Momento y lugar equivocados
Parte 2
Nota del autor: ¡Sorpresa! Una segunda parte de este one-shot para darle una mejor conclusión, creo. ¡Disfrutad!
Apenas había empezado a clarear cuando la sensación de angustia despertó a Jubal con palpitaciones en el pecho. Se desenredó del abrazo de Isobel con cuidado de no despertarla, y se levantó de la cama. Se metió en la ducha para limpiarse un poco. El agua no sirvió para lavar su culpa.
Con un enorme peso en el corazón, se secó y se vistió, muy consciente de que se estaba poniendo la misma ropa interior, los mismos pantalones del día anterior. Encontró unas píldoras para el dolor de cabeza y se las dejó a Isobel en la mesilla, junto con un vaso de agua. La contempló unos momentos, serenamente dormida.
Se debatía por no salir corriendo como un cobarde, por encontrar la manera de pedirle perdón.
Se obligó a ir hasta la cocina, con la intención de prepararle algo de desayuno. Tardó un rato, porque no sabía dónde Isobel tenía las cosas, pero puso la cafetera y calentó una sartén para hacer unos huevos revueltos. Todavía estaba dudando de si dejaría todo preparado y luego se marcharía. Cuando oyó la ducha funcionando, Jubal estuvo a punto de salir corriendo, pero se forzó a continuar con lo que estaba haciendo.
No impidió que su corazón diera un vuelco cuando unos minutos después la oyó hablarle desde la puerta de la cocina.
—Gracias por los analgésicos... —Isobel alzó la voz para que él la oyera por encima de la sartén crepitando, pero su tono fue sombrío de todos modos.
Jubal cerró los ojos con fuerza, como si eso fuera a servirle de algo. Apagó el fuego, pero no se giró. Se moría por ir a abrazarla, por preguntarle qué tal se sentía aquella mañana. Si estaba al menos un poco mejor, pero... No era capaz ni de mirarla a la cara.
—He llamado al hospital —soltó Jubal, básicamente huyendo de la situación—. Todos están fuera de peligro.
El alivio de Isobel fue tan profundo, que Jubal pudo oírla suspirar. Después de eso, no supo qué más decir.
—Pensaba que te habrías ido... —murmuró Isobel ante su silencio.
Jubal bajó la cabeza, mortificado. ¿Por qué siempre había sido así en todas sus relaciones? El momento y el lugar equivocados. Con Sam, con Rina. Ahora con Isobel... Le costó reunir coraje para afrontar la situación.
—Debí haberlo hecho anoche —logró decir por fin—. Debí hacerlo antes de...
No pudo continuar.
Se hizo otro largo silencio porque Isobel notó que le costaba respirar.
Había sido reconfortante saber que podía contar con que él acudiría sin importar dónde o cuándo, pero al despertar, Isobel se había sentido avergonzada de lo que había pasado la noche anterior. De que él la hubiera visto así, borracha y hecha un desastre, de cómo se había dejado llevar de aquella manera por sus deseos... Pero, sobre todo, de haberle pedido que se quedara.
—¿Antes? —murmuró con la garganta agarrotada.
—Sí. Lo lamento mucho. Quería decírtelo. Por eso me he quedado.
—¿Qué-? ¿Qué quieres decir? —su voz sonó ahogada.
Jubal se había esperado disgusto, desprecio, incluso ira, pero no se esperaba aquel obvio tono de aprensión. Levantó la cabeza, el ceño fruncido de desconcierto.
Miró de reojo por encima de su hombro. Isobel estaba de pie en el umbral, envuelta en una bata de seda con un estampado de grullas japonesas; la espalda apoyada contra la puerta abierta y los brazos cruzados pegados al cuerpo. Le cortó la respiración la belleza que irradiaba aún recién levantada.
Sin embargo, sus ojos le parecieron a Jubal atormentados y confusos al mismo tiempo. Su mirada lo esquivaba y Jubal fue hasta el salón y recogió su camisa, que había quedado hecha un gurruño en el sofá desde la noche anterior. La sacudió una vez y se apresuró ponérsela, abotonándosela por completo, disgustado consigo mismo de pensar lo invasiva que le podría resultar ahora a Isobel su desnudez. Ella siguió sus movimientos con una recelosa mirada de soslayo.
Pasándose la mano por la nuca, Jubal luchó por encontrar palabras para contestar. Seguía sin poder mirarla directamente a la cara. Tomó aire y abrió las manos hacia los lados.
—El modo en que anoche me... me aproveché de ti, de tu vulnerabilidad, fue... —su voz, ronca, se aferraba a sus cuerdas vocales para no salir— ...simplemente despreciable. Podría entender que no me perdones. Podría entender que incluso presentes una denuncia.
Isobel luchó contra su resaca, intentando despejar su cabeza. Pensaba que prefería que Jubal se hubiera marchado antes de que ella se despertara, y que así los dos podrían hacer como si nada hubiese pasado. Pero él se había quedado. Eso lo cambió todo.
Verlo allí en su cocina, desnudo de cintura para arriba preparando el desayuno, la sorprendió. Primero, porque había estado segura de que ya se habría ido. Y segundo, porque, en vez de contrariarla, había hecho a Isobel sentir una cálida, inesperada alegría. Desgraciadamente, ésta se quebró ante el impacto que supuso que él se arrepintiera.
Con su disculpa, sin embargo, una ola de extraño alivio la recorrió, disolviendo el nudo en su garganta y haciéndola suspirar.
Miró al suelo con las cejas levantadas. Si de algo estaba segura era de que Jubal jamás le haría daño ni se aprovecharía deliberadamente de ella.
—Jubal —dijo negando con la cabeza, no dirigiéndose a él, sino como si su nombre lo dijera todo—. Eres de lo que no hay —murmuró. Levantó la cara, las mejillas ruborizadas y la mirada férrea—. Fui yo la que prácticamente te asaltó...
Con un rápido parpadeo, Jubal hizo un ligero gesto con la cabeza que indicó que no lo había considerado así hasta ahora. Aún así no quedó convencido; hizo una mueca contrariada.
La miró a la cara.
—No me obligaste a hacer nada que yo no quisiera, créeme. —Para volver a apartar la mirada otra vez, frotándose de nuevo la parte de atrás de la cabeza—. Ése fue el problema, que lo quería demasiado. —Se perdió el destello de satisfacción que despidieron los ojos de Isobel—. Pero yo estaba sobrio —Todo lo sobrio que podía estar mientras me besabas así, pensó, pero no lo dijo. No buscaba justificarse. Tragó saliva— pero tú no. Yo debería haber podido controlarme, maldita sea.
No podía soportar haber sido tan débil de carácter por la misma razón otra vez. ¿Es que no eres capaz de mantenerla dentro de los pantalones, Valentine?
A Isobel no le gustaba nada a dónde estaba yendo aquello. Se pasó la mano por la frente, frustrada. La resaca no estaba ayudando. Negó con la cabeza y se le encaró.
—O sea que si tú, estando bebido, me asaltas sexualmente, ¿sería yo la responsable?
—¿¡Qué!? ¡No! ¡Claro que no! —exclamó Jubal escandalizado. Isobel levantó una ceja. Él boqueó—. No- no es lo mismo...
Ella reprimió su expresión divertida y se puso seria.
—Es verdad, no lo es. Si tú no hubieras querido continuar, podrías habérmelo impedido físicamente, mientras que yo a ti no —dijo ella y Jubal pareció más culpable que nunca. Isobel inclinó hacia un lado la cabeza un instante—. Probablemente —añadió con arrogancia y logró hacerlo sonreír, disipando ligeramente la tensión dentro de él—. No sin usar la violencia, en cualquier caso. Pero sólo era una reducción al absurdo, Jubal. Porque tú nunca harías algo así. Además, la cuestión es que los dos lo queríamos... ¿No? —formuló aquella última pregunta a bocajarro.
Aún así, Jubal todavía parecía mortificado.
—No- no tengo claro que habría sido así de no ser por el whisky... —murmuró.
Oh, pensó Isobel en medio de una revelación, Estás seguro de ti... pero no de mí.
Mordiéndose levemente los labios, Isobel lo ponderó todo. Cómo Jubal podía ser tan buen agente, su intelecto tan agudo para algunas cosas y, a la vez, tan obtuso para las que le atañían directamente, hasta el punto de no ver lo que tenía delante de sus narices, iba más allá de su comprensión. Pero era algo que formaba parte de su forma de ser intrínseca y entrañablemente.
No había nada que Isobel pudiera decir para hacerlo ver la verdad, pero tal vez sí había algo que podía hacer.
Exhaló, decidiéndose. Ya no tenía dudas. Levantó la cara y lo miró directamente, mientras se acercaba con decisión. Jubal observó sorprendido cómo invadía su espacio personal, hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo. Retrocedió, turbado, pero ella lo persiguió.
—¿Isobel? —su nombre sonó algo tembloroso.
Ella alzó la barbilla.
—Para que conste... —susurró contra los labios de Jubal—. Ahora estoy totalmente sobria.
A pesar de su corazón desbocado, Jubal no reclamó el beso que ella le estaba ofreciendo... Sin embargo, no se volvió a retirar tampoco. Su respiración entrecortada hablaba por sí sola.
Su propio pulso estaba acelerado, pero Isobel descubrió que disfrutaba enormemente de tener la capacidad de ponerlo en aquel estado sin siquiera tocarlo.
—Además, te recuerdo que anoche te pedí que te quedaras.
Isobel decidió que ya no se arrepentía de haberlo hecho.
Eso es verdad, pensó mientras Jubal, desconcertado. ¿Cómo era posible que su sentimiento de culpa le hubiera hecho descartar lo que eso podía implicar?
Isobel no pudo demorarlo más y lo besó dulce, tiernamente. Tras un latido sobrecogido, Jubal la recibió totalmente entregado. Tardó unos segundos más, pero entonces la atrajo hacia sí con cuidado. Isobel contuvo su avidez y lo saboreó despacio. Los dos se entretuvieron en explorar larga, pausadamente la boca del otro, empleando todo el tiempo que no se tomaron ayer.
Llegó un momento en que Isobel tuvo que parar simplemente por falta de aire, aunque se separó lo mínimo. Los ojos de Jubal estaban abiertamente abrumados... y el brillo que albergaban era sencillamente sobrecogedor.
—¿Te sientes mejor hoy? —preguntó él con voz queda, cuidadosa.
—Mucho mejor... —Curiosamente, la resaca de Isobel había desaparecido por completo. Los eventos traumáticos de ayer estaban aún presentes en su mente, pero más difusos. Gracias a él. Le puso a la mano en la mejilla a Jubal—. Gracias —dijo aquella sola palabra cargada de significado.
Fue entonces cuando reparó en el cardenal en el pómulo de Jubal. Se lo acarició con una mueca consternada. Él le quitó importancia simplemente volviendo un poco la cara para dejarle un beso en la palma con dulzura.
—¿Sigues lamentando lo que pasó anoche? —dijo Isobel, aún sin aliento por aquel gesto.
—Lamentaría... —Jubal la miró a los ojos, como queriendo beber de ellos— ...que la primera vez que te toqué, pudieras estar demasiado borracha como para realmente experimentarlo... para entender del todo lo que significó.
El corazón de Isobel se le inflamó tanto dentro del pecho que pareció no tener espacio suficiente. No lo había entendido anoche. Pero ahora sí.
Mientras, Jubal vio fascinado su mirada llenarse de una chispeante picardía mezclada con algo más profundo e inefable. Carraspeó, y bajó los ojos, sintiéndose terriblemente expuesto.
—Para... recordarlo, quiero decir —se corrigió.
Las comisuras de la boca de Isobel se curvaron hacia arriba. Él parecía no saber dónde meterse. Decidió darle una via de escape.
—No había bebido tanto. No como para olvidar algo así —dijo dándole a su voz un tono definitivamente sugerente.
Para su sorpresa y agrado, resultó incluso mejor de lo que esperaba. El principio de una irresistible sonrisa asomó a los labios de Jubal.
—¿Seguro? —preguntó él, su voz grave y seductora—. Estaría encantado si me dejas que te refresque la memoria...
Tomando aire, Isobel buscó con la mirada la hora del microondas por encima del hombro de él. Todavía era temprano, no tendrían que salir para el 26 Fed en al menos un par de horas.
Volvió a mirarlo a la cara, levantando una ceja desafiante. Sin esperar una respuesta verbal, Jubal capturó su boca y la besó sin frenar esta vez en absoluto su ardor, estrechándola contra él. Isobel respondió envolviéndolo en sus brazos y dejándose llevar.
Recorriendo el cuerpo de Isobel con las manos, al principio Jubal se concentró en aprender la forma de sus curvas, grabándolas en su memoria para poder recordarlas cuando llevara uno de sus severos trajes de chaqueta. Y mientras, coleccionó los estremecimientos que lograba conseguir de ella.
Por su parte, Isobel le desabotonó despacio la camisa, controlando férreamente su impaciencia, incorporándola como parte de su disfrute. Apartando la prenda, le acarició el torso sensualmente, esta vez no sólo persiguiendo sus propios deseos, sino completamente atenta a las reacciones que conseguía de Jubal, que suspiraba entre labios entreabiertos.
Mirándola a la cara, él deshizo el lazo del cinturón de su bata. Isobel permitió que abriese la seda y que en esta ocasión estudiara su desnudez todo el tiempo que quisiera. Jubal la admiró de arriba a abajo, haciendo arder su carne, antes de extender los brazos y volver a atraerla hacia él. Isobel le rodeó el cuello con los suyos, pegándose con sensualidad.
La boca de Jubal tomó entonces ardiente posesión de la de Isobel, entre leves gruñidos, abrumado por la sensación que le producía su abrazo.
Ella se deshizo de su camisa y agudizó deliberadamente sus sentidos para que se inundaran por completo de Jubal; de la calidez de su cuerpo y la profundidad de su voz, de su aroma y de su tacto. Detuvo el beso para saborear la piel de su cuello, recorriendo lentamente con su boca el pulso de Jubal, desde la base hasta justo debajo de la oreja. Estremeciéndose, él dejó que sus manos aferraran ávidas las caderas, los muslos y las nalgas de Isobel.
Después de mordisquearle la oreja, y obtener un delicioso gruñido, Isobel susurró en su oído:
—¿No vas a pedirme que te lleve a mi cama?
Mordiéndose el labio, Jubal buscó los ojos de ella, le levantó una pierna hasta su cadera y le rozó la entrepierna con su muslo, arrancándole a Isobel un gemido.
—Sólo si tú quieres que te lo pida... —replicó con voz ronca.
Se relamió al sentir cómo Isobel tembló en sus brazos. Ella lo besó de nuevo, ansiosa.
—Mmm... Ven conmigo —ordenó en su boca, tirando de Jubal hacia su dormitorio.
Se tumbaron, él a medias sobre ella, atravesados sobre la deshecha cama. La bata de seda quedó extendida sin cuidado bajo los dos. Mientras la besaba, Jubal se deleitó de la generosa carne de los pechos de Isobel; deslizó despacio sus dedos, pellizcó suavemente, y fue recompensado con la tentadora dureza de sus pezones. No se pudo resistir, y bajó su cabeza de inmediato, para saborearlos.
Sujetándolo por la nuca, Isobel estaba teniendo problemas para respirar. Jubal utilizaba labios, dientes y lengua. Ella notaba duro contra su muslo, pero él no parecía estar atendiendo esa circunstancia en particular.
Eso no podía quedar así. Isobel coló la mano entre los dos alcanzando más allá de su cinturón.
Jubal estaba concentrado en la maravillosa experiencia sensorial de hacer rodar con su lengua uno de los pezones de Isobel dentro de su boca, cuando notó que Isobel le abría el pantalón y metía la mano para tocar sensualmente por dentro de la ropa interior. Lejos de distraerlo, Jubal dejó que ambas sensaciones se unieran para intensificar su disfrute. Es más, sin dejar lo que estaba haciendo, deslizó una mano entre las piernas de Isobel. Cuando la encontró totalmente empapada, comenzó a gruñir.
La combinación de sus dedos y de la profunda vibración de su garganta, casi deshicieron a Isobel que, para deleite añadido de Jubal, no pudo evitar decir su nombre en forma de un gemido desconsolado. Sus caricias sobre él se volvieron entonces tan intensas, que Jubal alzó la cara, los ojos entrecerrados y la respiración jadeante.
Isobel no pretendía apresurarse, pero a cada momento lo deseaba más desesperadamente.
Masculló una maldición mientras forcejeaba para quitarle a Jubal los pantalones a la vez que los boxers. Riendo entre dientes, él captó la indirecta y se deshizo con rapidez de su ropa.
Cuando volvió a los brazos de Isobel, ella lo besó y lo recibió como si, en lugar de unos pocos segundos, hubiera estado ausente durante días. Jubal sintió una repentina y aguda punzada dentro del pecho. Porque eso era precisamente lo que él quería. Que Isobel lo echara de menos cuando no estaba, que siempre lo recibiera así...
Acunándolo entre sus piernas, ella estaba urgiéndolo a fundir sus cuerpos.
Jubal, sin embargo, se detuvo, mirándola a la cara, estudiando detenidamente sus rasgos. La expresión en el ruborizado rostro de Isobel se volvió preocupada.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Él tardó unos segundos en responder.
—Quiero llevarte a cenar —dijo jadeante sin venir a cuento.
El desconcertado parpadeo de Isobel fue encantador.
—¿Ahora? —dijo socarrona—. No son ni las 7 de la mañana...
—No, quiero decir, a cenar, como en una cita.
—¿Me estás pidiendo una cita... Justo ahora que ya me has llevado a la cama? ¿No se suele hacer al revés?
No es que la cuestión la incomodara pero, para ser honestos, discutirla no era lo que Isobel más quería en aquel momento. Lo provocó rozándose contra él, arrancándole un profundo gruñido desde el fondo de la garganta.
Jubal apenas pudo resistirlo.
—¿Si te pidiera una cita? ¿Aceptarías? —jadeó, reteniéndose como pudo.
Isobel suspiró. La perspectiva de que lo que estaba sucediendo entre los dos se consolidara era innegablemente problemática, pero también excitante. Y, tuvo que reconocer, desde hace mucho deseada.
—¿Tú qué crees? —replicó ella, y se permitió delatarse sonriendo con coquetería.
Pensaba que estaba siendo bastante obvia pero Jubal bajó los ojos brevemente, como inseguro. Al parecer no, no lo había sido.
Tal vez Jubal había percibido sus momentos de duda. Acariciándole la nuca, Isobel centró la mirada en sus ojos.
—Me encantaría.
Y buscó sus labios con ternura. El corazón de Jubal dio saltos de contento mientras le devolvía el beso.
—Pero —murmuró Isobel—, como me dejes así ahora —su boca y sus manos tornándose exigentes y apasionadas, su voz convertida en un fiero susurro—, no vas a tener tierra suficiente para correr, Valentine —amenazó.
Aquello lo hizo arder y sonreír con súbita arrogancia.
La manera en que se hizo entrar, lenta pero abrumadoramente intensa, dejó a una sorprendida Isobel jadeante y temblorosa.
—Nada más lejos de mi intención —le susurró Jubal al oído justo antes de empezar a mover sus caderas, esforzándose por complacerla.
Los dos dejaron de preocuparse por el momento de nada más salvo de la unión de sus cuerpos.
Ahora Jubal pudo confirmar que Isobel no era una amante pasiva que se dejara hacer. Se movía con él, mientras lo incitaba sin descanso con sus manos, sus piernas y sus besos. Hundirse en ella le exigía poner en práctica toda su experiencia para no perder el control. Se convirtió en una deliciosa batalla que ninguno podía perder.
Llegó un punto, sin embargo, en que Jubal tuvo que cogerle las manos a Isobel, entrelazando los dedos con los suyos para sujetárselas sobre la cabeza, o no podría resistirla.
Aquella íntima restricción tuvo un efecto sobre ella que ninguno de los dos pudo prever. Isobel sintió que su deseo la arrasaba. Se aferró a las manos de Jubal y arqueó su cuerpo, alzando desesperada sus caderas contra las de él, su necesidad transformada en una tensión irresistible. Algo sorprendido, pero inmensamente complacido, Jubal se aplicó con aún más ahínco en darle a Isobel lo que le estaba pidiendo, mientras disfrutaba de ver cómo su rostro se transfiguraba de puro gozo.
Para cuando logró deshacerla por completo en gemidos bajo su cuerpo, el placer de Jubal lo abrumaba ya tanto que apenas tardó en no poder retenerse más, y su éxtasis lo arrastró sin freno a él también.
Los dos se abrazaron jadeantes después. Jubal retiró su peso de encima de Isobel, atrayéndola hacia él, y se deleitó de que ella se acurrucara enseguida cálidamente contra su pecho.
—Uauh... —suspiró Jubal.
—Ha sido... —no terminó Isobel, todavía intentando recuperar el aliento.
—Sí...
Los dos intercambiaron suaves, lánguidas caricias. Ella en su torso, y él en la espalda y en el pelo. Jubal notó que el sueño los reclamaba a los dos.
—Quisiera poder quedarme así contigo el resto del día... —murmuró, dejándole a Isobel un beso en coronilla.
—De hecho —contestó ella arrastrando un poco las palabras—, debería darte el día libre. Desde luego te lo has ganado...
Sabía que era una broma, pero Jubal sonrió halagado.
—¿No deberíamos ir poniéndonos ya en marcha? —dijo, preguntándose mentalmente si le daría tiempo a pasar por casa a cambiarse o si tenía que resignarse a hacerlo directamente en el 26 Fed, con la ropa que tenía allí en su taquilla.
Isobel no contestó, y Jubal pensó si se habría quedado dormida. Entonces ella alzó la cara.
—No... —dijo mirándolo con ojos embelesados bajo sus espesas pestañas. Lo besó con arrebatadora dulzura—. Quedémonos un poco más.
Y volvió a apoyar la cabeza en su pecho.
Con el corazón aleteando, un tembloroso suspiro escapó de los labios de Jubal. Por primera vez en muchísimo tiempo sintió que, en ese momento, en los brazos de Isobel, estaba finalmente dónde debía estar.
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