¡Aquí estamos aventureros de la lectura, listos para más drama y emociones intensas! Este capítulo viene cargado con nuestras protagonistas al máximo. Los sentimientos están a flor de piel y la acción no se queda atrás. ¿Podrán manejar todo lo que está por suceder? ¡Prepárense para una montaña rusa de emociones!
Capítulo 15
Hubo una vez.
Una princesa que se convirtió en monstruo.
Pov. Regina
Su promesa fue cumplida y Emma se derramó dentro de mí más veces de las que pensé que mi cuerpo podría resistir. Fue fantástico. Y aún mejor despertar desnuda con su cálido cuerpo pegado al mío. Me hubiera gustado disfrutar del momento, pero entonces recuerdo que una pesadilla me ha sacado de la cama. Quiero volver con Emma, pero estoy irritada y no quiero que lo note.
—¿Estás preocupada? —murmura con voz adormilada a mi espalda.
Quiero evitar un tono ansioso. Hay una disputa interna entre ser indiferente o dejarme intimidar por los planes de Merlín. Respiro lentamente; es lo único que puedo hacer para apaciguar la ansiedad que se abre paso a través de mi armadura. Estoy a merced de mis temores, que seguramente no se irán a ninguna parte. La presión en mi pecho y el vacío en el estómago me lo confirman. "Cálmate, Regina. Respira. No te pongas trágica", me vengo repitiendo desde que escapé de la cama a las tres de la mañana.
Refugiada en el baño, finjo arreglar mi cabello. ¿Quién se retoca el peinado en plena madrugada? Pero aquí estoy, jugando con mi pelo un par de minutos más en un vano intento de distraerme y recuperarme de la pesadilla desastrosa que me corta la respiración. Puedo recordar claramente los detalles, especialmente cuando Emma estaba agonizando y yo, al otro lado de la barrera, sin poder socorrerla. Era mi propio hechizo el que me mantenía lejos de ella. La magia de Emma era absorbida y con ello su energía vital, el combustible necesario para mantener su cuerpo, se iba agotando. Lo peor de todo es que, ante mis ojos, ella se apagaba como un bombillo y no pude hacer nada para evitarlo.
Siempre he tenido el control de mis emociones. Pero esta noche no puedo; es difícil hacerlo cuando el dolor persiste, golpeando desde adentro sin dejarme tiempo a recomponerme. ¿Cómo ser diplomática? ¿Cómo puedo mantener la compostura cuando las lágrimas se vuelven caldo ardiente en mis pestañas?
"Mi pequeña y torpe salvadora, muerta".
Cruzamos miradas a través del espejo; no puedo moverme ni dejar de mirarla. Tiemblo cuando los sentimientos afloran y soy consciente de que la amo y no quiero perderla. Emma me descontrola, rompe mis esquemas. Me vuelvo para mirarla en todo su esplendor. Apoyada en el marco de la puerta, mostrando una enorme sonrisa. No debería ruborizarme al verla desnuda, pero lo hago. Siento que el rostro se me calienta y mi piel arde. Quiero apartar la mirada, pero no puedo; me recreo por completo en su hermosa anatomía, mientras cada nervio de mi ser se enciende en llamas. La calidez de mi magia revolotea descontrolada. Tardo un momento en darme cuenta de que mis ojos se detienen un par de segundos en la parte endurecida de su cuerpo que pide atención. Mi escrutinio resalta el brillo en sus ojos. Carraspeo para disimular el golpe de calor y el cosquilleo en mi bajo vientre.
—¿Cómo no podría estarlo? —respondo al fin con tono débil, casi puedo escuchar lo apresurado que palpita mi corazón— Podemos hacerlo, Emma…
—Lo haré sola —las compuertas de mi tranquilidad se abren y dejan ingresar una oleada de cólera. Me ofusca la forma tan brusca en la que me interrumpe— El poder de esa espada es demasiado peligroso. No te pondré en riesgo ni con Killian ni con nadie.
Su tono baja, buscando tranquilizarme. Sin embargo, hará falta más que palabras para obtener ese resultado. La miro desde mi lugar, con un nudo pesado en la garganta que empieza a ahogarme. Desconozco a qué se debe esta sensibilidad, pero me asaltan unas terribles ganas de llorar. No me lo permito; me concentro en batallar con la rabia que pulula en mis entrañas.
Odio que me haga sentir tanto. Me estremezco con solo pensar en el poder que tiene Swan sobre mí.
—Gina —hace el intento de tocarme, pero me aparto de su contacto. Mi espalda choca contra el lavabo mientras busco distancia. De seguro no ve la desesperación en mis ojos al escucharla hablar de esa manera, ni cómo se me erizan los pelos de la nuca al recordar mi sueño. Mi agonía es invisible.
—No me toques. Piensas hacerlo, ¿no es verdad? No importa lo que te diga, irás y arriesgarás tu vida.
Ninguna de las dos sabe lo que está pasando. Nos examinamos en el campo de batalla, donde permanecemos agazapadas en trincheras, arrojándonos ofensivas interminables.
¿Cómo fue que pasamos de hacer el amor a esto?
—No te molestes por favor, encontraremos otra solución. Mientras tanto, trabajaremos con lo que tenemos — ella intenta calmarme pero mi magia silba en el cuarto, empujándome a reaccionar por culpa de la rabia y el arsenal de emociones que me atraviesan. Mis manos son un hervidero.
—Esto no es un juego, Swan, estamos hablando de la vida de todos —le digo llena de rabia y ella revuelve su cabello, parece arder en sus propios conflictos— No puedes usar la espada sola.
—¿Me crees estúpida? —sus ojos arrojan dolor.
—Sobre ese tema, conoces mi respuesta —increpo, sobrepasada por el enojo.
Siento que me hundo cuando su rostro se desfigura por culpa de mis afiladas palabras. Sus pies desnudos se deslizan sobre el suelo. Pone distancia. La he lastimado... continúo haciéndolo.
—Emma, yo lo siento...
—¿Por qué le temes tanto a esa maldita espada? ¿Es que no confías en mí?
Podría darle mil razones; sin embargo, el cabreo puede conmigo, dejo de pensar con claridad. Es mi corazón el que manda y nubla mi juicio.
—Tiene que haber otra solución. No es posible que siempre estemos atadas a la idea más descabellada. Me niego —la voz se me quiebra, pero la ignoro— Escúchame bien, Emma Swan, no vas a lanzarte como corderito de ofrenda para que te degüellen. No lo harás.
—¡Eres insoportable! —usa una voz grave. Avanza hacia mí y cada músculo de mi espalda se tensa al toparme con su mirada rabiosa— Te enviaré con los demás al maldito culo del mundo si es necesario para que estén seguros. Solo necesito a Merlín para hacer esto, a nadie más.
—Estúpida —le golpeo el pecho con rabia— Es un suicidio. ¿De qué sirve un maldito grupo de héroes si solo eres tú quien se sacrifica? Pero a ti te agrada estar siempre en peligro, ser la estúpida salvadora, ¿no es así? —resoplo furiosa para aplacar las lágrimas— Pues resulta que ya no lo eres.
Me mira desconcertada, mis palabras la golpean como una tonelada de cemento. Da un paso atrás, abrazando su propio cuerpo. Normalmente, esta reacción me hubiera reconfortado; la salvadora herida, pero hoy no, hoy también estoy lastimada, y un animal herido es peligroso.
—Lo sé... sé que ya no lo soy, no hace falta que nadie me lo diga —su voz es apenas audible para mí— Pero igualmente voy a luchar Regina, no puedo dejarme vencer, no cuando lo principal para mí es mantenerlos a todos a salvo. No voy a perderlos. A Henry —sus labios tiemblan y baja la cabeza como una niña avergonzada— Ni... ni a ti.
Escucharla hablar de esa forma tan apagada y derrotada me hace sentir egoísta. Quiero mantenerla con vida.
Mis pies descalzos se mueven con rapidez, abrazándome a su cuerpo, que está frío y desamparado. La beso con desesperación. Con el dolor que me provoca la sensación de que podría perderla.
—No insinúes nunca más que me apartarás de ti —muerdo su labio superior— Seas la salvadora o el oscuro, no me importa; eres mi Emma, nadie puede cambiar eso. Nadie.
—Regina... —le cierro la boca con otro beso. Muchos de ellos.
—En mis planes no tengo contemplado perderte —digo, más sensible que nunca. Las lágrimas se precipitan y no me esfuerzo en contenerlas —Prométeme que no harás ninguna de tus estupideces para ponerte en peligro. Estoy contigo; entiende que la decisión que tomes también me afecta —el corazón me salta en el pecho, adolorido como nunca antes. Mi compostura se fue al infierno; me estoy abriendo ante ella como no lo he hecho con nadie.
—Amor, no llores —acaricia mis mejillas—haré lo que quieras, pero por favor ya no llores.
—Debes permanecer a salvo… — mis palabras se ahogan por las lágrimas—Haremos esto juntas y luego volveremos a casa. Yo... me rompería en mil pedazos si te pasa algo —todas mis emociones se desbordan por el temor a perderla.
—Dios, Gina…
Mientras lo dice, sus manos se cuelan bajo mi bata de baño, apretando mis nalgas para sentarme sobre el lavabo. Automáticamente, mis piernas se enredan en su cintura.
—Quiero volver contigo a casa y demostrarte que puedo hacerte feliz aunque me mandes todos los días a la mierda por ser un desastre— intenta que su voz no tiemble por la risa que se guarda.
La beso, pero no son esos besos salvajes y posesivos que compartimos durante toda la noche. Estos besos son diferentes; comparten nuestros miedos, el amor se hace más intenso y profundo.
—Eres jodidamente sexy cuando estás furiosa —murmura, su voz baja, ronca, como si todo lo que existiera fuera este momento. Su lengua, apenas un toque, roza mis labios, dejándome temblando bajo su control.
El ambiente está cargado de tensión, no solo por el deseo palpable entre nosotras, sino por todo lo que nos hemos dicho, por el caos emocional que se revuelve dentro de mí. Emma, con esa arrogancia descarada que siempre me vuelve loca, me empuja aún más al borde de lo que puedo soportar.
— Si te follo ¿Dejarás de odiarme por hacerte llorar?
—¡Emma! —intento contenerme, pero el ardor que despierta en mí me hace fallar. La odio por saber exactamente cómo hablarme y tocarme, por cómo su arrogancia y grosería me encienden incluso cuando me siento molesta con ella.
Sus caderas se mueven, presionando su dureza contra mí, justo donde más lo necesito. Mi cuerpo responde antes que mi mente, mis manos aferrándose a sus brazos con una urgencia que no puedo controlar.
—Pídeme que te folle —su aliento caliente acaricia mi cuello y su voz es pura provocación. Mi corazón late furiosamente con el roce de su miembro duro contra mis labios húmedos, apenas me toca lo suficiente para encender un fuego incontrolable en mi interior.
El estremecimiento que recorre mi cuerpo me delata. Quiero negarlo, quiero seguir cabreada con ella, pero la verdad es que quiero rendirme.
—Sí... —consigo susurrar, apenas audible, pero lo suficiente para que ella lo escuche.
—Sí, ¿qué? —Su voz es pura exigencia. No me dejará salir de esto sin admitir lo que quiero, lo que necesito. Su mirada fija en mí es dominante, controladora.
—Hazme tuya... fóllame —le contesto rendida y en ese instante sé que me ha ganado, como siempre lo hace.
Me agarra de las caderas y el placer me parte en dos cuando, de una sola estocada, me empala, abriéndome por completo para ella. Soy su estabilidad, el ancla que la mantiene en la orilla después de una tormenta. Emma... es para mí tantas cosas a la vez. Tengo la impresión de que ni yo misma conozco los alcances de su poder en mí. Solo sé que es el amor que puede salvarme o destruirme.
Son las cuatro de la mañana. Emma y yo salimos del castillo mientras los demás aún duermen. Pasamos largos y tensos minutos buscando al escurridizo mago. Ambas quedamos en alerta al sentir su magia atravesar la barrera y alejarse del castillo. ¿Qué lo llevó a salir a esta hora? Me preocupa estar fuera y que Killian aparezca para hacer más daño. Emma camina junto a mí, con la espalda recta y los ojos encendidos. Sus movimientos parecen los de un depredador en busca de su presa. Sospecho que esa oscuridad en ella ha agudizado sus sentidos. Lo siento por la manera en que mira a través de la negrura que nos rodea.
Hay un picor en la cicatriz de mis manos, pero dejo de prestarle atención porque los pasos de Emma se detienen bruscamente. Aprieta los puños, lista para atacar. Miro en la dirección que ella lo hace sin comprender qué es lo que está sintiendo. Pese a que me adelanto unos pasos, puedo escuchar su respiración alterada. La pequeña lumbre en la palma de mi mano desaparece, quedándonos solamente con la claridad que nos regala la luna. Con aire resuelto, me acerco hasta ella; su mirada tropieza con la mía, exhibiendo preocupación.
—Me vas a decir que estamos perdiendo el tiempo —es una de sus primeras palabras— que cuanto más permanezcamos fuera, más nos ponemos en peligro, ¿verdad? —hace un puchero y yo sonrío.
—Dime lo que sientes —tomo su mano, acariciando con el pulgar sus nudillos, haciendo lo posible para calmarla. Dejo que mi mano recorra su antebrazo, maravillada por la actitud tan protectora hacia Emma. ¿Siempre ha sido así, aunque peleáramos? Nota mi aturdimiento y me sonríe dulcemente, dejándome ver que también tiene ese efecto sedante en mí —Lo que está pasando contigo es lo que me importa. No te quedes callada. Háblame, Emma —la tibieza de mis manos se apodera de la frialdad de sus mejillas.
—Puedo sentir a Merlín, pero también hay algo en el bosque, su presencia es agotadora —suspira, dejando caer el rostro sobre mi mano — Es una magia peligrosa, puedo asegurarlo.
No me consuela su respuesta, mucho menos si estamos en el bosque rodeadas de tanta niebla y oscuridad. Esto no está bien, no debí dejarme convencer para salir sin un plan.
—Volvamos al castillo —a Emma no le causa mucha gracia mi repentino cambio de planes.
—Él nos necesita —me dice preocupada y mis dientes rechinan para no gritarle.
—No debió salir —le contesto, me importa poco su pataleta. Ella refunfuña y maldice en voz baja. Veo en sus ojos que desea quedarse. Abre la boca para darme alguna de sus tontas razones pero en su lugar, es mi voz la que protesta.
—Emma, no seas testaruda, no me fío de ese mago y su escape nocturno agranda mis sospechas hacia él. Por favor, querida, ya me dejé arrastrar por ti a pesar de lo peligroso que puede ser —sacude la cabeza, lanzando un suspiro profundo. Siempre me ha hecho gracia la manera en que intenta llevarme la contraria y termina cediendo— Quiero regresar, estoy agotada. Creo que ambas llevamos días sin un verdadero descanso.
Un largo silencio se extiende entre las dos. Minutos preciosos que perdemos; podríamos estar acurrucadas en la cama, pero eso me lo guardo para mí. Emma no se apresura a hablar; cuando al fin lo hace, suena más cansada que yo.
—Tienes razón, volvamos —reúno toda mi compostura para no acercarme y besarla. Tampoco es que voy a ir por ahí haciendo ñoñerías. Una sonrisa cruza su rostro. Tengo la impresión de que algo pasa por esa cabecita— Podemos aprovechar el tiempo que nos queda.
—No soy tu juguete sexual, Swan —se inclina hacia mí y me doy cuenta de que su cercanía dispara mis sentidos. Mi mente arde mientras lucho penosamente con el deseo de lanzarme a sus brazos. Me exijo a mi misma mantener la compostura, pero no hay nada que pueda hacer cuando se acerca hasta que su abrasador aliento roza mis labios.
—Hablo de acurrucarnos y descansar. Unas horas de paz no nos vendrían mal.
—Compórtate, Emma —aunque intento mantenerme firme, la voz me tiembla.
—Confieso que no tengo ningún problema en ser su juguete, majestad —me duele que se mantenga a una distancia prudente y no haga nada. Quiero que me bese y la ansiedad que me produce es un deseo que me transforma.
—Eres una tonta, Swan —se aproxima y me envuelve entre sus brazos, dejando un dulce mordisco en mi cuello— Basta.
Ella respira ruidosamente sobre mi piel. Doy un paso atrás y noto cómo sonríe con malicia.
—Swan, Swan... —me agarra con fuerza por las nalgas y me aprieta contra su cuerpo. Su gesto posesivo me excita— Cada vez que me llamas así, me entran ganas de azotar este culo precioso.
—¡Emma! —aquella respuesta me prende como una antorcha. Pongo distancia para calmarme.
—Disculpe, su majestad, la puritana —se burla.
Con un gesto altivo, le clavo los ojos.
—No soy puritana, pero tampoco estoy acostumbrada a que me hablen de una forma tan vulgar y corriente.
—Cariño, sé que te gusta lo ordinaria que puedo ser al hablarte —y tiene razón, pero jamás voy a admitir que me encanta y excita —Pero si me lo pides, dejaré de hablarte sobre lo mucho que me encanta chuparte ese coño apretado.
Un gemido incontrolable sale de mi boca al escuchar sus últimas palabras. ¡Dios! Nunca me había sentido tan húmeda y caliente.
—Ven aquí, ¡ya! —le exijo.
Me estremezco al verla acercarse lentamente. Se aprieta contra mí y su dura erección golpea mi pelvis.
—Mira cómo me tienes —susurra.
Y no puedo negar sentirme poderosa por el modo en que su cuerpo reacciona a mi.
Justo cuando estamos por besarnos, el aire se carga de magia. Antes de que tenga tiempo de reaccionar, Emma ya me cubre como un escudo con su cuerpo. El poder sube por sus dedos como una cascada furiosa que hace vibrar su anatomía. Es cuando el picor en mi mano vuelve a manifestarse, más intenso que en cualquier otro momento, pero nuevamente queda olvidado cuando una figura aparece de rodillas frente a nosotras.
— ¿Qué hacen afuera?—las palabras salen atropelladas de la boca del á sofocado, con las ropas sucias y manchadas de sangre. Ambas corremos hasta él—Tienen que irse ya —nos mira lleno de frustración.
—¿Qué demonios está pasando? —me arrodillo junto a él.
A nuestro alrededor, el ambiente vuelve a cambiar. Las copas de los árboles se mueven bruscamente, un escalofrío recorre mi espina dorsal. Siento una maldad acercándose, tan intensa, como si unos brazos invisibles me apretaran el tórax. Mi magia, que siempre ha respondido fácilmente, parece vacilar ante la presencia que se aproxima, como si también sintiera miedo. No tengo tiempo para analizar lo que está ocurriendo; Merlín me entrega un libro desgastado por el tiempo y a Emma le tiende la espada, la cual ella mira con recelo.
—¡Te has vuelto loco! —farfullo, rabiosa.
Él ignora mi protesta y se concentra en mirar hacia el bosque.
—Es tarde, ya están aquí —murmura, tomándome de las manos bruscamente— Pase lo que pase, no usen magia hasta que les dé la señal. Tienes que contenerla, Majestad —mira a Emma, luego a mí y con un gesto solemne hace que la tierra se abra y un árbol enorme emerge del suelo. Las ramas se cierran alrededor de nosotras, como un caparazón protector, aislándonos del peligro exterior.
—¡Emma! —Exhalo con pánico— ¡Emma!
—Estoy bien —jadea, pegada a mi espalda.
Hay una presencia asfixiante; cargando el aire con una maldad palpable. La temperatura desciende bruscamente, al mismo tiempo una sensación de desesperanza inunda el lugar, como si la oscuridad misma estuviera drenando toda esperanza. Siento ganas de gritar. Sabía que salir nos causaría problemas, pero no de este tipo. Levanto la mirada más allá de la pared mágica que nos mantiene prisioneras. Merlín a duras penas se pone en pie. Voltea a mirarnos con temor en sus ojos. Emma intenta decirme algo.
—Mantente callada... controla tus poderes —susurro con una advertencia empapando mi voz— Cualquier tontería nos puede llevar a la muerte.
Pov. Emma
La rabia sube desde mi estómago y me calienta la sangre. ¿Nos quedaremos aquí viéndolo morir? Regina se mueve lentamente. Nadie como ella puede sentir cómo voy perdiendo el control. Una de sus manos tantea mi puño apretado, haciendo lo que puede con sus pequeños dedos para deshacer el nudo en el que se han convertido los míos. Siento cómo cada uno de ellos emana calor. Es su manera de tranquilizarme. Las bajas corrientes cálidas que envía hacia mi cuerpo son como pequeños susurros, "Cálmate", casi puedo escucharla decirme.
Los dedos de mi morena tiemblan, llamando mi atención. Al igual que a ella, la presencia de cuatro figuras saliendo del bosque me altera. Tras ellos, otra figura se alza más imponente. Su poder oscuro emana de ella en oleadas, intensificando la malevolencia que los otros ya proyectan. Los cinco se retiran la capucha que les cubre la cabeza.
Observo detenidamente a los intrusos, mis ojos recorren cada detalle de sus figuras envueltas en túnicas oscuras, con una gran cantidad de runas grabadas con precisión milimétrica. Son hombres y mujeres con cicatrices profundas marcando sus pieles, señales de las vidas que han arrebatado, cada una más cruel que la anterior. Algo me dice que no son simples hechiceros.
La oscuridad en mí comienza a agitarse, reconociendo lo que está pasando. Los susurros, siempre presentes, estallan en mi mente, llenándome de advertencias y conocimiento. A través de los ojos de los Oscuros que me precedieron, se quiénes son esos enemigos. Los Almas Negras. Hechiceros cuyo poder se cimenta en la muerte y la destrucción, cuyo único propósito es alcanzar un poder absoluto a cualquier costo. El eco de las vidas que han arrebatado me hace sentir enferma, un coro de lamentos ahogados en el aire llega a mis oídos.
La oscuridad me susurra. Nimue, es su líder, la mujer de cabello negro como la medianoche, largo y fluido, como si siempre estuviera bajo el agua. Ella se pone en cuclillas, colocando el dedo índice bajo la barbilla del mago para obligarlo a que la mire.
—Te preguntaré una vez más, ¿Dónde está la espada? —su mirada incita al moreno a hablar, pero solo obtiene silencio— Prolongar tu dolor no los mantendrá con vida por mucho tiempo. Encontraremos la espada y con ella misma les cortaré la cabeza a todos —hace un movimiento con sus manos y sus secuaces se mueven de forma sincronizada— Muéstrame cuánto dolor puedes soportar.
Merlín permanece en silencio, con la mandíbula apretada, pero puedo ver la agonía en sus ojos.
—Sé que estás utilizando a Killian, manipulándolo, diciéndole que con la espada quieren acabarlo cuando en realidad eres tú quien ansía terminar con todos.
—Con la espada y la oscuridad del Oscuro, nadie podrá detenernos —dice la hechicera— Enviaremos la oscuridad a todos los mundos, un poder tan inmenso que hará temblar a los cielos y devorará la luz en todas partes y tú... no podrás hacer nada.
Desde nuestro refugio en el árbol, observamos la escena que se desarrolla bajo las sombras. Las ramas gruesas y enredadas nos ocultan, pero nada puede protegerme de la visión de los Almas Negras torturando a Merlín. Están alrededor de él, con sus túnicas oscuras ondeando ligeramente por la magia que fluye a su alrededor, como una marea oscura y hambrienta de sangre, de una nueva vida que alimentara su poder.
Uno de ellos, un hombre corpulento con el rostro marcado por cicatrices profundas, levanta su mano en el aire, Merlín se lleva las manos al cuello, se nota que está luchando por encontrar un poco de aire.
—Mi intención... era evitar que se derramara más sangre —susurra el moreno de forma entrecortada mientras el hechicero le cortan la respiración.
Merlín está de rodillas en el suelo, su cuerpo exhausto y herido, pero lo que más me preocupa es la expresión en su rostro. No es solo dolor físico; hay algo más, algo que lo está destrozando desde adentro. Siento un nudo en el estómago al verlo así, tan diferente del poderoso hechicero del que siempre había escuchado hablar.
—¿Por qué...? —intenta hablar, pero su voz es apenas un susurro. Levanta la cabeza y con dificultad, mira a Nimue, quien está a unos metros de él, observándolo con fría indiferencia—. ¿Por qué no puedes detenerte?
La hechicera le lanza una mirada gélida.
—No necesito tus cuidados —le dice ella con desprecio.
—¡Por favor! —la súplica en su voz me sorprende. Merlín nunca había implorado ante un enemigo— Un día fuiste una mujer buena... Aún hay tiempo, Nimue. Puedes detener esto.
Ella duda, solo por un segundo, pero luego su rostro vuelve a endurecerse.
—La mujer que conociste murió hace mucho tiempo, Merlín.
Un escalofrío me recorre. Esto no es solo una simple batalla. Algo más está ocurriendo aquí, algo profundamente personal. A Merlín le importa esa mujer de una manera que yo no había visto antes. Es como si él estuviera luchando no solo contra ella, sino también contra sus propios sentimientos.
Entonces, un estallido de magia llena el aire. Un destello de luz cegadora seguido de una onda expansiva que sacude todo a su paso. Veo cómo Merlín es lanzado por el impacto, su cuerpo volando hacia nosotras con una fuerza imparable. El choque contra nuestro refugio es brutal, sacudiendo el árbol en el que nos encontramos ocultas.
Todo se vuelve caos. Merlín se gira, dolorido y maltrecho, su cuerpo temblando mientras intenta levantarse. Pero cuando sus ojos encuentran los míos, sé que algo está muy mal. Sus mejillas, antes llenas de vida, están tan pálidas que le dan la apariencia de alguien que está al borde de la muerte.
"Emma... lo siento" alcanzo a leer en sus labios. El corazón late con fuerza en mis oídos cuando uno de ellos se acerca; lo toma por el cabello y se lo lleva arrastrado.
Si me esfuerzo un poco más, puedo escuchar cómo le rompen los huesos. Me digo a mí misma que no era un daño permanente, que los huesos pueden sanar. Pero mi conversación interna es interrumpida por un grito del mago. Su dolor me traspasa. Regina mueve la cabeza, lee mis intenciones como un libro.
Me falta el aire. La impotencia me inunda, y la sensación de que una pesada losa me aplastara el pecho es sofocante. La visión de Merlín, del hombre de magia pura más poderoso del Bosque Encantado, reducido a un ser frágil y vulnerable ante mis ojos me causa muchas emociones encontradas.
"Se nota que no quiere luchar contra ella".
Mi furia crece con cada pensamiento, pero me obligo a mantenerme quieta. Se que no debo actuar precipitadamente, pero es difícil ver cómo lo torturan, como un simple juguete en sus manos. De repente, siento una mano firme en mi brazo. Es Regina. Me miraba con una mezcla de determinación y advertencia en sus ojos.
—No te muevas. Espera —me susurró— Y contrólate.
"¿Esperar?" Pero Regina ya ha tomado una decisión. Antes de que pueda detenerla, se lanza hacia ellos, su magia brota de sus manos en una explosión de poder.
La magia en el aire se intensifica y el bosque mismo contiene el aliento. Nimue frunce el ceño con la repentina aparición de Regina y por un breve instante, la sorpresa se refleja en sus ojos. Pero esa sorpresa se desvanece tan rápido como apareció, transformándose en una mueca de desprecio.
—Vaya, vaya... ¿Qué tenemos aquí? —su voz se arrastra impregnada de veneno— La Bruja Redimida en persona.
El odio en sus palabras es palpable. Regina no se inmuta, pero yo puedo sentir el peso de esas palabras y la rabia que cada una de ellas desprende, como un golpe que intentaba derribarla.
—Voy a darles la oportunidad de marcharse —advierte Regina con voz templada, sus ojos reflejando el fuego que llevaba por dentro. Ahí está mi Reina.
—Viniste a salvarlo, ¿no? —pregunta la hechicera con amargura— Siempre tan noble, tan justa... tan patéticamente ingenua. Crees que puedes lavar tus pecados con buenas acciones. No borrarás lo que eres, lo que siempre serás.
Regina levanta la barbilla con esa fuerza característica que tanto admiro. Pero yo sé que las palabras de Nimue están diseñadas para herir, para penetrar las defensas. Y lo peor de todo es que la hechicera oscura lo hacía con un odio profundo, un odio que iba más allá de la mera rivalidad.
—Yo te admiraba —escupe la hechicera, acechándola lentamente— Pero ahora… solo eres una hipócrita. Has traicionado a tu propia oscuridad, la corrompiste con debilidad, con luz. Y eso... eso es algo que no puedo tolerar.
Cada palabra que sale de su boca es un dardo envenenado, dirigido con precisión mortal. Nimue no soporta que Regina haya encontrado una manera de transformar su oscuridad en algo más, algo que no está al servicio del mal, sino del bien. Para ella, eso era una abominación, una traición a todo lo que la oscuridad representaba.
—Bueno, espero que tu información sobre mí sea suficiente para que sepas a lo que te estás enfrentando—responde Regina con calma— Y me tiene sin cuidado lo que pienses una extraña de mí
Nimue sonrió, una sonrisa cruel y retorcida.
—Debiste quedarte escondida como la cobarde que eres, porque me has facilitado las cosas. Ahora que te tengo delante, no voy a desperdiciar la oportunidad.
Mi corazón se detuvo un instante. La amenaza en sus palabras es clara y el miedo se apodera de mí. La hechicera ha puesto sus ojos en Regina, la mujer que amo y no puedo soportar la idea de que algo le ocurra.
La oscuridad dentro de mí ruge, instándome a actuar, a protegerla a cualquier costo. Pero Regina me ha pedido que espere, que no me mueva y aunque cada fibra de mi ser quiere lanzarse al ataque, algo me detiene. No era miedo, sino una comprensión repentina de la magnitud de lo que estaba en juego.
Nimue es nuestra enemiga más peligrosa; además, alguien que odia todo lo que Regina representaba ahora, lo que ella había logrado convertirse. Y ese odio la hace aún más letal. Sé que no puedo actuar precipitadamente.
Mi preocupación crece mientras escucho el discurso de la hechicera. Nimue y Killian han decidido que Regina es un objetivo en su plan destructivo, y eso lo cambia todo para mi.
Mi respiración se detiene cuando la hechicera, con un gesto apenas perceptible de su cabeza, ordena a uno de sus secuaces que ataque. Un hombre alto y robusto avanza hacia Regina como una sombra amenazante.
—Te advierto que van a morir si no se detiene—advierte Regina lista para pelear— No voy a ser buena con ninguno de no fuera por el momento la ironía en su voz me causaría risa.
El hombre ignora sus palabras y se lanza al ataque. Sin dudarlo, ella alzó una mano, y de sus dedos brotan lenguas de fuego que cortan el aire como una declaración de guerra. Su enemigo no se detuvo ni se intimidó, pero las llamas lo envuelven rápidamente, su grito desgarrador resonando en el aire antes de convertirse en cenizas. Regina no se contiene con su poder.
El corazón me late con fuerza al ver la batalla. Regina es increíblemente poderosa, pero se que esto solo desataría la furia de los otros. Y lo hizo. Esta vez son dos los hechiceros enviados a atacar, clavando en ella los ojos llenos de odio. Puedo sentir el poder oscuro que emana de ellos, uno que ningún hechicero común podría haber manejado.
Están enfocados en ella, listos para destrozarla con su magia prohibida.
Regina gira sobre sí misma, con el fuego ondeando a su alrededor como una capa que la cubre de sus enemigos, mientras su magia ardía con más intensidad. Una bola de fuego se materializó en su palma y con un movimiento fluido, la lanzó hacia sus nuevos atacantes. El hechicero más próximo apenas tuvo tiempo de levantar una barrera de energía, pero no fue suficiente. El fuego atravesó su defensa. El segundo intentó contener el fuego que consumía a su compañero, pero Regina lanzó una última ola de llamas que los abrazó hasta reducirlos a un montón de huesos chamuscados.
El calor de la batalla era abrumador y me encontré aferrándome a la madera del árbol, clavando los dedos en la corteza, tratando de encontrar algo, cualquier cosa que me ancle en mi lugar.
Nuestros ojos se encuentran en medio del caos y pude leer en los de Regina una súplica. Me estaba pidiendo, no, exigiendo que permanezca donde estoy, que confiara en ella. Mi corazón late con fuerza, todo mi cuerpo en negación por el pedido, pero igualmente obedecí. Porque sabía que Regina no me lo pediría si no fuera necesario.
Pero eso no lo hacía más fácil. Mi cuerpo entero ardía, no con la magia, sino con la furia que se acumula dentro de mí. Mis uñas rasparon la madera, buscando cualquier cosa a la que aferrarme para no lanzarme al combate. Cada vez que Regina lanzaba un ataque, siento el eco de su poder en mi propia magia, una conexión que iba más allá de lo físico, como si nuestras almas estuvieran entrelazadas en este conflicto.
—Dile que de nada sirve luchar porque voy a ser la vencedora —dice Nimue con el mismo tono pausado que había utilizado desde que llegó. Avanza hacia Merlín con pasos decididos y como si no hiciera ningún esfuerzo, lo agarra de sus ropas para ponerlo en pie— Él puede dar fe de eso. Cuéntales, que ni siquiera tú puedes detenernos.
—Voy a prenderles fuego a todos —la voz de Regina era serena, aunque estaba alterada lo disimulaba bien.
—No te creas triunfante por matar a alguno de nosotros— ríe Nimue.
—La reina... la reina y yo... somos el menor de tus problemas —susurró Merlín con voz amarga—Debes irte…
La respuesta no la satisfizo; le presiona el cuello demorándose en causarle una horrible agonía para después tirarlo de manera despreocupada. El cuerpo del mago hizo un sonido seco al caer a los pies de Regina, quien lo ayudó a levantarse.
—Digas lo que digas, morirán hoy o mañana y será por cualquiera de nosotros.
El mundo se reduce a una única imagen. La mujer que amo, rodeada de fuego, luchando con todas sus fuerzas. Pero no es suficiente. Desde las sombras del bosque, más hombres y mujeres emergen, sus ojos brillando con la malicia que sólo aquellos que han abrazado la oscuridad más profunda pueden tener. Mi corazón se acelera y el miedo crece dentro de mí como una marea.
Mi cuerpo se tensa al ver a la hechicera avanzar hacia ella, su figura envuelta en sombras, con pasos seguros y letales. El fuego que Regina ha convocado se alza como un muro protector, pero Nimue no se detiene. Su poder es palpable, una fuerza oscura que parece absorber la luz a su alrededor. Las llamas lamen su ropa, pero no la consumen; como si el fuego mismo temiera hacerle daño.
—Voy a disfrutar acabar contigo, traidora —Nimue alza una mano sin inmutarse y descarga una onda de poder tan fuerte que, en un instante, el escudo de fuego de Regina se disipa, desvaneciéndose como si nunca hubiera existido.
Mi respiración se corta y el mundo parece detenerse con ella. La oscuridad dentro de mí ruge, grita, demandando que intervenga, que me lance al combate antes de que sea demasiado tarde. Si no lo hago, si no actúo ahora, mi reina morirá.
"¡Haz algo!" gritan las voces en mi cabeza. "¡No puedes dejarla morir, cobarde!"
Pero no es solo la oscuridad la que lucha dentro de mí. La luz, mi luz, se retuerce, tratando de mantenerme anclada, intentando impedir que me deje llevar por la oscuridad que se agita en mi interior. El dolor es indescriptible, un sufrimiento tan intenso que siento que mi cuerpo se está desgarrando en dos. Mi alma estaba siendo partida en pedazos, cada parte tirando en direcciones opuestas.
Quiero contenerme, quiero mantener el control, pero el dolor es demasiado. La batalla interna entre la luz y la oscuridad es un torbellino dentro de mí, un conflicto que no puedo ganar. El poder acumulado en mi interior alcanza su límite y antes de que pueda detenerlo, una explosión de energía se desata, arrancándome de mi escondite en el árbol.
El bosque estalla en un destello cegador, la explosión envía a todos los enemigos volando. Los gritos y el estruendo de árboles siendo arrancados de raíz llenan el aire, pero todo lo que puedo sentir es el dolor, la agonía de mi cuerpo. Mi nariz, mis oídos, incluso mis ojos, están sangrando. El poder que estoy conteniendo es demasiado, un torrente incontrolable que mi cuerpo no puede manejar.
Cuando la luz finalmente se desvanece, me encuentro de rodillas en el suelo, jadeando, con la respiración agitada, frente a uno de los secuaces de Nimue. Excalibur atraviesa su pecho con una fuerza brutal; la imagen es tan intensa que apenas puedo reaccionar. La sangre del hechicero corre por la hoja, descendiendo lentamente hasta manchar mis dedos.
Los otros secuaces de Nimue, aquellos que aún permanecen con vida, retroceden aterrorizados, arrastrándose lejos de mí, mientras las sombras que me rodean chillan, clamando por más. Ellos saben lo que soy, lo que estoy conteniendo y tienen razón en temerme. Soy el Oscuro, el señor de la oscuridad y en este momento, estoy perdiendo la batalla contra lo que llevo dentro.
Pero Nimue no se amedrenta; ve la espada en mi poder y siente que es su oportunidad de tenerla.
Al sentir su amenaza la luz dentro de mí lucha con desesperación, desencadenando una onda de poder que, sin aviso, nos transporta lejos de los enemigos, hacia la barrera que habíamos cruzado al llegar. Es un último intento de mi luz para protegernos, pero sé que no es suficiente. El desequilibrio es demasiado grande, y mi cuerpo está al borde del colapso. Otra ola de poder se acumula en mi interior, lista para desatarse sin mi control.
—Emma, detente —la voz de Merlín es un eco lejano —¡No la toque!.
Un toque repentino casi me hace perder el control por completo. Mis dedos reaccionan en defensa y se aferran con violencia a la suave carne; pero lo que sigue me desconcierta aún más. Es Regina. Ha sido su toque el que me ha puesto en alerta. Su rostro está lleno de preocupación, pero también de dolor. Su cercanía debería calmarme, debería ayudarme a contener la oscuridad, pero en lugar de eso, siento que mi poder quiere liberarse de manera caótica.
—Basta… Emma —sus labios tiemblan.
Miro mis dedos anclados a su muñeca, en como mis uñas se clavan en su piel con una ferocidad que la hacen sangrar.
Sus ojos, tan llenos de confianza en mí, ahora reflejan puro dolor.
—Cariño, detente —me suplica, su voz teñida del sufrimiento que le estoy provocando— Me haces daño.
Escucharla me golpea estruja el corazón. Mi magia, la misma magia que debía protegerla, la está hiriendo. Mi temor más grande se confirma en un instante devastador. No puedo confiar en mí misma, porque incluso con las mejores intenciones, soy una amenaza para aquellos a quienes amo.
—Amor, puedes hacerlo… el peligro se ha ido, debes calmarte —aunque intenta disimularlo, su voz tiembla— Cariño, mírame, aquí estoy, mírame Emma.
Con un esfuerzo sobrehumano, intento detener el flujo de poder. Siento que estoy siendo desgarrada por dentro, la luz y la oscuridad luchando por el control de mi alma. Finalmente, con un grito desgarrador, logro sofocar la tormenta, pero no antes de que el daño esté hecho.
Caigo de rodillas nuevamente, mi cuerpo temblando, agotado por la batalla interna. La sangre aún gotea por mi nariz. Pero no es mi sangre la que me preocupa, es ver a Regina sangrar por mi culpa. Ella me observa con dolor y preocupación y yo la miro, con el corazón roto, sabiendo que le he fallado de la manera más dolorosa posible.
Destrozada por lo que he hecho sé que, aunque la oscuridad no me ha devorado por completo, he perdido algo que nunca podré recuperar del todo, la certeza de que puedo proteger a los que amo sin convertirme en un monstruo en el proceso.
Continuará…
¡Vaya final de capítulo! ¿Qué les pareció ese momento entre Emma y Regina? Emma sintiendo que le ha fallado a su reina... un golpe fuerte para ella. ¡Estoy deseando leer todas sus teorías y opiniones en los comentarios! Gracias por estar aquí, y por su apoyo.
