Día 4: Curar heridas

USTEDES SON MÁQUINAS DE COMBATE. Máquinas de combate. Combate. Máquinas.

¿Eso es todo lo que fuimos, soldado? ¿Simples máquinas?

Yo… no lo sé. Ya no lo sé. Nos entrenaron para disparar. Nos enseñaron cómo asesinar.

Nos enseñaron a mutilar. Nos enseñaron el infierno en la tierra. Todos esos cuerpos. Esos niños. Nuestros… camaradas.

¿Recuerdas al francés? Un maldito as en las explosiones.

Y ni mencionar al maldito larguirucho, un genio del camuflaje. Todos ellos… ya no están.

A lo lejos sólo había destrucción; esa jungla llena de cadáveres, inundada en sangre y el olor a pólvora, parecía devorar toda esperanza de regresar al hogar. A una vida común y corriente en donde su única dificultad era estudiar.

El sonido de las balas impactando contra las coberturas, el cuerpo de sus amigos, los árboles. Salpicando astillas, sangre, sesos, pedazos de hueso que alimentarían a las aves y animales carroñeros.

Explosiones dejando atrás nada menos que pedazos de extremidades a medio quemar, algunos con los uniformes de su batallón, y otros con la ropa de aldeanos que estaban pagando el precio de unirse a las filas de esos "terroristas".

Esa palabra, usada para referirse tanto a aliados como enemigos, todo dependiendo de la transmisión de radio que intervinieran o mandaran.

—Flippy.

De un sobresalto regresó a la realidad. No había explosiones, sino edificios de departamentos y locales comerciales no muy altos. Pudo ver las calles pavimentadas y con unos cuantos coches circulando en ellas. Personas, civiles, caminando con sus amigos, tal vez solos, o mirando las pantallas de sus celulares.

Hasta entonces pudo sentir las gotas de sudor inundándole la cara, su cuerpo temblando, su aliento empañando el vidrio de la ventana de la sala de estar. La mano de Flaky estaba en su hombro, pero luego sintió la otra en su pecho, hasta sentir el aliento cálido de ella en su oído. Hasta entonces también pudo darse cuenta de que su piel se había erizado, volviendo a la normalidad con aquel beso delicado en su mejilla, resonando en su oído y llevándose toda mala sensación consigo, como el aliento de una sirena se llevaba el alma de un marino, según recordaba de algún cuento que leyó en el adiestramiento.

—¿Lo hice de nuevo? —preguntó él.

—Sí —respondió ella— ¿Quieres hablar?

—Yo… estuve lejos mucho tiempo.

—Más del que crees, amor.

Flaky lo ayudó a levantarse del sofá, sonriéndole con un poco de tristeza y temor. Recordó lo que dijo Petunia sobre que él era peligroso, o la mala vibra que Giggles le advirtió que tenía, el aspecto intimidante que Cuddles le dijo tener. Y es que allá afuera todo funcionaba muy bien, pero a veces regresaba la mirada de las mil yardas. El ataque de ansiedad que lo dejaba temblando.

Él hacía lo que podía, pero a veces las heridas eran demasiado para la terapia y los medicamentos. Flaky lo acunó en sus brazos hasta que se quedó dormido, y al poco rato, ella se le unió en el país de los sueños. A veces, también eso era un buen remedio.