Capitulo 19

Llegamos a casa de Jasper unos minutos después, durante el trayecto Edward no dejaba de besar mis nudillos en cuanto podía y lo oía suspirar mirando mis heridas. Entendía que algo así pudiese parecer descabellado si lo mirases desde fuera, me hacía daño para no sentir dolor, pero realmente funcionaba. Aunque como dijo Edward, tenía que comenzar a pensar en otra cosa que no me provocase un daño físico, porque eso me pasaría factura tarde o temprano.

En cuanto crucé las puertas de la mansión Hale, Jasper se abalanzó sobre mí y me dio un abrazo tan fuerte que creo que me dislocó algún hueso, en un primer momento me quedé paralizada sin saber muy bien qué hacer, pero finalmente alcé mis brazos y le devolví el abrazo torpemente.

— Me tenías tan preocupado... —susurró con voz contenida— me alegro de que esté bien.

— Estoy bien —contesté alejándome de él y sonriéndole—, solo he pasado mala noche.

— Se nota... —susurró acariciando una de mis ojeras con un dedo— ve a cambiarte, nos iremos en una hora.

— De acuerdo —le sonreí y me giré para mirar a Edward que fingía mirar un cuadro detenidamente—, Ed... gracias por el libro.

— ¿Ed? —preguntó Jasper soportando una carcajada.

— Eddie me suena a mascota —contesté inocentemente.

Edward gruñó y comencé a ruborizarme mientras Jasper se reía.

— Iré a cambiarme —murmuré bajando la mirada.

— Sí, yo me quedo con... esto... "Ed" —bromeó Jasper una vez más

Corrí escaleras arriba pensando en uno de los vestidos que Alice me había obligado a comprar, por suerte le había hecho caso y había aceptado, así tendría algo presentable para la ocasión. Al llegar al segundo piso, escuché un sonido extraño que provenía de la habitación contigua a la mía, en la que Rosalie se estaba quedando.

Me quedé quieta frente a mi puerta, mordiendo mi labio inferior y dudando si debería acercarme para saber si le había pasado algo o ignorarla y continuar con lo mío. Rosalie no se había portado especialmente bien conmigo, pero tampoco había sido una arpía sin corazón, simplemente estaba preocupada por las intenciones que yo tenía al haberme ido a vivir con Jasper, pero ella no era "mala" en todo el significado de la palabra.

Con un suspiro resignado avancé hacia su puerta y me sorprendí al verla entreabierta, sin poder evitarlo asomé la nariz por ella y vi a Rosalie sentada en el suelo sobre la alfombra y a sus pies había un frasco de perfume roto en pedazos. Suspire y golpeé suavemente con los nudillos.

— Esto... ¿Rosalie? —la llamé con un hilo de voz y empujé un poco la puerta—. ¿Te encuentras bien?

Ella alzó la cabeza y me miró unos segundos con la mirada perdida.

— Estoy bien... solo... solo he perdido el equilibrio—intentó regalarme una sonrisa, pero su rostro completamente blanco como la cal me asustó.

— ¿Necesitas ayuda? —pregunté en un impulso y casi me arrepentí cuando sus ojos azules y fríos se clavaron en los míos, pero por suerte su mirada se suavizó un poco y asintió con la cabeza extendiendo su mano hacia mí.

La ayudé a ponerse en pie y como pudo, tambaleándose, llegó hasta la cama donde se sentó y ocultó su rostro dejándolo caer entre sus manos.

— ¿Necesitas algo? No pareces encontrarte bien —añadí preocupada.

— Estoy bien Isabella... se me pasará en un momento —su voz sonó amortiguada, pero aun así pude apreciar que era débil.

— ¿Quieres que llame a Jasper? —pregunté.

— No... de verdad no te preocupes... no es nada —intentó sonreír y, aunque no me convenció, decidí ir a mi habitación a cambiarme.

Rebusqué en el armario aquel vestido, como acababa de ducharme en casa de Edward, solo me cambié la ropa interior y me lo puse sin pensar. Me miré al espejo para acomodar mi cabello utilizando unas tenacillas, como me enseñaron a hacerlo en la peluquería a la que me llevó Alice. Intenté ocultar mis ojeras con un toque de corrector y maquillaje y tan solo me puse un poco de gloss en los labios. Me coloqué unos zapatos con un tacón intermedio y me miré en el espejo de nuevo más detenidamente para comprobar el resultado.

El vestido era de color azul noche con unos pequeños dibujos blancos, strapless y muy ceñido hasta mi cintura, donde se soltaba con un poco de vuelo hasta mis rodillas. Acompañado con unos zapatos plateados y mi pelo decentemente peinado, aunque no perfecto, en unos suaves bucles que caía por mis hombros. Suspiré y decidí bajar, quedaban solo diez minutos de la hora que Jasper me había dicho y no quería hacerlo esperar.

Al llegar al piso inferior me sorprendí de que Edward no estuviese, pero me mordí la lengua para no preguntar y que Jasper sospechase que estaba demasiado "interesada" en él, así que le dediqué mi mejor sonrisa y me subí al coche a su lado. De camino a casa de los Denali Jasper fue hablando todo el rato, yo simplemente asentía y sonreía en los momentos precisos, pero, aunque me esforzaba al máximo, no podía evitar que mi pensamientos se perdiesen en la mañana y tarde que había pasado con Edward... más concretamente en como la habíamos "pasado".

Cuando eso ocurría un leve rubor cubría mis mejillas, rubor que yo trataba de ocultar tras una cortina de cabello o simplemente mirando hacia abajo fingiendo acomodar mi abrigo.

El coche se detuvo frente a una enorme casa en mitad de una lujosa urbanización, era una mansión color beige con las ventanas en madera de caoba al igual que la puerta de entrada. Constaba de dos pisos y de un inmenso jardín, en que, a pesar de la nieve, podía verse una pista de tennis aparentemente del tamaño reglamentario.

Intenté que mi admiración hacia el lugar no se reflejase en mi cara, se supone que era hermana de Jasper y debía estar acostumbrada a ver cosas de ese tipo, pero creo que no lo conseguí cuando Jasper me miró sonriendo.

— ¿Grande? —preguntó con diversión.

— No más que la mansión Hale —añadí en tono de broma

Jasper rio y negó con la cabeza.

Un hombre, vestido de traje negro, abrió la puerta y ayudó a bajar a Jasper, haciendo él lo mismo conmigo segundos después. Ascendimos por unos escalones hacia la puerta principal que ya nos esperaba abierta y al entrar allí fue como si hubiese entrado en otra dimensión. Solo alcancé a ver a Tanya correteando vestida solo con una bata, con el cepillo de dientes en su boca con un hilillo de pasta de dientes y baba descendiendo por su barbilla, el cabello hecho un desastre y unas braguitas en su mano. Nos miró aterrada durante dos segundos y después salió a la velocidad de la luz por una puerta lateral mientras decía algo imposible de entender porque tenía la boca ocupada.

Jasper y yo nos miramos a los ojos sin saber muy bien qué hacer, hasta que estallamos en carcajadas hasta el punto de saltársenos las lágrimas. Después, el hombre vestido de negro, al que Jasper llamó Phil, que me dijo por lo bajo que era el mayordomo, recogió nuestros abrigos y nos condujo a lo largo de un amplio pasillo hasta una habitación que parecía una sala de reuniones o algo parecido.

Las paredes estaban pintadas de un sobrio beige y los muebles eran blancos con tintes barrocos de color dorado. Los techos altos y las lámparas de araña le daban un toque distinguido y casi de realeza de cuento de hadas, tanto que llegué a preguntarme como Tanya no era una snob estirada viviendo entre tanto lujo.

A un lado de la habitación había unos cuantos sofás, justo al lado de un mueble bar, donde había un hombre moreno, de unos cuarenta años largos, con el cabello ligeramente enmarañado en unas ondas despreocupadas que caían sobre su frente, pero pese al estado de su cabello, vestía un traje negro acompañado de una camisa color burdeos y una corbata azul cobalto que hacían que tuviese un porte distinguido y una apariencia elegante.

En cuanto nos vio entrar se acercó a nosotros con una sonrisa en sus labios, sus ojos azules brillantes y sus brazos extendidos para dar un abrazo de estilo "macho" a Jasper, esos en los que se dan palmadas en la espalda que resuenan tanto que hasta parece oír cómo se chasca alguna vertebra.

— ¡Jasper! Al fin llegas... creí que tendría que tomarme el wiski yo solo —dijo con voz grave y varonil.

— Un gusto Eleazar —saludó Jasper con cortesía—, ella es Isabella, mi hermana —dijo extendiendo su brazo hacia mí para incluirme en su conversación.

El hombre llamado Eleazar, me miró a los ojos y sonrió, me tendió su mano y yo la tomé en un suave y sencillo apretón.

— Bienvenida a la familia... supongo que serás toda una Swan —añadió guiñando un ojo.

Jasper rio mientras yo no entendía muy bien la broma, pero ambos se limitaron a sonreírme y dejarme con la duda.

— He escuchado hablar tanto de ti que casi parece que te conozco —me dijo Eleazar un par de minutos después—, sabrás que Tanya es muy efusiva —dijo abriendo mucho los ojos para darle más énfasis a sus palabras—, y no deja de hablar sobre ti. Le has caído en gracia.

Sonreí sin poder evitarlo, pese al poco tiempo que hacía que la conocía, había descubierto en Tanya a una buena amiga. Era divertida, espontanea, siempre decía lo que pensaba y tenía una energía que haría palidecer a cualquiera que no la conozca lo suficiente.

— Es mutuo —dije un susurro un poco avergonzada.

— Me alegro —sonrió ampliamente—, mi hija no lo ha pasado muy bien estos últimos años y tener más compañía que la de su familia, le hará muy bien.

— ¿Ya estás hablando mal de mí? —escuche la voz de Tanya con un tinte de reproche.

— ¿Yo? —preguntó Eleazar exagerando el tono—. Nunca haría eso cariño... solo le daba la bienvenida a la familia a tu amiga Isabella.

— Solo Bella —lo corregí en un murmullo.

Él me sonrió afablemente y después se excusó dejándonos solas.

— ¿Crees que Jasper olvidará alguna vez lo que ha visto antes? —preguntó preocupada.

Escondí una sonrisa lo mejor que pude y la miré a los ojos.

— Lo dudo mucho —dije con voz temblorosa ahogando las risas que querían salir al recordar su aspecto minutos atrás—. Pero no te preocupes... —intenté tranquilizarla— no te sobornará con ello ni nada parecido, Jasper es adulto y serio.

— Eso espero... —susurró. Después me miró a los ojos y una sonrisa surcó su rostro, una sonrisa que me dio miedo sumada al brillo de ansiedad que mostraba su mirada— Ahora... necesito saber... ¿qué tal la mañana?

Abrí la boca para contestar, pero no salió nada. Imágenes de mis dos encuentros con Edward pasaron a toda velocidad por mi cabeza y mis mejillas comenzaron a subir de tono gradualmente.

— No hay nada que contar —contesté en un susurro.

— Si no hay nada que contar... ¿por qué te avergüenzas? —preguntó con suspicacia—. Venga Bella... sabes que puedes confiar en mí, seré una tumba, te lo prometo.

— No es que no confíe en ti Tanya... es que... no hay nada nuevo que contar —no era porque no quisiese decírselo, pero estábamos en su casa y cualquiera podría escuchar nuestra conversación en un descuido, y Edward había sido muy claro en nuestra conversación "puede que ni siquiera nuestra familia lo entienda". No quería ni imaginar el lío que se montaría si alguien se enterase de lo que había pasado.

— Como quieras —bufó molesta—, pero no te creas que te has librado de mi —susurró en mi oído—, sé que ha pasado algo porque te ves... diferente, como más feliz. A mí no puedes engañarme, ya me lo contarás ya...

La miré sonriendo y le guiñé un ojo, esperaba que eso le diese a entender que no era el mejor momento, pero sí que ella era alguien importante para mí.

— ¿Y estamos con secretitos chicas? —preguntó Eleazar—. ¿Algún chico ha robado corazones por aquí?

En el momento en el que dijo eso Edward cruzó la puerta y me dedicó una sonrisa deslumbrante. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y desvié la mirada azorada. ¿Así pretendía que mantuviésemos lo nuestro en secreto? Si solo me faltaba llevar un cartel en la frente que pusiese "Pierdo las bragas por Edward Cullen".

Tanya me dedicó una sonrisa suspicaz y después sonrió.

— ¿Quién más falta por llegar? —preguntó con su voz alegre de siempre.

— Alice, Emmett y María... —añadió Jasper.

— ¿Vendrá María? —preguntó con una ceja alzada.

Su padre le dedicó una mirada de advertencia y eso pareció contenerla, porque parecía que de un momento a otro soltaría un comentario muy de "ella" y por el tono de su voz deduje que María no era de su agrado, por lo que Jasper no se sentiría del todo feliz al escuchar lo que podría decir.

— Sí... hace días que no hemos podido vernos y a tu padre no le molesta que venga —contestó Jasper con el ceño fruncido.

— Será siempre bienvenida a esta casa mientras tu estés de acuerdo —se oyó una voz de mujer—. Hola Jasper... Edward —saludó después. Miré hacia el sonido de esa voz y me encontré frente a una mujer más o menos de la estatura de Tanya, con los cabellos de un color negro intenso y ojos color avellana. Se acercó a donde nos encontrábamos con una sonrisa cálida y me tendió su mano — Bella... ¿cierto? —asentí—. Yo soy Carmen, la madre de Tanya.

— Encantada señora —musité tomando su mano.

— Nada de señora —dijo despreocupada—, por cierto... me encanta tu vestido.

— Alice lo eligió —añadió Tanya—, esa chica sabe elegir muy bien la ropa, ojalá hiciese lo mismo para los chicos, pero en fin... a Bella este vestido le queda espectacular... ¿No lo crees, Edward?—Taya sonrió inocente y Edward tragó en seco.

— ¿Por qué le preguntas solo a Edward? —preguntó Eleazar divertido.

— Jasper es su hermano... su opinión no cuenta porque para él siempre estará guapa, tú... bueno... además de que eres un viejo a su lado, estás enamorado de mamá y no puedes mirar a otras mujeres... Edward es el único que tiene voz y voto en este caso, es joven, está soltero y no tiene por qué decirle que está guapa si en realidad no lo está —explicó con tanta tranquilidad como si estuviese hablando del tiempo.

— Pero está preciosa —rebatió Jasper.

— Lo sé... solo quería saber la opinión de Edward... como os gusta tergiversar las cosas... ¡hombres! —dijo alzando la mirada al techo.

Edward me miró un poco extraño, yo suspiré y negué con la cabeza. Jasper y Eleazar miraron a Tanya con una sonrisa, supongo que conociendo su personalidad, ella no era el tipo de persona que te podrían tomar en serio. Pero no fue hasta que el tema cambio drásticamente a uno diferente que pude respirar tranquila y relajarme.

Unos minutos después por la puerta entraron Alice y Emmett, riéndose entre ellos a saber de qué. La risa de Alice era como campanillas, en cambio la de Emmett era como el rugido de un animal salvaje.

— ¿Y si le ponemos un traje ajustado y se pone a maullar como una gata en celo? —preguntó Emmett alzando un poco la voz.

— ¡Eh! Que Rose es mi amiga... no pienses esas guarradas de ella —Alice frunció el ceño y lo miró con dureza.

— Sabes que solo bromeo, porque estoy bromeando... Rose tiene más pinta de tigresa que de una gatita dócil —volvió a reír.

— Como te escuche... te dejará sus uñas marcadas —dijo Alice con picardía.

— ¡Oh por Dios! Que lo haga... ¡que lo haga! —dijo eufórico mientras de un empujón que se suponía juguetón, hizo que Alice casi saliese volando.

Todos pusimos cara de terror cuando la vimos trastabillar, hasta que Jasper con mucha agilidad la sujetó de la cintura y logró que se mantuviese sobre sus pies y sin un cabello fuera de lugar.

— ¡Mira que eres bruto! —acusó Edward a su hermano.

— ¿Estás bien? —le preguntó Jasper a Alice con dulzura.

— Perfectamente... gracias —casi podría jurar que las mejillas de Alice estaban levemente sonrojadas, pero no estaba lo suficiente cerca para corroborarlo, lo que sí pude apreciar es que sus manos se cerraban en puños mientras se sujetaba a las mangas de la chaqueta de Jasper.

— ¿Qué está pasando aquí? —la voz estridente de María inundó la habitación dejándonos a todos en completo silencio.

Como si de un acto reflejo se tratase, Edward modificó su posición ocultando mi cuerpo de la vista de María, y yo solo pude emocionarme y sonreír levemente ante el hecho de que cumpliese su promesa.

— Ehm... —dijo Jasper soltando a Alice como si de repente fuese un hierro candente— Alice se tropezó y yo... yo la ayudé a que no se cayese —sus mejillas enrojecieron y sentí ganas de acercarme a él y golpearlo por su reacción.

María frunció el ceño y miró a Alice como si quisiese matarla, Alice solo cuadró sus hombros, alzó su barbilla levemente y le dedicó una sonrisa en la que le mostraba todos sus dientes. No hubo ninguna palabra más alta que la otra, ni si quiera una "guerra de miradas" propiamente dicha, pero ese contacto visual entre las dos era muy intenso y nos contagió a todos obligándonos a nos quedamos en silencio observando al escena.

— ¿Ya estamos todos? —preguntó Tanya rompiendo el silencio incómodo que se había formado.

— Falta tu hermana cariño —contestó Carmen.

— Ah vale... iré a decirle a Irina que deje de tener sex... —abrió mucho los ojos y miró a su padre asustada— que deje de hablar con Demetri por teléfono —agregó con voz temblorosa.

Salió corriendo de la habitación, mientras Emmett y Alice no podía ocultar su risas ante lo que casi dice, yo bajé la mirada y lo soporté lo mejor que pude.

Treinta minutos después todos estábamos cenando, me había sentado en la mesa esperando poder estar al lado de Edward, pero en cuando estuve en mi lugar, Tanya se sentó a mi izquierda y a Alice a mi derecha, sin darle más opción que sentarse frente a mí y regalarme miradas y sonrisas furtivas.

Intentaba no desviar mi mirada hacia Jasper y María, que, como dos adolescentes, no dejaban de darse arrumacos y contarse secretitos. Jasper por momentos parecía avergonzarse de lo que estaban haciendo, ya que era de muy mal gusto y más cuando estás de invitado, pero bastaba que María dijese algo en su oído —no quiero saber el qué— para que una risita tonta se colocase en sus labios y continuase como si nada.

Carmen y Eleazar, los padres de Tanya, pese a que se veía de lejos que estaban hasta el cuello de dinero, eran muy sencillos. Puede que su casa pareciese sacada de una revista de decoración, que su ropa fuese exhibida en pasarelas y que por lo que costaban las joyas que ella llevaba encima una familia pudiese vivir un año entero, pero se comportaban como puede comportase cualquier padre o madre de cualquier adolescente de Estados Unidos. Se veía que se preocupaban por sus hijas y hacían lo posible porque tuviesen una educación normal y unos valores con buena base.

Estábamos disfrutando de un delicioso pastel de chocolate cuando sentí sobre mí la fría y calculadora mirada de la "adorable" novia de mi hermano. Me estremecí sin poder evitarlo y la miré entre mis pestañas disimulando un poco para saber qué era lo que pretendía, o al menos intentar intuirlo. Ella me miraba intensamente, con los ojos entrecerrados y una extraña expresión en su rostro.

— Bonito vestido —dijo cuando se percató de que yo también la miraba y, aunque cambió la expresión de su rostro, el desprecio en su mirada era palpable—. ¿Te has comprado mucha ropa?

— Solo unas cuantas cosas —contesté en un susurro.

— No sé para qué tanta molestia —dijo en un murmullo—, en el centro de menores no te dejarán tener tantas cosas.

— María, Bella no ha dicho que se vaya a ir a un centro —dijo Jasper con el ceño fruncido pero con voz dulce.

— No te lo habrá dicho a ti, pero yo escuche como se lo decía a su amiguita... le dijo que no soportaba vivir aquí y que se iría en cuanto pudiese —la voz de María no vaciló ni un solo momento mientras su boca escupía todo ese veneno.

Entreabrí los labios para decir algo, pero me encontré con la mirada inquisitiva de Jasper que anuló toda mi capacidad de razonamiento. ¿Me creería si intentaba decirle la verdad?

La respuesta era simple y rotunda, no.

— Bella... yo creí que... —se quedó callado y sus ojos reflejaron decepción.

Sentí ganas de levantarme de la mesa y golpear a María hasta que se le saliesen los ojos, quería darle un golpe tras otro mientras enumeraba todas las razones por las que la odiaba y por las que él mundo sería un lugar mejor sin ella. Pero solo me quedé allí, mirando fijamente mi plato mientras desconectaba del mundo y me sumía en mis pensamientos.

Todos me decían que tenía que dejar que María hiciese lo que quisiese con Jasper, que con el tiempo él se daría cuenta de la clase de arpía que tenía a su lado. Pero no podía quedarme de brazos cruzados y que ella me atacase y se quedase tan tranquila como si hubiese pisoteado a un insecto, no podía permitir eso, no podía dejar que se saliese con la suya y sobre todo que me destruyese a mí y a mi hermano para eso.

Pero no debía precipitarme, debía pensar las cosas fríamente y actuar de modo que no tuviese escapatoria. No sabía si mi mente sería capaz de idear algo así, pero tenía que intentarlo, tenía que dejar a María en el lugar que le correspondía y hacer que Jasper sea siempre él mismo sin estar sometido a sus deseos.

Alcé la mirada con la decisión completamente tomada, María tenía que estar muerta, aunque no fuese literalmente, tenía que hacer que desapareciese de nuestras vidas a como diese lugar. Me quedase a vivir con Jasper o no, esa zorra no merecía un hombre como él, en realidad no merecía a ningún hombre por ser tan...

— ¿Te encuentras bien? —la voz susurrante de Tanya en mi oído me trajo de vuelta a la tierra, la miré sin entender—. Te pusiste roja y ahora te estás poniendo morada como si te fuese a dar algo... ¿estás bien?

— Perfectamente —gruñí y le dediqué una mirada de odio a María, que ahora compartía un pedazo de pastel con Jasper... eso casi me da náuseas—. Si me disculpan —dije poniéndome en pie y saliendo de aquella habitación.

Abrí varias puertas sin saber realmente a donde iba, la ira de minutos atrás se estaba desvaneciendo y estaba dejando lugar a las lágrimas. Me sentía tan frustrada... no entendía como Jasper era capaz de permitir ese comportamiento en su novia, como se dejaba avasallar de ese modo... abrí una última puerta y me encontré en el jardín.

Avancé con pasos temblorosos hacia un banco que había en uno de los extremos, aparté la nieve que lo cubría con mi mano y me senté en él. Las lágrimas comenzaron a salir a borbotones de mis ojos. Me abracé a mi misma sintiendo frío, pero no era un frío real, era soledad. Si Jasper me daba la espalda... ¿quién me quedaba? Absolutamente nadie.

Miré hacia arriba mientras sentía mis lágrimas ardiendo en mis mejillas, el viento helado las enfriaba y parecían clavárseme en la piel. Me quedé mirando el cielo, completamente despejado, pero al estar cerca de la ciudad las luces no me permitían ver las estrellas.

Sentí algo tibio sobre mis hombros pero no me moví, continué en mi posición mirando hacia las inexistentes estrellas. Alguien me abrazó, pero no respondí, seguí en mi posición solo que con dos brazos a mi alrededor

— Bella —su voz susurró contra mi cuello y el golpe de su tibio aliento me hizo cerrar los ojos.

Edward...

El simple recuerdo de su nombre, el calor de sus brazos envolviéndome, sus labios sobre mi piel... me sentí un poco mejor. No estaba sola, mientras tuviese los brazos de Edward para sujetarme en mi caída, nunca estaría sola.

Suspiré dejando que la última lágrima saliese de mis ojos y me giré un poco para poder ver los suyos.

— Estoy bien —susurré con voz ronca.

— ¿Seguro? —preguntó preocupado.

Asentí y dejé descansar mi cabeza sobre su hombro.

— Estás helada —dijo unos minutos después—, vamos dentro —sin esperar contestación se puso en pie y me arrastró con él sin que pudiese evitarlo.

Entramos de nuevo en la casa y me llevó a una pequeña sala de estar en el lado contrario al que todos estaban. Nos sentamos en un sofá y volvió a abrazarme enterrando mi rostro en su pecho.

— Dime que es mentira —susurró después de unos minutos.

Me alejé de él de golpe y lo miré a los ojos sin entender muy bien lo que pensaba, pero tenía la ligera sospecha de que había creído en las palabras de María... ¿Sería eso posible?

— ¿Qué?

— Sé que soy un estúpido por pensar que lo que ha dicho sea verdad pero... por favor —susurró recargando su frente en la mía—, asegúrame que no es verdad, quiero que lo digas, que me lo prometas.

— Edward... —susurré sin saber si sentirme enojada porque él la creyó o alagada porque se sintiese tan inseguro a perderme que mostrase todo ese miedo.

— ¿Te quedarás conmigo? —el verde de su mirada estaba casi opaco, sus pupilas dilatadas y hasta podía jurar que temblaba levemente.

— Yo... yo no he dicho nunca eso —dije con seguridad—, nunca he pensado en irme... bueno —rectifiqué—, puede que los dos primeros días si lo pensara un par de veces, pero desde entonces estoy completamente segura de que seré feliz aquí... —Edward sonrió y ese simple gesto, dedicado solo a mí, me hizo sentir mucho mejor— cerca de ti.

— Tan cerca que seré como tu sombra —dijo con diversión.

Sonreí y lo siguiente que sentí fueron sus labios contra los míos, sonreí contra ellos sin poder evitarlo y acaricié sus mejillas admirando la suavidad de su piel.

— Debemos volver... —dijo después de unos segundos.

— No... no, no, no... —negué efusivamente.

— Escucha princesa, tienes que dar la cara, demostrarle que no te da miedo, que no te dejarás pisotear —acunó mi rostro y me obligó a mirarlo a los ojos—. Recuerda, que pase lo que pase, estaré de tu lado. Si es necesario, yo mismo asumiré tu tutela antes de que te alejes.

Enarqué una ceja con diversión y él sonrió.

— ¿Estarías dispuesto a ser mi padre a efectos legales? ¿Sabes que eso es un poco asqueroso? —intenté bromear.

— De verdad espero que no sea necesario, pero estaría dispuesto a eso y mucho más —me besó de nuevo, esta vez con un poco más de brusquedad, algo que me encantó—. ¿Vamos? —preguntó tomando mi mano.

— ¿Estarás conmigo? —pregunté con voz temblorosa.

— Si tú saltas... yo salto —sonrió

— Idiota —lo golpeé en el pecho y él estalló en carcajadas.

— Sé que será difícil —comentó mientras caminábamos—, pero tienes que hablar con Jasper y explicarle las cosas. Seguro que está decepcionado y con razón... esa...

— No sé que puedo decirle —susurré aterrada.

— Solo habla con él y tranquilízalo, no me lo ha dicho pero que tú te vayas sería de las peores cosas que podrían pasarle, tiene que estar muerto de miedo —agregó deteniéndose.

— ¿Qué? —pregunté aturdida ante su comentario.

¿Jasper realmente lamentaría mi marcha? Si solo llevaba allí poco más de dos semanas... ¿tanto cariño me había cogido en tan poco tiempo? De acuerdo que yo ya le quería, era mi hermano, pero había asumido que María siempre sería un obstáculo entre nosotros, por lo que compartía con él todo lo que podía pero con la certeza de que no sería para siempre, de que María tarde o temprano lograría alejarlo de mí de un modo u otro.

— Jasper te adora, no lo ha dicho pero comienza demostrarlo —dijo Edward.

Recordé el beso tímido que me envió por el teléfono unas horas antes, el abrazo cuando llegué a casa, su preocupación... las pruebas estaban ahí, pero era imposible de creer que fuese así.

— Pero... hace tan poco que estoy aquí... —murmuré.

— Lo suficiente para que Jasper te quiera, para Sue te vea como a su sobrina y para que yo me enamore de ti —la última confesión me hizo ruborizar y Edward rio besando mi frente.

— ¿Todo bien? —miré a mi derecha y Alice nos miraba sonriendo.

— Todo bien —dijo Edward sonriendo y alejándose un poco de mí pero sin soltar mi mano.

— Todos estamos contigo Bella... no dejaremos que esa... zorra —masculló entre dientes— se salga con la suya. Ven cariño —me abrió sus brazos y no dudé ni un instante en perderme entre ellos y recibir su cálido abrazo—. Por cierto... ¿sabes que día es hoy? —negué con la barbilla apoyada en su hombro—. Hoy es veintidós de diciembre y estoy completamente segura de que todavía no has hecho tus compras de navidad.

Me alejé de ella de golpe y la miré con los ojos extremadamente abiertos... ¿cómo podía haberme olvidado de eso? Y como si fuese una señal divina las palabras de Jasper navegaron por mi mente.

"Mi madre no se casó después de que yo naciese y yo siempre pedía un hermano por navidad. Y mira como son las cosas... en veinte días es navidad."

"En unos días es navidad y espero mi regalo, tiene que ser algo muy bueno porque me debes dieciséis regalos atrasados"

Sonreí con un poco de tristeza sin poder evitarlo y Alice comenzó a dar brinquitos enfrente de mí.

— ¿Esa sonrisa es porque aceptas mi proposición? —preguntó con impaciencia.

— ¿Que proposición? —pregunté con el ceño fruncido.

— Mañana, tarde de compras... no puedes decirme que no —añadió con voz dura al ver como mi semblante se contraía.

— No creo que sea lo más apropiado irme a gastar su dinero después de lo María le ha dicho a Jasper —añadí apesadumbrada.

— A Jasper se le pasará... —dijo Alice con seguridad— ahí donde lo veis parece feliz y muy seguro con María, pero sé que en el fondo tiene sus dudas. Bastará con que tengáis una conversación hermano y hermana y el tema quedará solucionado.

— No creo que eso sea suficiente... me ha mirado con tanta decepción... —sentí ganas de llorar de nuevo y mordí mi labio inferior para evitarlo.

— Bells, es sencillo... tú simplemente le dices la verdad y ya está —dijo Alice sonriendo de repente sin motivo aparente.

— No creo que baste... —musité.

— A ver... que no decaiga ese ánimo —me animó con voz alegre—, tú te acercas a él y le dices... —dejó la frase a medias para que yo la continuase pero no me sentí con fuerzas— ¡Venga colabora un poco! ¿De verdad quieres irte?

— ¡Por supuesto que no! —exclamé.

— Pues eso es lo que tienes que asegurarle a Jazz.

— ¿Cómo? No querrá escucharme —lloriqueé.

— Dile lo que sientes por él... ¿qué sientes por él? —preguntó Alice con demasiada ansiedad.

— Es mi hermano... le quiero aunque hace poco que nos conocemos... nunca pensé en irme —dije con un hilo de voz.

— ¡Pues ya está! —grito feliz —.Vamos...

— Alice... ¿qué...? —pero mi pregunta se quedó en nada cuando al girarme me encontré cara a cara con Jasper.