Capítulo 20
— Jas… Jasper —susurré con voz temblorosa.
— ¿Podemos hablar un minuto? —preguntó con tono serio.
Suspiré y miré a Edward, que con una leve inclinación de la comisura de sus labios me animó a aceptar y simplemente asentí con la cabeza. Alice me dedicó una sonrisa antes de iré dando saltitos y Edward se acercó a besar mi sien.
— Todo irá bien —susurró en mi oído antes de seguir a Alice.
Retorcí mis manos una con la otra, decir que estaba nerviosa era decir poco, sentía el estómago estrujado, de haberlo sabido no habría cenado tanto. Un sudor frío cubrió mi espalda y sentí mi barbilla temblar, por lo que mordí mi labio inferior para evitarlo. Tenía la mirada en el suelo, estaba muerta de miedo, ya no solo por el hecho de Jasper me diese la espalda y por ello me quedase sola y desamparada, sino porque lo que le había dicho a Alice era verdad, yo le quería, me había acostumbrado a él excesivamente rápido, pese a casi no verlo porque pasaba mucho tiempo trabajando, para mí ya era alguien importante.
— Bella… —susurró en tono condescendiente y resopló.
Tomé aire lentamente y lo contuve.
— Jas… Jasper… no es verdad lo que ella dijo, nunca pensé en marcharme… al menos no lo había pensado hasta ahora. No sé de dónde lo ha sacado ni porque lo ha dicho, pero te juro que quiero quedarme contigo —dije con voz lastimera.
— Ven aquí... —dijo abriendo sus brazos con una sonrisa en su rostro.
Abrí mi boca para decir algo, pero no pude hacerlo, mi cuerpo por un impulso totalmente involuntario se acercó a Jasper y se dejó envolver en un abrazo. Sin saber muy bien porque comencé a llorar y sentí una opresión en el pecho que casi no me dejaba respirar. Jasper me abrazó más fuerte y enterró su nariz en mi cabello.
— Eh… tranquila pequeña… ya está —susurró para tranquilizarme dando ligeras caricias en mis brazos desnudos.
Minutos después todavía estaba hipando, era vergonzoso y lo peor es que ni siquiera sabía el porqué de mi reacción. Pero Jasper estuvo a mi lado en todo momento, abrazándome y después sujetando mi mano mientras intentaba recuperar el aliento sentada en el suelo de aquel pasillo. Jasper estaba frente a mí, sus piernas estiradas al lado de las mías y los dedos de sus manos jugueteaban con los míos. Llevábamos unos minutos en silencio, primero para controlar mi llanto, después porque yo no sabía realmente que decir y él parecía estar en la misma situación.
— María dice que lo siente mucho —susurró.
Mi cabeza se alzó de un movimiento tan brusco que seguro dio miedo, miré a Jasper con los ojos extremadamente abiertos y con las palabras atoradas en la garganta.
— ¿Q… qué? —pregunté torpemente.
Jasper suspiró y se pasó una mano repetidas veces por su cabello, ese cabello que siempre estaba perfectamente peinado hacia atrás quedó totalmente revuelto dándole un aspecto diferente, casi como… leonino.
— Me dijo que creyó haberte oído decir eso, pero que lo siente si se equivocó —continuó.
Tragué el nudo de rabia que se había formado en mi garganta… ¿Será… puerca? ¿Cómo se atrevía encima a pedir disculpas? Cerré mis manos en puños y apreté los dientes con todas mis fuerzas para no gritar a los cuatro vientos todo lo que pensaba. La sarta de insultos y maldiciones que estaban a punto de salir por mi boca podrían incluso ruborizar a un marinero.
— Se equivocó por completo —contesté con voz ahogada.
— La verdad es que después de lo que pasó en casa de los Cullen la otra noche —comenzó a explicar Jasper—, creí que María y tú se llevarían mal… pero me alegra saber que ella te aprecia y no quiere que te vayas.
— ¿Ella te dijo eso? —pregunté con el ceño fruncido.
— Sí… cuando tú te fuiste, comenzó a llorar y dijo que sentía mucho haber dicho eso, pero lo que quería era que te quedaras y por eso lo dijo frente a todos, para que recapacitases.
¿Recapacitar? ¿María quería que yo recapacitase sobre ella? Puede que sí, puede que me plantease de nuevo los hechos y decidiese matarla a sangre fría… o puede que ponerle un poco cianuro a su copa la hiciese "recapacitar" a ella. Sería una rata menos en el mundo y un problema menos del que preocuparse.
— Pero… sabes que no quería irme ¿cierto? Estás completamente seguro de ello… —agregué con voz temblorosa.
Jasper le dio un apretón a mi mano y me miró con una enorme sonrisa, la que había nombrado "mi sonrisa", que acompañada con su pelo enmarañado era como ver a otro Jasper, a uno más real, más cercano… más parecido a mí y a Charlie.
— Claro que lo sé —susurró sin borrar aquel gesto de sus labios.
Mi corazón dio un brinco y fue como si alguien me quitase un peso enorme de los hombros.
— Gracias —contesté con una sonrisa tímida.
—No tienes que darlas —dijo con voz dulce— ¿Regresamos? —preguntó después de un par de minutos en silencio.
Asentí y me ayudó a ponerme en pie. Cuando regresamos al comedor donde estábamos cenando minutos atrás, el ambiente había cambiado notablemente. A un lado estaban casi todos, excepto María, que estaba en el extremo opuesto de la habitación hablando con Carmen, aunque la segunda parecía hacerlo más por cortesía que porque de verdad quisiese hacerlo. En cuanto crucé la puerta mi mirada se cruzó con la de María, por un segundo pareció que quería matarme, pero de un momento a otro una expresión dulce cubrió su rostro, por lo que deduje que Jasper la estaba mirando también y ella solo estaba fingiendo.
Bufé en su dirección y sin decir ni una palabra me senté al lado de Tanya, ella tomó mi mano y sonrió con dulzura mientras escuchábamos como Eleazar relataba algo sobre uno de sus pacientes, ya que él era médico en una clínica privada de la ciudad.
Cada pocos minutos desviaba la mirada hacia Jasper, que se había quedado con María y Carmen hablando en la otra esquina, por un lado me daba pena que tuviese que hacer eso porque su "novia" no se integraba a causa de su mala sangre, pero por otro él estaba en esa situación porque quería. En toda esa ecuación el mayor culpable era él, por permitir que esa mujer manejase los hilos de su vida.
Suspiré sonoramente ganándome una mirada preocupada de Edward, que después miró a Jasper interactuando con María y bufó negando con la cabeza. Sabía que aparte de que él sufría viendo el trato de esa… "mujer" hacia mí, también le dolía ver a Jasper en ese estado. Él era su amigo y cuando tienes un amigo solo quieres verlo bien y feliz, pero pese a que Jasper parecía todo eso, todos lo que lo conocíamos un poco bien sabíamos que bajo esa fachada era muy diferente.
— ¿Te apetece irte un rato de aquí? —preguntó Tanya en un susurro.
Asentí y ella se disculpó para ir al baño llevándome con ella. Nos metimos en la sala donde había estado antes con Edward y Tanya se dejó caer de golpe en el sofá quedándose mirando al techo fijamente.
— Es una perra —dijo después de unos segundos de silencio.
— A mí me lo vas a contar… —murmuré sentándome en el suelo justo al lado de donde ella tenía la cabeza.
— ¿Por qué no le has dicho nada? —preguntó enfadada—. Yo me habría puesto en pie y le habría estampado la cara contra su plato. No te rías —me regañó cuando se me escapó una risita—, te lo digo muy en serio, esa tipeja no se reiría de mí de ese modo.
— Es complicado Tanya… si yo la ataco de cualquier modo, Jasper…
— ¿Y ella si puede atacarte sin repercusiones? —me interrumpió—, Tu hermano es muy injusto.
— No es injusto… más bien es todo lo contrario. Yo acabo de llegar a su vida, ella ya lleva un tiempo a su lado.
Cuando dije eso, Tanya se giró quedando tumbada de lado y su mirada se cruzó con la mía con un brillo de curiosidad.
— Todavía no entiendo cómo va eso… ¿Acabas de llegar a su vida? —preguntó frunciendo el ceño—. Tienes dieciséis… habéis tenido tiempo de conoceros durante ese tiempo.
— Es complicado —suspiré.
Bufó.
— Eso ya me lo has dicho —hizo un mohín.
— Hacemos un trato —sonreí—, te lo cuento todo si tú me cuentas que es todo ese rollo de los años de clase perdidos y esa consultas médicas.
Tanya pareció pensarlo unos segundos, pero después sonrió y me extendió su mano.
— Trato hecho… desembucha —me apremió.
Suspiré reordenado mis ideas y pensando en cómo comenzar a explicarle lo que había pasado sin entrar en detalles demasiado dolorosos, pero los suficientes para que ella entendiese que era algo importante.
— No conocía a Jasper hasta hace unas semanas… ni siquiera sabía que existía —confesé.
Tanya me miró sin comprender del todo y esperando que continuase, al ver que no lo hacía suspiró y se puso en pie para sentarse a mi lado sobre la alfombra.
— ¿Cómo es eso? —preguntó en un murmullo.
— Somos hermanos solo de padre… y Charlie, nuestro padre, nunca me dijo nada… hasta dudo que mi propia madre supiese algo. Y si lo sabía estoy segura de que esa fue la causa de su divorcio —farfullé.
— ¿Estaban divorciados? —preguntó con curiosidad, pero en su mirada veía que era solo eso, curiosidad, no había ningún tipo de motivo morboso ni nada parecido.
— Se separaron cuando yo tenía tres años, mi madre me llevó Phoenix con ella y allí estuve hasta hace casi ocho meses.
— ¿Por qué volviste con tu padre? ¿Él te lo pidió?
Una sonrisa triste adornó mi rostro y negué con la cabeza.
— Ella murió, estaba enferma y... bueno… ya sabes —me encogí de hombros intentando aguantar las lágrimas.
Ella pasó un abrazo tras mi cabeza y me atrajo a su cuerpo en una especie de semiabrazo, en el que apoyé mi cabeza en su hombro.
— Entiendo… —susurró acariciando mi cabello— ¿Y...? —pero se detuvo como si se arrepintiese de lo que iba a preguntar.
— Suéltalo... —la insté rodando los ojos.
Tanya suspiró y pude imaginar una sonrisa en sus labios.
— Lo siento… —se disculpó— pero es solo curiosidad… ¿qué pasó con tu padre?
Fue mi turno de suspirar y cerré los ojos.
— En diez días hace un mes que murió… —mi voz sonó ahogada por las lágrimas que ya no pude retener y rodaban por mis mejillas cayendo sobre el hombro de Tanya.
— ¡Lo siento! —dijo abrazándome con los dos brazos—. Dios… lo siento tanto… de haberlo sabido no te habría pedido que me lo contases… de verdad que lo siento mucho Bella.
— Está bien —dije sorbiendo por mi nariz—, es justo que lo supieses… somos amigas.
— ¡Sí! —chilló apretándome más fuerte—. Y ahora entiendo más tu punto con Jasper… tiene que ser complicado convivir con un extraño después de todo lo que te ha pasado.
— Lo es… —enfaticé.
— Pero… ¿cómo fue? ¿Te trajeron a Chicago con él y ya? —preguntó alejándose para poder verme.
— No, cuando… esto… cuando me dijeron lo de Charlie, me encerré en casa varios días, Jasper apareció y me explicó todo, él tampoco sabía de mi existencia. Así que la situación es igual de complicada para los dos —relaté en un murmullo.
— Y tanto… —musitó— pero al final la cosas van bien, dejando a un lado al a zorra de su novia, habéis conectado bien.
— Sí… —sonreí— Jazz es genial, solo tiene ese defecto… su novia.
Ambas reímos unos segundos hasta quedarnos en completo silencio, que rompió Tanya con un sonoro suspiro. Me miró y sonrió también con un poco de tristeza.
— Mi turno —dijo con nerviosismo frotando mi brazo en un gesto ansioso.
— Si no quieres no tienes porqué hacerlo —la interrumpí.
—No… tú me has contado, somos amigas y es justo que también lo sepas. Aunque ahora que sé tu historia, la mía como que me parece una tontería —frunció los labios.
— A cada persona solo le duele su propio dolor, no hay una historia más triste que otra, eso solo depende de cómo canalice el dolor la persona implicada —Tanya me miró sorprendida, y creo que hasta yo me sorprendí un poco ante mis palabras.
— Ok… —suspiró y se removió incómoda— cuando tenía como quince un día me desmayé en el instituto. Llamaron a mis padres y ya sabes cómo son los padres en ese tipo de situaciones. Al principio pensaron que tenía anorexia, bulimia o algo así porque había adelgazado mucho en poco tiempo. Pero yo estaba segura de que no era nada de eso. Me costó un poco convencer a mis padres de que no era así, pero al final mi padre me llevó casi obligada al hospital a hacerme unas pruebas para saber si al menos tenía un poco de anemia —se quedó en silencio como recordando y después me miró los ojos, casi no pude reconocer a Tanya en esa mirada. Era como si hubiese madurado diez años de golpe, como si el peso de algo muy grande estuviese sobre sus hombros.
— ¿Qué pasó? —pregunté impaciente con hilo de voz.
— Que yo tenía razón… —rio irónicamente— no entendía de tecnicismos por aquel entonces, solo sé que cuando mi padre leyó el resultado de las pruebas se echó a llorar y a partir de ahí todo fue cuesta abajo —se quedó en silencio de nuevo y esperé pacientemente hasta que suspiró y me miró con los ojos anegados en lágrimas —. Lo peor no era estar sufriendo yo, eso podría sobrellevarlo —dijo de repente—. Lo peor es ver lo que afecta a las personas que te rodean, el ver como día a día se consumen por no poder hacer más de lo que hacen. Me sentía tan egoísta porque estuviesen allí cada día, por despertarme y ver a mi madre tumbada en aquel sillón que siempre le daba dolor de espalda. O la desesperación de mi padre cuando un tratamiento fallaba. O Irina… que se quedaba conmigo casa sábado por la noche en lugar de salir con sus amigos…
En esa ocasión fui yo quien le abrazo y ella se dejó consolar.
— No es fácil asumir que tienes cáncer y posiblemente los días contados, pero… —al escuchar la palabra maldita me tensé y Tanya lo notó—. ¿Qué pasa? —preguntó con el ceño fruncido.
Bajé la mirada y la apreté mi abrazo en torno a ella un poco más intentando consolarme a mí misma también, solo la palabra "cáncer" trajo a mi mente un sinfín de recuerdos que prefería no recordar.
— Bella… ¿Estás bien? —preguntó ahora preocupada.
— Sí… es solo que… —gemí y de nuevo las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
— Eh… me estás preocupando… ¿he dicho algo malo? —volvió a preguntar.
— Mi madre murió de cáncer —el rostro de Tanya se quedó en blanco por unos segundos y después me abrazó con todos sus fuerzas.
— Si no hago más que meter la pata —murmuró—, estaría más guapa callada.
— Todo está bien Tanya… no te preocupes —la tranquilicé. Respiré hondo unas cuantas veces y mi ataque de lágrimas quedó reducido en poco tiempo, agradecía a quien fuese por mi autocontrol en esos casos—. Pero me estabas hablando de ti, ¿cómo estás hora?
Se alejó sonriendo.
— Bien… Irina me dono su médula, y estoy "curada"—hizo las comillas con sus dedos—, solo queda esperar que no se reproduzca y no tengan que volver a intervenirme. Espero que no… me niego a perder otros dos años de mi vida.
— Verás como todo está bien... ten esperanza —dije con voz triste.
— Bella —salté en mi lugar cuando Jasper susurró mi nombre desde la puerta entreabierta.
Lo miré y sonreí cuando me dedicó una mirada entre dulce y divertida.
— Dime —musité.
— Voy a llevar a María a su casa —explicó—, he hablado con Edward y él te llevará.
— De acuerdo —sonreí y Tanya me dio un codazo en las costillas, la miré con el ceño fruncido.
— ¿Va todo bien? Parece que has estado llorando —inquirió preocupado.
— No es nada importante… solo una conversación con Tanya —sonreí.
Jasper sonrió también y lo acompañamos de nuevo al comedor donde después de una simple despedida general se fue llevándose a María con él.
— ¡Al fin! —exclamó Tanya en cuanto escuchó las ruedas del coche ajearse.
— Tanya…—la reprendió su madre.
— No me hagáis cerrar la boca —se quejó con los ojos entrecerrados—, solo voy a decir lo que todos estáis pensando. Esa mujer es una tremenda zorra… ¿cómo se atreve a inventar ese tipo de cosas? Si no fuese la novia de Jasper yo…
— Tanya… —dijo su padre entre divertido y reprendiéndola.
— No papá… tú has visto y escuchado igual que yo lo que ha pasado… esa mujer no merece pertenecer a los Hale—Swan… no —reprochó cruzándose de brazos.
— Como me hubiese gustado que Rose estuviese aquí… ella si podría golpearla —dijo Emmett negando con su cabeza.
Sonreí en mis adentros, si Emmett supiese que yo la había golpeado unos días atrás...
— Si no la golpeo yo misma es por Jasper, él sufriría viéndola sufrir a ella —añadió Alice—, pero esa arpía me saca de mis casillas.
— ¿Tú te encuentras bien cariño? —me preguntó Carmen con dulzura.
Sonreí un poco avergonzada.
— No se preocupe… ya estoy acostumbrada —contesté en un murmullo encogiéndome de hombros.
— Pero es que no debería ser así —espetó Eleazar—, no entiendo como Jasper es capaz de soportar esta situación… y mucho peor ahora que está atacando a su propia hermana descaradamente. No sé vosotros chicos, pero yo tendré una seria conversación con él.
— ¿Qué tipo de conversación? —preguntó Emmett aterrorizado—. Eleazar… recuerda que el bufete también es de los Cullen, no puedes abandonarnos solo por tus diferencias con la novia de unos de los socios… eso no es nada lógico.
— No abandonaré el bufete… cabeza hueca— Eleazar sonrió y Emmett soltó todo el aire que estaba conteniendo—, solo voy a darle alcohol hasta embriagarlo tanto que me confiese la verdad… no creo que este con ella solo por amor.
— No pierdas tu tiempo —la voz de Alice sonó triste—, está enamorado o al menos cree estarlo. No descubrirás nada nuevo.
— Sí… eso de creer estar enamorado y no estarlo parece ser una epidemia en Chicago —añadió Edward en tono mordaz.
— ¿Estás hablando de ti? —Alice entrecerró los ojos y lo taladró con la mirada. Edward abrió y cerró la boca sin saber muy bien que decir, hasta que una sonrisa se extendió por los labios de Alice —Lo que pensaba… cobarde —lo último lo dijo en un susurro casi inaudible.
— Bueno… —corté la conversación cuando Edward iba a contestar— es tarde y mañana tengo que ir al instituto… ¿podrías llevarme a casa Edward?
— Tanya, Irina… despediros e iros a la cama —les ordenó Carmen.
— Mamá… —protestó Irina— no tenemos siete años… ¿qué será lo próximo? ¿Qué nos recuerdes que nos cepillemos los dientes?
— Pues debería hacerlo… sé que a veces se te olvida —la regañó.
Todos estallamos en carcajadas y después de una despedida un poco más animada que la de Jasper, Edward y yo salimos de la mansión de los Denali con una sonrisa. Me abrió la puerta del coche para que entrase y, aunque eso no acaba de gustarme, cumplí su gusto y entré agradeciéndoselo con la mirada.
Edward condujo en silencio durante unos minutos, pero con un suspiro pesado detuvo el coche en el arcén y me miró a los ojos sin decir una palabra.
— ¿Qué pasa? —pregunté confundida.
— ¿No me lo vas a contar? —me contestó con otra pregunta.
— ¿El qué? —mi ceño se frunció.
— Lo que has hablado con Tanya y que te ha dejado así… —susurró acariciando mi mejilla.
— ¿Así cómo? —parecía estúpida, pero no entendía lo que quería saber.
— Tus ojos no brillan, no te sonrojas, apenas sonríes… —enumeró— ¿Qué pasa?
Suspiré y miré mis manos acomodadas en mi regazo.
— Ella me contó que estuvo enferma y yo le conté lo que me había pasado hasta llegar aquí —murmuré sin levantar la mirada.
— ¿Todo?
— A grandes rasgos… pero sí —suspiré una vez más—, le dije que mi madre había muerto y mi padre también, que Jasper no es mi hermano al completo y que hasta hace muy poco no nos conocíamos.
Sin decir nada, Edward soltó nuestros cinturones de seguridad y de nuevo me acomodó en su regazo.
— ¿Estás bien? —preguntó acariciando mis mejillas y dejando en beso en la punta de mi nariz.
— Solo un poco triste, pero tengo que acostumbrarme a hablar sobre ello —no pude decir nada más cuando sus labios estuvieron sobre los míos.
Mis manos se alzaron por voluntad propia y se enredaron en su cabello. Me encantaba la sensación de su pelo deslizándose entre mis dedos, me volvía loca cuando gemía porque tiraba de ellos o cuando ronroneaba al acariciarle la nuca.
Sus manos se colaron bajo mi abrigo y me abrazó por la espalda pegándome más a su pecho. Gemí cuando apretó una de mis nalgas juguetonamente y lo sentí sonreír contra mis labios.
Siendo un poco osada deslicé mi mano por su pecho hasta la hebilla de su cinturón y él se tensó.
— No juegues —dijo con voz ronca alejándose un poco de mí.
Solté el cinturón mientras no dejaba de mirarlo y sonreía a la vez que mordisqueaba mi labio inferior. Edward suspiró y cerró los ojos.
— No estoy jugando —susurré.
Solté también el botón y Edward abrió los ojos sorprendido para clavarlos en los míos. Era de noche y apenas estábamos iluminados por una tenue luz de una farola que se colaba por la ventana del coche, pero casi pude ver como su mirada se oscurecía un poco.
— ¿No eras tú la virgen inexperta? —jadeó cuando bajé la cremallera y rocé su erección sobre su ropa interior con la yema de mis dedos.
— Aprendo rápido —dije con diversión.
Edward gruñó cuando comencé a juguetear con el elástico de su bóxer y sin ningún tipo preámbulo, subió las manos por mis muslos elevando la falda del vestido hasta mi cintura. Cada una de sus manos agarró cada una de mis nalgas y me empujó contra su sexo.
Gemí audiblemente y Edward sonrió con arrogancia.
— Si no paras… sabes donde acabará esto —susurró besando mi cuello.
— No quiero parar… —murmuré.
— Bella… —se detuvo— no quiero que te sientas obligada a hacer nada. Quiero que seas consciente de que lo que hacemos no es un juego, es algo serio.
— Sé que no es un juego… pero te necesito —lloriqueé.
— ¿Qué es lo que necesitas? —preguntó acunando mi rostro.
— Olvidar… cuando me tocas no pienso, solo me dejo sentir. Necesito no pensar ahora y eso solo pasa contigo —confesé.
— No creo que sea adecuado que hagamos esto ahora, no cuando estás tan sensible —se negó.
— ¡Mierda Edward! —grité—. Dijiste que preferirías que encontrase otro modo de descargar mi dolor… este es el modo… ayúdame.
Edward me miró en completo silencio lo que me parecieron siglos, supuse que analizando mis palabras. Me miraba fijamente sin ningún tipo de emoción en sus ojos.
— Por favor… —susurré casi al bore del llanto.
Finalmente suspiró y colocó la palma de sus manos en mis mejillas, enmarcando mi rostro para acercarlo al suyo y darme un tierno beso.
— No tiene que ser así, podemos ir a algún lugar, no mereces hacer esto en un coche —dijo con una expresión difícil de definir.
— Lo quiero aquí… y ahora —sin esperar contestación comencé a desabrochar su camisa y a dejar besos húmedos en su cuello. Edward pareció resistirse en un primer momento, pero finalmente gemía y me apretaba más contra su cuerpo haciendo que yo también gimiese.
Deslizó un parcialmente la cremallera lateral de mi vestido y lo bajó un poco liberando mis pechos.
— ¿No llevas sostén? —preguntó entre sorprendido y excitado.
— Los tirantes… se veían con el vestido —jadeé cuando sus pulgares acariciaron mis pezones que se endurecieron al instante—, no puedo más Edward —gimoteé.
— Pequeña… si apenas te he tocado —sonrió.
— Por favor —supliqué.
Edward llevó la mano bajo el asiento donde estaba sentado y lo echó por completo hacia atrás dejando mucho más espacio frente al volante. Con un poco de ayuda me senté a horcajadas sobre él y sin esperar más me lancé a besarlo. Edward me alejó de nuevo y me miró a los ojos.
— ¿Segura? —preguntó una vez más.
Apreté los dientes y contuve las ganas de golpearlo por continuar preguntando. No contesté, solo llevé la mano hacia su ropa interior y liberé su miembro acariciándolo como recordaba haberlo hecho antes. Edward maldijo entre dientes y golpeó el sillón con la parte posterior de su cabeza.
— Bella… — jadeó.
Mordí mi labio inferior disfrutando de las muecas distorsionadas de su rostro, de sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos dejando salir el aire en rápidos jadeos. Sus manos de nuevo en mi trasero me trajeron de vuelta al a realidad, sentí como forcejeaba con algo y como segundos después una brisa suave acariciaba mi sexo.
— ¿Pero qué…? —intenté preguntar pero Edward alzó una mano y me enseñó el tanga que llevaba puesto hace unos segundos colgando de uno de sus dedos— ¿Qué has hecho? ¡Era nuevo! —me quejé.
— Necesitaba espacio… y puedo comprarte los que quieras —atacó sin labios sin darme más tregua, sentí su lengua casi en mi garganta y eso fue suficiente para que olvidase cualquier posible enfado porque hubiese roto una de mis braguitas.
Sus dedos en mi sexo fueron lo siguiente, me penetró lentamente haciéndome temblar y aferrarme a sus hombros con ambas manos clavando mis uñas con fuerza. Pero yo necesitaba más, lo necesitaba a él.
De un manotazo aparté su mano de mí, sujeté su miembro y lo dispuse en mi entrada dispuesta a empalarme de un solo movimiento, pero Edward me detuvo sujetándome de los hombros. En esa ocasión iba a golpearlo, de verdad que tenía toda la intención de hacerlo…
— Espera… —susurró mientras sacaba el envoltorio de un preservativo del bolsillo de su pantalón.
Mis mejillas se tornaron rojas de repente, pero eso duró muy poco, Edward rodeó mi cintura con uno de sus brazos y tiró de mí penetrándome de golpe. Grité y me sujeté de sus hombros de nuevo dejando caer mi cabeza hacia atrás.
— Mierda Bella… —gruñó Edward— eres tan jodidamente estrecha… no voy a aguantar mucho. Muévete despacio…
Con su ayuda elevé mis caderas y después las bajé lentamente, la sensación de tenerlo dentro de mí era indescriptible… me llenaba por completo, podía sentirlo en toda su longitud acoplándose a mi interior perfectamente. Los movimientos de mis caderas eran cada vez más rápidos, Edward me apretó con tanta fuerza que estaba segura de que acabaría con la marca de sus dedos en mi piel. Pero nada me importaba menos en ese momento….
Todo a mi alrededor se volvió difuso, olvidé el lugar en el que estábamos por completo. Solo era capaz de perderme en cada una de sus caricias, en su aliento entremezclado con el mío empañando las ventanas el coche.
Sentía toda la rabia acumulada por María, el dolor de la conversación con Tanya, todo ella entremezclado en un espiral que giraba a toda velocidad dentro de mi vientre. Edward comenzó a moverme en círculos mientras sus caderas se alzaban ligeramente para recibir a las mías… y ahí perdí la cordura. La espiral explotó y se liberó por mi cuerpo a base espasmos, mi espalda se arqueó, mis manos se cerraron en puños con el cabello de Edward entre ellos y empujando su rostro contra mi pecho mientras él intentaba respirar entre jadeos.
— ¡Dios! —exhaló contra mi piel y sentí como su miembro comenzaba a palpitar en mi interior.
Cuando todo acabó me dejé caer contra su cuerpo, había perdido todas mis fuerzas y solo era como una muñeca desmadejada entre sus brazos. Edward besó mi cabello mientras estaba todavía en mi interior, el sudor hacía que algunos mechones se pegasen a mi frente y él los separó con dulzura hasta que no quedó ni uno. Cuando mi respiración volvió a su ritmo normal me alejó un poco de su cuerpo y me miró a los ojos, acarició mi mejilla con dulzura y no pude evitar sonreír.
— ¿Te encuentras mejor? —preguntó en un murmullo, asentí con una pequeña sonrisa y el sonrojo habitual en mis mejillas— Me alegro de haberte ayudado…
— Gracias… —susurré.
— No se merecen… —sonrió con ternura y se acercó para besarme lentamente, temblé mientras lo hacía, su sabor era tan intenso…—. Te quiero —susurró alejándose un poco y volviendo a besarme—, no sabes cuánto te quiero princesa.
