Nota del autor: hola a todos soy yo de nuevo, tengo que disculparme por no haber actualizado mis otros fanfics, pero lamentablemente estoy en mi primer año en la universidad y decir que he estado ocupado es quedarse corto, pero ahora tengo unos días libres y una musa me dio inspiración y decidi escribir este nuevo fanfic, para resumirlo es un fanfic self insert pero en un kryptoniano en el DCEU, no les dare expoilers por lo que tienen que esperar al capitulo 1, ya que este es solo el prologo
Prólogo: La Ascensión de Alexander
Alexander miró de reojo al dron kryptoniano que flotaba a su lado, su silueta metálica iluminada por los paneles brillantes del puente de mando. Optimus, su leal asistente de inteligencia artificial, proyectó una serie de hologramas que detallaban el estado actual de la nave.
—El buque está completamente operacional, señor —informó el dron con su voz fría pero confiable—. Armamento y blindaje han sido integrados y optimizados. La tripulación automatizada está lista para el despegue.
La nave a la que Alexander se refería no era un simple transporte o nave de reconocimiento, sino una auténtica maravilla de la ingeniería kryptoniana. Originalmente, aquel coloso había sido un buque de colonización de la clase Centinela, una reliquia de las épocas doradas de expansión kryptoniana. De cinco kilómetros de largo, imponente en su diseño, ahora resurgía como un buque de guerra que rivalizaba con cualquier nave de la actual flota de Krypton.
No había sido fácil. Alexander había empleado todo el poder y la vasta fortuna de su familia para adquirir la nave, justificando su compra ante el Consejo de Krypton como una simple restauración de un crucero personal. El Consejo, absorto en su propio orgullo y arrogancia, no vio más allá de la fachada. Para ellos, Alexander no era más que un excéntrico aristócrata que invertía en reliquias del pasado. Pero lo que no sabían no podía hacerles daño. Lo que no sabían, era que esta nave era su salvación.
El consejo no se había percatado de sus verdaderas intenciones. Cada arma, cada pieza de blindaje, cada dispositivo de soporte vital había sido modificado y actualizado. Este no era un simple crucero de lujo. Este era un coloso bélico, equipado con las tecnologías más avanzadas que el oscuro mercado kryptoniano podía ofrecer. Todo había sido hecho de manera discreta, asegurándose de no atraer la atención equivocada.
Alexander, un hombre que había reencarnado en el Krypton del DCEU décadas antes de su destrucción inevitable, no había nacido como kryptoniano, pero había vivido lo suficiente para convertirse en uno de ellos. En un científico. No el más brillante ni el más destacado, pero lo suficientemente hábil como para escalar posiciones y obtener los recursos necesarios para llevar a cabo su plan.
Con cada ciclo que pasaba, la inminente destrucción de Krypton se acercaba. Había intentado advertir a sus compañeros, pero el orgullo kryptoniano era tan fuerte como su acero. No importaba. No necesitaba salvar a todo el planeta, solo a sí mismo. Por eso, durante años, trabajó en las sombras, construyendo la nave que lo sacaría del planeta antes de que todo se convirtiera en polvo estelar.
Alexander observó el vasto puente de mando, con los controles resplandeciendo en tonos de azul y verde. Desde aquí, comandaría su escape. La nave, que alguna vez fue un símbolo de paz y exploración, ahora estaba lista para una guerra que Krypton no podía prever.
—¿Optimus? —dijo Alexander, con un destello de satisfacción en sus ojos—. Prepara la secuencia de despegue.
El dron asintió mientras los motores del gigantesco buque comenzaban a activarse con un suave zumbido. Pronto, muy pronto, dejaría atrás el destino que estaba sellado para Krypton. Y mientras los otros kryptonianos perecieran, él continuaría su camino hacia las estrellas.
(horas después)
Alexander observaba el caos que se desarrollaba más allá de las ventanas reforzadas de su nave, su expresión impasible mientras el cielo rojo de Krypton se iluminaba con los destellos de los combates. Las legiones de Zod habían iniciado su golpe de estado, y ahora las ciudades y fortalezas a lo largo del planeta estaban bajo asedio. Explosiones iluminaban el horizonte, y naves de combate, tanto leales como traidoras, surcaban el cielo en una batalla que desangraba el planeta.
Había sido cuestión de tiempo. Alexander lo había visto venir, las tensiones entre Zod y el Consejo eran insostenibles, pero ahora que el ataque había comenzado, no podía permitirse el lujo de esperar más.
—Optimus —llamó con firmeza, su voz cortando el ruido de las alarmas y los informes de batalla que inundaban el puente.
El dron kryptoniano se acercó con suavidad a su lado, proyectando hologramas que mostraban el estado de las fuerzas en el cielo y los movimientos de la flota de Zod.
—Señor, ¿en qué puedo asistirle?
Alexander fijó la mirada en la batalla aérea que tenía lugar sobre la atmósfera. Los cazas enemigos y leales estaban enzarzados en una frenética pelea de perros, un caos de naves capitales y bombarderos que ascendían y descendían en espirales de destrucción.
—Prepara la nave para la huida —ordenó Alexander, su tono decidido, mientras sus ojos brillaban con determinación—. Los motores fantasmas deben estar completamente cargados, y quiero todas las armas listas para disparar. Calibra los cañones para que ataquen únicamente a los cazas y buques capitales de las fuerzas de Zod. Ignora a las fuerzas leales del Consejo.
Optimus asintió, sus sensores brillando en respuesta.
—Entendido, señor. Activando secuencia de despegue. Los sistemas de armas están en proceso de calibración, y los motores fantasmas estarán listos en dos minutos.
Alexander cruzó los brazos, observando con frialdad el caos que se extendía por todo el planeta. No había nada que pudiera hacer por los kryptonianos que quedaban atrapados en esta guerra civil. Ya no era su problema. Su misión había sido siempre salvarse a sí mismo, escapar del destino inevitable que se cernía sobre Krypton. Zod había acelerado ese proceso, pero Alexander estaba listo.
Mientras la nave vibraba bajo sus pies, la gigantesca estructura de cinco kilómetros comenzó a elevarse lentamente hacia la atmósfera. Los cazas de Zod no tardaron en darse cuenta de su presencia, y varios de ellos giraron para interceptarla.
—Activando sistemas de defensa —informó Optimus con calma—. Los cañones están listos para disparar.
—Hazlo —ordenó Alexander.
Los cañones montados a lo largo del casco de la nave cobraron vida con un estruendo ensordecedor, disparando una andanada de energía hacia los cazas de Zod que se aproximaban. Uno tras otro, los cazas enemigos estallaron en el aire, sus restos cayendo hacia la superficie de Krypton como lluvia de escombros ardientes.
A través de las pantallas, Alexander pudo ver cómo las fuerzas leales intentaban resistir, luchando con una ferocidad desesperada. Sabía que no ganarían. Zod había planificado su golpe con demasiada precisión, y el Consejo estaba demasiado fragmentado para ofrecer una defensa efectiva. Pero todo eso no importaba ahora.
Su nave atravesó la atmósfera, rompiendo las capas superiores y dejando atrás el caos de la superficie. Alexander se permitió un breve respiro. Estaba cerca. A solo unos minutos de su escape definitivo.
—Motores fantasmas cargados al cien por ciento, señor —informó Optimus—. Listos para el salto.
Alexander asintió lentamente, mirando por última vez el planeta que había sido su hogar durante décadas. Krypton estaba condenado. Era solo cuestión de tiempo antes de que todo lo que quedara fuera polvo y cenizas.
—Inicia el salto —ordenó Alexander, sin desviar la vista del planeta.
Con un zumbido grave, los motores fantasmas se activaron. La nave se envolvió en una energía oscura y etérea, y en un instante, Alexander y su buque de guerra desaparecieron del sistema kryptoniano, dejando atrás el ocaso de Krypton y el caos de la guerra de Zod
(un tiempo después)
Mientras el vasto buque de guerra avanzaba a través del espacio, envuelto en las energías oscuras del motor fantasma, el puente de mando estaba en silencio, a excepción del suave zumbido de los sistemas de control. Alexander, con los ojos clavados en los monitores, se permitió relajar los hombros. El caos de Krypton estaba detrás de él. Al menos por ahora, parecía que su escape había sido un éxito.
Pero entonces, una serie de alertas comenzaron a parpadear en sus pantallas, interrumpiendo su momentáneo respiro. Algo no estaba bien.
—Señor, tenemos un problema —anunció Optimus, su tono mecánico inmutable.
Alexander frunció el ceño, sintiendo que su estómago se hundía. Sabía que cualquier problema durante un salto con el motor fantasma no era algo que pudiera ignorarse.
—¿Qué ocurre? —preguntó, intentando mantener la calma, aunque una sensación de inquietud empezaba a recorrer su cuerpo.
La inteligencia artificial desplegó gráficos y datos holográficos frente a él, los cuales mostraban lecturas que Alexander no podía entender del todo, pero sabía que no eran buenas.
—El motor fantasma se ha desviado de su curso —comenzó Optimus, analizando la información—. Las anomalías causadas por una singularidad cercana han afectado los datos de telemetría. Los cálculos para el salto fueron alterados.
Alexander sintió que el pánico comenzaba a apoderarse de él. Las manos le temblaron levemente mientras procesaba las palabras de su IA.
—Eso no es bueno... —murmuró, su mente acelerándose—. ¿Qué significa eso?
—Señor —respondió Optimus—, significa que hemos sido desviados de nuestra ruta prevista. La singularidad ha afectado no solo nuestra posición en el espacio, sino también en el tiempo. Me atrevería a decir que hemos salido de nuestra realidad.
El corazón de Alexander se detuvo por un instante, su cuerpo paralizado por el miedo. Sabía bien las implicaciones de lo que Optimus estaba diciendo. Los motores fantasmas eran extremadamente avanzados, capaces de doblar el tejido del universo para atravesar grandes distancias casi instantáneamente. Para hacerlo, se sumergían brevemente en la Zona Fantasma, una dimensión que existía fuera de las leyes normales de la física. Sin embargo, había un riesgo inherente. La Zona Fantasma era un lugar inestable, un limbo donde las reglas del tiempo, el espacio y cualquier ley científica conocida dejaban de aplicarse.
Y ahora, el peor escenario posible parecía estar ocurriendo.
—Esto es malo… muy, muy malo —dijo Alexander, su voz temblorosa mientras trataba de mantener la compostura. Sentía como si todo lo que había construido y planeado se desmoronara en ese preciso momento.
Optimus continuó con su análisis, mientras las luces del puente parpadeaban levemente debido a las fluctuaciones energéticas.
—La Zona Fantasma es altamente impredecible, señor. Si la singularidad ha alterado nuestro curso de esta manera, es probable que las coordenadas de destino sean irrelevantes. No podemos garantizar dónde, cuándo, o incluso en qué universo emergeremos.
Alexander tragó saliva, sintiendo que su garganta se secaba. Esto era lo que más temía: los peligros del motor fantasma. Había apostado su vida y su futuro en la tecnología kryptoniana más avanzada, y ahora estaba pagando el precio por haber sido ambicioso. El hecho de que la Zona Fantasma pudiera distorsionar las leyes del tiempo y el espacio de manera tan caótica hacía que cualquier cosa fuera posible.
—¿Podemos corregir el curso? —preguntó, aferrándose a un rayo de esperanza.
—Negativo, señor —respondió Optimus—. Las alteraciones de la singularidad ya han colapsado las constantes originales del motor. Estamos atrapados en el flujo, hasta que emerjamos en el punto donde las energías se estabilicen.
Alexander apretó los dientes, sintiendo que la desesperación comenzaba a apoderarse de él. En cualquier otro momento, habría considerado esta una situación sin salida, pero no podía permitirse rendirse. No después de haber sobrevivido tanto. Respiró hondo, tratando de calmarse.
—¿Cuánto tiempo hasta que salgamos de la Zona Fantasma? —preguntó, aferrándose a cualquier tipo de control que pudiera tener sobre la situación.
Optimus hizo una breve pausa, sus sensores calculando los datos antes de responder.
—Imposible determinarlo con precisión, señor. La naturaleza de las alteraciones temporales es tal que podríamos salir en cuestión de segundos... o siglos.
Alexander sintió un nudo en el estómago. Estaba completamente fuera de su control. Había escapado de Krypton, pero ahora se encontraba perdido en el vasto e impredecible abismo entre universos y tiempos. No podía hacer más que esperar y rezar porque cuando emergieran, lo hicieran en un lugar donde aún pudiera luchar por su supervivencia.
El puente permaneció en silencio, excepto por el constante zumbido de los motores y el chisporroteo ocasional de la energía fantasma. Alexander cerró los ojos por un momento, tratando de no dejarse llevar por el pánico. Donde fuera que fueran a terminar, tendría que adaptarse. No tenía otra opción.
Finalmente, respiró profundamente y se enderezó en su silla, su mente ya buscando soluciones, formas de sobrevivir a lo que viniera.
—Mantén los escudos al máximo y prepara las armas, Optimus. Donde sea que salgamos, no pienso ser tomado por sorpresa.
La IA asintió.
—Como desee, señor.
Y así, la nave de Alexander continuó su viaje, perdida entre los pliegues de la realidad y el tiempo, esperando su destino desconocido
o al menos eso pensó Alexander
Segundos después de que Optimus le informara sobre el último problema, Alexander sintió un sacudón violento en la nave. Las vibraciones recorrieron el casco de su buque de guerra como si hubiera chocado contra una barrera invisible.
—Hemos salido del tránsito, señor —dijo Optimus con su habitual tono calmado.
Alexander tomó aire profundamente, tratando de estabilizarse después de la repentina interrupción. Inmediatamente, abrió la consola de navegación frente a él, sus dedos moviéndose rápidamente sobre los controles holográficos. Necesitaba saber dónde habían emergido. ¿Qué parte del universo, del tiempo o incluso de qué realidad estaban ahora?
—Mantén los escudos al máximo —ordenó mientras analizaba los datos—. Y prepara las torretas pesadas de singularidad. Que disparen ante cualquier señal de amenaza.
Optimus acató sin cuestionar, y Alexander se concentró en el holomapa que empezaba a desplegarse frente a él. Su mirada se estrechó mientras revisaba el sistema en el que habían aparecido. Ocho planetas. Eso no era extraño, pero la configuración de los planetas… algo en ellos le resultaba extrañamente familiar.
Un nudo comenzó a formarse en su estómago cuando centró su atención en el tercer planeta desde la estrella del sistema. El holograma mostraba un mundo azul y blanco, cubierto de vastos océanos y masas de tierra verde, exactamente como lo recordaba.
—No puede ser... —murmuró para sí, inclinándose hacia la consola, examinando los detalles del planeta con más precisión.
Los pulsos energéticos, la radiación, la composición atmosférica… todos los datos coincidían. Había visto esas lecturas antes, cuando estudiaba sobre su vida pasada. Y aunque su mente científica le decía que era improbable, sus instintos lo confirmaban.
—Estamos en el sistema solar —susurró, incrédulo.
El silencio en el puente de mando era palpable, roto solo por el zumbido de los sistemas. Alexander se quedó mirando el holograma del planeta Tierra, incapaz de procesar lo que estaba viendo por completo. Las probabilidades de que su nave, al ser desviada en el motor fantasma, los hubiera llevado de vuelta a su antiguo hogar eran astronómicas. Y aún así, ahí estaba.
—¿Señor? —preguntó Optimus, detectando la agitación de su maestro.
Alexander respiró profundamente, tratando de recuperar la compostura. La Tierra… su antiguo hogar. ¿Qué significaba esto? ¿Había vuelto al pasado? ¿Al futuro? ¿O acaso era otro universo paralelo que replicaba el suyo? Las posibilidades eran infinitas.
—Escanea el planeta —ordenó, con la voz un poco más controlada—. Quiero información detallada sobre su estado. Presencia de vida avanzada, tecnología, y cualquier anomalía energética.
Optimus empezó a ejecutar la orden inmediatamente, mientras Alexander se inclinaba hacia atrás en su asiento, contemplando las implicaciones de lo que estaba ocurriendo. Si realmente había vuelto al sistema solar, todo lo que conocía antes de su vida en Krypton podía estar a su alcance. Pero más allá de la nostalgia, sabía que debía ser cauteloso. Podría no ser el mismo sistema solar de su infancia, o podría haber cambiado de formas que ni siquiera él podría imaginar.
—Esto es un nuevo comienzo —murmuró para sí mismo, sus ojos clavados en el holograma de la Tierra.
El destino lo había traído aquí por una razón. Ahora solo debía descubrir cuál era.
