Día 4.

Coffins

Se ahorrarían muchos problemas si cayeran sobre el asfalto y sus cuerpos se destrozaran con el impacto, era lo que Andrew pensaba, observando casi con apatía el balcón al otro lado de la puerta abierta. Ashley acababa de dormirse a su lado sobre la alfombra, así que no pudo evitar pensar en lo romántico que sería que de verdad fueran enterrados en el mismo ataúd. La muerte siempre había sido poética en la literatura y era el tema central en la mayoría de sus trabajos universitarios, por ello mismo solían impedirle presentar sus favoritos en concursos, ya que cada vez había tratado tópicos muy controversiales y demasiado crudos.

Ashley no sabía apreciar el arte de su carrera (podía ser muy burlona cuando quería) pero siempre le decía que sus poemas eran buenos, y expresaba el orgullo que le provocaba tener en su habitación a un hermano artista aunque melodramático. Andrew solía ignorar sus burlas cuando existía un elogio de por medio, ya que quería quedarse con la sensación más importante.

A Julia también le gustaron en su momento pero muchas veces –de manera sutil– cuestionó sus temas, así que nunca le mostró los mejores, esos en los que de manera inconsciente etiquetaba un nombre en una esquina inferior de la hoja para mostrárselas después.

Ashley.

Estaban muriendo, el dolor hacía que la debilidad en su cuerpo por falta de alimento empeorase ese deseo suicida con el que intentó bromear muchas veces. Su hermana le había dicho que lo seguiría, ¿no? Si se lo pidiera en serio, ¿lo haría? Después de todo parecía que no podía vivir sin él y, sinceramente, él tampoco quería que así fuera. Por ello se giró para recostarse sobre su hombro y jugar con los caireles que le caían a la cara. Ella no mostró señales de despertarse hasta después de unos momentos, dejando que el rosa de sus ojos se reflejara en los verdes de su hermano.

— ¿Qué tienes? —inquirió Ashley desconcertada, preocupada por las lágrimas no derramadas en los parpados de su hermano mayor, parecía a punto de llorar pero se contuvo fácilmente.

—Estamos atrapados, Ashley. Esta cuarentena infernal no terminará y yo… no quiero morir así. No por los deseos de alguien más. El mundo nos abandonó, es justo que lo abandonemos también.

—…Te seguiré a donde vayas, ya sabes —murmuró, sin culpa—. Que se joda el mundo.

— ¿No extrañarás a nadie?

— ¡Ja! ¿Quién es lo suficiente importante para que yo les preste atención? Además, una vez muertos no tendremos que preocuparnos de nada, ¿verdad?

Sus palabras le dieron a Andrew la respuesta que necesitaba, ella siempre parecía saber qué decir para ponerle un punto final a sus dudas, por ello fue que la tomó de la mano y la incitó levantarse para acompañarlo al único trozo de departamento donde podrían respirar las escasas ventiscas de aire, pero que jamás les entregó una brizna de libertad, bueno, ahora la obtendrían.

— ¿Lista?

— ¿Sin despedirnos ni nada? —se burló Ashley. Su hermano la miró y sonrió como si nada más que su compañía importara.

— ¿Algunas últimas palabras?

—…No —dijo, pues el apretón que le dedicó a su mano expresaba todo lo que necesitaba declararse. Mío. Y con ello Andrew estuvo de acuerdo correspondiendo de la misma manera. Tembló un poco al mirar la altura pero se recompuso al siguiente instante.

—Yo si extrañaré un par de cosas pero será todo. Realmente no fueron muy importantes al final si he elegido no esperar a que esta maldita cuarentena termine.

— ¿Y por eso me estás llevando contigo? ¿Por qué sin mí no podrías suicidarte?

— ¿Qué no es obvio?

—Vamos, no te hará daño decir tus verdaderos pensamientos sólo por esta vez. Después de todo nos vamos a morir, ¿no? ¿Quién va a reprocharte o señalarte por eso?

Ambos hermanos compartieron miradas, un instante que pudo haberse extendido más de lo apropiado pero ninguno estuvo dispuesto a romper el contacto. Sus expresiones eran contrastes pero sus intenciones eran las mismas, la misma lucha que fue ejercida entre ellos desde que se encontraron en esa vida. La indiferencia de Andrew contra la picardía de Ashley, hasta que el más propenso bajaba sus barreras por voluntad propia.

—…Está bien —cedió—. No quiero dejarte y no quiero que nadie te tenga si me voy. Nuestros padres te entregaron a mí cuando naciste, así que no pienso entregarte a nadie más, nunca, mucho menos a ese cultista loco que tenemos de vecino.

—Pfft. ¡Sabía que estabas celoso de él!

—Cállate.

—Cuando quieras entonces.

Desviaron la vista del otro sólo para poder mirar el barandal por el que subieron, manteniendo un equilibrio que podría quebrarse ante el mínimo descuido. ¿Cómo sería la muerte? ¿Qué tan doloroso? ¿Existiría el Más Allá? Sólo había una forma de averiguarlo y los Graves estaban listos.

—A la cuenta de tres. 1… 2… 3.

Sin dilación saltaron al vacío. Mientras caían, se aferraron entre sí en un intento por cumplir sus últimas fantasías. Afortunadamente la velocidad no les jugó en contra, así que pudieron abrazarse antes de que sus cabezas quedaran destrozadas en el asfalto y los trozos de carne de otras partes de sus cuerpos salpicaran junto a toda su sangre. El sonido sordo atrajo la atención de la población, y uno de los guardias emergió del edificio para encontrarse con el desagradable escenario que había anticipado cuando por casualidad miró por la ventana a tiempo. Identificar a los presuntos suicidas no sería difícil cuando no quedaban muchos en los departamentos que ya habían muerto de hambre, pero le parecía un desperdicio que la muchacha nunca hubiera querido negociar con ellos, no habría tenido que terminar como una viscosa masa sangrienta junto al perdedor de su hermano.

Y a propósito, ¿cómo carajos iban a separar sus restos? Dudaba que sus superiores quisieran molestarse en separarlos, así que lo más probable es que no necesitaran preparar dos ataúdes.

Fin.