–¡Lucy...! ¡Lucy! ¡Tienes que ayudarme!
Tan pronto regresó a la casa Loud, Lincoln corrió directo de la entrada principal hacia el cuarto de Lynn y Lucy. Tan asustado estaba por lo que había sucedido esa noche, que no le importó en absoluto entrar haciendo ruido, arriesgándose así a despertar a sus padres quienes terminarían castigándolo severamente por haber salido solo a altas horas de la noche. Afortunadamente nada de eso sucedió, aunque igual tampoco le dio importancia.
–¡Lucy! –chilló al ingresar e ir a llamar al ataúd del un lado de esa habitación.
¡Toc, toc, toc...!
Entonces la tapa del ataúd se abrió inmediatamente y la niña de pelo negro se irguió acudiendo a su llamado.
–¿Qué pasa? –preguntó tras desperezarse y soltar un leve bostezo.
En el otro lado de la recamara, Lynn Jr. se aquejó con un gruñido y dejó escapar una pedorreta, pero tampoco se despertó a reclamarles por andar haciendo ruido a esas horas como uno se lo hubiese esperado.
–Lucy, no vas a creer esto –susurró Lincoln después de que Lynn se acurrucara más por debajo de sus cobijas–. Estaba ahí, ella me vio, pero...
–Aguarda... –lo interrumpió su hermana gótica, quien acto seguido se giró a buscar algo en el ataúd–. Antes de que digas otra cosa, estuve investigando.
E inmediatamente sacó un recorte de periódico con las fotos de varios niños anexadas que mostró a su hermano albino.
–Dime, ¿es esta la chica que viste?
–Si... –afirmó Lincoln sin ninguna duda, ni bien Lucy le dio señalando una foto del centro: en la que aparecía la imagen de la misteriosa chica del gran moño anaranjado–. ¡Si!, es ella... ¿Pero que hace aquí?
–Está muerta –aclaró su hermana, procediendo a desdoblar la parte de arriba del recorte para que pudiese leer con claridad lo que decía el encabezado.
–¿Qué? –exclamó habiendo quedado totalmente perplejo.
–En un accidente de transito –siguió explicando la niña con suma seriedad–. Su nombre era Stella Zhau, era nueva en Royal Woods e iba en el autobús de la escuela, pero... El autobús chocó contra un camión de gas propano y el tanque de gasolina hizo explosión. La conductora y todos los niños que iban a bordo murieron calcinados, incluyendo a esa chica...
–¿Y eso cuando pasó?
–... No hace mucho... Lo único que pudieron recuperar de ella fue su dedo meñique, en el que tenía puesta una sortija que después fue entregada a sus padres.
–Es esta sortija –exclamó el peliblanco, mirando el meñique suyo con el anillo incrustado–. Dijo que tenía su sortija... Estaba ahí, Lucy, lo juro, y hablé con ella...
Seguidamente, Lincoln se fijó mejor en las otras fotos de los fallecidos enlistados en el recorte de periódico, en las que rápidamente pudo identificar a los niños que había visto en la fuente de sodas que se manifestó esa noche dentro de la marisquería a la que entró. También identificó la foto de la que había sido la conductora del autobús, a la que vio actuar como la camarera del lugar.
Después pensó en la distinguida dama de cabello negro y en el Hippie avejentado de la barra. Más temprano que tarde acabó por identificar quienes eran, ya que los había visto antes, muchas otras veces: en las fotos más antiguas de los más viejos álbumes familiares que acumulaban polvo en el ático.
–El abuelo Loud y la bisabuela Harriet... –exclamó cada vez más aterrado–. ¡Los vi, Lucy, lo juro por Dios!... No puede ser... Esto quiere decir... Que me he convertido en el niño de la película y veo gente muerta... Lo que significa... Que la niña del moño... ¡Es un fantasma!
–Lincoln, tranquilízate. Estoy segura que encontraremos una solución para esto.
–¡¿Cómo pides que me tranquilice, Lucy?! ¡La niña del moño es un fantasma y dijo que quería que la acompañara...! Y todo por este estúpido anillo... ¡Maldita sea la hora en que me lo puse!
–Lucy... –refunfuñó Lynn desde su cama–. Silencio, por favor.
A lo que la pequeña gótica se limitó a exhalar un leve:
–Suspiro...
El siguiente día por la tarde, Lincoln se estaba preparando en la cochera para entrar en acción, en caso de que el fantasma de la niña del moño volviera a aparecérsele.
Para esto se había calzado su traje negro de caza fantasmas junto con su casco integrado con lentes de visión nocturna y también se armó con su pistola de protones. Lo único que ya faltaba era avisar de todo a su mejor amigo, esperando que este mismo pudiera ayudarlo a pensar en algún plan.
–Cadete Lincoln a cadete Clyde... –llamó con voz desesperada a su walkie talkie mientras se iba paseando de un lado a otro de la cochera.
Lamentablemente nadie se atrevía contestar del otro lado de la línea.
–Cadete Lincoln a cadete Clyde... ¿Me copias?... Por favor, amigo, contesta. Sé que estás ocupado con tu familia, pero esto es una emergencia. El fantasma de una niña muerta me persigue. Necesito tu ayuda, estoy desesperado...
Pronto, el walkie talkie empezó a emitir sonido de estática, por lo que el muchachito sonrió esperanzado, ante la idea de que su mejor amigo al fin se hubiese dignado a contestar.
Sin embargo se llevó uno de los mayores sustos de su vida cuando la voz que salió del pequeño parlante del aparato no era la que esperaba, sino aquella misma voz femenina y angelical.
–No huyas de mi, Lincoln Loud...
Asustado como nunca en su vida, el chico de blancos cabellos pegó un grito y arrojó el walkie talkie contra la pared del otro lado de la cochera. El aparato saltó en pedazos tras el impacto, dejando expuesta a su vez una pequeña mota de luz espectral que había estado albergada en su interior.
La respuesta inmediata de Lincoln fue pegar un salto para atrás y apuntar su arma de protones a la mota de luz, la cual incrementó su tamaño en un abrir y cerrar de ojos.
Segundos después, Lincoln estaba frente a la imagen traslúcida de aquel fantasma que lo seguía a todas partes.
–¡Largo espíritu! –amenazó apuntándole con el arma de protones–. ¡Esta cosa está cargada y no dudaré en usarla!
Por desgracia, su mano le temblaba y no le respondía a la hora en que su cerebro le ordenaba apretar el gatillo. Aunque no soportaba que el fantasma de esa niña lo estuviese acechando constantemente, Lincoln no hallaba valor para atacarla. No con esa cara tan inocente y angelical que tenía en frente suyo. La cara de una hermosa chica que en lugar de matar a una mosca le daría un baño y la enviaría a casa.
–Quiero que vengas conmigo –dijo con calma dando un paso hacia adelante, por lo que Lincoln dio otro hacia atrás.
–¡No quiero tu estúpida sortija! –chilló presa del pánico y sin dejar de apuntarle con la pistola que sujetaba en su mano temblante–. ¡Mamá, papá, chicas...! ¡ALGUIEN, QUIEN SEA, VENGA A AYUDARME, POR FAVOR!
Pero nadie acudió en su ayuda.
–¿No lo entiendes? –repuso el fantasma de la chica sin perder la calma y dejar de avanzar lentamente hacia el–. No me importa la sortija. Vengo por ti, Lincoln Loud...
–¡¿Entonces qué rayos quieres de mí?! –vociferó el otro que en cambio iba en retroceso.
–Deberías saberlo.
–¡YA, DÉJAME SÓLO!
–Ya es tiempo, Lincoln Loud...
–¡NOOOO...!
–¿Lincoln?
De pronto, el peliblanco halló a Lucy asomándose por la puerta del garaje a la vez que notó que, así como había aparecido repentinamente, el fantasma de la niña del moño había vuelto a desaparecer.
–¿Estás bien? –preguntó la pequeña gótica con su tono de voz neutral, aunque en este se alcanzaba a notar un dejo de preocupación.
–La vi –jadeó volviendo a bajar el arma y llevándose su mano libre contra la frente–, era ella, estuvo aquí...
Acabado de afirmar esto ultimo, Lincoln se encaminó a la cocina en busca de un vaso de agua para calmar sus nervios con Lucy siguiéndolo de cerca.
–Tranquilo, hermano –lo consoló la niña pelinegra–. Necesitas sentarte y relajarte.
–Si, claro –replicó con sarcasmo–. Cuando un fantasma te acosa a ver si te relajas.
–Escucha, vamos a arreglar esto, ¿si? En primer lugar, ¿estás seguro de que la sortija es la culpable?
–¿De qué hablas?
Ring, ring... Ring, ring...
En eso, ambos escucharon timbrar el móvil de Lucy quien, luego de meditarlo brevemente, se limitó a contestar.
–¿Si?, ¿bueno?... Jadeo... Lincoln... Es para ti...
–¿Para mi?
–Es... Stella.
Después de meditarlo un breve momento igualmente, su hermano le recibió el teléfono y atendió la llamada del más allá.
–¡Escucha, si esto es una broma no voy a soportarlo más!, ¡¿entiendes?! ¡No es gracioso, así que ya déjame en paz!
–Lo siento, Lincoln Loud –oyó disculparse a la angelical voz de la niña–. No te molestaré más.
La llamada se cortó entonces e inmediatamente después el anillo decodificador se deslizó suavemente del meñique de Lincoln y cayó al suelo.
–¿Ya estás feliz? –preguntó seguidamente su hermana, ahora con cierto dejo de acusación en su habla neutral.
–No lo sé... –respondió Lincoln con unas tremendas ganas de echarse a llorar ahí mismo–. No estaré tranquilo hasta que esto se acabé... Tal vez debería ir a devolverle su sortija.
–¿Y cómo vas a hacerlo?, si acabas de decirle que te dejará solo.
–Pues, si es un fantasma... Creo que sé donde debería ir.
Continuará...
