Cuando Iori gimió entre sus bocas, lo que quedaba del autocontrol de Kyo murió, y el beso se volvió una invasión húmeda y desenfrenada. Iori se perdió por un momento en las placenteras sensaciones que alejaron el dolor y la angustia, sus sentidos inflamados al punto de la locura, y arremetió contra esa boca sin pensar a quién le pertenecía. El olor que lo invadía era como un día perfecto bajo el sol, verano y bosques cubiertos de rocío, y se sujetó de ese cuerpo firme y poderoso, su calor alejando el frío del odio en su pecho…

Odia…

Iori abrió los ojos, atónito al darse cuenta de lo que hacía, y vio más cerca que nunca esos ojos casi dorados, mirándolo también. Estaba besando a Kyo Kusanagi, el pilar de su odio, y de su vida, y la voz de Orochi se hizo escuchar en su mente como un dolor de cabeza insoportable.

Mátalo.

Quería matar a Kyo, se dijo, pero sus propias palabras le sonaron huecas, y detrás de ellas siempre se agazapaba un miedo que no deseaba reconocer y hacía todo por ignorar. Porque si el objetivo de su odio desaparecía…

Estaría realmente solo. Porque mientras el sol existiera, la luna podía seguir brillando…

Si Kyo moría, ¿qué quedaría de él mismo?

"Además…" El vago pensamiento escapó de su miedo, y Iori atacó, gritando cual bestia herida. Kyo detuvo con facilidad el zarpazo, débil y sin coordinación, y volvió a besarlo, sus manos jalando hacia abajo el pantalón del otro, ya no importándole mucho lo que pretendía hacer, el deseo lo abrumaba.

Quería poseerlo, y temía que no era un deseo nuevo. Besar esa boca lo había hecho pasar de una chispa fuertemente negada a una hoguera descontrolada. Iori sabía a sangre, pensó Kyo mientras su lengua lo exploraba con rudeza, obligándolo a abrir la boca mientras el otro se debatía sin fuerza, pero, bajo el metálico y familiar sabor, estaba algo más que lo volvía loco, igual que esos gemidos reticentes que Iori no era capaz de contener.

"Eso, o solo moría por besarlo," se dijo, al fin deshaciéndose de la ropa del otro. Iori protestó ahogadamente cuando se sintió al descubierto, el aire tibio del mar golpeando su piel hipersensible, y abrió mucho los ojos cuando la mano de Kyo se cerró sobre su miembro. Sintió que lo que quedaba de su cordura ardería en el calor que lo asaltó ante ese toque, y su deseo peleó fieramente contra el resto de él, su sangre gritando y pidiendo muerte. No supo cómo, pero empujó a Kyo. Perdió el equilibrio y cayó sentado y hacia atrás, sosteniéndose a medias con una mano a su costado, respirando rápido y con dificultad, sus piernas medio abiertas y sus rodillas dobladas. Solo una vez había estado tan expuesto ante otra persona, y cerró las piernas, odiándolo igual que la primera vez, o eso quería, pero Kyo se puso en cuclillas frente a él y le sujetó las rodillas, separándolas después y mirándolo fijamente.

En su azoro y conflicto, Iori no atinó a moverse, y durante esos segundos Kyo lo observó con libertad, asombrado. Bajo su miembro erecto y húmedo, se abría algo similar al sexo de una mujer, apenas una abertura en su carne, y rezumaba copiosamente su lujuria.

— ¡¿Qué crees que haces?! —le gritó Iori, lívido, un profundo sonrojo tiñendo sus pálidas mejillas, al mismo tiempo que intentaba zafarse, pero su cuerpo estaba rindiéndose. Tenía meses durmiendo apenas, y 3 días al menos de no saber ni qué hacía, apenas recordando comer, azolado por el Disturbio, y ahora eso. Usar su fuego y atacar a Kyo había drenado sus últimas fuerzas, y ese maldito calor anhelaba esas manos, el contacto contra su piel mandaba descargas de placer que no podía ignorar, alejando el dolor…

— ¿Qué es esto, Yagami? —se halló preguntando Kyo, aunque la respuesta fuera obvia, pero aún lo encontraba inaudito, y sus dedos índice y medio recorrieron esa entrada empapada. Iori se estremeció, arqueándose ligeramente hacia atrás, temblando, y mordió sus labios hasta sacar sangre para contener un gemido vergonzoso—. Eres un omega —añadió Kyo, sonando incrédulo.

Y nunca había visto uno, pero era obvio que estaba en celo. Y evidente era también que lo estaba afectando a él, aún con los inhibidores que tomaba regularmente. Kyo sentía que su autocontrol se le escapaba como la arena entre las olas de esa playa cada vez más obscura, y sus dedos presionaron la trémula carne. Ésta cedió fácilmente, como si lo invitara, y Iori esta vez no pudo contener el gemido necesitado que salió desde lo más profundo de su ser, aunque enseguida se volvió más similar a un rugido.

— ¡Solo mátame! —le gritó Iori, temblando. Toda su vida había sido una larga batalla, pero en ese momento, igual que en la batalla contra Orochi, se resignó a morir. Su pecho dolía, su cabeza dolía, y el mareo no lo dejaba, ya no podía seguir, y casi escuchaba a su padre advirtiéndole lo que ocurriría si alguien descubría su sexo secundario. Lo había ocultado por 23 años, solo para terminar así, a merced de la persona que más detestaba…

Iori pudo haber reído, y esperó en silencio el golpe que acabaría con su vida, escuchando solo su propia respiración dificultosa, la agitada de Kyo y el susurro de las olas. Para él, era casi bendito silencio, ¿sería que Orochi lo había dejado en paz al ver que ya no le sería de utilidad?

Kyo apretó la boca, reaccionando, y sacó sus dedos del cuerpo del otro. Iori jadeó, estremeciéndose, pero no se movió, solo miraba a la nada con esa expresión que Kyo no había querido volver a ver en él.

Iori alzó la cabeza, su mirada azorada, sin entender o poder creer que Kyo Kusanagi estaba abrazándolo. La cercanía empeoró ese calor desesperante, y ya no intentó pensar, era un esfuerzo demasiado grande y que no parecía valer la pena. Cayó de repente de espaldas en la arena, y exclamó al sentir algo húmedo y aún más caliente contra su segundo sexo. El pánico se mezcló con el ansia de que el otro se moviera, y tembló, no queriendo ver a Kyo, que ahora estaba sobre él, sus rostros a la misma altura.

Kyo miró a Iori con ojos brillantes de deseo, el cabello algo húmedo enmarcando su rostro, y todos sus sentidos ardiendo. Su cadera sintió que se había movido sola, y entró en Iori de una sola embestida, hasta que sus pelvis chocaron en medio de un sonido húmedo. Iori dejó escapar un jadeo que medió entre dolor y gozo, y Kyo no reconoció su propia voz, nunca se había sentido así, poseído por la necesidad, como si fuera a morir si no se rodeaba del otro.

Kyo estaba dentro de él, pensó Iori, y sintió que este hecho iba a romperlo. Interpuso sus manos entre ellos, sobre el pecho de Kyo, sin fuerza, y gimió largamente cuando ese miembro se movió hacia atrás, sin salir del todo, solo para volver a arremeter, expandiendo su interior sin piedad.

Kyo ya no pensaba en nada más cuando comenzó a mover su cadera contra el otro, y sujetó la estrecha cintura de Iori como soporte para mantenerlo en su sitio, lanzándolo hacia atrás cada vez, jadeando con goce. Varias embestidas más tarde, Iori perdió la batalla y marcó cada vaivén de Kyo con un gemido pecaminoso y ahogado, mirándolo a través de ojos afiebrados. Kyo bebió codicioso de cada expresión nueva que podía ver en ese hermoso rostro, era fascinante en su descontrol, y lo ahogó el ansia de hacerlo suyo, marcarlo. "Es lo justo," pensó. Iori había clamado que su vida le pertenecía, así que lo contrario también aplicaba, y se sentía maravilloso reclamarlo de esa manera, invadir su interior suave y húmedo que lo apretaba como si no quisiera dejarlo ir.

En ese momento, bajo la mirada sonriente de la luna, escondidos del sol y el mundo real, podía admitirlo al menos.

Se inclinó sobre el cuello de Iori, abriendo su boca, sus caninos doliendo en su ansiedad…

Continuará…