El caos seguía reinando en la casa Loud, con Lori reducida y apresada en su habitación y Lincoln estando a cargo y sin poder hacer nada para ponerlo todo bajo control. Mas parecía que al peliblanco ya había dejado de importarle en absoluto.
¡KABOOM!
–¡Woohoo!...
Luego de que Lisa provocara otra explosión con sus químicos, y de que Lynn atravesara la cocina y saliera al patio por la puerta de atrás en su bici de tierra, dejando tras de si un rastro de huellas enlodadas, Lily le pidió a su hermano mayor que continuara con su relato de miedo.
–¿Y qué pashó? ¿Qué pashó?
–La maldición del hombre lobo se apoderó de mi –le contó Lincoln–. Lenta y dolorosamente, mi cuerpo se fue transformando en el de un feroz y malvado licántropo, con pelo creciéndome por todas partes...
Entre constantes jadeos y gruñidos, Lincoln miró de reojo a la ventana del baño, con lo que nuevamente recordó las advertencias de Maggie que había decidido ignorar.
≪Un licántropo, una criatura que está maldita, es un humano que se transforma en lobo con cada luna de otoño. Te ha pasado a ti la maldición. Cada vez que haya luna llena te transformarás y estarás ansioso por beber la sangre de inocentes≫.
E instintivamente le aulló a la luna llena que se avistaba en el cielo esa noche.
Para ese punto sentía que la maldición invadía su cuerpo, causándole mucho dolor, distorsionando la forma en la que uno ve, escucha y huele las cosas.
Fue entonces que alguien llamó enérgicamente a la puerta del baño.
–¡Rayos, date prisa, apestoso, que me estoy haciendo!
Al oír la voz de Lynn, Lincoln... Sintió un repentino deseo... Deseo de asesinarla... De clavarle sus garras... De hincarle sus dientes en el cuello...
Pero una parte de él, la parte cuerda, se resistió.
–¡Será mejor que te des prisa o juro que derribo la puerta!
A sabiendas de que no contaba con mucho tiempo, Lincoln se apuró a ocultar su nuevo rabo por debajo de sus pantalones. Luego cogió la toalla más grande que encontró y la usó para cubrirse el rostro y las manos, en el momento preciso que su hermana Lynn abrió la puerta de un puntapié.
A toda prisa salió corriendo sin hacer caso a sus reclamos, pasó de largo frente a Luan, Leni y Lola que se habían formado en la fila para el baño y corrió escaleras abajo.
Y salió al jardín de atrás por la puerta de la cocina y saltó la barda. Increíblemente lo consiguió con el primer intento, mediante una agilidad atlética con la que no contaba hasta entonces, pero así fue.
Tras adentrarse en el pequeño terreno boscoso que se situaba atrás de su casa, se desentendió de la toalla con la que iba oculto y trató de pensar en alguna solución.
Lo que si sabía era que no podía dejarse ver por su familia en ese estado, mucho menos por Lisa. Conociéndola, la chiquilla genio no dudaría en someterlo a dolorosas y poco ortodoxas pruebas científicas para averiguar que le había sucedido.
Fue entonces que su nuevo rabo le desgarró el pantalón al haber crecido más, quedando totalmente expuesto. A su vez, su musculatura incrementó gradualmente y sus ropas empezaron a desgarrarse.
Nuevamente, presa de un salvaje instinto que afloró en su ser, Lincoln lanzó un aullido al cielo en el que se avistaba una resplandeciente luna llena esa noche.
A partir de entonces ya no sería el mismo, y la maldición se encargaría de invadir su cerebro por completo como un virus.
En breve hizo una pausa para preguntar a la pequeña Lily:
–¿Estás asustada?
La bebita se echó para atrás en su silla especial, pese a lo cual pretendió aparentar valentía.
–Ño.
–Bien... –sonrió Lincoln apretando los dientes–. Porque ahora empieza lo más espeluznante de todo. Aquella noche, convertido en un hombre lobo, tuve un ataque terrible de furia... ¡Rrrr...! ¡Rrrr...! ¡Mua ja ja ja ja ja ja...!
Lily, inquieta ante los malévolos gruñidos que lanzaba, se abrazó a su mantita y se limitó a seguir escuchando.
Acorde a lo que contaba, Lincoln al haberse transformado en un hombre lobo perdió consciencia de si mismo.
Gruñendo y echando espuma por la boca, salió a la carretera por el otro lado del terreno boscoso y echó a andar sin rumbo fijo desplazándose a cuatro patas.
Eventualmente llegó a la estación de gasolina, que casi todo mundo frecuentaba en Royal Woods.
A esa hora, Flip cabeceaba atrás del mostrador, amenazando con quedarse dormido.
¡Ding dong!
El viejo apenas reaccionó cuando oyó tintinear la campanilla de la puerta, pero no vio a nadie.
Era porque el lobo, en realidad, se había agachado y ahora se arrastraba casi al nivel del suelo, tal como hace un depredador que se escabulle al acecho de su presa.
Finalmente, Flip cedió al cansancio de tanto trabajar, cerró los ojos y empezó a roncar... Momentos antes que Lincoln se irguiese sobre sus patas traseras, que ahora aparecían dotadas de uñas cortantes y habían crecido desgarrando enteramente sus tennis.
Estando de pie, su estatura alcanzaba casi los dos metros de alto, de no ser porque mantenía su peluda espalda ligeramente encorvada.
Sus lagañosos ojos rojos, con pupilas rajadas, se posaron ansiosamente en el suculento platillo que tenía por delante y varios hilos de baba se escurrieron de su boca repleta de dientes afilados.
¡Ding dong!
La campanilla de la puerta sonó otra vez, con lo que Flip se despertó sobresaltado, a tiempo para toparse con la enorme y hambrienta bestia lobuna que se abalanzó vorazmente sobre su objetivo.
–¡ROAR!
–¡NO!...
En la puerta de la tienda estaba la vieja Scoots a bordo de su silla motorizada, y en compañía de Tyler, su sugar baby. Los dos también llegaron en el instante preciso... Que la salvaje fiera hundió el hocico en la parte de arriba de la maquina dispensadora de queso fundido para nachos.
–¡Hey, oye, tú!
Furioso, Flip corrió a darle de escobazos en la espalda. Craso error de su parte, ya que el lobo se volvió a lanzarle un hostil rugido.
–¡ROAR!
–¡Hay, mamá!
El viejo se echó para atrás amedrentado, al toparse con el semblante feroz del lobo blanco que había entrado a su tienda. Sin duda había cometido una imprudencia. Flip no era ni la mitad de grande que la enfurecida bestia que se alzaba delante suyo.
El lobo apoyó sus garras delanteras en el piso y, mostrando sus dientes, se aproximó a acorralarlo contra los frigoríficos.
–¡Tyler, haz algo! –gritó Scoots.
Teniendo a Flip contra las cuerdas, el gigantesco lobo gruñó victorioso. Se volvió a erguir sobre sus patas traseras y levantó una de sus poderosas garras, claramente con intención de despedazarlo de un zarpazo.
–¡¿Y que esperas que haga?! –gritó el musculoso rubio con un hilillo de voz.
–¡Mátalo, pues! –contestó Scoots pasándole una lata que cogió del estante que tenía más cerca–. Para algo te han de servir esos músculos.
–A si, claro... ¡Fuera de aquí!
¡Clanc! ¡Clanc!...
–¡Si, fuera!
–¡Vete de aquí!
¡Clanc! ¡Clanc!...
Antes de que el lobo pudiese perpetrar su ataque, Scoots y Tyler se pusieron a arrojarle latas, obligándolo así a retroceder lejos de Flip entre hostiles gruñidos.
–¡Rrrr...!
–¡Toma!
–¡Toma esto!
¡Clanc! ¡Clanc!...
La anciana y su acompañante se esmeraron en bombardear a la fiera con las latas, por lo que esta acabó por huir del lugar al embestir y atravesar el cristal de una de las ventanas del establecimiento.
¡CRASH!
–¡¿Qué fue esa cosa?! –preguntó Tyler escandalizado.
–No sé –respondió la vieja Scoots–. Era una especie de extraña y espantosa criatura, mitad lobo, pero con un curioso parecido a un humano.
–Nunca había visto una cosa así.
–No.
–¿Que debemos hacer?
–Perseguirlo y matarlo.
–Buena idea, hay que reunir a una chusma iracunda.
–El teléfono está apuntado en mi agenda –les avisó Flip, que del susto se había orinado en los pantalones, pero se sentía aliviado de que le hubiesen salvado la vida–, bajo el mostrador.
La bestia que acechaba esa noche siguió deambulando sin rumbo por las calles cuando, de pronto, la luna en el cielo quedó parcialmente oculta tras un par de nubarrones que se atravesaron súbitamente.
Con esto, el fiero lobo antropomórfico se encogió hasta casi volver a su estatura normal y recobrar su forma humana a medias. Pero no había vuelto a ser Lincoln Loud del todo.
Aun tenía una tupida capa de pelo blanco recubriéndole el cuerpo y su cara todavía presentaba algunas facciones lobunas, del mismo modo que sus manos aparecían todavía dotadas de garras.
Mas si había recuperado parte de su juicio, aunque no recordaba que había pasado exactamente después de haber salido corriendo de la casa Loud.
En esas percibió una mezcla de aromas extraños que en su estado le resultaron bastante agradables.
Olía... A algo... Delicioso... Algo así como el olor que inundaba la cocina cada vez que papá se dedicaba varios días a aliñar el pavo a vísperas del día de gracias. El ave en cuestión estaba cruda todavía, pero el aroma de los condimentos en si olían agradable y eso hacía a uno antojarse de la comida.
A algo como eso era a lo que olía... No... En realidad... Olía a cachorritos recién bañados y a perfume de mujer.
Sea lo que fuese, Lincoln rastreó el aroma hasta llegar al refugio de animales de Royal Woods, el mismo en que su hermanita Lana trabajaba de voluntaria de vez en cuando.
A esa hora de la noche el lugar estaba cerrado al publico, pero dentro los encargados y algunos de los voluntarios de turno se ocupaban de acabar todo lo que quedaba pendiente antes de poder irse a casa.
Al asomarse a la ventana, atestiguó una escena muy enternecedora.
Del otro lado del cristal vio a Sam Sharp, la novia de su hermana Luna que también trabajaba de voluntaria en aquel refugio. En ese momento terminaba de darles un baño a una camada de veintidós mastines napolitanos, muy bonitos, arrugados... gorditos y tiernitos...
–Eso es –rió Sam al acabar de secar con una toalla al ultimo de los cachorros que le lamió la cara cariñosamente–, ¿no es delicioso? ¿No se sienten mejor ahora?
–Buen trabajo el de hoy, Sam –se acercó a agradecerle una de las encargadas del refugio–. Nos alegra mucho tenerte aquí.
–No hay de que –contestó sonriente, a la vez que acunaba al cachorro en sus brazos–, lo hago con gusto.
Pronto, los otros perritos se pusieron a ladrar, reclamando por estar en el lugar de su hermano de la camada.
–Ouh, son tan lindos –suspiró la muchacha enternecida–. No puedo creer que haya habido alguien tan desalmado para dejarlos abandonados bajo un puente.
–Si, lamentablemente hay lacras así en la sociedad –comentó la encargada–; pero lo bueno es que también hay personas como tú, de buen corazón, que aman a los animales... Oye, ¿no quieres llevarte un perrito? Seguro contigo tendría un buen hogar.
–Si por mi fuera me los llevaría a todos –rió Sam–; pero no se puede. Mi mamá no nos deja tener mascotas en casa. Es por sus alergias, no soporta ni el pelo ni las plumas, la hacen estornudar. Por eso tengo que poner mi ropa en la lavadora siempre que llego a casa. Es la condición que me puso para poder seguir viniendo aquí.
–Siento oír eso –la consoló la encargada–. Pero, bueno, en ese caso, ya sabes que puedes venir aquí a jugar con nuestros huéspedes las veces que quieras. A ellos les encanta cuando nos visitas. Se ve que los animales te aman.
A través del cristal, Lincoln miró ansioso a la joven rockera, ya sin poder reconocerle, ni por su aspecto, ni los tonos de sus prendas de vestir, pues ya no podía ver a colores, por lo menos tal como lo hacen los seres humanos.
En su cabeza resonaban torpemente los instintos asesinos. Quería morder, rasgar, desgarrar. Una parte de su ser vio una brumosa imagen de si mismo atravesando el cristal y embistiendo a Sam, derribándola, mordiéndola en el cuello, arrancándole la carne de los huesos, bebiendo su sangre que todavía pulsaba y bombeaba por un corazón moribundo.
A ella y también a la encargada, para posteriormente darse un banquete con los inocentes cachorros de mastín y todos los animales que encontrara en el refugio, a los que con todo su ser deseaba devorar sin piedad.
Salivando con una enfermiza ansiedad, Lincoln pasó su lengua por la superficie del cristal y sus uñas rayaron el vidrio de la ventana, haciendo que este chirriara y el ruido alertase a Sam y a la encargada del refugio.
–¿Oíste algo?
Afortunadamente, lo poco que quedaba de su humanidad lo hizo alejarse antes de ser visto, con la vaga esperanza de dejar atrás los instintos asesinos, hasta dejarlos convertidos en algo tan confuso como la niebla.
Pero estos lo acompañaron en su carrera, rugiendo, gimiendo y llenándole la cabeza de dolorosos impulsos de odio y muerte, conforme el cielo se despejaba y la luna llena volvía a brillar en su máximo esplendor.
El mundo se había vuelto un mar de dolores, por lo que localizaría el origen de cada uno de ellos y los destrozaría.
–¡WOOHOO!...
Lynn volvió a entrar en su bici por la puerta de atrás y se detuvo en medio de la cocina.
–¿Hey, qué estás haciendo, apestoso?
–Nada –respondió Lincoln sin dejar de fijar su atención en la bebita–. Le estaba contando un cuento a Lily para antes de ir a dormir.
–Oh... Bueno... Suerte con eso, tontolón.
La deportista castaña se alejó pedaleando a toda velocidad en dirección a la sala; a lo que su hermano de blancos cabellos interrumpió su relato, sólo un momento en el que fue a cerrar la puerta de la cocina.
–¿Y que pashó duego? –insistió en preguntar Lily con voz entrecortada.
En cuanto acabó de echar los cerrojos, el mayor se volvió hacia ella y sonrió pícaramente, con un minúsculo dejo de malicia.
–Vagué a través de la noche, desesperado y sediento de sangre de algún inocente... De cualquier inocente...
A esas altas horas de la noche, los padres de Paige estaban recogiendo la mesa. Becky, en cambio, la miraba algo intrigada.
Hacía unos diez minutos que habían acabado de cenar y su padre les dio permiso de levantarse de la mesa. No obstante, su hermana menor no se había levantado de su lugar, al estar muy inmersa en sus pensamientos.
Así de distraída había estado los últimos días, de cuerpo presente pero con su mente en otro lado, mostrándose de muy buenos ánimos en casi todo momento.
Naturalmente el hombre ya empezaba a preocuparse por su hija.
–Paige... Cariño... ¿Te sientes bien?
–¿Ah?... Si, estoy bien... –reaccionó la niña pelirroja, esbozando una amplia y atontada sonrisa–. Mejor que nunca...
–¿Qué te pasa últimamente? Estás como ida.
–Nada, papi –respondió sin dejar de sonreír–. No me pasa nada.
Lo bueno es que Becky y su señora esposa sabían que no había nada de que preocuparse. Aquello por lo que Paige estaba pasando era algo completamente natural, que a todos les llega a suceder alguna vez.
Era más que evidente por el modo que siempre se la pasaba sonriendo, con cara de idiota, pero sonriendo. Ademas de que sus ojos embelesados y soñadores la delataban.
Con esos mismos ojos soñadores, Paige miró el arreglo floral que adornaba el centro de la mesa, al cual lo coronaban un par de flores de botón anaranjado con pétalos blancos que le gustaban mucho.
Sin mas se atrevió a agarrar ambas flores y las olfateó gustosa. Becky negó con la cabeza y se echó a reír. No estaba del todo segura, pero intuía que su hermanita andaba así tras haber encontrado algo que le dejaron en su mochila.
El padre se rascó la cabeza, confundido ante la peculiar conducta de su hija menor, quien seguidamente se puso en pie y se aproximó a plantarle un beso en la mejilla. Después le puso una de las flores en la oreja y salió al porche delantero con la otra en mano.
–Si que le dio fuerte –comentó la madre de ambas pelirrojas.
–¡¿Qué?! ¡¿Que tiene?! –preguntó su marido preocupado.
–Ay, ¿acaso no es obvio, papá? –rió Becky, la mayor–. Está enamorada.
El hombre enarcó una ceja y frunció la cara con algo de desagrado.
–¿Cómo?¿Mi pequeña princesa, enamorada? Eso si que no lo permitiré.
Paige se sentó en los escalones del porche, a contemplar la hermosa y resplandeciente luna llena que había en el cielo y que inspiraba a cantar.
Así, entre melodiosos tarareos, se puso a desprender uno a uno los pétalos de la flor con delicadeza, susurrando para si:
–Me quiere... No me quiere... Me quiere... No me quiere... Me quiere...
De pronto oyó el rumor de algo que la acechaba, oculto en el cercado de matorral que separaba su casa de la del vecino.
Al volverse a mirar... ¡La salvaje bestia salió de su escondite y se precipitó sobre ella!
–¡ROAR!...
–¡AAAHH...!
Ante lo cual Paige pegó un gritó aterrado.
Por suerte para ella, la bestia con aspecto de lobo blanco se detuvo en el ultimo segundo, a pocos pasos de llegar al porche.
Paige aguardó, muda y temerosa, mientras se estremecía de pánico.
La bestia se irguió sobre sus patas traseras y sus irreflexivos ojos se clavaron en los de la asustada chica, que parecía haberse quedado inmóvil. No respiraba, marea baja en los pulmones. Paige había oído hablar de la paralización a causa del miedo, pero nunca había imaginado que llegaría a experimentarla en carne propia o que ocurriera tan completamente.
La criatura no dejaba de gruñirle, con una especie de ronroneo tranquilizado en su amenaza. La espuma chorreaba de su hocico. Sus ojos estaban enrojecidos y húmedos, rezumando una especie de rabia fulminante. Y ella no podía moverse en absoluto. Su cuerpo se había vuelto un estúpido bulto de carne carente de toda sensación.
Pero también había algo en los ojos inexpresivos de la bestia que le resultaba vagamente familiar.
Con el vacilante movimiento de una borracha, Paige consiguió inclinarse un poco hacía adelante, a contemplar detenidamente a la bestia lobuna de fieros ojos rojos y pelaje tan blanco como la nieve.
–Oye... –consiguió pronunciar entre balbuceos–. Yo te conozco... Tú eres...
Paige elevó una mano. Por un momento parecía que la criatura iba dejar que le tocara la mejilla. Mas, de repente, sus gruñidos se transformaron en un desgarrador rugido de cólera.
Paige cayó de espaldas contra el entablado del porche, esperando a que el lobo feroz cargara salvajemente en su contra.
Nuevamente la suerte jugó a su favor, puesto que Becky salió en ese momento armada con un cuchillo de cocina con el que forzó a retroceder al monstruo a fuerza de tajos.
–¡Atrás, atrás! ¡Aléjate de ella!
Después de su hermana, su padre salió a estrecharla en brazos dispuesto a protegerla hasta las ultimas consecuencias.
–¡Aléjate, monstruo! ¡No te atrevas a tocar a mis hijas!
La bestia les gruñó hostilmente en respuesta y se defendió lanzando un zarpazo al aire. Sin embargo, Becky lo confrontó valientemente con tal de defender a su hermana a toda costa.
–¡Atrás!
–¡Miren!
El lobo blanco y la familia de pelirrojos se giraron a mirar en dirección al lado derecho de la carretera, por donde vieron llegar a una pequeña horda de gente encabezada por Flip y Scoots.
Junto a ellos estaban Tyler, la alcaldesa Davis, el señor Quejón, el director Huggins, la maestra Bernardo y el señor Bolhofner. Los que no tenían antorchas encendidas en mano empuñaban filosas horquillas para palear heno.
–Ahí está –con su antorcha, Flip señaló al lobo albino que pretendía acechar a Paige y su familia–. El monstruo al que no entendemos y por lo tanto tememos.
–Debe ser el perro que agredió a uno de mis estudiantes –clamó el señor Bolhofner levantando su horquilla en alto.
–¡A él! –gritó el señor Quejón.
La vieja Scoots hizo acelerar su motoneta a fondo, al tiempo que la iracunda horda salía en persecución del lobuno monstruo para lincharlo entre todos.
–¡Si!
–¡Acabemos con él!
–¡A matarlo!
–Huí de la multitud como una bestia acosada, sabiendo que estuve a punto de asesinar a la chica que más quería... O al menos la única con la que había hecho algo más que jugar Batalla de baile...
Antes de continuar, Lincoln rió con un poco de picardía ante la confusa cara de Lily.
A sus espaldas se escuchó otra explosión provocada por Lisa, seguida por el escándalo perpetrado por Luna con su guitarra y luego un conjunto de estallidos pirotécnicos. La casa Loud se estaba viniendo abajo y nadie hacía nada.
Luego de esto, Lana entró en la cocina y se agachó para evadir un puñado de espagueti que le lanzó Lucy, y que en su lugar terminó embarrándose en la cara de Lincoln.
La chiquilla de gorra se le rió apuntándole con su dedo, antes de salir a continuar la guerra de comida contra su hermana gótica.
Pero Lincoln ni se inmutó ante ello. Tranquilamente se limpió el espagueti con un paño húmedo. En definitiva le había dejado de importar a esas alturas si la casa quedaba reducida a un montón de escombros o cenizas.
Más que nada, parecía estar mayormente interesado en seguirle contando su macabro relato a Lily, a quien francamente ya no le estaba gustando para nada.
–En fin... De repente, me dí cuenta de mi trágico destino. Tendría que vivir aquella pesadilla cada noche de luna llena e ir por el mundo vagando en busca de sangre de inocentes...
La bestia huyó de la horda a toda velocidad, hasta adentrarse en un espeso bosque, y salir de allí mismo a otra carretera diferente, con lo que consiguió alejarse lo suficiente.
De nueva cuenta la luna llena quedó oculta tras otro par de nubarrones, de forma que Lincoln recobró parte de su consciencia y su forma humana casi en su totalidad, conservando únicamente su colmillo de doble punta, sus garras, una menos densa capa de pelo cubriéndole el cuerpo y algunas de sus facciones lobunas.
Pronto advirtió aproximarse al camión de control animal, por lo que se escondió presuroso atrás de una piedra grande situada al costado de la carretera, prefiriendo no arriesgarse a ser capturado.
Más adelante, en su camino, tuvo que hacer lo mismo otra vez cuando vio pasar a la camioneta de los Hunnicutt. Al volante iba el padre de Liam y en el asiento del copiloto la abuela de este mismo empuñando su escopeta. Conociendo a esos campiranos, de verlo en ese estado seguro dispararían primero y preguntarían después.
–¡Por aquí! –oyó que alguien lo llamaba de pronto.
Y al levantar su vista, a lo lejos vio a una chica muy pálida de largo cabello negro, quien movía ambas manos tratando de hacerse notar.
–Maggie –logró pronunciar correctamente, pese a que su voz todavía se mezclaba con gruñidos de lobo.
Lincoln interrumpió su relato para preguntar otra vez:
–¿Ya tienes miedo?
–Ni-ni-ni... ¡Ni habar! –balbuceó Lily–. A mi no me sutas.
–¿Ah no? –la desafió frotándose las manos–. Pues todavía hay una cosa que se me olvidó decirte.
–¿Qué?
–Maggie me había dicho que había una forma de deshacer la maldición.
–¡Eso e mentida!
–Es verdad.
–No e cieto, mentidoso, te do estás inventando.
–No me estoy inventando nada –sonrió Lincoln ansioso, cada vez con mayor picardía y malicia–. Es sólo que se me había olvidado... Mua ja ja ja ja ja ja...
Lily tragó saliva. Su hermano había accedido a contarle un cuento de miedo, a pesar de haberse portado mal al igual que sus hermanas.
Con lo que ni ella misma contaba era con que tenía una imaginación muy activa y ahora esto le estaba cobrando factura.
Sin querer empezó a estremecerse en su sillita de bebé.
–Mua ja ja ja ja ja ja...
Continuará...
