Día 3.

When Were Young

No era más sencillo. La gente que decía que sus momentos más felices eran durante la infancia, mentían. Desde esa edad Ashley se dio cuenta que no era amada, que era una mancha de mierda que debe ser borrada a como dé lugar. Se acostumbró a huir, a esconderse bajo el ala de Andrew, sin saber la carga emocional que estaba poniendo en los hombros de su hermano porque era una niña inconsciente, molesta y fea que nunca debió existir. Sin embargo, se aferró a la idea de quedarse con el único rayo de luz que el destino le había concedido, ya que no permitiría que fuera sólo una compañía pasajera. Se encargaría de cuidar que su lugar en el corazón de su hermano mayor se quedara ahí para siempre; era su único deseo.

Algún día se separarían de sus padres. Las amistades se formarían conforme etapas de la vida y después sólo serían buenos o malos recuerdos. Los amoríos no durarían toda la eternidad pero su hermandad debía quedarse para siempre. La sangre los unía, y a diferencia de sus padres que nunca se preocuparon por ninguno de ellos, el vínculo que formaron debía ser indestructible.

Leyley estaba decidida a pulirlo, guardarlo y dejarle salir cuando fuera necesario, todo mientras lo mantenía bajo mira y se aseguraba que nadie lo manchara.

—No soy un juguete. —Pero por supuesto, Andy debía quejarse cuando le contó sus maravillosos planes de cuidados. La menor de los Graves infló las mejillas con aire y frunció los labios en una mueca difícil de ignorar Era un domingo por la tarde y se encontraban sobre la cama del hijo mayor; Andy trataba de leer su comic detectivesco recostado a lo largo mientras Leyley yacía su sobre su estómago y pecho—. No puedes hacer con una persona lo que harías con un objeto.

— ¿Por qué no?

—No lo sé, sólo no se puede —espetó, incapaz de dar una mejor explicación. ¿Qué sabía un niño de diez años sobre educar a otra niña de todos modos?

— ¿Qué quieres que haga entonces?

—Podríamos simplemente hacer una promesa.

—Las promesas son fáciles de romper, yo lo hago todo el tiempo, por eso Nina y Julia se rindieron de hacerlas conmigo. Tengo que buscar una mejor manera de cuidarte.

— ¿Por eso decidiste que lo mejor sería meterme en una caja?

— ¡No estarías solo! ¡Me metería en la caja contigo! Sé lo llorón que eres.

— ¡Yo no lloro! —Andy se avergonzó pero no trató de empujar a su hermana, estaba acostumbrado a estar enredado con ella así y los adultos nunca los regañaron, así que decidió que le gustaba—. ¡Y piensa en otra cosa! ¡Ni creas que me meteré en un ataúd contigo! A menos que nos convirtamos en vampiros.

— ¿Por qué sólo si nos volvemos vampiros?

—No sé, parece que es donde suelen dormir. Aquí dice que se sienten seguros en las catacumbas.

—Oh —Leyley lo pensó un momento antes de formar la sonrisa más brillante que Andy acostumbrara apreciar de ella—, ¡parece genial! ¡Vayamos a buscar un vampiro!

— ¿¡Estás loca!? ¡Nos quemaríamos con la luz del sol!

— ¿Quién necesita el sol cuando podemos ser inmortales y vivir en las catacumbas?

—Inmortales hasta que alguien decida clavarnos una estaca. Además, tendríamos que alimentarnos de sangre y eso suena asqueroso.

— ¡No puede ser más asqueroso que la comida de mamá!

—Pero… no sé si los niños puedan convertirse en vampiros, nunca he sabido de uno en la literatura o visto en películas. Quizás estén prohibidos.

—Pero los vampiros suelen moverse de dos en dos, ¿no? Si tú y yo nos convirtiéramos en vampiros, eso significa que sólo seremos nosotros dos, entonces ya no tendría que preocuparme de que alguien intente alejarte de mí.

—Eso…

Andy no pudo evitar removerse, sonrojado por lo que su hermana sugería. Leyley nunca fue de películas sobre vampiros, ella prefería más la violencia sin sentido, así que dudaba supiera la verdadera razón por la que los vampiros viajaban siempre en parejas, nunca más. Pero la inocencia maliciosa en su risa le hizo imposible al hermano mayor contarle la verdad al respecto. Era tan linda. No tenía idea de qué era ese sentimiento que lo arrinconaba cada vez.

—Sería divertido, ¿no?

—…No sé. De todos modos no sabemos si existen los vampiros en nuestra ciudad. Aunque, bueno, estamos en Europa, podría ser…

— ¿Y por qué no vamos a comprobarlo?

— ¿En serio tienes ganas de convertirte en vampiro?

—Sí, porque estaremos juntos por siempre.

—Leyley… —la llamó, armándose de valor para decirle todo en lo que se equivocaba pero sus grandes ojos fucsias le arrancaron a Andy el aliento el tiempo suficiente para hacerlo desistir y suspirar derrotado. Tal parecía que estarían en un nuevo episodio de Andy y Leyley—. No es nada.

— ¡Está decidido entonces! ¡Esta noche iremos al cementerio a cazar vampiros! O dejaremos que nos cacen a nosotros. Por el bien de nuestro futuro juntos.

—Sí, sí, lo que tú digas.

Andy atrajo a su hermanita de nuevo a su pecho y continuó su historieta en el recuadro donde lo había dejado, Leyley se recostó obedientemente, anticipando su pequeño paseo nocturno. Su hermano siempre hacía los planes para escabullirse fuera de casa, así que no se preocupó por ello y sólo se imaginó lo divertido que sería buscar un vampiro, juntos. La vida generalmente no era agradable para la pequeña Leyley pero los momentos junto a su hermano compensaban todo lo malo transcurrido en el día. Por eso esperaba que sus almas quedaran entrelazadas para toda la eternidad justo como se encontraban sus cuerpos en ese momento.

Fin.