Escondido tras la mampara de cristal de la pequeña ducha, Hyoga pensó en la situación en busca de alguna estrategia. No sabía cuánto tiempo más podría dilatar su estancia en Escorpio. La idea de que el Escorpión le brindara una cura para su mal se le antojaba cada vez más lejana. Todas las ideas que había barajado cuando entró en la Casa habían chocado contra una realidad que desconocía. No solo no sabía nada del griego; fuera de los entrenamientos, tampoco conocía al hombre que lo había criado y al que consideraba un padre.
Si las cosas continuaban por aquel camino, lo único que le restaba era poner punto y final a su conversación con Milo, agradecerle la hospitalidad, olvidar todo lo que había sucedido entre ellos y abandonar el Octavo Templo.
El único problema es que Hyoga no deseaba hacerlo.
"Es atractivo y certero, lo sé. Es difícil diferenciar al guerrero del hombre. Pero no te equivoques, Hyoga, también es un caballero de cosmos ardiente. Mantente alejado de él"
¿Por qué no supo leer la realidad oculta en las palabras de su Maestro? Camus siempre había usado metáforas para sus enseñanzas, pero en lo referente a Milo sus advertencias rayaban la precisión más desgarradora.
Hyoga sacudió la cabeza. Trató de poner en orden sus pensamientos, pero el huracán de dudas amenazaba con ahogarlo sin remedio. ¿Cómo iba a encajar que el hombre al que admiraba sobre todas las cosas, el hombre que lo había criado y adiestrado, el hombre que se había sacrificado para enseñarle la técnica definitiva de su Casa era un completo desconocido para él?
¿Por qué no le dijo que Milo y él eran…?
—Yo… te habría entendido, Maestro —susurró para sí—. Te habría entendido.
Apoyó la cabeza en los azulejos del baño y dejó que el agua recorriera su piel. Era una sensación placentera y reconfortante, como el abrazo de su madre.
"Recuerda cuál es la naturaleza de tu poder".
Las últimas palabras de Camus lo reconocían como su heredero y le exigían continuar con su legado. Sabía que tarde o temprano se vería en la obligación de vestir la armadura de Acuario y convertirse en un caballero de Oro. Sin embargo, no se sentía unido a esa armadura. Temía que llegara el momento de invocarla y que Ganymede decidiera no acudir a su llamada. Además, cabía la posibilidad de que las improntas grabadas en las filigranas del metal constituyeran una tortura psicológica para la ya castigada mente del Cisne.
"Necesito calmar mi cabeza. Necesito…".
Cuando oyó la voz profunda y varonil del griego, estuvo a punto de gemir de la impresión: se había llevado una mano a su entrepierna y se tocaba lentamente, tratando de relajarse. El comentario consiguió ponerlo aún más nervioso y su cosmos se alzó súbito, así que terminó arrodillado en el suelo, con ambas manos entre las piernas y el chorro de agua golpeándole la nuca.
"El Escorpión es tan sincero como su ataque. O te mata o te vuelve loco".
Al rememorar la frase de su maestro, al que creía célibe, sintió unas ganas terribles de darse con la cabeza contra la pared. Mientras Camus le instruía sobre los niveles de pureza del hielo y la dicha de conseguir la ejecución perfecta de la técnica definitiva de Acuario, él experimentaba la gloria de sentirse amado por otro hombre. Mientras Hyoga deliraba en la cama de la cabaña de Cocornach tras la muerte de Isaak, Camus retozaba sobre Milo, sintiendo toda la fuerza del espartano en su interior.
"Es mentira. Es… mentira".
El imaginarse a su Maestro encima del Escorpión le provocaba una profunda turbación mezclada con el deseo masoquista de ahondar más en la naturaleza íntima de su relación.
"... después de correrse encima de mí".
Se sujetó en la manilla de la mampara de cristal para ayudarse a incorporarse, porque se sentía débil y cansado. Apoyó la mano en los azulejos, tomó aire y suspiró. Fuera, Milo mantenía su cosmos alzado a velocidad subluz y ahora estaba en el dormitorio. Hyoga separó las piernas y volvió a acariciarse; en ese momento, escuchó una voz a su espalda que lo dejó helado.
—Me estaba meando y no podía aguantar más. Lo siento.
Tosió sobresaltado y giró ligeramente la cabeza para cerciorarse de que no había sido producto de su imaginación, que el propio Milo estaba con él en el cuarto de baño y se disponía a usar la taza del váter. Hyoga se tapó su erección de inmediato, aunque sus ojos viajaron directos a las nalgas desnudas, que brillaban impúdicas bajo los focos del techo mientras orinaba con las piernas abiertas.
No sabía si ponerse de rodillas y adorar con la boca aquellas curvas perfectas o salir corriendo y no volver jamás a Escorpio.
—No se acaba el mundo porque tengas una erección, Hyoga —la voz sonó más tranquila y serena que la vez anterior. Milo sabía lo que el ruso había estado haciendo bajo el chorro de agua—, y tampoco te voy a tirar en la nieve. No soy el hijo de puta de Aristeo.
El joven gimió, cerrando con la mano la mampara de cristal.
—No sé… de qué me estás hablando.
—Acepto la sexualidad como algo más —le explicó el Escorpión—, y no me avergüenzo de nada. Tú deberías hacer lo mismo y no caer en los errores de tu maestro.
El griego pulsó el botón de la cisterna y se despojó de la ropa de entrenamiento. Cuando fue a abrir la puerta de la ducha, el aspirante a Acuario lo frenó, horrorizado.
—¿Qué vas a hacer? —consiguió preguntar sin tartamudear, atrincherado tras el cristal. La sangre se le agolpaba en las sienes, y la cicatriz de su pecho volvía a estar abierta.
—¡Pues ducharme! —contestó Milo con impaciencia—. ¡He entrenado durante horas y apesto a sudor!
—¿No puedes esperar? —replicó Hyoga.
Milo lo miró con cara de sorpresa.
—¡Anda, no me jodas y déjame sitio! —trató de abrir la puerta, sin conseguirlo—. ¡No me digas que Camus y tú nunca os duchásteis juntos!
—¡Pues claro que no! —gritó el ruso—. ¿Por quién me tomas?
Milo alzó las cejas, incrédulo. Bajó los brazos y se quedó desnudo frente al cristal, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Y se puede saber cómo cojones lo hacíais para usar el cuarto de baño? Porque la cabaña de Siberia no era pequeña. Era diminuta —gruñó, aún atónito.
—Nos turnábamos para ir al lavabo, como las personas normales —cortó el ruso.
—Las personas normales —repitió el griego, cambiando el registro y el tono de voz—. Normales. Por supuesto. ¿Cómo no lo adiviné? Normales, claro que sí. Ay, Milo, debiste haberlo imaginado. ¡Normales!
Hyoga guardó silencio y se giró, encarando al griego que aún permanecía en el diminuto cuarto de baño.
—¿Puedes… dejarme salir? —se atrevió a pedirle, tapándose sus partes íntimas con las manos.
Milo se apoyó en el lavabo pero no dejó de mirarle, y sus ojos, al igual que su voz, reflejaron una profunda tristeza.
—A pesar de lo que hayas oído de mí, jamás le he hecho nada a nadie que no me lo hubiera pedido antes. ¡Así que deja de comportarte como una puta doncella! —le recriminó con furia—. ¡Tuve una ocasión cojonuda anoche de pegarte una buena follada, y ni siquiera te hubieras enterado, gilipollas!
—¿Habrías sido capaz? —gimió el Cisne, entre dolido y sorprendido.
—¡Pues claro que no, puto desconfiado! —replicó Milo—. ¿Por quién cojones me has tomado? —se señaló—. ¡Estás en el templo de los asesinos, no en el de los violadores!
Hyoga tragó saliva, buscando fuerzas para disculparse.
—Yo… yo no estoy acostumbrado a mostrar mi cuerpo.
El espartano lanzó un bufido de cansancio. Hyoga continuaba atrincherado tras la mampara y no tenía intenciones de salir de allí, así que tomó una toalla y se la colocó en el borde superior de la cristalera.
—¿Sabías que en la antigua Esparta, las niñas se ejercitaban con sus pechos desnudos? Al estar acostumbradas a mostrarlos igual que los muchachos —le explicó, intentando rebajar la tensión entre ambos—, se veía como algo natural. Los espartanos no conocían el concepto de pecado.
—Yo no soy una niña espartana —replicó el ruso, cubriéndose a gran velocidad—, y además, si tú sostienes que tuviste relaciones con mi maestro, significa que…
—¿Que soy maricón, Señora de las Nieves? —susurró, sonriendo de medio lado.
Hyoga abrió la puerta de cristal y se quedó callado, sin saber qué contestar.
—¡Pues entérate bien, niñato de mierda! —alzó la voz—. ¡Soy tan maricón como puedas serlo tú! —finalizó, clavándole el dedo en el pecho.
—¡Te equivocas! —gritó indignado—. Yo no he ten… —Hyoga se detuvo en seco cuando reparó en la mirada curiosa de Milo. Se maldijo al comprender que había caído en la trampa tendida por el caballero de Escorpio.
—¿Es en serio, Hyoga? —preguntó sin ocultar la sorpresa—. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinticinco?
El ruso sintió unas fuertes ganas de echarse a llorar.
—Veintisiete —susurró.
—¿Tienes veintisiete años y todavía eres virgen? —Milo no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó fuera de sí—. ¿Por qué siempre tienes que llevarlo todo al mismo…?
Milo lo sujetó del brazo y lo miró fijamente a los ojos.
—Dime que Camus no te ha obligado a jurar el voto —estaban tan cerca el uno del otro que Hyoga casi se veía reflejado en las pupilas del Escorpión—. Dime que no vas a perpetuar esa estupidez, ahora que vas a vestir la armadura de Acuario.
Hyoga no pudo soportar más la humillación. Se soltó del agarre de Milo y salió del cuarto de baño como una exhalación, dejando una estela de Polvo de Diamante en suspensión tras él.
—¡Si te ha hecho jurar el voto en el que se cagó tantas veces, es para matarte, Hyoga! —le gritó desde el otro lado de la puerta—. ¡Es para mataros a los dos!
El Cisne se ovilló tras la puerta del dormitorio y se agarró la cabeza con las manos, ahogando la orquesta de gritos de su interior. Ni un ejército de dioses lograrían que saliera de allí antes de la investidura.
