mortal, pero entonces el androide se movió, y sujetó su muñeca, mirándolo fijamente. Por reflejo, Kyo desvaneció sus llamas, y lo miró sumamente tenso y perturbado. Su piel no está fría, se halló pensando, sintiéndose mareado mientras esa cosa lo miraba con sorpresa a pesar de seguir luciendo medio dormido. Tal vez lo que está ahí de Orochi reaccionó a mis llamas, pensó Kyo, y jaló su mano, soltándose bruscamente. "Iori" miró la mano con la que lo había tocado, su expresión confundida y decaída, y alzó ojos temerosos hacia él.
Kyo maldijo varias veces. NO podía destruirlo, no mientras sintiera algo de su rival en él, menos si lo miraba con esos ojos que parecían vivos, e idénticos a los de Iori de no ser por las pupilas, simplemente no podía. Pero tampoco iba a quedarse tranquilo y seguir su vida si lo dejaba ahí…
Querían evidencia, ¿no? Tal vez no pudiera recuperar el cuerpo de su rival y denunciar al lunático de Donovan, pero…
— ¿Y esto cómo te lo quito? —dijo en voz alta, tocando uno de los cables iluminados. Iori lo miró con temeroso recelo, aunque comenzaba a verse obnubilado de nuevo, y Kyo se preguntó si una máquina podía sentir miedo. Había estado leyendo sobre inteligencia artificial, y tenía la idea de que las programaban para aprender ciertas tareas, y en algunos casos, imitar a una persona usando amplios datos de ejemplos de conductas similares. ¿Pero miedo? Tal vez Donovan es un enfermo más grande de lo que creí, se dijo Kyo con enorme disgusto, y se paró detrás del androide, quien lo siguió con la mirada, algo encogido. Kyo jaló uno de los cables en su hombro, y éste salió fácilmente, y vio sorprendido que el hueco en la piel se rellenó de inmediato, sin dejar ni una marca.
Sacó el resto de los cables rápidamente, y se sintió mal al ver que el androide hacía un pequeño gesto de dolor, pero no tenía tiempo de ser delicado (ni había pensado que pudiera sentir). Lo jaló agarrándolo de la muñeca izquierda, y el androide se puso de pie, sin mirarlo, luciendo inestable y algo encogido, sus ojos medio cerrados. Kyo no pudo evitar el profundo sonrojo que cubrió su cara al verlo en esa versión porno de una bata de hospital. Ese cuerpo era idéntico al de su rival, excepto por la falta de cicatrices y el cabello largo, y lo recorrió un desagradable escalofrío al recordar su cadáver. Respiró profundamente, centrándose, aunque no pareciera posible; las alarmas seguían sonando, tenía que salir de ahí.
— No creo que puedas correr, ¿o sí? —dijo Kyo, más para sí mismo, apurado, y vio resignado que solo le quedaba cargarlo. Se le acercó más, y Iori dio un paso hacia atrás—. No voy a hacerte daño, tengo que cargarte para salir de aquí —le dijo. ¿Y por qué estoy tratando de razonar con la tostadora? Pero no podía evitarlo: se veía como Iori, se sentía como él, y ni la presencia de Orochi o haber visto sus restos iban a cambiar eso. El androide no lo miraba, y Kyo vociferó frustrado y tenso, le dio la espalda, se agachó y, con un rápido movimiento, le agarró los muslos al otro y lo alzó "de caballito." Iori soltó una pequeña exclamación, pero no hizo nada, excepto pasarle los brazos por el cuello para no caerse.
Kyo respiró profundamente, tratando de no pensar en la posición en la que estaba, con ese esculpido torso pegado de su espalda, sus manos apretando la suave piel y el rostro del otro demasiado cerca del suyo. Salió de ahí ya importándole poco el subterfugio, y destrozó puertas y paredes con lujo de violencia y enfado, hasta que lo recibió el exterior, y corrió hacia donde había dejado su moto. Bajó al androide, que casi cayó, y sacó su celular.
— Estoy afuera —le dijo a Benimaru.
— ¡No me des esos sustos! —exclamó su amigo a través del celular.
— Lo siento, creí sentir algo, pero no era nada —¿y por qué estoy mintiendo?, se preguntó volteando a ver al androide. Iori observaba algo nervioso a su alrededor, sin perder esa decaída expresión, y de repente perdió el equilibrio. Kyo lo sostuvo antes de que cayera por completo, y el androide volteó a verlo, sus ojos cerrándose.
— Clark dice que mejor te vayas —le dijo Benimaru—, nosotros tuvimos que dar la vuelta larga.
— Ok, llámame cuando estés a salvo.
— Sí —Benimaru colgó, y Kyo suspiró larga y apesadumbradamente, mirando ese rostro blanco.
¿Qué estoy haciendo?
Continuará…
