Momento y lugar equivocados

Resumen: Tras una experiencia traumática, Isobel está pasando un mal trago y Jubal acude para intentar ayudar. Con las emociones a flor de piel, ¿serán capaces de que la situación no se les vaya de las manos?

Nota del autor: Una escena de la miniserie "Wicked City" me ha inspirado a escribir esta pequeña pieza. Vaya el crédito de la situación pues para la guionista del episodio 4, Sarah Byrd. Gracias a Gogo_25 y RuthSand07 por su ayuda y sus ideas.


De un solo trago. Así se bebió Isobel el whisky que tenía en el vaso. Lo puso sobre la mesa de café y se sirvió otro medio vaso. Ni siquiera se molestó en ponerle el tapón a la botella. Alguien llamó al timbre e Isobel supo que era él. Después de un día como hoy, nadie más que Jubal habría venido a su puerta a aquellas horas de la noche. Isobel lo ignoró, sin embargo, bebió y volvió a servirse. Pero él insistió, dando toques en la puerta.

Tambaleándose, ella fue hasta la entrada con el vaso en la mano, arrastrando los pies descalzos por el suelo de madera e ignorando el frío en sus brazos y piernas desnudos. Pero cuando llegó a la puerta, simplemente no pudo abrir.

Jubal llamó de nuevo.

—Isobel. Isobel, abre —Esperó un poco, sin éxito—. Isobel, veo la luz encendida, veo tu sombra moviéndose por debajo de la puerta. Sé que estás ahí. Abre por favor... —sonaba realmente preocupado.

—Vete, Jubal.

—¿Qué? No.

Isobel apoyó la cabeza en la puerta, arrastrada por su desolación. No tuvo ni fuerzas para maldecir.

—Mandarte ese mensaje ha sido un error...

—Abre la puerta, Isobel. Necesito verte —suplicó él—. Necesito saber que estás bien...

Verme. Isobel soltó una palabrota silenciosa, castigándose por el momento de debilidad en que había dado al botón de enviar el mensaje. No quería que la viera. Estaba hecha un desastre. No lo quería allí. De ninguna manera. Pero él había venido, aunque habían pasado horas desde la medianoche y seguro que lo había sacado de la cama.

Pasó un rato. Lo suficiente para que Jubal pensara que Isobel lo había dejado allí plantado y se estaba preguntando si debía traer la Halligan que tenía en el maletero y tirar abajo la puerta. Entonces, sonó el cerrojo y aquélla se abrió, sólo una rendija. Jubal dudó un momento antes de atreverse a empujar con cuidado y asomarse.

Isobel se alejaba de él dándole la espalda. Jubal entró y cerró la puerta tras de sí. Intentó ignorar el shock de ver que Isobel sólo llevaba una camiseta de tirantes y su ropa interior, y que a su SAC no parecía importarle que él la viera así por primera vez.

Se fijó en que el pelo, húmedo, le goteaba un poco. La sangre la había salpicado aquella noche. Jubal se preguntó aprensivo cuánto tiempo habría pasado Isobel bajo la ducha.

—Bueno, ya me has visto —dijo ella por encima de su hombro y arrastrando las palabras—. ¿Puedes marcharte ahora?

—Estás bebiendo —observó él, obligando con voluntad férrea a sus ojos a quedarse fijos en el rostro de Isobel y no vagabundear por sus piernas o el resto de su cuerpo, aunque no pudiera controlar su pulso.

—Muy agudo, Agente Especial Valentine —replicó Isobel con una acidez poco característica—. Sí, desde hace rato. Y, sí, estoy borracha —afirmó desafiante.

La expresión frustrada de Jubal la hizo de pronto sentirse a Isobel muy avergonzada; miró con disgusto el vaso y su contenido. Sin pensar en lo que hacía, se lo puso a Jubal entre las manos y se alejó.

—Por favor, vete.

Jubal se fijó en el vaso durante un segundo. La tentación de apurarlo de un solo trago fue casi irresistible en ese preciso instante. Casi. Concentró su mirada en Isobel, y dejó a tientas el vaso sobre un mueble cercano. La siguió hasta su salón.

—No, Isobel —la energía de su tono, logró detenerla y que lo mirara—. Me iré cuando hablemos de ello —dijo acercándose, más suave ahora.

Isobel sacudió la cabeza, los ojos cerrados con fuerza. Su cabello mojado despidió algunas gotitas de agua.

—Todo ha sido culpa mía —gimió, el pecho constreñido—. No debí haber ido a la conferencia. Me advertiste del riesgo y yo no te quise escuchar.

Jubal adelantó las manos, como queriendo sostenerla, pero sin tocarla.

—No te dejaste intimidar por las amenazas de esos malnacidos. Simplemente fuiste muy valiente.

—No, el ADIC tiene razón. Sólo soy una estúpida arrogante.

—Isobel, no... No podías saber que dispararían indiscriminadamente.

—No lo entiendes, Jubal. Tú no estabas allí. ¡La gente cayó acribillada a mi alrededor! —exclamó Isobel, los ojos desorbitados. Sus hombros se hundieron. Se pasó las manos por el pelo aferrándose a ellos—. Sólo por estar en el momento y el lugar equivocados...

Su cabeza dio vueltas y sus pulmones se negaban a admitir el aire al pensar que, si Jubal hubiera estado allí a su lado, con seguridad habría recibido un tiro.

Consternado, Jubal se esforzó por encontrar algún agarre que ofrecerle al que ella pudiera asirse.

—Nadie ha muerto, Isobel...

—Aún —susurró ella, mortalmente sombría.

Había cuatro personas en condición crítica en el hospital.

Sí, había sido espeluznante. Los supremacistas simplemente habían irrumpido en la sala disparando escopetazos. Jubal todavía recordaba el pavor con el que había recibido la noticia. Y yo no estuve allí para protegerla... Él quería haberla acompañado, pero había trabajo en el JOC y sinceramente, nadie había pensado que el nivel de amenaza fuera tan alto.

Había cogido el coche y había ido hasta el lugar del evento sin pisar el freno en todo el trayecto. Sin embargo, al llegar Isobel ya no estaba allí. Sus agentes le dijeron que estaba bien, pero que se había ido a casa y que había pedido específicamente que no la molestaran. Jubal aún se avergonzaba de lo aliviado que aún se sentía porque ella hubiera resultado ilesa.

La llamó, varias veces. Siempre terminó desviado al buzón. Lo único que tuvo valor para hacer fue mandarle un coche patrulla a proteger su casa.

El mensaje que recibió de Isobel unas horas después, lo encontró tumbado en su cama, con los ojos de par en par reuniendo resolución para ir a verla, de todos modos.

Ahora, Isobel perdió la paciencia.

—OK. Ya está hablado. Venga, ahora vete —le pidió indicándole la puerta con un gesto desmañado.

Él no se movió.

—Isobel...

—Por favor. Vete ya —insistió ella, sin disimular en nada su irritación.

—Isobel, escucha —dijo Jubal.

Se acercó a ella las manos levantadas, buscando su huidiza mirada. Fue la consternación en los ojos de Jubal la que la desquició. Notaba que estaba a punto de echarse a llorar, a punto de derrumbarse delante de él. No lo quería allí cuando eso ocurriera. No podría soportarlo.

—Vete.

Apoyándole ambas palmas en el pecho, Isobel le dio un empujón. La bebida le había robado la estabilidad. Jubal apenas se movió, fue ella la que salió despedida hacia atrás.

El movimiento la enfureció, como si hubiera sido él el que la había empujado.

—¡Vete ya! —exclamó, y cargó alzando los puños contra Jubal. Él logró cogerle primero una muñeca, luego la otra, impidiendo por poco que llegara a golpearlo —. ¡He dicho que te vayas! —gritó Isobel forcejeando, intentando soltarse.

—Isobel, para. Para. —Uno de los forcejeos le acertó en el pómulo, cerca de la sien, y Jubal vio las estrellas—. ¡Para!

Desesperado, ignoró el dolor y dio un paso hacia ella, la rodeó con los brazos, intentando inmovilizarla. Isobel se resistió.

—Para —le dijo Jubal quedamente al oído—. No voy a ir a ninguna parte...

La atrajo contra él, sosteniendo su cabeza delicadamente con una mano. Su voz, su calor, su familiar aroma la rindieron. Isobel dejó de luchar, permitiendo que la abrazara, apoyándole la frente en el hombro. Las lágrimas volviéndolo todo borroso a su alrededor.

—Está bien... Todo va a estar bien —la consoló él, acariciándole el pelo.

Intentaba aliviar el dolor de Isobel tanto como la desgarradora sensación que le producía verla así, sentirla temblar como una hoja entre sus brazos. La besó en la cabeza.

No has debido hacer eso, se reprendió Jubal de inmediato. Se había dejado llevar. Se separó un poco, buscando su rostro, rogando por no haberla ofendido. Los ojos de Isobel, húmedos, negros, eran dos pozos de desolación infinita en los que Jubal casi se ahogó.

Sus manos, no pudieron quedarse quietas; se las pasó por los lados de la cara, apartándole mechones de pelo con unas suaves caricias.

—Todo va a estar bien...

Isobel no podía resistirlo, no podía soportar aquel succionador remolino de oscuridad que se la estaba tragando. Necesitaba desesperadamente asirse a algo. Y Jubal estaba allí mismo. El whisky nubló su juicio. Bajó los ojos y alzó la barbilla bruscamente, buscando los labios de Jubal con los suyos, pegando su cuerpo al de él.

—¿Qu-?

El movimiento cogió por sorpresa a Jubal, que pudo notar el alcohol en la boca de Isobel, sentir el fogoso calor de su cuerpo, antes de poder reaccionar. Su corazón se desbocó, los labios de ella sobre los suyos emborrachándolo casi instantáneamente. Pero la detuvo, y la sujetó para que dejara de hacer aquello.

—Isobel, no-

Ella lo acribilló con una mirada furiosa y lo intentó de nuevo. Esta vez Jubal se lo impidió con firmeza, pero sin apartarse.

—Yo no- —la voz se le quebró y tuvo que tragar saliva—. Tú no quieres hacer esto. Creo que simplemente estás confusa... —intentó que recuperara la sensatez.

El bochorno asoló a Isobel sin piedad. Dejó de poder mirarlo a la cara, pero seguía necesitando la solidez del contacto de Jubal para anclarse, para no quedar a la deriva de la marea de su culpa, así que no logró retirarse.

—A veces —dijo Isobel sin mirarlo, en murmullo desolador. Jubal le acariciaba los hombros y los brazos, aún intentando reconfortarla— odio lo que siento por ti. —El aire se quedó agarrado a la garganta de Jubal. Se detuvo—. No por lo que siento. —Levantó el rostro con una insensata osadía. Isobel era una persona que siempre se había sentido orgullosa de mantener sus emociones firmemente bajo control, pero aquella noche había dejado de imporle lo más mínimo—. Sólo por sentirlo.

Jubal no podía respirar. No se atrevía a interpretar sus palabras, pero la descarnada emoción en los ojos de Isobel lo dejó completamente indefenso. Los suyos se llenaron sin querer del afecto que siempre se esforzaba en ocultar porque no tenía derecho a él.

Esta vez cuando ella se lanzó a por su boca, Jubal fue incapaz de rechazarla. Le puso suavemente una mano en la mejilla, rendido a mostrarle lo que sentía. Isobel absorbió la ternura de sus labios desesperada por sentir su cariño. Lo necesitaba para subsistir más que el aire. Lo había necesitado desde hacía tanto tiempo... Más de lo que estaba dispuesta a admitir. Y simplemente se permitió a sí misma sentirse embargada por la emoción que compartieron.

Hasta que la arrastró.

Cogiéndole a Jubal la cara con las manos, su boca se volvió sin quererlo más exigente. Embriagado y repentinamente sediento de ella, no pudo evitar responder, ni atraerla hacia sí. La firme proximidad de su cuerpo hizo a Isobel olvidar que tendrían que verse al día siguiente en la oficina. Le echó los brazos al cuello y su abrazo se volvió ardiente. Jubal se percató de que ella le quitaba la chaqueta, que le desabotonaba la camisa. Pensó aprensivo que iban a arrepentirse de aquello.

—Is-

Tenía que parar, pero para cuando quiso reaccionar fue demasiado tarde. Con un inesperado y, esta vez sí, efectivo empujón, ella lo tiró sobre el sofá.

Jubal la miró boquiabierto desde abajo mientras Isobel empezaba a quitarse el top por la cabeza.

—Espera- —su lado racional hizo un intento de recuperar el control.

Ella descartó la prenda sin siquiera mirar donde caía. De cintura para arriba, no llevaba nada debajo. La mente Jubal patinó ante aquella gloriosa visión. Antes de que pudiera recuperarse, Isobel se sentó a horcajadas sobre él, de nuevo reclamando posesivamente su boca -y su voluntad- con sus besos.

Sabían a whisky y a culpa. El corazón de Jubal se retorció, pero eran incontenibles. Los pechos de Isobel contra la piel de su torso lo encendieron de deseo. Mientras ella le terminaba de quitar la camisa, Jubal la agarró por las caderas, acercándoselas para conseguir mayor contacto. El fuego los cegó a los dos. Isobel lo avivó rozándose ansiosa contra su rigidez, haciéndolos a los dos derramar gemidos en los ávidos besos que se daban. Entretanto, las manos de él, avariciosas, estaban por todas partes, dejando incendiarias estelas en su carne, dejándola desesperada por Jubal.

Esto no era suficiente.

Sin llegar a pensar realmente lo que estaba haciendo, Isobel le abrió a tientas el cinturón y el pantalón con dedos impacientes, apartando tanto sus prendas como la propia.

Jubal seguía pensando que no debían estar haciendo esto, pero ella lo miró a la cara cuando lo tentó con la humedad entre sus piernas, y él no pudo llegar a decir nada aparte de suspirar su nombre.

Aquella provocación sólo duró unos segundos, porque el deseo la consumía y lo necesitaba dentro más aún que él. Isobel se mordió el labio mientras lo hacía entrar, arrancándole un jadeo estremecido a Jubal. Fue incapaz de detenerla. Aferrada a sus hombros y a su nuca ella lo cabalgó de inmediato, desesperada por alcanzar las sensaciones que ahuyentaran sus demonios.

Acumuló más y más tensión.

Durante todo ese tiempo, la manera irresistible en que Isobel lo hundía en su candente cuerpo le estaba haciendo perder la cabeza. Estrechándola contra sí, y buscando de nuevo su boca, Jubal empezó a levantar las caderas al unísono. No sólo la fricción se hizo mayor en su interior sino que, allí donde se unían sus cuerpos, Isobel empezó a recibir un estremecedor roce en su carne más sensible.

Todo se intensificó en cuestión de segundos. Con una exclamación, su clímax alcanzó a Isobel completamente por sorpresa. Echó la cabeza hacia atrás, dejando que Jubal, con el rostro enterrado en sus pechos, la siguiera alzando hacia el pico de su placer.

Antes de siquiera haber descendido de aquella cota, Jubal la cogió en peso y los hizo cambiar de posición. Sin llegar a deshacer su unión en ningún momento, la tumbó a lo largo del sofá, echándose sobre ella. Continuó los movimientos, aunque más despacio, tratando con gran esfuerzo de controlarse. Entre besos suaves y leves gruñidos, la miró a la cara esperando alguna indicación de si debía continuar. Isobel parpadeó, sintiendo que el deseo de él rebosaba sobre ella, abrasándola.

Lo agarró por la nuca y le voló el cerebro con un beso profundo y ardiente. Lo envolvió con sus piernas, animándolo a seguir con los talones. Jubal no se habría podido hacer de rogar ni aunque hubiera querido. Mientras sus caderas se movieron cada vez más intensamente, Isobel se aferraba a él, multiplicando lo que estaba sintiendo de manera exponencial.

Jubal luchó por no dejarse llevar. Los ojos entrecerrados de Isobel le decían que todavía podía hacerla llegar una vez más. La sorprendió imprimiendo a sus movimientos un punto impetuoso. Perdida en las sensaciones que él le arrancaba, Isobel oyó sus propios jadeos convertirse en gemidos. Estos le arrebataron por fin a Jubal el control. Devoró ávidamente su cuello, y aquel estímulo fue el último empujón que Isobel necesitaba. Jubal logró hacerla gemir desconsoladamente antes de estremecerse con violencia por su propio éxtasis.

La intensidad de todo ello tardó en disiparse, dejándolos jadeantes y aturdidos. Ninguno pudo evitar quedarse dormido poco después... mientras intercambiaban besos algo torpes.

Más tarde, una medio dormida Isobel sintió que la cogían en brazos, y la llevaban a su cama. El cuidado y la ternura con que lo hizo la alcanzaron dentro del pecho. Jubal la acostó y fue a taparla, con la intención de marcharse entonces, pero Isobel se abrazó a él tirando casi sin fuerza.

—No te vayas —le pidió con un murmullo al oído.

Hasta aquel momento, Jubal no había consciente de lo mucho que deseaba oírla decir eso, aunque lo hubiera dicho medio en sueños. Sus dudas lo retuvieron durante largos segundos. Si se quedaba, a la mañana siguiente ninguno podría fingir que aquello no había ocurrido entre los dos...

Entonces Isobel empezó a dejar tiernos besos en su cuello, junto al lóbulo de su oreja, que le pusieron a Jubal la carne de gallina y le estremecieron el corazón. Finalmente se metió bajó las mantas con ella, que se acurrucó de inmediato contra su pecho, y Jubal se quedó dormido a pesar de su profunda inquietud por lo que pasaría mañana. Se sentía demasiado bien en los brazos de Isobel.

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